Viñetas,

por Silence M.

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Nobleza de carne

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El niño había observado en silencio, desconcertado, la cama de su madre. Entre las sombras de la puerta, él descendía la mirada por la espalda de aquel hombre que la acariciaba, llenándola de besos. Lo conocía, a veces lo había visto sonreírle. Sus ojos eran tan azules como los suyos.

Como tantas veces, el instinto de pertenecer a alguien se agudizó como un pinchazo. Y también la incomodidad. La carne y el disfrute le eran ajenos.

Salithe gimió y arqueó la espalda como sólo las mujeres lograban. Un arco profundamente definido y poético había provocado que la cabeza se estirase hacia atrás. Shaka se escondió en las sombras cuando vino el grito ahogado, y luego el reposo. El hombre se desplomó, su poderoso cuerpo quedó relajado sobre la cama.

Al niño de nada le sirvió esconderse. Cuando su madre salió, atravesó la columna con su mirada y lo descubrió allí, esperando.

Salithe desprendía cierta luz cósmica. El sexo lograba que su poder interior se tornase esplendente y saludable, compaginado con las mareas de su fertilidad. Aquella capacidad de crear vida en su vientre y sostenerla en su cuidado y su alma acentuaba su belleza porcelanosa.

Estaba desnuda. Salithe. Los pechos llenos, erguidos y jóvenes que habían amamantado a una criatura se adornaban por el tatuaje trival que descendía hasta su pubis rubio y rizado. Su pelo era el pelo de Shaka, y sin embargo más claro, más largo. La visión de su ojos derecho se protegía por la suavísima onda que enmarcaba su mandíbula.

El claro de su ojo psíquico destrozó el escondite.

Salithe rodeó la columna y sus pendientes tintinearon. Se acercó con los maternales brazos extendidos, y el medallón de su cuello colgó a la deriva. Sus ojos eran dos universos rutilantes y serenos.

―Ven aquí, mi vida ―lo atrajo con su voz dulce y acariciadora. Shaka se refugió en sus brazos y ella lo alzó, sosteniéndolo contra su pecho desnudo.

―Perdona, madre, te he interrumpido.

―Ya hemos terminado ―lo besó en la mejilla, cargándolo sobre su cadera a través de los pasillos oscuros―. ¿Qué te ha dicho Buda esta noche?

―No lo entenderías ―dijo. En la penumbra, ella sonrió.

―¿No vas a intentar que lo comprenda?

Su madre jamás comprendería lo que Buda recitaba, pues su propia naturaleza indulgente contravenía el verdadero principio de la iluminación. Aquella era una barrera que siempre habría de separarlos.

El silencio se cebó entre ambos.