Adaptación de novela
Autora original: Deborah Releigh. Derechos reservados©
Titulo de la obra: Some Like It Brazen
Sin fines de lucro
ADVERTENCIA: eh.. otra manoseada XDDDD
Capitulo 10
No había nada que se destacara en el baile de lady Simmon. Oh, quizá la crema de langosta era mejor que lo acostumbrado y la recreación de una mansión griega sustituía las habituales ruinas romanas. Pero era solo un baile más en la temporada.
Sin embargo, Winry no podía negar que sentía una especial emoción. Era una sensación que se le estaba volviendo familiar, y empezaba a sospechar que se le podía atribuir al caballero corpulento y buen mozo que estaba siempre parado del otro lado del salón mirándola con una sonrisa melancólica.
No tenía sentido.
Él no era un seductor deslumbrante que tuviera a las mujeres a sus pies ni un consumado mujeriego que se pudiera jactar de cortejar a una dama de modo que ella no se lo pudiera sacar más de la cabeza. ¿Entonces, por qué bastaba una sola sonrisa para conmover su corazón? Era todo muy extraño.
—Ah, Winry, aquí estás. —Mientras se ponía delante de ella, a Alexander se le desencajaron los ojos de la sorpresa—. ¡Dios todopoderoso!
Winry contuvo el deseo de cubrirse su generoso escote. Como si no le hubiera pedido especialmente a su modista que le hiciera un escote un poco más... ¿revelador? La causa de ese pedido era una cuestión en la que no había querido pensar.
—Buenas noches, Alexander.
Las facciones de él expresaban su desaprobación.
—¿Qué demonios llevas puesto?
—Se lo suele llamar vestido de noche —pasó su mano para alisar la falda de gasa plateada—. Tal vez si hubieras estado viviendo en una caverna podrías considerarlo una creación asombrosa.
—Hay distintos tipos de vestidos de noche. ¿Ha tenido tu padre la oportunidad de verte en eso que apenas puede llamarse vestido?
—Es él quien me ha pedido que pesque un marido. Una mujer debe usar un señuelo si quiere atrapar una presa.
Alexander emitió una tos ahogada.
—Hay una diferencia entre usar mi señuelo y producir una revolución.
Winry levantó los ojos al cielo. Cualquiera podría pensar que ella estaba siguiendo la tradición de una lady.
—Mi vestido no es más llamativo que cualquier otro.
—No es tu acostumbrado... —Alexander se detuvo, y sus cejas se enarcaron mientras se daba vuelta para echar un vistazo al colmado salón—. Aja.
—¿Qué?
—Me había olvidado que estás cazando al extraño buey campesino. Sin duda necesitas municiones de gran calibre —añadió un tono burlón.
—Muy inteligente —farfulló ella, arrastrando las sílabas.
Mientras se apoyaba contra la pared, Alexander se cruzó de brazos. Por una vez, parecía no advertir las lánguidas miradas femeninas que le dirigían.
—Debo admitir que Harrington se las ha arreglado para causar revuelo en la ciudad.
Winry se alarmó de inmediato. Por Dios, no quería escuchar ni una sola palabra más acerca de la falta de sangre azul en las venas de Edward. No cuando ella era la única que conocía sus virtudes.
—No, no también tú, Alexander —lo regañó—. Lord Harrington resulta ser un caballero refinado que sin duda merece más respeto que la mayoría de estos ejemplares de la flor y nata de la aristocracia que andan dando vueltas por aquí.
Un destello de complicidad brilló en los ojos de su primo.
—Esconde tus garras. Parece que tu granjero se las ha arreglado para hacerles perder la calma hasta a los miembros más apáticos de la Cámara de los Lores. Existen incluso los que creen que está decidido a crear otro régimen del Terror aquí en Inglaterra.
Oh. Bueno, ese era un asunto por completo distinto. Winry estaba muy orgullosa de la decisión de Edward de luchar por lograr algunas reformas.
—Desea apasionadamente lograr cambios —murmuró, mientras su atención se centraba en el caballero.
Su mirada quedó prendida de los ojos dorados y una intensa oleada de calor la inundó, mientras una expresión violenta, casi salvaje se apodero de las facciones de Edward. Había pasado ya una semana desde el episodio del carruaje. Desde entonces se habían encontrado en una serie de eventos sociales y una vez en Hyde Park. Pero estaban todo el tiempo rodeados por una multitud, y apenas habían logrado intercambiarse algunos cumplidos antes de que las convenciones sociales los obligaran a separarse.
Ella descubrió que se sentía cada vez más frustrada. Deseaba estar a solas con él al menos unos minutos. Así podrían hablar. Y quizá besarse. Y... bueno, había muchas otras posibilidades.
—Me parece que "apasionados" son los sentimientos que te inspira, mi querida.
Un súbito rubor cubrió sus mejillas. Por Dios, ¿acaso su primo le podía leer la mente?
—¿Cómo has dicho?
—Su pasión por el cambio. Escuché que tú también has puesto en marcha tus propias campañas —alzó las cejas con toda intención, e hizo una mueca—. ¿Qué pensaste que quería decir?
Lo acostumbrado según el horrible sentido del humor de Alexander. Winry le dirigió una mirada penetrante. Desgraciado.
—¿No hay ninguna pobre esposa abandonada ansiosa por recibir tus atenciones?
—Siempre, mi querida, siempre.
—Entonces no permitas que yo te retenga.
Apartándose de la pared, Alexander extendió la mano para tocar su hombro.
—Winry.
—¿Sí?
El semblante de su primo se ensombreció.
—¿Va en serio el asunto con este granjero?
Se detuvo a reflexionar. ¿Iba en serio? Era difícil saberlo. Edward le gustaba. Él le importaba. Y por cierto se volvía loca de deseo de que la tocara. Y lo más importante, tal vez, era que cuando él no estaba cerca de ella, sentía que le faltaba algo esencial.
Sin embargo, Winry siempre había soñado que su futuro estaría colmado de... ¿de qué? ¿De aventuras deslumbrantes? ¿De emociones sin fin? Al menos, algo más que volverse una obediente esposa y retirarse una pequeña propiedad rural.
—Todavía no lo sé. Me gusta mucho. Y... —su voz quedó en suspenso cuando comprendió lo que estaba a punto de admitir.
Alexander rió entre dientes.
—¿Lo deseas?
—Sí, si debo confesarlo: sí.
—Podrías haber elegido peor. Parece un buen sujeto. Confiable. Leal. Quizá no sea tan deslumbrante como tu "amado" Alphonse, pero créeme cuando te digo que los libertinos no resultan ser la mejor clase de maridos.
Distraída, Winry tocó el medallón que llevaba colgado del cuello. Alexander tenía razón. Él era, después de todo, un consumado mujeriego que se había dedicado toda la vida a romper corazones. ¿Quién mejor que su primo para advertirle acerca de los peligros de la seducción?
Pero por una vez en su vida no deseaba seguir adelante despreocupada y esperar lo mejor. Sin quererlo, había humillado a Al ante su padre y ante la sociedad. Temía que otro error suyo lastimara a Edward.
Presintiendo la curiosidad de su primo, Winry sonrió tensa.
—Eres un poco impertinente, Alexander. No hay ninguna garantía de que lord Harrington se me declare.
—Oh, sí, se te va a declarar —aseguró arrastrando las sílabas.
—¿Por qué? ¿Porque soy la hija de un duque?
—Porque te mira de la manera que un hombre mira a la mujer con la que espera casarse o acostarse. Si quiere sobrevivir esta temporada, más vale que intente casarse.
Ella abrió enormes los ojos.
—¿Casarse o acostarse?
—No te hagas la inocente, mi tesoro. Ni siquiera tú puedes ignorar el sentido de esas miradas ardientes.
La joven le dirigió una mirada de soslayo al caballero que la contemplaba con un deseo salvaje. Volvió a sentir una oleada de excitación.
—De veras, ardientes —murmuró ella.
—Mientras conduzcan al altar, mi queridísima —su primo le dio un golpecito en la nariz, pero había una inconfundible advertencia en la expresión de su bien proporcionado rostro. —Iré a animar la velada de alguna dama afortunada. Tú... compórtate bien.
¿Que se comportara bien? Mmmh...
Con una sonrisa expectante, Winry se fue abriendo camino con habilidad entre la multitud. Más de una vez se vio obligada a detenerse para intercambiar fórmulas de cortesía con sus numerosos conocidos, pero con inalterable constancia por fin logró salir a la terraza.
Una vez allí, se dirigió sin vacilar hacia la enorme fuente envuelta en penumbras. Seguramente, en poco tiempo Edward se le reuniría. Después de todo, le fascinaban los jardines.
De hecho, a Edward no le pasó inadvertida la retirada de Winry hacia el jardín. ¿Cómo hubiera podido no advertirla?
A pesar de sus esfuerzos, no había podido apartar la mirada de ella durante toda la noche. Ni siquiera la advertencia que le susurrara Maes de que se estaba poniendo en evidencia logró hacerlo entrar en razón. ¿Qué le importaba, si en realidad no estaba jugando según las reglas de la sociedad? El no era astuto y taimado como Maes, ni un experimentado seductor con habilidades para atraer a desventuradas mujeres. Lograba sus objetivos con un esfuerzo franco e incesante; el único método que era capaz de usar.
Rodeando la pista de baile, ignoró las miradas de curiosidad que le dirigían. Ya se había resignado a ser una rareza. Lo cual era ridículo, teniendo en cuenta la cantidad de ejemplares de idiotas que sobreabundaban en Londres.
¿Por qué un caballero que sólo vestía de un espantoso verde no suscitaba rumores? ¿Y el príncipe, que se había vuelto tan gordo e indulgente consigo mismo que no podía ni siquiera montar un caballo sin un aparejo mecánico, no ocasionaba ninguna reacción? Al parecer, mientras la sangre fuera lo bastante azul, uno podía ser todo lo excéntrico que quisiera. Payasos.
Sacudiendo la cabeza, Edward se dirigió hacia la puerta de salida y se detuvo a aspirar el aroma a rosas del aire fresco. Dios, era maravilloso estar fuera de ese salón atestado y lleno de humo.
El conde permaneció unos minutos contemplando la paz iluminada por la luna, y luego continuó su camino. Aunque Winry no parecía sentirse mal cuando dejo el salón, él quería estar seguro de que no hubiera sucedido nada que la pudiera haber perturbado. Haría pedazos a cualquiera que se atreviera a insultarla o a lastimarla de alguna manera.
Pero, por supuesto, primero tenía que encontrarla.
Con el ceño fruncido investigó el jardín, parecía vacío.
—¿Winry?
—Buenas noches, milord.
Su ceño se frunció mientras la suave voz quedaba flotando en el aire.
—¿Dónde estás?
—En la glorieta.
Edward vaciló unos instantes antes de dirigirse hasta el distante fondo del jardín. Encontró la glorieta en la más profunda oscuridad y apartada de tal manera que no podía ser divisada.
Subió los escalones de la caprichosa construcción, aunque una voz en el fondo de su mente le advertía que esa era una mala idea. Una muy mala idea. Por desgracia, la voz que lo llamaba fue acallada por el deseo de estar cerca de Winry.
Había pasado un tiempo tan terriblemente largo desde que habían podido gozar de algo más que un mero saludo distante, hacía tanto que no podía tocar nada más que sus dedos... Era un hombre que sabía contenerse, pero tampoco era un santo.
Se detuvo a la entrada de la glorieta, y miró hacia el interior en penumbras para descubrir a Winry sentada en una chaise-longue con almohadones. Se quedó sin aliento al admirar la esbelta figura envuelta en satén resplandeciente que revelaba una generosa parte de su pecho.
Cuando ella había entrado al salón de baile esa noche, él casi tuvo un ataque. Mientras admiraba sus redondos y tentadores senos, expuestos en todo su esplendor, por cierto no le agradaba la idea de que cualquier otro canalla pudiera disfrutar del mismo espectáculo.
Como era muy improbable que lograra conquistar de ese modo el favor del duque de Lockharte, había optado por no alzar a la pícara sobre sus hombros y sacarla de entre la multitud de caballeros que la devoraban con los ojos.
Ahora que estaban solos, se sentía con total libertad para gozar de la belleza deslumbrante que tenía delante de sí. Y la apreció. Con detenimiento. Al final, cuando descubrió que su virilidad se inflamaba a un ritmo vertiginoso, tuvo que regresar a la tierra. Por todos los demonios del infierno, esa mujer debería estar encerrada en sus aposentos para que los hombres no se volvieran locos.
Aclarándose la garganta, se tomó de la puerta entreabierta.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó.
La sonrisa provocativa de Winry no alivió su pasión en constante aumento.
—¿Por qué no entras y lo descubres por ti mismo?
Casi quiebra la madera mientras apretaba los dientes.
—¿Estás bien?
—Perfectamente bien.
Ella no parecía preocupada o afligida; más bien todo lo contrario. Él debería dar media vuelta y regresar al salón de baile. Por desgracia, en ese momento sus pies no estaban unidos a su cerebro.
—Entonces, ¿qué estás haciendo aquí afuera?
—Esperándote.
Él alzó las cejas.
—¿Cómo estabas tan segura de que te seguiría?
—Solo podía confiar en que lo harías —inclinó la cabeza hacia un costado mientras le daba unas palmaditas al almohadón a su lado—. ¿No vienes a sentarte aquí conmigo?
Dios mío, era una sirena cautivándolo con su canto.
—No estoy seguro de que sea prudente.
Un canto que de seguro lo estrellaría contra las rocas marítimas como los tripulantes de Ulises.
—¿Por qué?
Prorrumpió en una breve risa forzada.
—No te he ocultado que te deseo con desesperación, Winry. ¿Por qué crees que me he esforzado por encontrarte sólo cuando sé que vas a estar rodeada de otras personas?
—También dijiste que deseabas conocerme mejor. Eso no es posible en medio de un salón de baile lleno de gente.
Todo su cuerpo se puso tenso al escuchar el tono insinuante de su voz ¿Cómo podía un pobre hombre resistir semejante tentación?
—Winry, eres una mujer muy peligrosa.
—¿Vendrás o no vendrás aquí conmigo?
Se oyó su suspiro en el aire nocturno.
—No creo que pueda resistirme.
Sin dejar de admirar sus delicados rasgos, Edward entró y cerró la puerta detrás de sí antes de ir a sentarse a su lado. De inmediato el exquisito perfume de su piel lo envolvió y tuvo que ahogar un gemido. La evocación de ese aroma enloquecedor lo había desvelado muchas noches.
—Es una noche maravillosa —murmuró ella.
—Hermosa. Increíblemente hermosa —su tono dejo en claro que no le interesaba hablar sobre el estado del tiempo. Extendió su mano para acariciarle la mejilla con suavidad —Dios mío, me dejas sin aliento.
La joven pestañeo, como si esa súbita franqueza la hubiera tomado desprevenida.
—Edward.
Como si la mano tuviera voluntad propia, descendió por el cuello y continuó su camino hasta la seductora profundidad del escote de Winry.
—Este es un vestido muy atrevido, niña.
Sintió que ella contenía el aliento sin dejar de mirarlo desde debajo de sus largas pestañas.
—¿No te gusta?
La mano tembló cuando alcanzo a tocar la curva del pecho. La muchacha era seda caliente. Y la dureza que él sentía estaba a punto de llevarlo a la desesperación.
—Dios mío, si supieras lo que sufro por ti…
Sin previa advertencia, ella le tomo el rostro entres sus manos.
—No puede ser más de lo que yo sufro por ti.
Sus miradas quedaron unidas mientras el aire parecía resplandecer por la intensidad de sus corazones agitados. A pesar de su inocencia, ella no tenía miedo, ni había vacilación alguna en sus ojos azules. Solo una ardiente necesidad cuyo eco resonaba en lo más profundo de Edward.
Él estaba perdido.
Una víctima de su deseo abrasador.
—Peligroso, por cierto —murmuró, bajando la cabeza para devorar su boca en un beso hambriento.
Por unos instantes ella pareció ponerse tensa ante su salvaje exigencia, pero antes de que el conde pudiera contener su ardor, ya se estaba arqueando contra su cuerpo y devolviéndole los besos con un entusiasmo que lo conmocionó hasta lo más profundo. Él gimió, separando los labios de ella de modo de poder explorar la húmeda caverna de su boca.
Esto era lo que soñaba noche tras noche. Lo que ansiaba incluso cuando estaba ocupado en sus interminables visitas a los miembros del parlamento.
Con un gesto de impaciencia tiró de la frágil tela de su corpiño, asombrándose al descubrir que ni siquiera estaba usando un corsé o una enagua. Los senos redondos cayeron en sus manos anhelantes.
"Maná del Cielo", gimió para sus adentros, marcando a fuego el rostro vuelto hacia él con apasionados besos antes de bajar la cabeza para tomar en su boca un pezón que ya estaba henchido.
Winry gimió de aprobación mientras le pasaba la lengua por la punta endurecida. Su pulso se aceleró, su virilidad estallaba contra sus pantalones. Esa mujer era adictiva.
Una y otra vez jugueteó con el sensible botón, acariciándolo con un incansable cuidado. Podría haber dedicado toda la noche a descubrir cada curva, cada milímetro de ese delicioso cuerpo.
Impaciente, Winry hundió las manos en el cabello de Edward y lo impulsó a realizar la misma operación con el otro seno. Él de inmediato acató sus deseos. Volviendo la cabeza, lamió con creciente insistencia. Había pasado tanto tiempo. Tanto tiempo que no la tenía en sus brazos.
Estrechándola con más fuerza, él le hizo sentir el vigor de su masculinidad.
—Puedo sentir tu sabor en mis sueños —le susurró—. Tan dulce, tan cálido...
Winry le acarició los hombros y el pecho. Luego, para su sorpresa, estaba desabrochándole los botones de la chaqueta y sacándole la camisa de dentro de los pantalones.
—Quiero tocarte.
A Edward le quedaba una brizna de cordura que le advirtió que estaba a punto de perder el control de la situación, pero mientras los dedos de Winry exploraban por debajo de su camisa y sobre los firmes músculos de su estómago, toda cordura desapareció.
Dios todopoderoso, ¿a quién le importaba algo de asuntos tan tediosos s como el sentido común o la sabiduría o la simple lógica? En ese momento, estaba seguro de que sería capaz de matar a alguien con tal de seguir sintiendo esas manos en su cuerpo.
—Así. Oh, Dios —gimió, mientras la muchacha le acariciaba el pecho. La intensidad del placer casi lo hace saltar de los almohadones —Si supieras lo que estás haciendo conmigo...
—¿Te gusta?
—¿Que si me gusta? —su voz estaba tan ronca que era casi irreconocible—. Creo que mi cuerpo está poniendo en evidencia cuánto me gusta.
La cabeza de ella se echó hacia atrás mientras él le acariciaba el cuello
—Eres tan viril.
—Estoy ardiendo —él mordisqueó el lóbulo de su oreja—. Si no te tomo pronto, niña, enloqueceré.
—Edward —murmuró, sus caricias producían todo un caos en su camino hacia abajo y se detenían a poca distancia del palpitante miembro—. Enséñame cómo complacerte.
Maldición. Maldición. Maldición.
Su mano apretó la de ella, y la hizo acariciarlo. Enseguida ella exploró su dura longitud. La delgada tela de sus pantalones no representaba una barrera para la delicada tortura.
Edward apretó los dientes, y estaba a punto de apoyar a Winry contra los almohadones y separarle las piernas. Él daría su título, sus riquezas y todo lo que poseía por estar encima de ella y envuelto profundamente en su calor. Por todos los demonios del infierno, lo daría todo solo por tener a sus sabios dedos acariciándolo hasta llevarlo al cielo.
Inmerso en la creciente agonía que desgarraba su cuerpo, un cambio de situación favoreció la prudencia; el rapto de locura fue interrumpido por un lejano sonido de risas que de pronto irrumpieron en el silencio.
Aspirando hondo, luchó por recuperar un aspecto normal. No quería poseer a la mujer con la que quería casarse en una apurada, sórdida cópula cuando cualquiera podía llegar a descubrirlos. Winry merecía una larga noche romántica.
Una vez que tuviera su anillo en el dedo, él se escaparía con toda felicidad de todos los bailes.
Y veladas, y días de campo, y...
Tan pronto descubrió que estaba decidido a convertir a Winry en su esposa, se echó hacia atrás para mirarla con toda seriedad.
—Winry, esto ha llegado demasiado lejos —dijo entre dientes, retirando de mala gana la mano de ella. En lo más profundo, su ser bramó de frustración—. Hemos ido demasiado lejos.
Se la veía agitada, mientras trataba a tientas de volver a ponerse el corpiño en su lugar.
—Pareces enojado. Pensé que disfrutabas de mis besos.
El conde se quedó estupefacto al escuchar el leve dejo de enfado en su voz. Tomó su cabeza y la forzó a encontrar su mirada.
—Por el amor de Dios, Winry, sabes muy bien que disfruto con locura de tus besos. Tú misma lo comprobaste —murmuró—. Pero mi capacidad de contención no es ilimitada, y tenerte tan cerca sabiendo que no puedo poseerte como lo deseo me está llevando al borde de la locura.
La joven bajó los párpados para ocultar la expresión de sus ojos.
—¿Quieres hacerme el amor?
—Sí, quiero hacerte el amor, muchachita. Pero no soy un seductor de inocentes. No te haré mía a menos que nos casemos.
Él percibió el leve escalofrío que recorrió su delgada figura. Por desgracia, no podía adivinar si era de emoción o de miedo.
—Parece que volvemos una y otra vez al mismo punto.
Edward rió.
—Por razones más bien obvias. Cuando dos personas terminan así cada vez que se encuentran —señaló sus ropas desarregladas y los cabellos enmarañados—, o se casan, o empiezan a tener una aventura, o aprenden a evitarse.
Su semblante se iluminó de pronto.
—¿Una aventura?
Maldición, ella acabaría con él.
—No. Una aventura no. O boda o nada.
Ella entrecerró los ojos.
—Eso suena como un ultimátum.
Lord Harrington suspiró mientras sus facciones se suavizaban
—No pretendía que lo fuera, pero no puedo fingir que lo único que deseo de ti es un cuerpo bien dispuesto. —Hizo una pausa, sabiendo que podía llegar a expresarse con incoherencia, pero incapaz de detener las palabras. —Estas en i m corazón. Te quiero a mi lado, como mi amante y mi amiga. Quiero que seas mi esposa.
Winry se quedó petrificada, al escuchar su confesión.
—Edward, yo...
—No era mi intención aterrorizarte.
—No es eso —susurró preocupada—. Es solo que no sé qué decirte
—No me digas nada por ahora. Solo prométeme que al menos tendrás mi en cuenta mi ofrecimiento—le acarició la frente con suavidad —Te juró que haré todo lo que está en mi poder para garantizar tu felicidad.
Sabiendo que había ido tan lejos como podía, Edward se obligó a dar la media vuelta y dejar la demasiado íntima glorieta. De lo contrario unos minutos más y estaría de rodillas suplicando su amor. Una manera segura de convencerla de que se había vuelto loco. Hizo una mueca mientras volvía a entrar en el salón de baile. Oh, Dios, ¿qué demonios había hecho?
continuara...
