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La pelirroja llegó con compañía aquella noche.
Yuuri los atendió a ambos con la eficacia de siempre, incomodándose por la forma fija y constante en que el compañero de la pelirroja lo miraba.
El color de ojos de ambos era similar, el cabello no.
La mujer pelirroja y el hombre moreno.
Se quedaron hasta la hora del cierre del restaurante, pese a que la chica solía irse tan pronto terminaba de cenar.
Yuuri pensó que la compañía de Seung, a quien ya se había acostumbrado, serviría en gran medida para relajarlo la mayor parte del camino a casa.
Pero Seung Gil ya se había ido para cuando Yuuri terminó de cambiarse y salió de los vestidores.
Inquieto, sacudió la cabeza y arrojó los nervios a un lado.
No tenía motivos para estar asustado.
Lo único que asustaba a Yuuri era perder a su familia.
Suspiró.
Yuuri se colocó la chaqueta y se despidió de su jefe, quien siempre se quedaba veinte minutos tras haber cerrado, para asegurarse que todo estuviera en orden.
Yuuri puso el primer pie fuera del recinto en el que trabajaba.
Dos pasos, tres, cuatro, cinco, seis...
Al séptimo echó a correr, aterrado.
Se detuvo en seco, de pronto.
Estaba paralizado.
Quiso gritar y ningún sonido salió de su garganta.
Abrió y cerró la boca repetidas veces, sus ojos moviéndose de un lado al otro.
¿Qué pasaba?
¿Por qué no era capaz de moverse?
—Oh —se tensó. Aquella voz la conocía—, no te asustes, Yuuri, todo estará bien...
Yuuri forcejeó contra su propio cuerpo.
La parálisis desapareció.
Yuuri cayó inerte al piso tras recibir un certero golpe de palma abierta, directo en el cuello.
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