NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE DREAMWORS, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO.

Entré nuevamente a temporada de exámenes y bendito Dios me está yendo muy bien. Ojalá siga así en las materias que me faltan. Actualizo ahora porque aprovecharé el asueto de este lunes (Expropiación Petrolera ¡Nunca te amé tanto como antes! xD) Y espero les guste:

Comentarios:

Tsukime12: jejeje, bueno, ese "por si acaso" funciona mucho. Ya ves, no me he tardado mucho en actualizar este fic.

Espartano: Lo que me fascina de tus comentarios es que cada vez que leo uno siento mi autoestima subirse hasta las nubes :) Muchísimas gracias por estar tan al pendiente de mi fic.

ashkore15: tienes toda la razón. No fue directamente a Berk, pensé en eso pero después llegué a la conclusión que no sería muy buena sorpresa, además, recordemos que Alere Flammam está a días de viaje; en este capítulo se describe a dónde llego para descansar.

digixrikanonaka: De hecho, ya terminé el fic, pero no es una traducción, es uno que yo llevo muchos días escribiendo. Lo publicaré en un rato más, gracias por el apoyo :)


Capitulo 9.

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Todo el pueblo estaba reunido en la costa. Ya era de noche y llevaban antorchas en mano para poder ver. No había ni luna ni estrellas en el cielo; todo deprimente y oscuro. Como si hasta los mismos dioses estuvieran tristes. Los dragones arrinconados en una esquina seguían desplomados, bajos de energía y sin ganas ni de alzar una mirada. Un grupo de jóvenes se acercaron a ellos para cuidarlos, y no tardaron en percatarse de que hasta los reptiles estaban deprimidos.

Ninguna persona hablaba. Las llamas con su pequeña y titilante luz alumbran los endurecidos rostros de aguerridos vikingos, convertidos por un momento en personas sensibles y tristes.

Debo admitir que me sorprendió eso de sobre manera. Es decir, en este tiempo de guerra, nos habíamos vanagloriado de superarlo todo como dignos vikingos que somos. Y ahora no nos sentíamos avergonzados de mostrar nuestra aflicción por la muerte de alguien. Es más, me atrevería a decir que competían por ver quién sentía mayor pesar.

Me dejaron sola, apartada, y lo agradecí mucho. No se me habían acercado en todo este tiempo. Estoico, que estaba parado en frente de un pequeño bote con velas blancas y antorcha en mano, se dirigió a su gente con una voz fuerte, potente y triste.

—Odín reciba en Valhalla esta valiente alma—y arrojó la antorcha al bote.

Mientras las olas iban empujando la barca, las llamas empezaron a consumirla rápidamente. En cuestión de segundos, un fuego alto y brillante parecía flotar en el agua, lanzando vaporada de negro humo hacia el cielo.

La estructura del bote ya destruido fue envuelto por las aguas y se empezó a hundir, hasta desaparecer. Fue hasta ese momento que me percaté de los rezos, entonados por toda las personas a mi alrededor. Al terminar el rito, se fueron yendo de poco en poco. Solamente Estoico y yo nos quedamos en el puerto; pero él en una esquina y yo en la mía.

En determinado momento que alcé mi mirada, no encontré nada más que un firmamento oscuro. No había antorchas, hacía que apenas y las rocas cercanas eran perceptibles para mis ojos. A pesar de eso no estaba ni asustada.

—No cumpliste tu promesa—dije entonces hacia el mar, donde había desaparecido el bote—Me dijiste que todo saldría bien y no fue así.

Mi mano encontró una roca, que lancé con todas mis fuerzas. El golpe causó un ruido fuerte en el agua y nuevas ondas para después desaparecer.

—Mentiroso…—No gritaba, pero ganas no me faltaban—Gracias, por dejarme completamente sola con un montón de sueños e ilusiones que no podré cumplir.

Cuando me callé, comprobé las lágrimas que caían por mis mejillas y el nudo en la garganta; esa sensación de vacío en el pecho y dolor. Me estaba desesperando. Era lo mismo siempre que pensaba en él, cada vez que recordaba su risa, su sarcasmo, sus ideas, su rostro, sus ojos… ¡Maldición! Yo era una guerrera, una adolescente llena de hormonas sentimentalista. Y sin embargo, aquí me tienen, llorándole a un hombre y preguntándome que maldita sea hice para que los dioses me castigaran de esta manera.

Nunca había perdido a ningún ser querido. En todos estos años, solamente adrenalina, coraje y vivacidad sentía durante las batallas. Ahora, sé que no todo es valor. Ahora tengo miedo de que en un combate alguien más pueda desaparecer, rápida y confusamente como aquella noche.

Será un miedo que cargaré toda la vida.

Astrid cerró el cuaderno y esbozó una ligera sonrisa en su rostro. Cuando estás lleno de sentimientos intensos escribe las cosas más profundas de su vida, y al pasar los años, releerlas hace que te quedes pensado en aquellas cosas que viviste y a las cuales conseguiste sobrevivir.

Perder a tu prometido a unos meses antes de la boda no es nada fácil. Perder al hombre que amas no es algo sencillo. Perder a tu mejor amigo se convierte en una gran desgracia. Las tres juntas, forman un agujero profundo que amenaza con absorberte hasta no dejarte ni tus huesos.

Pero ella salió de ahí, y ahora estaba viva, feliz y llena de esperanzas. El diario de su adolescencia fue nuevamente colocado en el cajón, que cerró mientras se echaba la mochila al hombro. En su cinturón colgaban el hacha, la espada y tenía un escudo en la otra mano.

Esa misma mañana se irían hacia Alere Flammam, llegarían por sorpresa para una franca invasión vikinga. A esa conclusión llegaron Estoico, Bocón y ella tras horas y horas de charla.

El viaje duraría dos días. Astrid pensaba que, si las cosas saldrían bien, podría volver a ver a una persona que extrañó todo esos años. El sentimiento la abrumó y cerró la puerta con fuerza, mientras su corazón se aceleraba aún más mientras corría.

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Brutilda sabía que los romanos eran personas en muchos sentidos tontas. Pero esto era diferente. Ella había peleado contra ellos miles de veces y ahora, era su prisionera. Miró sus muñecas, estaban esposadas a la pared por ese acero oxidado y mal oliente. Todos reclutados en una celda mísera y pequeña, condenados a esperar su suerte.

La rubia vikinga miró hacia la esquina, al otro lado de la celda. Hubiera ido para hablar cara a cara, pero las cadenas no eran muy largas y apenas podía dar un paso antes de quedar detenida. Las piernas le comenzaron a doler, cambió su posición, sentándose más cómodament.

Recargada en una esquina estaba una chica pelirroja, cuyo cabello esponjado le cubría casi toda la cara. Se abrazaba a sí misma con vehemencia y parecía dormitar.

—Greta—le habló—¡Greta!

La muchacha alzó su mirada, buscando quién le llamaba. Un hombre a su lado le indicó con la mano hacia donde estaba Brutilda. Parpadeando confusamente, dijo:

—¿Señora?

—Ven acá.

Greta se puso de pie con movimientos lentos, llevaban dos días encerrados y sin probar ningún solo bocado. Greta se puso de cuclillas frente a Brutilda.

—¿Qué pasa?

—El muchacho que vino aquí el otro día era Erick ¿No? Tu hermano…

—Si mi señora, lo era.

—Dime Brutilda ¡No soy vieja!—y le dio un ligero golpe en el hombro—¿Crees que pueda sacarnos pronto de aquí?

—Quizá—respondió, encogiéndose de hombros.—Dijo que acaba de escapar un reo, seguro aumentaron la seguridad.

Brutilda se recargó en la pared. Llevaba horas pensando en eso ¿Quién estaría encerrado en Alere Flammam? Ninguno de sus espías le mencionó sobre rehenes. Eso indicaba que era un secreto su existencia. Y si estaba vetada esa información a los soldados romanos, seguro era algo muy serio.

—Deberán ser listos—dijo, tras un largo silencio—O moriremos aquí de hambre.

Miró alrededor. Aunque todos estaban conscientes, también decaídos. Tumbados, sentados o hasta recostados en el suelo, los vikingos no decían nada y apenas se movían. No pensaban en rendirse, pero las fuerzas comenzaban a menguar.

—Lo serán Brutilda—Greta esbozó una ligera sonrisa—Erick puede ser más necio que una mula. Encontrará una manera de sacarnos de aquí.

—Rezo que así sea.

Brutilda pensó en su hermano Brutacio ¿Qué estaría haciendo el idiota en esos momentos? Sus amigos. Berk. Su dragón. Todo le vino a la mente. Por un segundo pensó que podría morir en ese lugar. Pero al otro momento desechó esas ideas.

Ella era una vikinga. Ella era una guerrera. Y ella lucharía hasta el final por conseguir la victoria.

Y aunque todos sus guerreros estaban entrenados para pensar de esa misma manera, no quitaba ese sentimiento de tristeza y melancolía. Deseaba que no pasara eso. Tener más tiempo de vida. Brutilda había aceptado con emoción el ser una de las vikingas más importantes, miembro del Consejo y modelo a seguir entre los jóvenes. Pero también anhelaba con casarse, tener sus hijos, criarlos y ver a su pueblo en paz, como hace años.

Miró nuevamente alrededor. La puerta se abrió de repente, de una manera rápida y precisa. Erick entró con unos canastos llenos de comida que dejó con cuidado en el suelo.

—Veré cuando pueda traerles más. Por favor, resistan—dijo, saliendo tan rápido como había entrado.

Los vikingos se arremolinaron alrededor de los canastos, pero se fueron repartiendo el pan de manera equitativa. Había suficiente para todos, al menos una ración considerable de comida. Bruilda comió pensando. Erick de verdad era listo, y atento, sonrió al recordarlo cuando entrenaba en Masla ¡Cómo le recordó a Hipo, siendo tan patético en un inicio a la hora de pelear!

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de unos golpes al otro lado del pasillo. Los gritos y todo el movimiento posterior hizo que descubriera una dura realidad.

Erick fue descubierto.

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Hacia tanto tiempo que no veía la luz del sol. Y sentía el calor de sus rayos sobre su piel como un milagro. Las veredas salvajes del bosque apenas y podían ser atravesadas por personas expertas en senderismo. Él, se guiaba por instinto, atravesando las piedras, las raíces y los árboles, con la enorme sombra negra a su lado.

—Chimuelo, vamos, debe haber un buen río por aquí. Tengo una sed de los mil demonios, y me imagino que tu también.

El dragón movió la cabeza de arriba hacia abajo. No estaba seguro de dónde estaban. Recordaba que Alere Flammam estaba construido encima de la destruida aldea de Taber. Voló hacia el este, donde se supone que deberían estar una serie enorme de acantilados seguidos de unas montañas altas, cubiertas de vegetación, donde casi nadie le buscaría.

Claro, que escapar en la noche tiene sus desventajas. Y esa era la poca luz. Hipo estaba seguro de haber volado derecho, pero todo lo demás decía lo contrario. No encontró los acantilados, en vez de eso, descendió en una costa de cristalinas aguas saladas y arena suave. Los bosques profundos parecían ser un buen refugio.

Si algo aprendió de leer tantos libros es de geografía. Siempre, por ley de la naturaleza, cerca del mar había un río. Y debía encontrarlo. La espesa vegetación indicaba dos cosas: exceso de ríos, o exceso de lluvias.

Ahora ¿Dónde estaba el río?

Chimuelo tenía sus sentidos tan agudos—Dragón a fin de cuentas—Que prácticamente lo guío hacia el río. Era ancho, muy grande y largo, afortunadamente con una corriente tranquila. El agua estaba limpia. Los dos amigos bebieron hasta saciar su sed y descubrieron una serie de árboles frutales cercanos a la rivera del río.

Tras recoger muchas frutas, Hipo se desnudó y se metió al agua. Era la primera vez en años que tomaba un baño, y la sensación le pareció la gloria. Usó una de las dagas para cortase el cabello y la barba, y también lavó la ropa. De tanto fregarla y por lo descuidada que estaba se le rompió; podía ponérsela, pero definitivamente debería comprarse prendas nuevas.

Al salir del agua se sintió un hombre completamente nuevo. Y en muchos sentidos lo era. Ya no pensaba de la misma manera que antes, había vivido experiencias muy intensas en esos años y ahora veía cada cosa como un milagro, un regalo de los dioses.

Chimuelo estaba bastante tranquilo. Se sentía libre y a gusto. Ya no estaba prisionero en esa celda apestosa e Hipo estaba sano y salvo. No obstante, dragón y jinete sabían que la guerra aún continuaba. Y pensaban intervenir en ello.

Hipo pescó una cantidad enorme de pesos en el río. Sin que Eliseo lo supiera, además de forjar armas, Hipo en sus ratos libres se la pasaba haciendo ejercicio. La poca carne que le daban disminuyó su consumo de proteínas, lo que le impidió desarrollar una musculatura abundante. Pero bajo las túnicas que siempre vestía, su cuerpo completamente tonificado era muchísimo más fuerte que cuando entró a la prisión. Sus prácticas rápidas y la necesidad de destreza hicieron que Hipo entrenara arduamente por las noches para convertirse en un guerrero. Y tras todos esos años, el esfuerzo dio su fruto.

Chimuelo hizo una fogata con ramas, cerca del río, donde Hipo comenzó a cocinar tres peces. El dragón se comió todos los demás, crudos, que le supieron a gloria. Los romanos eran increíblemente díscolos a la hora de alimentar a sus prisioneros.

Entre la fruta y el pescado, Hipo se sintió muy satisfecho. Se tumbó al lado de Chimuelo y vio las estrellas en el firmamento. Era la primera vez que las veía, y le trajeron recuerdos de su pasado. De su infancia, su adolescencia… esas noches volando. La vida había sido tan buena, no había nada que deseara más salvo devolverle la paz a su gente.

—Bien amigo, hay que trabajar.

Descansó poco, realmente no estaba acostumbrado a dormir mucho. Vacío todos los sacos y bolsos que llevaba. Las armas relucientes fueron amontonadas en un lado, y en el otro apiló todos los diferentes metales. Guardó una bolsa no muy grande, llena de oro puro y algunas joyas que fue guardando discretamente sin que nadie se diera cuenta.

Era hora de trabajar. Las hojas de algunos bocetos suyos estaban cuidadosamente dobladas y guardadas en su bota. Chimuelo miró las armas lleno de curiosidad y alegría. Le gustaba darse cuenta que a pesar del tiempo y el sufrimiento, Hipo no había perdido su espíritu.

Puso más ramas a la fogata y le pidió a Chimuelo que la hiciera más grande. El fuego era tanto que tenía casi su propia altura. Seleccionó las ramas más fuertes y resistentes de entre los árboles cercanos, comenzó a buscar entre las plantas hasta hallar unas hojas que fue deshilando, formando una especie de cuerda gruesa. Y, con unas pinzas, colocó pedazos de metal en el fuego.

—¿Quieres un regalo, amigo?

Chimuelo asintió y se sentó, con una expresión en el rostro que decía "¿Qué debo hacer?" Hipo río.

—Nada de momento. Tu presencia me basta.

El dragón rugió, con curiosa alegría. E Hipo se puso a trabajar.


Bien, se que no es un capítulo muy largo, ni donde haya tanta acción. La primera parte corresponde al funeral de Hipo (que se me había pasado mencionar) y lo agregué como contraste a los sentimientos de esperanza que Astrid siente sobre su invasión a Alere Flammam. Una manera práctica de profundizarlo; recuerden que Astrid e Hipo estaban comprometidos, así que saberlo vivo debe ser un golpe increíblemente fuerte, para ella y para todos.

Después, quise poner algo sobre los prisioneros, digo ¡Van a rescatarlos! me centré algo en Brutilda y en Greta. ¿Qué creen que haya pasado con Erick? Uy, de verdad a veces soy mala. Y la parte final pues ya saben exactamente lo que es. Ya tengo empezado el siguiente capítulo, no demoraré mucho en actualizar. Sus comentarios serán muy bien recibidos... se acercan las batallas.

chao!