LÁMPARA PARA OTRO SOL

Un recuerdo de Sol


Mi pequeña luna

(Merlín — Myrddin Emrys)

Jamás quise ser un héroe.

Mi vida debía como la de cualquier mago de los setari, hijos de los Primeros Ponis. Mis antepasados llegaron en una frágil barca desde Lukomorié, hoy llamada Sinfonía, en la Primera Migración. Eran pequeños pero fuertes y se ganaron el respeto de los grifos. Eran la raza más pura de los equinos: los unicornios setari, los terrestres midari y los bravos pegasos hrámicos, todos ellos hechos en piedra, con el corazón sincronizado con la naturaleza.

Quon Tali, Equestria había pertenecido a los grifos, ellos siempre estuvieron allí, los Primeros Ponis fueron simples invitados. La cultura de los grifos fue la cultura de las tres Tribus, nunca antes en Quon Tali hubo tanta unión como entonces.

Entonces llegó la Segunda Migración. Otra oleada de ponis que escapaban de Sinfonía: y aunque por ese entonces los grifos y Primeros Ponis los llamaban simplemente "Invasores", años más tarde los bravos selenitas les llamarían "madhen", que en su idioma es un insulto. Venían los pegasos adaskios, los unicornios cornukari y los terrestres arathi, a ocupar las tierras que quisieran. Venían a conquistar y no a vivir.

Los grifos siempre fueron fuertes, pero la Segunda Migración era distinta: los ponis madhen eran más grandes y fuertes que los Primeros Ponis, y además sabían trabajar el bronce, contra el que nada podía la piedra ancestral. En poco tiempo los grifos fueron arrinconados en el frío Norte, mientras que las tres Tribus de los setari, midari y hrámicos fueron empujados a las montañas y al interior de bosques que los madhen no querían.

Viví toda mi vida en el Bosque Everfree. Mi tribu acostumbraba comerciar con los midari del clan Tyren, ya que ambos reverenciábamos a los astros. Con pequeñas diferencias, eso sí: los Tyren hablaban con las estrellas, mientras los Emrys podíamos leer el movimiento de los planetas. Sabíamos que nuestro planeta no era sino otro de una hermandad de gigantes que orbitaba alrededor del Sol: lo llamábamos Sistema Saura. Y sabíamos que cada estrella era otro Sol con sus propios planetas alrededor, creencia que los Tyren despreciaban.

Fue el Sistema Saura quien nos advirtió de una gran amenaza. Seleccionaron a trescientos de nosotros, casi un tercio de la tribu, y nos ordenaron viajar por todo nuestro planeta, por todo el Mundo Conocido y aventurarnos a tierras desconocidas. Debíamos hablar con los Manantes y reunirlos en Quon Tali, porque según nuestros planetas hermanos, la unión de todas las Tradiciones mágicas nos salvaría.

Yo sólo hice lo que me ordenaron, jamás quise destacar, jamás quise hacer la diferencia. Únicamente quería cumplir la misión que me fue encomendada por los planetas.

Así conocí a un gamo llamado Anmergal. A una cabra maltratada física y mentalmente llamada Insanity. A un mapache con problemas de depresión llamado Kyuzo. Llegando a Tierras que jamás imaginé caminar, ¡Cerinia! ¡Cipango! Yo sólo fui uno de muchos.

La amenaza llegó, los Alicornios que venían a arrasar con nuestras antiguas tradiciones, tal como lo habían logrado en la lejana Lukomorié. Y pudimos haber ganado, pero aún después de mi esfuerzo y el de mis hermanos, fuimos derrotados por pura superioridad numérica. Huimos como escapan las presas del depredador: Kaley, una druidesa corza, recibió una herida en el cuello que le impidió hablar por el resto de su inmortal vida.

Y es que los Tyren y los Emrys conocíamos la existencia de un río tan cristalino que nada nunca bebía de él. Entramos, nos bañamos y bebimos de esa agua nunca antes perturbada, y con el tiempo nos dimos cuenta de que nos hizo inmortales.

Hoy de ese río no queda sino una pequeña fuente, que Huáscar, una llama que se ve y actúa como anciano pese a su juventud, se encargó de adornar. La Fuente de la Juventud.

Nunca quise liderarlos. No era el indicado, pero tomé algunas decisiones y por alguna razón todos las juzgaron acertadas. Resistir contra los alicornios por todo el tiempo que fuéramos inmortales, mantener vivas nuestras Tradiciones y el nombre de nuestras culturas aun cuando estas cayeran en el olvido. Intentar guiar desde las sombras a los ponis, para que en el futuro pudieran derrotar a la amenaza de los Alicornios.

Fracasamos en eso último, aunque no fue una derrota total. Los propios Alicornios se combatieron a sí mismos en dos sangrientas guerras civiles, que por un tiempo pasaron a la historia como la Herejía de Horus y la Herejía de Helios. Este último encerraron a los demás miembros de su especie, y fueron los únicos Alicornios que quedaron en Quon Tali (ya renombrada como Equestria). Al menos hasta que se enamoró de una pegaso y con ella tuvo a sus hijas

Primero fue Celestia, y desde que nació la odié. Era igual a los malditos Alicornios que nos arrebataron todo, aunque por sus venas corría una parte de sangre equina. Nunca pudimos hacer algo contra ella, el rey Helios fue precavido y la mantuvo bien custodiada.

Y entonces, ciento sesenta años después, nació Luna. Por ese entonces Helios se había relajado, y muchos meses planeé acabar con ella.

Entonces los planetas me hablaron, después de callar por dos mil años. Intercedieron por la Princesa Luna, diciéndome que ella ayudaría a restaurar al mundo. Ayudaría a revalorizar el pasado, nuestras culturas y nuestra magia.

Dudé, ¡Dudé muchísimo! Tanto tiempo que rogué por consejos, les pedía ayuda, y me habían ignorado hasta aquel día donde decidieron interceder por nuestros enemigos.

Logré entrar al cuarto de la pequeña Princesa. La observé dormir en su cuna, iluminada por el astro que le daba su nombre. Alcé con magia un cuchillo, y lo clavé en una pared. Me marché llevándome uno de sus juguetes, un pequeño muñeco que representaba a un mago unicornio, una caricatura de nosotros. Cuando llegaron sus padres y los guardias, yo no estaba en Equestria.

Jamás podría matar a una cría de ninguna criatura. Guardé el muñeco, aún lo conservo para recordar aquel bebé que dormía y que estuve a punto de exterminar; muchos años pensé si hice lo correcto.

Hoy creo que al menos esa decisión fue buena. La Princesa Luna apoyó muchísimo a nuestra causa, sin darse cuenta, y aquello le trajo muchos problemas. Ella siempre amó la antigüedad, los misterios de los megalitos, dólmenes y menhires. Ella supo apreciar el misterio del acebo, del corazón del invierno. Siempre estuve ahí para ayudarla, se lo debía por haber considerado matarla cuando más indefensa estaba, pero fracasé cuando más me necesitó.

Cuando fue enviada a la luna.

No soy un líder. Nunca quise ser el maestro y la inspiración de Star Swirl el Barbado. No puedo evitar odiar a Celestia, y cada nuevo sol que levanta me llena de odio. Fallé siempre contra los Alicornios.

No sé por qué confían tanto en mí.