Disclaimer: Akagami No Shirayuki hime no me pertenece.
Hurto* involuntario
.
Un beso legal nunca vale tanto como un beso robado.- Guy de Maupassant
.
La noche se convirtió fácilmente en día para Zen, sentado junto a la cabecera de Shirayuki, y fue precisamente el toque de campana para que Mitsuhide, con una sola mirada, le hiciera salir para que cumpliera con sus obligaciones, dormir una buena siesta y desayunar, inclusive.
Nunca sabría qué era lo que tenía la mirada de Mitsuhide que le hacía claudicar tan fácilmente, cuando siempre parecía tan poco firme frente a Zen.
—No estará sola, Zen— la mano de Kiki se posó sobre su hombro, acompañada de la voz suave y casi maternal que le hacía poner de vez en cuando—, te lo prometo.
En momentos como ésos, Kiki y Mitsuhide parecían intercambiar sus roles; él se ponía firme y ella se suavizaba, como si sus personalidades de siempre no fueran las indicadas para sostener a Zen cuando las cosas se ponían difíciles. Como si uno fuera el complemento del otro.
Una vez que se sentó en su escritorio, luego de comer algo, pero sin muchos deseos de dormir, tomó uno de los papeles que se amontonaban en grandes pilas de trabajo sin terminar, pero que parecía haber sido colocado ahí solo recientemente. Pasó los ojos azules por sobre el documento, más por curiosidad que por verdaderas ganas de trabajar. Era una circular informativa en la que se disponía que Su Majestad, el Rey, había sido puesto en conocimiento del atentado de la noche anterior, y que llevaría el caso personalmente, no sólo porque la víctima era invitada suya, sino que el hecho de ser Su Alteza el supuesto objetivo original, le impedía a éste tomar el caso con verdadera imparcialidad.
Más abajo, el documento requería su firma, no porque estuviera pidiendo autorización, sino porque era menester que se diera cuenta de su emplazamiento conforme*.
En el fondo, lo agradecía. No se sentía en condiciones de tomar esa responsabilidad bajo su mando.
La noche anterior había sido muy ajetreada y complicada, llena de cosas que hacer. De cualquier modo, pensó, no era una excusa para no hacer su trabajo. Cuando Shirayuki despertara, no le agradaría nada que se hubiera dedicado a capear sus deberes, y así al menos estaría menos ocupado para pasar tiempo con ella cuando se recompusiera.
Manos a la obra.
Sus dos guardaespaldas más antiguos lo vieron desde distintos lugares de la oficina e intercambiaron entre ellos una mirada satisfecha antes de ponerse a hacer cada uno lo suyo. Zen estaría bien.
Del que no estaban tan seguros era sobre Obi.
El príncipe les había comentado someramente sobre su pequeña discusión de la noche anterior y cómo él había huido por el ventanal de la habitación de Shirayuki, con lo que se le antojó, una inusitada facilidad, lo que le hizo preguntarse no sólo con cuánta frecuencia el otrora delincuente habría ido y venido haciendo lo mismo, sino que cuánto le habría afectado en realidad toda aquella situación. Y esa pregunta llevaba, necesariamente, a qué tan buena o cuán intensa sería su relación como para que le afectara de esa manera y ninguno se hubiese dado cuenta de eso.
No era la primera vez que Obi reaccionaba erráticamente -Porque esa era la regla general-, pero cuando se trataba de la pelirroja, no era menos cierto que, dentro de toda su rareza, Obi actuaba extraño.
Mitsuhide no pudo evitar recordar el episodio en que lo dejó a él solo vigilando el paseo del príncipe con la señorita. Aunque se lo había reservado para él mismo, ahora veía cierta conexión en los hechos. Se preguntó si debería comentarle a Kiki sobre eso.
—¿Por qué me cuentas esto ahora?— le preguntó Kiki, más seria que molesta.
—No le había dado tanta importancia— respondió con simpleza, interpretando para bien la curiosidad de la rubia—. Tú sabes lo raro que es a veces.
—Cierto.
Y tenía razón. Pero con eso, no le estaba dando nada por zanjado.
Obi deambulaba como alma en pena por los alrededores. Zen le había dado el día libre, atento a la gravedad con que se había tomado los hechos de la noche pasada, con el afán de que descansara. Pero eso casi había logrado el efecto contrario; no tener a Shirayuki andando de allá para acá le habría dejado si la ocupación que tomaba todo su tiempo desde hace poco más de un mes y medio, y como su orgullo herido le impedía pasar a ver a la señorita, solo le quedaba recostarse sobre la rama de algún árbol con aire ausente a ver -sin prestarle atención en lo absoluto, la verdad sea dicha- cómo pasaban las nubes por sobre su cabeza.
Era realmente preocupante ver cómo el mono-mascota del Palacio, que usualmente estaba repleto de energía sin consumir, de pronto estaba laxo y sin ánimos de nada.
Zen llegó a preocuparse de que fuera un efecto secundario del veneno, así que le sugirió que fuera a hacerse un chequeo a la farmacia. Pero el caballero, lejos de negarse con una sonrisa traviesa, como habría esperado de su parte, solo emitió un so índigo ausente.
—Si es lo que quieres, amo— y tras eso, se marchó con la mano puesta sobre el hombro contrario.
Zen lo había visto marcharse sólo para verlo poco rato después, sentado sobre un árbol.
El príncipe suspiró con cansancio. Las cosas estaban difíciles; no sólo tenía que mantener su propia moral en alto, sino que también la de Obi, al parecer. Pero la vida, en general, no era fácil, ¿o sí?
Sintió la brisa sobre su rostro cuando salió a estirar las piernas.
—Buenas tardes, Su Alteza— la voz del pequeño Ryuu le saludó a un lado, estaba llevando un recipiente con unos cuantos frascos en él.
—Ah, Ryuu— le dedicó una sonrisa de cortesía, dispuesto a dejarlo pasar, antes de darse cuenta de un detalle no menos importante.
Ryuu estaba a cargo de vigilar el estado de Shirayuki. Y a juzgar por su carga y la dirección que llevaba, iba para allá en ese mismo segundo. La idea de preguntarle si podía acompañarlo se coló rápidamente en su cabeza.
—Ryuu, tú— comenzó el príncipe, ruborizándose un poco en el proceso— ¿vas a donde Shirayuki?
—Así es— el niño le miró con curiosidad—, ¿necesita algo?
—¡Herm... no, yo solo...!
—¿...Quiere saber cómo se encuentra?— le sugirió igualmente inocente. El hombre asintió—. Bueno, no ha despertado aún, pero su fiebre tampoco es muy alta...
—¿Fiebre?
—Sí— asintió con la cabeza—, es efecto secundario del antídoto; sus defensas bajan y...— sí, había oído la explicación que la jefa de farmacéuticos les dio anoche, la recordaba, pero no podía evitar preocuparse.
Ryuu seguía explicando entre murmullos los efectos colaterales del exceso de antídoto en el organismo de una chica de la contextura de Shirayuki y cómo le sorprendía que su fiebre no fuera más alta -No es que eso le molestara-... y Zen lo único que podía pensar era en lo mucho que se sorprendía de estar entendiendo todo eso a pesar de no estar prestándole verdadera atención.
—¿Será que acaso quiere acompañarme a verla usted mismo?— cayó en la cuenta del niño, pegando un respingo de pronto. Abrió los ojos en dirección al príncipe, quien lo miraba, a su vez, con la boca entreabierta.
—¿Puedo?— quiso asegurarse é, esperanzado y avanzando un poco hacia el prodigio con el que pocas veces antes había conversado tan largo y tendido.
¿Habría sido que Ryuu creció de pronto? Algo le decía que no era ése el caso. Había oído hablar a Obi sobre lo buen chico que era el prodigio que Garack tenía trabajando en el laboratorio, pero solo una vez que Shirayuki había puesto un pie ahí. Antes de eso, solo se limitaba a intercambiar un saludo cordial con la cabeza las poquísimas veces que lo veía fuera de su oficina.
El niño frente a él asintió en su dirección con una mezcla extraña entre seriedad y conformidad en el rostro. Zen pudo advertir que era una sonrisa por la suavidad de su entrecejo y cómo las comisuras de sus labios se curvaban levemente hacia arriba. Le sonrió de vuelta como única respuesta.
Shirayuki era como una muñeca de loza ahí, tan blanca y perfecta, sobre la cama, en comparación a su habitual eterno deambular. Le costaba un poco imaginar que la misma chica que estaba siempre en constante movimiento, jamás satisfecha hasta las últimas consecuencias, la que parecía inmune a, cansancio o el sueño, ahora figurará tan quieta e imperturbable entre las sábanas de su propia cama en calidad de enferma.
Tenía las mejillas sonrojadas, producto de la fiebre que, tal y como aseguraba Ryuu, era normal e inofensiva, cuando se tenía controlada.
Se veía hermosa.
El pensamiento le revolvió el estómago y se sintió como una basura por pensar así en un momento como ése.
Ya llevaban allí un buen rato y la tarde comenzaba a teñir la habitación de la pelirroja con tonos anaranjados y violetas, por la luz del ocaso que se filtraba a través de la ventana entreabierta y de los visillos que se mecían con él rezado de la brisa vespertina, inundándolo todo con un aire etéreo, como si tuvieran un pedacito de cielo en el palacio.
Tampoco le sorprendería que, de ser así, éste estaría en la habitación de Shirayuki.
Estaba sentado a un lado, un poco más atrás, sobre un diván que Shirayuki parecía no usar en lo absoluto, cuidándose de no molestar al niño, quien cambiaba el paño húmedo sobre su frente y revisaba el resto de sus signos vitales; ya había sido muy amable con él al permitirle visitarla, lo que menos quería era ser una molestia.
—Su Alteza— le interrumpió éste, el hilo de sus pensamientos—, tengo que ir por más agua fresca y revisar los resultados de los exámenes de sangre de Shirayuki, ¿podría usted estar pendiente de ella mientras no estoy?
—¡Por- Por supuesto!— se levantó del diván, enérgico, para tomar su lugar en el asiento junto a su cabecera.
—De acuerdo, la dejo a su cuidado— y con una pequeña reverencia, el joven farmacéutico salió del cuarto de su compañera al que había entrado sin inmutarse.
Y ahí se quedó. Sólo en la habitación de Shirayuki, sin más compañía que ella misma en estado de inconsciencia.
Miró al rededor con calculada precisión, incapaz de relajarse del todo y advirtió lo poco personalizada que tenía su recámara. De alguna forma, le extrañó un poco; era una chica, después de todo, y encontraba natural que quisiera apoderarse un poco del espacio que le habían otorgado. Pero ella pasaba todo su tiempo en la farmacia o en los jardines y sólo la veía marchar a su cuarto cuando era hora de dormir.
Se preguntó si en Tanbarun las cosas eran así también. De seguro Obi sabría la respuesta si le preguntaba...
Se detuvo ante el pensamiento. Obi entrando a la habitación de Shirayuki; del mismo modo en que Ryuu lo había hecho, e incluso Kiki, durante esa mañana. Todos menos él, que por el contrario, era su segunda vez allí, si contaba la noche anterior, claro.
Y ahí estaban ellos, solos en el dormitorio, mientras ella estaba allí, luciendo tan bella y endemoniadamente indefensa. Se sonrojó violentamente ante su pecaminosa idea. ¡Pero qué rayos estaba pensando! Se reprendió. Pero el problema aún estaba ahí; Shirayuki seguía recostada en su cama, inocente, y él aún la miraba, hambriento de probar sus labios, sabiendo que estaba mal, como si fuera alguna especie de gato al que han dejado custodiando la carnicería.
Por un instante, se arrepintió totalmente de estar ahí, de haberle pedido a Ryuu que lo dejase acompañarlo y de aceptar quedarse con ella mientras el otro iba y volvía. ¿Por cuánto tiempo se había ido? De seguro ya estaba por volver y acabaría pronto su placentero suplicio... y ese pensamiento -o cualquier otro similar- fue expulsado velozmente de su cabeza en el instante en que se descubrió a sí mismo inclinándose sobre el rostro durmiente y hermoso de la pelirroja -sin siquiera preguntarse cómo diablos había llegado hasta ahí sin advertirlo- y posando sus labios sobre los de ella.
Se separó de ella sólo un segundo después -¿o habrán sido unos cuantos?- con los ojos abiertos, dañados cuenta de lo ocurrido. Los labios le hormigueaban, como si el contacto con ella le hubiese provocado una reacción alérgica, y aquello, se dijo, no habría sido más que un puro castigo divino que estaba dispuesto a recibir cada vez.
Se llevó una mano a los labios, colorado, mientras miraba a la chica aún sobre la cama, como si esperara una reacción. Pasó lo que a Zen se le antojó como un largo segundo antes de, como por arte de magia, sus párpados comenzaran a temblar, al mismo tiempo que la manilla de la puerta se tornaba. El príncipe se levantó de golpe y miró hacia uno y otro lado, sin saber cuál de los dos asuntos era más urgente de atender y decidiéndose al fin por tomar el trapo húmedo que yacía olvidado sobre la mesita de velador y pasarlo con cuidado por sus sienes, en un intento desesperado por aliviar el peso que se seguro le estaba impidiendo abrir sus hermosisimos ojos verdes de una buena vez.
—Ryuu— le dijo, cuando él niño abrió la puerta con las manos cargadas, para llamar su atención.
El chico alzó la mirada y abrió grandes los ojos azules al ver al príncipe frente a él, encorvado sobre la cama y enviándole una mirada significativa que el menor no tardó ni Dos milésimas de segundo en interpretar. Se apresuró en llegar a su lado, dejando las cosas sobre un mueble cercano, para acercarse a revisar a la muchacha que trabajaba codo a codo con él en la farmacia. Tomó su muñeca para comprobar su pulso, al tiempo que tocaba su frente para la temperatura. Su cara tenía un saludable color rosa y su temperatura se había estabilizado.
Casi al mismo tiempo, mientras ambos chicos la miraban aguantando la respiración, el objeto de sus preocupaciones abrió lenta, muy lentamente los ojos, ofreciéndotelos al mundo, y lo primero que vio fue la silueta de Dos cabezas monocromáticas sobre ella, las que luego de un par de parpadeos más y cuando su visión se hizo más nítida, logró reconocer cómo la de Zen y Ryuu, quienes la miraban con una expresión tensa en el rostro.
—Uh, qué...
—¡Iré a buscar a la jefa, no tardo!
El aviso y posterior huida del niño cortó el débil intento de Shirayuki por ponerse al día con el mundo real. Vio, con dificultad, partir a su colega, mientras que el otro se quedaba a su lado en un silencio casi preocupante. La chica miró en su dirección al advertir su expresión compungida.
—Zen...
Pero sus intentos por hablar fueron nuevamente interrumpidos cuando el susodicho se abalanzó sobre ella y la rodeó con sus brazos.
Ella se paralizó por la compañía, sintiendo el calor del cuero ajeno como un estímulo distinto, agradable y reconfortante, pero no suyo, al fin y al cabo. Sintió la respiración de Zen contra su cuello, contra su almohada y poco después, un suspiro. Dentro de todos su estupor y somnolencia, ella pudo reconocer ese acto como de un niño un pedía consuelo a gritos, por lo que, inconscientemente, le llevó una mano a la espalda, como una madre que acoge a un niño en su regazo, cálida, suave, contenedora.
Casi inmediatamente, el príncipe se separó de ella y la miró con sus intensos ojos azules de ensueño y ella tuvo que obligarse a respirar con normalidad ante su escrutinio.
—Me alegro tanto de que estés bien, Shirayuki— le dijo él, el alivio inundó su voz, quebrándosela—, me alegro tanto.
Ella sonrió. Casi por reflejo.
—Lo siento.
Todo lo que vino después fue un torbellino de voces, sucesos y emociones complicadas. Su dormitorio estaba lleno de gente preocupada por su salud, pero ella poco podía entender todo cuanto sucedía a su alrededor. La jefa de farmacéuticos le había revisado los signos vitales y en ese instante figuraba haciéndole preguntas sobre cómo se sentía, si estaba mareada o su estado de ánimo, a lo que ella respondía con palabras cortas y sonrisas ausentes.
A todo a lo que podía prestar atención era al público no profesional que estaba ahí esa noche, o más bien, a la parte que no estaba.
—¿Sientes hambre o sed?— la voz desenfadada y profesional por partes iguales de su jefa le llamó la atención de golpe.
—¿Ah? No realmente... o quizás sí, quizás un poco se agua estaría bien— balbuceó ella con suavidad, aún encontrando su voz luego de casi veinticuatro horas sin usarla.
Todos estaban ahí; Zen, Kiki, Mitsuhide, Ryuu... Obi era el único que no estaba allí, y ella se preguntó inevitablemente si acaso él no estaría feliz con su recuperación.
Bajó el rostro ante el amargo pensamiento.
Rayos, tenía tanta sed, le dolía la garganta.
Por su lado, Garack sonrió, satisfecha.
—Debes estar agotada— resolvió ante su aparente decaimiento—, es normal, después de todo, tu organismo ha estado librando una ardua lucha open contra de agentes patógenos severos. Todo lo demás está en orden, incluso es normal que te sientas sedienta— observó la mujer, risueña—. Te dejaré un jarrón con agua, ¿está bien?
Ella asintió de forma ausente, como si hubiese entendido sólo la mitad de lo que oyó, suponiendo que realmente oyó la explicación.
—Descansa esta noche, mañana veremos cómo amaneces— fue lo último que oyó—. ¡Y ustedes!— llamó la atención de los otros, que estaban allí más de acompañamiento que ayudando verdaderamente—: es hora de irse, la paciente debe descansar— se colocó las manos en las caderas—, ¡vamos, qué esperan!
Y haciendo gestos con las manos, los correteó a todos de la recámara. El príncipe y sus guardaespaldas se vieron obligados a salir uno a uno, incluyendo al pequeño Ryuu, quien una vez que la jefa hubo tomado el mando, se convirtió en un espectador más.
La mujer los vio salir con una sonrisa suficiente en el rostro, luego se volteó hacia su subalterna, quien aún estaba recostado sobre la cabecera de la cama con una expresión ida en sus facciones. La instó a acostarse y la arropó como si se tratara de una niña pequeña que no puede hacerlo lo por sí misma.
Solo una vez que hubo salido de la habitación y cerró la puerta a sus espaldas, Garack se apoyó en ella y suspiró con cansancio.
-¿Cómo está ella?— una voz grave y tímida le habló a un lado.
—Sana, pero triste. Se dio cuenta de que no estabas, ¿sabes?— le respondió la mujer, con la espalda aún apoyada en la puerta. Levantó el rostro y lo miró— Obi, debiste haber entrado a verla.
El hombre arrugó el gesto ante su comentario y apartó la vista de la encargada de la farmacia de la Corte, como si le hubiese insultado gravemente y no pudiera decirle nada al respecto.
—¿Cómo podría haberlo hecho? No puedo verme ni al espejo, mucho menos podría verla a ella.
—¿Y no has pensado qué es lo que ella quiere? Estoy segura de que esperaba verte ahí.
—No puedo creer que eso sea así.
—Nadie te está preguntando qué es lo que tú crees, guapo— le respondió la mayor, despegando su espalda de la puerta del dormitorio de su aprendiz, para pasar al caballero y seguir de largo por el corredor que dirigía a la farmacia, dejándolo solo como a un gato en la oscuridad.
.
*El hurto es la apropiación indebida de un bien ajeno, pero, a diferencia del robo, es sin violencia.
Uff! Ha sido difícil, este capítulo me costó mucho trabajo escribirlo, lo tuve que borrar unas mil vecs antes de convencierme. Y eso que debiera estar estudiando para el grado.
