Disclaimer: La misma afirmación de siempre, esa que dice que ninguno de los personajes de Naruto me pertenece.

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¡Hola a todos!, ¿cómo están? Ojalá que muy bien. Bueno, como todas las noches, he aquí el capítulo diario de este fic (el cual no escribo el nombre porque es muy largo. Si, si, quien me manda a mi a ponerle un nombre tan largo =D). En cuanto a la historia, espero de todo corazón que les esté gustando. Gracias, muchas gracias, por sus reviews que me animan tanto y alimentan mi ego de seudo-escritoria (jaja), así como el que agreguen mi historia a Favorites y Alerts. Incluso el que lean y le den una oportunidad me hace feliz (si, soy de esas personas que se alegran con poco). Como sea, ¡gracias! Muchas, muchas. Y ojalá sigan corrigiéndome y criticándome y dándome su opinión. No por fines de dar de comer a mi ego, sino porque realmente quiero mejorar. Quiero escribir mejor, así que siéntanse libres de corregirme. Espero no decepcionarlos. ¡Nos vemos y besitos!


El niño monstruo y la niña que no quería el mundo


IX

"Vacío"


Aferrándose, alterado y con los pensamientos desordenados, la cabeza; enterrando los dedos de su mano derecha en sus cabellos color rojo sangriento; observó con las pupilas contraídas y ojos inyectados de sangre su mano derecha. Y de forma tosca curvó sus dedos hacia adentro. Ella lo estaba quebrando, literalmente (y figurativamente también), había quebrado sus defensas. Le había agrietado los muros del resguardo que aún llevaba consigo tras todos aquellos años. Le había hecho bajar la guardia. Y, a pesar de haber cambiado y haber optado por establecer vínculos que nada tuvieran que ver con el odio y el asesinato, Gaara no bajaba la guardia fácilmente. No se descuidaba ni actuaba con despreocupación frente a muchas personas. Pero ella era diferente, desde el principio lo había sido. No encajaba, no se ajustaba a ningún molde que hubiera armado en su cabeza. Era como Naruto, pero no lo era, pues carecía de la falta completa de sentido común que él tenía y carecía también de la confianza que el rubio emanaba. Y era otra serie de tantas cosas y no era ninguna de ellas. Pero –por un breve y efímero instante que nunca debería haber sucedido y no volvería a suceder porque él era el Kazekage y de él dependía su aldea- lo había desarmado. ¿Por qué? No lo sabía. Quizá porque parecía inofensiva, y lo era. No porque considerara que era débil –aunque físicamente probablemente sería incapaz de derrotarlo- porque podía dañarlo si quisiera, sino porque no lo había hecho. Si, podría haberlo dañado a antojo –porque las heridas de la carne sanaban pero las heridas del corazón difícilmente lo hacían y él lo había aprendido por las malas-, podría haberlo dañado por el simple placer de poder hacerlo, pero no lo había hecho. Y tenía la sensación de que no lo haría, aún si fuera conciente de cómo dañar.

O quizá lo había desorientado con sus palabras y esos ojos blancos vacíos, ojos igual a los suyos, hundidos en la desesperación de la soledad pero que dejaban entrever que luchaba por salir de ella, que luchaba por abandonar esa sensación de frialdad que él mismo había sentido en el pasado y que ocasionalmente lo embestía con violencia cuando él menos lo esperaba. Y se esforzaba por lucir fuerte, fuerte frente a sus camaradas –tal y como había visto en el bosque con aquel renuente shinobi que no había querido dejarla ir con él por su seguridad, o por egoísmo (¿quizá?)-, frente al mundo, frente a todos. Y sonreía con gentileza pero la curva de su sonrisa se quebraba por instantes y era amable cuando obviamente muchos no lo habían sido con ella, y él lo sabía porque podía verlo todo en su mirada. Que era una mentira. Como a veces él se sentía una, cuando veía en los ojos de otros para ver que aún no confiaban en él. Que aún había y siempre habría personas en el mundo que lo juzgarían por su pasado, por su monstruosidad. Por el niño monstruo que había sido. Pero ella no. Ella no le huía y no veía la atrocidad en sus ojos aún cuando había sido más testigo que muchos otros de sus atrocidades y actividades siniestras. Ella no lo alejaba, ni se alejaba ella, y eso en cierta forma era lo que le causaba tal estado de alteración. Le había permitido una proximidad que solo unos pocos le habían concedido en el pasado. Y se preguntó entonces si la habría asustado, era probable, porque se había tomado un atrevimiento que solo se había tomado con Naruto previamente –una vez- y aquella vez lo había hecho porque sabía que el rubio no tenía el menor respeto por ningún tipo de protocolo y que los modales no le importaban, y que no se ofendería de ninguna forma si él lo guiaba a estrechar su mano, a modo de agradecimiento; pues le había salvado la vida (y aquella era la segunda ocasión que lo había hecho, la primera, lo había sacado de la oscuridad) y quería que lo supiera. Que estaba agradecido, por ser su primer lazo. Pero ella no era como Naruto. Hinata se guiaba por el manual de modales y cordialidad, y era amable y gentil, y lo suficientemente retraída como para sentirse invadida por un acto de tal naturaleza. De hecho, era por ello que se preguntaba el porque alguien como ella se acercaría a alguien que en el pasado no había tenido miramiento alguno para teñirlo todo de rojo. No lo entendía, no. Lo perturbaba. Y por ello estaba de esa forma, y se sentía desequilibrado de esa forma, como no lo había hecho en mucho tiempo. Era un alivio entonces, que el Shukaku no estuviera ya en su interior, o habría reclamado ya la vida de ella por lograr afectarlo a él de esa forma. Le habría susurrado como lo había hecho cuando era aún un niño pequeño que la matara, que acabara con su miseria y su miserable existencia. Que le haría un favor a ella, alimentándose de su vida, pues era patética. Si, era un alivio; pero no por ello era todo más fácil. Porque no, nada era fácil y nada lo sería. Eso había aprendido de él, Uzumaki Naruto.

Aferrándose aún más la cabeza, cerró por un instante los ojos para luego observar el sol alcanzar lo más alto en el cielo a través del frío cristal. Había sobrevivido otra noche, otra jornada de absoluto insomnio que no había ayudado en nada a calmar su tumultuosa mente –que nunca podía lograr apagar y que estaba siempre en constante movimiento, siempre repitiendo una y otra vez lo mismo, enfrentándolo constantemente consigo mismo-, y ahora ya había amanecido y el mediodía había llegado una vez más. Y aún permanecía allí, inmóvil nuevamente en el alfeizar de la ventana del lugar que estaban ocupando durante su estadía, contemplando el movimiento de Konoha sin prestarle realmente atención.


Caminó empequeñecida por las calles de la aldea, con sus brazos delicadamente replegados contra sus pechos y escaneando con sus ojos perlados –bajo sus pestañas oscuras- en busca de su compañero de equipo. Desde el día anterior, desde que la había dejado en compañía de Gaara en la lindera del bosque no había vuelto a verlo, y eso le preocupaba. Kiba rara vez desaparecía de esa forma, a menos que tuviera una misión o algo de similar naturaleza –como asuntos privados de su clan o ayudar a Hana en la clínica-, de hecho, habitualmente sería él quien estaría buscándola a ella para entrenar juntos o para almorzar junto con Shino. Pero tal no era el caso, y eso le causaba cierta tristeza. Espero que Kiba-kun n-no esté enfadado c-conmigo... Aunque temía que ese fuera el caso. Seguro, él había dicho que no pero Hinata –quizá más que nadie- sabía que su amigo odiaba ser contradicho y que no se le hiciera caso. E imaginaba que debería haber sido peor dado que él solo había intentado velar por ella, lo que le recordaba que Gaara también era probable que estuviera disgustado con ella. Entristecida, se agachó y rodeó sus rodillas con sus brazos, soltando un pequeño suspiro. Era todo su culpa. Aún cuando no había querido ofenderlos a ninguno de los dos había terminado exactamente haciendo aquello que había querido evitar. Quizá había intentado demasiado, o quizá simplemente no comprendía cómo tratarlos. Hinata era conciente, muy conciente de hecho, de que no era buena relacionándose en muchas situaciones. Se ponía nerviosa al instante y empezaba a tartamudear y a querer arreglar sus propios tropiezos, causando más tropiezos, lo que la llevaba a sonrojarse y sentirse la persona más tonta del mundo. De niña, desde que lo recordaba, siempre había sido así, siempre escondiéndose tras las piernas de su padre o su madre cuando algo la apenaba o la ponía incómoda –como conocer a su primo por primera vez-, y siempre durmiendo con la luz prendida pues por querer lucir fuerte, intentaba ocultar que –en verdad- tenía miedo. Pero ya no podía hacer eso. Ya no podía ocultarse detrás de nadie ni esconderse, y ya no quería hacerlo tampoco. Ya no quería huir ni retirarse, ni retirar sus palabras. Por eso, quería arreglar las cosas, porque simplemente no soportaba la idea de haberle causado molestias a alguien.

Poniéndose de pie, nuevamente decidida, sacudió con delicadeza sus pantalones y continuó caminando. A su alrededor, las personas continuaban con sus quehaceres cotidianos, yendo y viniendo por la aldea, entrando y saliendo de las distintas tiendas, sin prestarle demasiada atención a ella. Y quizá ella se había distraído demasiado en ese hecho, porque no se percató cuando se atravesó en el camino de alguien y cayó de espaldas al suelo. Avergonzada, alzó la mirada, solo para encontrar a Shikamaru contemplándola con expresión de aburrimiento.

—¡S-Shikamaru-kun...! —exclamó con voz suave, poniéndose rápidamente de pie y haciendo una cordial reverencia—. E-Esto... lo siento... yo... creo que me distraje... y...

Pero el Nara simplemente le restó importancia agitando una mano en el aire mientras que con la otra cubría su boca para reprimir un bostezo —¡Tsk! No hay problema.

—O-Oh... Gracias, Shikamaru-kun...

El moreno rascó su nuca desconcertado. Ciertamente, Hinata era diferente, al menos lo era en relación a las mujeres problemáticas que rondaban su vida. Su madre, Ino, Temari, todas ellas, en una situación similar, lo habrían culpado a él y habrían comenzado a sermonearlo por ello, coaccionándolo no muy sutilmente a que se disculpara por ser un "idiota". Si, ese sería el término. Pero la Hyuuga no era igual de problemática. Por el contrario, era amable y gentil y se preocupaba demasiado por los demás –inclusive más de lo que se preocupaba por sí misma, había dicho Kiba-, así como tampoco alzaba la voz. Lo cual, en su opinión, era una bendición. La voz chillona de Ino gritándole todo tipo de insultos que variaban desde holgazán, bueno para nada, hasta idiota, no era exactamente música para sus oídos.

Colocando ambas manos en sus bolsillos, la miró con expresión de cansancio —Bueno... debo irme o no escucharé jamás el final del sermón si llego tarde a buscar a esa mujer problemática.

Hinata parpadeó suavemente —E-Esto... ¿B-Buscas a I-Ino-san?

Él enarcó ambas cejas —¡Tsk! Nah, busco a Temari. Ino es aún más problemática... Se supone que hoy deliberarán sobre los resultados de los exámenes chuunin y ella representará a Gaara y a Sunagakure en la toma de decisiones. Problemático... —exclamó luego, soltando un suspiro— Será la reunión más aburrida... —aunque, con un poco de suerte, podría dormitar unos instantes si la ocasión se daba, y si Temari no se daba cuenta de que ese era su plan, obviamente. Debería pensar todo bien antes de intentarlo, no quería hacerla enfadar. Dios no permitiera que la problemática mujer fuera a enfadarse.

Y haciendo un gesto despreocupado de la mano comenzó a caminar. Dubitativa, Hinata lo observó comenzar a marcharse, observó la espalda de él comenzar a alejarse de ella, sin saber si debía ir con él o no. Finalmente, se forzó a alzar la voz –aunque esta sonó suave, de todas formas- para llamarlo —Esto... S-Shi... Shikamaru-kun…

Parpadeando, se detuvo y volvió la cabeza aún con las manos en los bolsillos y la postura desgarbada —¿Dijiste algo, Hinata?

Ella asintió, bajando la cabeza tímidamente —Si... yo... ummm... m-me preguntaba si podría ir... u-uh... ¿c-contigo?

Aún perplejo, la contempló en silencio —Naruto no estará allí.

Sonrojada, negó con la cabeza —E-Esto... no... no busco a Naruto-kun...

Volviendo su espalda a ella una vez más, bostezó abiertamente, sin molestarse en cubrirse la boca porque tenía ambas manos en los bolsillos, y asintió —¡Tsk! Seguro... tú no me traerás problemas como Ino.

Hinata sonrió gentilmente —G-Gracias Shikamaru-kun... — y apresurando el paso lo alcanzó y en silencio comenzó a caminar a su lado. Ino había dicho en muchas ocasiones que Shikamaru no era un hombre de muchas palabras, y había estado en lo cierto –aunque su tono no había sido particularmente amistoso al respecto-; pues caminaba simplemente como si estuviera en su propio mundo, contemplando las escasas nubes que había aquel día como si fueran lo más interesante del mundo, pero él lucía aburrido. De alguna forma, Hinata encontraba ese rasgo de él curioso, aunque de forma positiva. Shikamaru, en algún nivel, le recordaba a Shino. Espero que a S-Shino-kun le esté yendo bien en su misión... Y como estaba acostumbrada, también con Neji –que tenía la misma cualidad-, no necesitaba llenar los espacios silentes con palabras. Simplemente estaba conforme de que él le hubiera permitido acompañarlo. Pero a medida que se acercaban más y más a destino, la joven Hyuuga comenzaba a ponerse más nerviosa. La determinación que había juntado, el valor dificultosamente acumulado, comenzaba a desaparecer al darse cuenta que no había pensado qué diría cuando lo viera. Ni había planeado siquiera cómo disculparse, que era todo lo que quería. Simplemente no quería que estuviera enfadado con ella. ¿Quizá... no debería ir...? Negó con la cabeza. No, no se retractaría. Y-Yo debo... Suspiró. Pero era muy difícil. ¿Y si él la odiaba? ¿Y si no quería verla? M-Mejor...

La voz de Shikamaru la sacó de su lucha interna consigo misma —Oy, Hinata. Llegamos.

Con las mejillas enrojecidas, asintió y alzó la vista contemplando el edificio en que los hermanos de la arena estaban alojándose. No era demasiado alto. De hecho, era probable que el apartamento en que estuvieran quedándose fuera el único que había. Pero debía ser espacioso y tenía una bonita ventana que daba a los coloridos techos de Konoha. Además, quedaba cerca de la torre de la Hokage, lo cual parecía conveniente por motivos obvios. Y a la vez parecía tranquilo, pues estaba alejado de los mercados.

Pensó, una vez más, en marcharse; pero suponía que quedaría como una tonta a los ojos de Shikamaru, y sería aún peor si llegaban a verla allí alguno de los hermanos de la arena. Por eso, ya no sentía que tenía alternativa alguna y eso la incomodaba. Pero debía calmarse, debía evitar continuar sonrojándose y debía tratar de no tartamudear y vacilar para luego tropezar sobre lo que intentaba decir. Se había convencido que debía dejar de hacerlo frente a Naruto y, dos años y medio atrás –cuando finalmente le había confesado lo que sentía- lo había hecho pero el desánimo posterior la había hecho retraerse nuevamente, si bien ligeramente, y había recomenzado viejos hábitos que había creído superados. Y, tristemente, estos empeoraban cuando la familiaridad con la persona era mínima o nula. Y el hecho de que Gaara tuviera una mirada tan intensa no hacía las cosas mejor.

—E-Esto... ¿n-no debemos golpear? —susurró, observando al recientemente convertido en Jounin recostarse contra la pared y cruzarse de brazos, cerrando los ojos de forma perezosa.

—No... Demasiado problemático —masculló—. Ya bajará.

Hinata asintió con timidez y se paró junto al moreno, aunque del lado más alejado a la puerta –de modo que Shikamaru la ocultaba de la vista de quien saliera por esta-, apoyando delicadamente sus manos delante de su cuerpo. Su cabeza ligeramente gacha —¿T-Te refieres a T-Temari-san...?

—Pff. Quien más, no se porque tengo yo que escoltar a mujer tan problemática —se quejó. Sin embargo, a Hinata le pareció percibir que él no estaba tan fastidiado como en verdad aparentaba. Que, quizá, solamente se estaba quejando para disimular, o por rutina, pero parecía apreciar sinceramente a la mujer de la que hablaba. Quizá no a un nivel romántico como había dicho Ino, o quizá si, ella no sabía; pero la apreciaba.

—O-Oh. Entonces, ¿n-no quieres estar aquí Shikamaru-kun...?

El chico sopesó la pregunta de ella por un instante —No necesariamente, pero preferiría estar durmiendo...

Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Hinata y distraída alzó la vista al cielo. Ya era mediodía, a juzgar por la altura del sol, ya había pasado un día completo desde que había visto a Gaara y Kiba por última vez. Se preguntó si el segundo aún estaría enfadado con ella. Shikamaru, como si hubiera estado leyéndole la mente, comentó en tono casual observándola de reojo —Hoy me crucé con Kiba.

Hinata parpadeó —¿K-Kiba-kun...? —arrepintiéndose al instante de sonar tan tonta—. Umm... ¿C-Como esta...?

Un nuevo bostezo escapó la boca del Nara —Ya lo conoces... es terco y temperamental como Naruto. Ambos son problemáticos —luego, se encogió de hombros y añadió—. Parecía malhumorado.

Triste, asintió, renuente a decir algo más al respecto —E-Esto... Gracias Shikamaru-kun...

Él asintió vagamente, volteando la cabeza en la dirección opuesta en el preciso instante en que la puerta se abría y tras esta aparecía una alta mujer de cabellos rubios despuntados sujetos en cuatro colas, vistiendo su habitual kimono negro aferrado a su cintura con un obi rojo. Al ver al moreno junto a su puerta, una sonrisa torcida y socarrona se dibujó en los labios de ella, mostrando orgullosa sus dientes blancos —Oh, hola llorón. ¿Demasiado esfuerzo tocar la puerta?

Shikamaru se encogió de hombros —Es problemático hacer algo innecesario.

La mujer simplemente negó con la cabeza y se cruzó de brazos —¡Pff!. Eres increíble. Si no fueras tan holgazán podrías llegar lejos.

El moreno volvió a encogerse de hombros —Oy, mujer... Ya me convertí en jounin. No fastidies.

Ella enarcó una ceja —Si, porque yo te convencí de hacerlo. Sino...

—¿Convencer? —dijo él—. Más bien me obligaste...

—¡!Oh, no te quejes! Alguien debía hacerlo.

Hinata, con timidez, observó a ambos pensando que quizá estaba de más. De hecho, se sentía exactamente de esa forma, como si no debiera estar allí. Como si debiera excusarse y ausentarse, y en verdad eso quería hacer, pero no se animaba a interrumpir a ninguno de los dos. Temari aún ni siquiera se había percatado de la presencia de ella y Shikamaru parecía haberse olvidado por completo de Hinata. Nadie la miraba ni le prestaba atención y ella no encontraba la forma de hacerse escuchar. Temari había sido amable aquella vez en la entrada del estadio pero también podía ser cruel y desalmada cuando lo deseaba, y Hinata aún recordaba el combate que la rubia de la arena había mantenido con Tenten en el primer examen chuunin. Por eso, encontraba prudente no hacerla enfadar. Aún así, debía hacer algo.

Armándose de valor, se esforzó par alzar la voz lo suficiente para ser oída. Sin embargo, sin importar cuanto hiciera aquello, esta siempre salía pequeña y suave. Incluso cuando gritaba —E-Esto...

Temari parpadeó y observó junto al Nara la presencia de la que no se había percatado. El segundo, por otro lado, se volteó volviendo a colocar ambas manos en los bolsillos –las cuales había sacado de estos para gesticular mientras hablaba con la mujer- perezosamente. Hinata clavó la vista en el suelo —E-Esto... lo siento... no quería interrumpir... yo... —ninguno de los dos dijo nada, ambos aguardaron expectantes. Temari, cruzándose de brazos y enarcando una ceja –logrando que la pobre Hyuuga se sintiera aún más intimidada-, mientras que Shikamaru continuó luciendo aburrido—. U-Uh... yo solo q-quería saber si estaba Gaara-kun...

Temari la miró incrédula y, solo por un efímero momento, Shikamaru no pareció ya aburrido respecto al asunto, o quizá fue producto de la imaginación de Hinata —¿Gaara? ¿Por qué lo buscas?

Bajando la cabeza, comenzó a juguetear nerviosa con sus dedos índice, golpeando la punta del uno con el otro y haciéndolos girar inquietamente. El rubor había regresado, además, a sus redondeadas mejillas blancas —Y-Yo... ummm... e-esto... Yo s-solo quería...

La mirada severa de la rubia se suavizó y en sus labios se volvió a formar la misma sonrisa torcida que previamente había ocupado sus labios —Pasa. Esta arriba.

La joven Hyuuga alzó sus ojos blancos a la otra chica —¿D-De verdad?

Pero esta solo le restó importancia con un gesto despreocupado de la mano y comenzó a caminar hacia donde se suponía que debían ir, volteándose solo para dedicarle una mirada severa al miembro del clan Nara indicándole que la siguiera o que llegarían tarde. Este, por supuesto, se despidió perezosamente con la mano y se marchó tras ella; mientras Hinata observaba a ambos marcharse en silencio. Luego, dubitativa, observó la puerta por la que Temari había aparecido y que había dejado deliberadamente abierta para que ella pasara. ¿Debía de? ¿Y si él se enfadaba aún más con ella? Negó con la cabeza. N-No... Ya se había armado de valor para llegar hasta allí, ya se encontraba en la entrada y ya había pedido permiso de entrar a Temari, sería rudo simplemente marcharse así como así, y ella no era así. Vacilante, dio un paso adelante y luego otro, hasta cruzar el umbral. Delante de ella, se alzaba una escalera. Tragando saliva, y con la misma timidez, puso el pie en el primer escalón, luego en el siguiente. Y así, subió lenta y cuidadosamente toda la extensión de la escalera hasta llegar a una pequeña sala con una chica mesa y un sofá. Uno de los rincones, consistía en una cocina también de escaso tamaño pero práctica, y daba allí la ventana que había visto desde afuera, la cual tenía un alfeizar en el que una persona podía sentarse tranquilamente. Sin embargo, en todo el lugar no había nadie. Observó las dos puertas que daban seguramente a las habitaciones. La que estaba abierta, parecía ser de Temari pues el abanico de esta residía apoyado contra un aparador sobre el cual había un pequeño espejo; por lo que la restante debería ser la de Gaara y su otro hermano.

Observando los alrededores con timidez, volviendo a preguntarse si quizá no sería mejor marcharse y volver en otro momento, dio un paso hacia la puerta. Ya no estaba tan segura del todo, ya no estaba segura de si debía estar allí, de si debía aguardarlo o golpear o marcharse. Quizá solo lograría empeorar las cosas, pero ella no había tenido nunca esa intención. Jamás había querido ofenderlo, como Kazekage de la aldea, ni como persona. Él había sido amable con ella, aún cuando había sido distante y cauto y reservado, lo había sido. Había velado por su bienestar aquella vez, aún cuando lo hubiera hecho en nombre del deber, y la idea de haberlo agraviado la hacía sentirse terrible. Aún indecisa, alzó su puño a la puerta, notando en el aire que este estaba temblando a causa de sus dudas. Negando con la cabeza una vez más, bajó la mano y tras convencerse que era lo correcto, volvió a intentarlo, deteniéndose justo antes de impactar su puño contra la madera. E-Espero... no molestar...

—¿Qué haces aquí?

Los ojos de ella se abrieron desmesuradamente y la sangre se acumuló bajo la delicada y pálida piel de su rostro. ¿D-Donde...? Lo había sentido cerca, muy cerca, como el día previo, lo había sentido en su nuca, exactamente detrás de ella. El aliento frío, las palabras inquisitivas, la voz profunda, todo estaba allí, a centímetros de ella, y aún así él no la tocaba. No se acercaba demasiado, no demasiado más de lo que ya estaba al menos. Y Hinata lo agradecía, porque de otra forma temía que fuera capaz de volver al patético reflejo de desmayarse. Más aún si la tomaba de sorpresa como había hecho entonces. ¿É-Él...?

Tragando saliva, se volvió lentamente, sintiendo el sudor frío descender por la piel ahora encendida de su nuca. De hecho, Hinata imaginaba que hasta sus orejas habrían enrojecido repentinamente y que luciría terriblemente bochornosa. Pero no podía hacer nada, por más que intentara calmarse y actuar con naturalidad, no podía. No le salía, nunca lo había hecho. De hecho, admiraba a Sakura y a Ino, e incluso a Temari y Tenten, por no tener la menor vergüenza y por tener el valor de actuar como deseaban cuando lo deseaban sin importar nada más. Pero, tristemente, Hinata no era así. Y cada persona, incluso Shino y Kiba al principio, habían logrado incomodarla. Pero Gaara era mucho más intimidante de lo que Shino jamás podría haber sido.

—¡E-Esto... b-buenos días G-Gaara-kun...! —intentó articular, preguntándose si él la habría oído. Pero los ojos aguamarina del pelirrojo continuaban fijos en ella, sin parpadear siquiera. Y no dijo nada tampoco, simplemente aguardó la respuesta a la pregunta que había formulado. Hinata bajó la cabeza e intentó retroceder un paso –para establecer algo de distancia y poder evitar ponerse aún más nerviosa- pero solo se topó con la madera contra su espalda—. Y-Yo... T-Temari-san m-me dejo entrar... e-es-espero... no molestar...

Él se irguió y cruzó sus brazos, como era su costumbre —No deberías estar aquí.

Entristecida, asintió. Si, había imaginado que él diría algo así. Aún cuando solo había ido a disculparse, resultaba una molestia. Siempre resultaba un estorbo, para todos. Y sin importar cuanto intentara cambiar, cuanto intentara mejorar y ser útil, continuaba equivocándose una y otra vez, fallando una y otra vez —S-Si... L-Lo siento... Gaara-kun... —susurró—. Y-Yo... ya me i-iba... L-Lamento... —negó con la cabeza, corriéndose a un lado y caminando hacia la escalera abatida. Pero cuando iba a posar su pie sobre el primer escalón, algo la detuvo por la muñeca. Algo áspero y seco de color dorado, algo que se enroscaba alrededor de su delgada y delicada muñeca. ¿A-Arena...? Una descarga descendió por su cuerpo.

La voz de él, ligeramente hosca, la forzó a dejar de intentar zafarse —No te vayas.

¡Esperen!. ¡No me dejen solo! Solo. Solo. Solo. Yo... no quiero estar solo nunca más. Yo... Cerrando los ojos ante el recuerdo, se aferró la cabeza como si fuera a partírsele. Hinata lo miró preocupado, notando que la presión en la arena que la sujetaba comenzaba a aumentar más y más. A constreñirla más y más.

—G-Gaara-kun... —gimió, contemplando asustada la arena cerrarse cada vez un poquito más. Él, al notarlo, soltó su agarre sobre ella; contemplando inmóvil la piel dañada de Hinata. Luego bajó la mirada y permaneció quieto. Por esa razón le había dicho que se marchara. Porque sabía que minutos antes de que llegara, su mente, sus pensamientos, no habían estado precisamente calmos y ordenados. De hecho, había estado tumultuoso desde el día anterior, y toda la noche inclusive, como no lo había estado prácticamente en mucho tiempo. Si aún tuviera el Shukaku, si aún lo hubiera albergado en su interior, ella todavía no estaría viva. Y el solo pensamiento lo perturbaba, pues ya no hacía aquello más. Pero ella lo desconcertaba, y los cambios bruscos nunca habían sido fáciles para él. Ni siquiera cuando Naruto lo había derrotado. Por el contrario, los siguientes días había estado algo inestable, hasta que había logrado apaciguar el alma asesina del Shukaku bajo su propia voluntad. Ahora era lo mismo, solo que era él quien debía recuperar el control. Y lo necesitaba, Gaara odiaba no tener el control. Siempre, desde que se había grabado aquello en la frente, en la carne, lo había tenido. De hecho, control era la razón por la que se había vuelto como lo había hecho; un monstruo. Porque, de niño, se había cansado de no tenerlo. Y control era la razón por la que también se había convertido en Kazekage, para poder controlar él su destino y el de la aldea y moldearlo a un futuro mejor lejos del desprestigio en que su padre la había sumido. Control era la razón por la que se había convertido en quien era, a imagen de Uzumaki Naruto, porque si algo no le gustaba debía ser él quien lo cambiara, quien lo modificara. Lo sé, pero quedarme de brazos cruzados solo causará más miedo y sufrimiento. Eso había aprendido de él. Pero con ella, el control se le escapaba de las manos. Ella seguía abriendo puertas que él había dejado de visitar hacía demasiado tiempo atrás, y lo obligaba a cruzarlas de nuevo.

Al alzar la vista, había esperado que ella se hubiera marchado, pero no lo había hecho. Por el contrario, había sacado algo de ungüento del bolsillo de su chamarra, se lo había colocado delicadamente sobre la piel dañada y se había vendado cuidadosamente con un pequeño rollito de venda que llevaba con ella también. Con el semblante neutro, observó las vendas alrededor de la muñeca de ella. Hinata, al ver que él la estaba observando en silencio, particularmente la zona en que la había herido, negó suavemente con la cabeza —E-Esto... n-no es nada G-Gaara-kun... ummm... s-son solo unos r-rasguños...

El pelirrojo soltó un suspiro. Ah, ¿esto?, son solo unos rasguños. Iba a dar un paso, pero se detuvo en seco, sus ojos clavados en las vendas alrededor de la piel de la joven Hyuuga. Las heridas, ¿duelen? Solo un poco. Curarán rápido —Hinata, —Yashamaru,— lo siento —lo siento.

No era la primera vez que se disculpaba, pero si lo era en mucho tiempo. De niño, había dicho esas exactas palabras a su tío, pero luego de aquel incidente no había vuelto a pronunciarlas más. Sin embargo, tras ser derrotado por Naruto; había vuelto a decirlas nuevamente, aquella vez, dirigidas a sus dos hermanos. Aquellos que hasta entonces no había considerado como algo más que pedazos de carne unidos por lazos de odio y de intentos de asesinato. Pero, desde entonces, no podía decir que eran palabras que había repetido seguido. Eso era, hasta este momento.

La chica alzó la mirada y volvió a hacer un gesto negativo delicadamente con la cabeza, ocultando tras su espalda ambas manos para evitar que el pelirrojo siguiera contemplándole allí —E-Esta bien G-Gaara-kun... d-de verdad... se que n-no... uh... f-fue tu intención... —concluyó, sonrojada. Sintiendo su rostro aumentar un par de tonos más en la escala de los colores al ver que él daba un paso hacia ella y luego otro, quedando exactamente delante de ella como el día previo.

Nerviosa, Hinata mordió su labio inferior para evitar que este continuara temblando ligeramente —E-Esto...

El dorso de la mano de él rozó a duras penas de ella, los ojos blancos de Hinata descendieron para contemplar el efímero contacto. Tal y como el día previo, su piel se sentía áspera, rugosa y dura, pero poco a poco se empezó a agrietar. Al volver nuevamente su mirada nívea al rostro del chico, notó que su semblante también se estaba rompiendo. Y, poco a poco, esos pedazos cayeron por el espacio entre ellos, convirtiéndose en arena al tocar el suelo. Estaba perdiendo el control una vez más, y no estaba seguro de estar a gusto con aquello, pero tampoco creía poder detenerse ahora. No estaba seguro de quererlo tampoco. No entendía sus razones, ni las suyas para hacer lo que estaba haciendo –fuera lo que fuera lo que estuviera haciendo porque no tenía la menor idea- ni las de ella para no huir. Era un impulso, pero uno deliberado, como si estuviera cediendo su propia conciencia a algo más. Algo que no era el demonio que lo había poseído de niño pero que de todas formas lo aterrorizaba porque él no cedía, se forzaba por retener el control, no actuaba simplemente. Y lo irónico era que para tener el control, había terminado cediendo a sus instintos. Porque eso había hecho, cuando era un monstruo. Había controlado sus alrededores perdiendo control de sí mismo. Se había enajenado, alienado, de sí mismo para poder sentirse en control; pero solo cuando cedía a sus instintos de sangre. Lo mismo había hecho como Kazekage, se había sacrificado a sí mismo, y su propia libertad como individuo (al menos parcialmente) para poder tener un control de la situación que lo rodeaba. De su aldea, de sus habitantes, de las alianzas, del poder. Y ahora sentía que estaba haciendo lo mismo, que se estaba alienando de su propia conciencia, la cual le advertía que en el pasado aquel tipo de situación –no aquel tipo en particular, porque estaba seguro de nunca haber estado en una situación siquiera remotamente similar, sino el acercamiento y la confianza plena de una persona- no había resultado particularmente bien. Sino en una traición. Y en su mente fracturada. Pero no le importaba, o eso parecía. Que alguien más lo manipulaba, como lo hacía Kankuro con sus marionetas, pero era él mismo el marionetista y él tiraba de los hilos, pero ni siquiera podía ver donde estaban.

Y ese deseo, porque podía reconocer la característica pujanza de un deseo, se estaba desbordando. Pero esta vez no quería dañar, ni destruir, ni teñirlo todo de rojo como había hecho de niño. No quería teñirla a ella de rojo tampoco, ni contaminarla. Solo quería...

—¿G-Gaara-kun...? —susurró ella, aún mordiendo su labio intentando calmarse, pero empezaba a hiperventilar. La piel le ardía, le quemaba, tanto que le causaba un cosquilleo y una sensación general de entumecimiento. No se podía mover. Él, firme, descendió su rostro ligeramente ladeado. Rígido, circunspecto, casi lo hacía lucir como tallado en blanca piedra. Dentro de sus ojos traslúcidos, rodeados de las más negras aureolas que Hinata había visto, había comenzado a arremolinarse el caos que era Gaara en el interior; el caos que habitaba en él desde que era un niño (pero que habitualmente lograba apaciguar), que lo había acompañado en su demencia, en su hora más oscura, y que seguía allí tras la calma después de la tormenta.

—Detenme —dijo terriblemente serio, tanto que el timbre de su voz y la peligrosa proximidad que había establecido, hicieron que una descarga sacudiera la pequeña y frágil complexión de Hinata. Pero esta no pudo decir nada, aún cuando separó los temblorosos labios con cuidado, no dijo nada. Nada salió, ni un sonido. No hizo nada. Simplemente permaneció allí, inmóvil, con sus ojos níveos abiertos desmesuradamente. G-Gaara-kun e-esta... c-cerca... M-Muy... c-cerca... Y el semblante en llamas. ¿Sería capaz él de...? No, ¿porque haría él algo así? ¿Por qué querría él...? Sin embargo, el pelirrojo solo inclinó un centímetro más su rostro hacia el de ella, sin apartar sus ojos turbados de la chica.

¿G-Gaara-kun v-va a...? Y de repente, todo quedó en silencio, excepto el violento repiqueteo de su corazón golpeándose una y otra vez contra el interior de su caja toráxica –que resonaba hasta en sus oídos-, como si quisiera dañarse a sí mismo o romper la jaula ósea que lo mantenía aprisionado. ¿V-Va a...? Renunciando a todo control, finalmente, cerró los ojos y presionó sus labios contra los de ella; sintiendo una violenta sacudida en su interior al instante en que su cuerpo hizo contacto con el de la joven, seguida de una inaguantable opresión en el pecho. Y la sintió frágil contra él, pequeña, temblorosa y dubitativa. Si quisiera, si optara por ello, podría quebrarla allí mismo como había hecho tantas veces en el pasado pero eso era lo último que pasaba por su cabeza en aquel momento. Lo único que sabía con certeza, era que la intensidad de aquello pulsaba para que no se apartara, para que no se hiciera a un lado ni retrocediera. No podía, no estaba muy seguro de porque tampoco, pero era como pasar con un vaso de agua el nudo de su garganta. Aunque la comparación no alcanzaba la magnitud que realmente abarcaba aquello. No, era más bien como si ella taponara el vacío, ese no visible que siempre había estado allí. ¿Cómo puedo curar esto...? ¿Qué debería hacer para librarme de este dolor? Ella lo hacía desaparecer.