Capítulo 9: Altruismo y Aburrimiento.

En fin, ¿qué deciros? Tuve que salir a vigilar a mis enemigos… Tuve que esperar a que fuera luna nueva, para publicar… Estudios, trabajo, bla, bla -excusa- bla.. ¡Bah! Tengo más excusas que el mismísimo Naraku, pero creo que, ya que lleváis tanto esperando que actualice, lo mejor es pasar a compartiros el capítulo. Enjoy!


Los últimos rayos del día cubrían el poblado perezosamente, cuando Inuyasha regresó a su cabaña tras más de catorce horas de andar sin pararse apenas a recuperar las fuerzas. Se sentía a punto de colapsar -a pesar de su resistente cuerpo de hanyō-, abrumado por el agotamiento, pero sobre todo por la desesperación. Un cargado silencio fue su único compañero mientras atravesaba el desierto poblado, y permanecía como una sombra, aferrado a su espalda, al abrir con cuidado la puerta y adentrarse en el ambiente sofocante y lleno de humo del interior.

Avanzó, decidido, hacia el bulto cubierto de mantas del suelo y puso la mano en la sudorosa frente de la mujer que era, y que cargaba consigo, lo más valioso de su existencia.

La cara de Kagome quemaba bajo su palma pero su cuerpo temblaba ligeramente por el contacto de su piel, mucho más fría que la de ella.

Las hierbas medicinales, que Jimenji les había proporcionado y que Shippo se encontraba quemando sobre el brasero, inundaban la habitación de una peste a mentolado y lavanda demasiado intensa para su nariz de inu. Inuyasha se tapó la cara con la tela de la manga, preguntándose como el kitsune era capaz de aguantarla.

—¿Ese humo maloliente se supone que le ayuda?¿En qué? ¿La puede curar?

—¿Curar? No realmente… Jimenji San dice que no hay cura. Pero le ayuda a respirar y mantiene la "asepsia".

—¿Y qué coño es eso de la "asepsia"?

—Pues…

El pequeño zorro se quedó dudando en cómo explicar una palabra que simplemente había escuchado a Kagome y que ni él mismo entendía, cuando el bulto sudoroso debajo de ellos se revolvió lentamente.

—La asepsia implica el mantener el ambiente libre de microorganismos que puedan causar o empeorar una infección… —murmuró la enferma, girándose lentamente en su lecho.

—¡Estás despierta! ¿Cómo te encuentras? —susurró Inu, mientras pasaba una mano temblorosa por su frente.

—Bien… No te preocupes. Tú, en cambio, parece que estés apunto de desmayarte. ¿Cuántos días llevas sin dormir, Inuyasha?

—Estoy perfectamente. No te preocupes por mí.

—¿Acompañaste a Sango, Miroku y las niñas?

—Sí, los dejé en el templo hace una semana. Pero ahí la situación es igual que aquí. Miroku hablaba de alquilar un barco y marchar a China. Quizá allí haya curanderos mejor preparados para tratarlos y deseaba partir cuanto antes. Antes de que ya no puedan…

—Que los dioses los protejan…

—Es increíble que nadie sepa nada. Si solamente funcionase el maldito pozo…

—Sin la Perla es imposible, Inu. No le des más vueltas. Ya sabía a lo que me exponía al cruzarlo por última vez. Ahora todo está en manos del destino...

—¡Maldito, el destino y malditas sus manos!

La luz se fue apagando poco a poco en el exterior mientras la melancólica familia llenaba de silenciosos suspiros el triste hogar. En la ventana, una pequeña avispa de ojos rojos presenciaba la escena, frotando lentamente sus patitas, una contra la otra.

~w~

A muchos kilómetros de allí, en la capital, otros ojos rojos observaban la escena, intrigados.

Naraku lanzó una fugaz mirada al cuerpo inerte del Lord del Oeste que descansaba sobre las colchas de su habitación y el calambrazo de pánico volvió a estremecerlo. No quería enfrentarlo. No quería encarar la furia en esos ojos dorados ni escuchar las palabras llenas de odio que saldrían seguramente de su boca.

Sin duda se enfrentaba a un problema de muy compleja solución: deseaba que su prisionero no lo detestase. Pero él mismo era consciente de lo imposible de su resolución, por lo que, cualquier distracción del mismo le resultaba un alivio.

El interés de Naraku por sus antiguos enemigos se había despertado de nuevo tras su "visita" en pos del tengu y, una vez más, no sabía cómo explicarlo.

Desde el día en que pilló a Rokurōta al lado de la cabaña de la sacerdotisa del futuro, no conseguía sacudirse la preocupación de encima.

«Debo vigilarlos», pensaba. «Son cercanos a Sesshōmaru y mientras existan en su mundo serán un problema para el mío.»

Ojalá realmente pudiera hacer eso que deseaba Inuyasha. Si pudiera poner por un momento en marcha el Devorahuesos y lanzar dentro a toda esta chusma entrometida, se libraría de todos sus problemas y de paso ellos sobrevivirían.

A la salida del sol le llegó otra retransmisión interesante de parte de la avispa que dejó en Takeda. Un aldeano llamaba a la puerta de la cabaña de Inuyasha, informando de los extraños sucesos acontecidos algunos días antes -tras un corrimiento de tierra- y solicitaba la ayuda del hanyō. En un principio, Inuyasha se negó en redondo a abandonar a la miko enferma pero, tras una larga discusión con Kagome, finalmente accedía a acompañar al asustado aldeano hasta su propia aldea e investigar el asunto. Unos minutos después de su marcha, la miko indicaba al kitsune que siguiera y ayudara a su marido. Estaba muy preocupada porque tras la marcha del monje, tuviera que enfrentar a supuestos poderosos yōkai en solitario y ninguna de las pegas que le puso Shippo -que no deseaba dejarla sola y enferma- pudo oponerse a sus deseos. Naraku no podía más que admirar la enorme fuerza de voluntad y espíritu que tenía la humana que, aún debilitada por la enfermedad, disponía del suficiente temple y cabezonería como para imponerse a todo bicho viviente a su alrededor. Pero se quedaba sola y él no tenía mejor cosa que hacer... Lo suyo sería echar un ojo a la situación.

Cualquier distracción le valía y esta excusa era tan buena como cualquier otra.

Tras escribir una breve nota al dormido Daiyōkai y lanzarle una última mirada de anhelo, abandonó con un suspiro el subterráneo.

~w~

Tan solo un par de horas más tarde, Sesshōmaru finalmente abrió los ojos tras casi dos días de sueño reparador. Con la cabeza ligeramente abotargada, pero sin más molestias físicas aparentes, tardó algunos momentos en procesar dónde se encontraba. Pero tras desperezarse, una avalancha de imágenes humillantes en forma de recuerdos golpearon su cabeza como la gigantesca ola de un tsunami.

Después llegó la ira. Una ira enloquecedora que nació en la base de su estómago y que, a través de su circulación, se ocupó de envenenar de rabia y resentimiento hasta la última célula de su cuerpo.

Se incorporó de golpe y buscó desesperado a su alrededor al ser que era el principal causante de su furia. Pero no vio a nadie.

—¡Naraaakuuuu! —rugió con toda la fuerza de la que eran capaces sus pulmones. —¡¿Dónde estás, escoria inmunda?! —El grito hizo temblar las paredes y el suelo.

Se levantó de un salto y revisó con presteza la estancia, encontrándola vacía.

Unos pocos segundos después reparó en la nota que se encontraba encima de la mesa, al lado del redondo espejo a través del cual hablaba con Rin. Se acercó y la agarró con impaciencia.

"Tengo que salir a realizar algunas gestiones. Una criada se ocupará de dejarte agua y alimentos durante los próximos días. Pórtate bien y descansa, Rin te manda saludos.

Firmado: Naraku"

La ira, que ya hervía en sus tripas, alcanzó el punto de efervescencia. Con un rugido, descargó un brutal puñetazo en la mesa, partiéndola por la mitad y haciendo desparramar todo lo que tenía encima por el suelo de la estancia. Después se cebó con el resto del mobiliario: desgarro cojines y cortinajes, dio patadas y puñetazos a cada mueble que se puso en su camino, no dejó cristal indemne o libro con el total de sus páginas… Su afán por destruir era tan enorme que, cuando hubo destrozado todo lo destrozable a su alrededor, siguió golpeando las paredes de piedra hasta que sus nudillos se tiñeron de sangre.

Salió al pasillo y volvió a gritar, recibiendo sólamente el retumbar del eco por respuesta. Bajó los escalones de dos en dos llegando al nivel inferior, donde se encontró con el panorama desolador de la mazmorra que a partir de ahora sería el recuerdo que formaría el escenario de sus peores pesadillas. Con sus garras supurando veneno corrosivo, logró cortar y fundir los barrotes de la celda y destrozó la silla de donde había desaparecido la cabeza del tengu, además de otro mueble más, del fondo de la celda, de cuyas baldas se desparramaron varios frascos con líquidos aromáticos.

En su afán destructor, intentó incluso volver a partir los grilletes dorados que colgaban del enrejado, aunque una vez más y a pesar de todos sus esfuerzos, no logró hacerles ni un rasguño.

Mientras lo intentaba se fue calmando paulatinamente y, recordando que el tramo de escaleras continuaba hacia abajo, volvió a salir al oscuro corredor.

Descendió otro nivel más, encontrándose con una pesada puerta metálica, firmemente cerrada y protegida por una poderosísima barrera. Tras varios intentos infructuosos de forzarla, volvió a subir a las dependencias principales, pensando en si ese era el lugar donde la Araña había escondido su espada y armadura.

Finalmente, se dejó caer al suelo, impotente, rodeado por todas partes de los efectos de su ataque de furia y hundió el rostro entre sus manos.

Ese sería solo el comienzo de una larga pesadilla, durante la cual, la ira y el aburrimiento se turnarían para convertir sus jornadas en un calvario insufrible y desolador.

~w~

Y mientras Sesshōmaru re-decoraba la caverna, Naraku llevaba ya dos días haciendo guardia entre la maleza del bosque de Inuyasha y dándole infructuosas vueltas a sus pensamientos. Había colocado una barrera que cubriese el terreno a un kilómetro de distancia para que le avisase del retorno del hanyō, pero durante el tercer día fue activada por un yōki extremadamente poderoso y desconocido. Se le encendieron de inmediato todas las alarmas y se puso en guardia. No conocía la energía oscura y maléfica que se arrastraba a buen paso hacia su posición, pero de lejos podía notar que sus intenciones no eran buenas.

Enmascaró su propio yōki lo mejor que pudo y se subió a la copa de un árbol para sondear los alrededores. No tuvo que esperar demasiado para ver a su objetivo. Una informe masa de tentáculos en forma de raíces se desplazaba, cual culebra, en dirección a la cabaña y una voz siseante y ahogada repetía de forma obsesiva:

Sé dónde estás, Kikyō … Te huelo… te siento… Ese apestoso reiki que me selló hace tantos años viene de por aquí… Te encontraré y por fin tendré mi venganza, maldita sacerdotisa… La Perla… la Perla de Shikon será mía por fin… Tras consumir tu sangre y fluidos me haré con ella y nada me detendrá…

Naraku levantó una sorprendida ceja. Tanto la Perla de Shikon como Kikyō hacía ya más de dos años que habían desaparecido de este mundo. Ese ser, lleno de odio y rencor, debía de poseer información caducada. Su confusión era comprensible con respecto al aura de Kagome; él mismo, en el pasado, cometió similar error debido a que ambas compartían un mismo alma, pero la mención de la perla sólamente podría ser explicada si esa criatura realmente llevaba mucho tiempo sin tener contacto con el mundo real.

Esperó pacientemente a ver hacia dónde se dirigía y cuando el monstruo se encontraba a punto de llegar a la puerta de la cabaña, extendió su brazo formando un largo tentáculo y lo arrastró de vuelta a la maleza del bosque. El esfuerzo que hubo de poner en ello fue tremendo y se sorprendió de que la criatura tuviera tanta fuerza. Pero lo peor del asunto fue que, al agarrar esa masa de raíces, sintió como si algo drenara sus energías y, al recuperar su brazo su forma original, constató horrorizado como la piel se le había pegado a los huesos, secándose, como si ese brazo perteneciera a un anciano centenario.

¿Quién eres? —siseó la criatura—. ¿Cómo te atreves a interferir en mis planes? ¿Acaso deseas que Ne No Kubi absorba tus líquidos?

—¿Ne No Kubi*? Ja, ja, ja… bonito nombre… Muy apropiado —rió Naraku—. ¿Qué pretendes viniendo aquí? ¿Para qué buscas a la sacerdotisa?

Esa horrible humana me selló hace muchos años. He sobrevivido atrapado en el barro desde entonces, hasta que las tormentas de hace una semana me liberaron. Pero Kikyō pagará por su audacia. Nadie puede tocar a Ne No Kubi, sin que sus fluidos sean absorbidos. Acabaré con ella y la Perla de Shikon será mía.

—La mujer que buscas está muerta y la Perla hace mucho que desapareció de este mundo. No voy a permitir que molestes a la miko enferma.

¡Mientes! La puedo sentir a la perfección desde aquí. Y en cuanto a tí, pronto serás historia. Ne No Kubi es invencible.

Igual invencible no, pero era ciertamente problemático, pensó Naraku mientras observaba su reseco brazo. Si no podía tocarlo, no podría golpearlo tampoco. Pero la fuerza física no era el único recurso de nuestro protagonista. Cerró los ojos, concentrándose, y cambió de forma tránsformandose en una gigantesca araña, cuyas patas tenían unos tres metros de envergadura. Tras el cambio, escupió un potente chorro de un viscoso líquido blanco a los ojos de Ne No Kubi y escaló con rapidez a las copas de los árboles, perdiéndose entre su follaje.

Ne No Kubi rugió, furioso, y utilizó sus numerosas raíces para limpiarse. Tras recuperar el sentido de la vista, iracundo, se adentró más en el bosque en pos de la Araña.

¿Dónde estás, maldito? ¡Pagarás por esto!

Cegado por la rabia, fue profundizando entre la maleza, mientras el nivel de luz iba disminuyendo progresivamente a su alrededor. Tal vez por eso no se percató de los pegajosos hilos de telaraña con los que Naraku había impregnado el suelo y arbustos, y que se iban enredando y enredando en sus raíces. Hasta que de repente le hicieron frenar en seco, completamente atrapado.

Ne No Kubi gruñía y resoplaba, tratando de soltarse, hasta que pudo observar la silueta de su enemigo en la copa de un árbol por encima de su cabeza. Lo que siguió fue una brutal batalla. Ne No Kubi lanzaba furiosos latigazos con sus raíces a velocidad vertiginosa hacia Naraku, obligándolo a estar en constante movimiento para esquivarlos y logrando que el rostro de la Araña se cubriese de sudor por el esfuerzo. Naraku no se quedaba corto tampoco, contraatacando con nuevos chorros de telaraña y tratando de capturar con ellos, las molestas e innumerables raíces que continuaban golpeándolo. Era una batalla de desgaste que acabó con el cuerpo de Naraku lleno de cortes y laceraciones.

«¡Maldita sea!» pensaba desesperado. «¿Por qué demonios es tan fuerte? ¡No es más que un condenado tubérculo!»

Tras casi una hora de cruenta batalla, Naraku hizo un último esfuerzo y lanzó un brutal chorro de yōki condensado contra el rostro de la aglomeración de raíces a la que había acabado por atrapar poco a poco entre sus telarañas. Este último esfuerzo acabó por agotar sus energías impidiéndole mantener por más tiempo su forma de araña y acabó con su maltrecho cuerpo en el suelo, rodeado por tubérculos que todavía se agitaban espasmódicamente. Se arrastró como buenamente pudo hacía el núcleo que se agitaba en sus últimos estertores y comenzó a desgarrar brutalmente las enredadas raíces tratando de llegar a su corazón. Huelga decir que no encontró corazón alguno. Esa criatura no poseía nada que se le pareciese, pero entre las peligrosas raíces encontró otra cosa: la respuesta al porqué del inmenso poder del monstruo.

Aún agotado y adolorido, con todos sus músculos temblando por el sobreesfuerzo, Naraku miró anonadado a la minúscula, casi microscópica, esquirla de cristal rosado que brillaba en la palma de su mano. Y se echó a reír...

~w~

Ira, apatía, aburrimiento… Ira, apatía, aburrimiento. Hora tras hora, día tras día…

En realidad Sesshōmaru no era muy consciente del paso de los días en ese condenado subterráneo. Igual podían haber pasado tres que treinta…

Sus propios pensamientos y la insufrible impotencia lo estaban volviendo loco.

Dormía.

Se levantaba.

Se aburría.

Trataba de poner en marcha el espejo para hablar con Rin.

No lo lograba.

Se frustraba.

Golpeaba cualquier cosa al alcance de sus puños.

Se aburría.

Leía algún libro.

Se lo acababa y se volvía a aburrir.

Comía los alimentos que aparecían periódicamente en la entrada del subterráneo.

Se aburría.

Se bebía el sake que le dejaban junto a la comida.

Se volvía a aburrir.

Dormía.

Y vuelta a empezar…

Y todo acompañado por los pensamientos más oscuros y deprimentes que os podáis imaginar.

Sólo en dos momentos de sus insufribles jornadas conseguía algo de paz.

El primero era durante el sueño y los primeros instantes de vigilia tras despertar. Soñaba recurrentemente con un estado de éxtasis en el que su cuerpo se sacudía con unos placeres físicos que jamás había conocido y su mente flotaba a la deriva, lejos de cualquier atadura. Eso le hacía despertar en un alto grado de excitación y con el pene duro como una roca. Pero a medida que su subconsciente era derrotado por la conciencia, los recuerdos de lo que había provocado ese maravilloso estado lo avasallaban de nuevo, y la ira -además de cierto sentimiento culposo- volvían a invadirlo.

Después estaba la misteriosa puerta del nivel inferior. La barrera que la protegía era, ciertamente, muy poderosa, pero Sesshōmaru realmente no tenía nada mejor que hacer. Por lo que, día a día, se dedicaba a erosionarla a base de zarpazos, hasta que su yōki se agotaba.

Tras varias jornadas finalmente logró atravesarla y ese fue un día realmente feliz para el Daiyōkai. Se preguntaba qué podría haber tras ella para que la Araña quisiera protegerla con tanto ahínco y cuando finalmente la cruzó, se sintió por primera vez él mismo en mucho tiempo.

Pero poco le duró la alegría… Lo que descubrió tras la puerta era, ciertamente, una estancia extraña, llena de herramientas desconocidas para él, además de numerosos y extravagantes frascos de cristal, llenos de líquidos de colores que humeaban o burbujeaban según su ubicación o función. Pero ni rastro de su espada o armadura, así como de cualquier otra cosa que pudiera despertar su interés. Sin duda, esta habitación debía ser el laboratorio donde la Araña preparaba sus mejunjes y venenos.

Por un momento pensó en destrozarlo, como hizo con el resto de las estancias del subterráneo, pero antes de decidirse a empezar echó una rápida ojeada a los estantes llenos de botellitas de diferentes formas y tamaños. Todas estaban ordenadas pulcramente y con su correspondiente etiqueta. La mayoría eran destilados de hierbas cuya función era completamente desconocida para el Daiyōkai, pero la última y más grande de ellas llamó poderosamente su atención. No era para menos, ya que en su etiqueta estaban dibujados, con una pulcra y estilizada letra, los caracteres de su nombre: 殺生丸.

La cogió con cuidado y abrió la tapa, olisqueando el líquido transparente de su interior. Un conocido olor dulzón le golpeó la nariz y con él, la avalancha de recuerdos placenteros que lo atormentaba en sueños cada noche.

Pasó las siguientes horas sentado en el suelo y apoyado contra la pared, con la mirada fijada en el vacío. Dos impulsos batallaban despiadadamente en su mente: el de destrozar todo lo que había a su alrededor y el deseo casi ingobernable de volver a sentir esas enloquecedoras sensaciones, ese placer embriagador que era capaz de liberarlo de todo pensamiento.

Finalmente, agotado por su incapacidad de tomar una decisión, se levantó con un suspiro y guardó la botella entre los pliegues de su haori, subiendo lentamente la escalera en dirección a la sala de estar. Quizás tras consultar con la almohada sabría mejor qué camino le apetecía más tomar.

~w~

Mientras tanto, en Takeda, los días se sucedían también lentos y aburridos. Al principio Naraku tenía bastante que reflexionar. El increíble golpe de suerte que hizo llegar a su poder el minúsculo fragmento de Perla, era sin duda algo sobre lo que pensar. Era tan pequeño, en realidad, que no podría ni siquiera ser denominado "fragmento". Tal vez por eso pudo completar en su día la Perla sin que fuera necesario añadirlo. No era más que una raspadura milimétrica que Kikyō debió de perder durante su pelea con la criatura, tantos años atrás; y que pasó desapercibida para ambos y permitió que Ne No Kubi sobreviviera durante tanto tiempo sellado en el barro. Si se lo quedara, aumentaría en algo sus poderes, pero no de forma demasiado significativa, así que, ¿para qué lo iba a usar?

Esa pregunta y su probable respuesta giraban en bucle por sus pensamientos hasta que al final se decidió a probar. Se acercó al inactivo Devorahuesos y la colocó con cuidado sobre la madera. Hubo un ligero destello de luz pero no duró más de medio segundo.

«Sin duda funciona, pero no durante el tiempo suficiente. Necesitaría de un potenciador. Algún objeto que ya haya atravesado con anterioridad las barreras del tiempo.»

Y esa era la idea que lo mantenía en Takeda a la espera del retorno del hanyō. Un plan se había fraguado en su mente pero para ponerlo en marcha necesitaba no solamente que volviese Inuyasha, sino que fuese luna nueva para poder acercarse a él sin ser reconocido.

Al cabo de unos días sintió como el hanyō atravesaba su barrera, en su viaje de retorno a la aldea. La situación que habían ido a investigar no se volvió a producir y por mucho que buscasen al causante de la muerte por deshidratación de varios aldeanos, no pudieron dar con ninguna pista. Era lógico, ya que las raíces de dicho causante llevaban ya más de una semana pudríendose entre el follaje del bosque.

Naraku abandonó con rapidez la zona, dejando una avispa vigía en su lugar, y se estableció en la posada de la ciudad más cercana. Podría haber aprovechado los días de espera hasta el cambio lunar para ir a casa y echar un ojo a sus asuntos, pero no le apetecía para nada. Cada vez que imaginaba la posible reacción de Sesshōmaru al verle, un calambrazo de pánico lo estremecía de la cabeza a los pies.

~w~

—¿Así que no descubristéis nada? —preguntó Kagome mientras se incorporaba en su lecho para cenar.

Era una noche ventosa y oscura como la boca de un lobo. Por lo que Inuyasha convenientemente atrancó puerta y ventanas antes de sentarse al lado suya para contestar.

—Nada de nada. Pero no podía permitirme dejarte sola por más tiempo. Shippo se quedará con ellos una semana más y correrá a avisarme si ocurre alguna otra desgracia.

—Espero que no ocurra nada esta noche.

—Yo también...

Inuyasha se quedó meditabundo y silencioso. Odiaba tanto las malditas noches de luna nueva. La sensación de impotencia siempre lo dominaba y realmente no era capaz de entender cómo era posible para los humanos aguantar sintiéndose así de débiles y vulnerables durante todo el tiempo.

Lanzó una preocupada mirada a su demacrada mujer, que volvía a apartar el cuenco de sopa caliente sin apenas haberlo tocado.

—Debes alimentarte, Kagome.

—No puedo más, Inu. Me entran nauseas.

—Vamos…, hazlo por el bebé.

—Lo siento. De veras que no puedo…

Inuyasha iba a continuar insistiendo pero un extraño ruido proveniente del exterior lo hizo levantar repentinamente la cabeza.

—¿Qué ocurre, Inu?

—¡Shhh! Creo que escuché algo...

Se levantó con rapidez y se acercó a la ventana; había oído un ruido como el de cuando arrojan una china contra la madera. Con sumo cuidado abrió las tapas y se asomó al exterior.

—¿Ves algo?

—Nada. Está demasiado oscuro.

—¿Crees que pueda ser Shippo?

—Eso es absurdo. Si fuera él habría entrado.

Tras unos segundos de no ver nada, Inuyasha ya iba a cerrar las tapas de la ventana, cuando una potente luz blanquecina lo deslumbró y lo hizo caer al suelo de la cabaña a causa del susto. Una larga serpiente de luz había salido de la maleza y volaba serpenteando en círculos alrededor de la cabaña, mientras otra compañera se acercaba a la ventana, flotando plácidamente, y se dedicaba a observarlo con sus azulados ojos.

—¿Son Shinidamachu? —preguntó Kagome asustada.

—Eso parece —contestó Inuyasha compungido. El recuerdo de Kikyō lo avasallaba, llenando su pecho de tristeza y arrepentimiento. Todavía no lograba perdonarse el no haber podido salvarla.

—¿Qué pueden querer?

—Solo hay una manera de averiguarlo.

Decidido, se incorporó y dirigió a la puerta hasta que la voz de Kagome lo detuvo.

—Inuyasha… No lo hagas. ¿Y si es una trampa?

—Tendré cuidado, no te preocupes.

Con el corazón latiendo a mil por hora, salió de la cabaña y se enfrentó a las serpientes.

—¡¿Qué queréis?! —gritó—. ¡¿Es esto algún tipo de broma macabra?!

Las dos criaturas detuvieron su vuelo y tras flotar durante unos instantes más, volvieron a volar hacia el bosque. Después se frenaron ante la súbita aparición de una fantasmal sacerdotisa y se quedaron flotando a su alrededor.

—No es ninguna broma, Inuyasha —susurró la transparente figura de Kikyō.

El hanyō se frotó los ojos sin apenas creer lo que le estaban mostrando. Después comenzó a andar lentamente hacia ella.

—No puede ser. Estás muerta…

—Efectivamente, lo estoy. Pero se ha permitido a mi forma espiritual salir del Yomi para ayudaros. Detente, Inuyasha, no debes acercarte más.

Inuyasha se frenó en seco a unos cinco metros del fantasma. Si eso era realmente un yuurei, no era buena idea tenerlo demasiado cerca, y menos cuando no era más que un simple humano.

—¿Ayudarnos? ¿Y cómo podrías hacerlo?

—Puedo hacer que el pozo vuelva a funcionar. Así podríais ir a la época de Kagome para que se cure. Eso sí, sería un viaje sólo de ida. No creo tener el poder suficiente para volver a hacerlo para que retornéis.

Un brote de esperanza sacudió el corazón de Inuyasha dentro de su pecho. Un corazón que llevaba demasiado tiempo deprimido y hundido en la desesperación.

—¿De veras podrías hacer algo así?

—De veras. Solamente necesito algo de tiempo y cierto objeto. Os prometo que, si me lo entregáis, haré funcionar el pozo para que todos vosotros podáis viajar al futuro y salvaros de esta funesta enfermedad.

—¿Qué objeto? —preguntó el hanyō ligeramente mosqueado—. La Perla desapareció tras tu muerte, ¿lo sabes, verdad?

—No me hace falta la perla, tan solo tu collar de dominación. Es un objeto que ya ha viajado por el tiempo con anterioridad.

Inuyasha frunció el entrecejo buscando la trampa. Pero fue incapaz de leer nada en el pálido e inescrutable rostro de la que fue su amada. Su collar… Ese objeto que ligaba su voluntad a la de Kagome, desde prácticamente el primer momento en el que apareció en el Sengoku.

Aunque desde que cayera enferma, no había tenido las energías para volver a usarlo…

—Espérame aquí—, dijo, tomando finalmente una decisión. Realmente no perdía nada por probar. Con paso firme se encaminó a la cabaña para pedir que Kagome se lo quitase.

Una vez dentro relató brevemente lo sucedido a su mujer, que lo miraba incrédula desde la cama.

—¿Y crees realmente a ese ser, Inuyasha? —preguntó ella con una nota resentida en la voz. —¿Y si es alguna clase de trampa?

—Aunque lo fuera, ¿qué perdemos? ¿Tanto necesitas hacerme morder el polvo de vez en cuando?

Kagome captó el tono de broma que trataba de dar a sus palabras el hanyō y sonrió levemente. Le había visto tan increíblemente deprimido últimamente que escucharle hablar así la aliviaba mucho. Comprendió la enorme necesidad que tenía Inuyasha de creer en que había una luz al final del túnel.

—Muy bien, acércate y déjame quitártelo.

~w~

Con el collar de dominación en su poder, Naraku finalmente debía dirigirse a Kyōto. Necesitaba de sus herramientas y laboratorio para modificar el collar y fusionarlo con la esquirla. No creía que fuera a ser tarea sencilla y mentalmente daba las gracias al Kami que hubiera intermediado para que el Tifón Sesshōmaru no lo arrasase como todo lo demás.

En momentos puntuales durante su ausencia estuvo observando los actos y reacciones del Daiyōkai por medio de sus avispas. La furia, la confusión, el odio y repulsión que sabía que crecían en el Daiyōkai lo llevaban perturbando todo este tiempo y le hacían todavía más difícil el retorno a casa.

«¡Maldita sea! ¿A qué tengo miedo?», se preguntaba. «¿Acaso no estaba dispuesto a morir en sus brazos hace unas semanas?»

Naraku analizó de nuevo la sensación de desagrado y flojera que ralentizaban su vuelo y acabó aterrizando y echando a andar mientras cavilaba.

No era miedo a la muerte, ni al dolor de una más que probable paliza. ¿A qué temía entonces? ¿A la incertidumbre?

No… Cierto que su trato/chantaje bien hubiera podido expirar y que Sesshōmaru acabase con él nada más entrar por la puerta. Entonces Rin moriría también y nada de su último plan tendría ningún sentido. Pero eso no le daba miedo...Total, los muertos no temen. Y lo mejor es que si Sesshōmaru se decidía por ese camino, hasta se regodearía en el Yomi una vez muerto. Al fin y al cabo significaría que para el Lord, Naraku y la venganza eran más importantes que su amada Rin…

«Lo siento, niña… ¡Gano yo!» pensó orgullosamente y, al instante, por contrapartida, escuchó una voz como la de Rin contestando: «Pero si ese fuera el caso, ya habría abandonado el subterráneo. ¿Para qué perder el tiempo encerrado si el motivo de que lo estuviera ya no existe?»

La Araña se detuvo en seco y clavo la mirada al portón de la ciudad que debería atravesar con un aspecto más respetable.

«No me entiendo ni yo... ¿A qué viene esta sensación tan desagradable? Vamos… tienes muchos días fuera… A saber la que te habrán liado con el negocio y demás los idiotas de los humanos.»

Y en ese momento cayó en cuenta: lo que no le apetecía era verle enfadado y mirándolo con odio y rencor… Se sentía culpable…De esa realmente poco responsable manera que nos sentimos cuando nos suspenden muchas en clase y sabemos que deberíamos haber estudiado más para los exámenes; o nos hemos ido de copas con los amigos después de trabajar en vez de volver junto a nuestra pareja. Lanzó una sonora carcajada y se transformó en Yamaguchi Kanaru

—Ni que fuéramos un matrimonio... —bufó, levantando el brazo para llamar a una carreta. Se montó y convocó a sus insectos para chequear la situación.

«Todo patas arriba. Bueno, tampoco es que esperase a que se pusiera a limpiar…»

Sesshōmaru, los primeros días, se dedicaba sólo a destruir y volvía a dormir. Luego vagó por los oscuros corredores, de una estancia a otra y sorprendió a Naraku, merodeando por el laboratorio en un par de ocasiones. Pero lo había respetado; la avispa no le mostraba ni un solo frasco roto o fuera de lugar. A veces trataba de activar el espejo, pero no se sabía la invocación, por lo que Kanna no se conectaba. Entonces le hablaba como si fuera Rin; algo el triple de extraño si tenemos en cuenta que Sesshōmaru es más que parco en palabras y casi siempre solo usa monosílabos.

¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Había renunciado al estoicismo? ¿O acaso su mente se estaba degradando?

«Si sobrevivo al día de hoy procuraré no dejarle solo durante tanto tiempo.», se prometió mientras atravesaba las puertas del prostíbulo y era atendido con presteza por su ama de llaves.

—¿Algún inconveniente en mi ausencia, Tomoe San?

—Tenemos problemas de espacio, Yamaguchi Sama. El Clan Oda vuelve a estar por la ciudad. Parece que Nobunaga Dono ha vuelto a la capital para pedir al Emperador permiso para establecer una ruta estable para sus samurai en dirección sudoeste.

— Pfff, como si el Emperador pudiera realmente dárselo. Baka Dono debería estar hablando con Rokkaku Yoshikata sobre estos asuntos… Pero como sé que esto no es más que otra excusa para largarse y no enfrentar a esos dos buitres que tiene por hermanos, me tocará hacerlo a mi. Llama a un mensajero para salir hacia el castillo de Kannonji, mientras le escribo una nota.*

—Inmediatamente, Señor—. La vieja Tomoe se dio la vuelta pero no echo a andar. Después de titubear por un momento, encaró de nuevo a Yamaguchi Kanaru y le interrogó con voz algo temblorosa—. ¿Usted cree que su…-ejem- huésped… se encuentra bien? Hace tres días que no se come lo que le dejo en la entrada de la escalera. Y ya no se oye apenas ruido.

Naraku palideció ligeramente. Las avispas que estaban vigilando se lo mostraron saliendo del laboratorio hace tres días y no habían vuelto a reportar nada extraño. Naraku gastaba mucho yōki en estas conexiones como para poder ejercerlas continuamente. Pero las Saimyōshō le contactarían de modo automático en caso de ocurrir algo sospechoso.

—No se preocupe Tomoe San, está perfectamente. Puede que se esté dedicando a la meditación y ayuno. En cuanto escriba la carta iré a comprobarlo en persona. Gracias por el aviso, de todas formas… Y ya sabe… Ni una palabra a nadie sobre su ubicación.

—Por supuesto, Amo. Tomoe no le decepcionará… Antes la muerte.

Naraku se preguntaba por qué esas palabras -tan falsas en boca de cualquiera- resultaban tan convincentes en la de una decrépita sirviente humana. No se arrepentía de haberle confiado la alimentación del Daiyōkai durante su ausencia. No era buena idea compartir con más gente el paradero de Sesshōmaru de Taishō pero solo él tenía la culpa de eso. Pero no pudo evitarlo… Debía darle espacio y tiempo para asimilar lo que pasó entre ellos, y aclarar sus ideas también.

Naraku se pasó la mano por la cara y se levantó de su escritorio para asomarse por la ventana. La pequeña construcción de piedra del fondo robó inmediatamente toda su atención.

Excusas.

La excusa de tener que ir a comprobar la situación de sus enemigos y enfrentar una potencial amenaza le había valido para largarse de aquí sin esperar a que Sesshōmaru despertase.

La excusa de esperar a la luna nueva para engañar al mestizo, le valió para retrasar al máximo su retorno.

Debía volver y enfrentarlo. Ya no había excusa que valiera.

Con paso lento cruzó el jardín y abrió la pesada puerta. Sus pisadas resonaban intensamente y el eco rebotaba por paredes y techo, remarcando todavía más el pesado silencio que reinaba en el subterráneo.

«¿Dónde se habrá metido?» pensaba mientras recorría, una por una, las destrozadas estancias de su hogar. En el salón: nada. En los dormitorios: nada. Bajó una planta para chequear las mazmorras: vacías… Miró también en el laboratorio, el único lugar que no parecía haber sufrido los efectos de un terremoto, y lo encontró tan vacío como el resto de las habitaciones.

«Creo que sólo me queda por revisar el baño…» cavilaba mientras subía de nuevo por la escalinata, en dirección a la planta principal.

Al llegar al fondo de la misma, se encontró con la puerta de acceso al baño japonés tradicional, firmemente atrancada.

«¡Bingo! Sin duda está aquí dentro.»

Antes de forzar la puerta de madera, Naraku envió a una de las avispas que anidaban en el techo, al interior, y la imagen que recibió lo dejó completamente en shock.

Sesshōmaru estaba completamente desnudo y con su perfecto cuerpo relajado y flotando en la bañera de madera. A pesar de las voluminosas nubes de vapor que flotaban en el ambiente, pudo observar perfectamente el rostro extasiado y colorado del Daiyōkai, que se masturbaba lentamente con una mano, mientras los dedos de la otra se introducían suavemente en su interior. En el suelo, al lado de la bañera pudo ver el frasco de su afrodisíaco, del cual faltaban ya varias dosis.

—Vaya, vaya… Parece que ha encontrado algo con lo que entretenerse, Sesshōmaru Dono— murmuró con una sonrisa antes de proceder a forzar la puerta del baño.


NOTAS Y GLOSARIO:

Ne no Kubi (Lit.: Cabeza de Raíz) es el antagonista principal de "Desde Entonces"(そ れ 以来, "Sore Irai"), un capítulo especial del manga InuYasha escrito para el proyecto Hero Comes Back de Shogakukan: una colección de capítulos especiales de varias series ya retiradas, en beneficio a los esfuerzos de reconstrucción después del gran terremoto y tsunami de Tohoku. Es una historia independiente que ocurre seis meses después del Capítulo 558 .

Apuntes y personajes históricos: Oda Nobunaga fue uno de tres principales protagonistas históricos que lograron la reunificación de los pequeños feudos durante el Sengoku y formaron la que sería la nación japonesa única, tal como la conocemos en la actualidad. Su forma de vestir era extravagante: usaba mangas cortas con colores extraños y hakamas de piel de tigre. Debido a sus modales y comportamiento, la gente le llamaba "Baka Dono" (Don Tonto) o creía que estaba loco, aunque el escritor Mark Weston cree que podría tratarse de una estrategia para que no lo vieran como un rival por el poder. Estaba obsesionado con la movilidad de sus tropas, para ello construyó en sus dominios nuevas carreteras y reparó y ensanchó las ya existentes. Eso le valió para vencer en numerosas batallas. Los sucesos que menciono en la historia referentes a su clan (quitando lo de envenenar las aguas) y a él mismo, son hechos reales sucedidos durante el Sengoku.