¡Saludos de nuevo! La verdad, se me ha hecho difícil dar un final más o menos digno a esta minisaga, que acaba en este décimo capítulo. Sin entrar en detalles que puedan contener spoilers, os invito a leer, y como viene siendo habitual, publicaré en mi perfil los bocetos tanto de Astrea como de Ánfora de Mesembria.

Quiero agradecer como siempre a aquellos que me leen su generosidad, y agradecería aún más vuestros comentarios, que siempre sirven para futuras referencias sobre lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer. Además, quiero dar un agradecimiento especial a Eriha y Shadir, quienes siempre me dejan su opinión y me saben animar o sacarme una sonrisa.

Sin más, ¡aquí os dejo el décimo capítulo, desenlace de la saga de Astrea! ¡¡Que el cosmos le acompañe!!


Capítulo X: Astrea de Virgo

Blasón dorado

Desde el suelo, los caballeros de Atenea sintieron desbordante el aura mácula de Mesembria. No habría forma de eludir el combate, o al menos eso pensó Leo mientras levantaba, herido en el brazo.

-¿Estáis bien? –inquirió sin apartar la vista de la Hora.

-¡Tu brazo! –Astrea, preocupada al ver la herida de Baltsarós sobre su deltoides, se irguió rápido para ir a comprobarlo por ella misma-. Todo esto ha sido por mi culpa…

-¡No es momento de lamentarse! –Therón no se veía en absoluto afectado por sus heridas a pesar de ser quien peor estaba. Ya se preparaba para la lucha con la guardia alzada.

-¡No os metáis en esto! –Gritó Astrea a sus camaradas mientras levantaba el brazo con brusquedad-. ¡Espada del Juez!

La dulce guerrera de Virgo perdió su dulce mirada entre los mechones castaños de su cabello, para dirigirla de forma desafiante a su enemiga. Sin dudarlo, arremetió con todo su poder canalizado en aquella arma de su diestra.

-¿Me atacas de frente? –Mesembria previó el movimiento de Virgo, anticipándose con la ejecución de una lluvia de cosmos que la arrojó al suelo sin miramientos-. ¡Estúpida! ¡Mandoble de Justicia!

La fiera Hora levantó su arma tratando de imitar a Astrea. Envuelta en un cosmos oscilante, arremetió contra la guerrera de Atenea, que no se pudo defender más que encajando el golpe con su armadura. Fruto del violento impacto, salió despedida hacia donde sus camaradas lo contemplaban todo.

-¡Astrea! –Leo se interpuso en la trayectoria de su compañera, parándola con ambos brazos. Los dos acabaron cayendo al suelo, pero por fortuna, sin sufrir heridas. Por su parte, Therón se adelantó.

-¡Es inútil!

Ante el impulso que había tomado el caballero de Perseo, Mesembria sólo dio un paso a la derecha para evitar la embestida de aquel ataque.

-¿No recuerdas que ya me has mostrado tu Milagro de Perseo? ¡Muere! –con un tremendo puñetazo, la poderosa enemiga arrojó a Therón al aire para contraatacarle con una explosión de cosmos de tal magnitud, que hizo temblar todo el suelo tras el sonoro crujido de su explosión. El santo cayó derrotado al suelo, entre fragmentos de su maltratada coraza de brillante plata.

-¡Maldita sea! ¡Para colmo se acercan los gigantes! –Replicó Baltsarós tras contemplar los fútiles actos de Perseo-. ¡Levanta, Astrea! ¡Hemos de hacer algo!

-Descuida… -respondió todavía irguiéndose-. ¡Balanza del Juez!

Como un rato antes, durante la lucha entre Ánfora y Perseo, un enhiesto mástil dorado y ébano surcó los cielos hasta alcanzar una altura descomunal. De su cúspide, sendos brazos, intersecados, avanzaron trazando dos horizontes, portadores de cadenas en sus extremos, que se deslizaron hasta alcanzar a los gigantes con los platillos que de ellos surgieron. ¡Una balanza con cuatro platos había bloqueado a las criaturas!

-¡Espléndido! –gritó Leo mientras alzaba su cosmos.

-¿Y tu armadura? ¿Piensas luchas sin ella? –le preguntó Astrea sin dejar de concentrarse.

-Mi armadura… ¡no la necesito! ¡¡Lamas del Purgatorio!!

Astrea quedó estupefacta al sentir cómo el cosmos de Leo se incrementó de forma tan abrumadora en apenas unos segundos. Pudo contemplar incrédula cómo de su aura surgían miles de flechas de fuego que, tras recorrer un arco hasta el cielo, se aglomeraron en un único centro para precipitarse en forma de columna ígnea contra Mesembria. Entre destellos, la guerrera deseó poder dominar el cosmos con semejante majestuosidad.

La Hora sexta recibió el impacto indefensa, ardiendo junto todo en derredor, de la misma forma que la nieve a sus pies se evaporaba. Sin embargo, los gritos de espanto nunca llegaron, cosa que alertó a Leo.

-¡Cuidado!

Las llamas del purgatorio, encajadas por Mesembria, apenas la habían herido. Sólo su armadura parecía resentida por tan brutal impacto, de fuerza innegable.

-¡Un potente ataque! –gritó ella desde lejos. Apareciendo casi al instante sobre Baltsarós, le susurró algo al oído-. Lástima que las Horas seamos inmunes…

Mesembria alzó el brazo con el que blandía su mandoble, tratando de acabar con la vida de Leo. Para fortuna del santo, fue Astrea quien le salvó ahora con el poder de la Espada del Juez. Ahí, tras un destello brevísimo y arrodillada ante la Hora, usaba toda la fuerza de sus brazos para no ceder ante el empuje incesante del arma de la sierva de Némesis. El cruce de espadas se hacía desfavorable para la castaña.

-¡Baltsarós, no aguanto más! –el dorado no dudó un instante y acumuló energía sobre su puño, al cual acabó por rodear entre ráfagas rojizas. Tras ejecutar rápido un puñetazo certero sobre la coraza de su enemiga, no pudo sino sentirse inútil al comprobar cómo sólo logró romperla, sin herir a su portadora.

-Incluso siendo dos, vuestros ataques serán en vano –se jactó la perversa guerrera aguantando aún el puño de Leo entre sus senos, parcialmente cubiertos por una toga manchada de sangre.

-¡Tú usas un mandoble mientras que yo uso una espada! –respondió Astrea, forzando una sonrisa entre esfuerzos, que cada vez le exigían más para retener el empuje de la descomunal arma hostil.

-¡Te das cuenta de que soy más poderosa!

-¡Para nada! ¡Prueba con esto! –Astrea dejó de sostener su hoja con la mano izquierda para convocar una segunda, con la que, ante la sorpresa de su enemiga, pudo apuñalarle el estómago gracias a los esfuerzos previos de Baltsarós, quien había roto su protección. Esta vez sí hubo grito por parte de la Hora, momento que aprovecharon tanto Leo como Virgo para alejarse unos metros.

-¡Ahora las criaturas!

-¡Las ataduras se resienten! -exclamó Astrea viendo cómo una de las cadenas de cosmos de su balanza se quebraba. Para su sorpresa, la bestia más lejana logró destrozarla, haciendo desaparecer el plato que la retenía en miles de plumas doradas, que ascendieron al aire, volatilizándose.

-Así es, niña estúpida… -asintió Mesembria, completamente ilesa. Tanto Baltsarós como su compañera no dieron crédito a aquello-. Mientras que mi armadura se regenera gracias a mi cosmos, es ella la que además sana mis heridas. ¡Una Hora debe estar por completo entregada a su Ánima! Nuestro círculo sinérgico es lo que os hace vulnerables…

Un escalofrío recorrió la espalda de Astrea. Había hecho lo que no debía; sabía muy bien lo que implicaba el hecho de haber usado dos Espadas del Juez teniendo abierto un foco de cosmos añadido como lo era su balanza.

-Lo sabes, Astrea. No puedes mantener tu Balanza del Juez si usas más cosmos en ataque del que desvías hacia ella. Usando cuatro platos, estabas empleando en ella más de la mitad de tu cosmos. Ahora, uno de ellos se ha roto.

-¡Maldición! Mi cosmos se desvanece. La balanza caerá pronto –pensó la joven mientras miraba el expresivo rostro de su camarada. Ira, un espíritu de combate del que ella había carecido hasta entonces era lo que le hacía falta.

-Baltsarós… esa forma que tienes de aglomerar el cosmos a tu alrededor… -ante la expectación del santo, la muchacha sonrió radiante, explicando con el brillo de su mirada que aún había una gran posibilidad-. ¡Tengo una idea! ¡Dame un par de minutos!

Corriendo hacia la retaguardia, Astrea se cobijó tras el muro de una casa derribada. Leo no pudo hacer más que suspirar ante la osadía de su compañera.

-Al final resulta que no eres tan inútil… –susurró.

-¡No te dejaré! –ignorando a Leo, Mesembria dio una enorme zancada para impulsarse hacia su enemiga. Para su sorpresa, cadenas de cosmos la enredaron de repente. Su tono era rojizo, como el de las llamas, y parecían irradiar un calor que poco a poco se hacía hiriente.

-¡Nadie te ha dicho que puedas evitarme, mujer! ¡Cadena de Llamas!

La magia que retenía a la Hora empezó a hacerse más poderosa y a elevar la temperatura que hacía de ella su prisión. Las cadenas candentes cada vez apretaban más a la varonil guerrera, hasta el punto en que no pudo moverse. Leo tiró de ellas con astucia para arrojarla lejos de su aliada. Astrea, por su parte, comenzó a emitir un brillo pálido, semejante al del sol en auge matinal. El aire se estremecía con su presencia.

-¡Mesembria, ahora yo soy tu contrincante! –gritó el león, desafiante-. ¡Llamas del Purgatorio!

Como instantes antes, el cosmos rojizo del fuego que desprendió Baltsarós se alzó al cielo dispersado en miles de flechas ígneas. Para sorpresa de la Hora, que esperaba que se aunaran en un pilar tras rasgar el cielo, la masa de flechas fue directa hacia ella, siéndole imposible de esquivar.

-¡No puede ser! –en el instante antes del impacto, la guerrera logró romper las ataduras de las cadenas para cubrirse con los brazos de aquellos golpes, que fueron arrasando la tierra y, entre embestidas dolorosas, la dejaron aturdida unos segundos, tiempo más que de sobra para que Leo volviese a cargar su energía encubriendo el cosmos de Astrea.

La Mesembria corrupta miró con desdén a su oponente y extendió los brazos. Su mirada, desorbitada, mostraba con explicitud la demencia, que poco a poco, se hacía con ella.

-No puedes retenerme. Las Horas tenemos la misión de juzgar a los caballeros malditos. ¡Tenemos completa inmunidad ante vuestras artes maléficas! ¡Moriréis, pues no me importa juicio alguno! ¡Mandoble del Juez!

Para sorpresa del valiente Leo, el poder de la violenta Hora pareció trastabillar ante un brillo negruzco, que la envolvió confiriéndole un nuevo arte de guerra; una sarta de hojas etéreas destrozó el suelo bajo sus pies, desprendiendo cosmos en estado puro, en un abrazo que le golpeó de lleno. Antes de poder darse cuenta, había sido herido en el costado por una de aquellas espadas de poder. Rápido, la toga del santo se tiñó de sangre, pegándosele al cuerpo.

-¡Tu armadura! ¡Cae! –agitando con violencia su mano hacia el suelo, Mesembria logró tirar a su enemigo, quien maldijo el momento en que su armadura perdió la vida.

-¡Te odio, Beatrice! –se dijo al notar el fluido pegajoso sobre su vientre, viendo cómo la criatura que se había librado de la Balanza del Juez momentos antes, ya estaba casi sobre él, cubriendo con su gigante sombra todo en derredor-. ¿Ya se acaba todo?

Perseo levantó haciendo acopio de todas sus energías. A duras penas manteniéndose, tomó su escudo con la diestra. Mirando a la bestia como si de una situación a muerte se tratase, tomó la determinación de arrojarlo para tratar de petrificarla.

-¡Baltsarós, cuidado! –gritó antes de lanzarlo con fuerza.

-¡No, Perseo! –Mesembria, viéndolo todo, desvió la trayectoria del escudo con una ráfaga de cosmos que lo arrojó al suelo, provocando que se partiese en varios trozos. Palideciendo por su suerte, Therón maldijo a los dioses y cayó de rodillas presa del cansancio.

-No pienso morir aquí, camarada –Baltsarós saltó hacia la bestia aprovechando el descuido de Mesembria. Con una mano en el costado y la otra desprendiendo un retazo de cosmos que tornó en fuego, la agredió. El impacto fue crucial, pues logró derribar a la criatura. Al tocar suelo el santo, notó cómo su herida se abría más, y se tuvo que dejar caer de rodillas mientras contemplaba el derrame de su sangre sobre la tierra batida. Sin embargo, había tumbado a la criatura, que en su caída, levantó una densa masa de polvo.

La jueza blandió su espada hacia Leo, pero recordando a Astrea, se giró hacia ella. Allí estaba, envestida en su preciosa armadura de oro; y entre brillos y lucilos bruñidos y el despliegue azaroso de sus cabellos, levitando sobre un muro ruinoso, su cosmos no dejaba de agitarse con determinación y tal sutileza, que ni sus camaradas lo habían notado.

-¿Qué demonios… -las ataduras de fuego de Leo retuvieron a la Hora de nuevo-. ¿¡Qué es eso!?

Astrea abrió los ojos y extendió los brazos. Tras ella, la silueta de su constelación lo cubrió todo con un cosmos abrumador que ascendió al cielo. Rasgando todas las nubes y dejándolo limpio, a la luz de las estrellas, la masa de energía comenzó a resplandecer como agitada, hasta tomar la forma de un blasón cuyo emblema no era sino la imagen de Virgo a la luz de la luna.

-¡Esto es el Blasón del Juez! –exclamó con su voz melódicamente enfurecida.

Tras un destello cegador, la balanza que retenía a los tres últimos gigantes fue desapareciendo en un mar de lucilos blancos, absorbida por aquel escudo celestial que instante tras instante, se volvía más grande. Tras alcanzar su máximo esplendor, el cosmos que albergaba estalló causando un bramido agudo tras una nova blanca. Todo quedó en silencio tras el eco de aquel acorde cósmico, y tan rápido como la técnica había sido ejecutada, Astrea cayó fulminada al suelo de espaldas, entre su melena castaña y revoltosa.

Leo quedó sorprendido cuando vio cómo las criaturas del vórtice comenzaron a desvanecerse como ceniza llevada por el viento. Lo mismo ocurrió con la Ánima de Mesembria, que empezó a agrietarse hasta acabar convertida en polvo. Bajo los pies de todos los enemigos, el mismo emblema que había iluminado el cielo nocturno comenzó a resplandecer, silbando entre latidos fulgurantes.

-¿Esto es todo, caballeros de Atenea? –dijo la Hora a la vez que su cuerpo comenzaba a desaparecer. Entre risas de resignación, acabó desapareciendo en el aire, pulverizada-. ¡Pero esto no acabará así! –acertó a pronunciar en el instante último de su vida.

Sonrisa

Tras el vaivén resonante de unas olas que no se podían llegar a ver, Astrea abrió los ojos para encontrarse de nuevo en aquel mar oscuro que ya le era tan familiar. Incorporándose, y en parte extrañada, oteó en derredor para darse cuenta que nada, ni el más mínimo atisbo de luz, podía vislumbrarse. A pesar de todo, su armadura resonó en el vacío, alumbrando con resplandor dorado todo cuanto pudo.

-¿Otra vez duermo? –se dijo mientras el ritmo disonante de unos lejanos latidos la alertó. Parecía estar en el interior de un organismo vivo-. Un cosmos fluctúa cerca de donde estoy…

Caminando sin saber demasiado bien a dónde la guiaban sus pasos, llegó a toparse con una cama deshecha en mitad de aquel lugar abandonado. Ante ella, una niñita frágil y durmiente le llamó la atención; tras ver sus bucles vivos, reconoció en su faz la que había sido su infancia.

-Soy yo… -pensó. Antes de dar otro paso, una malla oxidada se alzó de ningún lugar para envolver la cama, sellándola de todo contacto con el exterior-. ¿Qué?

-Si has llegado hasta aquí es porque la maldición se está disipando… -afirmó alguien tras la guerrera de melena castaña, que giró intimidada por el frío tono de voz.

-¿La maldición que los santos de oro padecen? –dijo alzando la guardia.

-No. Tu maldición. Todos estáis malditos.

-¿Qué es este lugar? ¿Quién eres tú?

La extraña sombra que hablaba extendió una extremidad, pudiendo obviarse en sus formas la silueta de un brazo.

-¿Aún preguntas incluso escuchando el latir de tu corazón?

-Y tú…

-Yo sólo soy una sombra que responde al nombre de Atarsea. Todo este campo oscuro; todo cuanto te rodea soy yo…

-¿Qué tienes que ver con la maldición de Hades?

-En la anterior guerra santa, los caballeros dorados, a excepción de uno, recibieron una maldición. Esa maldición se esconde en el corazón de cada uno de ellos, y yo te pertenezco. Atarsea de la estrella terrestre de la Búsqueda, hija de Nyx.

-Así que la Sentencia del Orden ha permitido esto… -susurró la muchacha para sí-. ¡Un espectro de Hades en mi corazón! ¡Esa es la maldición!

-¿La Sentencia del Orden? Eso lo explica todo. No puedo permitir que tu maldición desaparezca. Sé que comprenderás que sólo lucho por los designios de mis dioses… ¡Ataduras de Medianoche!

A causa del vacío y el negror de todo cuando rodeaba a Astrea, ésta no pudo discernir el golpe enemigo, quedando abrazada por otra malla de metal oxidado, similar a la de la cama, que la rodeó por completo, constringiéndola con fiereza.

-Acabarás absorbida por mis ataduras y morirás. No hay más remedio –comentó la sombra-. Desaparece. No sufras…

Astrea notó un fuerte cosmos apretando más y más sobre ella. A pesar de portar la armadura de Virgo, aquella malla parecía clavarse directamente en su piel, o más bien, salir de ella con furor y resentimiento. Ante tal dolor, sólo pudo gritar exasperada. Sin poder moverse, pensar era su única alternativa.

-No puedo morir aquí, sea lo que sea que esté pasando. El cosmos… del Blasón del Juez… debe… iluminarlo todo –acabó diciendo en tono ascendente.

Como un milagro conjurado por la voz de la guerrera, de su cuerpo, una masa luminiscente se personificó en un estallido cuyo destello cegó a Atarsea. La aliada de Atenea logró zafarse de la restricción, que lucía hecha pedazos mientras caía al suelo. Aún quedaba algo de poder del Blasón, y a los pies de su enemiga, brillaba con el emblema de Virgo.

-No puedes hacer más… -Debilitada, la muchacha notó su cuerpo sangrar. Entre el ardor que notaba en su corazón y un fugaz mareo, tosió una bocanada rojiza que le tiñó la coraza-. ¡Detente! –gritó.

La enigmática Atarsea extendió sus brazos, emitiendo varios haces de sombra con objetivo no Astrea, sino los muros de aquel lugar. Tras varios impactos, Astrea gritó llevándose la mano al corazón. De las coyunturas de las piezas de su pechera comenzó a brotar sangre, más viva y carmesí que nunca.

-¡Corrupción del Alma!

Un vórtice de cosmos denso golpeó a Virgo, arrojándola al suelo con violencia. Al levantar, notó que varias partes de su armadura envejecían a un ritmo vertiginoso, hasta tal punto de ver cómo una capa oxidada parecía brotar de ésta.

-No puedo consentir esto… ¡Espada del Juez! –el cosmos de la guerrera se había disparado.

-¡No puedes herirme! ¡Formo parte de tu corazón!

Ignorando todo aviso, tras un salto sublime, Astrea atravesó el cuerpo opaco del espectro, y entre un grito ensordecedor de las dos y el brotar desmedido de sangre desde el pecho de la guerrera, toda amenaza cesó; Virgo quedó en pie, cansada, sangrando y con su vestimenta oxidada, ante la cama en que su pequeño otro yo levantaba, murmurando algo, de mal humor. Con cierto recelo, la adulta se acercó.

-No te asustes, niña.

Tras girarse la pequeña para responder, se vio a sí misma de mayor, quedando estupefacta de la sorpresa. Sin embargo, hubo un pequeño detalle que le llamó la atención.

-No me asustaré, pero si me dices por qué lloras.

-Ser curiosa te hará daño, pequeña. Además, ¿quién te dice que yo llore?

-¿Curiosidad? –musitó la niña. Astrea, comprendiendo lo que ocurría, asintió.

-Ese hombre no estará junto a ti toda la vida –le dijo con calma.

-¿Mi maestro Evander?

-¿De verdad quieres ver?

-¡Quiero verle! –respondió la otra, decidida.

Virgo, aunque a punto de desfallecer, sonrió alzando la mano sobre su cabeza. Entonces, usó el poco cosmos que le quedaba en aquel movimiento.

-Blasón del Juez –dijo con la voz muy tenue.

El destello del cosmos de Astrea permitió que la dimensión oscura fuera desmoronándose en fragmentos pequeños, que se convirtieron en plumas albas en su trayecto hacia el suelo. A los pocos instantes, todo apareció cubierto por nieve; todo salvo una senda de tierra y el cielo, que despejado, y con la Luna llena por madre, alumbró la nocturna representación de la villa Rodorio. Los copos de nieve seguían cayendo, y en las fachadas de los edificios, varias marcas rojizas guiaron a la niña, que sin percatarse de cómo Astrea la seguía, comenzó a correr presumiendo cómo habían llegado allí.

-Ahí está esperándote, pequeña… -pensó Virgo a la vez que caía exhausta entre los brazos de alguien-. Oh, ahora lo recuerdo… ¿acaso su faz no expresaba…

-Así es, Astrea. De la misma forma en que te sostengo ahora, yo le sostuve a él en el momento en que acabaste con su vida. ¿Acaso no le viste en su último aliento?

-Marduk de Libra, tan oportuno… -respondió.

-No es propio de ti caer, Astrea. Aún estás a tiempo de recordar la verdad de la muerte de Evander de Águila.

Asintiendo con energía renovada, Virgo se incorporó, corriendo por aquella vía única de Rodorio. ¿Por qué su camarada de Libra la acogió hasta que obtuvo la armadura dorada? ¿Cómo era que él estuvo allí en el momento preciso? Es más… ahora él la había vuelto a rescatar.

La niña Astrea llegó ante su maestro, quien lucía manchado de sangre ante el cadáver de una mujer de rostro joven.

-¿Una mujer muerta? ¡Qué horror! –gritó escandalizada. Evander la miró, y suspirando, caminó hacia su pequeña aprendiz.

-Tú, Astrea, no debes dudar de lo que has visto –dijo con voz triste, desolada por lo injusto de lo que iba a hacer y había hecho-. Nunca debes dudar de lo que hacen aquellos quienes te quieren. Estás llamada a ser una de las criaturas más justas de este mundo, así que ahora, haz lo que debes.

Como hipnotizada, y con un sentimiento confuso entre la ira y la nostalgia de algo que jamás volvería a ser lo mismo, extendió sus brazos para, con sus manitas, rodear el cuello del que había sido su mentor.

-¡Le odio, maestro! –gritó repetidas veces entre el zarandeo sin cesar de sus extremidades. Desviando la mirada hacia la mujer muerta comenzó a apretar más y más.

-No… -dijo alguien a sus espaldas-. No debes apartar la mirada –de nuevo, aquella Astrea adulta, con armadura oxidada, le susurró que le mirara a los ojos. Sumisa e hipnotizada, la niña volvió a postrar sus iris sobre el rostro de Evander, quien no hacía más que sonreír con el gesto casi extinto.

-Eso es; lo que no vimos antes, lo veremos ahora juntas –dijo la adulta abrazando a su alter ego y estrechándole el rostro contra su hombro-. Nuestro maestro Evander quiso que todo fuera así, pues en todo momento pudo zafarse de nuestras manos.

En aquel instante, el caballero de plata exhaló su última bocanada de aire, cayendo al suelo con una sonrisa sincera, ante los pies de un desconocido de armadura de oro.

Humanos

Una ráfaga de viento hizo a Astrea finalmente abrir los ojos. Se vio acostada de nuevo en la cama de Baltsarós, a la luz tenue de un candelabro que brillaba sobre la mesa en que él y Therón hablaban. El gesto del santo de Perseo alertó a Leo, quien giró para mirar a la recién despierta joven.

-Buenos días, niña –dijo con una mueca divertida-. ¿Sabes que pesas tanto que tuve que dar dos viajes para traerte a casa?

-¿Qué dices? –respondió la muchacha sin incorporarse. Se tocó los ojos para secarse sendas lágrimas que le brotaron mientras pensaba qué responder-. ¿Al final me desmayé?

Therón levantó del maltratado sillón en que estaba. Ante los pies de la cama, contempló el demacrado aspecto de su compañera sin evitar fruncir el ceño.

-Al menos estamos todos vivos.

-Así es, Therón.

Astrea se sentó en la cama apoyándose sobre la pared. Tras que las mantas resbalasen de su cuerpo, pudo notar que ya no vestía la armadura. Tan sólo su fino vestido la cubría, por lo que rápido buscó su caja de Pandora.

-Tranquila, están las 3 fuera de casa, si es que andas buscando tu armadura –contestó Leo.

-Yo… os debo una disculpa, sobre todo a ti, Therón –dijo con el tono entrecortado, y avergonzada por sus acciones ante Ánfora.

Therón guardó silencio, pero Baltsarós no pudo evitar reír de forma despreocupada. Tras negar con la cabeza, se dispuso a hablar.

-Al final resulta que todo tiene explicación, así que no ha sido tu culpa. No de todo, al menos…

-Aun así, yo…

-Astrea –interrumpió Therón-, ahora estamos los tres aquí, y ya ha pasado todo. No hay más vuelta de hoja. No hay por qué preocuparse ahora que estamos los tres a salvo.

-¿De verdad… -antes de poder acabar su frase, la joven comenzó a llorar estremecida por la bondad de sus compañeros y los recuerdos auténticos sobre el día de la muerte de su compañero. Ignorando lo dicho por éstos, se disculpó reiteradas veces mientras buscó desconsolada del abrazo de Baltsarós.

-Si es que eres una niña, y las niñas, niñas son –alegó sonriente-. ¿Acaso no pretendías llevarme al Santuario de vuelta? –tras unos segundos de sollozos, Astrea, con la cabeza en el regazo de su camarada, asintió.

Zafándose del abrazo de Astrea, Baltsarós caminó hacia la mesa para soplar a aquel candelabro viejo. Tras sostenerlo entre sus manos, suspiró yendo hacia la puerta.

-¿A… a dónde vas?

-Vamos, Astrea. Ponte tu abrigo y caminemos los tres juntos hacia el Santuario. Hay mucho de lo que tenemos que hablar ahora que somos amigos –afirmó rotundo. Tras salir de la casa, Therón se acercó a Astrea para removerle el cabello con cariño.

Una vez fuera, Baltsarós, en solitario, caminó hacia el cráter de Melitón con su caja de Pandora sobre la espalda. Mientras esperaba a sus compañeros, alzó la cabeza y murmuró algo.

-¿Cómo dices? –inquirió Therón, quien caminaba junto a Astrea despacio.

-Nada. Sólo me despido de una compañera a la que muy pronto volveré a ver...


Hum... ya veis. Nada del otro mundo. Antes de empezar una nueva saga, meteré un par de capítulos de transición en que probablemente no haya dorado protagonista. No me gustaría seguir el ritmo de Shiori en Lost Canvas en que parece que los únicos caballeros con vida son los dorados, así que intentaré mostrar algo más de los eternos olvidados: cabaleros de plata y de bronce.

Asimismo, pondré en mi perfil, tal y como me recomendasteis los links de los bocetos y los créditos a sus autores.

¡¡Muchas gracias y nos leemos en el capítulo 11!!