Disclaimer: Los personajes de Naruto NO me pertenecen, sino al mangaka Masashi Kishimoto.
Advertencias: El "Rated M" es por varias situaciones, desde las malas palabras hasta las escenas más hirientes o explícitas. Leer bajo un alto criterio.
¡Hola! Gracias por los comentarios, los favoritos y las alertas. Se les agradece muchísimo. :33 ¡Volví renovada! (Ya varios capítulos editados, pero no los atosigaré de actualizaciones, que sino se pierde el suspenso. xD)
Las respuestas a sus comentarios al final. :3 (Perdonen si encuentran dedazos, a veces mis ojos no dan para más. Debería tener un Beta Reader).
En fin, sin nada más que decir…
¡A leer!
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Capítulo 9
Unión Imperial
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Hecha un ovillo en la esquina de una sucia pared, la pequeña escondió el rostro entre sus encogidas piernas mientras un río de lágrimas se deslizaba casi seco por sus mejillas. Le dolía, le dolía demasiado el cuerpo, como si miles de astillas de todas las proporciones y materiales se hubieran atrincherado en su diminuto cuerpo. Había quedado huérfana debido a un intento colectivo de derrocar a emperador del Viento, y ella se había visto doblemente afectada cuando aquella organización la había raptado.
"Tienes un chakra muy especial"; le había dicho aquel señor de rostro extraño parecido al de una serpiente.
Y ella no había entendido demasiado bien lo que aquello quería decir, al menos no hasta que llegó a esa oscura guarida que olía a muerte y a otras tantas cosas que no supo identificar. Allí había niños como ella, traumados, abandonados y sin esperanza alguna de salir con vida.
Sus ambarinos ojos habían notado que el señor "cara de serpiente" (como muy despectivamente lo apodaba), salía de vez en cuando de los escondrijos detrás de las pesadas puertas y sacaba un niño a la calle, murmurando entre dientes que "no servía", y ella había querido entender eso. Konan siempre había querido entender todo. Su avidez por el conocimiento incrementaba en sobremanera su curiosidad, sin saber que ese era uno de los motivos por los cuales, la extraña organización donde se encontraba, la había raptado.
Al principio había creído que todo estaba bien a causa de sus necesidades, pero luego se dijo que había sido un error seguir a ese señor con una extraña capa de nubes rojas. Había sido incluso peor de lo que creyó en un principio. Todo seguía doliéndole, y se encontró preguntándose si no era mejor haberse ido también junto a sus padres. Aquel peso era mucho más de lo que podía soportar.
La había sometido al primer experimento, y él había dicho que sería el primero de muchos, que un chakra como el suyo debía mantenerse por toda la eternidad por ser tan valioso. Ella hizo todo lo posible por desamarrarse a la extraña silla en la que la tuvo sujeta, pero él le había hecho algo, podía sentirlo porque cuando hacía esfuerzos, entonces se mareaba y las sienes le palpitaban.
"Quédate quieta"; exigió con una sádica sonrisa, y Konan había abierto mucho los párpados, mirando hacia el estante que contenían sustancias extrañas de las que nunca esperaba saber el nombre.
Recordaba que había gritado, tan fuerte como para que una ciudad entera la escuchara. Él había introducido una extraña aguja negra en la vena de su brazo pálido, lo que causó que este le escociera de dolor y vibrara antes de quedarse totalmente inerte.
Sintió la punzante sensación de que su alma le dejaba y empezó a hiperventilar, sollozando porque no podía controlar tal dolor. Su cielo se puso negro y sintió una descarga de energía que despojaba su cuerpo, ocasionando la debilidad de su estado actual. Él la había dejado allí en una esquina a su suerte, junto a otros niños en iguales o peores condiciones que la de ella.
Sentía que iba a morir.
Entonces sintió una palmada sobre su coronilla cubierta de andrajoso pelo azul. Ella elevó sus ojos de ámbar y contempló a un niño con bonitos ojos azules muy oscuros, al menos eso era lo que podía notar más allá de su llamativo cabello rojo.
Él le tendía la palma de su mano, iluminada por un peculiar y atrapante color verde. Le sonrió casi imperceptiblemente y Konan notó el temblor en sus labios enfermizos. Le frunció el ceño a la defensiva, apretando las piernas contra sí misma mucho más de lo que ya las tenía.
— Él me quiere aquí por esta habilidad — susurró sentándose a su lado —. ¿Me dejáis curaros?, un ángel no debe estar así — ella parpadeó curiosa.
¿Un ángel? ¿Ella?
— ¿Q-Qué más sabéis? — cuestionó enderezándose un poco.
El niño pelirrojo acercó la palma a su pecho con lentitud, inundándola de una paz que creía imposible sentir otra vez. Inhaló y exhaló el aire sin dificultad y los dolores de su cuerpo se fueron muy lejos, tan lejos que tuvo la sensación de que tal cosa no existía. Como si su cuerpo no hubiese sido invadido por cuchillas invisibles.
— Tu chakra… puedo sentirlo — la niña de pelo azul miró su ceño fruncido con concentración —. Tienes afinidad con el aire… ¿tus padres también lo tenían? — interrogó, pero ella no respondió.
Sus padres nunca habían utilizado chakra, de hecho, ni ella misma sabía que poseía eso, pues sus progenitores siempre le decían que el "chakra" solamente causaba guerras y masacres, que para ellos era un alivio no tener que usar nada relacionado al tema, y que el hecho de que ella hubiese nacido sin esa abominación, ya era un gran regalo.
Pero ellos habían muerto en la revuelta inútil del pueblo por derrocar al Supremo del Viento, pasando por el filo de ese chakra que ellos tanto odiaban. La habían obligado a correr, correr mucho sin mirar atrás, y cuando había notado que sus padres no corrían tras ella, ya era demasiado tarde. Con su casa destruida, Konan se había visto en la obligación de mantenerse por sí misma en las calles, y era una gran ventaja saber leer y escribir, pues le pagaban por pequeños trabajos que ameritaban esas cualidades. Hasta que le habían raptado cuando volvía a su refugio, usando al hombre de capa negra con nubes rojas para engañarla con un trabajo.
Nunca se habría imaginado que poseía chakra.
No hasta ese momento.
— ¿Cómo os llamáis? — murmuró ella con un alivio creciente.
El niño terminó su trabajo y se abrazó las rodillas con un pequeño sonrojo.
— Me llamo Nagato — respondió.
Ella simplemente sonrió con timidez, agradeciéndole lo que había hecho por su bienestar.
…
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El fuego crepitaba con renovada fuerza cada segundo que pasaba, iluminando todos los rincones del oscuro templo, cuyas ventanas dejaban entrar pequeños rayos de claridad proporcionados por la gran luna llena en el despejado cielo. Los oscuros ojos miraban fijamente hacia las llamas, rememorando gran parte de su vida, desde la lejana juventud, hasta aquella noche en la que el adivino del clan había lanzado esa extraña profecía sobre la madre de Itachi y Sasuke: Mikoto Uchiha.
Lo recordaba como si apenas hubiese sido un día antes, donde los padres se congregaban frente a las flamas ardientes con premura inusitada, con los ojos muy abiertos y los oídos predispuestos para escuchar el veredicto divino de la pequeña Mikoto, la cual aún descansaba en el vientre de su madre.
Madara había estado detrás de la pareja, evaluando a su extenso clan alrededor del cruento fuego con la mirada envejecida y cansada, como si tuviese un peso demasiado grande sobre los hombros. Lo acababan de despojar de su título de patriarca para cedérselo a los padres del pequeño Fugaku, el futuro esposo de la aún no nacida Mikoto, a causa de esa videncia, que él consideraba, absurda.
¿Cómo iba a traer paz una niña que ni siquiera había nacido aún? Además, era mujer y la guerra ya llevaba demasiado rato en auge como para que el nacimiento de una niña pudiera detenerla. Pero ellos habían creído toda esa sarta de mentiras y aquello había sido su inminente perdición. Ahora, solamente quedaban Itachi, Sasuke y él; los únicos sobrevivientes del masacrado clan Uchiha.
— Nacisteis con mala estrella, ¿no, Mikoto? — lanzó hacia el fuego, como si allí ella pudiese escucharle.
Este pareció crepitar con más vehemencia, pero él no era un hombre supersticioso, por lo que no iba a tomar aquello como algo realmente relevante. Detrás de él, una sombra llegó de improvisto, con la cara cubierta y la rodilla en el piso haciéndole una profunda reverencia al pelinegro de espaldas a él.
— Su excelencia — llamó. Madara solamente se limitó a ladear un poco la cabeza —. Mi escuadrón ha encontrado otros cuerpos — informó con el tono tenso.
El Uchiha mayor cuadró los hombros y se giró hacia él con una expresión molesta. El Sharingan giraba con fiereza en sus orbes.
— ¿Tengo que encargarme de todo yo? — reclamó con aquella voz de ultratumba —. Debéis tener todo controlado para mañana. El príncipe Sasuke se casa por fin — bufó con petulancia.
El otro hombre pareció encogerse un poco sobre su sitio. Era mucho mejor no enfadar a alguien como Madara Uchiha, y más aún, no estar en su ojo de mira.
— Vigilad al capitán general de los escuadrones — mandó con aquella mirada calculadora —. Ese niño, Sasori… no me da buena espina — informó con un tinte desagradable para luego despachar al individuo con un ademán.
El enmascarado desapareció en menos de lo que un ojo humano pudiese darse cuenta, y el pelinegro observó al vacío como si reparara en algo sumamente importante. El capitán jamás le había dado demasiada buena espina, tenía una mirada demasiado indescriptible y a veces parecía luchar contra sí mismo para cumplir una orden; tenía un temple bastante forjado, debía admitirlo, y de ser totalmente confiable, lo tomaría en cuenta para ser uno de sus más allegados subordinados; pero aquello no parecía ser más que una máscara hueca para ocultar sus verdaderas intenciones, desgastada ante sus ojos, pues él era Madara Uchiha y nunca se le escapaba ni el más mínimo detalle.
Desde que había vuelto de su misión, informándole que había matado a los traidores en una de las barreras fronterizas pero que Neji Hyūga ya se había ido, sus sospechas habían aumentado. Cualquier otro hubiese ido a buscar al varón del ojo blanco hasta el fin del mundo de ser necesario, pero él había vuelto así sin más, con aquella estoica mirada que tanto le hinchaba de desconfianza. Aquel niño nunca le había gustado, tal vez porque tenía demasiadas facciones extranjeras o por todo él en general. Era su deber mantenerle bajo extrema vigilancia, halándole hacia el precipicio del inhóspito vacío si es que sus conjeturas llegaban a armarse con la debida resolución.
Madara volvió a girarse hacia la gran llama con el entrecejo severamente fruncido. Él solo se estaba encargando de esos cuerpos mutilados que aparecían en las puertas del reino, moviendo su red de guerreros nocturnos a través de toda la ciudadela para mantener bajo su ojo crítico cualquier eventualidad. Sabía que se trataba de Tsunade Senju, porque no había otro ser en todo el imperio que fuese capaz de hacer aquello debajo de su nariz. Tenía que haberlo sabido desde que la muchacha había llegado desde el Imperio de la Arena para casarse con el príncipe Dan hace ya bastante tiempo.
Tenía que ser una Senju, tan temeraria como el maldito de Hashirama; gruñó mentalmente mientras una mueca desdeñosa surcaba sus facciones.
Sasuke y la hija mayor de los Yamanaka iban a unirse por fin, y todo tenía que salir perfecto para que la coronación del nuevo emperador no se viese interrumpida por ningún problema exterior, y para ello, debía tener ojo avizor sobre todos los acontecimientos. Su dedicación al educar a Sasuke por fin estaba dando frutos, y dentro de muy poco, el menor de los Uchiha sería el nuevo emperador, y él podría finalmente apartar a Itachi de todos los asuntos imperiales, relegarlo al segundo plano para que su absurda actitud de crueldad pacífica no entorpeciera sus planes.
Sería difícil, así que debía hacerlo lentamente y desde la sombras, siempre detrás de Sasuke susurrándole al oído lo que debía hacer, él, que era tan manipulable y voluble, no se quedaría pensando si era mejor hacerle caso o no al consejero cuando Itachi sí que lo pensaba más de la cuenta, ejerciendo la sucia autoridad sobre él. Era un alivio que tuviese su propia red de espías.
El moreno relajó sus varoniles facciones y soltó una mirada altanera hacia el fuego, dio la media vuelta y caminó hasta la gran puerta de madera. Tendría un día bastante largo y debía estar despierto de nuevo en menos de seis horas.
Dentro del templo, el fuego se agitó con vehemencia, como si la fallecida Mikoto hubiese querido decir algo más.
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Sasori dio la vuelta en un pasillo apresuradamente, caminando con largas zancadas mientras se mantenía alerta hacia todas las direcciones. Era de madrugada, y le había dejado una nota a Sakura donde le decía claramente que debía verla en la cámara trasera de los aposentos abandonados. Se habían visto escasas veces desde que él había vuelto de la misión, pero había conseguido librarse lo suficiente como para que nadie se diera cuenta de sus escapadas esporádicas y sus travesías a través de los pasadizos desolados del castillo.
Había sido realmente una suerte que Naruto recapacitara sobre esa absurda idea de pelear contra él, pues cayó en cuenta de lo que realmente estaba haciendo al poner en una difícil situación a los Uchiha. Ya no tenían en su poder ni a Neji ni a Hanabi, y el hecho de que él mismo estuviese predispuesto a proteger a Hinata, podía dar por hecho de que la familia Hyūga ya estaba a salvo, al menos por el momento. Nada sería mejor que verlos postrados ante los tres supervivientes de la familia que ellos habían matado, y para cuando aquello ocurriera, Sasori estaría listo para darles un golpe de gracia; un pase directo a la muerte.
La melena rosada de Sakura se dejó ver en una esquina, y él prácticamente corrió hacia la presencia para alcanzarla lo más pronto posible. No sabía cuántos días había estado sin estrecharla entre sus brazos, pero mientras más tiempo pasaba, más inseguro se sentía al respecto. Era consciente de que el emperador la llamaba todas las noches, pero según la misma joven, él no le había puesto un dedo encima, como si esperara a que ella se entregase a él porque quería y no porque era obligada.
Sabía la manera en la que Itachi operaba, apresando a sus presas y asfixiándolas, hasta que no les quedaba más remedio que entregarse a los funestos brazos de la muerte como única tabla de salvación, fingiendo amabilidad cuando lo creía necesario, haciéndoles creer a todas sus víctimas que estaban a salvo cuando en realidad nada estaba más lejos de ser así. Dio dos zancadas más y el pequeño cuerpo de la moza quedó prisionero contra su cuerpo.
Sakura no tuvo ni el tiempo para girarse antes de que los brazos del pelirrojo la apresaran con extraña necesidad. Ella se removió entre sus brazos tratando de verle el rostro, notando que tenía una respiración irregular y estaba transpirando, pudo notarlo cuando tanteó su rostro con los dedos. Sasori aflojó la fuerte cadena de sus brazos y los ojos femeninos al fin pudieron notarlo de frente, preocupándose por su semblante agotado.
— Sasori... ¿qué tenéis? — inquirió ella con palpable preocupación.
El pelirrojo tragó grueso, consciente de que era la primera vez que se notaba tan nervioso frente a Sakura, pero ahora mismo no tenía demasiado tiempo como para explicarle detalle por detalle su peculiar comportamiento.
— Escuchadme, Sakura — empezó él acunando el rostro entre sus manos —: si algo pasa hoy y no estoy con vos, tendréis que venir aquí — soltó y ella le miró con el ceño fruncido.
— ¿Esto tiene algo que ver con lo que dijisteis el día de vuestra partida a la misión? — cuestionó, estando casi segura de que tenía razón.
El pelirrojo así se lo confirmó cuando asintió.
— Quería hablaros de esto con más tiempo, pero mientras menos supieseis, mucho mejor — aceptó bajo la mirada airada de la muchacha —. Entendedlo. Nada se escapa de los ojos Uchiha — la miró tan intensamente que Sakura tuvo deseos de disculparse y morir.
— En... entonces, ¿qué ocurrirá hoy? — cuestionó con un leve tono tembloroso.
— Los cimientos del reino temblarán — soltó con un matiz lúgubre —. Haced lo que os dije, y no tendréis que ver lo que sucederá — pidió.
No obstante, la joven tuvo la creciente premonición de que aquello era más una advertencia, como si todo estuviese a punto de irse hacia un punto muerto del que no volvería jamás. El agujero negro del tiempo donde quedarían los Uchiha del Fuego. Un golpe, un derrocamiento, así sin más.
Itachi...
Su corazón se aceleró al darse cuenta de que temía por el gobernante, el hombre que la había apartado de su madre y de la posibilidad de unirse a al amor de toda su vida. Algo debía seguir estando mal con ella, pues el hecho de que se hubiera comportado de buenas maneras y no la hubiese forzado a ciertas cosas, no quitaba la suciedad de su sanguinario apellido ni sus actos funestos de antaño. Ni su crueldad. Ni su desidia. Tenía todo aquello encima, como una mugrienta montaña de vidas que su dinastía había segado.
Nada ni nadie iba a poder expiar sus culpas.
— Aquí estaré esperando por vos — aclaró con seguridad.
Los bonitos orbes de clara arena parecieron brillar con encanto antes de acercarse a ella, uniendo sus labios en una nueva danza que corría en una furiosa cámara lenta, como si el tiempo pasase volando pero su roce se mantuviese eterno, tan parecido a su amor de siempre.
La moza de clara melena envolvió los dedos entre los hilos sedosos del cabello masculino, deseando perderse para toda la vida entre aquella marejada de emociones que le profesaba al hombre que besaba sus labios, con un contacto tan apasionado como dulce. Podía decir que estaría feliz para toda la eternidad entre sus brazos, pues nada deseaba más que estar a su lado.
Cuando Sasori se separó de ella y notó sus brillantes ojos verdes mirándolo con amor, pudo sonreír genuinamente, sintiendo que faltaba solamente un poco más para dejar de fingir ser el perro de una dinastía maldita. Su venganza estaría cumplida y tendría a Sakura, sin que le atormentara la idea de que Itachi le arrebatase su alma y sus pensamientos, para luego hacerla suya por su propia voluntad.
El aliento del hombre le dio de lleno en el rostro y ella suspiró antes de volver a buscar sus labios para depositar un cándido beso.
— Ya lo sabéis — murmuró antes de apretar suavemente una de sus manos y devolverse por donde había venido.
Sakura lo observó caminar a paso rápido hasta que se perdió totalmente de su vista. El latido rápido y constante del corazón le resonaba en los oídos con insistencia, desequilibrando sus pensamientos coherentes para solamente pensar en lo que ocurriría, quién sabe cuándo, y en los divinos labios de Sasori sobre los suyos.
Se sentía aliviada porque siempre comprobaba que seguía siendo suya, y que todo lo que había tenido que vivir desde que llegó allí, no era más que otra prueba para afianzar su gallardo amor por él.
Nada importaba más, y pasara lo que pasase, ella y Sasori estarían juntos.
Siempre.
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Ino se observó en el espejo con presuntuosa atención mientras ladeaba el talle de un lado a otro. El vestido azul lavanda se ceñía a su cintura y caía suelto en grandes pliegues por sus piernas, dando la impresión de ser una cascada congelada bajo los rayos de un poderoso sol. Tenía los brazos descubiertos y parecía que su piel había adquirido un tono más pálido, al igual que su cabello, que daba la impresión de ser albino y no el habitual rubio al que estaba acostumbrada ver en ella.
Su vestuario y peinado eran todo un espectáculo, sin embargo, mientras las camelias de hielo permanecían sobre su elaborado peinado, la muchacha no pudo dejar de notar la tristeza de sus azulinos ojos, ajenos a toda felicidad que una prometida (y futura emperatriz), debía tener. Estuvo a punto de suspirar con desgana cuando sintió la delicada mano de su madre sobre el brazo.
Ella dio la media vuelta hacia ella aún sobre el redondo taburete. Heira del Hielo le sonreía con comprensión, como entendiendo el sacrificio que su única hija estaba haciendo. Sus ojos de un verde vivo le devolvían la mirada con el peso del deber mientras la rubia bajaba hasta ella para tomarla de las manos. Había llegado hace una semana para ayudar a su hija con los últimos preparativos, y por qué no, también con las dudas múltiples que surgían dos horas antes de casarse.
— Estáis realmente hermosa — aseguró la bella mujer con su timbre de musa.
Ino pensó que su madre se veía aun más bonita con aquel vestido imperial de color rosa.
— ¿Así lo creéis, madre? — preguntó ella con un leve tinte engreído.
Heira rió con una mueca pretenciosa, observando a Ino de arriba a abajo con una sutil mueca de nostalgia. Había llegado el día en el que su pequeña se desposaría con el señor de tierras extranjeras, cuando ella había querido siempre que se casara con alguien de su propio imperio.
A Ino no le faltaban pretendientes, y era realmente mágica la manera en la que se desenvolvía con las personas a su alrededor, siempre con una sonrisa encantadora cruzando sus delicados labios, la espontaneidad, las respuestas inteligentes, su gusto por las flores... ahora que viviría encerrada en un castillo de otro elemento, otra afinidad tan distinta a la de ella, no sabía la manera en la que se comportaría su hija con todo el nuevo ambiente. Era bastante inquietante.
— ¿Madre? — inquirió Ino con cierto tono preocupado.
La mujer mayor había empezado a llorar sin darse cuenta. Rió un poco y secó sus lágrimas con un bordado pañuelo de seda.
— Es la emoción de veros casada muy pronto — dijo ella entre risillas.
Ino le sonrió mientras tomaba sus manos de nuevo, presintiendo que había algún otro sentimiento escondido detrás de sus palabras. Su madre siempre había sido especialmente hábil para mentir, y afortunadamente, le había heredado esa cualidad que iba a necesitar ahora más que nunca si quería sobrevivir dentro de aquel imperante palacio.
— Estaré bien — calmó la joven con voz perenne.
Heira asintió.
— Hay algo que me parece preciso que sepáis antes de casaros — habló su madre y ella frunció el entrecejo con curiosidad —. En realidad, al principio de todo esto, ibas a casaros con su majestad, Itachi — informó con los ojos bastante abiertos.
La rubia platinada sintió que se atragantaba con la espesa saliva. ¿Ella había tenido la leve posibilidad de casarse con Itachi? ¿Qué había hecho que terminara en esa situación con Sasuke? No es que se imaginara unida al mayor de los Uchiha, aunque aceptaba que era soberanamente apuesto y bastante amable, nunca lo había visto como algo más allá. Sus ojos siempre estuvieron sobre Sasuke, correteando tras sus huesos como una reverenda estúpida hasta que fue muy tarde para remediar el daño.
— ¿De verdad?, ¿qué ocurrió? — cuestionó la muchacha con un cosquilleo severo.
Los ojos verdes miraron hacia el techo abovedado y sumamente ornamentado, solamente para buscar las mejores de las palabras para que su hija entendiese la advertencia detrás sin dejarla expuesta.
— Madara Uchiha aseguró que Sasuke era un mejor candidato — empezó con matiz confidencial —. Cuando le pregunté las razones, me ignoró como si no estuviese allí, solamente hablaba con vuestro padre — añadió con tono quejumbroso.
Ino rodó los ojos presa de la ironía. Claro, por supuesto que Sasuke era mejor candidato (si se medía con el termómetro de la crueldad), pero que Madara rechazara casar al emperador, era algo todavía más extraño. Los dos eran hermanos y el mayor de los Uchiha compartía, obviamente, su sangre. Era como si hubiese querido convertir a Sasuke en emperador a como diera lugar. No le encontraba otra explicación.
La pregunta era: ¿por qué?
— Madre... — pronunció dudosa, con la alerta encendida.
La mujer asintió con incertidumbre.
— Sabéis qué hacer si ocurre algún evento desafortunado — espetó con voz firme.
Su hija inclinó la cabeza en afirmación.
— Creo que ya es hora de salir... padre querrá vernos — sugirió Ino con una densa sonrisa.
Las irises de Heira parecieron brillar de anticipación ante la mirada más calmada y divertida de su hija.
— Vamos, vamos — apresuró ella mientras la conducía hasta la puerta lo más delicadamente posible.
Ino se dejó llevar entre risitas. El extraño augurio aún rondaba sus pensamientos, pero no podía dejar que aquello detuviese sus deberes.
¿Verdad?
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…
Con el (no tan recatado) escote, Tsunade Senju arribaba a las dependencias del norte con la camuflada presencia de una señora de alta alcurnia del Imperio del Hielo. Su vestido marrón ornamentado con piedras preciosas, brillaba bajo el candente sol que parecía calcinarlo todo con sus potentes rayos.
Escondida entre la marea de gente extranjera acalorada por tan alta temperatura, la rubia se colaba con un caminar altivo a través de las grandes puertas de negro fuego, cuya extensión se limitaba a cubrir el marco de la muralla para dejar pasar a sus invitados.
Tsunade sonrió de medio lado cuando sintió la peculiar presencia de alguien conocido, como si hubiese esperado que se presentara allí en el momento menos esperado; después de todo, Jiraiya era un hombre bastante viajero y poco dado a permanecer demasiado tiempo en un mismo lugar. Ladeó un poco el rostro y contempló la melena blanca agitándose con el viento, mientras que su portador seguía recostado de la pared con los brazos cruzados y ojos cerrados, dando la impresión de que estaba especialmente concentrado en los sonidos a su alrededor.
La mujer pasó intencionalmente muy cerca de él, mas siguió caminando con paso casual para no levantar ni la más mínima sospecha, aunque el hecho de que hubiese podido entrar mostrando el rostro, ya era un signo inequívoco de ineficiencia por parte de los norteños. Presintió la presencia de Jiraiya seguirla entre las veredas de tierra y dio la vuelta en una casa, aparentemente abandonada si se juzgaba su fachada descuidada.
Los rayos del sol se escurrían por los agujeros del sobresaliente techo, y ella los contempló hasta que el hombre que esperaba apareció ante sus ojos con una sonrisa de par en par que ella le devolvió con astutamente.
— ¿Dando un paseo por la carretera del fuego, Tsunade-hime? — inquirió él con un tinte cómico que hizo resoplar a la mujer.
— Hace mucho que dejé de ser princesa, Jiraiya. Acostumbraos — respondió elevando una ceja.
— ¿Qué vais a hacer si os ve? — cuestionó colocándose más serio de lo que era habitual en él.
La reina del este ladeó la cabeza con estricta rigidez. Odiaba cuando Jiraiya le hacía ese tipo de preguntas, dando a entender que no confiaba en que pudiese cuidarse sola aun si ellos habían estado juntos desde muy pequeños. Tal vez creyera que como buen nómada y aprendiz de todos los dioses elementales, tenía al mundo agarrado con un dedo, pero ella también había aprendido mucho a pesar de que se había casado joven, además, debía tener muy en cuenta que ella no era cualquier mujer, era una Senju, y una Senju tenía una voluntad inquebrantable.
— Si estoy aquí, es porque estoy segura de que no me verá — aclaró ella.
El hombre de blanca melena elevó sus cejas con predisposición. Tsunade no había usado un disfraz más que el de una extranjera de visita, siendo un gran riesgo a su seguridad si los Uchiha la reconocían y le culpaban de violar los tratados y de presentarse de forma errónea.
— ¿Cómo estáis tan segura? — él suspiró con resignación.
La rubia dama frunció el ceño con una creciente molestia. Si seguía haciendo ese tipo de preguntas, entonces no iba a poder dejar intacta la salud de su viejo amigo.
— Porque así me he asegurado — respondió ella en tono fuerte —. Solamente me notará cuando yo quiera que lo haga — agregó.
Jiraiya no pudo dejar de notar aquel misterio en sus palabras, como si estuviese esperando que algo especialmente catastrófico se cerniera sobre las cabezas de los habitantes del norte. Esta vez, parecía tener una carta bajo la manga, el as que (tarde o temprano) la llevaría a cumplir el deseo de su difunto esposo; y nadie mejor que él podía saber el ahínco que depositada la testaruda fémina a la gira de cumplir su palabra. Dan no le había dejado demasiadas opciones.
— Así que con esos planes estamos... — susurró al viento.
Tsunade no pudo dejar de notar el resguardado tinte de su voz, siempre atrincherado en algún lugar de su alma para proteger sus propios recuerdos y aspiraciones. El matiz de tristeza detrás de sus ojos le removió el corazón cuan marea violenta, y se encontró preguntándose otra vez, después de mucho tiempo, cómo hacía Jiraiya para soportar todo el dolor de su corazón y no colapsar en el intento. Ella misma había sufrido, mucho, de hecho; no obstante, siempre había tenido presencias a su alrededor para solventar la pérdida.
Aquel hombre frente a sí no había recibido tal ayuda, solamente había reemplazado la falta por los viajes largos y cada vez más lejos de ella, imposibilitándola de saber cuánto sufría su alma y se carcomía en la culpa sin que nadie le dijese que no todo caía sobre sus hombros, la carga por siempre pesada de no poder haber hecho nada más que preocuparse sin poder actuar.
— Debo partir a la boda... manteneos al tanto. Y al margen — advirtió la reina con un súbito tono de ordenanza.
Jiraiya sonrió con humor irónico, como si hubiese esperado una frase así desde el principio. De igual manera, él no iba a dar señales de vida en el reino del norte para luego meterse en problemas, no estaba en sus casuales planes del estadía.
— Al margen de la situación, por supuesto — acotó él en tono cómico —; pero nunca al margen de tan bellas señoritas — pronunció libidinoso al notar la baja espalda de una joven que pasaba cerca.
La reina rodó los ojos hasta ponerlos en blanco, sin embargo, estaba especialmente divertida por aquel comportamiento tan despreocupado. Jiraiya la escuchó decir una frase a medias, de la cual pudo entender el "no cambiáis más" antes de que ella se diese la vuelta y agitara, casualmente, la mano despidiéndose hasta otra ocasión.
Tsunade volvió al camino de común empedrado y Jiraiya desapareció entre las veredas de las casas con una sonrisa nostálgica.
Ninguno ha cambiado, Tsunade. Ni siquiera vos; se dijo con cierta amargura.
El hombre se perdió entre la bulliciosa marea de personas en un mercado cercano, con el leve presentimiento de que aquel sería un día demasiado largo.
…
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…
Cuando Sakura arribó al gran salón ceremonial junto a las demás favoritas, nunca se imaginó una decoración de tal envergadura. Claro, tenía que haber supuesto de antemano la ostentosidad de un evento tan importante como una unión imperial, sin embargo, debido a que se estaba refiriendo a los Uchiha, se le hacía bastante difícil imaginárselos como seres dados a ciertos tipos de celebraciones, mas volvía a caer en cuenta de la situación a la que se refería.
La joven moza nunca había estado en aquella estancia, y lo primero que hizo mientras caminaba, fue ver la danza del fuego retratada en la cúpula del techo mientras las llamas parecían moverse de verdad (o lo hacían pero no estaba segura), causando que casi chocara con Karin, la cual marchaba solemnemente a unos dos pasos de distancia, y aunque pudo impedir no darse de bruces contra su espalda, no pudo evitar pisarle el kimono estampado con llamas amarillas y azules, trayendo como consecuencias que la pelirroja la volteara a mirar con aquella aura asesina que parecía estar sobre su cabeza todo el tiempo. La muchacha de cabello rosa había atusado su obi dorado y mirado a otro lado como si nada, escapando de cualquier reprimenda visual.
Las hileras de asientos estaban adornadas con cintas y flores de hielo multicolor; así como todos los cuentos de ramos presentes, ninguna especie parecía provenir del Imperio del Fuego. Sakura se encontró preguntándose si la familia imperial del Hielo era fanática de los pétalos congelados.
"Bueno, creo que tenéis vuestra respuesta justo aquí"; mencionó la voz dentro de su cabeza.
La joven parpadeó un poco molesta con una creciente vena notándose en su frente.
¿Vos dónde os metéis cuando os necesito?; inquirió ella con cierto tinte iracundo.
"Os habéis arreglado bien mientras no estaba"; respondió la presencia a la defensiva, un poco ofendida por el tono.
Sakura quiso replicar algo más, sin embargo, al momento de abrir la boca, la cerró de golpe. Sus ojos verdes se adhirieron a la figura femenina ataviada en un gran vestido rosa que parecía bastante ligero a pesar de su almidonada falda. Había caminado desde la primera hilera, así que debía ser alguien sumamente importante como para estar tan cerca del altar ceremonial.
Tenía el cabello rubio platinado y suelto, cuyas hebras se extendían más allá de su cintura curvilínea y los listones que adornaban la costura a la altura de sus caderas. Era realmente hermosa, tanto, que parecía haber sido sacada de alguna leyenda perdida sobre un mundo de seres místicos. No obstante, su belleza no fue lo que más le impresionó. Cuando la mujer y ella cruzaron miradas, Sakura tuvo que contener la sorpresa que sus facciones rogaban por sacar a flote. Unos ojos de un verde muy vivo le devolvieron la mirada con contemplación, pero antes de que un repentino mareo la invadiera, la fémina había pasado de ella como si no hubiese visto nada en particular.
Se parece a alguien...; se dijo la joven de melena rosada, sintiendo una leve puntada en su cabeza.
— La dama que acaba de pasar, es su alteza, Heira del Hielo — le susurró Hinata a un lado, sacándola de sus dolorosas cavilaciones —. Es la madre de la señorita Yamanaka — siguió, con sus grisáceos ojos detallando a la mujer que se perdía tras la puerta dorada principal.
— ¿Algo más? — cuestionó la más joven con una extraña ansiedad.
— Um... bu-bueno, es la tercera hija del emperador del Hielo. Tiene dos hermanos mayores y tres menores — aclaró Hinata, un poco cohibida por el tono demandante.
— ¿Alguna hermana? — apremió Sakura, mirando a la pelinegra con sus almendrados ojos verdes.
Le resultaba conocida de algún lugar, pero siendo que era princesa, no recordaba haberla visto nunca... mas su memoria gráfica no fallaba jamás, así que definitivamente estaba asociada a alguien que había visto con anterioridad. ¿O era que solamente le recordaba a Ino y ya estaba?
— Dicen que tuvo una hermana menor... pero es un rumor. Heira del Hielo es la única princesa de ese imperio — aseguró un poco contrariada.
Sakura apretujó los labios y sintió frío. Un frío atroz que le caló los huesos y la hizo tener un intenso escalofrío, como si todo el invierno del mundo estuviese cayendo sobre su cabeza, no obstante, inmediatamente se dio cuenta de que no era la única. Todos los habitantes del fuego que se encontraban presentes, estaban también parecían sucumbir bajo los mismos síntomas. A penas ladeó la cabeza hasta el otro extremo del salón, se percató de que los visitantes extranjeros parecían impasibles bajo aquel ambiente helado.
Por supuesto, habitantes del hielo; pensó con matiz sardónico la muchacha de hebras exóticas.
No tuvo tiempo de darle más vueltas al anterior asunto, pues en ese mismo instante, la gran puerta de oro se abrió de par en par, dejando entrar de lleno toda la luz exterior. Hinata a su lado inclinó la cabeza hacia abajo y ella la imitó por puro instinto, dejando que sus ojos inspeccionaran el camino recto hasta el altar ceremonial con levedad.
Ino Yamanaka, caminaba con la espalda erguida y el rostro perenne, mostrando la supremacía de una diosa que pisa por primera vez la tierra humana; tenía una espada de hielo entre las manos, cuyo punta señalaba estática hacia el abovedado techo. Sakura entrecerró los ojos, encandilada por tanta majestuosidad que despedía su brillante figura, la cual parecía nadar entre glaciares de tornasol cuando los rayos del astro rey caían sobre su peculiar vestido. Los padres caminaban uno a cada lado relegados unos cuantos pasos detrás, siguiendo el lento pero dominante recorrido de su unigénita.
La moza sintió el corazón emocionado al tener la dicha de presenciar tal evento. Había soñado incontables veces con vivir ese momento, mientras Sasori la contemplaba al final del camino con una de esas sonrisas tan específicas que le encantaban cuando aparecían iluminando su rostro; y aunque veía que su sueño se empañaba con el vaho del destino con cada segundo que pasaba, aún conservaba la esperanza de experimentarlo. Soñar no costaba nada.
Cuando las tres siluetas desaparecieron de su visión, la joven alzó un poco la cabeza para curiosear más allá de lo que se le tenía permitido, ignorando olímpicamente la mirada de advertencia que Hinata le dirigía. No estaba dispuesta a pasar toda la ceremonia con la cabeza baja, ¿para qué estaba allí entonces? Sabía que estaba desobedeciendo, pero nadie iba a darse cuenta de ese pequeñísimo detalle, ¿verdad?
Como si alguien fuese a darse cuenta con semejante escena nupcial; reparó. Su voz interior le cedió toda la razón.
La prometida del fuego llegó finalmente ante el príncipe Sasuke, y aunque sus azules ojos parecieron no moverse a través de la helada espada que todavía sostenía, detalló el vestuario con las llamas negras sobre el fondo rojo carmesí, haciendo parecer al príncipe más terrorífico de lo que ya lo era.
Madara y Heira subieron dos escalones más que los prometidos para colocarse detrás de un mesón, cuya única decoración consistía en un cáliz completamente negro lleno de rubíes. Madara observó el perfil imperturbable de Sasuke y contuvo una lúgubre sonrisa mientras miraba de reojo a la mujer extranjera, esta se encontraba a su altura pero algunos pasos más lejos. Heira, por su parte, observaba la mirada acerada de Ino con un creciente temor dentro del pecho.
Los dos miembros de distintas dinastías giraron hasta quedar frente a frente, con los ojos negros observando a los verdes como si fuese el ser más insignificante del mundo; sin embargo, la mujer rubia fingió que no se había percatado de aquello.
Madara concentró fuego en su palma y estiró su brazo hacia un cuenco plateado ubicado a su derecha, esperando que Heira hiciese lo mismo en unos instantes. El brazo de la mujer del hielo se tornó azulado mientras imitaba el gesto masculino con la gracia propia de una princesa. Las intensas llamas de un rojo vivo se mezclaron con el humo congelante y formaron un pequeño tornado sobre el cuenco, el cual azotó la estancia con un intenso aire que mezclaba frío con calor e irrumpía dentro del cuerpo de los invitados, advirtiendo de la pronta unión de elementos.
Los representantes de cada familia volvieron a su posición inicial y dieron la señal esperada para que comenzaran los votos.
— Yo soy Sasuke Uchiha, príncipe del Imperio del Fuego, hermano menor del Emperador del Fuego; vencedor de las batallas de las barreras fronterizas e hijo de Fugaku y Mikoto Uchiha, antiguos gobernantes de mi nación — pronunció.
La voz del moreno retumbó en el salón como el alarido de un dragón, imponente y dominante como sus facciones tan apuestas y calmadas. Ino suspiró internamente con el corazón en la garganta. Sus brazos habían empezado a cansarse de la rígida posición en la que los mantenía, rogando bajarlos lo más pronto posible.
— Yo soy Ino del Imperio del Hielo, conocida como Ino Yamanaka en el Imperio del Fuego; décima nieta del Emperador e hija de Inoichi Yamanaka y Heira del Hielo, la tercera en la línea de sucesión — dijo mientras Sasuke se acercaba hacia su persona y unía sus manos a las de ella alrededor de la espada helada.
— Como Ino del Imperio del Hielo nacisteis, mas como Ino Yamanaka os tomaré — espetó el hombre a la vez que la hacía bajar la espada.
La joven rubia observó sus oscuros ojos a través de la hoja traslúcidas hasta que ya no quedó barrera alguna. Ino sostuvo la espada en horizontal y las manos de Sasuke acunaban las suyas con una delicadeza que no parecía ser propia de su naturaleza.
— La Espada Congelada es el símbolo de mi familia, tan milenaria como predominante. Recibidla de mi parte, pues guarda mi esencia y mi vida consagrada a vuestros deseos — susurró con firmeza.
— Abandonad el estandarte extranjero, pues a partir de ahora sois del Fuego y al fuego llegaréis — Ino apretó los dientes y sintió que el peso de la espada abandonaba sus palmas —. Seréis su alteza imperial: Ino de Uchiha — concluyó Sasuke con tinte neutral.
Él tomó las manos femeninas entre las suyas en cuanto dejó la espada sobre el mesón, y ella sintió la infernal temperatura de mil avernos golpeándola con fiereza. Observó de reojo cómo el símbolo de su familia se derretía con la temperatura circundante, consciente de que había sido el último contacto con su imperio natal. Presintió las lágrimas aglomerarse en sus párpados y tragó grueso para que el nudo de su garganta no amenazase con asfixiarla. Tenía que responder al último voto antes de que su cerebro quedara paralizado completamente, debía ser tan ejemplar como siempre lo había sido.
— Yo acepto vuestro nombre, vuestras tradiciones, vuestra cultura y vuestros parámetros; desligándome... — tensó el cuello con reticencia —, desligándome de la nación que me vio nacer — dijo finalmente, soltando el aire represivo para liberar sus pulmones.
Sasuke hizo una galante reverencia y tomó el cáliz de las manos de Madara para dirigirlo hasta ella. Ino se entretuvo un poco con el pequeño remolino de chakras sobre el cuenco hasta que él acercó la copa a su rosada boca. Estaba llena de un líquido que parecía ser negro, pero la rubia no podía estar segura con tantas emociones encontradas. De igual manera, aquel era el último paso de la ceremonia, y a partir de allí, tendría otro apellido, otra cultura, otro título, y un millar de cosas más que no podría contar con los dedos.
Ella entreabrió los labios y él apresuró la sustancia a través de ellos con súbita elegancia, retirándola luego de que no quedara ni una sola gota. Ino sintió que la garganta y el pecho se le quemaban con una desagradable sensación, como si se fuese a morir en cuestión de segundos bajo los efectos de la extraña bebida. La muchacha colocó la mano sobre su corazón e hiperventiló por lo bajo antes de poder regular sus acciones.
— ¡Habitantes del Fuego! — exclamó Madara con un tono extraño — Recibid a vuestra nueva princesa imperial: Ino de Uchiha.
Por un segundo, todo quedó en silencio, como si todos estuviesen lo suficientemente aturdidos como para no saber qué hacer exactamente; sin embargo, un momento después, la estancia estalló en rescatados aplausos casi silenciosos.
La nueva princesa miró a su alrededor y luego a su esposo, casi deseando despertar en su cumpleaños número catorce y volver a hacer todo de nuevo. Lástima que no tuviese ese especial poder.
Era esposa de Sasuke Uchiha, el príncipe que pronto se convertiría en el nuevo emperador.
Y nada iba a poder remediarlo.
En aquel preciso instante, una estruendosa explosión se escuchó detrás de las grandes puertas, colocando a todos los asistentes en tensión preventiva.
Un golpe se oyó contra la puerta y un segundo después un ninja de aspecto sudoroso se dejó ver. Tenía la mitad de la prenda superior desgarrada y raspones que dejaban ver la carne levemente rasgada.
— Akatsuki nos ataca, ¡nos ataca! — gritó.
Y entonces, todo se volvió caos.
...
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Gracias a:
Hola (¡Tranquila! No me lo tomé a mal, a mí también me encantan las parejas, eh. Creo que esas escenas son las que siempre escribo primero para saciar mi amor jaja. ¡Gracias por comentar! ).
Yami no Emi (Vaya, vaya... ¡Fan MadaSaku! Jajajaja, ya vas a ver sus posibles interacciones, cofcof. Como cosa rara, Naruto metido en todo. Tal vez los Uchiha lo notan, tal vez no... creo que las preguntas que tienes se respondieron aquí. xD ¡Habrá Sasuke para rato! Gracias por comentar).
Lyldane (Fíjate tú, Akatsuki parece tener fines bastante oscuros, y bueno, Hanabi es una heredera indefensa -aunque no tanto-... ¿Qué pasará, qué pasará? Jajaja, a Sasori todo le da igual excepto lo que él considera que debe atesorarse, ahqué. Naruto como siempre, metido donde no lo llamas. xD ¿Quién será el prisionero? Hmm... Ay, Madara, que a mí tampoco me gustaría tenerlo de enemigo, que sino... Uish. DRAMA. TODO ES DRAMA. xD ¡Gracias por comentar!).
angihe10 (¡Hola! Uh sí, ese es el aura que enamora en el manga/anime, eh. xD Verás, Sasori planea algo, pero ese algo se iba a ver interrumpido si encontraba a Neji en la frontera, pues no tenía excusa para no pelear con él, pero como él no sigue órdenes de los Uchiha, entonces tendría que revelarse como un traidor antes de tiempo, pues así lo verían los demás si no llevaba a Neji ante el emperador; y sí, mató a los que no estaban con él. Itachi y Sakura... Pff, la encrucijada. ¡Gracias por comentar!).
adorelis (¡Bienvenida! Gracias por tu comentario. Irás descubriendo todas esas incógnitas a través de los capítulos... ¡Ya verás! ¡Gracias por comentar!).
hector19(¡Gracias por comentar!).
Tienen un pedazo de mi escricorazón. :3 (Igual que los que me leen pero no me sé sus nombres ni paraderos :c -Se pone emotiva-).
¡Saludos y besos!
