Su puta madreeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee. Puta tarea. Puta escuela. Putos trabajos. Puta vida. Puto todo.
No he podido escribir nada de calidad en meses TT-TT Perdónenme, por favor. Si tarde tanto y escribí tanta mierda es porque hubo días en los que sólo escribía una oración y mi mente ya no daba para más. De nuevo, discúlpenme por favor.
Hetalia no me pertenece, sino a Himaruya. Y ya quisiera que esta vergüenza de fic no me perteneciera, pero es lo que puedo hacer, así que...
Regresaban Natalia y Lukas caminando por una banqueta cubierta de una capa de una pequeña capa de nieve en la que se quedaban las marcas de los zapatos al dejarla atrás. Cada uno con sus propios pensamientos, cada uno con sus propios pasos. Lado a lado. Juntos pero separados. Como siempre desde que se habían conocido. Y el mismo viejo silencio ya no tan incómodo que les acompañaba todo el tiempo como un fantasma aferrado a sus espaldas seguía allí, igual de presente. Y no era tan incómodo porque se sentían un poco más distanciados de lo que ya eran, aunque sabían que no debía ser así si convivían todos los días —si es que a eso se le puede llamar convivir.
Cada uno estaba hundido en sus propias meditaciones internas, encerrados en su propia burbuja impenetrable e individual. No muy diferente a como se comportaban independientemente, de hecho. Parecían más dos extraños que vinieron juntos, se encontraron, casualmente iban para el mismo lugar y decidieron unirse; todo sin decir palabra alguna. O igual no les era tan molesto en silencio—fantasma porque los fantasmas, el ocultismo y ese tipo de temas eran algo a lo que estaban ya bastante acostumbrados y que a ambos les gustaba. Y sin embargo ni eso les servía de tema de conversación.
Natalia sinceramente no recordaba lúcidamente todo lo que había pasado en la casa de los homosexuales. Sólo se acuerda de haber llegado poco antes de las 8 con Lukas para "ayudar con algunas cosillas finales". Mathias jugaba con el hijo de la pareja lejos de hacer desastre, Lukas se fue a ayudar a Berwald con la comida y Tino le pidió ayuda a ella para preparar las bebidas alcohólicas. Una lástima que no le había tocado con el intimidante pero callado de Berwald. Hubiera sido mucho mejor que su parlanchín y jovial esposo. No era tan repudiable como ella sentía, en realidad, pero tenía un algo que a Natalia se le hacía insoportable. Tal vez demasiado sonriente, demasiado platicador, demasiado atento. Demasiado amable. Algo a lo que nuestra rusa no se le hace lo más agradable del mundo. Sin embargo Lukas era mejor cocinando y ella con las bebidas, así que así les tocó. Un poco sorprendente que el bueno de Tino supiera igual tanto de alcohol.
Recuerda haber escuchado desdichada por una hora los temas tan fluidos y sosos de Tino. Pero todo se empieza a poner extraño a partir de que ella empieza a servir sus maravillas emborrachadoras. Si bien ella no se puso ebria ni se mareo ni un poquito, los amigos de Lukas sólo podían envidiar su resistencia para beber. Se pusieron más risueños, más animados, más radiantes. En general más alegres. Incluso el mismo Lukas estaba un poco más simpático, arrugando la nariz cuando sonreía, gesto extraño para Natalia. Todo era un mar revuelto de calidez, de demasiados abrazos, besos y apapachos que seguramente su cerebro tachoneó por el bien de su propia salud mental.
Giraron en una esquina de la calle tan sincronizados que parecían dos títeres controlados por la misma persona. Una corriente de viento les golpeó en la cara y Natalia se acomodó mejor el sombrero y el cuello de su abrigo.
—Puto frío —oyó Lukas que susurraba Natalia y pudo apreciar ligeramente cómo salía el vaho de su boca al decirlo — ¿Está muy lejos el coche, novio?
Lukas rodó los ojos ante el agradable humor y lengua de su compañera —por favor nótese el sarcasmo, que no quiero malentendidos. Miró al cielo cubierto con nubes que a esas horas de la noche parecían más manchas grises de mugre en el inmaculado cielo estrellado.
—Falta poco —dijo aún con la mirada arriba —Aguántate sólo un poco más.
Natalia bufó y siguió caminando calentándose las manos con su aliento y encogida, a diferencia de Lukas, que caminaba erguido, dando pasos largos con sus largas piernas con una elegancia destacable y que, si uno quisiera imitarla, seguro tomaría años y años.
—Es lo mínimo que puedes hacer si es que quisiste irte incluso antes de que dieran las campanadas. Apenas y terminaste tu comida.
—Al menos me la terminé.
— ¿No me quedó bien? —preguntó con fingida aflicción, llevándose una mano al corazón en el acto, dramático —Por favor, amada, dime qué no te gustó para no hacerlo la próxima vez. No me gusta decepcionarte.
—Gracioso, gracioso. No seas idiota —contestó irritada y con la expresión endurecida, pero sonrió al ver a unos cuantos metros el coche de su pareja falsa —Tengo demasiado frío incluso para gritarte. No me hagas gastar mi valiosa energía en ti.
Se acercó corriendo a la puerta del copiloto y grito:
— ¡Abre la jodida puerta! -exclamaba enojada, tirando y jalando de la manija descontrolada e infantilmente- ¡Me estoy congelando!
—Deja de intentar abrirla, así no puedo quitar el seguro. Y no necesitas maldecir. Un "Por favor" hubiera estado bien —contestó, para después escucharse el pitido del auto.
Natalia se metió como un rayo y soltó un suspiro una vez adentro. Atrajo sus piernas a su pecho, abrazándolas con dificultad por las capas de ropa, y hundió su cara en el hueco entre sus rodillas y su torso. Respiro varias veces para calentar el aire y escuchó como Lukas abría su propia puerta. El muchacho se frotó con las manos la cara para calentarla y tembló un poco.
- ¿Si sabías que te odio por arrastrarme a estas cosas?
Lukas rió quedamente, tan sólo exhalando aire por su nariz.
- No -siguió a modo de broma -No, no sabía.
- Pues te odio -declaró -Para que no quede duda.
A veces Lukas se sorprendía con las actitudes un poco inmaduras que podía tener Natalia. Eran entretenidas.
—Hubiera sido bueno quedarse a ver los fuegos artificiales con ellos —se lamentó Lukas, sin esperar que Natalia se preocupara por él.
—Vamos al parque —dijo con voz amortiguada por la posición en la que habló.
— ¿Ah?
—De ahí se ven mejor ¿no? —continuó con su cara ahora descubierta —Vamos a verlos, pues. Para que te dejes de quejar de que tengo que hacer cosas por ti y no sé qué.
Lukas se encogió de hombros y encendió el coche. Salió en dirección al parque, suerte que no estaba muy lejos, y se estacionó en un lugar que les permitía una vista libre de árboles para poder apreciar la pirotecnia cuyos operantes, aún después de años, seguían aún anónimos.
—Pudimos haber ido caminado.
—Sí, pero ya de por sí ya te estás congelando aquí adentro. Allá afuera te me va a dar pulmonía.
— ¿De cuándo acá tanta preocupación por mí, niño bonito?
—No es preocupación. Sólo que es más difícil cargar con un cuerpo congelado…
— ¿Más difícil que qué?
—Que uno descongelado —terminó con una leve sonrisa.
—Y sigues con tus chistes, que encima, son malos. Debería darte alcohol más a menudo. Tal vez así dejes de portarte tan raro y apático.
—Ah… —terminó ayudándose de su latiguillo para dejar claro que ella también merecería una buena cerveza si así era la situación.
Se quedaron en la misma postura ambos, esperando a que las luces se dignaran a aparecer a hacer un poco de ruido entre ellos. Tomando nota de cada respiración, pulsación y musculo movido del otro. Lo malo de mantener una conversación medianamente larga, es que sus bocas se acostumbraban a moverse y se les hacía terriblemente incómodo cuando terminaban. Por eso mejor no se arriesgaban y callaban lo más que podían. Sólo había que pensar que el silencio era un fantasma y todo estaría bien.
—Tus amigos deben pensar que tienes una novia terrible.
—Al menos tengo una.
—De mentira.
—Pero la tengo. A diferencia de Mathias que está condenado a morir solo.
Hasta ahora, al único que había mencionado que no tenía pareja era Mathias, por lo que asumió que su hermano Emil también tenía pareja. Una simple deducción basada en casi nada, por lo que quiso preguntar y disipar sus dudas: ella nunca debería dudar. Pero sabía que sus hermanos era un tema del que jamás hablarían, por lo frágil del contenido. Habían hecho una especie de pacto mudo de no hablar sobre las familias de cada uno. No es como que les preocupara no lastimar al otro, sólo que cada uno de alguna forma sufría cuando de su sangre se trataba. No había razón para atormentarse. Se podía quedar con la duda.
Natalia miró a Lukas, quien estaba con la mirada pegada al volante como brea, y sintió un poco de pena por él. Él no era tan fuerte como ella, y Natalia ni siquiera sabía por qué era que siempre que se mencionaba a Emil, él se ponía tan extraño, pero debía ser algo malo para que aún le abrumara. "Hace mucho tiempo que ya no vive aquí". ¿Qué significaba eso, exactamente? ¿Qué no lo había visto desde hace, echando a la suerte, años?
Sintió pena por él y quiso consolarlo. Los hermanos son importantes. Todo por ser una mejor persona. Tal vez si su actitud cambiaba, su Iván podría ver que ella es lo mejor para él. Esa pequeña idea creció dentro de ella, emocionándola.
Pero, lamentablemente, no sabía cómo ser mejor persona. Jamás había hecho un esfuerzo para agradarle a la gente, así que nunca hubo una primera vez en la que aprendió a hacerlo. Desvió la mirada a la ventana y suspiró. Todo por su hermano.
—Tú… —comenzó con el labio tembloroso — Tú, ¿eres feliz? —soltó de repente, como si fuera una bomba de la que sabía que se iba arrepentir haber dejado caer. Esa pregunta no tenía nada que ver, no era lo que ella quería hacer. Simplemente surgió de su garganta como si hubiera estado allí siempre, no necesariamente para Lukas.
Lukas, pensativo y con la misma mirada seria de siempre, entrecerró ligeramente los ojos. Luego agachó la cabeza y negó tristemente.
—No lo sé —contestó, aún agitando la cabeza de un lado a otro.
— Cómo. Mierda. No. Sabes. Si. Eres. Feliz —le escupió a modo de pregunta, pero no sentía estar dirigiéndosela a él.
Lukas meditó un poco más, evitando el contacto visual que lo pudiera distraer de su profunda reflexión. En realidad no estaba prestando mucha atención a Natalia ni a sus propias palabras.
—Sólo la gente triste dice que no sabe si es feliz —continuó Natalia más suave.
Lukas esbozó una media sonrisa que más que sonrisa parecía fruncir los labios resignado.
—Tu impresión de los indecisos como yo es particular. Y seguramente errónea en la mayoría de los casos. Yo simplemente no sé si soy feliz después tanto tiempo fingiendo no ser feliz. A veces siento que he perdido mis emociones…
Natalia rodó los ojos con el apuro en el cuello. Quería ayudar a alguien y Lukas parecía necesitarlo, pero ella no estaba preparada para charlas filosóficas de hippies. Quería hacer ese consuelo terapéutico que le ayudara a centrarse en los problemas de los otros y no los propios. Su mente trabajaba a todo lo que daba para buscar algo que comentar, algún tema de conversación por bobo que fuera, y desviar el rumbo de su plática a uno más seguro para ella. Pero no duró mucho porque algo más dijo él.
—Celebremos, Natalia.
Natalia se paralizó de una forma casi cómica. La aludida se dijo a sí misma que Lukas definitivamente se había vuelto, además de muchacha adolescente, loco.
— ¿Qué? —consiguió decir unos segundos después de quedarse como una de las estatuas del parque — ¿Celebrar? ¿Para qué? ¿No se supone que tú estás en modo depresivo, emo, y yo no quiero ver a mi familia porque no me quieren? -soltó, aunque tenía la impresión de que lo estaba confundiendo -No es algo por lo que necesariamente celebras.
Y otra vez se encontraba diciendo cosas que no quería y que además eran irrelevantes. Decía lo que pensaba y no lo que correspondía. Definitivamente se pudo haber evitado eso.
—Claro que sí. Celebremos, que este año podríamos estar peor —cantó como si de un poema se tratara, con esa voz que solía alargar las vocales a ritmos melódicos, mientras Natalia veía cómo los rasgos del rostro de Lukas se volvían polícromos en tonos demasiado alegres para él y sus rasgos serios —Feliz año nuevo, Natalia.
La rusa casi se vomita del parecido que tenía ese momento con el de cualquier escena romántica de las novelas que pasaban en la televisión. Concentra toda su atención en los fuegos artificiales para ignorarlo con todas su fuerzas. Y después de unas cuantas coloridas explosiones amortiguadas por los cristales, sintió un peso calientito en su hombro. Y aunque no quería voltear, una comezón en su mejilla le dijo que Lukas se había recostado en ella y le estaba echando todo su cabello con olor a acondicionadores en la cara. Se aguantó las ganas de soltarle un puñetazo, se armó de valor y se giró a verlo con la expresión más aterradora que podía hacer a voluntad.
Pero se encontró de lleno con el aliento a alcohol de Lukas en la cara y a él mismo dormido a pierna suelta sobre ella.
Suspiró cansinamente y se aceptó el hecho de que seguramente se tendrían que quedar toda la noche allí. Acomodó lo mejor que pudo su cabeza sobre la de él mientras su vista lentamente se ennegrecía y los estallidos se desvanecían en sus oídos.
Sneg tendría que dormir solo esa noche.
Más tarde Natalia despertó con la frente aplastada contra el cristal, cubierta por el abrigo de Lukas y usando el mismo como un apoyo que soportaba su cabeza para evitar el dolor de cuello que podría ocasionarle esa posición. Frunció el ceño ante la excesiva luminosidad que se colaba por sus parpados. A regañadientes, abrió los ojos para ver a Lukas manejando y a su broche del cabello desacomodado, del lado de la otra sien. El hombre soltó un enorme bostezo, apenas sin percatarse de que Natalia había despertado. Ella también bostezó, contagiada al ver a su acompañante. Se reacomodó de forma de que no le pegara el frío en ningún lado, descubriendo en el proceso que traía puesto el cinturón de seguridad. Volvió a cerrar los ojos y regresó a su sueño, que por alguna razón, dormir sólo la había dejado más cansada
Y cuando volvió a despertar, ya no estaba más en el coche y ya no había ni luz ni sol que le calara la vista. En vez de eso, estaba en la cama que ya se le hacía tan familiar tras dormir los días anteriores allí, cubierta en sábanas y cobijas hasta los hombros, sin calcetines ni abrigo ni nada que estorbara más que su vestido. Se quedó acostada un ratito más con su eterna cara irritada.
Se preguntó qué hora sería. Al parecer al dormir tanto, su sentido del tiempo se había confundido todo. Y no ayudaba en nada que las cortinas estuvieran completamente cerradas, sin dejar pasar ni un solo rayo de luz, dejando a la habitación en una penumbra únicamente iluminada por la luz de la lámpara en la mesa de noche.
Curiosa de saber si era de noche o de día, se levantó y corrió las cortinas y se encontró con un clima digno de una vieja película de terror de lo oscuro y nublado que estaba. Al contrario de calmarla, la desconcertó más. ¿Qué tanto tiempo había estado dormida que el clima había cambiado tanto? Cuando estuvo a punto de regresar a las cortinas a su estado original, un destello rápido surcó el cielo y, después de unos preocupantemente cortos momentos, el estruendo vibró en sus tímpanos.
Se mordió la lengua mientras dio un saltito del susto que le causo el repentino fenómeno luminoso. Corrió al primer lugar que se le ocurrió. Se cubrió la cabeza con unas sábanas que se encontró en el camino en un intento de acallar los ruidos, apretó los dientes y esperó a que los truenos cesaran.
·
En otro lugar que no era allí, Lukas estaba en su botecito esperando pescar algo en esa época del año. Por supuesto que sabía que regresaría sin nada a su casita, pero sólo buscaba algo en qué entretener sus manos llenas de tiempo libre. Podría trabajar, pero… nah.
Por supuesto que estaba donde siempre, en el lago de su hermano y él, observando la llanura blanca con islas de árboles con las manos en la nuca. Solía venir cada mes con Emil y su padre, cuando eran más jóvenes, pero desde que vivía solo y ya no salía, iba cada semana. Es que simplemente no tenía nada que hacer y le gustaba ir más para recordar viejas memorias que para esperar encontrar algo de utilidad allí. Solamente para salir un poco de su aburrida y monótona rutina de lápices, papeles, frustración e ideas desechadas. Siempre era diferente la excusa que se ponía a sí mismo.
Suspiró.
Esta vez, quería un poco de espacio. Un poco de paz para balancear los últimos eventos en el que ahora era el mes pasado de Diciembre.
Por favor no lo vean mal, pero él no está acostumbrado a ver a tanta gente en tan poco tiempo. Un año de aislamiento lo habían vuelto un ermitaño, resaltando su ya solitario ser que con un poco de alteración de nuevo (ver a sus amigos de otra vez, convivir con una persona nueva, sonreír varias o muchas veces en un solo día y cosas así), desequilibraban su balanza habituada a la repetición y lo hacían estar demasiado emocionado. Más de lo que debería ser seguro para él en ese momento.
Parecería un chiste malo de una mala comedia romántica o un manga shoujo, forzado para hacer que la bella y triunfadora protagonista logre abrir el corazón del encantador pero frío galán y hacer que sus corazones hagan juntos doki-doki, pero pasa en la vida real. Y es más triste de cómo lo pintan.
Lukas desde nunca había sabido relacionarse con la gente. Tardando en hablar cuando era bebé, la primera vez que lo hizo pidió en perfecta pronunciación y gramática que su cereal tuviera manzana en trozos en vez de rodajas de plátano. Así. Pensaban que tenía problemas con la lengua, con la garganta o algo de por ahí, dentro de su cuellito, pero simplemente no quería hablar. Igual que ahora de adulto, no encontraba razones para gastar saliva.
Pero su tranquilo retiro se tuvo que volver breve cuando el granizo comenzó a caer como proyectiles divinos mientras que a lo lejos escuchaba a los truenos rugiendo feroces. Torciendo la boca, recogió todo su material y navegó su barquita hasta la costa. Apuró su paso al ver lo rápido que se precipitaba la tormenta sobre él.
Para cuando estaba abriendo la puerta de la entrada, la nieve y el granizo herían su cabeza y obstruían su vista horriblemente. Cerró la puerta en contra del gélido viento que se cernía sobre él y tomó del aire caliente de su sala de estar. Se fue quitando varias prendas de ropa de encima, dejándolas en el sofá más cercano, y cuando encendió el interruptor de la lámpara se dio cuenta de dos cosas: que no había electricidad por alguna extraña razón fuera de su conocimiento —bueno, algo tenía que tener de malo vivir tan alejado de la urbe—y que el ambiente estaba más silencioso y quieto de lo que debería.
Se dirigió a la habitación en la que se suponía que debía estar Natalia para comprobar si seguía durmiendo o ya se había dado cuenta de la falla de la electricidad. Pero la cama estaba vacía y deshecha y las cortinas abiertas de par en par.
Iba a ponerse a buscarla, pero se despreocupó totalmente y prefirió mejor encender un fuego en la chimenea para hallar la forma de calentarse. Debía estar allí en la casa, en el ático o en el baño, que con la tormenta tan salvaje que había afuera, no podía ir tan lejos a pie.
Buscó unas mantas, se preparó un poco de café y se puso cómodo en sus mejores pijamas, casi saboreando de nuevo su amada y tormentosa soledad. Recargó su cabeza contra la fría pared, sentado en el piso para acercarse más al calor, hecho una bola de telas gruesas, y admiró las chispas y las danzas caprichosas que hacían las llamas. Y casi se quedó dormido cuando, en medio de la oscuridad, oyó a la puerta de un closet chirriar. Qué conveniente.
Con pesar, se levantó de su placentero asiento y a ciegas fue a donde creyó haber oído el ruido. Tan a gusto que estaba.
En tal armario, adentro de éste, estaba un canasto de ropa con todo su contenido vaciado fuera de él. Sonrió ante lo obvio que era que fuera tan grande como para meter a una mujer del tamaño de Natalia allí adentro. Tal vez incluso un hombre delgado y bajito o varios niños. Y sin llevarse ninguna sorpresa, quitó la tapa del canasto y se encontró con la melenita rubia de Natalia despeinada. Por supuesto que ella se dio cuenta y volteó hacia arriba.
— ¿Qué haces allí metida?
La rusa se encogió de hombros.
—Nada más. Aquí, pasando el rato —dijo calmada.
— ¿Porque no hay electricidad?
—No. Estoy aburrida. Es divertido estar aquí. Más o menos —terminó susurrando, como si no quisiera levantar la voz demasiado.
—Claro, como digas.
Aún con la puerta abierta, otro trueno se escuchó que hizo que ambos voltearan a buscar el origen del ruido.
— ¿P-podrías cerrar la puerta? —preguntó muy, muy bajito Natalia por la cantidad de sábanas que rodeaban su cara, claro está.
— ¿Ah? Lo siento, no te escuché —se disculpó cortésmente Lukas.
— ¡Que cierres la puta puerta! —le gritó con toda la potencia que sus cuerdas vocales le daban.
Lukas, aún tan calmado como siempre a pesar de lo violento que estaba siendo el cambio de humor de Natalia, obedeció y cerró la puerta del closet, confinándose a ellos dos en el pequeño espacio que parecía atenuar todos los ruidos exteriores. Natalia se cubrió en sábanas la cabeza y volvió a tapar su canasto.
—Ya en serio, Natalia, ¿qué haces aquí?
Sólo silencio recibió en respuesta. Pero cuando otro trueno vino, el canasto se movió un poco.
— ¿Son los truenos? —preguntó Lukas como si hablara con un niño pequeño, pero Natalia tampoco volvió a contestar — ¿Son los truenos? —dijo de nuevo.
— ¡No son los truenos, imbécil! ¡Es obvio que son los rayos!
Lukas se quedó pensativo, cavilando acerca de la diferencia entre los truenos y los rayos y lo que ocasionaría en alguien que fueran diferentes.
— ¿Qué tienen? —continuó al mismo tiempo que se agachaba a volver a abrir el bote de Natalia y metía su cabeza en él.
Cuando Natalia levantó el rostro para ver a Lukas, lo encontró con ambas cejas alzadas y mordiéndose el labio inferior en un gesto poco común en él, por lo que significaba que de verdad tenía intriga. La muchacha sintió que su espacio personal no estaba siendo respetado y frunció el ceño.
—No me gustan y punto.
Lukas, con su calma de siempre, se sentó al lado de ella el pequeño espacio que quedaba ahí adentro. Buscó algo de ropa o sábanas para estar más a gusto, cruzó las manitas y se quedó en silencio.
— ¿Te paso una almohada y un tecito? —le preguntó molesta Natalia — ¡Sal ahora!
No obstante, Lukas no movió ni un músculo. De hecho, si no hablaba, ni se notaba que estaba ahí; pero Natalia quería echarlo de allí simplemente por fastidiar. Era su espacio privado y sólo podía estar ella allí.
—Voy a hacerte compañía. Yo también estoy aburrido —explicó él.
Natalia iba a protestar, pero justo cuando estaba a punto de abrir la boca, Lukas siguió hablando.
— ¿No está muy oscuro aquí? —se preguntó más para sí mismo e ignoró a la rusa —Creo que por aquí había dejado un encendedor —dijo mientras palmeaba el piso de su alrededor.
Un clic y el pequeño lugar se reveló más grande de lo que en realidad parecía por fuera. La chica asomó los ojos por el borde tejido del bote con resignación al ver que Lukas no pensaba irse por un bueno rato o hasta que ella también saliera.
—Dime, Naty —continuó con su monólogo — ¿qué jugabas de niña cuando afuera estaba muy feo para salir?
La rusa le miró cansinamente, como preguntando con la mirada "¿En serio buscas que salgas de aquí con un tema tan trivial como el clima?". Sacudió la cabeza, negándose a hablar de su vida.
—A mí me gustaban los barcos —dijo, sintiéndose cada vez más estúpido al no recibir ninguna contestación.
Natalia rodó los ojos con el más puro sarcasmo de la sorpresa que comprendía eso.
—Lanzarlos al río o al lago con dibujos a ver si alguien los encontraba con la corriente. Seguramente hoy están deshechos en el mar y jamás vistos por nadie más que yo.
—No tienes por qué seguir hablándome. Nadie te obliga — le aclaró al ver el esfuerzo que él ponía en seguir balbuceando —Pero a mí me gustaban más las esculturas de nieve. Para cuando jugaba, el río estaba congelado.
—Yo y mis amigos hacíamos las mejores de la calle — comentó él, sin intención útil detrás.
Y el pequeño efímero encendedor se volvió también inservible cuando su fuego comenzó a extinguirse. Lukas torció la boca y se levantó del piso. Abrió la puerta y puso un pie fuera, cuando Natalia le llamó.
— ¿A dónde vas? —le demandó con si voz autoritaria.
—A buscar unas velas o algo con que alumbrar.
Salió unos minutos en los que Natalia dejó de ignorar los ruidos exteriores. Después el muchacho regresó con un olor penetrante y empalagoso. Entró de nuevo a la base secreta de su infancia prendiéndoles fuego a unos cerillos y contagiándoselo a las velas. Natalia estuvo segura de haberlas visto en el baño el otro día, lo cual no le sorprendió. Las colocó entre ellos dos, en el centro de todo, procurando la mejor iluminación posible.
— ¿Dónde habías estado mientras yo dormía? —le preguntó Natalia a Lukas, quien jugaba con la cera derretida.
—Pescando en el lago.
— ¿Hay un lago por aquí? —siguió preguntando ella, extrañada.
—En el que te caíste —contestó Lukas, que aunque no intentaba hacerla sentir tonta pero aún así lo hizo.
— ¿Cómo es que no es una pista de patinaje a estas alturas del año? —dijo tratando de evitar que su pequeña humillación se notara.
Lukas se encogió de hombros.
—Yo creo que es demasiada agua, aunque hay unas partes que ya tienen hielo. Pero no es suficiente para patinar. Este año no hizo tanto frío.
—Yo no sé patinar en hielo, así que no me interesa.
—No hacías nada de pequeña ¿verdad? ¿O qué hacías?
—Ayudaba a mis hermanos. Yo no era inútil.
Lukas decidió dejar de intentar seguir la conversación, porque claramente ella no quería e insertó más silencio entre ellos.
—Me gustan más los días soleados, definitivamente —confesó Natalia mirando la diminuta llama chispeando y liberando fragancia —Los días nublados son deprimentes.
—No son deprimentes. Para mí no, por lo menos. Son calmados, son fríos y húmedos. Y no hace calor.
—Me traen malos recuerdos —le cortó bruscamente, tratando de zanjar la conversación que parecía haberla incomodado.
Lukas, recordando la razón por la que ella había llegado a su casa, quiso ayudarle un poco de la misma forma que Mathias le había dicho que se debía hacer con las mujeres: preguntándoles sobre ello hasta que hablaran y dijeran que se sienten mejor.
— ¿Quieres contarme por qué?
Natalia encrudeció la mirada y ese brillo asesino de sus ojos parecía fuego del infierno con la pequeña flama reflejándose en ellos. Pero a pesar de que se veía contenida de sus instintos homicidas, dudó. Dudó en hablar, pero al final se rindió y jugó con sus manos.
—Los días muy nublados significan rayos. Y los rayos no son buenos. Matan personas.
Lukas se intrigó con eso. ¿Qué le había pasado antes con los rayos? La miró atentamente, incitándola a proseguir.
—Mi… —comenzó bajito —Mi… abuelo fue alcanzado por un rayo y murió. Yo sólo tenía cinco años, pero era quien nos cuidaba a mis hermanos y a mí. Nos quedamos solos.
El muchacho se impactó un poco por eso, pero obviamente no dijo nada y esperó a escuchar lo que seguía. Pero Natalia no quería recordar más, y no cooperó.
— ¿Qué les pasó a ustedes? —dijo en su voz monótona, manteniéndose distante de cualquier emoción que le pudiera involucrar.
—Nos asignaron un tutor. O guardián, no sé cómo les dicen. Pero no nos cuidaba demasiado: trabajaba todo el día. Él no era ni siquiera pariente cercano de nosotros, así que dudo que nos quisiera. Prácticamente fuimos criados por mi hermana mayor. Apenas mi hermana cumplió la mayoría de edad nos echó, como lo habían hecho todos. No éramos queridos en ningún lado.
Sin importar lo triste que iba la historia de Natalia, ella se la platicaba a Lukas de la manera distante que lo platica alguien que ya lo superó.
—Todas las noches en las que había tormenta, —continuó explicando Natalia — estábamos solos en la oscuridad por no poder encender las luces. Mis hermanos salían intentar prender el calefactor a escondidas de nuestro tutor y yo me quedaba en casa escuchando los truenos. Los truenos no sólo indicaban muerte como se la había dado a mi abuelo, sino soledad. Era insoportable estar sin mi hermano cuando eso pasaba —decía ella con la mirada indiferente y la garganta seca, pero luego compuso una pequeña curva en sus labios — Al final él siempre llegaba con algo para iluminar mi habitación y me acompañaba hasta que me dormía. Era tan amable.
Cuando terminó Natalia su intencionalmente corto relato, estaba bostezando de nuevo y entrecerrando los ojos. Las pestañas parecían pequeños bichos que se le querían meter a los ojos del sueño que sentía. ¿Pero qué no había dormido ya suficiente? No podía quedarse dormida. No más tiempo que ya había perdido bastante.
Pero Lukas se sorprendió (un poco) con la infancia de Natalia. Había sido realmente cruel para ellos, que no habían tenido a nadie que velara por su bienestar más que ellos mismos. Ahora él apreciaba haber crecido en una misma casa, tenido calor siempre que lo necesitaba y a un padre que los cuido con todo lo que tenía en sus manos. En comparación, él tuvo una niñez de cuento.
—Por cierto, ¿dónde está tu gato? —preguntó de repente, medio por curiosidad, medio por deshacerse de las ideas en su cabeza.
Natalia por respuesta sólo levantó una de las sábanas de su regazo y reveló al animalito tiernamente dormido sobre ella.
— ¡Ah!—exclamó sin emoción realmente Lukas —Pasé a casa de Berwald y me pidió arreglar unos juguetes y relojes de madera, pero no puedo. ¿Lo puedes hacer tú?
— ¿Por qué no puedes? ¿No tienes manos o algo?
—Tengo que arreglar unos documentos que encontré en el ático cuando lo limpiamos —dijo sin parecer convencerla — Y Berwald me va a pagar un pequeño dinero si se los entregamos antes de esta semana, y si me ayudas, te daré la mitad.
— ¿Por qué no todo? —siguió excusándose Natalia.
—Porque estás aquí por gratis y debes pagar de alguna forma tu comida.
Natalia hizo un mohín y se acurrucó dentro del bote, más debajo de lo que ya estaba y terminó de cerrar los ojos lo poco que le faltaba.
Lukas, extrañado de la súbita desatención que recibía, se paró y puso sus manos a los lados de la cabeza de Natalia, como comprobando si seguía respirando.
— ¿Entonces si me ayudas con eso?
Natalia asintió amodorrada y murmuró sílabas inconexas que Lukas decidió interpretar como un sí.
Le soltó la cabeza un poco brusco para lo dormida que estaba, se salió del estrecho lugar, dejándola descansar un poco más. Se fue a su estudio, prendió un imitación de la lámpara de Pixar y siguió puliendo su más reciente trabajo.
Me siento como mierda, así que por favor omitan la cantidad de groserías que digo.
Pues ya ven, que mi inspiración anda perdida en algún lugar del universo y la mierda que me pasa no la puedo canalizar en algo escrito y útil.
Todavía ando arreglando algunas cosas de la trama que hasta hace unas semanas, o no sé, tal vez meses, andaba vagando sin rumbo alguno. También por eso he andado tardando tanto porque más que seguir escribiendo un capítulo, he estado pensado en lo que va a pasar. Hay muchas cosas para las que no tengo conocimiento o razones suficientes para meter pero que son necesarias y aún así suenan mal porque SON TONTAS.
Además este capítulo ya iba tan bien escrito cuando mi computadora en un ataque de ira contra mí, lo borró. También por eso tardé, pero no es una excusa decente de todos modos.
TT-TT Soy una porquería.
Cualquier comentario, queja, crítica, suplica, alago (que lo dudo mucho), o pregunta o lo que sea que tengan que decir, escríbanmelo en un lindo review que llegará a las profundidades del infierno donde lo leeré lo antes que pueda y haré lo que tenga en mis manitas. Espero poder responder todos los reviews que no he respondidos en el próximo capítulo. Atrasadísmos, pero pues...
Como ven, mi final lo he ampliado, como si mis comentarios no fueran ya lo suficiente largos.
