Hola, hola, hola... Si, ya sé, no publiqué nada la semana pasada, pero he tenido un par de semanas tan locas que sólo sé que es fin de semana cuando mi despertador no suena. u.u Sin embargo, a partir de ahora tendré los lunes libres, así que quizás pueda publicar, aunque sea, un capítulo los fines de semana. (^-^)

Espero que disfruten de este capítulo.

N/A Este capítulo trata algo que muchos de ustedes se han estado preguntando desde La Princesa y La Prisionera—el encantamiento de juventud de Regina (no es una maldición, solo un hechizo). Por lo tanto, espero que queden satisfechos con lo que sucedió.

Escribí este capítulo con el soundtrack de "Hope and Glory" por Audiomachine. Dale una oportunidad definitivamente mientras lees. Ponlo en repetición, porque es un poco corto. Y si pueden por favor comenten y déjenme saber cómo se sienten con respecto a la historia hasta el momento, lo apreciaría mucho. Cada pensamiento cuenta. ¡Disfrútenlo! XO-Chrmdpoet


Capítulo Diez: La Coronación

La Princesa Blanca se encontraba estoicamente parada ante el gran espejo de la habitación de probador real mientras varias de las sirvientas del castillo se arremolinaban rápidamente a su alrededor, fijando e hilvanando, y sacudiendo su cuerpo hacia adelante y hacia atrás mientras ataban el corsé hasta el punto de la asfixia. Sus ojos esmeralda ardían mientras trataba desesperadamente de evitar que las lágrimas, que brotaban justo debajo de sus parpados, cayeran. Se sentía como si estuviera de pie en el borde de un punzante acantilado, tan profundo y tan oscuro que sólo podía suponer la muerte que le aguardaba. Esa saliente se sentía como si definiera el resto de su existencia, atrapada eternamente entre la vida que desea, esa en la que ella y Regina eran libres, y la vida a la que está siendo forzada, esa en la que está hecha para ser reina. Era una realidad desalentadora, una que rasgabas los bordes de su corazón, desesperada por romperlo y pintarlo de negro y frío. Aborrecía la sensación, la sensación de desesperanza, la sensación de miedo.

"Por favor, déjenme," Emma echó repentinamente a las criadas. Sabía que ya no podía contener su pánico, y no deseaba ser vista en su momento de debilidad. Siendo una fuerte y determinada joven, la princesa odiaba mostrar su vulnerabilidad, y por lo general sólo lo hacía frente a su amada esposa, Regina, y su madre, Red.

Las doncellas no cuestionaron la palabra de su princesa, a pesar de que los toques finales de su vestido de coronación aún no estaban terminados, y rápidamente recogieron sus cosas y salieron de la habitación. Tan pronto como la puerta se cerró detrás de la última criada, un desgarrador, y gutural sollozo brotó de la garganta de Emma mientras se doblaba, su mano golpeaba su pecho y sus lágrimas se liberaban furiosamente. Bajó del pedestal sobre el que había estado parada, elevado para que las criadas pudieran tener mejor acceso a la falda ondulante de su vestido, y se acercó al gran espejo.

El espejo era enorme y casi parecía estarse burlando de ella mientras Emma se acercaba y se miraba a sí misma. Sus largos, y dorados cabellos convertidos en perfectos rizos de princesa, en cascada por su espalda, y rociados con brillante polvo de hadas para hacerlo resplandecer. Su rostro estaba pintado de forma conservadora, ligeros toque de maquillaje que acentuaban su estructura ósea natural y destacaban el verde intenso de sus llamativos ojos, y su cuerpo estaba envuelto apretadamente en el glamuroso vestido de coronación. Era el mismo vestido que había utilizado Snow cuando recuperó el trono de Regina, y el mismo vestido que Eva había utilizando cuando se convirtió en reina. La única diferencia era que ahora había sido adaptado para encajar perfectamente en Emma, literalmente durante la noche gracias a un ejército de costureras, y casi había sido terminado antes de que la princesa despidiera a las criadas.

No tenía tiempo que perder ya que la coronación iniciaría en una hora, pero a la princesa no le importaba. Su corazón era una masa palpitante en su pecho mientras que sus ojos se clavaron en su reflejo y buscaba las respuestas que sabía, nunca llegarían; buscaba una vía de escape que sabia no existía. Emma levantó su pálida mano y apretó la punta de su dedo índice en el frío vidrio reflectante del espejo. Entonces comenzó a trazar los contornos de su joven rostro, un rostro que permanecería exactamente igual por siempre, a menos que su vida fuera tomada por una lesión o por una enfermedad. Pensó en su esposa en ese momento, tan cuidadosa, tan dada, tan llena de un respeto que Emma tenía que luchar por encontrar en otra parte. Regina le había dado lo que podría haber soñado alguna vez—su apoyo incondicional, su amor ilimitado, su bondad eterna, y mucho más. Ella era verdaderamente la más perdurable, la más reverente bendición que Emma había conocido.

Regina siempre hacía todo en su poder para complacer a Emma, para hacerla verdaderamente feliz. Mientras que Emma simplemente necesitaba estar con Regina para ser feliz, la morena constantemente encontraba formas de cumplir los sueños de la princesa. Ella era particularmente firme en cuanto a proporcionarle a Emma regalos espectaculares en los Días Santos de la princesa. Regina rara vez iba en detalle del por qué, pero Emma lo sabía. Ella sabía que a la reina caída sufría en silencio y en secreto por los muchos años que había pasado en cautiverio, los años que había sido incapaz de proporcionarle un regalo a Emma en su Día Santo o incluso estar con ella esos días. Eso siempre había perseguido a la bruja, y por lo tanto, ella hacía todo lo posible para compensar los muchos años que tristemente había perdido.

En el decimoséptimo Día Santo de Emma, Regina le había dado un regalo verdaderamente hermoso y que alteró su vida. Ella le había dado a la princesa la capacidad de correr como un lobo junto a su madre, Red. Era un sueño que tanto Red como Emma habían albergado, un sueño que creían imposible, y sin embargo, Regina, a través de largas horas de experimentación, había conseguido que fuera una realidad. Esa habilidad, ese regalo, había significado más para la princesa de lo que las palabras le hubieran permitido nunca expresar, sobre todo porque nunca fue algo que le hubiera pedido a Regina. Su esposa simplemente lo había hecho, sin preguntar y con nada más que el amor puro de su corazón. Eran momentos así los que hacían que Emma se preguntara profundamente cómo es que alguien podía ser tan ciego para no ver la bondad de Regina, sin importar que tan bien escondida hubiera estado durante su dominio como reina.

Regina no se detuvo allí, no obstante, ya que para el decimoctavo Día Santo de Emma, le dio a la princesa el don de la eterna juventud. Este regalo, sin embargo, había sido solicitado por la princesa. Ella deseaba pasar tantos años con Regina como le fuera posible, y para hacerlo, sabía que debía compartir el encantamiento que la reina caída portaba, un encantamiento de eterna juventud puesto sobre ella por su propia madre justo antes de su primer matrimonio con el Rey Leopold. Regina había estado inicialmente indecisa acerca de lanzar el hechizo sobre la princesa, pues conocía la carga que tal hechizo podía traer. Mientras te proveía de juventud y belleza, que a su vez ofrecían la inmortalidad siempre y cuando se evitaran enfermedades o lesiones mortales, también significaba tener que presenciar y sufrir las muertes de sus seres queridos a través de los años, mientras que seguías siendo la misma, siempre igual, siempre sin alterar, siempre duradera. Emma le había suplicado, sin embargo, citando que ella soportaría con mucho gusto la dolorosa tristeza de la perdida a cambio de la belleza incondicional y la alegría del amor que compartían, y, finalmente, Regina había aceptado lanzar el hechizo. Por lo tanto, ahora, Emma era como Regina…eternamente congelada a los dieciocho años.

Regina la sorprendió una vez más en su decimonoveno Día Santo, el cual tuvo lugar sólo unos pocos meses antes de la muerte del Rey. Ese alegre día de celebración ahora se sentía para Emma como si hubiera ocurrido hace siglos, los ecos de su felicidad resonaban como recuerdos desvanecientes en los confines de su mente. Se extendió hacia ellos sin embargo, tratando desesperadamente de aferrarse a esos pequeños momentos de felicidad y tirar de ellos hacia sí, abriéndose paso a través de la dolorosa tristeza, la ira y el miedo de ese momento, de ese día, de esa…larga sentencia que se le iba a ser dada en tan solo minutos. Ese día había sido tan maravilloso, lo había pasado bien con su pequeña y hermosa familia—su impresionante esposa, sus dos madres, y su querida amiga Blue. Pasaron el día en las colinas, en las famosas colinas del Reino Blanco, conocidas por todas las tierras debido a su persistentes verdes y su resonante belleza. Regina había conjurado un fantástico picnic, y su familia había estado simplemente justa, festejando, bebiendo y conversando como si no tuvieran una sola preocupación en el mundo. Ese día vivía en el corazón de la princesa como un soplo de vida dentro de sus pulmones—limpio, puro, tranquilizante, revitalizante, y hermoso—y cuando regresaron al castillo, Regina sorprendió a Emma una vez más.

La reina caída esperó hasta que el mundo estuviera oscuro con la noche, las estrellas brillaban en el cielo como promesas de felicidad futura, y después tomó la mano de Emma, la apretó con fuerza en la suya, y las envolvió a ambas en una nube de humo púrpura. "Cierra los ojos," le había susurrado mientras viajaban a través del tiempo y del espacio hacia un destino desconocido para la princesa, y Emma obedeció al instante. Una sonrisa estiró los rosados y suaves labios mientras sus ojos se cerraban sobre sus orbes esmeralda, y le pareció como si hubieran pasado horas antes de que el torrente de magia parpadeara hasta la inexistencia, las manos familiares de Regina se deslizaron suavemente alrededor de la cintura de la princesa, y su voz maravillosamente sensual cantó, "Puedes abrir los ojos, mi amor."

Un grito resonante había escapado de los labios de Emma en el momento en que sus ojos se abrieron y observó el paisaje a su alrededor, lágrimas se formaron instantáneamente en los orbes esmeralda antes de caer por sus hermosas mejillas. Regina la había llevado a una de las más legendarias tierras de la historia, una tierra venerada a lo largo de todos los reinos, y conocida en varios dominios—los Claros Susurrantes. Emma sólo había leído sobre ellos en sus libros de historia cuando era una niña y siempre había estado fascinada por los cuentos. La tierra era legendaria por su belleza y por los poderes curativos que se decía que existía en la salvia de los pinos susurrantes, los grandes e imponentes arboles que adornan los Claros.

Los Claros Susurrantes se encuentran muy lejos de su reino, más allá de las fronteras del Reino Blanco, más allá siquiera de las fronteras de los reinos que rodean al Reino Blanco, lo que explicaba por qué a Regina le había llevado tanto tiempo transportarlas allí. Emma simplemente se había quedado asombrada por la belleza legendaria, los terrenos nevados chispeantes con su virginidad, y los pinos susurrantes tan puramente blancos que era casi doloroso contemplarlos, tan brillantes bajo la luna. El aire estaba tan quieto, sin un solo soplo de brisa haciendo crujir las agujas de los pinos, y aún así, hablaban. El sonido era lo que les daba su nombre, pinos susurrantes, pues aunque los arboles permanecían impasibles ante cualquier fuente de viento, aún parecían susurrar entre sí y a cualquiera presente. Era algo extraño y maravilloso de ver.

"Oh Regina," susurró Emma esa noche, deslizando sus manos sobre las de su esposa y sujetándolas con tanta fuerza que impedía el flujo de sangre. A la reina caída no le importó, sin embargo. Ella rió bellamente, su aliento caliente chocó contra la oreja de la princesa, y dijo, "Se que siempre has estado fascinada con los Claros Susurrantes, Emma. Feliz Día Santo, querida."

"Es tan hermoso," había susurrado con reverencia la princesa mientras respiraba en el aire helado, calentado por la magia de Regina.

La reina caída había tarareado su consentimiento antes de presionar sus labios en el cuello de la rubia y susurrar, "Y, sin embargo, yo sólo te veo a ti."

La princesa se volteó entonces, acariciando su nariz con la de su esposa justo cuando Regina continuó diciendo bellamente, "Te amo demasiado, Emma."

Lágrimas cayeron reverentemente por las mejillas de Emma mientras presionaba sus labios con los de Regina luego de susurrar, "Y yo a ti."


A medida que los recuerdos se desvanecían y la princesa flotaba de vuelta a su realidad, se inclinó hacia delante para presionar su frente suavemente contra el vidrio del gran espejo mientras lloraba. Esa vida se sentía tan distante, tan muerta cuando se enfrentaba al futuro que había llegado tan pronto. Sabía que no debía estar tan desesperada, que quizás una vez instalada en su nuevo título, podría encontrar un balance perfecto y vivir la vida que anhelaba con Regina, por otra parte, también sabía lo que significaría para su vida el ser reina. No tendía libertad como lo había deseado, como la había tenido durante mucho tiempo antes de que esta terrible tragedia ocurriera. Sus días estarían llenos de responsabilidades, su bandeja con las necesidades y los deseos de una nación, y sus hijos… los niños que pensaba se verían obligados algún día a una infancia carente de esa misma libertad. Ellos nacerían en la realeza, con todas las bendiciones que eso implicaba, pero con todas las maldiciones también. El sólo pensamiento revolvió incómodamente el estómago de Emma mientras sus lágrimas continuaban cayendo, rápidas y libres.

Le olía el corazón ya que su pecho se sentía apretado y estrecho, los miedos y las angustias de su nueva vida como reina la rasgaban como votos inquietantes. Muchos, lo sabía, sufrían por la realeza, y muchos miembros de la realeza realmente amaban su papel como monarcas, pero Emma aún no lo deseaba. Sólo deseaba libertad y amor. Esta vida era una caga de la que hace mucho tiempo se había liberado y nunca había tenido la intención de reclamar.

"Oh, Dioses," exclamó a través de grandes y jadeantes respiraciones y vertientes lágrimas mientras presionaba el espejo. "Por favor, ayúdenme con esto."

Emma, la voz e Regina resonó en su mente, abriéndose paso a través de ella como la canción de un Fénix, curativa y poderosa, calma tu corazón, mi amor. Tu miedo y dolor son como fuego en mi alma. Todo irá bien, cariño. Por favor, Emma…casi no puedo soportar el dolor. Me desespera también.

La princesa contuvo varias profundas y dolorosas respiraciones, frotando su pecho mientras trataba de calmarse si no era por su propio bien, entonces sería por el bien de su esposa. Cuando sintió que estaba lo suficientemente tranquila para responder, cerró los ojos y contactó a la reina caída a través de su vínculo telepático. Lo siento, Regina, susurró. Me siento tan…no tengo palabras. ¿Podrías…

Regina podía sentir la necesidad de Emma sin que la princesa tuviera que hacerle eco con palabras, por lo que envió una ola de amor a través del enlace que conectaba sus almas y le dijo, Si, Emma, enviaré a tu madre.

Un suspiro tembloroso se hizo eco en la mente de la reina caída antes de que la princesa susurrara, Gracias, y se quedara en silencio una vez más, el dolor en su corazón seguía vibrando en el de Regina.


Un remolino de humo púrpura llamó la atención de Emma, haciendo que su cabellera rubia rebotara mientras levantaba su cabeza justo a tiempo para ver a su madre, Red, aparecer en la firma mágica de Regina. El alivio inundó el corazón de Emma ante la mera visión de su amada madre adoptiva, y no dijo una sola palabra mientras atravesaba la habitación hacia los brazos de Red. Sus lágrimas se derramaron rápidas y frescas mientras enterraba su casa en el cuello de Red y se aferraba fuertemente al vestido formal de su madre.

"Shh, Emma," tarareó Red mientras sostenía fuertemente a su hija y frotaba círculos de consuelo en su espalda. "Estoy aquí ahora. Te tengo."

Le llevó minutos a la princesa ser capaz de calmarse lo suficiente para que su respiración se nivelara y su ritmo cardíaco se desacelerara a un ritmo normal. Una vez que las lágrimas habían dejado de estropear sus mejillas, Emma apoyó la cabeza sobre la clavícula de su madre y dijo entrecortadamente, "Me siento como si me estuviera ahogando."

"Lo sé," susurró Red antes de inclinarse para colocar un tierno beso en la frente de su hija, "pero Emma, todo estará bien. Eso te lo prometo, ¿y sabes cómo lo sé?"

Emma se limitó a mover la cabeza en el pecho de su madre, incapaz de hacer trabajar su voz en ese momento mientras luchaba contra las amenazantes lágrimas, una vez más en sus ojos, y el nudo que residía en su cada vez más estrecha garganta.

Red no pudo evitar la pequeña sonrisa que adornó sus labios ante la tendencia de la princesa de volverse tan infantil en sus brazos y cuando estaba tan abrumada por sus emociones. Eso siempre calentaba el corazón de la loba y llenaba su mente con los recuerdos de una pequeña princesa de cabellos dorados que se arrastró hacia su regazo en un árbol hueco en el bosque y pidiéndole historias. Esos recuerdos significaban más que cualquier cosa para Red.

"Lo ," dijo mientras acariciaba la espada de Emma, "porque tú eres mi hija, y tú y yo, Emma…somos sobrevivientes, ¿no es así? Hemos resistido mayores tormentas que esta, mi vida, y nosotras sin duda sobreviviremos a esta. Emma, tú serás una reina maravillosa, y aunque sé que no deseas el título y aunque sé que tienes miedo, confía en mí cuando te digo que tú puedes y vas a ser feliz de nuevo. Encontraras el equilibrio que necesitas, y tu vida será lo que deseas que sea. Desearía poder cambiar esto por ti, amor. Créeme, lo hago, pero no puedo, así que en su lugar he decidido tener fe en ti, una fe que está muy bien fundamentada, porque nunca me has decepcionado, Emma, y nunca podrías. Tenía mis reservas solo porque temía por ti, amor, no porque creyera que fueras incapaz. Mi corazón ahora, no obstante, está lleno solamente de orgullo y una absoluta, e inquebrantable fe. Tú puedes hacer esto, Emma, y puedes ser feliz."

"¿De verdad crees eso, Mamá?" Preguntó Emma en voz baja. "¿O sólo buscas calmarme?"

"Emma, creo que me conoces mejor que eso," le regañó Red mientras se echaba lo suficiente hacia atrás como para mirar los amplios y esperanzados, y aterrorizados ojos esmeralda que tanto le gustaban. "Nunca he sido deshonesta contigo. Creo en cada palabra que he dicho, y me gustaría que tú creyeras también. Sufres ahora, Emma, pero sabes tan bien como yo que el sufrimiento pasa. Siempre pasa, por otro lado, es bello, porque, ¿qué es lo que siempre te he dicho sobre el sufrimiento, hija mía?"

La princesa tomó un gran, y entrecortado respiro mientras la confianza y el amor comenzaban a filtrarse en su pecho y la hacían sentir viva otra vez, fuerte otra vez… esperanzada. Ese era el gran efecto que tenía su madre sobre ella. Red era como un faro en la noche más oscura y Emma la apreciaba más allá de las palabras o de las expresiones.

"Que debemos aceptar nuestro sufrimiento," respondió Emma, una pequeña sonrisa adolescente floreció en sus labios, "que debemos permitir que nos conduzca hacia adelante"

Red asintió con la cabeza mientras le sonreía hermosamente a su hija y justo como había dicho tantas veces a lo largo de sus años juntas, respiró, "Esa es la forma en la que crecemos, mi amor."

La sonrisa de Emma creció en ese momento mientras se deslizaba de las manos de su madre, asintió con decisión y dijo con firmeza, "Así es como sobrevivimos."


La princesa cerró los ojos mientras se ubicaba a las afueras de las grandes puertas del la Sala del Trono del Castillo Blanco. Podía oír el murmullo de la multitud reunida en el interior, y eso sólo encendió sus nervios. Las nauseas rugían en su interior, la bilis le subía por la garganta sólo para ser dolorosamente ahogada hacia abajo. Su miedo era como una bestia burlona, causando que su sentido de la realidad se desvaneciera, la habitación a su alrededor se desenfocó cuando su visión se empañó y el sonido repentinamente se deformó y murió como si alguien hubiera colocado sus manos fuertemente sobre sus oídos. Se sentía como si estuviera soñando, un sueño horrible del que sólo deseaba despertar.

Y entonces, sintió una mano suave deslizarse en la suya, una mano familiar. El alivio inundó instantáneamente el pecho e Emma, el amor se derramó a través de sus células y reavivó su sentido de la calma, su sentido de la realidad, y…su esperanza. Los ojos esmeralda se abrieron y sus rizos dorados rebotaron cuando Emma bajó su cabeza para mirar hacia su mano, perfecta y hermosamente enredada con otra. Luego su mirada se arrastró hasta la suave piel canela de un brazo sereno, luego sobre un hombro descubierto y una clavícula, un delgado y delicado cuello, sobre unos suaves labios y una nariz pequeña, hasta que finalmente aterrizó en los adorables ojos chocolate de su esposa.

Regina le sonrió bellamente a la princesa, le apretó la mano con fuerza, y le susurró, "Toma un respiro, querida. Estas a punto de ser reina."

Los ojos de Emma se mantuvieron fijos en los de Regina mientras obedecía el mandato de su esposa, dando una respiración profunda y relajante, permitiendo que se derramara en sus pulmones y aliviara un poco el dolor de su constreñido pecho. "Reina," repitió en un susurro casi silencioso y entrecortado.

Tan pronto como la palabra se le escapó, las enormes puertas de la Sala del Trono se abrieron para revelar una enorme multitud dividida alrededor de la larga, alfombra roja que conducía hacia los tronos reales, donde el Gran Sacerdote del reino aguardaba, después de haber llegado por medio de magia antes del amanecer. Regina apretó la mano de Emma con aún más fuerza y contactó a la rubia en su mente, Emma, mantén la cabeza en alto, le susurró a su esposa. Siéntete orgullosa, y sólo respira. Puedes hacer esto. Podemos hacer esto.

Y antes de que la princesa pudiera pensar en responderle, el vozarrón del heraldo del castillo resonó, haciéndose eco a través de la Sala del Trono como un trueno. "Su Alteza Real y legitima heredera al trono, la Princesa Emma, y su Alteza Real, la Princesa Regina," clamó, y Emma no pudo hacer más que seguir el consejo de Regina. Enderezó la espalda, levantó la barbilla, y se concentró en su respiración mientras ella y Regina caminaban en sincronía hacia adelante, los miembros de la multitud se inclinaban en arcos agraciados y reverencias mientras ambas princesas pasaban.

Mientras caminaban por el pasillo, el corazón de Emma retumbó locamente en su pecho, pero con cada paso, una nueva oleada de confianza y esperanza se derramaba en sus células y la encendía desde adentro. Ella no sabía si le pertenecía o si no era más que un regalo y apoyo de su amada esposa, enviado a ella a través de su vínculo como Almas Gemelas. De todos modos, se sentía maravilloso y ayudó a la princesa a permanecer sobre sus pies, a mantener la cabeza enfocada. Ella agradeció la sensación. Eso hizo toda la diferencia del mundo, porque apenas había anhelado correr, ahora tenía la imperiosa necesidad de seguir adelante.

Cuando llegaron a la tarima, cada una hizo una reverencia al Gran Sacerdote, como era costumbre, antes de subir las escaleras para ubicarse justo ante los tronos que habían, sólo unos días antes, pertenecido a Snow y a James. Los ojos esmeralda recorrieron la multitud, aterrizando instantáneamente en el rostro de su madre, Red, y sus queridas amigas, Blue y Belle, quienes estaban al frente de la multitud, con lágrimas en sus ojos y las manos entrelazadas mientras contemplaban a Emma y a Regina prepararse para convertirse en las nuevas monarcas del Reino Blanco. La princesa miró alrededor de la tarima, dándose cuenta de que su madre biológica, Snow, se encontraba ausente, y la ira y el dolor instantáneamente inundaron su corazón. ¿Cómo eligió Snow ni siquiera asistir a la coronación luego de colocar una carga tan pesada sobre la rubia? Eso rompió absolutamente el corazón de Emma.

El Gran Sacerdote volvió a estar delante de ellas, y Emma no pudo dejar de mirar al hombre. Parecía demasiado mayor como para seguir con vida, con la piel muy arrugada y sus ojos casi blancos y lechosos, y seguramente ciego. Sin embargo, tan ciego como parecía estar, el hombre abrió un enorme libro y comenzó a leer su texto antiguo. Él untaba un poco de aceite sobre las paginas mientras lo hacía, lo cual confundió a Emma, pero sabía poco de la ceremonia, por lo que no cuestionó y simplemente esperó en silencio hasta que llegó el momento de hablar.

"Como Gran Sacerdote de este reino, he sido convocado para realizar esta ceremonia real, confirmada por el linaje real de la Monarquía Blanca, por los dioses todopoderosos y por mi propio título de santo. Como consecuencia de la muerte prematura del rey actual, el Rey James, y la abdicación voluntaria de la reina actual, la Reina Snow White de la línea de sangre real, la coronación de un nuevo monarca ha sido considerada por el consejo de sacerdotes y por mí mismo, el gran sacerdote del reino, como necesaria. Como miembro del linaje real de la Monarquía Blanca y como descendiente directo del Rey James y la Reina Snow, la Princesa Emma es la siguiente y única en la línea real de este reino y a partir de la sesión de hoy, será conocida como la reina reinante. Además, y por medio de una unión marital confirmada por la realeza, la ex reina y actual princesa, Regina White, ex integrante de la casa Mills, será coronada una vez más como monarca actual de este reino, para gobernar junto a la legítima reina, Emma. ¿Son estas condiciones, como las he dicho ahora, consideradas justas a los ojos del linaje de sangre real?"

Regina apretó la mano de Emma con fuerza mientras la rubia decía con voz ahogada, "Lo son."

"Muy bien, Madame," dijo el Gran Sacerdote mientras asentía respetuosamente primero a Emma y luego a Regina. Luego se volvió a Emma mientras Regina soltaba la mano de la rubia y daba un paso atrás para que la princesa estuviera al frente y al centro por su cuenta, como se requería para la siguiente parte de la ceremonia. Al segundo que la mano de Regina dejó la suya, el corazón de Emma se convirtió en un punzante martillo en su pecho y su respiración aumentaba rápidamente en cuestión de segundos. La reina caída continuó enviando ondas de amor y apoyo a través de su vínculo, sin embargo, lo que le servía a Emma para mantener al menos una pequeña parte de su determinación y compostura. "¿Su Alteza está dispuesta a proceder a tomar el Juramento Real?"

Emma cerró los ojos por un momento antes de susurrar en voz baja, "Lo estoy."

El Gran Sacerdote pasó un nudoso dedo índice bajo de las páginas antes de detenerse en un punto que la princesa no podía ver desde donde estaba parada. Se aclaró la garganta y comenzó la primera de las cuatros preguntas que componen el juramento real. "¿Jura solemnemente reinar y gobernar sobre los pueblos del Reino Blanco de manera justa y de acuerdo a las respectivas leyes y costumbres de esta tierra?"

La voz de la princesa tembló mientras se aclaraba la garganta, hizo todo lo posible para hablar alto y claro, y dijo, "Juro solemnemente que lo haré."

"¿Usted, en la medida y dentro de su poder como reina reinante, hará que la ley y la justicia sean ejecutadas en todos sus juicios, concediéndole misericordia a aquel que justifique la piedad y negándosela al que le sea verdaderamente inmerecida?"

"Lo haré."

"¿Mantendrá dentro de su reinado la mayoría de las leyes de este reino, respetando las enseñanzas del concilio de sacerdotes y buscará un mayor juicio cuando el suyo se vea comprometido?"

"Lo haré."

"Por último, Su Alteza, ¿amará a su pueblo? ¿Pondrá sus necesidades antes que las propias, sacrificando, si es necesario, sus propios deseos por el bien de su reino y de su pueblo? ¿Ofrecerá usted, si es necesario, su vida?"

El silencio era ensordecedor mientras parte del público esperaba con gran expectación ver si la joven princesa estaba verdaderamente dispuesta a hacer esa promesa, a abandonar su juventud y libertad, y si fuera necesario, sacrificar su vida por su reino. Emma apretó bien los ojos y aspiró profundamente, su corazón se agitaba con violentamente en su pecho y la hacía sentir como si estuviera flotando. Tan pronto como las palabras fluyeron por sus labios, sin embargo, la sensación de flote se detuvo y de repente se sintió como de piedra.

"Lo haré."

El orgullo entró en el corazón de Regina mientras observaba a su querida Alma Gemela tomar el Juramento Real, prometiendo amar y cuidar el reino, y Regina no tenía ninguna duda de que Emma haría precisamente eso. Tan aterrorizada como estaba Emma, Regina conocía el corazón de la rubia. Era abierto y puro, y la reina caída sabía que si alguien podría amar verdaderamente un reino y hacer todo lo posible para mantener la felicidad de un pueblo, esa era Emma. Había heredado ese rasgo de su madre biológica, sin embargo, Regina sabía que aún cuando Snow, y especialmente ella misma, habían sido siempre incapaces de dejar de lado sus propios deseos egoístas, como el amor o la venganza, Emma sin duda sería capaz de hacerlo. Ella tenía equilibrio y claridad donde muchos se perdían dentro de sí mismos, y aunque Emma estaba verdaderamente aterrorizada a raíz de tales rápidos y trágicos acontecimientos y aunque sentía que no estaba lista para la gran tarea de ser reina, Regina sabía lo contrario. No tenía absolutamente ninguna duda de que Emma sería una reina verdaderamente maravillosa, tal vez la mejor reina que ese reino hubiera conocido.

"Muy bien," dijo el Gran Sacerdote con una sonrisa de satisfacción en su rostro. "Su Alteza acaba de completar el Juramento Real. ¿Cumplirá y realizará, por los dioses, lo que aquí ha sido prometido antes?"

"Yo, por los dioses," habló Emma claramente, ordenándole a su voz trabajar a pesar el zumbido e sus nervios, "realizaré y mantendré lo que aquí he prometido antes."

Y el Gran Sacerdote le indicó a Regina que retomara su posición junto a Emma, y sólo unos segundos más tarde, la mano de la morena se deslizó en la de la rubia una vez más. "¿Usted, Regina, jura realizar y mantener, por los dioses, lo que ha sido prometido aquí antes por su cónyuge, la nueva reina del Reino Blanco?"

Regina asintió recatadamente y exclamó con claridad, "Yo, por los dioses, realizaré y mantendré lo que ha sido prometido aquí antes."

Una sensación de calma se apoderó de Emma en ese momento, inesperada y a la vez increíblemente bienvenida. Mientras se encontraba allí, con la mano de su esposa apretada herméticamente en la suya y su corazón martillando en su pecho, su miedo sólo se esfumó. De pronto sintió como si todo saldría bien, la confianza se filtraba en ella como ondas, y un sentido del honor y del deber tomaron lugar donde previamente sólo había terror y un inmenso deseo de huir. Tal vez era la realeza en su sangre, o tal vez no era más que el conocimiento de que no estaría sola en su intento de dirigir a su nación. No importaba. Todo lo que realmente importaba era que ella ya no era una niña, ya no era una forajida solitaria, ya no era una joven libre y una nómada enamorada, ya no era una princesa…Ahora era una reina.

"Coloquen sus manos sobre el libro," ordenó el Gran Sacerdote, y Emma y Regina colocaron sus manos unidas sobre el libro, perfectamente entrelazadas sobre el texto antiguo. El Gran Sacerdote puso su propia mano, grande y nudosa, en lo alto de las de ellas y proclamó en voz alta, "Por el poder que se me confiere como Gran Sacerdote de este reino y confirmado por los dioses y por el linaje real de la Monarquía Blanca, proclamo esta coronación como justa, equitativa y satisfactoria."

Luego un joven paje apareció con un tintero y una pluma, la cual se utilizaba para firmar el Juramento. Se le entregó a Emma la pluma en primer lugar, y temblorosamente la mojó en la tinta con la mano libre, su otra mano seguía envuelta firmemente con la de Regina y se mantenían por debajo de la firme, y vieja mano del Gran Sacerdote. Luego garabateó su firma justo debajo del juramente en el antiguo texto sobre el que su mano y la de Regina aún descansaban unidas. Regina tomo la pluma seguidamente, sumergiéndola rápidamente, y garabateó su propia firma justo debajo de la de Emma antes de entregar nuevamente la pluma al paje, que luego se escabulló rápidamente. Mientras la tinta comenzaba a secarse y a desaparecer en el papel amarillento del libro antiguo, el Gran Sacerdote dio unas palmaditas a las manos unidas de Regina y Emma y les dijo. "Por el Juramento Real, tomado y firmado por la única y legitima heredera del linaje real y por la princesa marital, es para mí un honor y un placer presentar al reino, el día de hoy, a sus recién coronadas reinas, Sus Majestades, la Reina Emma y la Reina Regina."

El corazón de Emma se disparó en su pecho cuando toda la Sala del Trono estalló, porque lo único que podía sentir era la mano de Regina en la suya y todo lo que podía oír era la dulce voz de su esposa en su mente diciendo, Estoy orgullosa de ti, Emma…Mi Reina.


No sé ustedes pero, hasta ahora, este ha sido el capítulo que más me ha gustado. Aunque me da rabia que Snow no asistiera a la ceremonia; sin embargo, creo que la escena con Red lo compensa.

Bueno, gente, trataré de traducir otro capítulo en las próximas horas, pero no prometo nada. En caso de que no pueda traducirlo, nos vemos la semana que viene. =/

Gracias a todos los que leen, comenten o no, es por ustedes que continúo traduciendo.

P.d: Por cierto, Magnolia Mills, gracias a ti por leer. Para mi es un placer traducir esta historia, así como lo fue traducir su predecesora. :)