Capitulo 10
Alice soñó que estaba acostada en una cama antigua y enorme, envuelta en la colcha y entre los brazos de su amante. Era una cama que conocía bien su cuerpo, una cama en la que Alice se había despertado mañana tras mañana durante muchos años. Las sábanas eran de lino irlandés, suaves como un beso. La colcha era una reliquia de familia que ella transmitiría a su vez a su hija.
Su amante era un marido cuyos brazos solo resultaban más excitantes con el paso de los años.
Cuando el bebé empezó a llorar, ella se removió, pero perezosamente, sabiendo que
nada podía perturbar la plácida belleza en la que vivía. Se acurrucó contra los brazos que la abrazaban y abrió los ojos.
Todavía soñando, sonrió al ver los ojos de Jasper.
—Ya ha amanecido —murmuró, y encontró la boca de él cálida, suave y deliciosa. Pasó la yema de los dedos por su espalda sonriendo al notar que sus besos se volvían, más insistentes—. Tengo que levantarme -susurró Alice mientras la mano de Jasper cubría su seno. Aún podía oír el leve y lastimero llanto del bebé.
—Uh, uh —los labios de él se desplazaron hasta su oreja.
Lentamente, su lengua comenzó a despertarla del todo. La pasión reavivó las ascuas de la noche anterior.
—Jazz, debo ir. Está llorando.
Con una leve maldición, Jasper se dio la vuelta y alargó los brazos hacia el suelo. Luego soltó al gato Nijinsky sobre el estómago de Alice.
Ella parpadeó, confusa y desorientada mientras el gato le maullaba, con un gemido semejante al de un bebé.
El sueño se rompió bruscamente.
Alice alzó una mano para pasársela por el cabello y respiró hondo.
—¿Qué sucede? —inquirió Jasper, enredando los dedos en su pelo hasta que Alice abrió los ojos.
Nada —ella meneó la cabeza, acariciando al gato hasta que este empezó a ronronear—, Estaba soñando. Una tontería.
-Soñando —él pasó los labios por su hombro desnudo—. ¿Conmigo? -Alice giró la cabeza y los ojos de ambos encontraron.
Sí —sus labios se curvaron—. Contigo.
Jasper cambió de postura, atrayéndola hacia sí y acunándola en la curva de su hombro, Nijinsky se enroscó a los pies de ambos. Dio un par de vueltas, clavó las uñas en la colcha y por fin, se echó.
-¿Qué soñabas?
Alice se acurrucó contra la columna de su cuello.
-Es un secreto —los dedos de él recorrían suavemente su hombro y su antebrazo. «Le pertenezco», se dijo Alice, «y no puedo decírselo»
Se quedó mirando la ventana y vio que la nieve seguía cayendo, aunque con menos Intensidad.
Hasta que deje de nevar, estamos los dos solos. Lo amo tantísimo...»
Cerrando los ojos, Alice subió con la mano por su pecho, hasta el hombro. Había músculos que deseaba sentir de nuevo. Con una sonrisa, apretó los labios contra su cuello. Luego avanzó hasta su boca, y los labios de ambos se unieron. Los besos fueron cortos, lentos. La urgencia y la desesperación de la noche anterior habían menguado. Ahora el deseo iba acumulándose lentamente, grado a grado. Lo abrasaba y atormentaba, pero no los desbordaba.
Se tomaron su tiempo para gozar. Jasper cambió de postura para que ella pudiera recostarse sobre su pecho.
—Tus manos —murmuró mientras se llevaba una a los labios— son exquisitas. Cuando bailas, parecen no tener huesos, extendió la mano sobre la de ella, palma contra palma.
El cabello de Alice caía en cascada sobre sus hombros, hasta cubrir los de él. A la luz suave de la mañana parecía claro como una ilusión. Su piel era marfileña, con leves toques sonrosados. Su rostro era frágil y delicado, pero sus ojos eran vividos y fuertes.
Alice bajó la cabeza para besarlo, lenta y detenidamente. Sus latidos se aceleraron al notar cómo el ansia de Jasper aumentaba.
—Me gusta tu cara —retiró los labios de los de él para besarle suavemente las mejillas y los párpados—. Es fuerte y ligeramente perversa -sonrió de nuevo contra su piel, recordando-. La primera vez que te vi me aterrorizaste.
-¿Antes o después de que saltaras a la carretera? —Jasper le pasó una mano por la espalda, mientras con la otra le acariciaba el cabello. Era una sesión de amor lenta, perezosa.
-No salté a la carretera —Alice le mordisqueó la barbilla—.Ibas a demasiada velocidad —empezó a posar besos por toda la extensión de su pecho—. Me pareciste tremendamente alto cuando estaba sentada en el charco.
Oyó cómo Jasper dejaba escapar una risita mientras le pasaba una mano por el arco de la espalda. Luego se removió ligeramente, hasta que las posiciones de ambos quedaron invertidas. Los besos se intensificaron. El contacto de manos sobre la piel seguía siendo delicado pero más exigente. La conversación derivó hacia un suave sueño. La pasión aumentó como una ola tropical, cálida y poderosa...
Vestida con unos pantalones vaqueros y una camisa que había tomado prestados del guardarropa de Rosalie, Alice bajó por la escalera principal. El frío que reinaba en la casa sugería que las chimeneas aún no se habían encendido. Solo el fuego de la habitación seguía crepitando. La primera parte de su plan consistía en encender el hogar de la cocina. Empezó a tararear una melodía improvisada mientras abría la puerta.
Le sorprendió ver que Jasper se había adelantado a ella. Olió el aroma del café.
— ¡Hola! —Alice se acercó a él, rodeó su cintura con los brazos y recostó la mejilla en su espalda—. Creí que aún estabas arriba.
—Bajé mientras estabas utilizando la barra de Rosalie —girándose, Jasper la atrajo hacia sí—. ¿Quieres desayunar algo?
—Quizá —murmuró ella, casi estallando de gozo con aquella sencilla intimidad—. ¿Quién va a prepararlo?
Jasper le elevó el mentón.
—Los dos.
— Oh —ella arqueó las cejas — Espero que te gusten los plátanos y los cereales fríos. Son mi especialidad.
Él hizo una mueca.
—¿No sabes hacer nada con un huevo?
—Oh, los de Pascua me quedan preciosos.
—Haré huevos revueltos —decidió Jasper, y luego le besó la frente—. ¿Sabes preparar tostadas?
—Puede ser —con la cabeza aún recostada en su pecho, Alice observó cómo caía la nieve.
Los árboles y el césped recordaban los de un decorado. El manto blanco que cubría la tierra aparecía completamente inmaculado. Los arbustos de hoja perenne que había plantado Jasper estaban envueltos en sus propios abrigos de nieve; sobre ellos, a poca distancia, se alzaban los árboles cubiertos de nieve. Y seguía nevando.
-Salgamos —dijo Alice impulsivamente -Tiene un aspecto magnífico. Después de desayunar. De todos modos, necesitaremos más leña.
-Lógico, lógico —Alice arrugó la nariz-. Práctico, práctico —emitió un grito cuando él le tiró de la oreja juguetonamente.
-Los arquitectos debemos ser lógicos y prácticos, de lo contrario los edificios se derrumbarían y la gente se disgustaría mucho.
- Pero tus edificios no parecen prácticos -dijo Alice. Observó cómo Jasper se acercaba al frigorífico.
¿Quién, exactamente, era aquel hombre del que se había enamorado? ¿Quién era el hombre que se había adueñado de sus emociones y de su cuerpo?
—. Son hermosos, no como esos edificios de acero y cristal que privan a las ciudades de su esencia.
- La belleza también puede ser práctica — Jasper se giró con un cartón de huevos en la mano—. O tal vez deba decir que lo práctico puede ser bello.
— Sí, pero supongo que debe de ser más difícil hacer que un buen edificio sea atractivo para la vista, aparte de funcional.
— Si algo no es difícil, no merece la pena el esfuerzo, ¿no crees?
Alice asintió lentamente. Comprendía lo que quería decir.
—¿Me dejarás ver los diseños del proyecto de Nueva Zelanda? —Dijo acercándose a la panera—. Nunca he visto los planos de un edificio.
— Muy bien — Jasper empezó a cascar los huevos en un cuenco.
Prepararon y degustaron el desayuno en confortable compañía. Alice pensó que la cocina olía a familia; café, tostadas y huevos revueltos. Archivó el aroma en su memoria, sabiendo que sería inapreciable en alguna mañana del futuro. Después de comer y recoger la cocina, se abrigaron bien y salieron de la casa.
El primer paso de Alice la hundió hasta el tobillo en la nieve. Entre risas, Jasper le dio un leve empujón que la hizo caer hacia atrás. Rápidamente quedó cubierta de nieve hasta los hombros. El sonido de la risa de él reverberó en la pared de nieve, acentuando la soledad de ambos.
-Quizá debería ponerte un cascabel en el cuello para encontrarte —dijo en voz alta, riendo.
Alice luchó por ponerse en pie. Tenía nieve en el cabello y en el abrigo. La sonrisa de Jasper se intensificó cuando ella lo miró con una mueca.
-Abusón —dijo Lindsay antes de avanzar trabajosamente por la nieve.
-La pila de leña está ahí —Jasper la tomó de la mano. Tras una leve resistencia simbólica Alice aceptó ir con él.
Se hallaban en un mundo totalmente aislado. La nieve caía del cielo para desaparecer en el grueso manto que los rodeaba. Alice apenas podía oír el mar. Las botas Rosalie le llegaban hasta las rodillas, pero, con cada paso que daba, se le colaba nieve por los bordes. Su rostro estaba sonrosado a causa del frío, pero la vista compensaba cualquier incomodidad.
La blancura era perfecta. No había brillo que molestara los ojos, ni sombras que hiciesen variar el color. Había, simplemente, un blanco sin matices ni paliativos.
Es precioso —murmuró Alice mientras se detenían ante el montón de leña. Miró detenida y prolongadamente en derredor— Pero no creo que se pudiera pintar ni fotografiar. Se perdería algo en la reproducción.
—Parecería monótono —dijo Jasper. Cargó con un motón de leña. El aliento de Alice formaba nubecillas frente a ella mientras miraba por encima del hombro de él.
—Sí, a eso me refería exactamente — aquella coincidencia de opiniones la complació -Prefiero recordarlo así antes que verlo simplemente en una dimensión —acompañada de Jasper, inició el lento viaje de regreso a la puerta trasera—. Pero tú debes de ser un experto en visualizar la realidad a partir de un dibujo
—Es al revés —dejaron la leña detrás de puerta de la trascocina—. Hago dibujos a partir de una realidad que visualizo.
Alice se detuvo un momento, algo exhausta por el esfuerzo de caminar por la profunda capa de nieve.
— Sí —asintió—. Ya comprendo —estudiando a Jasper, sonrió—. Tienes nieve en las pestañas.
Los ojos de él buscaron los de Alice inquisitivamente. Ella ladeó la cabeza, invitándolo al beso. Los labios de él descendieron para tocar los suyos, y Alice oyó cómo Jasper respiraba hondo mientras la tomaba en brazos.
Mientras atravesaban la cocina, Alice empezó a protestar.
Jasper, estamos cubiertos de nieve. Goteará por todas partes.
Sí
Estaban en el vestíbulo, y ella se apartó el cabello de los ojos.
- ¿Adónde vas?
- Arriba.
-Estás loco, Jasper —Alice se bamboleó levemente mientras él subía la escalera principal. -Lo pondremos todo perdido. Worth se disgustará mucho.
Es paciente —afirmó Jasper mientras entraba en el dormitorio. Dejó a Alice en la cama. Ella se incorporó sobre sus codos.
-Jasper —él ya se había quitado el abrigo y estaba haciendo lo propio con las botas, Alice abrió de par en par los ojos, divertida e incrédula a partes iguales—. Por el amor de Dios, Jasper, estoy cubierta de nieve.
- En ese caso, será mejor que te quitemos ropa húmeda —Jasper dejó las botas a un lado y se acercó a ella para desabrocharle el abrigo.
-Estás loco —decidió Alice, riéndose mientras él le quitaba el abrigo y lo arrojaba en el suelo, junto a las botas.
-Posiblemente —convino Jasper. Con un par de rápidos tirones le sacó las botas. Tras quitarle los gruesos calcetines de lana, empezó a calentarle los pies con un suave masaje. Notó su respuesta instantánea al contacto.
— No seas tonto, Jasper —sin embargo, la voz de Alice ya era ronca—. Ya se ha derretido nieve encima de la cama.
Con una sonrisa, él le besó la planta de los pies y vio cómo sus ojos se oscurecían. Colocándose a su lado, la tomó de nuevo brazos.
—La alfombra está seca —dijo mientras la bajaba de la cama. Luego, lentamente, le desabrochó los botones de la camisa. A su lado, crepitaba el fuego que Jasper había encendido antes del desayuno.
Le abrió la camisa, sin quitársela. Con una tierna pereza, empezó a besarle los senos mientras Alice flotaba en el primer estadio del placer. Suspiró una vez, y luego, acariciándole la mejilla, persuadió a su boca para que buscara la suya. El besó empezó siendo lento, pero su ritmo cambió sin previo aviso. La boca de Jasper se tornó desesperada, dejando escapar unos jadeos que parecían proceder de lo más hondo de su ser.
A continuación, tiró de la ropa de Alice con impaciencia, desgarrando la camisa de Ruth mientras la retiraba de su hombro.
—Te deseo aún más que antes —musitó mientras sus labios y sus dientes recorrían con dureza el cuello de ella—. Más que ayer. Más que hace un momento —sus manos le hacían daño mientras tomaban posesión de su cuerpo.
Pues poséeme —respondió Alice, atrayéndolo hacia sí, deseándolo—. Poséeme ahora.
La boca de Jasper reclamó la suya, y las palabras cesaron.
El teléfono despertó a Alice. Somnolienta, vio cómo Jasper se levantaba para contestarlo. Llevaba la bata verde que se había puesto cuando había echado más leña al fuego. Alice había perdido toda noción del tiempo. Los relojes eran para un mundo práctico, no para un mundo de ensueño. Se estiró lentamente, vértebra por vértebra. Si la eternidad pudiera ser un momento, Alice habría elegido aquel. Se sentía suave, cálida y amada. Su cuerpo estaba lleno de placer.
Observó a Jasper, sin oír lo que estaba diciendo al teléfono. Se erguía tan recto, se dijo y sonrió un poco.
«Y apenas hace gestos cuando habla. Los gestos pueden delatar los sentimientos, y sus sentimientos son muy privados». La voz de él se introdujo en sus pensamientos mientras algunos retazos de la conversación se filtraban en su cerebro.
Era Rosalie, se dijo Alice, distraída de la contemplación del rostro de Jasper. Tras incorporarse, se echó la colcha sobre los hombros. Supo lo que vería antes incluso de mirar por la ventana. Había dejado de nevar mientras dormían. Esperó a que Jasper colgara el teléfono.
Consiguió sonreírle mientras su mente trataba febrilmente de organizar sus impresiones; el modo en que el cabello de Jasper caía sobre su frente, el brillo del sol sobre su pelo, su postura recta y atenta.
El corazón de Alice pareció expandirse, alcanzando nuevos grados de amor.
«No lo estropees», se ordenó a sí misma frenéticamente. «No lo estropees ahora» Alice tuvo la sensación de que Jasper la estaba observando con una intensidad aún más pronunciada de lo habitual. Al cabo de largos momentos, se acercó a donde ella permanecía sentada en el suelo, refugiada entre colchas y almohadones.
—¿Ya regresa a casa? —inquirió Alice cuando él hubo colgado.
—Mónica la traerá en breve. Parece que los quitanieves se han empleado a fondo, y las carreteras están bastante despejadas.
—Bien —Alice se mesó el cabello antes de levantarse, aún envuelta en la colcha—. Entonces, será mejor que me prepare. Parece que esta tarde sí tendré clases.
Sintió un súbito deseo de llorar. Alice lo combatió, refugiándose en el interior de la colcha mientras recogía su ropa.
«Sé práctica», se ordenó a sí misma. «Jasper es un hombre práctico. Odiaría una escena sentimental» Tragó saliva y notó que recuperaba el control. Mientras se vestía, siguió hablando.
—Es increíble lo deprisa que trabajan esos quitanieves. Solo espero que no hayan enterrado mi coche. Tendré que avisar a una grúa para que se lo lleve. Si la avería no es grave, no estaré mucho tiempo sin él —dejando caer la colcha, se coló el jersey por la cabeza—. Tendré que tomar prestado el cepillo de Rosalie— siguió diciendo mientras se sacaba el pelo por el cuello del jersey. De pronto, se detuvo para mirar a Jasper directamente—. ¿Por qué me miras de ese modo? —inquirió—. ¿Por qué no dices nada?
Él permanecía inmóvil, observándola.
—Estaba esperando a que dejaras de parlotear.
Alice cerró los ojos. Se sentía completamente indefensa. Comprendió que acababa de hacer el ridículo. Jasper era un hombre sofisticado, acostumbrado a las relaciones esporádicas y pasajeras.
—No se me dan bien estas cosas, sencillamente —dijo Alice—. No se me dan nada bien —al ver que él alargaba la mano hacia ella, dijo—: No, no lo hagas —se retiró rápidamente—. No necesito eso ahora.
—Alice —el tono de irritación que había en la voz de Jasper hizo que a ella le resultara más fácil reprimir las lágrimas.
— Dame unos cuantos minutos —dijo Alice — Detesto comportarme como una tonta —dicho esto, salió corriendo de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Quince minutos más tarde, Alice se hallaba en la cocina, sirviéndole a Nijinsky un plato de leche. Se había cepillado el exquisito cabello y lo llevaba suelto sobre los hombros. Sus nervios, aunque tensos, se habían aplacado un poco. Su pulso era firme.
Aquel estallido había sido una estupidez, decidió, aunque quizá la había ayudado a facilitar su regreso al mundo exterior. Por un momento se perdió en un sueño, mientras contemplaba por la ventana el mundo cubierto de blancura. Pese a que él no hizo ningún ruido, supo el momento exacto en que Jasper entraba en la habitación. Alice aguardó un segundo, y luego se giró para mirarlo. Llevaba puestos unos pantalones de pana de color marrón oscuro y un jersey sobre una camisa azul pálido. Tenía, se dijo Alice, un aspecto de casual eficiencia.
— He hecho café —dijo ella en un tono cuidadosamente amistoso—. ¿Te apetece una taza?
-No —Jasper se acercó a Alice con pasos decididos. Luego, mientras ella aún se preguntaba qué pretendía hacer, la atrajo hacia sí. Atrapó con las manos sus brazos. El beso fue ardiente, largo y apasionado. Cuando se separó de ella, Alice había perdido momentáneamente la visión.
—Quería ver si eso había cambiado —dijo Jasper mientras parecía taladrar los ojos de ella con los suyos—. No ha cambiado.
—Jasp... —sin embargo, la boca de él volvió a enmudecerla. Sin pensárselo siquiera, Alice volcó cada onza de sus sentimientos en el beso, dándoselo todo. Oyó cómo él murmuraba su nombre antes de apretarla contra sí.
De nuevo, todo desapareció. Los destellos deI paraíso acudieron tan rápidamente, que Alice solo pudo aprehenderlos de una forma fugaz. Extasiada de nuevo, alzó la mirada hacia Jasper, sin verlo, solo sintiendo.
Otra mujer, se dijo aturdida, se conformaría solo con aquello. Otra mujer podría seguir siendo su amante sin anhelar nada más. Otra mujer no necesitaría nada más de él, cuando ya tenía tanto. Lentamente, Alice volvió a la realidad. El único modo de sobrevivir era fingir ser esa otra mujer.
— Me alegro de que quedáramos aislados por la nieve —dijo, retirándose suavemente de sus brazos — Ha sido maravilloso estar aquí contigo —con un tono de voz animado, caminó de nuevo hasta la cafetera.
Al servir el café, notó que su pulso ya no era firme.
Jasper esperó a que se girara, pero Alice permaneció de cara a la cocina.
—¿Y? —preguntó metiéndose las manos en los bolsillos.
Alice alzó la taza de café y tomó un sorbo. Esta hirviendo. Sonrió al volverse.
—¿Y? —repitió. El dolor que palpitaba en su garganta hizo que le costara pronunciar la palabra.
La expresión de Jasper se asemejaba mucho a la que tenía la primera vez que Alice lo vio. Tempestuosa y severa.
—¿Eso es todo? —preguntó.
Alice se humedeció los labios y se encogió de hombros. Agarró la taza con ambas manos.
—Creo que no sé lo que quieres decir.
—Hay algo en tus ojos —musitó Jasper acercándose a ella—. Pero me elude constantemente. No quieres decir qué es lo que sientes. ¿Por qué?
Alice clavó la mirada en la taza, y luego bebió otra vez.
—Jasper —empezó a decir con calma, mirándolo directamente a los ojos—. Mis sentimientos son asunto mío, hasta que decida confiártelos
-Quizá he creído que ya lo habías hecho. -El dolor era insoportable. Alice notó que le temblaban las rodillas. Los ojos de Jasper eran tan firmes, tan penetrantes.
-Ambos somos adultos. No sentimos atraídos el uno por el otro, y desde hace ya tiempo...
-¿Y si quiero algo más? -La pregunta de Jasper desorganizó sus pensamientos. Alice trató de organizados de nuevo, trató de ver más allá de la barrera que ahora cubría los ojos de él. La esperanza y el miedo libraban una batalla dentro de ella.
¿Algo más? —repitió cautelosamente. El corazón le latía desbocado—. ¿Qué quieres decir?
Él la observó.
—No estoy seguro de que tenga importancia si tengo que explicártelo.
Frustrada, Alice soltó la taza con fuerza encima de la mesa.
—¿Por qué te empeñas en iniciar algo para no terminarlo?
— Eso exactamente me pregunto a mí mismo —Jasper pareció titubear, y luego alzó una mano hasta el cabello de Alice. Ella se inclinó hacia él, aguardando una respuesta—. Alice...
En ese momento se abrió la puerta de la cocina, y entraron Rosalie y Mónica.
— ¡Hola! —Rosalie interrumpió su saludo en cuanto se apercibió de la situación. Buscó rápidamente el modo de volver a salir, pero Mónica ya había entrado y se dirigía hacia Alice.
— ¿Te encuentras bien? Hemos visto tu coche —dijo con un tono dominado por la preocupación mientras alargaba la mano hacia su amiga.
—Estoy bien —Alice le dio a Mónica un beso para tranquilizarla—. ¿Cómo están las carreteras?
—Muy bien —Mónica señaló a Rosalie con la barbilla—. Le preocupaba perderse la clase de hoy.
— Naturalmente —Alice concentró su atención en las jóvenes hasta que su pulso se hubo normalizado—. No creo que eso sea un problema.
Atraído por la voz de Rosalie, Nijinsky se acercó para frotarse con sus piernas hasta que ella lo tomó en brazos.
—¿Seguro que te sentirás capaz? -Alice percibió la certeza en los ojos de Rosalie y tomó su taza de nuevo.
— Sí. Sí, estoy bien —automáticamente fue al fregadero en busca de un paño para limpiar un poco de café que había derramado. -Supongo que tendré que llamar a la grúa.
— Yo me ocuparé de eso — Jasper habló por primera vez desde que los habían interrumpido. Su tono era formal y distante.
— No será necesario —empezó a decir Alice.
He dicho que yo me ocuparé. Te llevaré estudio cuando estés lista —Jasper salió por puerta, y las tres se quedaron mirando como desaparecía.
