Capítulo 9

— ¡Maldición!...— exclamó percatándose de su descuido al ver la fecha en el calendario el día del cumpleaños de Esme se acercaba y él lo había olvidado.

En todo este tiempo que había pasado su mayor preocupación había sido recuperar la confianza de Esme y poder tener algún día el cariño de su hijo por lo que no se podía permitir que se le pasara una fecha tan importante como esta.

— ¿Qué voy a hacer?— Piensa, Carlisle. Piensa.

Se pasó casi toda la mañana planeando algo para poder celebrar aquel día ¿Una cena? ¿Una salida los tres juntos? ¿Algún regalo carísimo? No, lo último quedaba por completa descartado. Esme nunca había sido de aquellas mujeres a las que les encantaba que se gastara demasiado dinero en ella, por lo que esa no era una buena idea. Él siempre había intentado regalarle collares, anillos y un sinfín de objetos de mucho valor, pero ella se los devolvía en cuanto veía el contenido de aquellas cajitas de terciopelo.

— ¡Ya sé!— exclamó triunfal en cuanto tuvo la idea en su cabeza.

Rápidamente cogió el teléfono y se comunicó con la persona indicada para que le ayudara en esto. Hizo todos los arreglos correspondientes y, cuando todo estuvo organizado, pudo respirar con mucha más calma.

— Todo saldrá perfecto— una sonrisa triunfal se posó en su rostro a la vez que miraba por el enorme ventanal de su despacho.

Detrás de la puerta su secretaria escuchaba con extrañeza la diatriba de su jefe. Nunca en sus años trabajando para él lo había escuchado teniendo debates internos.

—Edward, no seas necio, tómate esto— su "adorable" madre le tendía una pequeña pastilla a su hijo que estaba sentado en la mesa del comedor, aun un poco dormido y congestionado. Edward nunca había sido un chico que presentara alergias de ningún tipo, pero algo había en esa casa que hacía que se sintiera mal, cansado y congestionado. Esme culpaba a estado de inactividad y depresión que estaba viviendo.

— No, gracias— Edward ya estaba cansado de tomar antialérgicos que lo dejaban atontado la mayor parte del tiempo, estaba cansado de sentirte idiota.

— Pero mi amor, vas a estar todo el día así— alegó Esme.

— No me importa— insistió el chico bebiendo un poco de su vaso de jugo de naranja natural.

Esme solo lo miró y suspiró a la vez que la cocinera se reía por la actitud del muchacho… Era igual a su padre cuando tenía su edad.

La castaña se volvió a sentar en su puesto para seguir comiendo su desayuno. Carlisle también hizo acto de presencia en el lugar con un regalo envuelto en un papel blanco y una cinta roja sobre este. Se acercó a Esme y la felicitó por su cumpleaños.

— Muchas gracias— le sonrió

— Esto es para ti— Carlisle le tendió el regalo a la mujer a pesar de las protestas de esta. Esme lo abrió y vio una espectacular cámara semi-profesional. Le agradeció por el gesto.

El rubio había recordado lo mucho que a Esme le encantaba la fotografía y pensó que ese sería un gran regalo para la mujer que más amaba en el mundo. Claro, eso además de lo que tenía planeado en su mente.

— Mamá…— escuchó Esme que la llamaban y centró la vista en su hijo que estaba con un regalo en sus manos— Feliz cumpleaños.

— Cariño, no tenías que molestarte— Carlisle se hizo a un lado para que madre e hijo se abrazaran.

— Solo tenlo y disfrútalo— Edward le volvió a tender el regalo y ella lo tomó con gusto. Comenzó a rasgar el papel y vio la portada del libro que llevaba un tiempo diciendo que compraría pero que no lo había hecho— Sé que lo querías, así que lo compré para ti

Esme abrazó nuevamente a su hijo y luego se sentaron para seguir desayunando en calma. Por lo menos había visto un pequeño brillo en los ojos cuando le entregaba su regalo.

La castaña recibió las llamadas de su familia y amigos quienes la felicitaron y desearon lo mejor, claro que las preguntas por Edward no se hicieron esperar y terminaron hablando cada vez de él. Esme les contaba que estaba igual y que ahora estaba con alergia, lo que provocó la burla de sus tíos e hicieron que Esme también se riera.

— Esme…— la llamó Carlisle cuando ella dejaba el teléfono sobre la mesita de noche y se volteaba para salir de su cuarto. Ella sonrió como una adolescente completamente enamorada y él lo hizo de igual manera— Prepárate que vamos a salir a dar una vuelta. Quién sabe, tal vez no regresemos esta noche.

— ¿Qué? ¿A dónde?— inquirió confundida

— Sorpresa… Tú solo prepárate— Carlisle volvió a sonreír y salió del lugar para ir a alistarse él también e ir al cuarto de su hijo.

Tocó a la puerta y esperó a que le abrieran la puerta o que le permitiera el ingreso, lo que ocurrió después de intentarlo un par de veces. Se adentró en el cuarto y se acercó al chico que estaba recostado en su cama, abrazado a su manta y con los ojos cerrados.

— Edward, vamos a salir

— Que bien, disfruten el día

— Creo que no me entendiste. Vamos a salir los tres a celebrar el cumpleaños de tu madre— aclaró el rubio.

— Yo no quiero ir— reclamó el chico nuevamente acomodándose mejor en la cama.

— Edward, no lo hagas por mí. Si quieres me mantendré lo más lejos que pueda de ti…— Mentira Carlisle, te mueres por estar a su lado repetía en su mente— Hazlo por tu madre

El chico se quedó pensando por un buen rato en completo silencio, pero luego de suspirar se levantó de la cama y comenzó a caminar hacia el baño. Carlisle alcanzó a decirle que llevar antes de que cerrara la puerta.

El rubio también suspiró y salió del lugar para ir a darles el día libre a Pola y Ephraim para que salieran. Ellos no estarían en todo el día por lo que no había razón para que se quedaran en la casa. Si su madre llegaba a tener hambre pues tendría que salir a comer fuera con alguna de sus "amigas".

— ¿Carlisle, me vas a decir a dónde iremos?— le preguntó Esme entrando en el cuarto del rubio que estaba cerrando su bolso

— Ya te dije que es una sorpresa— le sonrió y se acercó para besarla dulcemente en los labios— Vamos

Tomados de la mano salieron del cuarto para llegar a la sala de estar. Edward bajó poco después con un bolso sobre su hombro y sonándose con un pañuelo que más tarde desecharía en un papelero.

Esme miró a su hijo con reproche ya que estaba peor que antes, pero luego recordó lo que le había dicho su hermano por teléfono y no pudo evitar reírse haciendo que los dos hombres la miraran sin entender.

Carlisle le preguntó que ocurría, pero ella solo negó con su cabeza y respiró profundamente para calmar su risa. Los dos hombres la miraron aún más extrañados.

— Bueno, mejor nos vamos— comentó el rubio abriendo la puerta del departamento para ir a la planta baja donde ya lo esperaban con su auto en la recepción.

Los tres se subieron y comenzaron con el viaje hacia el destino que tan bien había mantenido oculto el rubio.

Durante todo el viaje Esme y Carlisle se fueron conversando de distintos temas y trataban de incluir a Edward en sus conversaciones, pero era poco lo que hablaba el castaño. Él se mantenía más bien en silencio y respondía con simples palabras sin mayor sentido.

Pronto lograron divisar una casa color blanco que estaba muy cerca de una bahía… "Seattle Yacht Club"

— ¿Qué es esto?— inquirió Esme, sorprendida

— Es tu sorpresa— Carlisle se estacionó lo más cerca que pudo de la entrada y los tres bajaron del automóvil para ingresar al lugar.

Todo era muy lujoso, blanco e iluminado. Esme estaba maravillada, siempre le había gustado navegar.

Carlisle fue a hablar con un caballero de cabello ceniza por el paso de los años, pero que tenía una estampa que era difícil de ignorar. Se notaba que era alguien muy importante.

— Mamá, yo no voy a subir a ese bote. No lo haré — comentó Edward con nerviosismo retrocediendo unos pasos mientras iba perdiendo el color en su rostro.

— Tranquilo cariño, todo va a estar bien— le sonrió su madre tratando de calmar a su hijo. Ella sabía el miedo que tenía Edward a las aguas, pero no quería desilusionar a Carlisle después de todo el esfuerzo que había puesto en la sorpresa— Voy a estar contigo y nada malo pasará

El rubio y el señor se acercaron a ellos con una sonrisa y Carlisle los presentó a los dos. El caballero era el dueño del lugar y había sido un gran amigo del padre de Carlisle desde que eran unos niños, por lo que conocía a Carlisle desde su nacimiento y había sido como un padre para este.

Estuvieron conversando amenamente hasta que decidieron que ya era momento de desembarcar del lugar para adentrarse en la bahía. Salieron del edificio los cuatro para ir hasta un hermoso yate color blanco, muy lujoso y en cuyo costado derecho estaba escrito "Trisquel" con una hermosa escritura manuscrita.

— ¿Vamos?— los invitó Carlisle a subir después de despedirse del señor.

Esme asintió por los dos después de presionar el brazo de su hijo para infundirle fuerzas, pero él estaba aún más pálido y parecía que en cualquier minuto desfallecería.

Carlisle encabezaba la marcha seguidos por Esme y Edward quien apretaba tanto el brazo de su madre que le estaba cortando la circulación.

—Edward ¿Sucede algo?— le preguntó Carlisle desde el yate, viendo que el chico y su madre se quedaban en medio del puente de embarque.

— Ehm… No, ya voy— contestó nervioso y Carlisle lo noto ¿Qué era lo que le ocurría? "De seguro está nervioso por lo nuevo de todo esto" pensó

El chico, después de suspirar un par de veces más, siguió la marcha en la escalinata para subirse. Esme lo abrazó con fuerza, sabiendo lo complicado de la situación para este.

En cuanto se separaron, Edward fue a sentarse en unas bancas que había ahí y se aferró a estas con un miedo que no podía describir, lo más lejos de la borda que sus piernas hechas gelatina le dieron.

—Vaya, bastardo. Estas tan pálido que te asemejas a la pintura del yate —se burló Elizabeth saliendo a cubierta.

— ¿Madre que haces aquí? —preguntó Carlisle con un poco de molestia.

—Pues vi que habías alquilado un yate y pensé que era para todos —dijo su madre con fingida inocencia.

Poco a poco el yate comenzó a moverse y el miedo se hizo aún más grande en el interior del chico, que había perdido todo atisbo de color de su rostro y que permanecía con los ojos cerrados recordando aquel momento en que su miedo comenzó.

Edward, hazle caso a tu tío y si sientes tu caña de pescar muy pesada dejas que él saque el pescado —le advirtió Esme a su bebé mientras le daba besos por todo el rostro.

Sí, Esmi —sonrió el pequeño de cuatro años antes de removerse para salir de entre los brazos de su madre.

Y tú, Eleazar, más te vale que no se te ocurra jugarle una mala broma a mi hijo o lo pagaras —le advirtió la joven a su hermano.

Tranquila, Esme. No le pasará nada. Está en buenas manos —sonrió el hombre tomando las manos de los pequeños para ayudarlos a subirse al bote.

Horas después Emmett, Eleazar y Edward estaban sentados en el bote comiendo un emparedado. Los pequeños reían y les daban a los peces las orillas que Esme le había quitado a sus panes y había puesto aparte para dicho motivo.

Se encontraban en un lugar un poco tranquilo pero de no ser por el ancla, se movieran rio abajo.

Edward, mira hay uno azul —dijo Emmett viendo los peces del lado contrario a su primo.

El pequeño cobrizo se movió con cuidado para poder observar el pez que su primo había visto.

Siguió arrojando migas para ver su el pez salía el problema se presentó cuando al asomarse su tío que se estaba quedando dormido sintió que algo había picado el anzuelo por lo que se sobresaltó y el movimiento hizo que Edward perdiera el equilibrio, cayendo al agua.

Comenzó a chapotear mientras la corriente se lo llevaba pero lo que hacía era hundirse más y revolcarse por el movimiento del agua que le llenó los pulmones impidiéndole respirar, gritar o lo que fuera. Estaba desesperado por salir a la superficie pero sentía como que se hundía más. Lo último que vio antes de desvanecerse fue la camisa color mostaza de su tío cuando llegó a él.

—Edward, cielo. Abre los ojos —escuchó a su madre preocupada—. Carlisle trae alcohol, algo. Edward se desmayó.

Enseguida el fuerte olor lo hizo reaccionar y abrió los ojos un poco, aun mareado.

Tenía la cabeza recostada al pecho de su madre y lo observaba preocupada mientras le pasaba las manos por el rostro sudado.

— ¡Oh, cielo! ¿Cómo te sientes? —le preguntó Esme aun arrullándolo.

Edward estaba desorientado y sentía todo el movimiento del navío.

—Creo que voy a vomitar —susurró solo lo suficiente para que su madre lo escuchara.

— ¡Traigan un balde! —exclamó Esme.

El balde llegó justo a tiempo para que Edward metiera la cabeza y vaciara el estómago. Carlisle miraba a su hijo con horror, no porque estaba vomitando si no porque no esperaba que eso sucediera. Que se iba a imaginar que su hijo le tuviera fobia al agua y que sumado a eso se marearía con el movimiento de este.

Luego que el chico dejara de vomitar le pasaron un vaso de agua para que se enjuagara la boca y Carlisle lo ayudó a caminar hasta la habitación donde se quedaría.

¡Maldita sea! Y yo que pedí todo el fin de semana. Fue el pensamiento de Carlisle cuando salió de la habitación y escuchó a su hijo vomitar nuevamente.

Suspiró resignado y buscó al doctor que estaba por unírseles.

—Tu hijo esta tan aterrado por la idea de estar montado en un "botecito" y se siente tan mal por el movimiento del barco y su estado depre que ni se percató que lo estabas llevando —sonrió Esme.

—No te veo preocupada —dijo Carlisle extrañado.

—Lo estoy, solo que no hay peligro y en realidad Edward está tomando muy bien su acuafobia.

—Si hubiera sabido no ideo todo esto —estaba arrepentido por plan.

—Lo hiciste por mí, sabes que me encanta navegar —le sonrió Esme acariciando su mejilla—. Tenía muchos años sin subirme a un navío y cuando Edward se cayó del bote pensé que no lo haría jamás o por lo menos hasta que Edward se independizara. Gracias Carlisle, es el mejor regalo que me han dado en muchos años.

Y sin más le besó castamente en los labios y sin decir nada más se metió en la habitación de Edward dejando a Carlisle embobado.

Esme entró a la habitación sonrojada y no se le quitó cuando se topó con la verdosa y sudada cara de su hijo.

—Quiero bajarme de esta cosa monstruosa —murmuró Edward quien lo único que percibía era el movimiento del yate.

—Lo siento mucho, cielo. Estaba tan emocionada por subirme al barco que te obligué sabiendo el pánico que le tienes al agua —dijo Esme con tristeza.

—No importa. Solo sácame de aquí — murmuró Edward con los ojos cerrados, acostándose boca abajo en la cama con el rostro fuera y un cubo en el suelo.

—Qué más quisiera yo, pero ya estamos lejos del puerto.

— ¿Qué? Mamá, sácame de aquí. Por favor, sácame de aquí —comenzó Edward desesperado abriendo los ojos, sus manos temblaban frenéticamente—. Hablaré con el abuelo, le explicaré a Alice y a Emmett todo lo que quieran de matemáticas, incluso química. Por favor —la voz de Edward se quebró mientras Esme se acercaba para abrazarlo.

Esme lo apretó contra su pecho y comenzó a sobarle la espalda mientras le decía palabras cariñosas y reconfortantes.

—shh… shh… mamá está aquí. Y mientras esté aquí nada te pasara —le susurró apretándolo más a ella—. Vamos a descansar. Me quedaré contigo si así lo quieres.

Edward asintió pero no se acostó en la cama, se quedó entre los brazos de su madre con la cabeza recostada de su hombro.