Los personajes son originales de Rumiko Takahashi, la historia es completamente mía.

¡Qué la disfruten!


Capitulo 9: Melancolía

Cada vez estaba más oscuro y la noche estaba resultando bastante fría. Inuyasha tuvo que hacer acopio de valor para voltear y mirar a Kagome, hacer eso había conseguido que se le subiera la sangre a la cabeza haciéndolo sonrojar. Él no estaba desnudo, tenía el haori abierto y el hakama bien atado ya, pero el de Kagome estaba hecho trizas y su haori blanco estaba sucio y en mal estado. Por lo que, por desgracia, ella estaba desnuda de la cintura para abajo. Gracias a todo lo que era bueno en el mundo, no se veía algo exactamente comprometedor, o más o menos… Inuyasha jamás había sido tan consciente de la extensión de sus largas piernas, incluso cuando ella usaba esa pequeña falda con tan poca tela… ¿por qué, precisamente ahora, tenía que notar que Kagome tenía unas piernas atractivas? Torneadas, envueltas en una piel que a leguas se veía suave y delicada… ¡Maldita sea!

Respirando profundo, Inuyasha tomó su haori de ratas de fuego y lo colocó alrededor de los hombros de la chica que le parecía indefensa y asustada en esa posición retraída. Al sentirlo, Kagome se abrazó con más fuerza a sus rodillas y hundió más su cabeza, si es que eso era posible. Incómodos minutos de silencio se convirtieron en horas. Los dos pugnaban por decir la primera palabra, pero sus propios complejos se los impedían.

Pasó un tiempo más y en una ridícula pero casual sincronización ambos se voltearon y sus miradas después de mucho tiempo se volvieron a encontrar. Ninguno de los dos encontró en el otro las acusaciones, heridas, tristeza o reclamos que esperaban encontrar. Kagome temía que Inuyasha estuviera asqueado de ella y que por lo tanto la mirara como miraría a un pedazo de estiércol, e Inuyasha por su parte, temía reconocer en Kagome el miedo a él, el reclamo y la acusación por una actitud reprobable peor que salvaje, y sin embargo… sus rostros sonrojados y sorprendidos fue lo que pudieron ver únicamente. Se sonrieron apenas con timidez y resolvieron que, al menos por ese momento delicado, no necesitaban hablar, ni justificar o explicar nada más.

Inuyasha se volteó para brindarle a Kagome algo de privacidad y ella después de deshacerse de su haori sucio y harapiento, envolvió su cuerpo con la prenda de Inuyasha. No pudo evitar aspirar profundo, la prenda olía a él, ¿por qué de pronto notaba el aroma de Inuyasha? ¿Tenía sentidos más desarrollados ahora, o es que simplemente lo percibía más concienzudamente porque lo habían hecho? No quiso saberlo, no por el momento. Kagome tampoco quiso ser cargada, el contacto físico era demasiado para su sanidad mental —también para la de Inuyasha—. Caminar, caminar los despejaría, los tranquilizaría, y aunque en realidad les faltaba medio camino por recorrer, ambos preferían hacerse dos días a pie, que una tortura de incomodidad soportando el contacto. Y no es que se repudiaran el uno al otro, pero vamos, tampoco estaban felices, ¿cierto? ¿CIERTO?

Habían caminado toda la noche, pero ¿quién puede dormir con los pensamientos haciendo tanto ruido en la cabeza? Kagome tropezó sin caer, pero de todas maneras comenzaba a reconsiderar eso de caminar. Se le había roto el cordón de una de sus zoori y esa sensación que le atraviesa a uno cuando rompe un espejo e inmediatamente cruza después un gato negro, la embargó. Tenía que admitir muy a su pesar que estaba cansada, y hambrienta, hambrienta pero de comida normal. Había pensado que quizás, sólo quizás, con su nueva condición de hanyou —pues eso había insinuado Kyouketsuki que era— tendría por lo menos más resistencia y sentiría menos dolor, como Inuyasha. Pero había sido un error. Tenía frío, le dolían las piernas y además ya no se acostumbraba a tenerlas expuestas; estaba totalmente exhausta, pero permaneció en silencio, con sus pies descalzos esperando el triste y vergonzoso momento en que sucumbiera agotada.

—Descansemos aquí —dijo Inuyasha, y bendito fuera, parecía como si le hubiese leído la mente.

Ella asintió en silencio, sentándose pesadamente y recargándose contra el grueso tronco de un árbol. Que delicia exquisita, incluso fue tan agradable el sopor que se olvidó del frío. Cerró sus ojos, sólo por un momento, no se dormiría, sólo descansaría un rato y no, no se dormiría…

Inuyasha había hecho una fogata en cuestión de minutos, sólo para descubrir que Kagome había caído como piedra, durmiendo profundamente. Se sintió mal por no haberse detenido antes. La había notado cansada y su aspecto desmarañado era como mínimo una mala señal. Aún así no quería parar, caminar los distraía y los mantenía ocupados, si se detenían probablemente sería incomodo para ambos, así que prefirió ser un insensible patán ignorando el malestar de su compañera y siguiendo adelante, quizás no había sido bueno, pero ahora no estaba seguro de poder volver a actuar bien alguna vez en su vida en el futuro. Agradeció al cielo que ella se hubiera dormido. Mejor si uno de los dos no estaba allí, al menos de forma parcial.

Ella temblaba, así que la tomó con cuidado y la arrimó más cerca del fuego para que se calentara; no conforme con eso se quitó también su haori blanco y la cubrió con él. No pudo evitar sonreír como idiota cuando ella se acurrucó y se encogió entre sueños para taparse lo mejor posible con esa nueva fuente de calor para su cuerpo. Inuyasha realmente quiso golpear su cabeza contra una roca cuando sintió una calidez en el pecho fuertemente ligada con lo que veían sus ojos. ¿Qué demonios le estaba pasando? También sintió un enorme hueco en el estomago que nada tenía que ver con el hambre. Suspiró. ¿Habría lastimado a Kagome? ¿Qué clase de bestia era? Estaba totalmente seguro que ni siquiera Miroku habría hecho una cosa así.

Inuyasha se sentó meditabundo al otro lado del fuego crepitante y mantuvo los ojos fijos en el pequeño ovillo en el que ella se había convertido. Su mirada se suavizó y por primera vez en su vida desde que la conocía, la observó. Había escuchado cientos de veces cuando le decían lo hermosa que era, sin contar el resto de las estúpidas virtudes que le propinaban, de todas formas para él todo eso era basura y no sabía de las cosas buenas de Kagome tampoco, lo único verdadero es que ella se había convertido en lo más importante para él. Lo sí que sabía es que siempre la protegería, y que se alegraba de que ella hubiera decidido estar siempre a su lado; pero ahora… La razón no le permitió negar lo que sus ojos veían: Kagome era una mujer muy bonita. Con su cabello negro enmarcándole la cara y todos esos reflejos por el fuego, sintió ganas de extender la mano para tocarla y comprobar que era real y no una visión etérea.

Tuvo que admitir que se sentía tremendamente avergonzado y agradeció que nadie pudiera ver el ridículo rubor que probablemente se había extendido por su cara al ver a Kagome y luego recordar lo sucedido. Y es que era la primera vez que…. bueno, la primera vez que había hecho algo así. No es que fuera un ignorante, pues vivir tanto tiempo sólo en la crudeza del bosque entre animales y youkais no dejaba nada a la imaginación. De todas maneras entre la búsqueda de la fuerza y la lucha por sobrevivir jamás había tenido tiempo de plantearse una actividad sexual, tampoco que le hubiera interesado. Todo eso había estado en otro plano, uno que ni siquiera había llamado su atención, hasta ahora. El vacio en su estomago y la calidez en su pecho, esas cosas lo estaban volviendo loco. Sólo esperaba con todas sus fuerzas terminar la noche totalmente cuerdo…

...

Cuando Kagome abrió los ojos sobresaltada por haberse quedado dormida, lo primero que divisó fue a Inuyasha rígidamente sentado enfrente de un fuego ya extinguido. Se incorporó lentamente y al hacerlo sintió que de sus hombros resbalaba una prenda cálida, así que se la volvió a acomodar porque era bastante agradable no sentir de lleno el frío de la mañana sobre sus hombros. Su cerebro tardó un poco más para hacer "clic" pero cuando lo hizo constató que la prenda que sujetaba era el haori interior de Inuyasha —como si no tuviera ya suficiente de su aroma—, y que él estaba desnudo de la cintura para arriba. Giró rápidamente la cabeza tratando de contener la respiración, la visión era demasiado para ella, era lo menos que necesitaba. ¡Rayos! Justo cuando igualmente su mente le había jugado sucio con sueños poco licenciosos.

—Estás despierta —dijo como única observación su compañero. Con un poco de tierra y las brazas que sobrevivían de la fogata quedaron completamente apagadas—. Es mejor que nos vayamos. Toma.

Kagome cogió lo que el hanyou le había extendido: una de sus zoori completamente arreglada, lista para volver a usar y evitar caminar por allí descalza.

—Gracias —expresó con sinceridad, con una tímida sonrisa.

Con sus manos, Kagome tuvo el impulso de tantear su zoori ahora arreglada. Aunque estaba desgastada ya, Inuyasha tuvo el tacto de atarle el cordón con un pedazo de tela de su haori interior, dejándola más reforzada, para caminar muchos, muchos pasos más. Antes de que su mente comenzara a divagar, se colocó su calzado y junto a él se puso en marcha. Probablemente caminarían un día entero más hasta llegar a la aldea. Esperaba que en el trayecto no ocurriera nada más, ya había tenido suficiente con el reciente accidente del día anterior.

Cuando su estomago rugió, Inuyasha se detuvo.

—Perdón —se disculpó Kagome prestando atención a un interesante punto en el suelo cubierto de hojas.

—Hay un río cerca —señaló—, podemos pescar algunos peces y asarlos.

—Si —asintió automáticamente.

—Entonces vamos —dijo él, tomando un camino hacia la derecha, desviándose de su destino.

—Sí.

¿Pero qué diantres le pasaba? Kagome se regañó mentalmente, estaba actuando como una retrasada. Caminaba con torpeza y se tropezaba, y cuando él le decía algo —y no es que le hubiera dicho mucho—, ella respondía con un monosílabo y como una autómata simplemente lo seguía tambaleándose como si caminara sobre fango. Al irse Inuyasha al río, ella quedó sola encargada de la fogata, ¡gracias a los dioses! Era como si él y su cercanía le hiciera un corto circuito a su cerebro y no lo dejara funcionar bien. Prender la fogata fue difícil, todavía no se acostumbraba a la falta de cerillos o encendedores de gas. Afortunadamente logró hacerlo antes de que Inuyasha llegara para verla hacer el ridículo.

En tanto los dos permanecían en silencio, los pescados se estuvieron asando pronto sobre unas varas en el fuego. «Di algo» se decía Kagome mentalmente mientras se escuchaban los crujidos del pescado al cocerse. «Cobarde» se recriminó «cobarde y mil veces cobarde».

—Kagome.

Cuando escuchó su nombre se sobresaltó y lo miró atentamente como esperando que le explotara la cabeza o algo por el estilo.

—¿Si? —atinó a responder. Genial, otro monosílabo.

—Yo… No me odies—expuso finalmente sin mirarla a los ojos.

Inuyasha rara vez decía cosas que pudieran enternecerla tanto como intimidarla al mismo tiempo, era tan poco común como los años bisiestos; así que respiró profundamente, demasiado. Llenó sus pulmones de oxigeno como si se tratara de valor y cerró los ojos por unos segundos.

«Allá vamos»

—No te odio Inuyasha —respondió sintiéndose feliz de ser capaz de pronunciar más de una palabra, mirándolo de reojo, aprovechando que él no la miraba a ella—. Tampoco te tengo miedo —se apresuró a agregar antes de que él preguntara—. Sólo me siento muy avergonzada de haber actuado como lo hice, y estoy también aterrada. ¿Tú me aborreces? Lo siento —continuó—, no estaba siendo yo misma.

Él la miró fijamente por un momento callado, hasta que soltó el aire que también estaba conteniendo. Ella, por supuesto, ya no lo estaba viendo, en su lugar se concentraba en el jugueteo nervioso de sus dedos.

—Yo no te aborrezco —declaró planamente—. Tampoco estaba siendo yo. Perdón.

—De acuerdo… —Se silenció un instante, observando como él no perdía de vista fijamente un punto en el horizonte—. Podemos… ¿podemos volver a como era antes y olvidarlo? Realmente no me gusta que estemos así.

—A mi tampoco —confesó.

Todo el tiempo estaban evadiendo las miradas. A ratos, Inuyasha la observaba y ella, sabiéndolo, giraba su cabeza y se entretenía con algo, y cuando por fin decidía enfrentarlo, era él quien se giraba y perdía la vista en cualquier nimiedad cercana que le distrajera, y cuando él decidía enfrentarla finalmente, ella se acobardaba y se giraba… y así, como una clase de circulo vicioso. Pero al menos habían dicho lo que tenían que decir, eso era un pequeño, pero muy pequeño avance.

...

Un día y medio después habían llegado a la aldea, cansados. No habían intercambiado muchas palabras que digamos y también continuaban avergonzados, pero al menos estaban seguros de que no había resentimientos. Lo demás, probablemente, y sólo probablemente era cuestión de tiempo. O al menos eso esperaban los dos.

En cuanto entraron a la aldea, Kagome se dispensó con excusas poco creíbles y corrió donde Sango. Realmente la necesitaba.

—¡Kagome! Estábamos preocupados por ti, te fuiste de repente así sin más con Sesshomaru, ¿qué pasó? —le dijo Sango nada más al verla asomarse por la puerta de su cabaña.

—¡Oh, Sango, Sango, Sango, Sango! —espetó trémula Kagome abrazándose a ella aprovechando que no cargaba a ningún bebe en ese momento.

—Por Dios, ¿pero qué ha pasado? ¿Por qué estás así?

—¡Tía Kagome! —se escucharon dos vocecitas al unísono llamándola.

La chica tuvo que reaccionar, no quería asustar a las hijas de su amiga.

—¡Niñas! —Las pequeñas se acercaron corriendo hacía Kagome quien extendió los brazos para acogerlas a ambas.

—Tía Kagome, tía Kagome —dijo una de ellas levantando su cabeza—. ¿Me peinas?

—A mi también —se sumó la segunda pequeña.

—¡A mi primero!

—No, ¡a mí!

—¡Hey! —intervino ella, antes de que se convirtiera en una lucha campal y acordó—: no importa quién sea primero, las peinaré a ambas.

Las dos asintieron divertidas y le brindaron a Kagome una peineta para el cabello y una de ellas, Kagome no supo cual, se sentó apresuradamente entre sus piernas frente a ella. La otra gemela, mientras tanto, enfurruñada se sentó a un lado, resignándose a esperar.

—Lo siento —dijo Sango disculpándose y encogiéndose de hombros.

—No te preocupes, necesito distraerme de todas formas.

—En cuanto llegue Miroku, podremos hablar.

Kagome asintió despreocupada. Pensándolo mejor, no tenía ninguna prisa.

Las pequeñas hijas de sango eran un remolino andante. Corrían por todos lados y solían jugar a confundir a la gente cuando estaban de buenas, cuando no, no dejaban de pelear. Jugaban con los otros niños de la aldea, torturaban a Shippou y a Inuyasha de vez en cuando además de a sus padres, y sin embargo se habían ganado el corazón de las personas, sobre todo el de Kagome, quien junto con Rin, jugaban con ellas a menudo. El cabello de las niñas era un poco corto, pero la chica se las había ingeniado para trenzarlo lo mejor posible. Una vez terminado con la primera, la siguiente niña la quitó a empujones y se dispuso a ser peinada. Esas pequeñas cosas hacían que Kagome se sintiera más relajada.

Miroku tardó en aparecer, y cuando lo hizo Sango no dudó en dejarle la tarea de cuidar a los niños para tomar a Kagome y salir un rato.

Desperezándose al caminar, la exterminadora le brindó una sonrisa perezosa pero agradable a su amiga.

—Es difícil cuidar a los niños, y a veces me desesperan las gemelas —comentó casualmente—, pero los amo.

Kagome sintió un aguijonazo de envidia, que de inmediato se desvaneció para convertirse en una sincera alegría por su amiga. Se le veía muy feliz, y Kohaku la visitaba a ella y a su nueva recién familia con bastante frecuencia. Estaba contenta de que Sango, quien había sufrido tanto en la batalla contra Naraku, hubiera recuperado, e incluso aumentado su felicidad después de todo. Realmente se lo merecía. Y además, la armonía entre sus amigos, muy a menudo resultaba contagiosa, creando un agradable ambiente.

Muy pronto llegaron caminando a las afueras de la aldea, cerca de los plantíos de arroz bajo un árbol, un lugar perfecto para relajarse un rato. Sango observó a Kagome esperando que ella le dijera lo que antes había querido, sin embargo la chica estaba en total y completo silencio, la había perdido.

—¿Kagome? —La aludida reaccionó y sonrojada trató de ocultar un poco su mirada bajo su flequillo—. ¿Qué pasó cuando te fuiste con Sesshomaru? ¿Por qué han tardado tanto en regresar tú e Inuyasha?

—Ay Sango —suspiró Kagome resignada—, pasaron tantas cosas. Conocí a la persona que me transformó en un vampiro, es un monje-ermitaño agradable, y supe lo que tenía que saber sobre mi nueva raza. —Eso había sonado simpático, tanto que sonrió con ironía antes de continuar—. Pero la más sobresaliente de todas, y también la más vergonzosa, es que cuando mi cuerpo requiere sangre, atraigo al género masculino —Kagome estuvo tentada a decir "puedo seducir hombres" pero sonaba demasiado atrevido para sus oidos. Sango la miró contrita, estaba al tanto y hubiera preferido que Kagome no lo supiera durante algún tiempo más, pero posiblemente era mejor así… —. Sango… Sango… Ay Sango —lloriqueo inquieta sin derramar lágrimas.

—Tranquila, no pasa nada, te acostumbraras y podrás lidiar con eso entonces —le consoló su amiga, abrazándola cuando Kagome se puso histérica.

—No, no, es que no entiendes, no sabes… —¿Por qué tenía que ser tan difícil decirlo?

—¿Saber qué? ¿Cómo quieres que sepa si no me dices?

—Es que… es que…— Kagome respiro hondo, hasta que sintió que sus pulmones explotarían con tanto aire—. ¡Inuyasha y yo lo hicimos! —soltó finalmente junto con todo su aire de golpe, enrojeciendo hasta la medula y cubriendo su rostro con sus manos.

Sango la miró con la boca muy abierta durante un minuto que pareció eterno.

—Vaya… —dijo lentamente y con cautela—, vaya —repitió esta vez con más picardía—, ¡vaya!

—¡No te burles Sango! —suplicó la chica, escuchándose su voz rara a través de sus manos.

—Con razón tardaron tanto en volver —río Sango.

—¡No es gracioso!

Kagome hubiera querido contarle las circunstancias en que se dio todo, pero era tan personal y tan vergonzoso que se abstuvo de hacerlo.

—Vamos, no pasa nada, ¿tu lo quieres, no? Y todos sabemos que el te quiere a ti, no veo por qué tanto… oh.

—¿"Oh" qué? —preguntó Kagome cuando Sango dejó de bromear para ponerse seria, tanto que la aterrorizó más de lo que ya estaba.

—¿Sabes lo que significa, no?

—¿Qué lo hicimos sin protección? ¿Las consecuencias? ¿Las enfermedades? ¿La culpa? ¿La poca comunicación? —Ya, iba a enloquecer, definitivamente.

Sango arqueó una ceja sin tener la mínima idea de lo que su amiga hablaba, aún así continuó:

—Me refiero a que no puedes ser más una sacerdotisa. Lo sabes, ¿no? Una miko tiene que ser casta y pura para que sus rezos y acciones lleguen a los dioses. Tendrías que estar sólo dedicada a la aldea y a su gente, a su servicio. Por eso los baños de purificación y un poco el aislamiento.

—¡Dioses! Eso suena tan… —Kagome tuvo que evitar decir la palabra "anticuado" por un momento había olvidado que estaba en el pasado, quinientos años para ser exactos—. ¿Es en serio?

Sango Asintió.

—Tienes que decírselo a Kaede. No es como si fuera el fin del mundo, es sólo que ya no puedes desempeñar esa tarea.

—Ya… ya veo.

La charla no continuó más allá de eso, Kagome estaba totalmente desencajada. Así que Sango resolvió que necesitaba dejarla a solas un rato y regresó a su cabaña.

Tenía que ser una broma, una de muy mal gusto. Desde que había llegado al Sengoku no había sabido de otra cosa más que de usar sus poderes y entrenarse para volverse más fuerte. Había atravesado tantas cosas al lado de Inuyasha y sus amigos y ella siempre había sido la menos útil, primero porque era demasiado débil y después porque sus poderes estuvieron sellados. Sin sus poderes de sacerdotisa, Kagome no tenía nada más. No tenía la fuerza de Inuyasha, ni la agilidad de Sango, tampoco tenía la sabiduría de Miroku y ni siquiera los trucos de Shippou. Sin sus poderes volvía al principio, cuando no se hallaba en ese lugar, cuando sólo era una molesta carga. Sintiéndose desprotegida y repentinamente desnuda, regresó a la cabaña con Kaede, quien la esperaba cocinando un estofado para la cena junto a Rin.

—Al fin has llegado, Kagome, ¿dónde has estado todos estos días?

Kagome no se atrevió a mirar a la abuela Kaede a la cara, ¿cómo se lo diría? Ella había estado enseñándole muchas cosas muy arduamente, confiando en que ocuparía su lugar en el futuro, y sin embargo ahora simplemente ya no podía ser más aquello para lo que se suponía se entrenaba y se preparaba a diario desde que había llegado a Sengoku. ¿Qué hacía en ese lugar entonces?

—No tengo hambre abuela Kaede, saldré un rato —musitó apenas Kagome, saliendo de la cabaña, dejando tanto a Kaede como a Rin atrás.

Ya era de noche y no había visto a Inuyasha en todo el día. Pensar en él ensombreció más su semblante. De un día para otro su agradable y cómoda rutina en el Sengoku jidai se había desvanecido y todo parecía derrumbarse a pedazos, tan rápidamente que ni siquiera se había dado cuenta de cuándo o cómo había comenzado. Estresada y sumamente desanimada Kagome caminó guiada por una fuerza conocida como "anhelo" hasta un lugar que había tratado de evitar y que muchas veces incluso hasta había conseguido olvidar: el pozo devora-huesos.

Apenas había pasado un año cuando mucho y ya crecían hojas y maleza alrededor del pozo, y era comprensible, recientemente aparecían menos monstruos en las cercanías. Después de un sonoro suspiro se acercó como alguna vez en el pasado, cuando buscaba por primera vez regresar a casa. Era otoño y hacía frío, y aunque no lo hiciera, Kagome se sentía tan vacía y miserable que de todas maneras experimentaría escalofríos. Los acontecimientos de las últimas semanas la tenían destrozada. Había intentado ser fuerte y no llorar, pero ahora, en la soledad del bosque oscuro, lejos de ojos curiosos o preocupados, se permitió desahogar toda esa tristeza y frustración que se habían apoderado de ella poco a poco, hasta que finalmente lo que le había dicho Sango había sido la gota que derramara el vaso.

Primero fueron lágrimas silenciosas, cuando todavía intentaba contenerse, pero finalmente mandó toda la fortaleza absurda por un tubo y partió en un llanto poco más que desgarrador, lleno de dolor como hace mucho-mucho que no hacía. ¿Qué se supone que sería de su vida ahora? Estando en el futuro si hubiese reprobado un examen para entrar a la universidad hubiera elegido otra cosa o hubiera esperado un año para volver a intentarlo estudiando con ahínco. Allí, sin embargo, estaba atada de pies y manos en un mundo del que sólo conocía una parte, en el que no podía desenvolverse con soltura, en el que en un tiempo había sido alguien útil y en el que justo en ese momento ya no era nadie y no servía para nada. No sólo ya no podía ser una sacerdotisa, sino que tampoco era una humana, y por un estúpido impulso, de alguna forma, también se sentía muy lejana a Inuyasha, la única posible razón por la aceptaría perder lo que ya había perdido.

Sola. Nunca antes se había sentido tan sola.

Cuando se le había acabado la voz para gritarle como energúmena a la nada, continuó llorando en silencio sin poderlo evitar, hipando y lamentando su triste destino. ¡Qué bonita debía verse! Una chica de 20 años extrañando a su mamá y a su familia, llorando por una separación que ella misma había elegido y de la que nunca se había arrepentido, quizás hasta ahora un poco. Sango estaba muy ocupada, Rin era una niña, ver la anciana cara de la abuela Kaede la llenaba de remordimiento, Shippou tenía una nueva legión de amigos zorritos, Inuyasha no estaba, y ella no tenía a nadie. Descubrirlo y planteárselo así no ayudo mucho a que se sintiera mejor.

—¡¿Qué se supone que voy a hacer si no hago aquello para lo que he nacido? —gritó molesta y enfurruñada al vacio oscuro, escuchando por única respuesta su eco y quizás el ulular de algún búho molesto por allí. ¡Grandioso! Quizás debería ir acostumbrándose a la práctica y encantadora compañía de los animalitos del bosque.

...

Inuyasha había pasado el día entero cavilando en una rama de un árbol cercano a la aldea pero con abundante maleza para evitar ser detectado por Kagome. Aunque en apariencia las cosas estaban bien entre él y ella, lo cierto es que entre ambos había una tensión tan increíblemente notoria que resultaba incomodo. Estar lejos de Kagome también era equivalente a estar de mal humor, así que para desahogarse había maldecido a todas las cosas a su alrededor: aves, cielo, tierra, bosque, el árbol donde estaba, la rama, las hojas, el viento, el clima, la gente de la aldea, la aldea misma, los insectos, él mismo… en fin, todo. Una vez que se cansaba volvía a pensar las cosas sin llegar a ninguna conclusión y luego cuando se desesperaba volvía a maldecir en una retahíla de palabrotas que ni siquiera recordaba un segundo después. El desgraciado día había sido eterno y se había comenzando a sentir ansioso.

Detestaba también el hecho que a su memoria retornaran trozos de recuerdos de lo sucedido en el bosque dos días atrás. Apretaba con fuerza los puños intentando borrar de su mente la sensación de sus manos al tocar el cuerpo femenino. Trataba férreamente de controlar la respiración que se agitaba con tan solo rememorar los colmillos de Kagome en su cuello y sus pequeñas uñas enterrándose en su carne por donde lograban pasar sus dedos. Sin embargo nada estaba funcionando, y eso lo hacía empeorar su humor tanto como no estar cerca de ella. Lo más lamentable de todo era que no estaba seguro si se volvería a repetir, estaba incluso más furioso porque una parte ansiosa de su anatomía sólo aguardaba el momento de repetirlo, mientras que su cerebro se picoteaba constantemente tratando de pensar en la forma correcta de actuar la próxima vez que ella tomara su sangre.

Cuando cayó la noche, su olfato lo alertó de la cercanía de la mujer que había estado pululando en sus pensamientos haciendo trizas su cerebro. La observó entre la maleza y se mantuvo quieto temiendo ser descubierto. Cuando ella pasó de largo, él olvidó absolutamente todo y la siguió hasta donde se detuvo en el pozo devora-huesos. Una especie de malestar peculiar apareció fastidiando por allí en alguna parte de su pecho, reconociéndolo muy familiar, era lo que se sentía cada vez que Kagome se iba por días interminables a su época y él la tenía que esperar. Seguramente ahora no podría irse, y aunque sonaba asquerosamente egoísta, estaba sumamente aliviado de ello. Pronto descubrió que la chica lloraba, y cuando estuvo decidido a aparecer frente a ella, un llanto lastimero y más fuerte comenzó petrificándolo de una manera dolorosamente punzante. ¿Qué demonios le pasaba? Él jamás la había visto llorar así. ¿Le dolería algo? ¿Se habría lastimado?

«No llores, no llores» quería gritarle. Quería zarandearla y obligarla a que le dijera quién le había hecho daño, quería asegurarse de que estaba todo bien. Pero un lado patéticamente cobarde suyo lo obligó a aguardar allí escondido, limitándolo a observar el dolor de su compañera que increíblemente se había convertido en el suyo.

Después de todo ese tiempo, la había escuchado gritar y sus palabras habían hecho eco en sus pensamientos. Cuando ella cayó por fin rendida y sus ojos se cerraron indicando que dormía, Inuyasha bajó de la rama del árbol donde se había ocultado y se permitió observarla con detenimiento. Los ojos de Kagome, aún cerrados se denotaban hinchados, y en sus mejillas estaban los rastros de las lágrimas derramadas. Él se acuclilló a su lado, y retiró el cabello húmedo de su frente, y esbozó una sonrisa forzada.

No sabía que pasaba, pero las palabras de Kagome no le habían gustado nada.

—No seas idiota —le murmuró —tú has nacido para conocerme y estar a mi lado.

.


Me he deprimido un poco escribiendo este capitulo. No me pregunten el por qué, pues pienso que es obvio. De verdad me ha dolido hacer sufrir a Kagome, pero también admito que está en mi naturaleza malvada hacerlo. Creo que particularmente ésta vez me olvidé un poco de Inuyasha, pero tomando en cuenta los primeros capitulos de inconsciencia para ella, creo que ya están equilibradas las cosas.

He estado escribiendo mucho y muy rápido para recuperar el tiempo perdido, además de que estoy de vacaciones y estoy tan inspirada que hasta sueño con esta historia. Mi cerebro ha tenido un ataque diarreico y mis musas han estado bastante activas y más vale aprovecharlo ahora, ¿no creen?

No me canso de repetirlo una y otra vez: Muchas, pero muchísimas gracias por todo el apoyo que me han conferido. Los comentarios, los favoritos y los alertas, ¡vaya! se que no son muchos a comparación de otras escritoras, pero realmente soy feliz con los poquitos que sean y quiero que sepan que me dan muchísimos ánimos.

Y finalmente no me queda más que despedirme deseándoles suerte. ¡Nos vemos hasta el próximo capitulo!

EDIT: En el blog que ya conocen (taniasfanmade -punto- wordpress -punto- com), dibujé una escena, esa casi del final donde Kagome llora. No pude resistirme, la tenía grabada en mi cabeza y quería que otras personas no sólo la leyeran, sino que también la vieran. Soy una bebe llorona ;_;