Gioca.
El olor a pan recién hornead me trajo de regreso a la realidad. Mi estómago gruño con fuerza lo cual me hizo apretar los ojos en un intento desesperado por volver a dormir, si dormía no pasaría hambre.
Mi cerebro decidió reaccionar y darse cuenta que el olor venia de dentro de la casa.
No estaba sola.
Aspros!
Tomé mis ropajes de entrenamiento y me los puse lo más pronto que pude una vez lista abrí la puerta con cuidado y silenciosamente esperando no atraer su atención. Tenía que salir de ahí sin que me viera.
No estoy segura si sabía o no que estaba en mi habitación pero no me iba a dar el lujo de averiguarlo. Me dirigí de puntitas por la casa mientras me maldecía por haber despertado, en mi cabeza repetía una y otra vez cada plegaria que había aprendido en la infancia, levantando mi voz interna para que alguien me escuchara; reduje mi cosmo hasta apagarlo por completo… me daba pavor inclusive respirar.
Logré escabullirme tan silenciosamente como pude por la mayor parte de la casa. La paranoia se adueñó de cada uno de los músculos en mi cuerpo y juro que por un momento logré agudizar mi sentido del oído de manera increíble.
Sorteé cada obstáculo, pude desplazarme por cada uno de esos rincones sin ser detectada, estaba a unos cuantos metros de llegar a la ventana y en ese momento… lo escuché
- Te diriges hacia algún lado, Gioca?
Demonios, estuve tan cerca!
Sentí como su mirada se clavó en mi espalda y el peso de todos los días anteriores se hizo presente agudizando el dolor en cada uno de los sitios en los que mi cuerpo que había sido maltratado; pero el dolor no solo era físico mi ego, mi dignidad, voluntad, los vestigios de mí alma todo ello concentrado en un lugar, en un casi inservible saco de piel y huesos rotos e irregulares… todo mi interior igualaba a mi exterior y no eran más que bazofia.
Y eso era lo más doloroso, mi interior dolía.
Ahora mismo no tengo la fuerza necesaria para pelear con el maestro, no en este momento. He peleado sin descanso exigiendo a mi cuerpo que se sobre trabaje aun sin estar completamente recuperado de la última vez que me pateó el trasero. No recuerdo todavía todos y cada uno de los castigos que recibí, de las humillaciones. No puedo…
- Gioca, responde.
No tiene caso mentir… no puedo hacer nada contra él.
- Pensaba salir.
- Salir, uh? Y a dónde irías?
- Lo sé, sé que soy una estúpida que no piensa las cosas más allá del momento. Que se deja llevar por sensaciones y tonterías como la lealtad y el sacrificio. Sé que no soy más que una mocosa que por una mala jugada del destino regresó a un lugar del que sus padres la habían logrado sacar y este es mi castigo, este es el maldito precio que tengo que pagar por pisotear la memoria y los esfuerzos de mis padres, no soy más que una maldita basura, una ladrona que intentó hacer las cosas correctamente pero que está podrida por dentro. No se preocupe, Maestro. Ahórreme el sermón y proceda de una vez a dejarme inconsciente que en verdad hoy no tengo fuerza para poder hacerle frente.
Por más que lo intenté las lágrimas se acumularon en mis ojos y comenzaron a nublarme la visión lo único que podía esperar ahora era sentir su poder destrozando mi espalda como no opondría resistencia alguna el impacto me azotaría con la pared y podría perderme dulcemente en la inconciencia antes de que otra cosa sucediera.
- No le des la espalda a tu maestro, Gioca.
Cerré los ojos, me armé de valor y giré.
Soy una cobarde, lo acepto. Mantuve los ojos cerrados durante el giro así como los segundos siguientes hasta que sus palabras me obligaron a abrirlos
- Que te pasó en el rostro?
Qué? Debía estar bromeando.
Qué me pasó en el rostro?
Qué me pasó en el rostro?!
- Esas heridas están demasiado frescas para ser de uno de nuestros entrenamientos.
Demonios!
La pelea!
Hijo de puta, no se le escapa nada!
De ninguna manera iba a delatar a Alrish. El maestro le patearía el trasero.
Maldita sea… tengo que pensar en algo!
- Maestro, le pido que no olvide lo duro que fue conmigo la última vez y que además tome en cuenta el hecho de que no he podido realizar mi curación en terrenos volcánicos aún.
Su expresión cambió un poco suavizándose, asunto arreglado.
- Aún así no me dices todavía a donde te dirigías pero por esta vez lo dejaré pasar. Ven a la cocina a comer algo, el pan acaba de salir del horno y he traído un platillo de cisne con especias.
Me dio la espalda en ese momento y se encaminó a la cocina.
Cuando reaccioné ya me encontraba sentada frente a él con una bandeja colmada de tiras de carne que olía y se veía realmente apetitosa, la carne se encontraba bañada en una salsa que hacía mi boca generar una cantidad inverosímil de saliva solo por la emoción de poder sentir su sabor.
El pan estaba humeante a un lado de la bandeja, había una jarra con vino y una pequeña cesta con pastelillos.
La mezcla de olores de la mesa en el pequeño comedor embriagaba mis sentidos y no pude hacer más que pasar saliva para disimular mi emoción, en ese momento el maestro se levantó de su asiento y comenzó a servir las pequeñas tiras de carne con unos cuantos vegetales como acompañamiento. Cortó un trozo de pan lo añadió al plato; tomo con una mano el plato y con la otra una copa y la jarra de vino, rodeo la mesa y lo puso todo frente a mí. Se tomó el tiempo de servir vino en mi coma y servirse lo mismo antes de regresar a su lugar.
Comimos en un silencio incomodo, el ambiente tan tenso que podía cortarse con una flecha.
- En cuanto termines de alimentarte voy a revisar tus heridas.
- Está bien.
- Y tendrás que prepárate porque partiremos a tierras volcánicas inmediatamente después.
- De acuerdo.
Hice hasta lo imposible por tardar de más en terminar la comida, saboreando cada bocado de la deliciosa carne de cisne y especias. Cada vegetal que me llevaba a la boca, cada que la salsa hacia contacto con mi lengua era como si una pequeña parte de mi estómago cobrara vida.
Hacía mucho que no probaba comida tan deliciosa.
Y después llego lo mejor, el postre.
Devoré 4 pastelillos que tenían encima un poco de nata y una frutilla… y disfrute cada migaja de ellos.
Cuando no podía alargar más el banquete el maestro se levantó de la mesa y se dirigió a la habitación donde generalmente descansaba, esa era mi señal para poder bañarme.
Por lo menos hoy no se estaba comportando como un maldito animal.
Tomé un baño lo más rápido que pude y me puse los ropajes limpios de algodón que encontré en un banquillo cerca de la puerta.
El maestro me esperaba fuera de la habitación sosteniendo un cofrecillo de madera que contenía ungüentos y plantas medicinales traídos del santuario, así como también largas tiras de algodón.
Una vez más me dio la espalda y se dirigió a la cocina. Separó la misma silla donde comí y con un ademan de mano me pidió que me sentara.
Como de costumbre en automático obedecí.
Puso el cofrecillo en la mesa, hurgó un poco dentro de él y tomando un ungüento y unas cuantas tiras de tela comenzó a acercarse a mí.
En silencio comienzo a curar mis heridas de una manera realmente suave colocando un poco de ungüento en un herida al rojo vivo en mi hombre, lanzando una punzada de dolor que reveló una pequeña mueca en mi rostro.
Continuó poniendo ungüento, limpiando, mezclando hierbas y atando tiras de tela por un largo tiempo en silencio, hasta que de repente…
- Me gustaría que las cosas fueran diferentes – dijo – pero es imposible.
Mi mente se quedó en blanco, la verdad es que aún no procesaba si quiera sus palabras cuando un pequeño tirón en el tobillo me obligó a enfocarme en la realidad. Apretando el último nudo en el vendaje que había creado para uno de mis pies, se levantó y con un movimiento de su mano derecha abrió un portal a nuestro costado.
Extendió ambas manos en mi dirección y otra vez de manera automática obedecí a su silente orden, puse mis manos encima de las suyas. Me ayudó a levantarme de la silla y en silencio entramos al portal.
