Narumi había detenido su lancha en medio de la nada. El agua del lago aún besaba los flancos de su embarcación cuando el motor enmudeció y más allá de eso, solo se movía la brisa nocturna y el titilar de las estrellas. Dio las gracias a los dioses por esa noche sin luna y rezó para que su perseguidor no se cruzara con su estela. Se sentó en el suelo de la lancha, abrazándose a sus piernas, enterrando el rostro en sus rodillas, haciéndose pequeñita y preguntándose una y otra vez cómo es que se había convertido en alguien con tanto miedo… Ella no era así…
De lo lejos, llega el sonido de un motor cortando el silencio de la noche. Un escalofrío le recorre la espalda y sus dientes empiezan a castañetear. El sabor del miedo le sube por la garganta y no puede respirar. ¡La encontrará en cualquier momento! ¡Va a matarla! Pero entonces la voz grave de Hokusai-san resuena en la oscuridad gritando su nombre. La llama, la busca. "Gracias sean dadas a los dioses", exclama casi sin voz, poniéndose en pie sobre su precaria embarcación. Él puede ayudarla, él puede salvarla.
Vuelve a llamarla y Narumi le responde gritando "¡Hokusai-san!" para hacerle saber dónde está, y por fin se enciende un foco, allá lejos, que empieza a avanzar hacia ella a gran velocidad. Pero entonces la voz alterada de Hokusai-san grita "¡Narumi!". Suena a la derecha, dioses, a su derecha, pero la luz se acerca por el lado opuesto. Y antes de que pueda hacer nada más, sintió el impacto. Su pequeña lanchita es arrollada por la otra, haciéndole perder el equilibrio y golpearse la cabeza con la borda antes de caer al agua fría y oscura… Y luego todo se volvió negro…
—¡CORTEN Y UNA VEZ MÁS! —resuena el trueno que tiene por voz Matsudaira-san. A Kyoko unos brazos fuertes la alzan del agua y le ponen encima una manta—. Mogami-san, lo siento mucho, pero necesitamos otro ángulo de la escena.
Kyoko asiente y le ofrece un pequeño temblequeante arco. Alguien le pasa otra manta por encima y se la lleva tiritando y escurriendo del embarcadero a una caravana antes de que los labios se le pongan azules. El ruido atronador de secadores a plena potencia salió por las ventanas en cuanto cerraron la puerta.
Afuera, Yashiro le trae un café a Ren, mientras el equipo se prepara para volver a grabar la misma escena. Los buzos se han subido a una de las lanchas y están revisando su equipo. La noche es bastante fría para ser casi verano y Kyoko ya lleva dos zambullidas y se está preparando para una tercera. De verdad que no sabe cómo sigue en pie… Cualquier otra se hubiera derrumbado ya con un ataque de nervios o de puro cansancio.
—¡Rodamos esta y nos vamos! —anuncia Matsudaira-san—. Tsuruga-san, ve a ponerte en posición.
Ren asiente y sube a la lancha que debe llevarle más adentro del lago. Y antes de que las figuras se vuelvan tan pequeñas que no pueda distinguirlas, alcanza a ver a Kyoko, perdón, Narumi, avanzar por el muelle lista para ser perseguida y arrojada al agua.
Una vez más.
Eran casi las dos de la madrugada cuando Matsudaira se dio por satisfecho y despidió a los suyos agradeciéndoles su duro trabajo. En verdad, después de la escena de Kyoko en el agua, habían aprovechado y rodado otra que ocurría un poco antes en la película, cuando Hokusai-san todavía consideraba a Narumi la sospechosa principal de los asesinatos. Era una breve escena pacífica, casi idílica, de ellos atravesando el bosque (rodada por cierto muy cerca de donde Kyoko encontró a Mifune Sakiko), trayéndola de vuelta a casa tras el interrogatorio en la comisaría.
—Narumi-san… —preguntó él, rompiendo el silencio de su caminar.
—¿Sí, Hokusai-san? —respondió ella.
—Hay una cosa que aún no entiendo…
—Sería la primera vez, supongo… —dijo ella, bailando la diversión en sus ojos, o quizás no fue más que un efecto de las estrellas. Pero él sonrió.
—Si tenías coartada para todas esas veces, ¿por qué no lo dijiste antes? ¿Por qué me dejaste creer que estabas implicada en las muertes?
—No me correspondía a mí decirlo —ella se detuvo un momento, exhaló un suspiro y luego siguió andando—. No era mi secreto.
Si Narumi se hubiera dado la vuelta en ese momento, habría visto cómo el detective la miraba, libre por fin de ideas preconcebidas y sospechas, con una intensa confusión en el rostro y algo más en el pecho que él no acertaba aún a ponerle nombre. Como si la viera de verdad por primera vez.
Pasado un tiempo prudencial, Ren le echó un vistazo al pasillo y recorrió el espacio que lo separaba de la suite de Kyoko. Cuando ella le abrió, miró a ambos lados y luego le franqueó el paso y cerró la puerta. Tenía el pelo húmedo y revuelto, aún goteando sobre la toalla que tenía sobre los hombros.
Él le dedicó una mirada burlona (de esas que a Kyoko le ponían taaan nerviosa) y le dijo:
—¿No estás cansada ya de tanta agua?
Ella frunce la nariz, arrugando el gesto adorablemente.
—El agua del lago no huele igual…
—Eso es cierto… —afirmó él—. No huele como tú… —y confirmó su frase con un beso en el cuello, justo bajo su oreja.
—Kuon… —dijo ella, y cerró los ojos al sentirlo besar su piel…
—¿Hmm?
—Kuon… —repitió.
—Dime… —dijo él, separando sus labios solo milímetros, respirando sobre su piel.
—¿Vas a pasar la noche aquí? —pregunta Kyoko, abriendo los ojos y mirando la pequeña bolsa que había traído consigo.
—Bueno… —dijo él—, ya que te da igual tu reputación… —aquí Kyoko tuvo el buen juicio de ruborizarse—. Además, sabes perfectamente que no puedes dormir sin mí —aseguró él, con una mirada seductora. Ella puso los ojos en blanco, más que nada para defenderse del fuego de sus ojos.
—Hizuri Kuon, te advierto una cosa… —protestó, dando dos pasos atrás y mirándolo con seriedad.
—Ya, ya, Kyoko… —afirmó él—. Seré bueno… Solo dormir… Solo quiero dormir contigo…
Ella le sonríe, y luego recoge del suelo la toalla, que no recuerda haber dejado caer, y la bolsa de Ren junto a la puerta. Pero no ha dado más que dos pasos cuando siente los brazos de él rodeándola por la espalda, y la cabeza en su hombro.
—No vuelvas a hacer una cosa así… —su voz es seria, preocupada, y su aliento le hace cosquillas en la oreja.
—¿El qué? —pregunta ella, dejando caer las cosas que llevaba para poner sus manos sobre las suyas.
—Ponerte en peligro por mí… —dice él.
—Kuon, no he estado en peligro… —él suelta un bufido de protesta, pero Kyoko continúa—. Y si te refieres a confirmar tu coartada, ni loca voy a dejarte allí dentro estando en mis manos el sacarte de ese sitio.
—Pero Kyoko —le dice él, dándole la vuelta con suavidad para tenerla de nuevo frente a frente—, sabes que si la prensa se entera…
—Sí, sí, lo sé —le interrumpe ella, cerrando los ojos con fuerza.
—Dilo… —le pide él, alzando suavemente su barbilla con dos dedos.
—Nos harán pedazos… —dice ella con un hilo de voz.
—Ajá —y acaricia su mejilla con el dorso de la mano—. Ya sabes los malabares que están haciendo Yashiro y Tomiko-san para controlar a los medios…
—Kuon…
—Además, no quiero que vuelvas a salir sola —declara él, tomándola de los hombros y mirándola con seriedad a los ojos.
—Pero Kuon… —protesta ella.
—Kyoko, llevas dos muertos, por si no te has dado cuenta… —le recalca él—. Dos muertos en dos mañanas.
—Kuon… —y ella entierra su rostro en su pecho. Sus brazos le rodean de nuevo. Y ella siente un beso tierno en su pelo.
—Dime, mi vida…
—No sabes el miedo que tuve de perderte —dijo ella contra su pecho.
Él suspira sobre su pelo húmedo y aprieta más el abrazo, llenándose de ella, de su olor fresco, de su fuerza.
Poco después, ella se separa, sin salir aún de entre sus brazos, alza el rostro para buscar sus ojos y le dice con una resolución que no admite discusión alguna.
—Kuon, solo podemos hacer una cosa —a él un escalofrío le recorrió la espalda—. Tenemos que averiguar quién es el asesino.
