CAPITULO 8
—¡Maldita sea! —murmuró Edward al abrir la cortina de la tienda con toda la rabia que estremecía su cuerpo—. ¡No puedo matarla! Aunque sabía que me estaba usando como a un perro cualquiera para saciar su lujuria, ¡no pude decidirme a estrangularla, a eliminar la existencia de su endemoniado cuerpo!
El aroma de la carne de venado recién asada le llegó con la suave brisa que desordenó su pelo. Levantó ligeramente la cabeza y de repente comprendió que estaba fuera de la tienda, desatado, y, además, sin guardias a su alrededor.
¡Huir!
Apenas había acariciado el pensamiento cuando poderosas manos lo agarraron de los hombros y los brazos y lo obligaron a ponerse de rodillas. Luchó, pero le inmovilizaron los brazos sin que pudiera evitarlo y le colocaron cadenas alrededor de las muñecas y de los tobillos antes de que tuviera tiempo de respirar de nuevo.
Maldijo silenciosamente. La ramera lo había perturbado una vez más, y de nuevo pensar en ella le había impedido escapar. Su imagen le había quitado segundos preciosos. Lo hicieron levantase y lo empujaron hacia delante. Cuatro hombres le condujeron nuevamente a su tienda, donde fue encadenado a una estaca. Bien encadenado, lo dejaron solo.
Sentado sobre el duro suelo en medio de la más profunda oscuridad, Edward cerró los ojos y trató de convertir su rabia en pensamiento práctico, útil para escapar. Ya le llegaría la hora de la venganza, pero por el momento era necesario esperar. Soltó aire despacio, controlando la respiración, al tiempo que el pensamiento de lo que había ocurrido pocos minutos antes se agitaba en la superficie de su mente. No había sido más que un semental, un instrumento para satisfacer los deseos de la prostituta. Volvió a sentir que la rabia le inflamaba el pecho y apretó sus labios. ¡Por la sangre de Cristo!, pensó. ¿Cómo podía ser tan fría? ¡Quizás había plantado su semilla dentro de ella! ¿No se había dado cuenta?
Tal vez no lo sabía.
Ese pensamiento lo anonadó, como si hubiera recibido un golpe en la cabeza. No, pensó, no podía ser. Ella no era una ramera. La manera tan seductora en que se había plantado delante de la luz de la vela, envuelta en su fino camisón, se le había grabado en la memoria como una marca de fuego. No era posible que fuera tan inexperta en estas cosas. Pero mientras pensaba esto, su mente volvió a repasar la secuencia de acontecimientos que lo habían llevado a hacerle el amor. Le había parecido dubitativa en el momento de tocarlo y tímida por su desnudez, pero no podía descartar que todo aquello fuera un truco. Su forma de besarlo, los arqueos y suspiros de su delicado cuerpo, el despreocupado abandono al que se había entregado le indicaban que tenía experiencia en el arte del amor.
Aun así, en el momento de penetrarla había notado un cierto temor en su cara. El recuerdo del cuerpo femenino apretado contra el suyo le provocó una erección. «¡No puedo matarla!», pensó de nuevo. «¡Imposible hacerlo, con esos brillantes ojos azules que me traspasaban el alma y que me mostraban la calidez de su deseo tan naturalmente! A lo mejor no he debido ser tan rudo… ¿Qué me está pasando? ¡Es francesa! Me utilizó y yo siento lástima por ella». Sus labios se curvaron en una mueca al cambiar de posición. Lentamente, su frente se arrugó al pensar en el momento en que la había poseído, y se arrugó aún más cuando se preguntó si entre los dos no se habría interpuesto una barrera insalvable.
Colocó como pudo su mano atada entre las piernas y sintió la humedad que había allí, la única evidencia física de que en verdad habían estado juntos. Levantó la mano y se la puso delante de la cara, estudiando la mancha adherida a la punta de sus dedos. Su ansiedad se hizo aún más honda al preguntarse qué clase de demonio era la mujer que lo había capturado. ¿Por qué lo había hecho ir a su tienda para luego seducirlo? ¿Qué podía ganar ella con el encuentro amoroso que habían tenido?
Las dudas emponzoñaban su mente como si fueran mosquitos molestos. Recordó de nuevo las intimidades del encuentro y comprendió que, si por él fuera, lo repetiría cientos de veces en el futuro. Pero tenía que saberlo. ¿Le había robado su virginidad?
Los días siguientes transcurrieron con extremada lentitud, y por más que lo intentara, sencilla y llanamente no había suficientes cosas en las que pudiera ocupar sus pensamientos. Las imágenes y las sensaciones que deseaba olvidar volvían una y otra vez: los rizos rebeldes que ocultaban la curva suave y delicada de su cuello; los labios seductores y abiertos que prometían el sabor de la miel, una dulzura que hubiera querido saborear.
Edward golpeó el suelo por enésima vez, ahondando el hueco que ya había allí.
Tenía que saber si había sido él quien le había robado la virginidad. Si había sido así… entonces se había comportado como un perro salvaje. Si lo hubiera sabido, nunca la hubiera poseído de aquella manera. No, pensó con decisión. Tenía que estar acostumbrada a seducir a los hombres. Al fin y al cabo, eran muchos los prisioneros que estaban a su disposición. Y él, con seguridad, no había sido el primero. ¡No podía haber sido el primero! ¿Por qué habría de escoger a un enemigo para entregarle su virginidad?
Él había llevado a la cama a muchas mujeres, sobra decirlo. Algunas de ellas casadas con grandes señores de la nobleza, otras simples rameras. Pero nunca se había acostado con una virgen, ya que, por lo general, ponían demasiados problemas, como le había enseñado un amigo mucho tiempo atrás. En efecto, en el pasado, cuando apenas era un escudero próximo a recibir los honores de la caballería inglesa, su amigo Charles Burke había pasado una noche con la hija virgen de un granjero que luego lo acusó de haberla violado. Burke había tenido que pagar una enorme suma de dinero, aun cuando la puta había mentido.
Edward, por lo tanto, solía evitar a las vírgenes como quien huye de una plaga. Incluso en el Castillo Oscuro, donde era costumbre que los señores durmieran con las campesinas durante su primera noche nupcial, nunca había ejercido ese derecho. Si la esposa de algún noble se detenía en el Castillo Oscuro y estaba interesada, la llevaba a la cama sin ningún remordimiento. Muchas de aquellas mujeres valoraban una noche con el Príncipe de las Tinieblas porque sabían que sus pares las envidiarían. Él les daba lo que querían y luego las apartaba de sus pensamientos, pero con Isabella, su enigmática enemiga, no había sido capaz de hacerlo. Ella lo había seducido. Lo había invitado a sus aposentos a sabiendas de que la podía estrangular, y se había plantado delante de él como una atrevida tentación.
¡No podía ser virgen! ¡Imposible!
A la hora de hacer el amor, ninguna mujer decente había estado a su altura. Ni siquiera el Ángel de la Muerte. «No le diste la oportunidad de estarlo», le susurró una voz interior, pero inmediatamente la hizo a un lado. Todas las mujeres, mientras yacían bajo su cuerpo, pretendían tenerle miedo al Príncipe de las Tinieblas y se comportaban como señoritas indefensas. Las despreciaba una vez que había terminado, como despreciaba a la francesa que lo había hecho prisionero.
Las prostitutas, por el contrario, a la hora de hacer el amor se colocaban a su altura. A dos de las mejores las mantenía en un castillo que tenía cerca de Sussex. Una de ellas era Elli, la rubia. En recuerdo de las mujeres de la Jauría de los Lobos, la había obligado a cortarse el pelo. A ella le encantaba complacerlo y, efectivamente, lo complacía, al igual que a la mayoría de sus hombres, cosa que no le molestaba.
Y estaba también Charlotte. Le gustaba enredar sus manos en su larga cabellera negra y tirar de ella cuando la poseía como un perro, por detrás. Tenía los senos grandes, los más grandes que había visto en su vida, y comía como una bestia para mantenerlos así. Edward sabía que nunca se acostaba con otros hombres. Creía ser suya, y cuando él se revolcaba con Elli, se ponía furiosa. Ya se le había olvidado cuántas riñas, por dicha causa, había presenciado entre las dos rameras.
Pero ninguna de las dos putas era virgen cuando él la penetró por primera vez. Ninguna de estas dos mujeres había llegado virgen a él, y si el Ángel…
No, pensó. ¿Por qué le habría escogido a él? ¿Por qué no habría escogido a uno de sus propios hombres? Debía de haber un montón de franceses capaces de satisfacerla. ¿Acaso no tenía pretendientes? ¿O era más bien que las leyendas que circulaban alrededor del Príncipe de las Tinieblas la intrigaban?
El recuerdo de la noche anterior lo asaltó una vez más, paralizándolo de pura ansiedad. ¿Había plantado una semilla inglesa en el vientre de una mujer francesa? Por la sangre de Dios, ¿qué había hecho? Con todas sus mujeres había sido muy cuidadoso, y cuidadoso hasta el punto de que en varias ocasiones, en el momento de llegar al éxtasis, se había retirado de ellas para no preñarlas. Con el Ángel, sin embargo, había sido diferente. No había pensado las cosas. Lo único que quería era castigarla y mostrarle la fortaleza de Inglaterra. Ésta era una manera de incapacitar al Ángel de la Muerte, pensó con cierto sarcasmo. Se sintió humillado ante la idea de tener un bastardo francés. Nunca había eludido sus responsabilidades, y si ella tenía un hijo, él lo cuidaría como es debido.
¿Pero cómo proteger a un niño francés de las chanzas ridículas a las que lo someterían los ingleses?
¡Estas preguntas lo estaban volviendo loco! Tenía que conocer las respuestas. Tenía que verla.
—¡Guardia! —gritó.
Isabella no había dormido bien, ya que sus sueños le traían a la mente las palabras condenatorias de Edward. Deambulaba distraídamente por el campo mientras recordaba los sucesos de la noche anterior: la forma en que lo había citado a su tienda, cómo había permitido que él la tocara. No se había comportado mejor que las putas del campamento. Se había comportado exactamente igual, como una ramera.
La palabra todavía resonaba en sus oídos. Cada vez que pensaba en ella, se sentía como quien se echa sal en una herida, a una herida muy profunda. Él no había sido gentil. ¿Cómo había podido ver alguna muestra de ternura en las miradas de odio que él le dirigía? Él era su enemigo, y aunque ella lo hubiera olvidado, o pasado por alto, Edward no.
—Me estás esquivando.
Isabella levantó la mirada y vio que Alec se había unido a ella. Su frente y su larga túnica roja estaban empapadas de sudor, y su espada colgaba de la vaina, al cinto.
—No, no te estoy evitando. He estado muy ocupada esta mañana.
—¿Preparándote para el encuentro con nuestro padre?
—Sí —mintió ella, quien no había considerado el encuentro con su padre ni un instante, ya que sus pensamientos estaban concentrados en Edward.
Alec la miró con detenimiento. Los segundos se volvieron minutos, y aunque ella no le devolvió la mirada, él continuaba observándola, ejerciendo sobre la joven una presión silenciosa.
—Bueno, no exactamente —admitió sin tapujos mientras paseaba sus ojos por el suelo.
—¿Cómo te fue anoche? —le preguntó.
—Vino a mi tienda, como sabes.
—¿Y qué ocurrió? ¿Seguiste mi consejo?
—Sí.
Pasó un largo momento de silencio e Isabella elevó su mirada hacia el cielo azul que iluminaba el horizonte, moviendo los hombros para que la cota de malla se ajustara a ellos confortablemente.
—¿Te deshiciste de él? ¿Le has olvidado tras desahogarte? —preguntó Alec con suavidad.
—Sí. Absolutamente —declaró Isabella con más énfasis del necesario—. No quiero volver a verlo nunca más.
Alec suspiró aliviado.
—Entonces funcionó —dijo—. Bien. Porque está pidiendo verte.
Isabella apretó sus labios. ¿Qué quería Edward? ¿Abrazarla y besarla delicadamente?, se preguntó con amargura. No era probable.
Isabella levantó su mentón, entornando los ojos, y le dio a Alec su respuesta.
