Ahora mismo es que no me cuadra, Love... quizá para el final, pero de momento creo que no tendremos una escenita de esas.
Emma
Notaba mi corazón desbocado. El instinto de proteger a Regina se había adueñado de mí. Ahora olvidaba lo fácilmente que había logrado derrotarnos a todas con aquel cetro. Espada en mano, me lancé directamente contra aquella mujer. La espada chocó con el cetro y sentí una onda expansiva que me lanzaba hacia atrás. Lancé un grito y volví a la carga. No estaba pensando, simplemente estaba actuando, lanzando mandoblazos al azar. Cleopatra no parecía tener ningún problema con ello, a decir verdad. Al final logró lanzarme contra la pared, dolorosamente.
Regina
Las ataduras que me retenían se rompieron repentinamente. Mi mano volvía a mostrar esa estela de magia negra tan intensa que había salido antes. Al parecer, la magia que circulaba en aquel lugar sacaba lo peor de mí. En cualquier caso, ver a Emma lanzada contra la pared había hecho que dejase de importarme en lo más mínimo. Alcé la mano y elevé a esa mujer por los aires. Sin embargo, ella lanzó un fogonazo, perdí la concentración y la dejé caer.
Invoqué una llamarada, y me encontré con que el fuego era negro en lugar de rojo. Sea como fuere, cuando lo lancé, las prendas de la mujer empezaron a arder y tuvo que agitar el cetro nerviosamente para apagarlas. La mujer desconocida, ciega al parecer, se movía desesperadamente por la habitación, buscando algo, aunque no parecía tener demasiado éxito.
Me preparé para lanzar otra llamarada, pero Cleopatra se me adelantó. El fogonazo que me lanzó, esta vez, sentía que me quemaba la piel. Pero cuando perdía la esperanza, aquella mujer se puso delante de mí y recibió el golpe por mí. Cuando el fogonazo terminó cayó al suelo. Toda la parte delante de su cuerpo estaba quemada. Sus ojos, derretidos, cayeron por su rostro, convertidos en dos pequeños charcos negros en el suelo. Sentí el impulso de vomitar, en especial al ver que aún se movía.
_ El cetro..._ Suplicaba._ Dame mi cetro...
La razón pareció volver a mi cabeza cuando vi aquel horror. Cleopatra, en cambio, no parecía sentir nada hacia lo que había hecho. Hice aparecer otra llamarada en mi mano, pero al ver su color negro, la hice desaparecer.
_ ¿Qué me has hecho?_ Le pregunté, mirándola directamente.
_ Pensé que sería divertido jugar un poco con tu sangre y la de Anzu._ Dijo, como si no tuviese la menor importancia._ Parece que la suya no te ha sentado demasiado bien a ti.
_ ¿Has mezclado mi sangre con la suya?_ Anzu había abierto mucho los ojos._ ¿Acaso estás loca? ¡Nos podías haber matado a las dos!
_ Eso formaba parte de la diversión._ Dijo ella.
Estaba tan concentrada en su actuación que ni tan siquiera se percató de Emma que, con un gesto felino, la atacó por la espalda, le arrebató el cetro, y me lo lanzó. Yo ni me lo pensé antes de entregarlo a la moribunda que tanto suplicaba por él.
En cuanto tocó el cetro todo su cuerpo se inundó con una luz dorada, reconstruyéndose por completo, incluso las manchas que rodeaban sus ojos. Sin embargo, cuando los abrió, el negro que los había vuelto ciegos había desaparecido. Su rostro se mostró serio, implacable, y lanzó un grito, que se convirtió en un sonido propio de un halcón más que humano.
_ ¡No!_ Exclamó la monarca. Por primera vez había perdido la compostura.
Cuando aquella mujer la miró, se encogió como un ratoncillo que era observado por una lechuza. Hubo un repentino silencio en la sala. Nadie, y me incluyo, supo por qué, pero tenía la necesidad de mantenerse en silencio mientras aquella mujer iba caminando lentamente hacia Cleopatra y esta huía despavorida, echándose hacia atrás.
_ Durante años tu pueblo me consideró como a una divinidad, Cleopatra. No es que lo pidiera... pero lo cierto, es que es algo que deberías haber tenido en cuenta antes de atreverte a robarme mi cetro. ¿Qué creías? ¿Que podrías aprovecharte de mí sólo porque había perdido la vista? Ahora puedo ver... y puedo hacerte pagar.
Cleopatra había echado a correr y se había topado con la ventana, para finalmente subirse al alféizar y prepararse para saltar si era necesario. Pero la rubia no tuvo más que alzar el cetro, y la mujer, con un sonoro grito, cayó de espaldas hacia el vacío.
_ Creo que debo daros las gracias._ Dijo, mirándonos._ Llevo muchos años bajo llave en aquella habitación, sin poder ver. Y ahora, por fin puedo reanudar una búsqueda, la más importante de mi vida. Espero que vosotras también tengáis suerte en la que veo que estáis acometiendo.
Elevó los brazos, y envuelta en llamas, se elevó, adoptando la forma de un fénix que se perdió entre las nubes al despegar.
_ ¿Quién se supone que era esa mujer?_ Preguntó Emma, sin dejar de mirarla perderse en la inmensidad.
_ No sé... ¿El dios egipcio del sol?_ Anzu se encogió de hombros, como si aquello fuese su pan de cada día.
Cinder
Parecía que la amenaza finalmente había desaparecido. Sin embargo, yo sabía que Anzu no se encontraba bien mientras bajábamos de nuevo. Hacía varios días que presentía que me ocultaba algo. Y Anzu no solía guardarse nada de esa manera, no conmigo, al menos. Esperé a que doblásemos un recodo y la tomé por el hombro. Tenía lágrimas en los ojos.
_ Anzu... ¿Qué es lo que no me cuentas?_ Le pregunté directamente.
Ella se pasó la mano por el rostro, intentando contener las lágrimas sin demasiado éxito. Emma y Regina estaban algo más adelante, al parecer no se habían percatado de que Anzu estuviese llorando. Ella se serenó y trató de decirme lo que le pasaba por la cabeza.
_ Es que... es la última vez que voy a verte._ Parecía que se había roto un cristal y finalmente decía lo que llevaba tanto tiempo pensando._ Y no puedo... me supera.
_ Pero... ¿Qué dices?_ Le dije, en un susurro._ Yo no voy a dejarte Anzu. ¿Por qué ibas a dejar de verme?
_ Por... la nave._ Susurró._ Las coordenadas se fijarán. Tendré que llevarte al lugar en el que te encontré.
Sentí un terror primigenio ante la idea de tener que volver a casa, aquel infierno del que Anzu me había sacado. Di un paso atrás, y mi respiración se agitó. Ahora entendía por qué Anzu había dejado la nave, porque había estado tan desesperada por recuperar mi hombrera... por qué había estado tan frustrada cuando Augustine la había roto.
_ Sigo sin entender por qué._ Confesé.
_ Porque tienes un destino._ Dijo, en un susurro._ Uno más grande que tú y que yo. Uno del que depende todo el universo. Debes estar en tu puesto cuando todo ocurra... o la historia se hará trizas.
_ Eso suena... bueno, importante._ Dije, en un susurro._ ¿Estás segura? A fin de cuentas... yo sólo soy una don nadie.
_ Eres mucho más que eso, y lo sabes perfectamente._ Me dijo, en un susurro.
Me puso la mano sobre el rostro, y noté como se acercaba. Cerró los ojos, y supe que al menos, mi último deseo, iba a cumplirse. Cerré los míos, deseando que se rozaran, pero en el último momento sentí un empujón. Cuando los abrí, sentí el más puro terror.
Una espada, la de Anzu en realidad, atravesaba su pecho. Un chorro de sangre surgía de su pecho, y otro de entre sus labios. Tras ella se encontraba Cleopatra, vestida con su armadura, a excepción del casco. Había una sonrisa diabólica en sus ojos mientras dejaba caer el cuerpo sin vida del amor de mi vida. Sentí como el corazón se me rompía en un millar de pedazos.
_ Y ahora... es tu turno._ Me tomó por el cuello y me arrastró por el suelo mientras yo gritaba con todas mis fuerzas, deseando tener un arma con la que poder asesinarla.
Volví a la sala del trono, a la cual Emma y Regina no tardaron en llegar. Cleopatra había perdido la cabeza del todo. La armadura de Anzu estaba preparada para casi todo. Ni tan siquiera los hechizos que Regina intentó lanzarle parecieron tener efecto.
Cleopatra
Había triunfado, no de la manera esperada, y quizá hubiese perdido mi cetro, pero había comenzado mi venganza. La morena ya había caído, y ahora era el turno de la pelirroja. Las había pillado a punto de besarse. Eso hacía que la venganza fuese más dulce.
Y entonces, un sonido llamó mi atención. Algo pensado y metálico golpeando el suelo. Tenía intención de ignorarlo, pero ese sonido se repitió una vez y otra. Hasta que la vi. Anzu, aún sangrando a borbotones, se adentraba en la habitación, mirándome con desafío.
_ ¿Por qué no terminas lo que has empezado conmigo antes de ponerte con ellas?_ Preguntó, sin dejar de mirarme de esa horrible manera.
_ Muy bien... como quieras... de todos modos al final estaréis todas muertas. La que muera primero no tiene importancia.
_ En realidad... deberías estar orgullosa. No es fácil matar a alguien como yo. Suelen decir que la primera vez duele... ahora lo comprobaré.
_ ¿La primera vez?_ Pregunté, sin entender.
Anzu lloraba. Y sus lágrimas se perdían en el aire, convertidas en una hilera de resplandor naranja que, poco a poco, estaba impregnando su piel. Se miró las manos, brillantes hasta un punto en el que iluminarían la más oscura de las noches, y me miró, con sus ojos inundados por ese resplandor.
_ Has usado mi nave para prolongar tu estancia de vida. Como una batería, sin entender lo que es en realidad... sin entender lo que yo soy. Pero ahora te lo mostraré. Y te darás cuenta de hasta qué punto has estado perdiendo el tiempo.
No me sentía capacitada para hablar, completamente congelada por lo que estaba viendo. Era el espectáculo más hermoso pero a la vez triste que había visto en mi vida. Sentía como algo dentro de mí que llevaba muchísimo tiempo dormida despertaba.
_ Cinder._ La pelirroja se volvió hacia Anzu._ Creo que esta es mi última ocasión para llegar a decirlo... Te quiero.
Hubo un estallido de luz que salió de sus manos, de sus pies, de su cabeza. Ella gritaba, dolorida, mientras la luz se reflejaba en las paredes. La habitación empezó a temblar y algunas columnas se desmoronaron. Y más tarde la quietud inundó todo, hasta que el polvo se despejó y pude ver mejor.
En el lugar donde segundos antes había estado Anzu había otra mujer. Pálida, pelirroja y, confieso, también más atractiva que yo, lo que lograba que mi rabia despegara. O lo habría hecho si terminase de entender la situación. La mujer se miraba la manos, se las pasaba por el cuerpo, se entretuvo con su pelo, acariciándolo, llevándose al rostro para ver su color.
_ Siempre quise ser pelirroja..._ Murmuró._ Y ahora soy blanca, además... extraño.
_ ¿Quién se supone que eres tú?_ Pregunté, poniéndome en pie. Ella me sonrió, como si supiera algo que a mí se me escapaba.
_ Soy Anzu, por supuesto._ Dijo, acercándose a mí. Me temblaban las manos, pero logré lanzar un mandoblazo, ella me rechazó y me desarmó._ Yo en tu lugar no haría eso... da la impresión de que ahora soy una guerrera.
_ ¿Qué clase de brujería es esta?_ Pregunté. Mi armadura empezó a desarmarse sola y me vi con mi ropa semiquemada de nuevo.
_ Digamos que es magia espacial._ Estaba derrotada. Segundos antes había estado en la cumbre, y ahora, de algún modo, era incapaz de hacer nada salvo temblar.
Cinder
Vi como Cleopatra salía corriendo, y miré a Anzu... Si es que realmente aquella mujer era Anzu. La dejó huir, pero sin dejar de mirarla fijamente antes de mirarme a mí. Sonrió. Era ella, podía verlo en sus ojos. Ahora estaba la cuestión de que tenía que volver a casa, pero al menos saber que ella estaba bien me levantaba la moral. Quizá podría tener algo de esperanza. Cuando terminase lo que tenía que hacer, podría volver con ella, o al menos, eso esperaba.
_ Vámonos de aquí._ Nos dijo, mirando a Emma y Regina. Esta última no dejaba de observarla.
_ Eres clavada a mi madre, ¿Sabes?_ Le dijo, mirándola muy de cerca._ Bueno... salvo por el pelo... cuando era joven era igual que tu.
_ Cleopatra estuvo jugando con nuestra sangre..._ Anzu se encogió de hombros._ Ha de ser por eso.
_ Quizá._ Regina suspiró._ Pero sigue siendo extraño.
_ La nave nos está esperando._ Mi voz sonó más sombría de lo que esperaba, pero no podía evitar sentirme triste ante lo que se sobrevenía.
