11 de Abril de 1548

Era primavera otra vez.

Asomada a la ventana de su habitación, Jane Grey, de diez años, creía firmemente que el modo en que advertía el paso del tiempo no era consultando un calendario, sino observando el cambio de color de las hojas de los árboles del inmenso jardín de Old Manor. En aquella tarde del mes de abril, los brillantes y distintos colores de las flores que había allí plantadas competían en intensidad con el verdor del césped y de las hojas de los árboles que había en los alrededores de la finca.

La niña dejó escapar un suspiro, aspirando con cuidado el perfume de la primavera, y se recostó contra el marco de la ventana, alzando nuevamente el pergamino que tenía entre sus manos a la altura de sus ojos. Su hermana Kitty y ella mantenían una correspondencia bastante asidua, cosa que no se podía decir lo mismo de los padres de las niñas, quienes se limitaban a añadir un par de líneas al final de las cartas de la mediana de las hermanas Grey. Llevaba mucho tiempo sin ver a su familia, prácticamente hacía ya un año y medio desde que se mudó a vivir en la finca de Catalina Parr en Chelsea, y anhelaba saber sobre sus hermanas: si habían crecido mucho durante ese periodo de tiempo, cómo de largo tenían el cabello... Kitty Grey la mantenía muy al tanto de lo que iban aprendiendo tanto ella como su hermanita Mary, quien, al parecer, había comenzado a caminar hacía poco: lamentaba habérselo perdido.

A Catherine Grey le gustaba ejercer de hermana mayor con Mary, y eso era algo que tranquilizaba mucho a Jane: siempre se había sentido responsable de la seguridad y el bienestar de sus hermanas pequeñas, y se sentía bien sabiendo que Kitty, a sus siete años, podía hacerse cargo de todo mientras ella no estuviera en Bradgate.

Doblando de nuevo la carta de su hermana, Jane la mantuvo en su regazo y miró hacia el verde horizonte que divisaba desde su ventana, justo allí donde los árboles se confundían con el comienzo de las montañas más lejanas. Las cosas en Old Manor se habían tranquilizado un poco, pero a su vez, nuevos acontecimientos habían impactado en la habitual tranquilidad del hogar. Tras la aceptación social de su matrimonio con Catalina Parr, Thomas Seymour se había trasladado a la finca que ésta tenía en Chelsea, y donde convivía con sus dos pupilas, para convivir con las tres. Del mismo modo, una nueva tan maravillosa como inesperada había sacudido la vida de los cuatro miembros de esa nueva familia: Catalina Parr estaba en estado de buena esperanza.

A pesar de que es lo natural y casi lo esperable en una pareja de recién casados, la noticia no dejó de sorprender tanto al matrimonio en sí como al resto de la corte en Londres: Catalina Parr no había quedado encinta en ninguno de sus dos matrimonios anteriores, por lo tanto nada hacía esperar que en su unión con Thomas Seymour ocurriera nada diferente. Aunque no tuvo tanto impacto como la nueva del matrimonio en sí, la noticia del embarazo de Catalina Parr tampoco había dejado indiferente a nadie. La pareja había recibido felicitaciones por parte del rey Eduardo y su consejo de nobles, pero sin embargo no había tenido nuevas por parte de Lady María Tudor, quien se había distanciado más que nunca de su familia.

Por su parte, a Jane la noticia la había alegrado y sorprendido a partes iguales, pero sobre todo se sentía feliz por Lady Parr: sabía lo mucho que anhelaba tener descendencia, así como lo maravillosamente cariñosa que era con lady Isabel y con ella misma. Sabía que sería una muy buena madre para la criatura que llevaba en su vientre. No sabía muy bien cuál era la opinión de Isabel Tudor al respecto: se había alegrado mucho por su madrastra, por supuesto, pero en los últimos días, Jane la había visto muy apagada y taciturna, siempre buscando la soledad o la única compañía de los libros. La niña creía que Isabel temía que ese nuevo bebé pudiera desplazarlas de alguna manera en aquella nueva familia que se estaba formando, pero Catalina Parr había asegurado a ambas que no sería así: que tuviera mil bebés, seguiría queriéndolas a ambas tanto como siempre.

En cuanto a sus estudios, Jane había hechos muchos progresos: dominaba a la perfección tanto el latín como el griego, hablado y escrito. Solía tomar viejos tomos de filósofos de la antigua Grecia y leerlos en su idioma original sin ningún tipo de problema. Últimamente había desarrollado especial debilidad por Platón y su teoría de las ideas: encontraba fascinante su similitud más que pronunciada con las bases del cristianismo. Así mismo, el idioma francés tampoco parecía albergar muchos más secretos para ella: con ayuda de Isabel, había terminado por hablar ese idioma con bastante fluidez. Todo ello la convertían en una muchachita de diez años capaz de hablar en cuatro idiomas y una de las damas con la mejor educación humanista de su tiempo. Todo esto carecía realmente de importancia para la pequeña Jane: ella disfrutaba leyendo y aprendiendo todo lo que podía de la palabra escrita, era feliz así, y su orgullo no se veía ni disminuido ni aumentado por ello.

Se encontraba pensando si lady Isabel se encontraría de humor para jugar en el jardín cuando Catalina Parr entró en la alcoba, habiendo dado anteriormente unos suaves golpecitos en la puerta de la misma. Jane giró el rostro hacia ella y esbozó una amplia sonrisa en su rostro infantil: no recordaba haber visto nunca a la viuda del rey tan radiante, suponía que no podía pedirle más a la vida en aquellos momentos. Sus dos manos reposaban sobre su vientre, que ya se encontraba algo abultado debido al hijo que esperaba.

- ¿Se mueve? - quiso saber la niña, dando un pequeño salto para bajar del alféizar de la ventana y avanzando hacia Catalina Parr. - ¿Podéis sentir al bebé dando patadas?

- No, ahora mismo no – rió la embarazada, mientras contemplaba cómo su pupila posaba las manos sobre su vientre. Desde que le había hacía un par de días que había notado los primeros movimientos del bebé, la pequeña Jane no había hecho más que preguntarle a todas horas si lo notaba dando patadas. - Supongo que ahora mismo estará descansando...

Aquel no era el primer embarazo que Jane había tenido en la familia: aún recordaba perfectamente el tiempo en que su madre estuvo embarazada de su hermana Mary, lo abultado que tenía el vientre, lo mucho que se quejaba de lo que le dolía la espalda, y lo mucho que esperaba dar a luz finalmente a un hijo varón... Un deseo que no se vio cumplido, después de todo.

- ¿Sabéis ya cómo le vais a llamar? - quiso saber Jane, alzando el rostro hacia Catalina Parr.

- Bueno, Thomas y yo hemos estado barajando varios nombres... - afirmó la esposa de Thomas Seymour. - Si el bebé es un varón, y Thomas espera que así lo sea, él desería que llevara su nombre... Aunque tú y yo, pequeña Jane, yo preferiría llamarle Eduardo...

- Como el rey... - sonrió la niña ante la confesión de Catalina.

- Exactamente, como nuestro pequeño rey... - sonrió a su vez la viuda de Enrique VIII, acariciando el rostro de su pupila. - Me encantaría honrar a mi hijo con el nombre de mi hijastro... Por otro lado, si resultara ser una niña... Lo he estado pensando y me gustaría mucho llamarla Mary...

- Como mi hermana menor – se sorprendió Jane al ver que ni un nombre ni otro le eran desconocidos del todo.

- Sí... Igual que vuestra hermana menor... - murmuró Catalina Parr, asintiendo a las palabras de la niña, aunque no era Mary Grey la que acudía a su mente al mencionar aquel nombre. Echaba de menos la buena relación que solía mantener con María Tudor al principio de su matrimonio con Enrique VIII: confiaban la una en la otra y junto a su padre y los pequeños Isabel y Eduardo formaban lo más parecido a una familia que Catalina había tenido en toda su vida. Sin embargo, todo había cambiado mucho, aún antes de la muerte del rey, y María Tudor no parecía tener interés ninguna en mantener ningún tipo de relación con alguien que profesara una fe distinta a la suya. - Por cierto, ¿habéis visto a Isabel? Hace un día precioso, y he pensado que podríamos dar un paseo por el jardín...

Jane se encogió levemente de hombros, sin saber muy bien lo que debía contestar:

- Se encuentra en su habitación, pero no desea hablar con nadie... Últimamente ha estado algo triste, creo que es porque hace mucho tiempo que no ve a Eduardo...

Aquello no era del todo verdad: Isabel sí le había comentado alguna que otra vez lo mucho que añoraba a su hermano menor, al que hacía casi ocho meses que no veían, ya que habían tenido que suspender las celebraciones navideñas debido a un brote de gripe en la ciudad de Londres, pero Jane sentía que no podía decirle a Catalina Parr que creía que Isabel estaba triste porque se sentía algo desplazada por aquella familia que estaba iniciando la viuda de Enrique VIII. Eso era algo que entristecería profundamente a la embarazada, y por nada del mundo quisiera Jane verla apenarse.

- Es natural, es su único hermano pequeño, ¿a que vos también echáis mucho de menos a Kitty y a Mary? - preguntó Catalina Parr, inclinándose hacia la niña.

Jane asintió firmemente con la cabeza:

- Sí, pero también echo mucho de menos a Eduardo...

- Lo sé – rió la viuda de Enrique VIII, abrazando a la pequeña como podía. - A pesar de ser tan niños, sois amigos desde hace muchos años y sé que Eduardo también os aprecia mucho... Pero tiene muchas responsabilidades sobre sus hombros, y creedme cuando os digo que ni los reyes pueden hacer siempre lo desearían...

- El anterior rey contrajo matrimonio seis veces – protestó Jane, sin parar a pensar en lo que decía. - Y no creo que tuviera que rendir cuentas ante nadie...

Tan pronto como terminó la frase, la niña supo que no había sido nada sensata en aquel breve discurso: por muy extraña que le pareciera su modo de gobernar y de vivir su vida personal, ella no era nadie para hablar de ese modo de él, después de todo había sido su rey y le debía lealtad, y por encima de eso era el padre de su mejor amigo. Jane estaba segura de que a Eduardo no le hubiera gustado nada oírla hablar así, y sólo por eso la pequeña sintió cómo el rubor propio de la vergüenza acudía presuroso a sus mejillas. Catalina Parr percibió esto, y decidió restarle importancia:

- Eduardo es demasiado joven para casarse, mi pequeña Jane... - dijo la esposa de Thomas Seymour, apartando unos mechones rubios de la frente de la niña. - ... Dejadme que os recoja el cabello, aunque no hace mucho calor esta tarde, estaréis más cómoda con la nuca al aire.

Jane Grey asintió de inmediato y tomó asiento en un sillón cercano, de espaldas a Catalina Parr, mientras oía cómo ésta arrastraba una silla hasta colocarse justo detrás de la niña y comenzaba a separarle el cabello rubio en varios mechones. Le gustaba que su tutora le recogiera el pelo, le recordaba mucho a cómo ella solía trenzarle el cabello a sus hermanas pequeñas para que así no pasaran tanto calor al dormir en las noches de verano. Pero las trenzas que ella hacía para Kitty y Mary no tenían ni punto de comparación las que hacía Catalina Parr: la mujer ponía tanto cariño y tanto empeño en su labor que los resultados siempre maravillaban a la pequeña Jane. No se limitaba a trenzarle el cabello sin más, sino que a menudo utilizaba cintas de tela de distintos colores para unirlos con los mechones e irlos trenzando junto con los mismos. A veces incluso añadía pequeñas flores, Jane no podía esperar a aprender a hacerlas tan bien como ella.

Pasaron unos minutos hasta que Jane notó cómo Catalina Parr anudaba con un lazo el final de la trenza y le daba un ligero toque en la cabeza:

- Lista – dijo la mujer con una sonrisa. - Cada vez tenéis el pelo más largo, recuerdo que cuando vinisteis a vivir aquí el año pasado apenas llegaba un poco por debajo de vuestros hombros... Y ahora aún recogido os llega hasta media espalda, crecéis muy deprisa, pequeña... Si seguís así, antes de que haya podido darme cuenta os habréis convertido en toda una damita.

Aunque agradecía enormemente las cariñosas palabras de su tutora, Jane no creía que estuviera creciendo deprisa, ella se veía igual que siempre. Además, recordaba bien cómo sus padres comentaban entre ellos que parecía que iba a ser así de bajita toda su vida, que nunca iba a acabar de crecer... Poco sospechaba ella que sus padres no hablaban exactamente de su desarrollo físico, sino de que los planes que tenían pensados para ella parecían alejarse más y más en el tiempo, si aún cabía. Y poco sospechaba ella también que todos los sueños de sus padres se habían hecho realidad gracias a Thomas Seymour.

Finalmente, Jane se incorporó de su asiento y miró a Catalina Parr, que le devolvió una cálida sonrisa a su vez.

- Bueno, ¿intentamos hablar con Isabel? - dijo la tutora de la primogénita de los Grey. - Quizás le apetezca dar un paseo bajo el sol en nuestra compañía, después de todo...

- Iré yo... - se apresuró a decir la niña, intentando no parecer demasiado insistente: no quería que Catalina viera a Isabel triste o desanimada, sabía que eso le partiría el corazón.

No hubo dado ni tres pasos en dirección al dormitorio de la joven Tudor cuando, sin previo aviso, se oyó un lejano toque de trompetas, no demasiado lejos de la entrada de la finca. Jane se giró nuevamente hacia la ventana de su habitación, en la cual ya que se encontraba asomada Catalina Parr, quien intentaba observar lo que sucedía ahí fuera con suma atención. De cualquier modo, no hizo falta una confirmación hablada: las trompetas reales, el hecho de que acabara de oír a Isabel abrir la puerta de su habitación y precipitarse corriendo escaleras abajo, y la sonrisa que se había dibujado en el bondadoso rostro de Catalina Parr sólo podían significar una cosa.

- ¡Eduardo ha venido! - exclamó Jane Grey, totalmente invadida por la ilusión.

- Anda, corre, será mejor que salgamos a recibirle... - rió Catalina Parr ante el entusiasmo de su pupila.

No hizo faltara que se lo dijera dos veces, antes incluso de que su tutora terminara la frase, Jane Grey seguía los pasos de Isabel Tudor, corriendo escaleras abajo mientras se sujetaba el vestido azul de cualquier manera para evitar tropezarse y caer. Llegó al rellano inferior, recorrió el pasillo que llevaba al salón principal, donde pudo ver a Thomas Seymour inclinado sobre unos documentos, ajeno a toda la locura que parecía haber estallado en su casa, y finalmente atravesó la puerta abierta del castillo, por la cual había salido anteriormente la princesa Isabel. El brillante sol de la tarde cegó por un momento a la pequeña Jane, que cubrió sus ojos con la palma de la mano a modo de visera, intentando ver dónde se encontraban Isabel o Eduardo Tudor.

Aún estaba observando todos los lugares cercanos, cuando sintió la mano de Catalina Parr sobre su hombro. La niña se volvió hacia ella, que también escudriñaba con la mirada buscando a sus hijastros por el jardín.

- Qué extraño... - murmuró la mujer, casi más para sí misma que para la pequeña. - Deben de estar cerca de los rosales, Jane, será mejor que nos acerquemos...

- No será necesario, querida...

Jane miró por encima de su hombro y contempló cómo Thomas Seymour había abandonado finalmente el salón principal del castillo para dirigirse a la entrada del mismo. La niña se hizo a un lado sin que él tuviera que pedírselo, para dejarle pasar al exterior de la vivienda: aunque fuera el nuevo esposo de Catalina Parr, y ello tenía que significar que era buena persona, no acababa de encontrar en él la misma cálida familiaridad que hallaba sin proponérselo en la viuda de Enrique VIII.

- Esposo... - se sorprendió gratamante la embarazada. - Os lo ruego, no es necesario que os molestéis, no deben andar demasiado lejos, los guardias están a la entrada...

- Precisamente por ello no deseo que hagáis esfuerzo inútiles en vuestro estado, amada mía – contestó Thomas Seymour, haciendo que un sonrojo un tanto adolescente apareciera en las mejillas de Catalina Parr. - Aguardad en el interior de la casa, yo buscaré a los niños...

- Vamos, Jane, será mejor que esperemos dentro... - dijo Catalina, volviendo a poner una mano sobre el hombro de la niña, invitándola a que entrara de nuevo en la casa.

- Pero... - se resistió la niña de diez años durante unos momentos.

- No hay "peros" que valgan, jovencita... - añadió Thomas Seymour girándose hacia la niña. Jane no pudo evitar retroceder un par de pasos y ocultarse levemente tras la figura de Catalina Parr: aunque aún no conocía bien a ese hombre, lo conocía lo bastante como para saber que le recordaba en muchas cosas a su propio padre, sólo que sin el mero vínculo emocional que aún podía existir entre sus padres y ella... Y aquella no era exactamente una sensación alentadora, sino más bien todo lo contrario. - No seas tan insolente: vives bajo nuestro techo, te educamos y te damos de comer; el mínimo sentimiento que podrías albergar respecto a nosotros es el de gratitud, pero veo que ha vencido la insolencia de los Grey...

La pequeña se mordió el labio inferior, procurando que este gesto no fuera advertido por aquel hombre: no quería que pensara que podía intimidarla, aunque lo cierto era que así lo hacía. Por encima de la vergüenza que sentía en esos momentos, el sentimiento que empezaba a aflorar poco a poco en el corazón de la niña era el de rabia: ella no era ninguna insolente, ni tampoco era una desagradecida y, aunque se lo merecieran por cómo se habían portado con ella y sus hermanas, tampoco soportaba que Thomas Seymour hablara de sus padres con ese desprecio. Tampoco le gustaba que Catalina Parr guardara silencio ante los comentarios de su marido, ya que sabía que estaba demasiado enamorada de él como para reprenderle de la más mínima forma. Pero lo que menos le gustaba era que Eduardo estaba allí, en Old Manor, y sólo por eso ella debería ser la niña más feliz de toda Inglaterra, pero en cambio se hallaba con los ojos empapados en lágrimas y con un fuerte nudo en la garganta.

- Sube ahora mismo a tu habitación... - ordenó Thomas Seymour dando un paso hacia la niña. - Y será mejor que no salgas de ahí hasta que yo considere que tus faltas han sido redimidas...

- Thomas... - intervino entonces Catalina Parr, interponiéndose con cautela entre su marido y su pupila.

Pero fue por pocos momentos, ya que Jane soltó la mano de su tutora y se adentró corriendo en la casa, dejando finalmente que las lágrimas cayeran por sus mejillas y subiendo a toda prisa las escaleras hacia su habitación, haciendo caso omiso de las veces que Catalina Parr la llamó para que volviera. Una vez que hubo oído cómo se cerraba la puerta de la habitación de la pequeña, la viuda de Enrique VIII se volvió de nuevo hacia su marido: sabía que aunque era estricto con las niñas, lo hacía por el bien de las dos, de Isabel y de Jane. Pero también sabía que sus pupilas llevaban casi un año sin ver al hermano de una y al mejor amigo de otra, y que privarla de la visita de Eduardo Tudor era el peor castigo que Thomas Seymour podía imponer a su joven pupila aquella tarde.

- Esposo mío... - comenzó a hablar Catalina Parr. - Me pregunto si no os habréis excedido esta vez con Jane; sabéis tan bien como yo que es una criatura que no nos ha dado el menor problema mientras ha estado aquí con nosotros, y que ella aprecia mucho todo lo que hacemos por ella...

- Posee una forma curiosa de demostrarlo, entonces... - murmuró Thomas Seymour, dirigiendo su mirada hacia unos árboles cercanos de forma distraída. - Isabel es otra cuestión: ella ha sido educada como toda una princesa y como una misma se comporta... Jane Grey, en cambio, es sólo la primógenita de unos parientes lejanos del rey que anhelan por encima de todo recuperar la gloria pasada, un sentimiento que parece haber heredado también la niña, como no podría ser de otro modo...

- Os equivocáis con ella – se atrevió a decir la mujer, mientras mantenía las manos sobre su vientre. - La conozco bien desde mucho antes que vos lo hiciérais, y os aseguro que no alberga ningún tipo de ambición en su corazón... Sólo tiene diez años y dedica sus pensamientos a tareas propias de una criatura de su edad... Y siente tanto afecto por nuestro pequeño rey que sería una crueldad ahora privarla de su compañía, debéis saber que el rey la considera su mejor amiga...

- ¿Eso es así? - se interesó Thomas Seymour, volviendo de nuevo la mirada hacia su esposa. Catalina Parr asintió y creyó ver, por unos momentos, en los ojos de su marido el incontenible brillo del triunfo. Contuvo una sonrisa cuyo origen la mujer no logró comprender y se encogió levemente de hombros. - Vaya, entonces esa niña debería estarme mucho más agradecida... Esposa, creedme cuando os digo que el que no pueda ver al rey esta tarde, lo verá compensado con creces en años venideros...

Catalina Parr se extrañó ante las palabras de su esposo: creía conocer lo que se ocultaba tras esas palabras aparentemente vacías e inconclusas, y sabía que su marido tenía mucha influencia en la corte, durante la minoría de edad de su sobrino, pero... Dios santo, ¿no estaría ella errando en sus suposiciones?

- Thomas... - habló la mujer en apenas un suspiro de asombro. - ¿Estáis diciendo que Jane...? ¿Que un día Eduardo y ella...? ¿Jane Grey ha sido prometida al rey?

- Eso es, querida mía... - asintió el hombre y se acercó a su mujer, como para asegurarse de crear el aura de secretismo que aquella noticia exigía. -Y debemos guardar silencio al respecto hasta que ambos cumplan los catorce años, la edad legal para contraer matrimonio... Nadie más debe saberlo, ni mucho menos ellos mismos, por la propia seguridad de ambos, nadie debe saber esto...

La embarazada se cubrió la boca con la mano, aún invadida por la sorpresa, pero tan pronto como la retiró, Thomas Seymour pudo comprobar que una emocionada sonrisa se había dibujado en el rostro de su esposa.

- Oh, Thomas... - dijo abrazando a su marido. - Éstas son noticias tan dichosas... Tan adecuadas. No estaba al tanto de nada de esto, casi estaba segura de que Eduardo contraería matrimonio con María Estuardo, la pequeña reina de Escocia...

Si bien Eduardo, al convertirse en rey de Inglaterra e Irlanda con nueve años, era uno de los monarcas más jóvenes del mundo conocido, no podía decirse menos de la jovencísima María de Escocia. Su padre, el rey Jacobo V de Escocia, había fallecido víctima de una epidemia en el campo de batalla cuando ella no tenía apenas una semana de vida. Siendo la única hija del rey, María se convirtió en reina con sólo seis días de edad, y así era hasta los días presentes, siendo una niñita de apenas seis años.

- Y eso hubiera sido la opción más deseable para todos, querida mía... Pero mucho me temo que las continuas guerras de los escoceses contra nuestro país han hecho esa unión imposible... Guardemos silencio ahora, será mejor que no adelentemos acontecimientos, olvidemos que hemos mantenido esta conversación...


Ajena a la conversación que habían mantenido Catalina Parr y su esposo, ajena al hecho de que desde hacía unos meses su mejor amigo era su prometido, la pequeña Jane Grey se hallaba tumbada de lado sobre la colcha de la cama de su habitación. Podía notar cómo las lágrimas que se habían agolpado en sus ojos caían silenciosamente por su nariz, dejando pequeñas señales en las sábanas. No soportaba al esposo de su tutora, no se explicaba qué podía amar la viuda de Enrique VIII en un hombre tan desagradable y recio. Aunque sabía que era un deseo sumamente egoísta, Jane deseó que ojalá Catalina Parr no hubiera contraído matrimonio nunca, que ojalá siguieran siendo sólo Isabel y ella, y las criadas de la hacienda quienes convivían entre sus muros. Pero ella no era quien para desear que ese matrimonio no se hubiese producido, si eso traía felicidad a su tutora.

Alzando una mano, la niña se secó como pudo las lágrimas de sus ojos y se miró la mano durante unos breves instantes, observando el reflejo del sol que entraba por la ventana en los restos de sus lágrimas: no recordaba haber llorado nunca en Old Manor, no mientras había vivido junto a Isabel Tudor bajo la tutela de Catalina Parr... Pero ahora que Thomas Seymour formaba también parte de la familia, las cosas eran muy diferentes a como lo habían sido una vez. Encogiéndose más sobre sí misma, Jane Grey se abrazó a la almohada y cerró los ojos, intentando no dedicar tiempo a su tristeza y a sus preocupaciones, ni mucho menos a Thomas Seymour.


Debió quedarse dormida, porque cuando Jane Grey abrió de nuevo los ojos, la luz del sol había desaparecido de su habitación, habiendo dado paso a la clara luz de luna que entraba por las ventanas. Además, había comenzado a llover: no era una lluvia torrencial, como las que estaban acostumbrados a vivir en Inglaterra, pero sí una lo bastante fuerte como para agradecer encontrarse en el interior de una casa, bajo una abrigada y acogedora colcha. Aún así, la niña se incorporó de la cama y pudo observar que llevaba puesto su camisón blanco de dormir: probablemente Catalina Parr o quizás Kat Ashley, la niñera de Isabel, la había cambiado de ropa cuando se encontraba dormida. Durante unos momentos, no hizo nada sino quedarse en pie en mitad de la habitación, observando la lluvia caer al otro lado del cristal de la ventana.

Al final, Eduardo había visitado Old Manor y se había marchado sin verla. Sabía que tendría oportunidad de verle pronto, o al menos eso esperaba, pero el hecho de que hubiera estado tan sumamente cerca y no hubieran podido jugar, ni aunque fuera un rato pequeño, la hacía ponerse muy triste y, en cierto modo, la hacía sentirse sola, aunque no lo estuviera en absoluto. Hubiera estado pensando en aquel asunto mucho más tiempo, de no ser porque, al darse la vuelta para volver a meterse en la cama, vio que la otra cama que había en su habitación, en la que a veces se acostaba Kat Ashley, ya estaba ocupada, y no precisamente por la señorita Ashley.

Conforme Jane iba avanzando hacia su propia cama, con cuidado de no hacer ruido, más iba alzando la cabeza para identificar a la persona que estaba durmiendo en la cama contigua de la habitación, y no mentiría si dijera que se quedó más que sorprendida cuando vio que se trataba de Eduardo Tudor. Tenía su pelirroja cabeza reposando sobre la mullida almohada, los ojos cerrados y una de sus pequeñas manos colocada también sobre la almohada. Jane abrió mucho los ojos y salió corriendo de la habitación, importándole muy poco ya si hacía ruido o no: ¿qué estaba haciendo un niño durmiendo en su habitación? Y no sólo un niño, su mejor amigo, el rey de Inglaterra, ¿qué hacía durmiendo en su habitación?

La niña de diez años se encontró en medio de un pasillo a oscuras, en camisón, la trenza rubia ligeramente deshecha y sin saber a dónde dirigirse: en otro tiempo habría acudido sin dudarlo un instante a la alcoba de Catalina Parr, pero en esos momentos, por nada del mundo querría volver a ver ahora a Thomas Seymour. Se encontraba debatiéndose en mitad de la oscuridad cuando, sin previo aviso, una mano se posó de repente sobre su hombro. Jane se llevó tal susto que ni siquiera fue capaz de gritar, sino que se giró asustada y vio a un hombre que no conocía, vestido de guardia, junto a la puerta de su habitación:

- ¿Qué ocurre, milady? ¿Habéis tenido una pesadilla? - preguntó el hombre, inclinándose ligeramente hacia la niña.

Jane no respondió, sino que dio un paso hacia atrás sin apenas darse cuenta: tendía a desconfiar de la gente que no conocía, especialmente si se los encontraba en mitad de la noche junto a la puerta de su habitación.

- Será mejor que volváis a vuestra habitación, milady, la noche está muy fría... - continuó hablando el hombre, al ver que la niña no le contestaba.

Aunque aún seguía asustada, la pequeña había observado el uniforme de guardia que vestía aquel desconocido y no tardó mucho en descubrir que era el mismo atuendo que solía llevar la guardia real: ese hombre estaba ahí para proteger a Eduardo. Pero la pregunta seguía siendo por qué Eduardo estaba allí.

- Yo... - comenzó a hablar Jane, aún un poco atemorizada. - Quisiera saber, si es posible... ¿Qué hace su Majestad durmiendo en mis aposentos?

El guardia sonrió ante la formalidad con la que procuraba hablar la niña, a pesar de su corta edad y de lo asustada que parecía.

- El señor Seymour y la señora Parr así lo han dispuesto al ver que comenzaba a llover, milady – explicó amablemente aquel guardia. - La lluvia no se detenía, el viaje de regreso era largo y los señores de la casa no deseaban bajo ningún concepto que su Majestad corriera el riesgo de enfermar de camino a Hampton Court...

Jane asintió a las palabras del hombre, a la vez que iba poniendo sus pensamientos en orden: era natural y totalmente comprensible que su tutora no hubiera querido exponer a su pequeño hijastro al frío y a la lluvia, y en lugar de ello le había ofrecido un techo bajo el que cobijarse hasta que la tormenta pasara. Kat Ashley debía estar durmiendo en la habitación de Isabel, en la cama contigua a la de la princesa, el matrimonio Seymour-Parr en el dormitorio principal y el resto de las criadas junto a las cocinas. El único lugar totalmente habilitado, preparado y con espacio en aquel pequeño castillo para que un pequeño rey pudiera pasar la noche era la habitación de Jane Grey, y por eso había un guardia en la puerta de la misma: para proteger a Eduardo de Inglaterra.

La pequeña realizó una pequeña inclinación y agachó la cabeza ante el guardia:

- Lamento haber desconfiado de vos... - habló la niña, volviendo a alzar el rostro hacia el hombre. - Vuestro cometido es servir y proteger al rey de Inglaterra, sois un hombre de honor, Maestro...

- Heldon, milady, Miles Hendon... - sonrió Miles Hendon a la primogénita de los Grey.

- Maestro Heldon, os doy las gracias en nombre del prín... En nombre del rey – se corrigió Jane antes de equivocarse. Aún había a veces en las que le costaba creer que Eduardo fuera el rey de Inglaterra. - Os deseo buenas noches.

Inclinó la cabeza una vez más, gesto que correspondió el hombre, y entró de nuevo en la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Cuando la niña se giró pudo ver que su pequeña escapada no había pasado inadvertida, ya que el pequeño que se hallaba durmiendo en la cama contigua se había girado hacia la puerta, con los ojos medio abiertos debido al cansancio.

- ...¿Jane? - murmuró Eduardo Tudor, aún con la voz pastosa por el sueño.

La pequeña dio un leve respingo y se apresuró a ocultarse tras los pies de la cama en la que estaba acostado el niño.

- ¡Eduardo! - chistó Jane a su amigo, asomando el sonrojado rostro levemente por encima del cabecero inferior de la cama. - ¡Cerrad los ojos, estoy en camisón!

El muchacho cerró los ojos de inmediato y se recostó de nuevo en la cama, momento que Jane aprovechó para salir de su improvisado escondite e ir, dando pequeños pasos, hasta su propia cama. Una vez que se subió a la misma y se tapó nuevamente con las mantas que había dispuesto para ella Catalina Parr, la niña habló con voz clara:

- Podéis abrir los ojos ahora... - Jane vio los ojos grises de Eduardo abrirse de nuevo e incorporarse con cuidado hasta quedar semiacostado en la cama. Aunque fuera de noche, la luz de luna que entraba por la ventana era tenue, pero lo bastante luminosa como para que los niños pudieran contemplarse el rostro sin mayor problema. - Me he asustado al veros, creía que os habrías marchado ya...

- Y hubiera sido así, de no ser por la lluvia – comentó el niño, señalando con el dedo la ventana, tras la cual seguía cayendo una fina llovizna. - Me alegro en todo caso, creía que no iba a poder veros hoy...

- Bueno... - sonrió la pequeña bajando por un momento la mirada. - Esta tarde las cosas no han marchado como esperaba...

- Lo sé, mi madrastra me ha dicho que os hallábais indispuesta... - contestó Eduardo desde su cama. - Espero que os encontréis mejor...

Jane guardó silencio por unos instantes: Catalina Parr no la había delatado ante su hijastro, no le había dicho que había sido castigada por Sir Thomas Seymour a no salir de la habitación hasta nueva orden, era un detalle que en ese momento la niña agradeció más que cualquier otra cosa en el mundo. La pequeña alzó la mirada de nuevo hacia Eduardo Tudor, quien parecía debatirse aún entre el sueño y la vigilia, y formuló una pregunta que nunca pensó que se atrevería a decir:

- Eduardo... - llamó la niña en voz baja, para ver si su amigo seguía despierto: un intento de abrir los ojos le demostró que así era.- ...¿Tenéis nuevos amigos en Londres ahora que sois rey?

Todo el sueño y el cansancio que parecía pesar sobre el joven rey de Inglaterra pareció disiparse ante la pregunta de su amiga. Eduardo Tudor giró el rostro sobre su almohada hasta poder contemplar el de Jane Grey y respondió:

- Conozco a mucha gente nueva, pero mis amigos ya me conocían cuando era príncipe de Gales... ¿Puedo preguntaros por qué me habéis hecho tal pregunta?

Jane se encogió levemente de hombros y se tendió boca arriba, jugueteando levemente con su trenza rubia, mientras intentaba parecer despreocupada.

- Es que... Hace mucho tiempo que no visitáis Old Manor.. - confesó la niña, tras tragar saliva un momento. - Incluso he llegado a temer que no volvería a veros...

- ¡Jane! - se sorprendió el pequeño, incorporándose levemente en su lecho. - Sabéis que os aprecio muchísimo, sois la mejor amiga niña que tengo, ¿cómo habéis llegado a semejante conclusión?

Un periodo de ocho meses sin ver a un amigo es algo ciertamente determinante para un adulto, pero en el caso de un niño de apenas diez años, ocho meses es toda una vida. Jane Grey y Eduardo Tudor apenas se habían visto en un par de ocasiones desde que en el pasado mes de abril el joven rey visitara a su madrastra y a su hermana en Old Manor. Desde entonces, los quehaceres cotidianos de un rey habían ocupado el tiempo del pequeño de una forma muy absorbente, demasiado para un muchacho de diez años, y no había tenido tiempo para salir de Londres. Mientras tanto, había jugado con sus amigos de la corte más allegados, pero no había podido acudir a Chelsea.

- Ni siquiera los reyes pueden tomar sus propias decisiones a veces, mi Jane... - susurró Eduardo al ver que su amiga no le respondía. - Desearía que lo supiérais si alguna vez volvemos a estar tanto tiempo separados...

- ...Os he echado de menos – murmuró finalmente Jane Grey, volviéndose hacia su pequeño amigo, quien le dedicó una afable sonrisa.

- Y yo también a vos... - respondió el joven rey de Inglaterra, sosteniendo la mirada de su amiga quien, aunque parecía más animada al ver que su amigo no se había olvidado de ella, seguía teniendo un tenue brillo acuoso en su mirada. - ¿Os preocupa algo más, mi lady Jane?

Jane dejó escapar una leve risita al ver cómo su amigo seguía llamándole del mismo modo que cuando tenían cuatro años. Se limpió los ojos con la manga blanca de su camisón y se giró hacia Eduardo, quien continuaba esperando la respuesta de la niña.

- A veces pienso que soy demasiado... débil – habló Jane en apenas un susurro, casi más para sí misma que para su amigo al que, a pesar de que solía contarle todos sus pensamientos, le causaba algo de vergüenza admitir su preocupación.

- ¿Vos? - volvió a sorprenderse el muchacho: sabía que si había una palabra que no definía a Jane Grey, ésa era cobarde. Aún recordaba cómo ella, aún habiendo presenciado la ejecución de Anne Askew en la hoguera, le había consolado tras su altercado con su tutor e incluso le había cantado una nana para tranquilizarle: se había tragado sus propios miedos para cuidar de él cuando nadie más estaba a su lado. - ¿Qué os hace pensar algo así?

La niña negó con la cabeza y dejó escapar un suspiro de cansancio:

- Echo mucho de menos a mis hermanas, a Kitty y a Mary... - comenzó a explicar la pequeña bajo la atenta mirada de Eduardo Tudor. - ...Y hoy vuestro tío me ha reprendido porque quería salir a veros antes que él y me he echado a llorar, no he podido evitarlo... No estaba indispuesta, Eduardo, vuestro tío me había prohibido veros, por eso no he salido de la habitación en toda la tarde...

Eduardo pensó en las palabras de su amiga y se apenó por ella: sabía que Thomas Seymour era un hombre muy estricto, pero pensaba que no lo era tanto como su otro tío, Edward. De cualquier modo, no debería haber castigado a Jane, y menos por una causa tan nimia. Supuso que lo había hecho para hacer notar su autoridad en su nueva familia, pero aún así no creía que fuera justo: no podía decir que su padre hubiera hecho lo mismo con él porque apenas podía verle en su dia a día cuando era príncipe, pero sí algunos de sus tutores habían sido crueles con él sólo para reafirmarse en su autoridad sobre él.

Los pensamientos de Eduardo se vieron interrumpidos por un leve sollozo que quebró la quietud de la noche. Alzando sus ojos grises hacia la niña, vio que ésta había comenzado a llorar en silencio, mordiéndose el labio inferior para intentar no hacer ruido. Y si había alguna virtud que definiera al joven rey de Inglaterra, ésa era su empatía y su piedad por el prójimo: tras dedicar una mirada de compasión a su amiga, Eduardo Tudor se quitó las sábanas de encima con cuidado y bajó de su cama, dando pequeños pasos hasta llegar a la de Jane Grey, quien seguía sollozando en silencio abrazada a su almohada. El niño subió al lecho de su amiga y le dio unos ligeros toquecitos en el hombro, haciendo que Jane se girara hacia él con su mirada brillante por las lágrimas.

- No sois débil, no quiero que dejéis nunca que nadie os haga pensar lo contrario... - habló el pequeño rey con determinación. - Llorar no convierte a nadie en una persona débil...

- Eduardo... - musitó la niña incorporándose y abrazando con fuerza a su amigo, quien le devolvió el abrazo con cariño, dejando que la pequeña se calmara.

Viviendo un momento como aquel, a Jane le parecía increíble recordar que había llegado a pensar que Eduardo Tudor ya no quería seguir siendo su amigo: si había algo seguro en su vida, ésa su amistad con el joven rey de Inglaterra. Sus padres tenían especial interés porque así fuera, aunque la pequeña no alcanzaba a entender plenamente el por qué, pero eso había convertido a Eduardo Tudor a lo largos de sus años de amistad en su tabla de salvación, en lo único que siempre permanecía a su lado pese al cambio constante de su mundo. Una vez que Jane se hubo calmado, se separó de su amigo y se secó los ojos con la manga de su camisón.

- Cuando me cuesta ser valiente, siempre me pongo triste por algo... - comenzó a decir Eduardo, buscando algo en el interior de su camisa. - Siempre contemplo su retrato, me hace sentir a salvo...

El niño había sacado finalmente un guardapelo que llevaba colgado alrededor del cuello, y lo sostenía en el aire, tendiéndoselo a su amiga para que lo viera. Jane lo cogió con cuidado, observando el bello relieve de plata del mismo y después abrió el pequeño cierre, haciendo que la joya se abriera mostrando su interior: había espacio para dos retratos, y los había, uno de ellos pertencía a Enrique VIII, el padre de Eduardo, y el contiguo mostraba a una mujer de rostro dulce y expresión serena. Tenía cabellos dorados como los suyos y unos vivaces ojos grises iguales a los de su mejor amigo.

- ¿Es vuestra madre? - preguntó Jane Grey, alzando la mirada hacia Eduardo, quien asintió de inmediato con la cabeza. - Nunca había visto un retrato suyo, era muy hermosa... Es por ella que me llamo Jane...

Eduardo Tudor sonrió a las palabras de su amiga y volvió a cerrar el guardapelo, guardándolo de nuevo en el interior de su camisa de dormir. La pequeña dejó escapar una breve risita y se dejó caer nuevamente sobre la colcha de la cama:

- Yo sí creo que sois valiente, yo me hubiera muerto de miedo si me hubiera encontrado perdida en mitad de la ciudad, sin nadie que me ayudara a volver a casa... - murmuró Jane, recordando cómo Eduardo, poco antes de convertirse en rey, se había extraviado en las calles de Londres tras haber intercambiado sus ropas con Tom Canty, un mendigo con el que guardaba un extraordinario parecido físico. Recordaba muy bien los días en que había hablado con Tom Canty creyendo que era Eduardo, y cómo había reconocido de inmediato a su amigo cuando éste apareció, tras pasar días perdido. Aunque Eduardo no alardeaba de esa aventura, a Jane siempre le gustaba que se la contara una vez más. - ¿Me podéis contar cómo empezó todo? Los guardias en la puerta de Hampton Court, el niño mendigo...

- ¿De nuevo? - se sorprendió el niño, esbozando una sonrisa de asombro en su rostro. - Pero si os habré contado esa historia más de veinte veces...

- Pero me gusta oírla... - explicó la pequeña. - Y además hace mucho que no la escucho por boca de su protagonista...

La aventura que había vivido Eduardo Tudor no era extraordinariamente conocida, apenas lo sabían su hermana y la propia Jane, ya que eran las que solían pasar más tiempo con el entonces príncipe de Gales y las que más habían advertido el cambio de conducta del hijo de Enrique VIII. Todos los implicados, incluidos Miles Hendon, quien había ayudado al joven príncipe a volver al castillo, habían prometido no revelar nunca lo ocurrido, para que nadie aprovechara el inmenso parecido entre Eduardo y Thomas Canty en contra de ninguno de los dos. Así, Tom Canty se había convertido en un gran amigo de Eduardo y éste le había concedido un cargo en la corte para que pudiera alimentar a su familia y que nunca les faltara de nada. Resignándose al hecho de volver a narrar su aventura para su expectante amiga, Eduardo se recostó contra la almohada, al lado de Jane, y comenzó a hablar:

- Hace ya prácticamente un año de todo esto y aún me parece que sucedió ayer... - dijo el niño, mientras la pequeña le escuchaba con inmensa atención. - ...Estaba paseando por los jardines de Hampton Court junto a uno de mis tutores cuando, de repente, ví que unos guardias estaban reprendiendo severamente a un niño...

Y así fueron pasando los minutos, mientras Eduardo Tudor iba reviviendo todo lo que había ocurrido aquellos, sólo deteniéndose para reírse en algún que otro momento al recordar alguna anécdota graciosa al respecto o para explicar a Jane la gente a la que había conocido. Apenas habían pasado unos tres cuartos de hora desde que Eduardo comenzó a narrar su historia cuando observó que Jane Grey había cerrado los ojos, quedando sumida en un profundo sueño. El joven rey de Inglaterra se quedó contemplándola por unos instantes, antes de inclinarse hacia ella y besarla en la mejilla.

- Dulces sueños, mi lady Jane... - murmuró a la vez que él mismo se recostaba y cerraba los ojos, buscando el sueño.

Ambos eran aún muy pequeños y vivían en un mundo en que el que imperaban los adultos y sus propios intereses, aún si Eduardo era el pequeño rey de Inglaterra. Los dos niños desconocían los planes que los entornos de ambos habían preparado con respecto a ellos, tanto juntos como separados, pero lo único que tenían absolutamente claro era que, por muy mal que estuvieran las cosas, siempre se tendrían el uno al otro: así había sido siempre y lo más normal es que continuara siendo así. Pocos sabían los dos niños que dormían, uno al lado del otro, en aquella habitación de la finca de Old Manor que todo estaba a punto de dar un giro de trescientos sesenta grados: un nuevo escándalo iba a sacudir sus vidas y la corte de los Tudor.


NdA: Y aquí estoy otra vez, haciendo un pequeño break en el periodo de exámenes (de momento llevo dos y no me ha ido, del primero ya tengo la nota y es un 8'10 ^_^). Adoro a Eduardo y a Jane, sé que no hace falta que lo jure pero jamás pensé que llegaría a shippearlos TANTO, hacía mucho que una OTP no me daba tan fuerte.

Anyway, pasemos a las notas de autora en sí. Tachán, ¡Catalina Parr está esperando un bebé! Supongo que no hace falta que lo diga, pero es verídico: Thomas Seymour y Catalina Parr decidieron ampliar la familia con un nuevo miembro de la misma, pero no os puedo decir mucho más al respecto, tendréis que esperar a los capis siguientes. Me gustaría que no se os haya pasado por alto la conducta de Isabel, pues es muy pero que muy importante, creedme.

Thomas Seymour no era buena persona, lo tengo más claro que el agua, y desde luego que su presencia en Old Manor ha cambiado un poco la familia que solían componer Catalina Parr, Isabel y Jane y el modo de vivir de las tres. Era un hombre ambicioso que le tenía mucha envidia a su hermano Edward (quien, recordemos, era Lord Protector del reino, algo así como un medio regente hasta que Eduardo cumpliera los dieciséis años) y por ese motivo muchos dicen que la verdadera razón de su matrimonio con Catalina Parr era ascender socialmente (aunque me caiga mal, esto es discutible, porque entre ellos ya había planes de matrimonio antes de que ella se convirtiera en la sexta reina de Enrique VIII).

Jane se hizo más fuerte tras el episodio de la ejecución de Anne Askew, pero aún así no puede evitar que le afecten ciertas cosas de su entorno, y más siendo una niña tan pequeña.

Como veis, hay cameo de Miles Hendon (el caballero que ayuda a Eduardo a volver a Hampton Court en "El príncipe y el mendigo"): no podía dejarle fuera, teniendo en cuenta que Tom Canty sí tiene cierta presencia en el fic (aunque no demasiada), pero me temo que ésta va a ser la única aparición que haga el señor Hendon (cierta ilustración de un ejemplar del cuento que saqué de la biblioteca tiene la culpa).

Tras pasar casi un año sin verse, Eduardo y Jane han tenido un pequeño acercamiento en este capi, pero aún más convirtiéndose en más que mejores amigos que como ship aún: saben que se llevan mucho mejor de lo que los amigos se suelen llevar entre sí, pero aún son demasiado jóvenes como para plantearse el por qué. Además, aún van a suceder muchas cosas que van a moldear el carácter de ambos hasta alcanzar su "verdadero yo" cuando sean más mayores.

Y creo que eso es todo, como siempre mil gracias por leer (seelphy, te lo repito, idolaza), y volveré con más capis después de los exámenes (14 de Junio). Cuidaos mucho y un millón de besos.