Luego de mucho trabajo, la Hanatensai tuvo listo el Natsuhana para el segundo domingo de julio. Desde la mañana hasta el anochecer, la preparatoria femenina se convertiría en un área de fiesta. Aquí y allá se ubicaba gente viendo puestos, deleitándose con todo. Cada grupo de alumnas tenía turnos bien definidos, así a todas les tocaría atender el puesto por un rato.
—¿Dónde está Suigintou–kun?
El grupo uno de primer año, justo antes de la inauguración del Natsuhana, sorteaba los turnos para vigilar su puesto (que vendería okonomiyaki), pero de Suigintou no se veía ni el pelo. Sus compañeras iban a comenzar cuando la ausente apareció.
—Suigintou–kun, llegas tarde —reprendió la presidenta del grupo, una chica morena.
—Ya, ya —desdeñó la chica de cabello blanco —¿Pueden hacer el sorteo de una buena vez?
—¿Tienes prisa? —quiso saber la presidenta.
Suigintou le dedicó una mirada penetrante y la presidenta no dijo más.
El sorteo determinó que el último turno sería para Suigintou y en vez de oírla quejarse, sus compañeras se sorprendieron al oírla preguntar.
—Si no es mi turno, ¿tengo que andar por aquí?
—Pues… no —respondió la presidenta —Sólo debes estar aquí a tiempo para el cambio.
Al escuchar eso, la Rozenmaiden cerró sus ojos magentas con cierto alivio y se marchó. Sus condiscípulas encontraron eso muy extraño. Era como si tuviera un compromiso o algo así.
No estaban del todo equivocadas.
¿Ahora, Incertidumbre?
Junko, auxiliando a Shinku a primera hora en la organización de su puesto, vio a Suigintou salir de la preparatoria a toda carrera.
—¿A dónde irá? —se preguntó la castaña, curiosa.
—No debería preocuparnos —advirtió Shinku —Suigintou es muy independiente. Le gusta hacer sus cosas sin consultarle a nadie. Debe tener algún asunto pendiente.
Junko se encogió de hombros y siguió con lo suyo.
El Natsuhana marchó viento en popa. A mediodía, había una concurrencia considerable y varias personas, al ser un festival de verano, vestían coloridas yukatas. Las jóvenes de la Hanatensai, en algunos puestos, también las portaban. Tal era el caso del grupo tres de primer año, cuyo puesto era un pequeño salón de té.
—¡Uy, bienvenidos! —recibió Suiseiseki a principios de su turno, como a las tres de la tarde. Su yukata, color crema con varias enredaderas verdes bordadas, era sencilla y bonita —¡El médiun de la mini Ichigo! —dijo al segundo siguiente —Pasa, pasa, Kogane–kun.
Kogane, aprovechando que los domingos no tenía prácticas de verano, había ido al Natsuhana sin avisarle a Junko, queriendo darle una sorpresa. Había llevado con él a Soun Tsuji, aunque tuvo que obligarlo. Su amigo nunca había sido muy afecto a tratar con las chicas e ignoraba la razón de ello.
—Hola, Sui–san —saludó Kogane —Te presento a un buen amigo mío, Tsuji Soun–kun. Soun–kun, ella es…
—Rozenmaiden Suiseiseki —terminó la aludida —¡Uy, un amigo de Kogane–kun! Vayan a aquella mesa —señaló una cercana a la entrada de la pequeña carpa que había montado el grupo tres —No quiero alboroto. Ahora les llevo el menú, ¿de acuerdo?
Dio media vuelta y se alejó. Mientras iban a la mesa indicada, Soun frunció el ceño.
—Kogane–kun, ¿acaso no es Rozenmaiden el apellido de tu prima? —inquirió finalmente.
—Sí, lo es. ¿Qué pasa con eso?
—¿Porqué esa chica se apellida igual.
Kogane no supo qué contestar, pero cuando estaba a punto de inventarse algo, Suiseiseki llegó hasta ellos y les presentó el menú.
—Nos abastecimos bien para servirles bien —recitó la chica —¿Qué van a querer?
—Yo quiero un té helado, verde —pidió Kogane.
—Yo… un té negro, normal —ordenó Soun.
Suiseiseki asintió, anotó todo en una pequeña libreta y se fue. En ese momento, vistiendo una yukata color crema con enredaderas azules bordadas, entró Souseiseki.
Quien no conociera a las gemelas, ese día las confundiría como nunca. Suiseiseki se había recogido el cabello en dos chongos bajos, en tanto su gemela lucía una peluca del mismo color que su cabello natural, con un chongo a modo de peinado. A simple vista, se veían idénticas.
—¡Sui–san! —llamó Kogane —¡Olvidé pedirte un plato con mochi!
—Ésa no es —lo corrigió Soun, poniéndose de pie —Espera, veré si nos puede atender.
Se acercó a Souseiseki vadeando mesas y al alcanzarla, le tocó un hombro levemente.
—Disculpa, ¿eres de este puesto?
Souseiseki se volvió y lo miró, arqueando una ceja.
—No, soy del puesto de junto —contestó —¿Qué se te ofrece?
—No, nada —Soun retrocedió —Esperaré a la chica que nos está atendiendo —miró hacia donde Kogane lo esperaba —Con permiso.
—Uy, Soun–kun —pronunció entonces Suiseiseki, apareciendo desde la parte trasera de la carpa —¿Pasa algo?
—Ah… Kogane–kun quiere mochi —contestó Soun —Ustedes dos… son casi iguales, ¿eh?
—Pues somos gemelas —apuntó Souseiseki con voz cansina —¿Tú quién eres?
Pero Soun no respondió, sino que esbozó una sonrisa nerviosa y regresó con Kogane.
—Uy, creo que lo asustamos —se quejó Suiseiseki —Souseiseki, ¿qué haces aquí?
—Vine a tomar algo de té. Se acabó mi turno.
Mientras las gemelas conversaban, Soun llegó a su mesa y se sentó. Se veía alterado.
—Soun–kun —lo llamó Kogane —¿Estás bien?
—Sí, claro —respondió su amigo, evasivo.
Su té y su mochi, caballeros —anunció Suiseiseki minutos después, con una charola en las manos —¿Se les ofrece algo más?
Ambos muchachos negaron con la cabeza.
—Si luego quieren algo más, avísenme —Suiseiseki sonrió cordialmente antes de retirarse.
—Se me olvidaba —susurró Kogane de pronto —Sou–san también debe andar por aquí, ¿cómo fui a confundirla con Sui–san?
—¿La gemela?
—Ajá. Sou–san es mucho más tranquila y seria que Sui–san, pero hoy se ven casi iguales, así que… —Kogane se encogió de hombros —Aunque Sou–san tiene el cabello corto. Esa peluca que trae ahora es buena.
—¿Peluca?
Kogane asintió.
—Supongo que es para crear el ambiente —explicó —Hina–chan me contó que el grupo de Sou–san está vendiendo soba. Como su grupo vende ramen, a Hina–chan le dio risa. Y no me preguntes por qué, no lo sé. Hina–chan puede reírse por cualquier cosa sin importancia.
—¿Y tu estimada novia qué hace?
—Su grupo tiene el puesto de tiro al blanco. Después vamos a probar suerte, ¿te parece?
Soun asintió con la cabeza, pues tenía la boca llena.
Al poco rato, los dos amigos terminaron, pagaron y salieron. En el poco tiempo que les llevó tomar el té, el Natsuhana se había puesto más concurrido. Soun pudo ver a Hinaichigo, vestida con una yukata blanca bordada con bayas rosadas, sirviendo tazones de ramen a un grupo de chicos que trataban de coquetearle, aunque con poco éxito. Y también, en un puesto de pesca de peces dorados, distinguió a una chica de cabello gris y ojos verdes que, con una yukata verde claro con un bordado de notas musicales en amarillo, invitaba a todo el mundo a llevarse un pez. A Soun esa chica le llamó la atención porque saludó a Kogane.
—¡Hola, Koga–kun! ¿No quieres un pez dorado?
—Buena idea —aprobó Kogane —Kana–san, dame una caña —y sacó algo de dinero.
En menos de un minuto, Kogane había obtenido uno de los peces de plástico, que representaban a los reales. Algunas chicas que paseaban por ahí lo observaron con avidez mientras recibía su premio vivo de manos de Kanaria.
—Felicidades, Koga– llevas uno de los más bonitos. ¿Vienes a ver a Junko, cierto?
—Exacto. Pero como no le avisé que venía, tú no me has visto, ¿de acuerdo?
Por toda respuesta, Kanaria le guiñó un ojo.
Finalmente llegaron al puesto del tiro al blanco, que estaba muy concurrido. Tal vez era porque había todo tipo de premios en los estantes, desde osos de peluche hasta relojes de pared. Las chicas del grupo cinco de primer año se habían esmerado mucho en conseguir objetos que llamaran la atención de los visitantes y considerando que la mayoría de ellas eran ricas, los artículos eran nuevos, de primera calidad.
—¡Vamos, pasen por aquí! —invitaba Onikawa, gritando a los cuatro vientos, ataviada con un kimono lavanda con un elaborado bordado de rosas negras —¡Prueben su puntería y llévense un lindo premio! ¡Anden, pasen!
Junko, al otro lado del puesto, entregaba las escopetas a quienes pagaban por un turno. Su yukata, blanca con cerezas rojas bordadas, era muy llamativa. Pero la castaña, cuyo peinado era una cola de caballo adornada por un moño rojo, no se daba cuenta que varios chicos la veía más a ella que a Onikawa.
—Hola, guapa —saludó un joven muy alto, de cabello castaño —¿A qué hora estás libre?
—¿Perdón? —se sorprendió Junko.
—Quiero que vayamos a pasear —aclaró el muchacho.
—Oiga, no puedo andar por ahí con un perfecto desconocido.
—Si es por eso, puedo presentarme. Soy Banto Kitsune, guapa. ¿Cómo te llamas?
—Yo…
—Disculpe.
Shinku apareció de improviso, con un sujetapapeles en las manos. La rubia no usaba yukata, sino el uniforme de verano de la Hanatensai, que consistía en una blusa blanca de manga corta y una falda a cuadros blancos, negros y grises con tirantes. Calcetas blancas y zapatos negros completaban el atuendo.
—No debería distraer a una compañera cuando está en su turno —recomendó Shinku —¿Va a querer una oportunidad? —inquirió, señalando con una mano las escopetas del puesto.
El joven frunció el ceño.
—Bien, bien —cedió, sacando su cartera —Guapa, ¿quieres algún premio en particular? —le preguntó a Junko con arrogancia.
—Yo… —titubeó la chica —Eh… me gusta ése.
Y casi con miedo, indicó un diminuto gato de peluche de pelaje castaño claro.
—Eso es fácil —aseguró el muchacho y se preparó para disparar.
Estaba seguro de ganar sin dificultades, pues el gato requería que por lo menos diera una vez en el círculo exterior de la diana, el de menor puntaje. Pero hacerlo era mucho más complicado de lo que parecía, porque de siete tiros a los que tenía derecho, Banto se gastó cinco sin éxito y refunfuñando sin parar.
—Rayos —masculló el chico por lo bajo, al disparar y fallar por sexta vez consecutiva. Estaba quedando en ridículo.
—Me alegra poder verte aquí, Junko–san.
—¡Kogane!
El tal Banto, al escuchar eso, se giró con brusquedad. Junko había acudido al saludo de Kogane con una sonrisa, tomándole una mano.
—Te conseguí esto —Kogane mostró la bolsita de plástico llena de agua, donde retozaba un pez dorado —Lo gané en le puesto de Kana–san. Hola, Shinku–san —saludó a la rubia —¿Cómo has estado? ¿Les va bien en el puesto?
—Hola, Kawasaki —correspondió Shinku —He estado bien y el puesto va de maravilla. ¿Quieren tú y tu amigo probar suerte? —invitó, señalando las escopetas.
Fue en ese momento que Kogane y Soun descubrieron a Banto.
—Banto–sempai —reconoció Kogane —Qué coincidencia encontrarnos aquí. ¿Le ha ido bien con la escopeta?
Banto torció la boca con desdén y volvió a lo suyo.
—Kogane–kun, probemos —pidió Soun —Por cierto—se dirigió a Shinku —Soy Tsuji Soun.
—Rozenmaiden Shinku.
Soun iba a decir algo cuando Banto lo cortó.
—¡Lo logré! —exclamó —Niña, dame mi premio —le exigió a Shinku.
La rubia no tuvo más remedio que obedecer. Cuando Banto tuvo en sus manos el peluche, sin importarle la presencia de Kogane se lo extendió a Junko.
—Para ti, guapa —afreció.
Junko no sabía dónde meterse, hasta que Kogane le soltó la mano y caminó hacia el puesto.
—Shinku–san, quiero una escopeta, por favor.
La rubia se estremeció. La mirada y voz de Kogane le recordaron el día que lo conoció, cuando él se enteró que Junko era su médium. Supuso que ver a Banto darle un regalo a su novia era justa excusa para su enfado.
—Las escopetas están a cargo de Junko —aclaró, al cabo de unos segundos.
Kogane, sin inmutarse, se volvió hacia la castaña.
—Junko–san, una escopeta, por favor.
La joven, conociendo ese tono de voz de sobra, le dio lo que pedía con la cabeza baja. Al hacerlo, las manos de ambos hicieron contacto y el chico retiró una con rapidez para posársela en la cabeza afectuosamente.
—No te preocupes —susurró —Ya sé qué voy a ganar.
Su voz seguía siendo fría, pero la mano en su cabeza le dio a entender a Junko que Kogane no estaba enfadado con ella. Acto seguido, el muchacho se colocó en posición, observado atentamente por Soun, Shinku, Banto y Junko.
Fue una escena peculiar, pero asombrosa sin duda. Deliberadamente, Kogane acertó cada tiro en un puntaje diferente. Como las balas eran en realidad diminutas cápsulas de pintura, no era difícil ver el resultado final.
—Shinku–san —llamó Kogane en cuanto terminó de tirar —La suma de mi puntaje… Es suficiente para eso, ¿no? —preguntó, señalando una de las repisas de los premios.
La rubia, consultando una hoja de su sujetapapeles, sonrió con satisfacción.
—Por supuesto, Kawasaki —respondió —Ahora te doy tu premio. Y como la combinación de aciertos es poco usual, te has ganado otra oportunidad.
Banto hizo un gesto muy desagradable al escuchar eso, observando cómo Shinku iba por el premio prometido, que para un chico, era muy inusual.
Se trataba de una muñeca de porcelana bellísima, ataviada con un kimono. Tenía rasgos delicados, con brillantes ojos color azul oscuro y sedoso cabello castaño recogido en un chongo. El kimono, por su parte, estaba bordado exquisitamente con rosas de varios colores, todo sobre un fondo gris plateado. El ancho cinturón era rojo, con lo que combinaba con algunas de las rosas del kimono y la boquita de la muñeca.
—¿Qué te parece? —le preguntó Kogane a Junko, mostrándole la muñeca —En cuanto la vi, pensé en ti. Sobre todo por las rosas —añadió, guiñándole un ojo.
—Ah… es preciosa. Muchas gracias, Kogane.
La chica alargó una mano, queriendo tomar la muñeca, pero se dio cuenta que no podía: cargaba con el gato de peluche y la bolsa del pez dorado.
—Muy bien —Kogane captó la situación y le sonrió a Junko —Shinku–san, ¿podrías guardarla, por favor? —pidió, regresándole la muñeca.
La rubia asintió y con la muñeca en las manos, desapareció tras el puesto.
—Soun–kun —llamó entonces Kogane —¿Porqué no usas tú la oportunidad que me gané? Yo ya no quiero tirar.
Y acto seguido, le dedicó a Banto una mirada de gélida y silenciosa advertencia.
Banto la notó y le sostuvo la mirada, sintiéndose furioso. No podía creer que un mocoso de primer año lo hubiera vencido dos veces. Cuando el año anterior había sido derrotado por Shimichi, el capitán del equipo de esgrima, lo había acabado aceptando, dado que había sido en igualdad de edades y experiencia. Pero con Kawasaki era diferente: la familia de Kogane tenía el kendo en la sangre, en tanto él apenas tenía cuatro años practicando. Simplemente era injusto.
Lo sacó de sus pensamientos el primer disparo hecho por Soun, quien le había tomado la palabra a Kogane y musitaba algo de llevarse un premio de los grandes. En tanto Soun tiraba, Kogane platicaba con Junko; la chica lo escuchaba atentamente y con una sonrisa en el rostro.
La escena le dio más coraje a Banto, el cual se le pasó al ocurrírsele una maliciosa idea.
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Suigintou daba vueltas en la sala de espera, al menos a ratos. Cuando no, consultaba su reloj y hacía una mueca de inconformidad, desquitándose con una bolsa de papel en cuyo interior se veía tela negra y magenta.
Estaba en el hospital. En cuanto recibió su turno en el puesto de su grupo, había salido disparada hacia su departamento para tomar la bolsa de papel y de ahí, tomo rumbo hacia el hospital. La operación de Mamoru, aquella a la que el joven tanto se había negado, había sido programada para esa mañana.
No había llegado a tiempo para verlo antes que lo llevaran a quirófano, por lo que se sintió un poco mal. Luego lo olvidó para dar paso a otro pensamiento: Mamoru. Sólo él ocupó su mente, deseando que todo saliera bien para verlo y tan siquiera despedirse antes de regresar a la escuela.
Por enésima vez consultó su reloj de pulsera y bufó de impaciencia. Si todo seguía así, tendría que irse antes que Mamoru saliera de su cirugía. Frustrada, tomó su bolsa de papel con brusquedad y se metió al primer baño de damas que encontró. Sin importarle nada, cerró la puerta del baño con seguro y sacó el contenido de la bolsa, lo acomodó con cuidado en el suelo y procedió a desvestirse con premura.
Le parecía una ridiculez que le hubieran exigido usar una yukata para el Natsuhana, pero no lo había dicho. Por fortuna recordaba tener una guardada, junto con un kimono y otra ropa que no usaba a menudo, en lo profundo de su armario. Tuvo que desempolvar el atuendo y plancharlo, pero fuera de eso, estaba en buenas condiciones para la ocasión. Lo que de pronto le hizo gracia fue imaginarse las caras de sus compañeras al verla con esa vestimenta.
Terminó de cambiarse y guardando su otra ropa en la bolsa, fue a mirarse a los espejos. Se acomodó un poco las mangas. Con peine y pasadores en mano, comenzó a peinarse.
Le llevó un buen rato, pero lo consiguió. Su largo cabello blanco ahora estaba recogido en una trenza enroscada en la parte baja de su cabeza, sujeta con pasadores negros decorados con pedrería magenta. Se observó en el espejo, girando la cabeza para vislumbrar si los pasadores lucían bien y después de un gesto de aprobación, echó el peine a la bolsa, sacó de ésta algo de maquillaje y se lo aplicó, quedando más satisfecha aún con el resultado en su cara: un buen rimel negro, un poco de sombra magenta combinado con delineador negro y un poco de brillo labial la hacían verse sencilla, pero exótica. Guardó el maquillaje en la bolsa y salió del lugar.
Tal como predijo, su yukata y su aspecto en general llamaron la atención, pero sabía de sobra que era más por los colores que por otra cosa. La yukata, a juego con los pasadores y el maquillaje, era negra, luciendo varias plumas bordadas en color magenta claro y brillante, de un tono que resaltaba el de sus ojos. El cinturón era del color de las plumas, lo que equilibraba un poco el atuendo, aunque la gente no comprendía que alguien usara negro en pleno verano.
A Suigintou eso la tenía sin cuidado. Tomó asiento en la sala de espera, mirando un reloj de pared cercano, ya que se había quitado el suyo al cambiarse. Hizo una mueca al darse cuenta que si quería llegar a tiempo a su cambio de turno, le quedaba media hora para poder estar ahí. Maldijo por lo bajo, apretando los puños en el regazo.
—Aquí es, Shiro.
La voz, femenina y seria, hizo que Suigintou diera un respingo. Buscó con la mirada a la dueña y se encontró con una mujer alta y delgada, de cabello castaño casi rubio, ojos negros y porte altivo. El vestido blanco que llevaba la hacía verse fresca y elegante.
Al lado de la mujer, un hombre de su misma estatura se aflojaba un poco el nudo de la negra corbata. Era un sujeto de cabello castaño, tez morena y ojos castaños con matices anaranjados. Lucía un traje color crema y la corbata combinaba a la perfección con sus relucientes zapatos.
Suigintou no necesitaba ser un genio para saber que esos dos eran los padres de Mamoru. El parecido físico de su médium con ambos era innegable. Y para confirmarlo, el hombre torció la boca y dijo con fastidio.
—Mal día para la operación de Mamoru. Tengo un día muy ocupado, Kaguya.
Se volvió hacia la mujer, quien frunció sus delgadas cejas.
—¿Y crees que yo no? —replicó ella —Traté que la programaran para otro día, pero fue imposible. Ya habían esperado demasiado. Además, nuestro hijo estaba extrañamente impaciente.
—No lo entiendo. Por meses se negó al procedimiento y ahora, de buenas a primeras, acepta. Mamoru, además de enfermo, debe estar loco.
—Shiro, no sirve de nada quejarse. Esperemos que al menos podamos verlo antes de regresar a nuestros asuntos —la mujer vio la hora en su reloj de pulsera, que refulgió a la luz —Aunque no lo creo —masculló, haciendo una mueca.
Mientras la pareja tomaba asiento, Suigintou apretó tanto los puños que sintió vagamente cómo las uñas se le clavaban en las palmas. Las uñas eran largas, así que sangró un poco sin darse cuenta. Solamente reaccionó cuando unas cercanas puertas dobles se abrieron, dando paso a varias personas con ropas quirúrgicas. Dos de ellas se encargaban de una camilla.
La chica se puso de pie de un salto, dando unos pocos pasos lentos hasta la camilla antes que se alejara. Eso no ocurrió porque los padres de Mamoru, levantándose de sus asientos, habían detenido a uno de los médicos, pidiendo informes.
—Mamoru… —llamó suavemente Suigintou.
El muchacho, para su sorpresa, abrió los ojos a medias y esbozó una sonrisa al verla.
—Tenshi… san… —musitó con voz cansada —Estás aquí…
Mamoru había tomado la rara costumbre de llamar a Suigintou así en los momentos más inesperados, sobre todo cuando la veía mal.
—Claro que sí, tonto —la joven le acarició una mejilla, cosa casi imposible por la mascarilla de oxígeno en su cara —Y te voy a esperar. Ahora perdóname, pero tengo que irme al Natsuhana.
—Está bien, yo… te espero.
Ella asintió y respirando hondo, se alejó, recogió su bolsa de papel y se marchó a toda prisa. Su partida no pasó inadvertida, pues los padres de Mamoru la habían visto luego de charlar con el cirujano. Con expresión confusa, se acercaron a su hijo, pero lo hallaron profundamente dormido, así que se fueron sin mirar atrás.
Mamoru escuchó eso con pesadumbre, pero no dejaría que las acciones de sus padres le empañaran el recuerdo de haber visto a Suigintou al despertar.
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La tarde llegaba a su fin y los asistentes al Natsuhana esperaban con ansias la clausura, anunciada como un bello espectáculo celeste. Especulando sobre cómo sería, muchos se entretenían en los puestos, ya fuera adquiriendo algo en ellos o simplemente viéndolos.
—¡Suigintou–san!
Junko, acompañada por Kogane y Soun, daba un paseo por el Natsuhana cuando llegó al puesto de okonomiyaki y descubrió a Suigintou sirviendo órdenes.
—Hola —saludó la joven de cabello blanco sin mucho entusiasmo —¿Qué haces, chiquilla?
—Doy una vuelta —respondió Junko sin inmutarse (ya estaba acostumbrada a que Suigintou la llamara chiquilla) —¡Qué bonita yukata, Suigintou–san!
—Gracias. ¿Y éste quién es? —quiso saber la aludida, señalando a Soun.
—Un amigo mío —contestó Kogane —Tsuji Soun–kun. Soun–kun, ella es…
—Suigintou —siguió la joven de melena blanca —Rozenmaiden Suigintou.
—Bueno, es el colmo —Soun frunció el ceño —¿Porqué conoces a tantas chicas con el mismo apellido, Kogane–kun? ¿Son parientes o algo así?
—¿Tan raro sería eso? —inquirió Suigintou con su característico tono falsamente dulce.
—Pues sí. No se parecen mucho físicamente, a excepción de esas gemelas, ¿cómo se llaman?
—Suiseiseki y Souseiseki.
Soun asintió a las palabras de Suigintou.
—Sui–san y Sou–san son muy simpáticas —recordó de pronto Junko, sonriendo.
—Sí, me caen muy bien —concordó Kogane.
—¿Y eso qué tiene que ver con mi pregunta? —se impacientó Soun.
La pareja no le hizo caso y Suigintou, encogiéndose de hombros, se alejó.
—¿Quién los entiende? —farfulló Soun, molesto, dejando a Kogane y Junko solos.
Anduvo caminando sin rumbo fijo varios minutos, alejándose de los grupos de chicas risueñas que se encontraba. Por un buen rato, había olvidado que la Hanatensai era el equivalente femenino de la Kaedetensai y el pensamiento hizo que se le revolviera el estómago.
—Tú eres… Tsuji–kun, ¿verdad? ¿El amigo de Kawasaki—kun?
Lo que le faltaba: toparse con la presuntuosa de Onikawa. En la secundaria nunca la había soportado y no tenía intención de hacerlo ahora.
—¿Qué se te ofrece? —preguntó Soun al instante, sin molestarse en ocultar su desagrado.
—¿Te agrada la novia de tu mejor amigo?
La cuestión tomó por sorpresa al chico, quien consiguió asentir.
—Qué raro —comentó Onikawa, esbozando una maliciosa sonrisa —Todo el mundo piensa que tienes un serio problema con las chicas —entrecerró los ojos y añadió —¿Me entiendes, no?
Extendió una mano hacia la cara de Soun, pero éste la esquivó y salió corriendo. No se detuvo hasta llegar a un sitio poco transitado, que debía funcionar como explanada. Había unas bancas blancas alrededor de un área cuadrada de concreto. Se sentó en una de las bancas a recuperar el aliento, maldiciendo por lo bajo.
No podía seguir así. No podía permanecer siempre con la sensación de que, en cualquier momento, algo malo le pasaría. ¡No todas las chicas eran malas! No debería huirles a todas por el maltrato de una sola. Pero admitía con pesar que el temor era difícil de erradicar. Aparecía en su mente cada vez que una chica se le acercaba y ya estaba harto de eso.
Unos pasos resonaron cerca y Soun se puso en guardia. Sin pensarlo mucho, relacionó el sonido con tacones y éstos con una chica. Su cuerpo se tensó, esperando el encuentro.
—Hola, Tsuji–kun.
La voz era femenina, cierto, pero con un timbre más grave que el promedio. El muchacho se giró lentamente y se encontró con una chica de cabello muy corto de color castaño rojizo que vestía uniforme de la Hanatensai y poseía ojos dispares. La chica lo miraba con confusión.
—Ah, hola —Soun devolvió el saludo —Eres… Souseiseki–san —recordó, logrando sonreír.
La aludida arqueó la ceja derecha, con lo que su ojo verde se abrió un poco más.
—Sí, soy yo —corroboró ella —Tsuji–kun, ¿no estabas con Junko–kun y Kawasaki–kun?
—Me les escapé un rato. Cuando están juntos, no le hacen mucho caso a los demás.
Souseiseki estuvo de acuerdo, mostrándolo con un asentimiento de cabeza.
—Se quieren mucho —reconoció Soun al cabo de un tiempo, alzando la vista hacia el cielo, donde aparecían las primeras estrellas —Kogane–kun tiene mucha suerte.
—¿Porqué? —se interesó Souseiseki.
—Bueno, lo quiere la persona a la que él quiere, ¿no es suficiente? —Soun sonrió vagamente —No todos somos tan afortunados —suspiró —Se supone que hay personas que nos quieren son condiciones, por instinto, por el simple hecho de que uno exista. Pero no siempre es así.
Escuchó pasos. Pensando que Souseiseki se había marchado sin avisar al verlo tan reflexivo, siguió hablando para sí mismo.
—¿Porqué me hiciste esto, Leiko? —inquirió con amargura —Es tu culpa que esté así ahora, con miedo de que cualquier chica se me acerque, me hará daño. Las bromas que tengo que aguantar… No te interesan, ¿verdad, Leiko? Quisiera tenerte enfrente y devolverte cada insulto, cada mala mirada, cada golpe… —apretó los labios, bajando la vista —Pero lo más probable es que si te viera, entraría en pánico.
Inhaló lenta y profundamente, para después enderezarse de golpe. Dio media vuelta con brusquedad, analizando el entorno con la mirada, hasta que soltó otro suspiro.
—Creo que el polen me jugó una broma —musitó con fastidio.
Regresó a su posición anterior, pero ya sin ver las estrellas. Se limitó a cerrar los ojos y sentir la brisa soplar, con la noche un poco más presente.
Pero si alguien pasara por allí entonces, contemplaría a un joven inusualmente triste.
&&&
20 de Junio de 2009. 7:48 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México)
¡Hola, hola, gente! Bienvenida sea (¡al fin!) al nuevo capi de RMG. Lo sé, es frustrante esperarme, pero les aseguro que no toda la culpa es mía.
He tenido un periodo complicado, ¿saben? Entre el fin del semestre (y con él, el de mi carrera universitaria, ¡prácticamente ya soy contadora, jajaja!), quehaceres, mi nuevo empleo (en una empresa que le lleva las finanzas a otra mega–empresa) y demás, pues simplemente no me daba abasto. Y tenía en proceso capítulos de PGMM y Telaraña (que por cierto, ya terminé y publiqué), por lo que me decidí a revisar qué tanto me faltaba de pasar en limpio de éste. Como no era mucho, me animé a acabarlo.
Además, me pareció oportuno hacer una especie de tanda de actualizaciones, ¡el viernes es mi cumpleaños! Lo digo en mi perfil, pero también me encanta gritarlo a los cuatro vientos, ¡se aceptan toda clase de felicitaciones! Diría que también regalos, pero… Creo que a través de internet será difícil. Dejémosle en felicitaciones. Y parte de mi muy particular forma de celebrar es darles a los fan's algo de lo que piden.
Este capi ya está dejando un poco de lado el protagonismo que tuvo la incipiente historia de Suigintou y Mamoru, para dar paso a nuevas posibilidades. Junko y Kogane siguen bien, pero el metiche de Kitsune Banto quiere hacerle competencia a Kawasaki, ¡ja, como si pudiera! El nombre de pila de Banto es zorro en japonés, me pareció el adecuado porque es astuto y traicionero, jajaja. Creo que no puede ganarle a Kogane porque se confía demasiado, pero esperemos que no ande tramando nada muy malo. Cosa que dudo, porque ya tengo lo que sigue en borrador, jajaja.
Tal parece que ahora le toca a Soun Tsuji tener algo de atención por parte de este fic, ¿eh? Pues creo que sí. No puedo adelantarles mucho, pero una cosa sí digo: si sintieron cosas raras con la situación de Kogane (que casi se suicida y lo demás), sentirá cosas peores con lo de Soun. Seguro se dan una idea por el final del capi, pero se aceptan apuestas. Aunque claro, yo no apuesto, porque como soy la autora, ganaría, jajaja.
Bien, es hora de despedirme. Pero antes les pido amablemente que no me apresuren de forma grosera para una continuación. Cierto, para este fic tengo mucho borrador, pero el chiste es transcribirlo y acomodarlo, por lo que me lleva tiempo (es que los capítulos que vienen son más largos, créanme).
Cuídense, ténganme mucha paciencia, celebren el día del Padre en este solsticio vernal (al menos aquí en México aplica) y nos leemos pronto.
