Capítulo 10
La reina de Arendelle
—Elsa — Una voz me susurra a mitad de la madrugada, siseando quedamente a un paso de mi oído.
—…Elsa —se repite una vez más, rompiendo el silencio nocturno con ese bajo tono masculino.
Abro los ojos.
La luz de una flama le alumbra la mitad del rostro, entre aquella gama escarlata, un par de pupilas verde-avellana son las que resaltan en aquella obscuridad.
—Hans —Suelto en un suspiro somnoliento mientras me froto un ojo. Me doy cuenta que me he quedado dormida a mitad de mi guardia en la cuarentena.
—Es John…—me dice —…Ha muerto…—Rebela en un lamento bajo, equivalente al susurro de un secreto.
Me petrifico. Una sacudida que recorre mi torrente sanguíneo; Mi corazón se detiene, mi mente enmudece y pierdo la somnolencia, todo en el transcurso de un suspiro ahogado. Me incorporo.
Escruto a Hans por segunda ocasión, el único movimiento que percibo en él es reflejo de la flama de la vela que tintinea en los bordes de su cara. Sus labios están sellados, pero sus ojos se sinceran en su lugar. No, no es una broma de mal gusto, o por lo menos eso me asegura su mirada. No derrama lágrimas, no hay rastro de llanto en sus parpados, ni expresión abatida…. pero lo veo, percibo ese dolor sacudiendo sus entrañas.
—Al alba le daremos una despedida —Dice, bajando la vela y posándola en la mesilla de noche más próxima.
Baja la mirada, no necesita decir más. Da media vuelta para salir por dónde entró llevando consigo una charola llena de otra tanda de telares usados.
—Hans—Logro pronunciar tras mi enmudecimiento, me apresuro a decirlo antes de que abandone la habitación—…lo siento tanto.
Baja la barbilla. —No es tu culpa—Habla antes de dar medio giro y marcharse.
Subo a cubierta para enfrentarme al exterior. Noto un bello cielo coloreado de un potente púrpura salpicado de estrellas, anuncian la venida del sol. Es la primera vez que veo el paisaje marino a esta altura de la madrugada, nunca pensé que fuera tan bello. Quizá, sino fuera por la noticia que acabo de recibir, aquello tendría a mis ojos un mejor aspecto.
Me encamino al camarote del capitán, dónde guardo mi corona de Arendelle, y también, la única valija rescatada de mi naufragio. Se me ocurre extender la capa real de 20 hilos que aguardaba a ser usada en la susodicha boda. Estaba algo arruinada desde que había sido rescatada, pero su simbolismo seguía intacto.
Con mi capa de Arendelle doblada en mis manos, me acerco a la formación de aquellos hombres que se han reunido a mitad de la cubierta. Hans dijo que al Alba, no falta mucho para que la primera luz de la mañana se asome por el horizonte.
El cuerpo yace en una tablilla, envuelto, en una sábana blanca y en su pecho posado el galante violín con el que interpretaba la melodía más preciosa que había escuchado jamás. Me acerco temerosa a él, nunca había visto un hombre sin vida, mucho menos uno al que llegué a conocer. La sensación es flagelante.
Su rostro es frío pero no muestra sufrimiento. Duerme, duerme profunda y plácidamente. No se mueve y no hay en su piel el vigor de la vida, pero transmite una consolante paz. Suspiro. Entonces extiendo mi capa a lo largo y arropo a John con él. —…Adiós, John.
Cuando un sol rojo rubí se asoma al este, sobre las olas del mar, dan una pequeña despedida entre los pocos hombres aún sanos del navío. "Gran hombre", "Gran maestro", "Erudito de gran conocimiento", "Un tutor de múltiples talentos"… Son algunas de las palabras que Hans manifiesta para referirse a él y darle un último adiós.
El cuerpo, junto con el violín, son echados desde la borda, flotan unos instantes antes de ser engullidos por las olas... Ha pasado a ser parte de los mares sin vuelta atrás. Escucho alguien decir tras de mi: "Ahora tocará para las sirenas".
Hans no emite sonido desde entonces; Mira, con temple indescifrable, con inmutable seriedad hacía el confín del océano. Entonces me doy cuenta, acaba de ser rebelada una faceta que desconocía del príncipe, una que rasca una fibra autentica en él; Es gris y misteriosa; Es lúgubre y conmovedora; Es fría y triste. Es una que me termina de convencer de que, contrario a lo que asegura Anna, Hans no tiene un corazón de hielo; El lecho marino cobija la prueba de que Hans tenía un amigo, una persona que lo hacía humano.
A medida que el cielo se colorea de rosa clavel a perla vainilla, los presentes retoman sus actividades cotidianas, yo incluida. Me acomodo el cubre bocas y bajo a seguir fungiendo como la enfermera (no oficial) de aquellos soldados en cuarentena del barco.
La gravedad de algunos se hace evidente. Carraspeos, dificultades para respirar, temperatura, erupciones y llagas en la piel. A este paso la epidemia va cobrando un clímax alarmante. John se fue antes, pero estos hombres siguen sus pasos a un ritmo acelerado.
Sin Hans ayudándome, me las tengo que arreglar para hacer con dos manos lo que quizá un calamar hubiera hecho con ocho tentáculos. Limpiar heridas, cambiar paños, colocar ungüentos y , por supuesto, regular la temperatura. Sin embargo, es al cabo de dos horas cuando recuerdo que estos hombres no han desayunado. Me parece extraño aún no ver a Hans por aquí. Se habrá demorado demasiado si es que prepara el desayuno. ¿Qué habrá ocurrido?. Decido ir averiguarlo…
Tras ver la cocina vacía decido buscarle en las barricadas, a pocos pasos de descender por las escaleras escucho el relinchido de un caballo.
Entre el heno y la paja, veo la silueta a contra luz del hombre al que buscaba. Aunque de espaldas, le reconozco por esa nariz respingona que sobre sale de su perfil cuando a momentos gira el cuello. Cepilla con extrema lentitud el pelaje de aquél fiordo noruego color crema.
Estoy a punto de reprenderlo, pero el impulso me abandona cuando me veo reflejada y proyectada en él. Esa era yo hace cuatro años cuando mis padres murieron. Sola, perdida, desconsolada y abatida. Perder a mis padres es el golpe más duro que he sentido en toda mi vida, una herida difícil de sanar. No tengo el corazón para regañar a Hans.
Me siento orillada a caminar hacia él y no precisamente para recordarle que los enfermos necesitan desayunar, es por la última conversación que mantuve con John. Tengo la sensación de que la conversación de anoche fue. sino, un mensaje de despedida para Hans. Debió ser él quien se quedara hasta tarde a cuidarlo y yo quien debí haber ido a descansar, pero mi necedad cambió sus planes. Le pedí a Hans que tomara un descanso, y con esa decisión evité que dos viejos amigos tuvieran una última despedida. El sentimiento de culpa me está azotando.
—¿Como…cómo te sientes?—Le pregunto torpemente.
—Creo que es evidente—Contesta, reseco, huraño, sin regresar la mirada, fingiendo que su mente está ocupada en el cepillo y su corcel.
—Era un buen hombre—Manifiesto. He comenzado a frotarme las manos, incómoda, insegura y algo nerviosa.
—Apenas le conocías—Espeta aquél.
—Si…—Asiento viendo quebrar mi voz, la actitud de Hans no ayuda en absoluto —…Pero le llegué a conocer lo suficiente para darme cuenta de que era alguien de buen corazón.
Hans no contesta, cepilla su caballo con fuerza. Es como si me estuviera gritando que me aleje.
Bajo el mentón, miro por unos segundos la punta de mis tacones y me aclaro la garganta al tiempo que retomo la palabra.
—Sólo quería que supieras que habló conmigo anoche—Rebelo.
El príncipe sigue sin mirarme ni responderme, pero deja de cepillar para prestarme su atención.
—… te estimaba mucho—Declaro —….tanto…como a un hijo—Añado quedamente, quizá abrumándome por tener que ser la mensajera de tan significativo recado.
Hans finalmente se gira y me mira atento y silencioso. Yo continúo…
—y …seguía teniendo fe en ti, quería acompañarte hasta el final—Termino, obsequiándole la más benévola y cálida de mis sonrisas.
Reflexivo, desvía sus pupilas en tres compases: al suelo, al heno y finalmente de vuelta a su caballo.
—Le agradezco que me lo haga saber majestad—Manifiesta, aunque con un tono inesperadamente frío y distante—…Pero no tiene que hacer "esto".
Pliso el entrecejo, desorientada. —¿A qué te refieres Hans?—Exteriorizo confundida
—No tienes que fingir—Aclara —Si lo haces por cortesía o por pena, puedes dejarlo—Pide.
Extiende una mano y me muestra su palma, con este ademan me deja claro que ha zanjado la conversación.
—Hans…—Exclamo—…No lo hago por esa razón—Le aseguro ofendida.
—¿De verdad sientes pena por mí...después de todo lo que hice? —Duda, con una incredulidad cínica.
—Hans—Exclamo nuevamente, pero esta vez en protesta, luego bajo el tono —…Entiendo por lo que estás pasando—explico.
Deja caer el cuello, comienza a sonreír sin realmente reír, su mueca muestra acidez e ironía, parece que he vuelto a contar otro mal chiste.
—No, tú no tienes la menor idea—Afirma.
Tomo aire y suspiro.
—Mis padres fueron, por años, mi único contacto con otro ser humano…—Le revelo —…Y había pasado casi toda mi vida aterrada de tocarlos, temía congelaros—Le confieso.
Endurezco mis mandíbulas porque el sólo recuerdo me desmorona
—...La última vez que llegue a abrazarlos tenía poco más de ocho años…—Hago una pausa para tragar saliva y llevarme las manos a los codos—Daría mi reino entero por volverlos a ver, aunque sea un sólo instante y poder abrazarlos…pero es imposible; Ellos se fueron para siempre; Sólo me he quedado con un par de rocas en Arendelle y un óleo cubierto con un velo negro.
Cierro los ojos y me acomodo un mechón de cabello tras la oreja. Nunca le había dicho eso a nadie, no porque lo ocultara, sino porque hasta ahora no habría nadie con quien expresarlo así. Admito que tengo que ser la figura fuerte cuando toco el tema con Anna. —…Sé lo que se siente perder a un ser tan entrañable y cercano—Reitero.
—…Elsa—Suelta en un suspiro, haciendo el intento por mantener la compostura—Lamento escuchar lo de tus padres…—manifiesta en voz baja y se encamina hacia mí.
Deja el cepillo y extiende una mano para tomar la mía. Siento el curioso tacto de la tela que forra su mano y me ruborizo.
—Agradezco tus palabras—Dice, envolviendo mis dedos caballerosamente con su otra mano—… pero, no creo que llegues a entender mi situación... jamás.
—Supongo que nunca podría estar en tus pies—Manifiesto—Pero una perdida es dolorosa para cualquiera...
Ensancha su tórax antes de hablar.
—Siempre tendrás a una hermana tocando a tu puerta...—Me recuerda. —... mientras mi familia se avergüenza de acompañarme a mi boda—Revela emanando de sus labios los vestigios de lo que es un dolor contenido. Algo en mi interior se destroza empaticamente junto a él.
Pestañeo un par de veces antes de entenderlo con claridad, me lleva un segundo descifrar el desconsuelo que padece. No me había percatado de algo que era a todas luces evidente. Su familia no está a bordo, ni un sólo hermano quería ser partícipe de esa boda. No había rey que entregue a este príncipe. Pero John... quien a pesar de estar enfermo, estaba dispuesto a cuidarlo y guiarlo. Aquél amigo que nunca perdió la fe en él.
Camino hacia él, sorprendida de éste fuerte impulso que nace desde mi interior. Aparto mi mano de las suyas, para abrazarle, como nunca antes he abrazado a otro hombre que no sea mi padre.
—Elsa—Expresa sorprendido y tan rígido como un témpano de hielo.
—Lo siento mucho Hans—Le digo con suavidad —En verdad, lo lamento.
Aferrada a él, logro olfatear una vez más ese agradable perfume que alguna vez cautivó a Anna, brisa marina y leños de bosque. Puedo ver en su rostro un puñado de pecas que no había notado jamás, su piel de leche es suave sin duda es la piel de un príncipe. A la altura de mi oído se asoma el palpitar de ese frío corazón. Y en su cuello…
En su cuello…un brote rojo escarlata.
Me aparto lentamente, helada, muda, apenas respirando al compás de mis pálpitos. No aparto mi mirada, Conmocionada, de él.
—¿Desde hace cuánto estás enfermo?—Pregunto
Aquél se lleva una mano al cuello para cubrir la evidencia del brote.
—Será mejor que regrese a la cabina principal—Me pide girándose nuevamente para atender su caballo. —No necesita ponerse en riesgo.
Mi pupila salta de hito en hito a medida que intento asimilar la gravedad de esta situación.
—Debes ir a cuarentena—Declaro
El pelirrojo se lleva una mano a la frente —No puedo—confiesa en un aire presionado— ¿Quién dirigiría el barco y podría cuidar a los hombres en cuarentena?... mis hombres se desmoronarían si saben que su capitán enfermó.
Trago aire mientras intento vocalizar —Yo—propongo—yo podría hacerme cargo.
—¿Tu?—Cuestiona desaprobatorio —Tu irás ahora mismo a resguardarte y no saldrás hasta que sea segu…
Le propino al príncipe una bofetada antes de que termine su frase.
Aquél apenas se recompone del golpe me fulmina con na escueta pero sorprendida mirada.
—¿Qué hay del riesgo que padecerían tus hombres sanos?—Le recuerdo hablando en mi actitud de la soberana del norte—¿Qué hay de tu matrimonio y tu reino?.
—¿Qué hay de usted? —Replica el príncipe.
Fui criada para ser la líder de una nación, para ejercer como cabeza frente a la adversidad de una crisis. Estoy casada de ser la huésped no deseada en este barco, que Hans decida lo que debo y no debo hacer…soy una reina, no una cualquiera, una reina poseedora del don de hielo, La reina de Arendelle.
—Estoy preparada para hacer frente a cualquier riesgo que conlleven mis acciones. —Le aseguro. Sabe que me refiero a ser contagiada, quizá ya lo esté, pero eso no me importa ahora mismo. Le arrebato el cepillo con el que había estado acicalando al corcel y me reacomodo el paño sobre el puente de la nariz. Cruzo mis brazos es una postura terminante—Irás a cuarentena, te guste o no. —Sentencio.
Abatido, el chico se hecha andar rumbo al pañol superior, no sin antes deshacerse del propio paño que fungía de cubre bocas, y que mantenía anudado en su cuello como precaución. Ya no lo necesita, ahora pasa a ser una víctima más del brote de la fiebre.
-:-:-:-:-
Acompaño a Hans durante su incursión a la habitación en cuarentena. Los enfermos que tienen las fuerzas de mantenerse despiertos fijan la mirada atónita hacia su almirante sin el cubre bocas caminando delante de ellos rumbo a uno de los catres.
Ayudo al príncipe a retumbarse en aquél colchón dónde una noche antes yacía John. Se desvestirse comenzando por sus guantes que me extiende y prosigue con su fino frac bordado con la insignia de su apellido, su chaleco de cinco botones y finalmente, llegando a su blusa a juego, se despoja del corbatín que ocultaba el vestigio de los primeros brotes rojos sobre su clavícula.
—Traeré el almuerzo—Les aviso al resto antes de salir de la alcoba con las prendas del príncipe en mano.
Después de guardar las prendas en el armario del príncipe junto con el resto de su ropa, me dirijo a la cabina de la cocina, aquella habitación debajo del castillo de proa.
No tengo mucha noción de lo que pueda preparar, pero supongo que algún potaje a base de los vegetales que tenga a mano puede funcionar. No llegará a ser un platillo que seduzca paladares, pero por lo menos es lo poco que puedo preparar (con mis pobres dotes de cocina) para calmar el apetito. Sin más dilación exploro un poco entre los contenedores que están acomodados a lo largo de la pared. Encuentro patatas, calabazas, y zanahorias, con eso me basta. Pongo un caldero al fuego y me doy la tarea de pelar unas cuantas piezas de cada vegetal y posteriormente verterlas con algo de sal.
A mitad del proceso de lo que intento preparar, escucho alguien tocar la puerta y posteriormente abrirla.
—Ho majestad—Me dice sorprendido haciéndome una reverencia—Lo siento, buscaba al príncipe.
—El príncipe esta…—Dudo por un momento. No creo prudente dar la noticia de que se encuentra enfermo y en cuarentena. —…Ocupado—me decido a responder. —Pero puedo hacerle llegar algún mensaje si este es urgente—propongo.
El hombre se aclara la garganta
—Es un asunto que sólo podría consultar personalmente con el almirante—Manifiesta.
Tras un suspiro considero que ocultar el estado del príncipe no sea algo primordial a estas alturas.
—Lo llevaré con él—Asiento —Pero deberá de ponerse esto—Le extiendo una de las servilletas de tela que veo más al a mano—…para cubrir su rostro.
…
Escolto al soldado hacia el pañol inferior, la cabina principal dónde descansa el pelirrojo junto con el resto de los pacientes. Él mismo se ofrece a cargar con el potaje que he preparado mientras hago lo propio con los cuencos para servir.
Al llegar a la habitación me encuentro a Hans fuera de su cama, ayudando a uno de sus compañeros, aquél al que tenía el salpullido más avanzado, a librar una tos sangrienta. Si no fuera porque desde ayer he estado obligando a mi estómago hacer frente a las crudas escenas que producen esta enfermedad, seguro me desvanecería en ese instante. El soldado que me acompaña, sin embargo, marea ante la imagen y se tambalea con torpeza.
—No se te ocurra—Le ordeno. Sabiendo que lo último que me haría falta ahora mismo, es un desmayado y el potaje esparcido a mitad del pasillo.
Poso en el primer lugar libre que veo los cuencos y corro ayudar a Hans y el enfermo en cuestión.
—Es la última fase de la enfermedad—Me explica Hans en secretismo—Las llagas han llegado a invadir dentro de su garganta.
El hombre no para de toser y arrojar sangre en cada convulsión.
—¿Qué podemos hacer? —Pregunto alertada. Hans me responde con un movimiento negativo de su barbilla y lo pillo enseguida. Aquél tendrá que sufrir como John, sus últimos instantes lidiando con dolores, carraspeos y fiebres…
No pienso permitirlo de nuevo.
Miro a Hans, al resto de las camas y finalmente al hombre. No hace falta reflexionarlo por segunda ocasión, sé que debo hacer.
—Hans—Llamo —Tu soldado necesita tratar algo contigo—Digo señalando con el rostro al sujeto que intenta despabilar tras su primera incursión al cuarto en cuarentena.
Aprovecho ese instante en el que Hans está distraído para redoblar el paso, esta vez, hacia la habitación de John.
Tan pronto como puedo subir dar con aquel camarote, alguna vez escenario de mi vals. Miro a la esquina y me enfrento a un (hora huérfano) arco de violín. Una risa triste se dibuja en mis labios, siento deseos de volver a escuchar esa preciosa melodía, pero procuro no distraerme con mis pensamientos. Descoloco un par de mantas y mapas sobre aquél baúl donde recuerdo que lo vi aquella noche.
Pese a lo mucho que le prometí a John no revelar ese secreto y consciente de lo peligroso que es, no veo otra salida.
Doy con un frasco de cristal cortado sellada con un corcho. En una etiqueta leo con letra pulcra y tinta negra: "sort kronblad" Si mis clases de lengua no me fallan, es precisamente el nombre escrito en la lengua sureña. El pétalo negro.
HOLA CHICAS!
Capítulo reescrito.
Para las lectoras que hayan previamente leído el capítulo antes de la re-edición: He decidido cambiar mucho este capítulo respecto al anterior. Si bien el pasado era menos enrevesado, lo cierto es que hasta yo le sentía algo forzado. Y estoy de-acuerdo que el Cliffhanger anterior era mucho mas atractivo. Pero no se preocupen las cosas van a ir a parar para el mismo rumbo.
No esperaba tan buena respuesta del episodio pasado. MUCHÍSIMAS GRACIAS DE CORAZÓN. Reinas encantadoras! me leo siempre sus comentarios :D. Pero me tomare algunos capítulos para responder como es debido. Muchas gracias por compartirme sus opiniones, sus preguntas, sus teorías y sobre todo su tiempo. Espero que lo estén disfrutando.
SALUDOS! LAS QUIERO! UN BESO UN ABRAZO!
