Capítulo 9.

Jean Kirchtein y Armin Arlert no siempre habían sido enemigos de muerte. Eso el castaño cenizo lo recordaba a la perfección. Ellos llegaron a ser amigos, bastante cercanos de hecho, amigos de cama.

¿Y cómo habían terminado así?

Ah, lo que causaba el deseo de poder que tenía ese rubiecito de apariencia inocente.

Oye, Jean –recordaba que le había dicho, sonriendo mientras aparecía en su casa y se le lanzaba encima, robándole el aire con un beso largo y profundo además de cargado de deseo. Lo conmocionaba con su hambre sexual continua–. ¡A que no adivinas!

El otro casi se ríe del rostro iluminado y lleno de felicidad que tenía el más bajito.

Pues, no, aún no tengo esa capacidad –se burló, recibiendo una mirada sin gracia y la lengua graciosa de su amigo.

Idiota.

En ese entonces, Jean aún era humano, y el rubio lo había conocido en uno de esos días en que iba a molestar a los pueblerinos de un pequeño pueblo en Inglaterra. Por esos años Kirchtein era un francés inmigrante, que había resultado en ese lugar por azares del destino, en busca de fortuna y dinero –estuviese limpio o no–. Y claro, sus intereses terminaron juntándolos. Armin, un sádico que adoraba burlarse de los miserables, y Jean, un ladrón de primera, que se había labrado una reputación bastante mala en su país natal, y que venía a impartir el miedo en esa nación.

Bueno, como te decía… –continuó el oji azul, aclarando su garganta–. ¡Compré una boleta a Francia!

Mierda.

A Francia… –murmuró con tono agrio, sin siquiera querer disimular su enojo–. ¿Me estás jodiendo?

Para nada… –soltó una carcajada, que casi salió macabra–. Saldrás hoy en la tarde –continuó. Jean se dio cuenta tarde de que los guardias de su casona le ataban de manos–. Verás… no me contaste de la jugosa recompensa por tu captura…

Eres un…

Lo sé, lo sé –continuó, tomando su rostro por el mentón–. También disfruté mucho nuestro tiempo… juntos… bastante juntos…

Iba a soltarle una sarta de insultos en su idioma preferido, pero el golpe fuerte de sus guardias le cegó la vista mientras escuchaba un pitido y caía inconsciente.

Al idiota de Armin no le servía de nada la recompensa, dinero le sobraba… pero traicionar estaba en su inmunda sangre.

Aunque en cierto punto debía agradecerle, pues fue en ese trayecto, que aquel pionero de la raza vampírica se le presentó, ofreciéndole una oportunidad de venganza jugosa que no puso rechazar.

Y así, su nombre fue borrado de los registros como por arte de magia. Era un fallecido. Uno que bebía sangre de ahora en adelante.

Pero claro, él era como un perro... o algo similar, pues aunque lo odiaba allí estaba, tomando vino con el idiota, en su mansión, a escondidas de todos, solo porque sí.

Ese era Jean Kirchtein, el estúpido adicto al rubio de estatura baja y cuerpo menudo. Joder.

–Entonces… –empezó el de ojos azules, viéndolo desde su sitio–. ¿Qué te hizo venir?

–Me aburrí… y busqué a mi puta preferida.

–Oh, qué halagador –se burló el joven, llevándose la mano al pecho, exagerando su tono elegante mientras volvía a tomar vino–. Creí que Mikasa había podido… llenar ese sitio vacío que dejé cuando escogí dejar de ser tu… "puta".

–No te atrevas…

–Dime, ¿ella si cedió a dejarse joder sin restricciones? –Al castaño le dio un tic–. Porque claro… es una mugrosa humana, no se puede esperar nada de ell-

– ¡Dije que cerraras el puto hocico! –Gruñó levantándose de su sitio, lanzando la copa lejos y acorralando al de ojos azules contra su silla con ambos brazos, rabioso–. Deja de meter tu mierda donde no se pide.

–Vaya… –Armin no se mostró intimidado, de hecho, su mirada lo veía de pies a cabeza con un brillo que no recordaba de hacía muchos siglos mientras se mordía el labio repentinamente encendido–. ¿Por qué no te comportante de esa forma tan… salvaje cuando estábamos juntos…?

Kirchtein recibió todas las alertas al instante e hizo el amago de retroceder, con el gesto lleno de asco, más no pudo avanzar nada al notar la forma en que el otro lo sujetaba del cuello de la camisa y lo tironeaba hasta dejarlo más cerca que antes. Peligrosamente cerca.

–No, no, perro… –ronroneó el rubio cerca de su oído, lamiendo el lóbulo de su oreja despacio–. No hasta que te responsabilices –y acto seguido le señaló su entre pierna. Los ojos felinos del otro se dirigieron a la zona despacio, abriéndose con asombro al notar una erección.

–Qué repugnante eres…

–Tanto como tú, debería decir –continuó, mientras se relamía el labio–. Ahora… –deslizó sus dedos por su cuello hasta llegar a su cabello y tirar de él, sacándole un aullido adolorido mientras lo dejaba a nivel de su miembro–. Hazte cargo, perro.

El otro aumentó el gesto lleno de asco que tenía, sacándole una carcajada llena de veneno al más bajo.

–No tengo tiempo para disciplinarte… solo obedece y lame… como una buena mascota.

Maldición, lo odiaba… sentía una urgencia inmensa por ahorcarlo con sus propias manos allí, permitiéndole gritar, arañarlo, suplicar por su miserable vida hasta que diera el último respiro y le rompiera el cuello solo para estar seguro.

Quería quemarlo en vida mientras lo mutilaba si era posible. Humillarlo, torturarlo, morder esa piel tan tersa y blanca para dejar marca de por vida, que se arrepintiera de haber nacido, que se volviera sumiso, que…

Se detuvo al sentir una arcada suplicando vomitar gracias al miembro en su boca.

Quería que fuese él quien lamiera como un perro. Que se humillara tanto o más que él.

No quería ser al que le sucediera. ¡No mierda!

Gruñó al sentir la carcajada del otro y mordió, mordió tan fuerte como pudo, clavando sus colmillos en él y sintiendo su sangre llenar su boca casi al instante mientras el rubio gruñía y le soltaba intentando ahora alejarlo.

Apretó provocándole más dolor y cuando se dignó soltarlo lo empujó con la fuerza suficiente para romper la silla y hacer que callera unos cuántos metros lejos, llegando en menos de nada hasta él, tomándolo del cuello para levantarlo, provocándole un dolor agudo en donde apretaba con fuerza, con el miembro aún más adolorido incluso.

–Malnacido…

–Ahora, serás tú quien me complazca –gruñó con burla, notándolo a su merced mientras lo estampaba con el rostro contra la baldosa del suelo, bajando su pantalón al instante, Armin se removía, lanzando improperios hirientes hacia el castaño cenizo, su familia fallecida, su humana y sus conocidos. Aquello solo lo impulsó a continuar.

Se acercó despacio al oído del más bajo, dejando que una risa nasal se le escapara mientras entre abría los labios.

–Nada personal, enano.

Y lo perforó sin piedad, sacándole un grito adolorido que lastimó su garganta.

A él no solo deseaban meterlo preso antes por sus robos y abusos a ciertas personas inocentes… Más que cualquier barbaridad que hubiese cometido, se lo buscaba por las torturas sádicas que llevaba a cabo oculto de todos.

Sí, pero eso el rubiecito no lo sabía.

Continuó moviéndose con salvajismo, usando sus garras para marcar su cuerpo aún si sanaba luego, provocándole más dolor mientras saboreaba la sangre entre sus dedos y desde su piel abierta.

–Sí, yo tampoco entiendo por qué no me comporté como una mierda contigo desde el principio –se burlaba de él, en toda su cara, y el joven Arlert no se movía ni un centímetro para impedirlo, solo jadeaba complacido–. Pero mira… al parecer te gusta.

–Me encanta.

Jean solo frunció más el ceño al ver que no lo humillaba. El otro solo sonreía cargado de burla. Ah, hijo de puta.

Aumentó el ritmo de su cadera de forma brusca y descontrolada, meciéndose con salvajismo. Sería capaz de romper una cama con ese ritmo si estuviesen en una. Armin no dejaba de sangrar desde su entrada magullada y sus heridas que sanaban despacio, siendo abiertas casi al instante en que se curaban, gracias al castaño cenizo sobre él.

Lo giró de forma abrupta sin salir de su interior provocándole un gemido dolido y un jadeo cargado de placer al mismo tiempo. Lo irritaba, tanto que no tenía autocontrol.

Levantó su rostro por el mentón con fuerza y recibió una mirada indescifrable del más bajo, casi sumisa que le provocó una sensación de triunfo casi efímero.

Sus labios chocaron contra los del otro con hambre, introduciendo su lengua en la pequeña cavidad al instante mientras, sin notarlo, regulaba el ritmo de sus embestidas, tornándolas más suaves.

Armin, estupefacto, se aferró de su cuello y se atrevió a cerrar los ojos, conmocionado con la situación, pero curiosamente complacido. No por su brutalidad casi salvaje, sino por la delicadeza con que de golpe lo trataba.

Se separó de sus labios un instante y juntaron sus frentes, comunicándose un perdón con la mirada que solo ellos lograron descifrar.

Lo que había pasado acababa de ser olvidado por ambos con esa acción; recordaron su tiempo juntos de hacía siglos y sintieron una necesidad de darse confort mutuo con urgencia.

El ritmo del sexo se volvió piadoso y suave, sus jadeos se coordinaron y el abrazo en que se envolvieron fue suficiente.

Era un amor roto, pero aún estaba presente. No les importaban los o el culpable de que se quebrara, por ahora, solo se concentraban en eso.

Finalmente llegaron al clímax y se quedaron así, quietos e inhalando la esencia adictiva del otro por un largo rato, tranquilos.

El castaño cenizo se atrevió a besar de nuevo los labios delgados y rosados del más bajito, dulce y complaciente, mientras el de ojos azules correspondía sin moverse mucho más de lo necesario, intentando no perder la cercanía de sus cuerpos.

–Debo irme –murmuró finalmente el más alto, sintiendo cómo el agarre del rubio aumentaba de forma consentida. Suspiró agotado y se separó lo suficiente, sin deshacer el abrazo; se vieron a los ojos y le dio un último beso, uno que llevaba todos sus recuerdos en él como un adiós permanente–. Adiós, enano.

El de ojos azules sonrió de forma imperceptible y asintió sin decir nada, dejándolo ir.

Esa tarde ninguno de los dos la comentaría con nadie.

Tal vez ese pequeño perdón sería olvidado por ellos mismos, tal vez incluso volvieran a buscar causarse un daño aún si era colateral, probablemente Armin no olvidaría su plan de provocarle un segundo daño incurable a su ex compañero de cama, y tal vez el castaño cenizo recuperaría sus ganas de aniquilar al noble.

Pero por ahora… todo estaría bien.

Jean Kirchtein nunca se había sentido tan tranquilo como cuando se retiró del castillo de Arlert ese día.

Ni siquiera el recuerdo de su primer esclavo, Marco Bodt, podría compararse con esa calma que precedería una tormenta inmensa; mucho menos la segunda, Mikasa, que aunque se había ganado su corazón, no podía curar esas dos heridas que habían dejado sus amores pasados.

Armin había conseguido engatusarlo y luego romper una parte de él, llenarlo de malicia.

Y Marco… él había cometido el error de confiar en el rubio y dejarse llevar por el momento, hiriendo su corazón y su orgullo en el momento en que había vuelto a casa y los había encontrado revolcándose.

Así que… ¿cuál es tu nombre? –Preguntó el castaño cenizo, viendo al joven pecoso y pelinegro que a duras penas podía mirarlo sin estremecerse despavorido.

Marco… Marco Bodt, señor –murmuró con tono quebradizo.

Ese había sido el inicio de su efímera y hermosa relación amorosa, donde con cada día juntos, ese humano asustadizo y distante le robaba el corazón que creía perdido.

Dulce, pero peligroso.

Entonces… él no está –ronroneó el rubio de cuerpo pequeño, paseando sus dedos juguetones y fríos por la pierna descubierta del tímido humano que no pudo sino temblar y sonrojarse de inmediato.

N-no… pero si gusta puedo dejarle su mensaje… se-señor, eh…

Armin –respondió clavando sus ojos en los oscuros del chico–. Pero, bueno, preferiría esperarlo… además… no estoy mal acompañado.

Tal vez no sea buena idea…

El vampiro soltó una risa que dejó ver sus colmillos mientras hacía que su mano subiera despacio hasta el miembro del pobre e iluso esclavo.

Del pelinegro no volvió a saber nada una vez se marchó avergonzado.

Era una lástima.

Tal vez era masoquista al seguir viviendo en el mismo sitio.

–Bienvenido –le saludó la pelinegra que hacía un par de años vivía con él, dándole una sonrisa pequeña y fugaz.

No… Tal vez con el tiempo Mikasa lograse calmarlo más que el mismo Armin. Solo debía darle una oportunidad.