Cuando aparezca el símbolo & deben poner la melodía Le dispute del compositor Yann Tiersen. Banda sonora Amelie. www. Youtube watch?v=7WQktihlf0Y&feature=related

.


.

10. Secuencia de errores.

El desayuno fue bastante peculiar, por no decir incómodo. Ron no quitó sus ojos del plato de cereal durante todo el tiempo, mientras Harry, por su parte, me lanzaba miradas significativas tratando de advertirme algo. El problema residía en que no tenía la más mínima idea de lo que me quería decir. ¿Había dicho o hecho algo malo? Por más que lo intenté, mi cerebro no recordaba nada, así que sólo me quedaban dos opciones que barajar; o era problema de ellos, o bien, me había vuelto paranoica y no pasaba nada en realidad.

Sin proponérmelo, algo aburrida con el silencio que se había provocado, comencé a mirar instintivamente la puerta de Malfoy, esperando que en cualquier momento saliera él para desayunar también. Aún podía recordar la tibieza de sus brazos y su expresión angelical mientras dormía, tan diferente a lo que solía demostrar en nuestra época escolar, donde siempre llevaba la nariz arrugada como si estuviera oliendo mierda.

Una risa involuntaria se escapó de mis labios, ¿quién apostaría que el hurón botador pudiera convertirse en una persona capaz de agradarme? o peor aún, ¿confundirme a tal grado de dudar de mis sentimientos? Sacudí la cabeza alterada ante este pensamiento y traté de enfocar mi atención a la comida, aunque no me duró mucho. La insistente mirada de Harry estaba comenzando a alterarme los nervios.

–¿Te pasa algo? –le espeté molesta.

–Sí. ¿Cómo es posible que...?

Su frase fue interrumpida por un súbito codazo de parte de Ron, que lo miró recriminatoriamente, ordenándole callar. Mi mirada transitó de la cara de mi novio a la de mi mejor amigo, tratando de dilucidar qué se traían entre manos. Parecía que ambos estuvieran hablando a través de sus mentes, excluyéndome de una información que me involucraba directamente.

–¿Por qué tanto misterio? –inquirí, colocando ambos codos en la mesa–. Díganme, ¿qué sucede?

–No pasa nada, amor –respondió Ron, sin convencerme en lo absoluto–. Es sólo que está un poco molesto porque se peleó con mi hermana y no entiende cómo es posible que aún no lo haya contactado, cuando él no tuvo la culpa.

Harry frunció el ceño y yo no podía descifrar si era porque Ron se había ido de bocazas o porque, en realidad, estaba mintiendo con una facilidad sorprendente. Traté de descartar la segunda idea; él no era una persona mentirosa, por el contrario, tenía un corazón de oro, incapaz de hacer mal a propósito, sobretodo en el último tiempo, en que se había convertido en un verdadero príncipe azul. El pecho se me apretujó al darme cuenta de ello. Estaba con alguien muy valioso, y mi mente volaba en otras direcciones, hacia el caballero oscuro. ¿Qué diria él si supiera que la tarde anterior me abracé cómodamente a Malfoy? ¿Qué diría él si supiera que la noche anterior soñé que bailaba una suave melodía con su peor enemigo? ¿se sentiría traicionado? ¿era objetivamente traicionarlo? ¿cómo me sentiría yo si fueran las cosas al revés? ¿triste, decepcionada, dolida?

–Chicos, me voy. No sé si vuelva antes del anochecer –anunció de pronto Ron, levantándose de su asiento.

–Está bien –le dije mientras tomaba El Profeta y comenzaba a ojearlo, para escapar de la culpabilidad que me había embargado–. Cuídate mucho.

Ron se quedó unos segundos más ahí, parado al frente mío, mirándome con una extraña expresión en el rostro. Luego, me sonrió de una manera que me pareció notoriamente forzada, se acercó para darme un beso en la frente y se retiró, dejándome con una súbita sensación de desazón en el pecho. ¿Qué le ocurría? ¿tendría algún problema y no quería contármelo? Estaba siendo muy egoísta. Tan metida estaba en mis propias contradicciones que no me estaba preocupando de su bienestar, me comportaba como una pésima novia. Hablaría con él cuando llegara en la noche.

–Sinceramente, Hermione, espero que estés bromeando y tengas algo preparado –me soltó Harry antes de partir, justo cuando pretendía obligarlo a decirme qué demonios estaba ocurriendo.

Suspiré. Al parecer, ese sábado sería uno complicado. De esos que no me gustaban en lo absoluto, uno de aquellos días en que todos se terminan enojando conmigo. Ocurría una vez cada dos meses, como si estuviera planificado en las agendas de los que me rodeaban.

La puerta de la habitación de Malfoy –que antes me pertenecía– se abrió en ese instante, y no tardé en dirigir la mirada en esa dirección, con el corazón latiendo acelerado. Draco emergió con una apariencia normal, pero su rostro lucía derechamente triste. Había algo en su expresión que denotaba angustia y sus ojos parecían atormentados. ¿Qué le había sucedido a él también?. Estaba tan ensimismado en sus pensamientos, que pasó al lado mío para sacar algo de la nevera, sin percatarse que yo estaba al lado. ¿Acaso para él era parte del mobiliario?

–Buenos días, Malfoy, ¿Te encuentras bien? –le pregunté sin poder ocultar la preocupación.

–Ah... –respondió enfocando por primera vez su mirada en mí como algo que respiraba, distinto de las otras cosas–. Buenos días, Granger, ¿me preguntaste algo?

Ladeé la cabeza para observarlo mejor. No parecía haber tenido una noche de insomnio como otras veces, y tampoco parecía enfermo o con fiebre. Era más bien anímico su malestar. Definitivamente era uno de esos días en que todos se levantan con el pie izquierdo, menos yo.

–Te ves fatal –le solté encogiéndome de hombros.

Él pareció reaccionar con el comentario y esbozó una sonrisa cínica, mirándome de arriba a abajo con la ceja izquierda alzada.

–Pues al menos estoy duchado.

–Punto para el rubio –concedí.

¿Quién era yo para decirle que se veía fatal? estaba en mis pijamas de abuelita, completamente despeinada. Me había levantado tan tarde que no alcancé a ducharme para acompañar a los chicos a tomar desayuno, así que me senté con ellos a la mesa tal como había salido de la cama, hecha un desastre. Por su parte, el único problema de él era su rostro, porque lucía tan atractivo como siempre, vestido completamente de negro, contrastando de una manera elegante con su blanca piel.

–¿Qué vas a hacer hoy? ¿Quedaste con Daphne? –indagué sin pensar realmente lo que estaba diciendo, las palabras brotaron de mi boca sin permiso.

–No. No tengo planeado nada. No me apetece.

–¿Y si practicamos? –volví a soltar sin pensar–. Yo tengo el día libre, podemos aprovechar de avanzar en esa pieza del otro día. La difícil –sugerí tratando de no aparentar mucho entusiasmo.

–¿Te refieres al concierto para Violonchelo y orquesta n° 1 en La menor, opus 33, de Camille Saint Saens? –replicó con un tono de sabelotodo que me calzaba a mí.

–Eso, eso.

–Interesante propuesta, pero me da una soberana pereza quedarme encerrado –dijo, quitándome El Profeta de los dedos–. Pensaba salir a caminar todo el día.

Me mordí el labio. Sabía que debía dejar la idea hasta ahí, pero también sabía que quería aprovechar el día para estar con él, ya fuera caminando, viendo una película, mirando el techo o tocando el cello. Daba igual.

–Hagamos las dos cosas, ¿para qué aburrirse cada uno por su lado? –insistí, rogando no sonar demasiado desesperada–. Vamos a almorzar a algún lado, volvemos a la casa a ensayar un rato y luego te acompaño a caminar hasta que nos cansemos, ¿te parece?

–¿Y quién te dijo que quiero compañía?

Creo que en ese momento mi cara se descompuso y bajé la mirada, revolviendo la taza de café que estaba al frente mío, y que ahora probablemente estaba frío, inbebible. Él se dio cuenta de inmediato y tomó mi barbilla con suavidad para que lo enfrentara.

–Estoy bromeando, Granger –esbozó con un tono conciliador–. Hagámoslo, pero primero dúchate, que en esas condiciones no voy contigo ni a la esquina.

Sonreí, pero luego traté de asesinarlo ficticiamente con la mirada, tratando de aparentar estar ofendida con el comentario. Me levanté y me encerré en la habitación que compartía con Ron para ducharme, y mientras lo hacía, reparé en un detalle que antes no lo había hecho. ¿Por qué cada vez que Malfoy se daba cuenta que me había dañado con sus palabras cambiaba su comportamiento de inmediato? ¿Como si no quisiera hacerme sentir mal? ¿Qué significaba eso?

.


.

El sol te dio en plena cara, despertándote. Te removiste en tu cama algo incómodo, y cuando abriste los ojos, entendiste el porqué. Estabas completamente vestido, con las mismas ropas de ayer, y sobre tu cuerpo descansaba una frazada. De tus zapatos no había rastro, alguien te los había quitado.

Un flashback repentino acudió a tu cabeza, y recodaste todo lo que te había ocurrido el día anterior. La salida con Granger, la película que vieron, luego te viste abrazándola y de ahí... de ahí todo se fue a negro. No habían más recuerdos, pero no eran necesarios, con eso te bastaba.

Sonreíste.

Hace meses que no dormías tan bien y no podías evitar agradecer esa necesaria oportunidad de descanso. Quedarte dormido abrazando a Granger resultó ser el mejor somnífero en el buen sentido de la palabra. Lástima que no se tratara de una situación habitual.

Estiraste los músculos y dejaste escapar un bostezo capaz de tragarse toda la habitación. Te levantaste perezosamente y entraste a la ducha para asearte. Las gotas escurrían por tu espalda apresuradas, mientras apoyabas la frente contra la helada pared del baño, hundido en una confusión enorme. Hace tiempo que estabas haciendo esfuerzos sobrehumanos para cambiar los sentimientos que tenias por ella a una especie de amistad. Pero hasta el día de hoy, no te habías dado cuenta que estabas fallando estrepitosamente.

Tus pensamientos estaban la mayoría del tiempo dirigidos a una mujer que no era tu novia. Tus palpitaciones se aceleraban sólo con una mujer que no era tu novia. Y tus deseos ¡qué decir de ellos! Sólo lograban encenderse a niveles insospechados al punto de tener que hacer extraordinarios intentos por reprimirlos, por no mostrarlos, sólo con la mismísima mujer, que seguía no siendo tu novia. Eso no podía estar bien.

Cuando la tuviste entre tus brazos la noche anterior, todo había parecido tan perfecto, tan correcto, que ahora que lo miras con perspectiva, te das cuenta de tu grave error. Jamás hay que probar del néctar que no has de beber. Y si tan sólo con un abrazo había logrado alterar cada partícula de tu ser, ¿Qué pasaría si algún día la besaras? ¿Enloquecerías de frentón? ¿Ahora sí te internarían en San Mungo?

Saliste del baño ofuscado y te pusiste un par de prendas al azar. Ni te fijaste en los colores, pues no era necesario. Todo en tu armario estaba hecho para combinar, no había variedad de tonos y todo era prácticamente idéntico, normal, al igual que tu vida. Bueno, al menos como solía ser tu vida hasta que llegó ella para darla vuelta.

El picoteo de la ventana llamó tu atención "¿un cuervo?" te preguntaste extrañado, al ver que el ave traía amarrada a la patita tres pergaminos. Le abriste para que pudiera entrar y pronto se colocó en tu hombro, estirando la extremidad para que le quitaras el pedazo de papel. Lo desataste con el ceño fruncido, y a penas desenrollaste el mensaje, el cuervo se marchó emitiendo un desagradable sonido.

.

"Estimado Sr. Malfoy.

Mediante la presente misiva, le hago llegar dos breves cartas provenientes de Azkaban, prisioneros E-58927 y Z-76281.

Sin otro particular, le desea un buen día.

Alan Fields.

Alcaide en grado segundo.

Ala oeste, sector rojo.

Azkaban"

.

–Hijo de puta –mascullaste enrabiado– ¿"Un buen día"? ¿Quién mierda se cree? ¿Acaso me está bromeando?

Hiciste el mensaje una bolita y lo tiraste por la ventana, para luego, desenrollar el segundo pergamino con los pulmones encogidos de nerviosismo.

.

"Draco:

Por lo que me informaron mis contactos, te encuentras estudiando en la Academia de aurores y viviendo con Potter y compañía. Te pido encarecidamente que no te dejes contaminar con sus patéticas personalidades y que te encargues en tu tiempo libre de administrar la fortuna de la familia. Quizás más temprano que tarde logre acortar mi sentencia, y no quiero enfrentarme a un desastre cuando eso suceda.

Lucius Malfoy"

.

Bufaste. Ni un ¿hijo, cómo estás? ¿te encuentras bien? Pero tampoco te lo esperabas. Desde que tenías memoria, tu padre siempre había sido de esa forma contigo. Cortante, hostil. Carente de alguna emoción clasificable en el ítem "paternal". Al principio, cuando tan sólo eras un pequeño, pensaste que era tu culpa que no se mostrara afectuoso, así que te empeñaste por complacerlo, por convertirte en una mini copia de él, quizás, de esa forma te pondría mayor atención. Te comportabas como tu padre, hablabas como tu padre y pensabas como tu padre.

Pero no obtuviste un buen resultado de todo esos esfuerzos. Para él, sólo eras una copia defectuosa, y comenzó a exigirte cada vez más y más, hasta que te viste involucrado con los mortífagos, en una guerra que no era tuya ni te interesaba. Tarde te diste cuenta de que no existía vuelta atrás, cuando ya habías marcado tu vida para siempre.

El mensaje también lo doblaste sin cuidado, pero en vez de tirarlo por la ventana, lo lanzaste sobre la cama. Después verías cuál sería su destino. Desenrollaste el tercer y último pergamino con ilusión, pues sabías que se trataría de ella, la mujer más importante de tu vida.

.

"Querido hijo:

¿Cómo te encuentras? ¿Te están tratando bien? ¿Y la Academia, cómo va? No sabes lo feliz que fui al saber que pudiste evitar la cárcel con ese trato. No habría podido soportar verte un segundo en este sucio lugar. Además, no lo merecías en lo absoluto, habría sido una injusticia del porte de Gringotts. Eres inocente, y lo sabes. Jamás pienses lo contrario.

En fin. Sólo me dieron estas escasas líneas para escribirte, así que iré al grano. No te preocupes por mí, que te conozco lo suficiente para saber que lo estás haciendo, te engendré. Créeme cuando te digo que estoy bien, sólo cuento los días para volver a verte. ¡Ni te darás cuenta! El tiempo pasa volando.

Mantén la cabeza en los estudios y en recobrar tu vida social. Recuerda que siempre te llevo en mi corazón. Siempre. Y en lo que decidas, te apoyaré incondicionalmente.

Cuídate mucho y te quiero.

Narcissa Malfoy.

Tu madre.

Ps: supongo que te estás alimentando bien, ¿no?

Ps2: supe de buena fuente que estás saliendo con la primogénita de los Greengrass, ¿es cierto? Es una muchacha muy preciosa. Totalmente aprobada.

Ps3: Te extraño mucho. Ni te imaginas.

Ps4: No escuches a tu padre. Logra de tu vida con Potter y el resto una época agradable. Ya has tenido suficientes malos ratos, ¿no crees?.

Ps5: Si vas a ser Auror, se el mejor, hijo mío, que puedes lograrlo"

.

Te quedaste observando su perfecta caligrafía unos segundos más, antes de doblar la nota con sumo cuidado para guardarla en un lugar seguro. No había duda alguna. Tu madre era la persona que más querías sobre la faz de la tierra, y te dolía una brutalidad saber que ahora ella sufría en un lugar repleto de maniáticos y asesinos. Era un crimen en sí mismo tenerla ahí. como guardar una rosa en un corral de cerdos, lleno de lodo y sobras.

La mente es traicionera y la tuya solía acuchillarse por la espalda a menudo. Comenzaste a recordar lo que fue tu infancia y tu adolescencia en la mansión Malfoy, algo que siempre tratabas de evitar, porque te inundaba de una extraña mezcla de calor y frialdad. Cariño e indiferencia. Alegría y padecimiento.

Mientras tu padre te obligaba a estudiar finanzas y a practicar vuelo en escoba, tu madre despertaba otros talentos tuyos, enseñándote desde la más temprana edad el valor del arte y de la música. Es así que cuando Lucius salía a sus reuniones de "trabajo", Narcissa aprovechaba de darte lecciones de cello sin que su marido lo supiera, y mostrarte qué tan vasto era el mundo cuando se trataba de la capacidad creativa humana. Según ella, poseías un espíritu de artista que no debía ser ignorado, por más "Malfoy" que fueras. Aunque el resto no lo supiera, debías cultivar tu alma a través de los talentos, y ella se encargaría de ser tu mecenas.

.

"Bajaste las escaleras para buscar algo a la cocina. Ya pasaba la medianoche y esperabas que nadie te pillara deambulando por ahí, no tenías ánimos de una reprimenda.

Ese año entrarías a cuarto, pero no te daba mucha ilusión, más bien, era resignación lo que sentías. No era agradable estar rodeado de gente que sólo te apreciaba por tu cuenta bancaria, menos aún cuando el resto te tildaba de cobarde, ¡y qué merecido lo tenías! si sólo te dedicabas a replicar a tu padre.

Pasaste por la sala de estar y viste una luz tenue prendida. Ahí, sentada en el sillón de la esquina, estaba tu madre, aún vestida con su túnica verde oliva y con una copa de vino tinto en la mano.

Draco, querido, ¿Tan tarde despierto? preguntó apenas vio tu sombra.

Lo mismo podría decir yo, ¿Qué haces levantada a estas horas? le replicaste extrañado.

No era habitual verla de pie, y menos bebiendo sola.

Tu padre salió a una reunión de trabajo –respondió, moviendo su copa en círculos, dejando teñido de vino los costados–. Lo estoy esperando.

Te removiste incómodo en tu sitio. Tu madre nunca lo esperaba, y si en esta ocasión lo hacía, se debía a que algo no iba bien. ¿Tendría que ver con los mortífagos? ¿El innombrable habría vuelto? Querías aferrarte a la esperanza de que no, pero la preocupación reflejada en los orbes de tu madre no te dejaba otra hipótesis. Se avecinaba el caos. ¿Tramarían algo para el mundial de Quidditch?

Estoy aburrida, ven a bailar conmigo un vals –dijo de pronto ella, encendiendo el tocadiscos con la varita.

Pero mamá, los Malfoy no bailan –replicaste extrañado, escuchando como la música inundaba el lugar.

Ella sonrió con algo de tristeza, y luego de tomar un sorbo de su copa y dejarla en la mesita ratona, te respondió.

Ay, hijo mío, no seas estirado –soltó con dulzura–. Afortunadamente por tus venas no sólo corre sangre Malfoy, sino que también Black. Y los Black si bailan, si hubieras visto a tu abuelo me entenderías... No quiero que seas de esos hombres que no saben llevar por la pista a una mujer, y las tienen aburridas en sus asientos mientras todas las otras parejas se divierten. No sabes lo frustrante que es. Creéme que te ayudará cuando te propongas conquistar de verdad a una señorita, el dinero no basta, tampoco el apellido. Ahora, ven acá a bailar con tu madre, si te preocupa el asunto, no le diremos nada a Lucius.

Narcissa se levantó y te estiró la mano, la cual tomaste con algo de reserva. Te acercó a ella y trató de que ambos se movieran al compás de la música, pero en ese entonces, tus pies eran torpes, y parecías un troll tratando de aprender a caminar. Bufaste frustrado. Defintivamente te debías ver ridículo en esa situación.

Vamos, no te rindas, que no te crié así –reprochó tiernamente–. Sigue el ritmo. Un, dos, tres. Un, dos, tres. Un, dos, tres. ¿Ves? Ya le estás agarrando la mecánica. Un, dos, tres. Un, dos, tres. Un, dos, tres. Ahora girando. Eso, así mismo. Siempre sosteniendo con firmeza la espalda de tu acompañante. Siempre mirándola a los ojos. Entrega tu atención como si fuera la única persona del planeta. El resto deja de existir cuando la llevas flotando por la pista, ¿lo comprendes? ¿sientes como la melodía te indica cómo moverte? ¿hacia donde? ¿ves? Ya lo estás haciendo mejor. Definitivamente lo llevas en la sangre".

.

Una risa nostálgica se escapó de tus labios. ¿Quién imaginaría que de ahí en adelante tu madre se empeñaría en hacerte un bailarín de envidia? Y por sobretodo, ¿quién diría que ese sería precisamente uno de los encantos que hacían sucumbir a las mujeres, cuando aún tenías interés en seducirlas?. Todo lo bueno que tenías se lo debías a ella. Todo. Y Merlín sabía cuanto extrañabas su compañía, sus sabios consejos, las tardes de cello, y las conversaciones eternas acerca de todo y nada.

Un viento helado se coló por tu espalda y recordaste que habías dejado la ventana abierta. Te giraste para cerrarla pero casi pegas un brinco de la sorpresa. Ya no estabas solo, tu mente había invocado a alguien más para acompañarte, y esta vez, te parecía un personaje muy familiar, diferente al resto de tus alucinaciones.

.

"Un niñito rubio de unos ocho años aproximadamente se encontraba sentado en tu escritorio, moviendo sus piernecitas impaciente, esperando quién sabe qué cosa. Cuando levantó la mirada, te petrificaste en tu lugar al darte cuenta que no era otra persona que tú mismo. Por eso la familiaridad instantánea. ¿Cómo te demoraste tanto en reconocerte?

¿Cómo...? esbozaste en un murmullo.

El pequeño te observaba con sus orbes grises atento, y se denotaba algo de tristeza en ellos. Sus manitos estaban empuñadas en sus pantalones azul oscuro y parecía que se estaba mordiendo el labio para evitar llorar.

¿Estás bien? le preguntaste a sabiendas de que en realidad, él no estaba ahí, y que era evidente que no estaba bien.

"Extraño a mi mamá... ¿sabes dónde está?" preguntó esperanzado. Sus ojitos brillaban repletos de agua no derramada "Hace días que no la veo, y la necesito. ¿Estará bien? ¿volverá pronto? No tengo a nadie quien me cuide. ¿Lo puedes hacer tú hasta que ella vuelva? No quiero estar solo. No me gusta estar solo. Yo sólo quiero que vuelva" el pequeño comenzó a sollozar, y se rascaba los ojos con las manos. Sus mejillas estaban completamente sonrojadas, como si esa muestra de sentimientos lo avergonzara".

Tranquilo –le dijiste, sentándote a su lado–. Volverá pronto, lo prometo.

"¡Cállalo!" ordenó una voz un poco más madura al otro lado de la habitación. "¡Que lo calles! ¡Un Malfoy no muestra debilidad! ¡Un Malfoy no llora!".

Levantaste la mirada hasta encontrarte con otra versión tuya, de unos doce años de edad. Ese Draco tenía una expresión dura marcada en el rostro, mientras el más pequeño se cobijaba en tu regazo, escondiendo la cara en tu pecho con miedo. "¡No lo malcríes!" te ordenó el otro "O sino, será un perdedor. Los Malfoy no pueden ser perdedores, ¡No decepciones a nuestro Padre!".

¿Te quieres callar? –lo regañaste ceñudo–. No seas duro con él, ¿No ves que está asustado?

"Déjalo. Aún no sabe que esa actitud altanera se irá por el retrete" dijo una cuarta voz desde la otra esquina de la habitación. Ahí, recostado contra la puerta, se encontraba un Draco de unos dieciséis años, cruzado de brazos, observando la situación silencioso. "En esa época me creía el centro del universo, que era intocable, alguien superior" soltó burlón "¿Qué más podías esperar de él? Déjalo que piense lo que quiera. Ya aprenderá de sus errores".

.

Mirabas a tus tres versiones alternativamente, y te diste cuenta que era más de lo que podías soportar. Eso te estaba perturbando más de lo recomendable.

Alejaste al pequeño Draco por los hombros y te levantaste sin pronunciar palabra, saliendo de la habitación con el alma en un hilo, sintiéndote completamente aturdido.

Caminaste a la cocina y dirigiste tus pasos hasta la nevera para extraer algo de zumo, cuando un sonido llamó tu atención.

Ah... soltaste desorientado, tratando de ver de dónde provenía el sonido, y ahí se encontraba ella, la mujer de tus demonios, mirándote con preocupación–. Buenos días, Granger, ¿me preguntaste algo?

Se quedó en silencio observándote, para luego soltar como quien comenta el clima.

Te ves fatal.

Te pareció tan extraño el comentario, y a la vez, tan gracioso, que no pudiste reprimir una sonrisa cínica. La miraste de arriba a abajo encontrándote con una Granger que parecía haber salido recién de un huracán, completamente despeinada y vistiendo un pijama digno de la profesora McGonagall.

Pues al menos estoy duchado.

Punto para el rubio respondió divertida–. ¿Qué vas a hacer hoy? ¿Quedaste con Daphne?

.

Antes de contestar esa pregunta, poco sabías que esa conversación, aparentemente inocente, terminaría en uno de los días más conflictivos de tu vida.

Poco sabías que con esa pregunta, Granger había forzado la rueda del destino en el sentido contrario, alterando el orden del universo.

Y poco sabías que, para el anochecer, muchas cosas habrían cambiado. Incluyendo el hecho de que ya no dormirías más en aquel departamento...