9 Tan cerca y tan lejos.

Martes, 15 de abril de 1873.

Isabella se quedó petrificada, ni siquiera se percataba del dolor o la sangre que corría por su dedo y goteaba en la suave tela estirada alrededor del aro. Sus labios rosados estaban abiertos por la sorpresa y no podía apartar los ojos de él. Sintió miedo al verlo parado tan impotente en su habitación. ¿Cómo era que todo lo había llevado hasta él? Su mano comenzó a temblar y se extendió hasta todo su cuerpo. No recordaba cómo se respiraba. Estaba completamente sumida en el recuerdo de sus manos tocándola, de la fricción de sus cuerpos, de la perfección y la amabilidad de él, de la poca pasión que ella aportó esa noche… Sus ojos esmeraldas.

El sonrojo fue algo cautivador para Edward, mientras que Isabella Swan apartaba la mirada situándola en otro punto. La joven soltó la aguja entre las sábanas cuando notó la sangre, él también la vio. No era más que un pinchazo. No se preocupó. Estaba más que claro que la joven lo reconocía, sabía quién era él.

"¡Dios, Isabella, te acostaste con un marqués!" Recordó las palabras de Jane. Todo estaba haciendo conexión en su mente. "¡Dios, Lord Greenwich, un bebé!" Cerró sus ojos mientras se limitaba a reproducir todas esas palabras. Estaba, sin duda, frente al marqués de Greenwich… Su hija tenía sangre azul, y era ilegitima. ¿Por qué? ¿Por qué no pudo haber sido tan sólo un soldado? ¿Un coronel? ¿Alguien no tan acomodado? El lugar donde vivía era ridículamente grande. ¿Cuánto lo era su fortuna?

Después le golpeó otra cosa y le sacó el aire casi como si una bala de cañón se hubiera estrellado contra su estómago. ¿Se había quedado con Renesmee? ¿Ella estaba en algún lugar de la casa? Sentía que en cualquier momento su corazón se le saldría del pecho y comenzaría a hiperventilar… Si es que no lo estaba haciendo ya. Sentía ganas de poner sus cansadas piernas en movimiento y salir corriendo de ahí, pero aquel hombre ya estaba demasiado cerca de ella… No había salida, el peso de él, su fuerza, la detendría antes de siquiera haber dado dos pasos fuera de la cama. Pero no quería verle. Ser consciente de quién era él, de lo que él le había dado, le dolía bastante. Ya le costaba intentar confirmarse a sí misma, en un esfuerzo vano por no ser completamente infeliz, de que su hija había tenido un buen futuro. Le dolía pensar que podía tenerla tan cerca y no poder verla. Le dolía pensar que quizá él no se había hecho cargo de ella, y que la seguía teniendo lejos.

Dolor… Era todo lo que sentía.

Edward tomó asiento en la silla a un lado de la cama de Isabella. Aún seguía ahí después de que nadie la hubiera usado por más de unos cuantos minutos. Esme sólo pasó unas horas mientras ella estaba inconsciente, pero eso Isabella no lo recordaba. La miró con detenimiento, tanta belleza acumulada en su rostro y no había podido contemplarla la noche que se adueñó de su cuerpo. Aún tenía dudas de querer proponerle el trabajo. Ahora todo era distinto. ¿Qué pensaría la gente cuando se enteraran de que en el pasado, Isabella era una prostituta? ¿Qué si a ella se le ocurriría abrir la boca y contar que él se había enrollado con ella? Estaba bastante nervioso, pero por el temblor de Isabella, estaba seguro que no más que ella.

Pasó un largo minuto antes de que ambos entendieran que el otro no quería abrir la boca. Ninguno de los dos se miraban a los ojos. El dedo de Isabella ya no sangraba y sólo tenía un puntito rojo que apenas se notaba. Lo miró como si fuera la cosa más interesante del mundo, ignorando de una manera bastante descortés a alguien de mayor rango social que ella… Seguro venía a echarla, fue el primer pensamiento que se le pasó por la cabeza. Sí, seguro estaría en la calle en unos cuantos minutos.

—Señorita Swan, no me he presentado correctamente y lamento haber entrado así a su habitación… —comenzó, sin dignarse a mirar sus ojos cafés de nuevo. Isabella no levantó la mirada, tan sólo asintió, haciendo que su cabello liso y alborotado cayera a un lado de su cara. Se lo llevó con lentitud hasta detrás de la oreja y frunció los labios hasta que fueron una recta línea —Soy Lord Greenwich, marqués de Greenwich.

Estaba confundida. La había tratado de señorita, como se le llama a una dama. Quizá él estaba tan bien educado que no se animaba a recordarle a Isabella de dónde venía ella. O quizá no la recordaba en lo absoluto. También notó lo formal que estaba siendo. A diferencia de su madre, él sólo presentó su título. Se apellidaba Cullen, eso más que seguro, ¿pero cuál sería su nombre? Deseaba conocer el nombre de pila del padre de su hija… ¿Por qué?

—No tiene por qué decirme su nombre, debido a que mi madre ya lo ha mencionado en una conversación que tuvo conmigo —explicó. Isabella asintió, ya lo había notado. Y completamente agradecida de que no tuviera que hablar, al menos no aún, porque estaba tan nerviosa que había perdido la voz — Le doy mi más sincero pésame debido a la muerte de su amiga y… de su hijo.

Sintió dolor. Pero la voz de Edward había demostrado el trabajo que le había costado esas palabras, no porque no quisiera decirlas, sino porque sabía que a ella le molestaría. Isabella apretó los labios y asintió apesadumbrada. Toda la situación era abrumadora. Ambos estaban completamente tensos. El aire se había vuelto espeso y costaba trabajo respirarlo.

—Gracias —se animó a decir, porque consideró grosero actuar como si no quisiera hablar con él. Aunque en ese momento era la pura realidad.

—Emm… Señorita Swan, mi madre ha confirmado que usted no tiene a nadie y… —Isabella se encogió en la cama ante la cruda verdad de su vida. Sola, completamente sola. Edward se calló al instante, sin saber qué decir ante la mujer cuya luz se estaba extinguiendo frente a él. Pasó su lengua por sus labios resecos antes de seguir — Hemos llegado a la conclusión de ofrecerle un trabajo en esta casa. Nos hace falta una sirvienta que sepa hacer de todo un poco… Y bueno, debido a su situación, consideramos que sería una forma de ayudarla…

El nerviosismo de su voz hizo que algo se moviera dentro de Isabella, que se había quedado congelada. ¿Trabajar para él? ¿Verlo todos los días? ¿Estar en la casa dónde murieron Bree y su hijo? Era impactante ver cuánto sufrimiento tenía esa casa para Isabella considerando que sólo llevaba ahí un día. Pero por otra parte no tenía a dónde ir, le costaría mucho encontrar un trabajo. Ahora lo tenía aquí, en bandeja de plata, para tomarlo o dejarlo. Lo sopesó durante unos minutos, después negó.

—No, Lord Greenwich. —dijo. Edward iba a protestar pero ella lo interrumpió. — Estaré en deuda con ustedes durante toda mi vida. No saben lo mucho que valoro todo lo que han hecho por mí y… por Bree. Pero no puedo aceptar más ayuda de sus manos. No me alcanzará la vida para pagárselos y…

—No, señorita Swan, usted no nos debe nada— le aclaró Edward con el ceño fruncido mientras miraba las manos de Isabella, quien levantó la mirada hacia él de modo fugaz. Con la misma velocidad la bajó de nuevo.

Edward comenzó a pensar. Había rechazado el trabajo nada más habérselo propuesto. No podía dejar que ella se fuera. Tenía que retenerla ahí, se lo había prometido a su madre y de todas formas se notaba a kilómetros que Isabella necesitaba ser ayudada por alguien. Si lo que a la joven le preocupaba era cuánto habían gastado en ella, que no era ni la milésima parte de lo que tenían, entonces tomaría ese camino, aunque no le gustara para nada. No le agradaba que la gente se la empeñara en devolver cuando él les ofrecía algo por el simple hecho de saber que tenía dinero. Es decir, él, su familia entera, tenían dinero hasta el punto de sobrarles. Podía comprarse un castillo en Irlanda y aun así tener dinero suficiente para comprar otros diez más si se le antojaba. Pero sus padres se habían encargado de enseñarles que el dinero no era lo más importante. Y que el poder podía ser peligroso.

—Está bien. Mírelo de esta forma. Acepte el trabajo, no como nuestra ayuda, sino como su forma de pago. Al trabajar para nosotros, estaría retribuyendo… los gastos que usted cree que hicimos en usted —dijo con lentitud, para que la chica comprendiera cada una de sus palabras. Isabella se mordió el labio, él había encontrado la manera de distorsionar su escusa hasta convertirla en lo que él quería: un laberinto sin salida, donde no le quedaba de otra más que aceptar.

—Señor, yo… —iba a protestar, sin siquiera tener idea de sus siguientes palabras, pero una risita la cortó. Era dulce y melodiosa. Se escuchaba fuera de la habitación, y cada vez más cerca. Unos pasitos pequeños se hicieron notar unos segundos después. Isabella volteó a ver a Edward, quien mantenía una sonrisa dulce en su rostro, lo cual le daba un aspecto adolescente.

— ¡Lord Greenwich! ¡Lord Greenwich! — se escuchaba un llamado desde la puerta, seguido y entrecortado por risitas semejantes a carcajadas.

Edward se puso de pie y caminó hasta la puerta, la cual abrió. Una pequeña de unos cinco años entró como tornado en la estancia, no detuvo su carrera hasta que llegó al medio y se dio cuenta de que se encontraba en el interior, entonces se volteó y observó al hombre. Sus labios, pequeños, carnosos y rosados se estiraron hasta formar una pequeña y pícara sonrisa.

—Lady Nessie, le recuerdo que esas no son formas de comportarse, y menos en la alcoba de una persona ajena que necesita descanso —dijo cerrando la puerta y volviendo hasta su asiento original. Sin embargo, esta vez estaba sentado de modo que quedaba lateralmente hacia Isabella, sin darle la espalda.

—Lo siento —dijo bajando la cabeza en dirección hacia la chica en reposo. Isabella estaba fascinada con los rizos color cobre que no percibió nada más durante un tiempo. No hasta que la niña volteó a verle y se encontró con sus ojos cafés en ella. La sonrisa de Isabella desapareció.

—No… está todo bien —fue lo que pudo decir, con un nudo en la garganta.

Sus manos comenzaron a temblar y las metió debajo de las sábanas. El corazón le latía a mil por horas. La niña era tan bella...

—Nessie, te presento a la señorita Isabella Swan. —le presentó Edward. Isabella no sabía qué hacer, le estaban introduciendo hacia su propia hija, la que no había visto en cinco años, la que había crecido tanto que no parecía ser la bebé que llevó en brazos alguna vez. Tenía lagrimas que no pudo controlar. Edward pensó que tal vez le recordaban al bebé que había perdido.

—Mucho gusto, señorita — dijo al pie de la cama, a la vez que hacía una perfecta reverencia con su vestidito verde de seda. Se veía preciosa.

Su hija estaba bien. Tenía una hermosura envidiable y podría comérsela a besos en tan solo segundos. Tenía una sonrisa dulce en los labios, mientras esperaba a que Isabella dijera algo. Pero ella estaba tan inmóvil como una piedra. Le costaba respirar, pero a la vez se sentía liviana, como si hubiera dejado una gran carga caer al suelo. Su niña llevaba la vida que se merecía. Se veía que la cuidaban bien.

—De acuerdo. ¿Dónde está tu institutriz? Veo que has llegado del orfanato…

—Ha pedido un tiempo para poder dejar sus cosas… Está muuuy cansada. En el orfanato no se duerme tan bien como en casa. Los niños fueron buenos, pero me da tristeza verlos así.. —dijo haciendo un puchero. Edward había hablado con Esme respecto a que Nessie hiciera lo mismo que ellos hicieron cuando niños. Visitar a un orfanato y pasar unos días en él para comprender lo que tenían y la suerte que otros no compartían. Les había puesto los pies en la tierra.

—Creo que lo mejor será que vayas con Lady Esme, muere por verte –le dijo Edward. Nessie asintió y salió corriendo sin decir nada. Tenía un libro en la mano, pero no dijo nada al respecto, quizá se le había olvidado pedir por lo que había venido.

Isabella no dijo nada.

—¿Qué dice? ¿Acepta el trabajo, señorita Swan? —Isabella lo miró como si no lo viera realmente. Estaba bastante confundida. Su hija no sabía quién era ella, tampoco era que lo esperara después de todo ese tiempo, pero dolía.

¿Aceptaría el trabajo? Sin dudas lo hubiera rechazado hacía un par de minutos, pero había visto a Renesmee. Era bastante tentador aceptar, porque eso quería decir que podría ver a su hija a menudo, aunque aquello fuera algo extrañamente masoquista. Estaba más que claro que ella no podría hablare como quisiera, ni tener tanto contacto como si en verdad fuera su madre. Tendría que dejar que la trataran como ellos quisieran sin poder intervenir. Pero era su hija, quería estar cerca de ella el mayor tiempo posible. Verla crecer, verla aprender poco a poco…

—Está bien. —se acabó, lo había dicho y así lo haría. Edward sonrió satisfecho, asintiendo. También estaba bastante sorprendido debido al cambio de Isabella, pero no dijo gran cosa. Con un movimiento de cabeza se fue dejándola sola. Ella se sumió en la cama.

Viernes, 18 de Abril de 1973

Los siguientes dos días, Isabella estuvo postrada en esa enorme cama, a excepción de cuando iba al baño para asearse o necesitaban cambiarle de ropas. Nadie más había venido a hablarle en todo ese tiempo acerca del trabajo. Sólo la visitaba Esme de vez en cuando, y una de las sirvientas entraba y salía siempre en el mayor e irrompible de los silencios.

Al tercer día, Isabella estaba en condiciones para ponerse de pie, según había dicho el doctor. Aunque no era recomendable que hiciera muchos esfuerzos. Debido a las pocas fuerzas que tenía después de haber pasado por tanto dolor, el cual su frágil cuerpo tuvo que soportar, se había decidido que se quedaría siete días hospedada y que después se integraría al equipo de servicio. Aún no había hablado con nadie respecto a sus deberes y donde dormiría... Pero nadie le había hablado de aquello tampoco.

Isabella se encontraba leyendo un libro de poesía que la mantuvo entretenida la mayor parte de esos tres días. Al lado, Esme terminaba de darle unos tocados al bordado que Isabella había estado haciendo, la verdad era que las florecillas de Esme eran una maravilla. Ambas mujeres parecían enfrascadas en su propio mundo, hasta que Isabella se animó a preguntar por aquello que aún no había tenido del todo claro. Bajó el libro apoyándolos en sus piernas, sobre las sábanas y miró a Esme. La joven soltó un suspiro que hizo que la mujer levantara la vista. Isabella bajó la suya, un tanto nerviosa. Se mordió el labio.

―Quería preguntarle si... ―Comenzó, pero se detuvo. Esme inclinó la cabeza hacia un lado, curiosa y a la vez enternecida por la timidez que portaba. Aún no cedía ante su insistencia para que no la tratara de usted, o la llamara Esme en vez de Lady Greenwich. Posó su mano sobre la de ella, y la apretó un poco, dándole ánimos.

―Isabella, puede confiar en mí ―le aseguró. Ella no le tuteaba debido a que la joven se había negado a hacer lo mismo, era una especie de condición. Isabella asintió, suspirando de nuevo.

―El doctor ha dicho que ya puedo caminar... Me gustaría ir a donde sea que Bree esté enterrada, si es que ustedes lo hicieron o... ―comenzó a decir. Las palabras chocaban una con otras haciendo que la que estaba en la punta de su lengua saliera cortante y apenas entendible.

―Oh, por supuesto. Le pediré a alguien que la lleve. Al principio mi marido y yo pensamos en esperarla, pero debido a la enfermedad... ―comenzó a explicarse, pero Isabella la miró completamente agradecida. No le molestaba no haber estado presente en el entierro de su amiga, sino el no haber evitado que se encontrara ahí. Quería disculparse.

―Gracias, por todo.

―No hay de qué, niña ―dijo Esme regalándole una sonrisa. No esperaba ver una de regreso, pero ahí estaba, en los pequeños labios de Isabella ― Bien, dígame qué le parece. ¿Así está bien?

―¡Oh, señora Greenwich, es hermoso! ―exclamó fascinada, tomando entre sus manos el bonito camino de mesa. Ella había hecho la mayor parte, pero sin duda la pequeña aportación de Esme, las florecitas a lo largo, eran lo más llamativo.

―Me alegra que le guste. Es suyo. ―le dijo mientras se ponía de pie para retirarse. Se arregló el vestido. Isabella no pudo decirle que no porque aún no conectaba todo. Cuando la señora se hubo ido, comenzó a leer de nuevo.

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La sirvienta, cuyo nombre era completamente desconocido, entró a la habitación con un vestido simple, de color crema, bastante ligero. Tenía manga de tres cuartos y los botones en la espalda eran de un color azabache. Se lo puso a Isabella sin decirle nada, e Isabella tampoco emitió palabra. Se miró al espejo mientras observaba la prenda. Era bastante bonita, hacía mucho que no usaba algo tan elegante. Su cabello ya no estaba enmarañado y caía en ondas por su espalda.

Desde la puerta hubo con golpe. Se extrañó de que alguien le pidiera permiso para entrar, debido que desde su estadía en ese lugar, la gente entraba y salía a su antojo de su habitación. Con el ceño fruncido se apresuró a abrir la puerta, ignorando la suave molestia en su vientre bajo, donde llevaba una mano. Giró el pomo y se encontró frente a frente con una señorita que nunca había visto. Portaba el uniforme de la servidumbre, por lo que quedaba en claro que era una sirvienta. Sin embargo, llevaba sobre los hombros un abrigo que la protegía del frío.

―La señora Greenwich me ha ordenado escoltarla, señorita. El carruaje la espera abajo ―dijo, con una voz aguda. La chica no tenía más de dieciséis años. Con una rápida reverencia se marchó el pasillo, dejando a Isabella en el marco de la puerta con la boca medio abierta.

Sin nada más que hacer salió de la habitación, cerrando la puerta con tal delicadeza que no hizo ningún otro ruido más que el clic del pestillo. Caminó con nerviosismo y lentitud sobre la suave alfombra. A pesar de haber pasado por ahí solo una vez con anterioridad, no había estado despierta para admirar las hermosas paredes de madera, con cuadros elegantes y refinados colgando a los costados. Llegó al final de una gran escalera que la guiaba hacia un piso perfectamente encerado donde la esperaba la chiquilla. Llegó hasta abajo sin haber tropezado ni una sola vez a pesar de lo ansiosa que estaba. Nadie conocido por ella se presentó en su camino rumbo a la puerta trasera de la cocina. Se dirigieron hacia un patio pequeño con suelo de roca donde había un carruaje simple que era jalado por un hermoso caballo negro. El chofer era un hombre fuerte, dentro de sus tempranos treinta, serio y elegante. Le ayudó a subir para después ayudar a la otra muchacha y partieron hacia un camino polvoriento.

Se metieron en un camino boscoso que después dio paso a un hermoso jardín, rodeado por un portón negro de metal. Daba miedo de tan sólo verlo. Estaba más que claro que se trataba de un cementerio. Isabella tragó con fuerza. Cuando el carruaje se detuvo, ya no estaba tan segura de querer seguir. Pero nadie se percató de que se había quedado encogida como una niña pequeña en el asiento, eso o que no querían decirle nada. Entonces suspiró y bajó en compañía de la otra chica.

Juntas caminaron entre pequeños senderos de césped verde. A los lados había lapidas de todo tipo y con diferentes nombres en ellos. Isabella se sorprendió cuando la chica se detuvo frente a una especie de casita diminuta donde posaba un ángel en el techo. La sirvienta abrió la puerta con una llave, pero no ingresó. Se hizo a un lado dejándole libre el paso hacia el interior a Isabella que, con pasos cortos, entró. Ahí se encontraba un ataúd de caoba macizo con unos cuantos adornos dorados. Isabella tocó la madera, acariciándola lentamente. Pensar que dentro de esa caja se encontraba el cuerpo de la chica que alguna vez fue como una hermana hacía que se le subieran lagrimas a los ojos. Aún no podía creer que Bree se había ido y que no iba a volver. No se atrevió a abrir la boca, no se atrevió a disculparse, a pedir perdón, como ella había planeado, porque no se lo merecía.

Se quitó un pequeño cordón del cuello. No lo había perdido a pesar de todo lo que había vivido durante esos días. Era una pequeña figurita representando a una rosa, estaba hecha de madera, completamente café, como si fuese de chocolate. La dejó sobre el féretro, cerró los ojos y, con la voz más baja que tenía, susurró:

―Buen viaje...

Dio la espalda a la que una vez había sido su compañera de cotilleo y lágrimas. La que le había sacado más sonrisas que muecas de tristeza. Vaya que la extrañaría. Jamás se había imaginado el mundo sin ellas. Sin Jane, sin Bree, pero ahora le parecía un mundo completamente oscuro, siniestro y sin vida. Todo estaba muerto. Había perdido todo, incluso a su hija, y la impotencia de tenerla enfrente y no poder reconocerla como tal le dolía.

―Señorita ―la llamó la chica, que aún seguía a un lado de la puerta. Isabella volteó para encararla. ―Ella se fue feliz. Yo... yo estuve con ella. No dijo nada, ya no podía... Pero sonrió, yo misma la vi con mis propios ojos.

Isabella se quedó en shock por unos momentos. La chiquilla, incapaz de saber si lo que había dicho estaba mal, salió disparada hacia el carruaje. Pero Isabella sonrió al verla alejarse, con lágrimas en los ojos. Las palabras de la sirvienta le habían, de alguna manera, quitado un poquito del peso que sentía que se empeñaba en hundirla. Fue detrás de ella, ignorando su alrededor.

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De regreso al gran castillo no pudo hacer nada más que mirar a lo lejos mientras tranquilas lagrimas resbalaban por sus mejillas. Se sentía bastante sola, ya no le quedaba nadie con quien poder hablar de sus problemas, nadie en quién confiar. Qué manera de sufrir la que le había tocado. Un aislamiento seguro le esperaba, de eso estaba segura. Ya podía sentir las grandes losas de piedra alzarse a su alrededor, sin dejar que nadie entrara en ella. Esperaba que su condena no fuera tan larga o, si lo era, que ella no pudiera soportar tanto.

Cuando llegó, no le permitieron subir a su habitación. Esme la esperaba con una hilera de personas detrás suyo. Todos tenían la mirada fija en el suelo, como si hubiera algún peligro en alzarla. A un lado de Esme, un paso justo detrás, se encontraba una señora anciana, que tenía un porte hostil, casi amargo. Llevaba el cabello amarillento, con notables canas, recogido en un perfecto rodete. Isabella pensó que aquello no sería lo más cómodo de usar.

―Bienvenida, Isabella. ¿Se siente mejor? ―le preguntó Esme. Mantenía la vaga esperanza de que a la pobre muchacha le hubiera servido para desahogarse un poco. La castaña asintió― Me alegro. Quería introducirle personalmente a la señora Smith, nuestra ama de llaves.

Isabella observó una vez más a la anciana vestida con el color más triste del mundo: negro. La señora parecía algo exigente, pero en sus extraños ojos color azul se encontraba un atisbo de ternura. Isabella pensó que aquello era extraño y un producto de su imaginación

―Mucho gusto, señora. ―inclinó un poco la cabeza. La mujer le devolvió el gesto.

―Bien. Estas personas son una parte del personal. Aún faltan más... Después tendrás más tiempo para conocerlos ―dijo Esme. La hilera desapareció tras un arco que llevaba a un rincón jamás visitado por Isabella.

Los miró mientras se alejaban. Las figuras, los contornos de los cuerpos, variaban desde ser muy pequeños, hasta ser bastante anchos. Las mujeres llevaban un vestido largo, de un color café claro, parecido a la arena cuando se moja. Pronto ese sería su uniforme, la ropa que llevaría a diario. ¿Para qué retrasar eso? ¿Para qué jugar con la bonita ropa que le habían prestado? Lo mejor era olvidarse de eso. Aún le dolía un poco el vientre, pero podía moverse con agilidad sin rechistar ni una sola vez. Era mejor que empezara con su trabajo ahora, en lugar de vivir rodeada de comodidades por cuatro días más.

Observó que la señora Greenwich daba media vuelta, seguida de una muchacha de una belleza extraña, y también flanqueada por el ama de llaves. Isabella vaciló, parada en medio de ese gran salón, si lo correcto era hablarle o dejar que se marchara. Pero si no lo hacía ahora, no sabía cuándo podría conversar con ella. Así que, armándose se valor, abrió sus labios, llamándola.

―Lady Greenwich... ―exclamó. Alzó un poco más la voz de lo necesario, pues las paredes altas se encargaban de repartir el sonido sin necesidad de alzar la voz. Las tres mujeres se voltearon. Esme la miró expectante. Isabella bajó la mirada, un tanto avergonzada.

―¿Puedo empezar con mi trabajo hoy, madame? ―le preguntó en voz baja. Esme se sorprendió debido a la petición de Isabella. Cualquiera preferiría quedarse en el lujo que le habían dado los días que le quedaban. En cambio, ella le estaba pidiendo que se lo quitara lo más pronto posible. Dudó un segundo.

―¿Está segura? ―preguntó, un tanto preocupada. Isabella podía caminar, pero aún no estaba segura de que pudiera hacer demasiados esfuerzos. Pero la joven asintió. ―De acuerdo. Señora Smith, vaya con Isabella y muéstrele lo que tiene que hacer.

La señora asintió, hizo una reverencia y se dirigió hacia Isabella. Esme le sonrió a la joven, dio media vuelta, y desapareció tras una puerta en compañía de la otra chica. Los ojos azulados de la señora, fríos y calculadores, se postraron en su rostro. No tuvo que decir palabra alguna para indicarle a Isabella que empezara a caminar. Se notaba de lejos que era estricta, mas Isabella esperaba que no fuera una víbora.

Caminaron hasta que llegaron a la cocina, donde había un montón de jovencitas y señoras yendo de un lugar a otro. Algunas no hacían nada en la cocina, sino que más bien usaban la puerta como un acceso. Isabella se preguntó si ese sería su área de trabajo, o si le darían otra. La mano firme de la señora Smith se colocó sobre su hombro haciendo que parara el paso súbitamente. Todos en el interior de la cocina se quedaron quietos.

―Les presento a la chica nueva. La señorita Isabella Swan.―dijo. Nadie abrió la boca para decir algo. Los ojos de cada uno se encontraban fijamente en ella, analizándola. ―De acuerdo. Las reglas son simples. Los amos piden, tú obedeces. Te mostraré tu habitación.

Cruzó la cocina con paso veloz, a Isabella le costó un poco de trabajo seguirla sin chocar con tantos hombros. Bajó la mirada completamente roja. Nunca nadie la había mirado de aquella forma. Como si fuera un bicho raro. Así se sentía. Ese no era su lugar, ni siquiera estaba segura de pertenecer a uno. Estaba un tanto nerviosa cuando salió al exterior. Se preguntaba si en verdad sería buena para todo eso. Los hombres decían que era buena en la cama. ¿Pero para los deberes de la casa? Jamás había pasado de limpiar el polvo de su habitación, tender su cama, y lavar la ropa. La cocina se le daba igual que a una primeriza. La verdad era que estaba asustada. Mientras caminaban en la frialdad de Greenwich, cruzaron un jardín bastante amplio, siempre contra un muro de piedra que formaba parte del castillo. Llegaron hasta una esquina, donde se podía apreciar una torre. Era bastante grande y se notaba un poco más descuidada que el resto de la fachada del viejo castillo. Se trataba de un conjunto de áticos. Los dormitorios.

La señora Smith abrió una puerta de madera e ingresaron a un lugar oscuro. Siguiendo con pasos torpes los de su superiora, Isabella subió por una escalera en espiral. Pasaron tres pequeños pasillos pequeños sin indagar en ellos hasta llegar al cuarto. El corredor era muy estrecho y al lado se encontraban dos puertas. Hasta el fondo había otra. La señora Smith la llevó hasta ella. Se detuvo justo enfrente.

―Te despiertas a la cinco, y comienzas a trabajar a las seis. No regresas aquí hasta las once. Esa es tu jornada laboral. Se te darán cortos descansos para comer. Tu trabajo consiste en hacer un poco de todo.

Dicho eso se esfumó como quien es perseguido por el diablo. Isabella estaba extremadamente confundida. Los horarios parecían estar bien, pero le preocupaba los deberes que tendría. Más aún tener que encontrarse con el marqués, tener que ordenar sus pertenencias. Así también como de ver a su hija todos los días. Temía no hacer bien el trabajo y que terminara de nuevo en la calle sin un centavo. Este trabajo se notaba exigente, aunque bastante más digno que la prostitución. Entonces se consoló a sí misma pensando que ya había estado en el trabajo más triste y bajo de toda la sociedad. Seguro podría con este.

Se metió inmediatamente en el dormitorio. Apenas había algo que lo decorara. Aunque de todas formas el lugar era diminuto. Una cama de madera, una silla, un gabinete al lado de la cama, un calentador, una lámpara de aceite en mal estado. Eso era todo lo que tenía. Con eso sobreviviría el resto de su vida. Eso si algo malo no le pasaba.

Se puso el uniforme que le quedaba un poco ajustado, pero podía moverse con él. Salió corriendo de ahí. El lugar era frió y le daba miedo. Además de que las puertas no contaban con nada de seguridad y se podían abrir fácilmente. No conocía a nadie de aquí dentro y le asustaba que alguien pudiera entrar a su habitación por la noche.

Tras recorrer el mismo camino que había hecho en compañía del ama de llaves hacía unos minutos atrás, llegó a la cocina. En donde entró. Esta vez nadie pareció notar su presencia. Nadie excepto una joven pequeña que se le plantó enfrente, mirándola de arriba abajo. Su mirada era penetrante, pero para nada intimidante. La miraba como si quisiera sacarle información nada más de la piel. Al final le sonrió. Era una sonrisa, para sorpresa de Isabella, perfecta. Sin ningún defecto. No le llegaba ni al hombro de la corta estatura que tenía, pero poseía una figura graciosa, casi aniñada. Lo que no servía más que para aumentar su belleza. Tenía una nariz respingada y chiquita, labios pequeños y carnosos. Sus ojos eran azules, de un azul tan bello que Isabella jamás había visto, eran bastante más oscuros que otros que tenía la gente. Su cabello, por los pocos mechones que se escapaban de su gorro, era negro y lo llevaba muy corto, pues no llevaba moño que sobresaliese. Como lo hacía Isabella con su rodete.

―Mi nombre es Mary Alice Brandon ―le dijo, extendiendo su mano. Isabella la estrechó no sin algo de temor. A pesar de ser pequeña, parecía bastante hiperactiva.

―Isabella Swan.

―La señora Smith me ha dicho que debo orientarte el tiempo que sea necesario para que desempeñes bien tu trabajo. No te preocupes, es difícil, pero al final te acostumbras.

La chica comenzó hablar mientras caminaba hacia afuera. Llevaba una cubeta de madera cargada de agua. Parecía bastante pesada pero la joven no se quejó en ningún momento. Juntas, llegaron hasta un gran salón sin un sólo mueble. Entonces Alice se hincó y metió un cepillo en el agua. A continuación, empezó a fregar. Le había dado un cepillo similar a Isabella por lo que ésta adivinó que debía hacer lo mismo. Imitó cada movimiento de la chica.

―¿Alguna vez has trabajado haciendo esto? ―le preguntó Alice por medio de un susurro. Isabella se sorprendió que le tuviera tanta confianza como para tutearla, aunque debía confesar que no le molestaba.

―No ―fue bastante tajante.

―Oh —no expresión no parecía sorprendida — No te preocupes, estas cosas se aprenden bastante rápido. ―dijo alzando los hombros, restándole importancia. Ambas fregaban con velocidad y fuerza, tanto que dolía.

―Eso espero.

―Descuida, si sigues las reglas todo irá bien. ―dijo. Isabella alzó la mirada del suelo de mosaicos y la miró intrigada. ¿Reglas? La señora Smith sólo le había dicho que obedeciera y ya. Alice notó la red de pensamientos en la mente de Isabella y la miró intrigada. ―porque... te han explicado las reglas, ¿no? ―preguntó. Isabella negó.

Alice no le dijo nada más y siguieron limpiando. Isabella Moría por pedirle que le dijera las reglas, porque sentía la angustia de que, por el movimiento más pequeño que hacía, alguien vendría a regañarla de una forma horrenda porque eso no era correcto. Prácticamente hacía todo a ciegas. Ese día siguió a Alice y sus indicaciones al pie de la letra. Primero fueron a varias habitaciones a sacudir el polvo. Se encargaron de vigilar que las velas estuvieran prendidas. Limpiaron ventanales y tendieron camas que aún no se habían hecho. Después recogieron sábanas y ropas sucias para llevarlas a lavar. Tras tender todo se dirigieron hacia la cocina y comieron alguna que otra raja de pan. Isabella jamás había hecho tanto trabajo y se sentía agotada. Además de que el dolor en el vientre aún no se había ido del todo.

Para cuando les dieron la indicación de salir Isabella no se había encontrado ni una sola vez con ninguno de los dueños de la casa. Y estaba bastante aliviada. Alice insistió en acompañarla hacia los dormitorios puesto que la noche era bastante oscura y dejaba ver apenas nada. Entonces descubrieron que compartían el mismo piso. Alice tenía la puerta de la izquierda.

La pequeña mujer pensó durante todo el camino acerca de la nueva chica que compartía trabajo con ella. Parecía ser buena, aunque ocultaba muchas cosas, de eso estaba segura. Sintió pena por ella. Una de las sirvientas que había estado con ella durante la noche que había llegado, le había contado a Alice un poco al respecto. La pobre estaba sola y quizá necesitara a alguien en quien confiar y charlar un poco.

―Isabella, si quieres puedo decirte las reglas. ―dijo. La castaña dejó de abrir la puerta para mirarla con cierta incredulidad.

―¿En serio harías eso?

―Pues claro. Sería una falta de responsabilidad enorme si no te advierto lo que debes o lo que no debes hacer. ―dijo como si fuera lo más obvio del mundo.

Entonces Isabella ingresó en la habitación de Alice. Ambas tomaron asiento en la cama. Isabella notó que Alice apenas tenía nada. Aunque la diferencia más notable entre sus habitaciones era que Alice poseía una fotografía de una mujer en un marco, junto a su cama. Isabella no dijo nada.

―Bien. Entonces. Debo decir que la lista es bastante larga y, aunque aquí se concentra lo más importante, no quiere decir que sean todas las reglas. Con los errores aprenderás qué hacer y qué no. Pero lo básico es esto ―le advirtió. Isabella la escuchaba con gran atención, mientras la chiquilla se paró y comenzó a caminar de un lado a otro. ―Es importante que, cuando te hablen, te quedes quieta, absolutamente quieta. Y mira a quien te está hablando.

"No puedes permitir que tu voz sea escuchada por los señores, a no ser que te hayan hablado o preguntado algo que exija una respuesta. En este caso habla lo menos posible.

"No puedes hablar con otra sirvienta en presencia de tu señora, tampoco con un niño. Al menos que sea necesario. De nuevo, habla lo menos posible. También que sea lo más bajo que puedas.

"No puedes ser tú la que empiece a hablarle a tus señores. Nunca, jamás, lo hagas. A no ser que debas retransmitir un mensaje o una pregunta necesaria. Siempre con el menor número de palabras.

" Siempre que sea posible, todos los objetos que tengan que ser manejados ―Isabella la miró extrañada. ―Ya sabes, pañuelos, lentes, otros objetos pequeños... Debes devolverlos a sus dueños en una bandeja de plata.

"Siempre debes responder ante una orden. Con el adjetivo apropiado. Como señor, señora, señorita, caballero... Según sea el caso.

"Nunca, pero nunca, por lo que más quieras, Isabella, le des tu opinión a los señores.

"Cada vez que te encuentres con los señores, tienes que hacerte invisible. Pégate a la pared, desvía la mirada. Tienes que pasar desapercibida. De otra forma eres algo así como un estorbo.

"Excepto como saludo, nunca debes decirles "buenos días" o "buenas noches" a los señores.

"Siempre que te pidan que acompañes a la señora o al señor para ayudarle con unos bultos o lo que sea, debes mantenerte unos pasos atrás.

"Se espera que estés puntual en tu puesto durante las comidas.

"No debes, no puedes, recibir a ningún pretendiente, visitante o amigo en la casa y no debes presentar a nadie al resto del servicio sin el consentimiento de la señora Smith o el señor Jones. Es decir, el ama de llaves y el mayordomo. Las compañías están estrictamente prohibidas. Serás despedida si confraternizas con alguien.

"Aceptar cualquier roto o estropicio en la casa se descontará de tu salario.

Isabella no supo cuándo, pero había estado reteniendo el aire durante la mayor parte del listado de Alice. Ahora se sentía bastante mareada debido a todo lo que no podía y lo que tenía que hacer. Era demasiado... estúpido. ¿Que acaso eran divinos o algo? Siempre le había molestado esa diferencia. Bueno, no siempre, pero cuando tocó fondo de la manera más humillante posible todo su mundo dio un giro y ya no podía ver nada de la misma manera.

Alice se quedó quieta como si esperara alguna respuesta por parte de Isabella, pero la joven muy apenas podía moverse. Demonios. Pensó. ¿Ahora qué podía hacer? Ella era extremadamente torpe y olvidadiza. Temía que todo la información que justo ahora estaba intentando retener se esfumara a la mañana siguiente. O peor, en el momento que estuviera frente a sus señores.

―Descuida, Isabella. Estarás bien. Yo te voy a ayudar. ―le dijo Alice mientras se sentaba a su lado. Pegando su cintura con la de ella y le tomó de las manos.

No supo por qué, pero la duendecilla mona le estaba comenzando a agradar. Al menos había alguien con un toque despreocupado en todo este mar de melancolía y espanto. Porque si de algo se había dado cuenta, era de cuán miserable era toda esta gente. De cuán miserable era ella.