Una pequeña nota antes de nada:
He estado releyendo el fanfic, y he encontrado varios errores que intentaré ir corrigiendo a medida que avance la historia. Algunos son meramente estéticos (soy muy puñetero con esas cosas), pero otro son errores que podrían afectar a la comprensión de la historia, de manera que para facilitaros el trabajo y no tener que obligaros a que os lo leáis todo otra vez, de hacer algún cambio lo anunciaría al principio de los capítulos.
De momento, el único cambio que he hecho es respecto a las medidas de Pariah en su forma transformada del capítulo 8, ya que si bien dije en varias ocasiones que era grande, realmente nunca aclaré como de grande era. Para que os hagáis una idea, mide medio metro más que un caballo grande, con el tronco más alargado. A una persona como Henrietta, el lomo de Pariah le quedaría por encima de la cabeza, ya que ella aproximadamente debe de medir un metro sesenta o setenta. Su cuerpo es lo bastante alargado como para que ella se pueda estirar encima y que aún sobre espacio, y los brazos y piernas van acorde con su tamaño. Son pequeñas aclaraciones para tener algo más claro la envergadura de Pariah en esa forma, ya que tal y como lo había escrito no hubiera podido jugar luego con Sylphid de la misma manera, al ser por mucho más pequeño que ella (cuando en realidad quería que fuera tan solo algo más pequeño, con un metro de diferencia como máxima diferencia).
Espero que haya quedado todo aclarado, y disculpen las molestias. Ya pueden disfrutar (espero) del siguiente capítulo en paz.
Dentro capítulo.
Capitulo 10: Oscuridad
Un mes después. Cadenza, al oeste de Tristain:
-¿Has oído los rumores? Dicen que han desaparecido otras dos compañías.
Al amparo de la noche, los susurros y breves comentarios de los soldados eran lo único que se oía en la oscuridad del bosque, apenas iluminada por la luz de las estrellas que se veía bloqueada por las frondosas copas de los arboles. En su base, un grupo de 100 hombres había establecido un pequeño campamento en lo más profundo del bosque, donde su espesura los cubriría de cualquier patrulla de soldados que pudiera verlos desde el aire o desde los caminos que atravesaban el lugar. No encendieron fuego alguno aquella noche, optando por comerse sus raciones frías mientras se cubrían con mantas y hacían cuanto podía por combatir los desagradables efectos de la fría noche.
-¿Dos más? Pues con eso ya van cinco en lo que llevamos de semana-comentó otro de los soldados.
-Y eso sin contar los exploradores y espías que hemos perdido, además de aquel buque de guerra que desapareció a principios de mes.
-Menudo inicio para una invasión…-se lamentó otro de los soldados, arreglando como podía sus desgastadas botas.
Todos formaban parte del ejército revolucionario de Reconquista, soldados entregados a la causa que era la liberación del pueblo raso de las crueles garras de los nobles opresores que abusaban de su poder para hacer cuanto querían con ellos. Todos, en mayor o menor medida, habían sufrido en sus propias carnes la crueldad de esos monstruos con piel humana, señores crueles que utilizaban la magia del Santo Fundador para manejarlos como títeres. Por suerte, Reconquista pronto cambiaría eso, y todo sería gracias a los esfuerzos de gente como ellos: campesinos airados, aguerridos soldados, y nobles caídos en desgracia que aportaban su ayuda con sus poderes mágicos. Estos últimos no eran muy bien vistos por el resto de las tropas, pero una varita de su lado siempre venía bien.
Habiendo establecido con éxito su base de operaciones en Albión, lord Cromwell había ordenado que se desplegaran sus efectivos por el país con el objetivo de preparar el terreno hasta que el grueso de sus ejércitos estuviera listo. Su compañía, como otras tantas, tenía la misión de reportar cualquier cosa que pudiera resultar útil a los rebeldes, como movimientos de los soldados de Tristain y la situación en los pueblos del país. Además, también aprovecharían para sembrar las semillas de la rebeldía en las buenas personas que, como ellos, se veían obligados a servir a nobles caprichosos y abusivos. Su ayuda aportaría a Reconquista la fuerza necesaria para tomar el poder, y establecer un nuevo orden más pacífico y prospero para ellos, los no magos. Sin embargo, tal y como había puntualizado su capitán, si se veían incapaces de levantar a la masa, entonces su tarea cambiaría a destruir cualquier pueblo en su camino y a entorpecer el comercio atacando las infraestructuras más básicas que sostenían el país, siendo estos los campos que aportaban el alimento a Tristain y sus minas. Muchos no veían bien el que atacaran a civiles inocentes, pero si dichos civiles les obligaban a ellos al no escucharlos, a ninguno le temblaría el pulso. Eran iguales, si, pero si decidían apoyar a los nobles opresores, entonces pasarían a ser parte del problema, y serían eliminados.
En esos momentos, su nuevo objetivo quedaba apenas a medio día de marcha de allí. Su avanzadilla había ido el día anterior a sondear a la población, para así comprobar las posibilidades de que decidieran unirse a ellos, pero habían determinado que todos eran fieles a la princesa y sería casi imposible convencerlos para que se sublevaran. Así pues, en cuanto amaneciera, irían allí y arrasarían el pueblo. No sería complicado, no era una localidad tan grande, y dado que la gran mayoría de hombres se habían movilizado para asistir a los ejércitos de la princesa, solo se les podrían oponer las mujeres, los niños, y los ancianos o enfermos.
En definitiva, sería una misión fácil.
-¿Tú qué crees que les pasó? A nuestras tropas desparecidas, digo-preguntó uno de los soldados, un recluta de apenas 17 años de edad, al soldado de al lado. Se trataba de un guerrero más veterano y curtido, como las cicatrices de su rostro y su mal cuidada barba reflejaban.
-No lo sé, chico. Si se hubieran encontrado con soldados enemigos, al menos cabría la posibilidad de que alguno de los nuestros hubiera conseguido escapar, pero no ha sido así. Si todos hubieran sido arrestados, nuestros espías deberían de haberlos visto, pero ni siquiera hemos recibido respuesta de nuestros agentes infiltrados. Sea lo que sea que esté ocurriendo, no es algo normal, te lo digo yo.
-He oído…que han encontrado los campamentos desérticos-susurró otro soldado, cubierto de pies a cabeza con su manta mientras miraba nervioso a sus compañeros-. Encontraron las armaduras, las armas, las tiendas… pero ni un solo soldado. Solo…sangre. Sangre por todas partes.
-Por el Santo Fundador, Wilson, que vas a asustar al chico…-replicó el soldado barbudo, mirando mal a su compañero-. Todo eso no es más que una táctica de los tristanos para asustarnos. Recuerdo aún cuando era soldado que solíamos colgar los cadáveres de nuestros enemigos de los arboles por donde pasábamos para quitarles las ganas a los del otro bando de tocarnos las narices. Es una práctica muy habitual.
-¿Y dónde están los cuerpos, eh?-quiso saber el otro-. Dime, oh gran y sabio guerrero, ¿qué han hecho con ellos?
No supo que contestarle a su compañero. La verdad, ni él mismo sabía que pensar de toda aquella situación. Se esforzaba por convencerse de que todo aquello no era más que un truco del enemigo para asustarlos y confundirlos, pero hasta él tenía que admitir que algo muy raro estaba pasando allí. El día anterior, sin ir más lejos, uno de sus hombres aseguraba haber visto un extraño pájaro que, si el hombre que lo vio no mentía o exageraba, estaba hecho de carne y no de plumas. Dijo que era una bestia horripilante que le dedicó una mirada tan inquietantemente inteligente que el pobre casi se caga de miedo en los calzones. Después, tan pronto como los vio, se alejó de allí batiendo sus largas alas, perdiéndose rápidamente en el horizonte. No sabía que pensar de aquello, pero el soldado tuvo bien claro que se trataba de un mal presagio. Fuera lo que fuera que estuviera pasando…
…muy pronto lo averiguarían.
-¡Bah, no te preocupes, novato!-exclamó otro de los soldados, palmeando fuertemente al recluta en la espalda-. No es nuestra primera escaramuza, ni tampoco será la última. Tenemos a nuestros vigías peinando la zona, y nos alertarán si algo raro se acerca. Lo mejor que puedes hacer en estos momentos es dormir un poco, que mañana es tu gran día. No querrás dormirte durante tu primer asalto, ¿verdad?-comentó el soldado con una sonrisa en el rostro. Si bien algo nervioso aún, el recluta se esforzó por sonreír él también, subiéndole los ánimos de paso al resto de los allí reunidos.
-Cierto. La primera vez siempre es especial: la emoción, los gritos, el fuego de tus venas dándote fuerzas para asestar cada espadazo… Hay pocas cosas que se le puedan comparar.
-Oh, yo puedo imaginar un par de cosas que si se le pueden comparar…-comentó otro, sonriendo y haciendo el gesto de sostener un par de enormes pechos. Todos, a excepción de uno o dos que solo sonrieron, rieron a carcajadas ante el comentario de su compañero. Si, tal vez sí que había algo comparable a la primera batalla…
Un lejano grito llamó entonces la atención de todos los allí presentes. Todos a una, giraron sus cabezas en dirección al grito, su distante eco atravesando el espacio entre los árboles, como si viniera de las sombras más profundas del bosque.
-¿Qué…? ¿Qué ha sido eso?-preguntó uno de los soldados, mientras el resto se levantaban y echaban mano de sus espadas. El recluta, mirando entre nervioso y aterrado a su alrededor, hizo cuanto pudo por situarse entre los demás soldados.
-Creo que ha sido uno de nuestros vigías-comentó otro soldado.
Otro grito reclamó su atención, este situado en otro punto distante del bosque. Y otro. Y otro. Los soldados se encontraron dando la vuelta sobre sí mismos, girándose cada vez que el grito de uno de sus hombres les llegaba desde los límites del campamento.
-¿Qué está pasando?-quiso saber uno de los soldados, cargando con gesto decidido su mosquete. El soldado de la barba, mirando suspicaz a las sombras, hizo cuanto pudo por distinguir algo que pudiera revelar la presencia de sus enemigos. No entendía qué estaba pasando, pero fuera lo que fuera, había conseguido acercárseles tanto sin que los vigías llegaran a alertar al resto del campamento. A un lado, consiguió ver como su capitán avanzaba por entre los soldados ladrando órdenes y organizando a la gente en secciones más defendibles. Los pequeños grupos se juntaron espalda con espalda, todos con la mirada fija a las sombras de las que aún salían los gritos de quienes se habían encargado de vigilar hasta el momento que nada ni nadie les pillara por sorpresa. Obviamente, algo había salido mal.
Otro grito, algo más fuerte que los demás, reclamó la atención del pequeño grupo de soldados. A diferencia del resto de gritos, este no fue lejano y corto, sino que fue más alargado y parecía ganar intensidad, como si quien gritara se estuviera acercando a ellos a gran velocidad. Apenas consiguieron desviar la mirada hacia el origen de aquel grito, cuando vieron algo que acabó de asustarlos definitivamente.
El hombre que gritaba, uno de los vigías, volaba por el cielo de espaldas, con una enorme lanza clavada en el vientre que lo impulsaba por el aire como si de una flecha se tratara. Sus gritos cesaron cuando, tras pasar por encima de las cabezas de sus sorprendidos compañeros, se empotró fuertemente contra el tronco de un árbol cercano. La lanza atravesó la madera del árbol y dejó suspendido en el aire al conmocionado soldado, quien solo pudo dedicar una última mirada de incredulidad a sus compañeros antes de que su cabeza cayera hacia adelante, desprovista de toda fuerza. El silencio reinó en la zona durante unos segundos, mientras los espectadores de semejante fenómeno acababan de entender lo que acababan de ver.
-¡MIERDA!-exclamó el más cercano al soldado, apartándose de él sin darse cuenta de que varias gotas de sangre le habían salpicado la cara y la ropa. El recluta, boquiabierto, contemplaba el cuerpo sin vida de su camarada como si aún tratara de registrar lo que acababa de pasar.
-¡CERRAD LA FORMACIÓN! ¡MANTENEOS JUNTOS!-gritó el soldado barbudo, despertando de su estupor a sus compañeros y organizándolos rápidamente. Si no conseguía que se mantuvieran firmes, lo que fuera que había acabado con aquel soldado iría entonces a por ellos.
Los soldados de la compañía se juntaron mientras vigilaban los alrededores, todos atentos al menor sonido que pudiera alertarles de la presencia de enemigos. De las sombras les llegaba el sonido de ramas que se rompían y arbustos que eran atravesados, como si algo les estuviera rodeando. Algunos alcanzaban a ver sombras que se movían por entre los árboles, pero era cuando menos difícil precisar su número. Los soldados, desde el más veterano al recluta novato, sostenían fuertemente sus armas, sintiendo como los nervios les sensibilizaban el cuerpo y como su respiración acelerada les recordaba al de algún animal frenético mientras trataban de captar el sonido de tropas acercándoseles.
Hubo un grito, y una sección de la compañía salió volando por los aires. Girándose, el resto de soldados alcanzaron a ver como algo, habiendo atravesado el círculo de soldados como si nada, se llevaba por delante a dos de sus soldados mientras estos gritaban sin poder hacer nada. Sus cuerpos pronto desaparecieron entre el follaje, y sus gritos no tardaron en cesar de forma abrupta. El resto de soldados, desperdigados por el suelo, hicieron cuanto pudieron por ponerse en pie una vez más.
-¿Qué coño acaba de pasar?-gritó el capitán, poniendo en pie al soldado más cercano. Este sangraba profusamente por un corte en la ceja, pero parecía más desorientado que herido.
-No…no lo sé. Ha sido…muy rápido…
-Era como…un animal salvaje-dijo otro soldado, clavando su espada en el suelo y apoyándose en ella para así poder ponerse de pie-. Ha saltado hacia nosotros…y se los ha llevado.
-¿Un animal salvaje? ¿Qué animal salvaje?-preguntó el capitán, mirando a su alrededor mientras miraba que el resto de secciones mantuvieran la formación.
-Algo…pequeño y blanco… No lo he visto muy bien.
-Grrr…-gruñó el capitán, para nada contento con la situación. Poco a poco, todo se estaba yendo al infierno. ¿Pero qué estaba sucediendo?-. ¡Soldados, cerrad filas! ¡Todos atentos a vuestro alrededor! Si veis algo, no saltéis inmediatamente. No sabemos cuántos hombres hay, así que permaneced donde el resto os…
Algo salió de uno de los arbustos, algo negro y alargado, y su extremo semejante a un anzuelo se clavó en el hombro del sorprendido capitán. Antes siquiera de que pudiera gritar del dolor, aquella cosa empezó a tirar rápidamente de él hacia el arbusto, mientras el sorprendido capitán pataleaba y trataba de agarrarse en vano al suelo con una de sus manos, la otra sujeta a lo que lo tenía atrapado para así evitar que le arrancara el hombro.
-¡CAPITÁN!-exclamaron los soldados al ver como su capitán era arrastrado por el campamento. Sin perder un instante, sus hombres salieron a su rescate y consiguieron agarrarle las piernas antes de que pudiera salir de los límites del campamento. Sin embargo, aquella especie de tentáculo negro tiraba de él con gran fuerza, ya que a pesar de estar cinco hombres tirando del capitán, tan solo consiguieron retrasar su avance hacia el arbusto. Gimiendo de dolor, el capitán sentía como lo partían en dos a medida que tiraban de él por sus piernas y hombro.
El soldado barbudo, al ver aquello, corrió espada en mano y trató de cercenar aquel tentáculo para así liberar al capitán, pero fuera lo que fuera aquella cosa era más dura de lo que parecía. Su espada apenas conseguía abrir una muesca en aquella cosa, que en cuestión de segundos volvía a estar como nueva. Poco a poco, el capitán empezó a ser introducido en el arbusto, acallando momentáneamente sus alaridos de dolor por el sonido del arbusto agitándose, los gritos de los soldados que intentaban liberarlo, y…
-¡Grrrrrr!-Un siniestro gruñido resonó cerca de allí, con su origen en el frondoso arbusto, mientras los soldados hacían cuanto podían por retener con ellos a su capitán. Este, pataleando como loco, había sido introducido hasta la mitad ya en el arbusto. Los lanceros más cercanos empezaron a apuñalar con sus lanzas el arbusto en un intento de golpear a la criatura que había atrapado al capitán, aunque a pesar de sus esfuerzos no parecían estar teniendo mucho éxito. Uno de ellos, incluso, clavó su arma en algo duro y por un momento creyó haber tenido éxito, pero de repente otro tentáculo salió del arbusto y le rodeó el pecho en un instante, metiéndolo completamente el arbusto sin darle tiempo siquiera a gritar. Los temblores del arbusto se intensificaron por un momento, se oyeron varios crujidos, y eso fue todo.
-¡TIRAD, MALDITA SEA, TIRAD!-exclamó el soldado barbudo, golpeando con su espada el arbusto hasta que, sin saber cómo lo había hecho, consiguió golpear algo blando que provocó que el gruñido de antes se convirtiera en un gemido de dolor. De repente, la fuerza que había tirado hasta el momento del capitán desapareció, permitiéndoles a sus soldados tirar hacia atrás…
…la parte inferior del cuerpo del capitán. La superior, a partir de la cintura, había desaparecido completamente, entrañas incluidas. Un rastro de sangre oscura que manaba del cuerpo inerte del capitán marcaba el paso de este desde el arbusto hasta allí, donde al ver su estado el resto de soldados lo soltaron con expresión horrorizada. Nada más verlo, el soldado barbudo se apartó del arbusto, prácticamente abandonando su espada, la cual seguía firmemente clavada en lo que fuera que hubiera golpeado. Alarmados, todos los soldados se apartaron cuanto pudieron del ensangrentado seto, bajo el cual se podía ver un enorme charco de sangre que manaba de él cual sabia.
-¡JODER! ¡Sálvese quien pueda!-gritó uno de los soldados, abandonando la formación y echando a correr en dirección contraria al seto. Antes de que pudieran gritarle que volviera, la espada del arbusto se adentró en él como si la hubieran succionado, y sin previo aviso salió despedida en dirección al espantado soldado, el cual fue empalado por la espalda. Apenas había podido apartarse el soldado barbudo del camino de la espada cuando esta salió volando del arbusto. ¿Qué…estaba pasando?, se preguntaba una y otra vez mientras veía aumentar el miedo y la confusión en las caras del resto de sus compañeros. Las secciones miraban aterradas a lo que quedaba de su capitán, y al soldado que apenas había podido recorrer cinco metros antes de caer muerto al suelo.
El sonido de las hojas fregando unas con otras reclamó la atención del soldado, que contempló nervioso como algo parecía intentar salir de dentro del arbusto. A su espalda, el resto de los soldados se apretujaban los unos con los otros con las armas en ristre, listos y preparados para enfrentarse a lo que fuera que apareciera de allí. Desprovisto de arma, la atención del soldado se centró en la espada que descansaba aún en la cintura del capitán abatido, y antes de que nadie pudiera impedírselo, el soldado la desenvainó y apuntó con ella al arbusto.
-¡SOLDADOS!-exclamó, tratando de mostrarse autoritario. Si permitía que el pánico cundiera, caerían como moscas en cuestión de segundos-. ¡Todos atentos! Sea lo que sea, no es nada a lo que no podamos vencer.- El soldado no estaba del todo claro de esa última afirmación, pero eso era algo que sus compañeros no tenían por qué saber. Después de todo, un soldado desmotivado es un soldado que no lucha para ganar.
Los temblores del arbusto fueron en aumento, reclamando la atención de los soldados a medida que se disponían en formación con el soldado barbudo al frente. Los nervios de todos iban en aumento a medida que pasaban los segundos, todos esperando atemorizados a que lo que les estuviera atacando hiciera acto de presencia. ¿Sería un animal salvaje? ¿Sería alguna bestia mágica? ¿Sería…un demonio? Ninguno se imaginaba enfrentándose y venciendo a un oponente de esos, de manera que todos rezaron para que, al menos, fuero algo conocido que si supieran cómo enfrentar. A un humano o a una bestia se podían enfrentar, pero con todo lo demás no tenían ni idea de cómo reaccionar.
De repente, algo salió de entre las hojas, sobresaltando a los soldados. De la impresión, todos dieron un involuntario paso hacia atrás, agarrando más firmemente sus armas mientras sus ojos registraban aquello que había aparecido, y rápidamente lo asociaban con alguno de los seres que conocían para así tratar de saber a qué se enfrentaban. La respuesta…fue cuando menos una sorpresa.
Lo que apareció entre las hojas…fue la cabeza de un niño, un niño de cabellos blancos y ojos rojizos que suspiró ligeramente al asomarse fuera del arbusto. Su cara y mejillas parecían salpicadas de sangre, aunque al no presentar heridas todos comprendieron que no se trataba de su sangre. Después, ante la atenta mirada de los soldados de Reconquista, el extraño niño empezó a forcejear con el ceño fruncido dentro del arbusto, batallando por sacar su brazo de entre las ramas y hojas que formaban la planta. Nadie supo que decir o hacer ante semejante visión, optando por permanecer callados y con las armas preparadas mientras veían como aquel niño sacaba, con un último tirón, uno de sus brazos del seto.
-¿Qué…?-murmuró uno de los soldados, apuntando con su lanza al extraño niño-. ¿…qué pasa aquí?
-¿Un niño? ¿Cómo demonios ha venido hasta aquí?
-¡No os fieis! Debe de ser lo que nos ha estado atacando.
-¿Este renacuajo? ¿Estás de broma?-comentó otro de los soldados, incapaz de imaginarse a un niño tan pequeño atacando un campamento entero y masacrando así a tantas personas.
-Debe de estar huyendo de lo que sea que nos esté atacando-propuso otro de los soldados, mientras el resto de sus compañeros discutían entre ellos la posible identidad de aquel chaval, vestido con un extraño traje azul y gris y sin zapatos ni ningún otro tipo de calzado.
El soldado barbudo miró suspicaz como aquel chaval salía, finalmente, del arbusto. Mientras se quitaba las hojas de la ropa y el pelo, el soldado empezó a estudiarlo con la mirada mientras trataba de determinar si se trataba de una amenaza, o solo un joven que había tenido la suerte (o desgracia) de cruzarse en su camino. Tal vez fuera un joven del pueblo de al lado, que al verse perseguido había huido las bosque para esconderse.
-A mi…no me parece una amenaza-comentó el recluta, mirando medio escondido tras otro soldado al extraño niño. Este, al acabar de librarse de las hojas, centró su completa atención en los casi 100 pares de ojos que lo miraban atentos con las armas en sus manos.
El soldado barbudo, avanzando hacia el niño, apuntó con su hoja al cuello del crío mientras lo miraba amenazador desde arriba.
-¿Quién eres tú, pequeño? ¿De dónde vienes?-preguntó amenazador el soldado, tratando de aprovechar su mayor tamaño y su espada para así intimidar a aquel crío. Tal vez, si tenían suerte, no fuera más que un mocoso extraviado que había tenido la desgracia de huir de un monstruo para caer en sus manos. Si no era así… entonces harían lo que fuera necesario para defenderse de aquella cosa-. ¡Te he hecho una pregunta! ¡Responde!-exclamó el soldado, alzando la voz-. ¿Acaso eres lo que nos está atacando?
El niño, lejos de asustarse o llorar, miró con ligera curiosidad al soldado y al resto de su compañía, quienes al verse objetivos de los ojos rojos de aquel chaval no pudieron evitar que un escalofrío les recorriera la espalda. No sabían bien quién o qué era aquel niño…pero estaba más que claro que no era un crío normal. Por alguna razón, los soldados allí presentes tuvieron un mal presentimiento, como si algo muy malo estuviera a punto de suceder, y su instinto parecía querer decirles que el culpable de aquella sensación era aquel niño tan pálido.
El niño, frunciendo el ceño, alzo los brazos y dijo:-¡Gaoooo~…!
El rugido del niño, quien parecía intentar intimidarles con su voz infantil y sus pequeñas manos haciendo las veces de garras, sorprendió todavía más a los soldados al no esperarse una respuesta así por parte del niño. Más de uno, al verlo reaccionar así, no pudieron evitar soltar una o dos risas de mofa, como si se estuvieran burlando de él.
El soldado de la barba no se rió. En su lugar, sin dejar de apuntar al niño, giró la cabeza y se dirigió al resto de soldados.
-¡Guardad silencio!-les rugió, su voz mucho más grave, sonora y autoritaria que la del pequeño niño. Por ello, cuantos soldados le oyeron hablar pronto se quedaron callados, ninguno deseoso de llamar la atención de aquel hombre tan intimidante-. ¡Sea lo que sea, ahora no importa! Lo que nos está atacando sigue ahí, y no podemos permitirnos más distracciones. Ya da igual que nos vean, encended hogueras y permaneced alerta. No sabemos cuándo…
Justo entonces, vio un cambio en las expresiones de sus hombres, como si acabaran de ver algo increíble justo a su espalda. Los ojos abiertos de la impresión, las bocas preparadas para decir algo, y todos encogiéndose en el sitio como si fueran a saltar a algún lado. Rápidamente, percatándose de la situación, el soldado se dio la vuelta mientras levantaba la espada, lista para atacar a lo que fuera que hubiera alertado al resto de soldados. Al girarse, fue recibido por la visión del chaval de antes, que a pesar de la diferencia de altura entre ambos había conseguido saltar en el aire lo bastante como para quedar a su altura. Su pequeño puño, tirado hacia atrás, salió como una exhalación contra su cara, mucho más rápido de lo que hubiera sido normal que un niño se hubiera movido. Antes de que el soldado pudiera apartarse, justo cuando su mente comprendía el estúpido error que había cometido al desviar la mirada, el puño del niño impactó contra su cara y el soldado dejó de pensar de repente.
El resto de soldados contemplaron, boquiabiertos, como el cuerpo de aquel hombre salía despedido hacia atrás, su cabeza reducida a pedazos chiquititos como si hubiera explotado al recibir el puñetazo de aquel niño. Los pedazos de cabeza y la sangre de esta salpicaron las caras y cuerpos de los soldados situados enfrente, mientras el resto veía como el resto del cuerpo pasaba por encima suyo como una flecha y chocaba violentamente contra las ramas de los arboles más cercanos, perdiéndose en las profundidades del bosque.
La atención de los soldados, aún conmocionados por lo ocurrido, se centró en el niño que con tanta fuerza había golpeado a aquel soldado. Sus mentes entendieron entonces que aquel niño no solo no era normal, sino que tal vez ni siquiera fuera un niño. Era el ser que los estaba atacando, el mismo que había destrozado a sus compañeros en cuestión de segundos, y el mismo que en cuanto puso sus pies de nuevo en el suelo, transformó sus dos brazos en unos extraños apéndices alargados rematados con cuatro afiladas garras plateadas en el lugar donde deberían de haber estado sus dedos. Las reacciones inmediatas de los soldados se dividieron en dos: los que al ver al chaval transformarse dieron un paso al frente con sus armas listas para pelear, y los que al verlo trataron de retroceder a todo correr.
Sin perder un instante, el niño avanzó hacia la primera fila de soldados, los cuales se encontraban entorpecidos al cruzarse los que avanzaban con los que retrocedían, y de un poderoso zarpazo eliminó a la primera fila de soldados, partiéndolos por la mitad y destripándolos como quien recortaba un pedazo de papel. Los gritos de dolor y agonía llenaron el aire, aunándose a los gritos del resto de soldados y provocando que el pánico se extendiera por el resto del campamento. Los cuerpos de los caídos entorpecieron momentáneamente el avance de quienes se habían abierto camino hacia el niño, mientras la visión de la sangre y las vísceras de los muertos acabaron de convencer a los que huían que debían poner la mayor distancia posible entre ellos y aquella…cosa.
El niño soltó un segundo zarpazo, despachando a más soldados antes incluso de que la primera fila hubiera acabado de caer al suelo, abriéndose paso por entre los soldados con facilidad. Las espadas de los supervivientes fueron en su dirección, esperando acabar con él antes de que él acabara con ellos. Sin embargo, para cuando las hojas de los soldados llegaron al suelo, el niño ya no estaba allí. De un poderoso salto, el joven pasó por encima de las cabezas de los sorprendidos soldados, y aterrizó entre ellos tras girar varias veces en el aire. La diferencia de tamaños entre ellos y él provocó que, al aterrizar, el niño quedara fuera de la vista de los soldados más alejados, pero en cuanto vieron volar por los aires los restos de los soldados que estaban siendo rápidamente masacrados, supieron que aquel niño aún no había terminado su asunto con ellos. La sangre salía despedida por los aires con cada pasada de aquellas garras, dibujando filigranas en el aire que chocaban contra los troncos de los árboles y el suelo, formando arcos sangrientos que pronto desaparecían al verse bañados por la sangre que salía de los pedazos cercenados de los soldados abatidos. El niño avanzaba por entre sus filas masacrando y destrozando con gran facilidad, moviéndose de manera que nadie podía prever en qué dirección iba a ir, y dificultando a los soldados el organizarse o siquiera rodearlo. Poco a poco, muerte a muerte, el número de soldados fue disminuyendo de 100, a pocos más de un par de decenas.
El novato de la unidad, aterrado, solo podía permanecer quieto en su sitio, agarrando tembloroso su arma, mientras contemplaba como sus compañeros eran descuartizados como truchas por aquel niño monstruoso. La sangre volaba de aquí para allá, acompañada por el grito final del pobre desgraciado que hubiera tenido la desgracia de cruzarse en el camino de aquel ser. Gotas de sangre que habían chocado contra su cara discurrían por esta, aumentando el terror del joven, ya que sabía que era cuestión de tiempo que le llegara el turno de morir. Sus manos temblaban demasiado como para luchar, del mismo modo que sus piernas temblaban demasiado como para correr. Estaba petrificado, paralizado por el horror. Lo único que podía mover, muy para su pesar, eran sus ojos para contemplar como los cuerpos de los soldados de su compañía anegaban el suelo con su sangre, troceados y destrozados como juguetes viejos.
Alguien, de repente, lo agarró por el hombro. El joven soltó un agudo grito de terror al creer que se trataba del monstruo, pero vio que se trataba de otro soldado. Este, junto a varios de sus compañeros, había empezado a adentrarse a toda prisa en el bosque.
-¡No te quedes parado, idiota!-le gritó el hombre, sacudiéndolo por el hombro-. ¡CORRE!-gritó el soldado, dejando atrás al recluta y siguiendo a sus compañeros al interior del frondoso bosque.
El grito del soldado pareció sacar de su estupor al recluta, quien parpadeó como quien despierta de un profundo sueño. Solo que en su caso, la pesadilla aún no había acabado.
Observando nuevamente al frente, vio que aquel ser había conseguido acabar con prácticamente todos los soldados que se habían quedado a luchar. Solo tres restaban con vida, más pronto se convirtieron en solo dos cuando, de un fuerte golpe, el niño atravesó con su mano el estomago de uno de los soldados, destrozando la espada de este cuando trató de detener el mortífero ataque. Aprovechando el despiste del monstruo, los otros dos soldados trataron de atacar por la espalda al niño, pero este se limitó a alzar el brazo con el cadáver y dejó que las hojas se clavaran en la carne del muerto. Después, liberando su mano, saltó hacia atrás en el aire y aterrizó con ambos pies en los hombros de uno de los soldados. Antes de que este pudiera retirar su espada, el niño agarró con sus monstruosas manos la cabeza de aquel hombre, y se la arrancó de cuajo. La sangre manó a borbotones del orificio, manchando las piernas del niño mientras hacía equilibrios sobre el cuerpo del difunto, caído de rodillas y en pleno proceso de desplomarse. El último soldado apenas consiguió retirar su espada del primer cadáver cuando, saltando desde su puesto, el niño cayó girando en su dirección. Lo único que llegó a apreciar el recluta fue un breve destello metálico que recorrió el cuerpo del soldado en vertical, el cual se quedó congelado con la espada en alto. Pronto, para mayor terror del recluta, las dos mitades seccionadas de aquel soldado cayeron al suelo, su sonido amortiguado al aterrizar sobre los restos de los demás cadáveres.
Ya no quedaban más combatientes. Todos habían muerto en poco más de un minuto, y los que no lo habían hecho habían huido de allí despavoridos. La sangre y la carne ocupaban el lugar donde antes habían estado descansando y riendo los soldados, sus caras congeladas con expresiones de horror, sorpresa o dolor, según hubieran llegado a ver venir o no su truculento final. El aire estaba impregnado del aroma de la sangre, tan intenso que el recluta no pudo evitar sufrir arcadas y vomitar ante tan siniestra visión. Al ver que había vomitado sobre la cabeza cortada de uno de los soldados, el horror y el asco le hicieron retroceder.
Fue entonces cuando se percató de una cosa. No era cierto lo que había dicho, ya que todavía quedaba un combatiente: él. El monstruo, alzando la mirada, fijó su mirada rojiza en los ojos llorosos del joven soldado, el cual sintió como todo su cuerpo temblaba de puro horror al verse en el punto de mira de aquella horripilante criatura. Los brazos del niño, ensangrentados hasta el codo, volvieron a la normalidad, si bien la sangre no desapareció de ellos y siguió goteando al suelo, el ligero PLIC PLIC de cada gota resonando en los oídos del recluta con la intensidad de un tambor. Aquel ser parecido a un niño, con sus ojos abiertos reflejando curiosidad, ladeó su inexpresivo rostro como si encontrara curioso al atemorizado recluta, y pretendiera estudiarlo.
El niño dio un paso hacia él.
-Ah… ¡ah…! ¡AAAAAAhhhh!-gritó el recluta, tirando su arma al suelo y dándose la vuelta. A pesar de tropezarse con los miembros y restos de sus compañeros, el recluta consiguió alcanzar la línea de arboles rápidamente y se adentró en el oscuro bosque a todo correr. No veía a donde iba, ni alcanzaba a distinguir a sus compañeros, pero cualquier dirección le bastaba con tal de que lo llevara lejos de aquel monstruo.
El desnivel del bosque agotaba sus piernas y amenazaba con tirarlo al suelo. Las ramas y arbustos rasgaron su ropa y arañaron su piel. Su respiración era agitada, como si sus pulmones fueran incapaces de respirar bien, y su corazón golpeaba con tanta fuerza su pecho que sintió que de un momento para otro le atravesaría el pecho. Pero no le importó. No le importó porque sabía que si se caía, paraba o simplemente reducía su velocidad, aquel ser lo atraparía y destrozaría como había destrozado a sus compañeros.
No sabía cuánto llevaba corriendo. Tal vez fueran minutos, o solo unos segundos, pero el temor y el pánico hacían que cada instante le pareciera una eternidad mientras se adentraba a toda prisa en lo más proceloso del bosque. Para mayor sorpresa del recluta, frente suyo alcanzó a ver la espalda de otro soldado que, como él, se alejaba cuanto podía del monstruo que les había atacado.
-¡Eh…!-gritó el recluta, jadeando a causa del esfuerzo-. ¡EH! ¡AYUDAME! ¡Por favor, no me dejes atrás!
El soldado echó la vista hacia atrás, observando alarmado al joven que lo seguía…y de repente una sombra blanca apareció por un lateral y chocó contra el cuerpo del soldado, llevándoselo por delante sin darle más tiempo que a soltar un corto alarido. La súbita desaparición del soldado alarmó al recluta, quien no se esperaba que aquel ser hubiera podido darles alcance tan rápido. No solo no lo había oído acercarse, sino que había conseguido adelantarlo y atacar al soldado de delante. El crujir de huesos y el sonido de la sangre cayendo a borbotones disuadió al recluta de seguir el mismo camino que aquel hombre, con los gruñidos de aquella cosa confirmándole que sería muy mala idea ir por ahí. Así pues, deteniéndose en el sitio, el recluta cambió de dirección y echó a correr en dirección contraria a la que había visto desaparecer al soldado.
Pronto fue consciente de otras tantas sombras que, como él, corrían despavoridas por el bosque. Otros cinco hombres, aparte de él, hacían cuanto podían por sobrevivir a tan sangrienta noche, las presas en aquella cacería nocturna que tan poca pinta tenían de superar. No entendía qué había hecho para merecerse algo así, pero fuera lo que fuera se arrepentía profundamente. Él no era una mala persona, solo un joven que deseaba algo de justicia para los que eran como él. El plan de Reconquista lo había animado a unirse a ellos y a hacer algo para remediar la injusta situación que vivían los campesinos de todo el mundo. ¿Por qué tenían que trabajar como esclavos para los nobles? ¿Por qué tenían que darles cada vez más y más, y nunca recibir nada a cambio? ¿Por qué había tenido que perderlo todo por culpa de los nobles, y sufrir cuando ni él ni su familia habían hecho nunca nada malo? ¿Por qué su padre, su madre, sus hermanos y hermanas… por qué habían tenido que desaparecer, dejándolo solo a tan temprana edad? ¿Por qué había tenido que convertirse en soldado, ir a ese maldito bosque, toparse con esa…cosa? ¿Por qué…? ¿Por qué…?
No era justo. No era justo…
-¡NO ES JUSTO!- gritó entre lagrimas el histérico joven, que al tropezar con una rama se fue de bruces contra el suelo. Justo cuando caía aparatosamente en el suelo, el sonido de un chasquido sobre su cabeza le llamó la atención.
En el lugar donde hasta hacía unos segundos había estado su cabeza, las mandíbulas de aquel extraño niño se cerraron como el cepo de un cazador. El pequeño cuerpo del niño volaba por el aire impulsado como una flecha, pasando por encima suyo sin llegar a darle por mera casualidad. Habiendo fallado su objetivo, el niño aterrizó de cuatro patas en el suelo y siguió corriendo por el bosque como un animal salvaje, optando por abalanzarse sobre otro de los soldados, el cual no tuvo tanta suerte y no se apartó a tiempo. Con los alaridos y gritos del desafortunado soldado resonando en el bosque, el recluta se apresuró a ponerse en pie y siguió corriendo, ignorando el dolor de la caída.
No tenía ni idea de adonde se dirigía. No sabía cuántos de sus compañeros quedaban, o donde estaban. No podía ni imaginarse dónde estaba el niño que los perseguía, si bien los gritos que sonaban alejados algunos y cercanos otros por el bosque, a su alrededor, le indicaron que los demás ya se habían topado con él. Pronto, los gritos cesaban y el silencio se adueñaba del bosque, a la espera de que una nueva voz se diera a conocer.
Finalmente, tras atravesar una especialmente frondosa línea de arboles, el joven recluta acabó rodando por una zona despejada de hierbas y rocas, revelándose entonces como un camino de tierra. A un lado, las lejanas luces del pueblo de Cadenza lo llamaban como el faro llamaría a un barco en plena tormenta, haciéndole sonreír al ver como de cerca estaba de la civilización. No sabía si serviría de algo el ir allí, pero cualquier cosa era mejor a quedarse en el bosque y acabar como sus compañeros. Al diablo con Reconquista, la misión, y los nobles que lo habían enviado allí a morir. Prefería ser prisionero de Tristain y vivir, que ser simplemente un nombre más que tachar de una lista. Sin pensárselo dos veces, empezó a correr en dirección al pueblo.
El camino recto parecía mostrarle la meta sin obstáculos alguno, sus pasos pisando algo temblorosos el polvoriento suelo a medida que el agotamiento hacía mella en sus fuerzas, incapaz de sobreponerse a base solo de miedo y desesperación. Faltaba tan poco… Casi podía ver la empalizada que rodeaba el pueblo, el humo de las chimeneas que indicaban la presencia de fuego y, por tanto, de vida. Si conseguía llegar… si conseguía sobrevivir…
Un ruido sonó a sus espaldas. Aterrado ante la idea de que se tratara de aquel niño, el joven se giró sin pararse para ver quién o qué había entrado también en el camino.
-Es… ¡ESPERA!-exclamó, muy para su alivio, otro soldado como él. Dicho soldado sangraba profusamente de una herida en su pierna, siendo ayudado por un compañero mientras un tercer soldado corría por detrás, habiendo aparecido el último. Sin embargo, antes de poder dar apenas unos pasos, fue atraído de nuevo al oscuro bosque por un tentáculo que lo rodeó por la cintura y lo levantó en el aire sin esfuerzo alguno. Pataleando y gritando, el soldado se perdió pronto en la espesura, alertando de la proximidad de su enemigo a los tres supervivientes.
-¡JODER!-exclamó el soldado herido, y su grito se volvió más fuerte al caer aparatosamente al suelo. Su compañero, al ver caer al tercer soldado, lo había dejado caer y había echado a correr en la misma dirección que el joven recluta-. ¡Eh, no me dejes aquí! ¡POR FAVOR, NO ME DEJES AQUÍ!-gritó el soldado, y su voz se tornó en un tono agudo de histeria al ver salir de entre los arbustos al niño, al cual le caía sangre de la boca y las manos, mientras caminaba tranquilamente hacia él.
El recluta, girando la cabeza, no llegó a ver el final de aquel soldado, optando por correr mientras sus gritos de agonía le hacían imaginarse que la vida de aquel hombre había llegado a su fin. La presencia del niño lo animó a seguir corriendo, ignorando el agudo dolor de sus músculos agotados y sus pulmones ardiendo, tratando de coger cuanto aire podía por la boca mientras mantenía su agitada vista en el lejano pueblo y trataba de ignorar, con lagrimas en los ojos, el estallido y corto grito de dolor que le indicó que el niño había atrapado al soldado de sus espaldas.
Ya solo quedaba él.
El recluta siguió corriendo, rezando mil veces en su mente al Santo Fundador para que le permitiera vivir, que le permitiera contemplar un nuevo amanecer y vivir donde tantos habían muerto. Sus esfuerzos se vieron recompensados cuando, con un soplo de aire fresco, el recluta rebasó la línea de arboles. Ante él se abría el límite del pueblo, invitándolo con su tenue luz a alejarse de las sombras del bosque. Por un instante, solo por un instante, una sonrisa de alivio se formó en los labios del joven recluta. En los cinco segundos que dicha sensación le duró, la mente del joven soldado se llenó con todas las cosas que haría con aquella nueva oportunidad le había brindado. Buscaría un trabajo honrado, conocería a una joven que lo amara, compraría una casa y junto a su esposa la llenarían de niños y niñas. Cultivaría las tierras como su padre una vez le enseñó, y trabajaría codo con codo con personas que no se dedicaban a matar para vivir, pudiendo dormir por una vez con la conciencia tranquila. Por las noches, justo antes de cerrar los ojos, pasaría la mirada por encima de todo lo que habría conseguido, y sonreiría con sinceridad. Una buena vida.
Todos esos sueños se hicieron trizas cuando, de repente, el recluta sintió un punzante dolor en la espalda y el vientre. Su carrera se detuvo progresivamente a medida que una cierta resistencia le impedía avanzar.
Conmocionado, el recluta bajó la vista y vio que una especie de púa metálica le había atravesado el cuerpo, entrándole por la espalda y saliéndole por delante. El dolor de aquella zona, sordo y generalizado, no era comparable a la confusión que sentía el joven al ver su cuerpo dañado y la visión de su propia sangre cayendo al suelo. Simplemente, era incapaz de entender que aquello era verdad.
Una fuerza descomunal tiró de él hacia atrás, arrastrándolo por el suelo y alejándolo de la seguridad que el pueblo le había prometido. Las rocas le arañaban su piel, dolor apenas perceptible en comparación al dolor de su vientre. Su mirada desolada seguía fija en las luces del pueblo, mientras con sus manos hacía cuanto podía por sujetarse al suelo e intentar alcanzarlas, un esfuerzo inútil que solo sirvió para aumentar su frustración y dolor. No entendía nada de nada, su mente saturada por el dolor de tal manera que ni el miedo tenía cabida ya. Sentía su cuerpo como si ya no fuera el suyo, únicamente capaz de sentir como le arrastraban a las profundidades del bosque otra vez.
La fuerza que lo arrastraba cambió de repente, y su cuerpo fue propulsado hacia arriba, atravesando las copas de los arboles hasta llegar a lo más alto. Una vez allí, el cielo nocturno en su totalidad se desplegó para el ya moribundo joven, su sangre cayendo al suelo como una cálida lluvia mientras sus ojos borrosos se fijaban en la luz de las estrellas. Para él, esas estrellas eran como las luces del pueblo al que casi escapó, un lugar de paz y seguridad donde ningún mal podría alcanzarlo, y estiró torpemente sus manos hacia ellas para intentar cogerlas. Parecían tan lejanas, pero tan cercanas a la vez… Si tan solo pudiera…
La gravedad tiró, finalmente, de él hacia atrás. La fuerza de aquello que lo mantenía sujeto tiró de él hacia abajo, impidiéndole por segunda vez alcanzar su destino mientras era arrastrado por entre los árboles, los cuales pronto oscurecieron el mundo del recluta y taparon las estrellas. No sabía cuánto hacía que caía, pero el recluta lo vivió como un descenso directo al infierno, el aullido del viento en sus oídos semejante al de los espectros de los caídos, sus compañeros muertos que habían ido allí a buscarle a él también. Más muerto que vivo, apenas fue consciente de cómo su cuerpo se estrellaba contra el suelo, y su carne se abría como una fruta podrida mostrando su interior al resto del mundo. No sintió como su cuerpo permanecía tendido, roto y olvidado, en un charco de su propia sangre. No sintió la calidez de sus órganos frente al frío del exterior, una sensación extraña y antinatural que apenas lo incomodó dadas sus circunstancias.
Para cuando los tentáculos negros se arremolinaron y empezaron a absorber sus restos, el recluta hacía rato ya que se había ido.
Lejos de allí, en lo alto de una colina:
-98… 99… ¿Puedes ver al último?-preguntó cierto hombre a su compañero. A pesar de ir vestidos de manera similar a los soldados de Reconquista, el símbolo de sus corazas los identificaba como guerreros de Tristain.
-Hmm…-murmuró el segundo soldado, examinando cuidadosamente el bosque con su catalejo. Un súbito movimiento cerca del límite del pueblo llamó su atención, y al centrar su atención allí pudo ver como un alargado tentáculo negro surgía del bosque, con lo que parecía ser un cuerpo humano atravesado en la punta. Tras un segundo de suspensión en el aire, el tentáculo se retrajo a toda velocidad, llevándose consigo el cuerpo de aquel hombre que, a juzgar por el sordo impacto que se oyó incluso allí, había encontrado su final-. Si, confirmado. Con ese ya van 100 bajas.
-Buf… Esta vez le ha tomado un poco más. Empiezo a pensar que ese chaval juega con sus víctimas antes de acabar con ellos.
-"Ese chaval" es el familiar de la princesa. No olvides qué es, o acabarás igual que esos desgraciados-comentó el soldado, guardando su catalejo en su bolsillo. Su compañero, encogiéndose de hombros, suspiró.
-Si, si…
Habiendo acabado su trabajo, los dos soldados se retiraron para enviar un mensaje de aviso a la nave aérea de patrulla que los había llevado allí. La amenaza había sido neutralizada, y la princesa había ordenado que su familiar volviera tan pronto hubiera completado la misión. Además, y a pesar de saber que ese monstruo estaba de su lado, ninguno de los dos soldados se sentía muy cómodo al estar allí, tan expuestos y con aquella cosa suelta sin más supervisión que la suya. Su tarea consistía en confirmar los avances del monstruito, e informar de cualquier anomalía que hubieran podido detectar en su comportamiento o en el de sus enemigos. Hasta el momento, lo único que habían sacado era el grado de efectividad de aquel ser a la hora de encontrar y eliminar grupos de rebeldes y bandidos. Los seres que salían de su cuerpo eran espeluznantes, seres horribles y deformes que le informaban de la ubicación de sus objetivos para que luego fuera él a acabar con todos. Según los demás soldados, aún tenían que encontrar algún cuerpo tras el paso del extraño familiar. Verdaderamente, era un ser espeluznante.
El sonido de unos pasos que se acercaban llamó su atención de repente, al no haber oído acercarse antes a nada ni nadie. Girándose con las espadas medio desenvainadas, vieron aparecer ante ellos a un joven de unos 17 años que los miraba con expresión impasible. Su ropa era vieja y estaba muy gastada, pero incluso así el símbolo de Reconquista era visible en su indumentaria. Por puro instinto, los soldados estuvieron a punto de atacar a aquel joven nada más ver el símbolo, pero al recordar lo que le habían visto hacer al familiar de la princesa, rápidamente guardaron sus armas y se apresuraron a cuadrarse.
-Muchas gracias por su duro esfuerzo, señor Pariah- dijo uno de los soldados, contemplando con semblante estoico como el cuerpo de aquel joven se desdibujaba en una maraña de tentáculos y daba paso a la forma más habitual del pequeño "niño" con la boca, las manos y la ropa llenos de sangre. La primera vez que lo vieron uno de ellos estuvo a punto de vomitar, y si bien ya no era una visión que lo horrorizara, la verdad era que el sentimiento de inquietud seguía siendo el mismo-. Hemos dispuesto su transporte para volver a la capital. La princesa desea…
Sin esperar a que el soldado terminara, el pequeño niño pálido empezó a andar y pasó por entre los dos soldados sin mirarlos siquiera. En silencio, empezó a bajar por la colina en dirección a la base de donde habían salido, el mismo lugar donde la barcaza que lo había traído le estaría esperando para llevarle con Henrietta. Mientras caminaba, se relamía los labios y lamía cual felino el rojizo líquido de sus manos y ropas, como si se tratara de la más deliciosa de las jaleas.
Ninguno de los soldados dijo nada, cautelosos en presencia de aquel ser. Lo único que hicieron, o que más bien se atrevieron a hacer, fue dirigir su atención al pequeño rastro de gotas de sangre que parecían marcar el avance de aquel ser. No lo habían visto herido, y el único lugar de donde podía provenir aquella sangre…
Ninguno de los dos dijo nada, ni tampoco trataron de pensar mucho en ello.
-…jodido monstruo…-alcanzó a murmurar, muy en voz baja, uno de los soldados cuando estuvo claro que aquel niño se había alejado ya lo bastante. Nadie se hubiera atrevido a más, y su compañero no le llevó la contraria.
Realmente era un jodido monstruo… cuyo collar su dueña no parecía tener prisa en volver a colocarle.
Horas más tarde, palacio real de Tristania:
La sala del trono del palacio, antes un lugar amplio y luminoso donde la princesa solía recibir a los visitantes con un semblante alegre y amable, había sufrido grandes cambios en las últimas semanas.
Los altos ventanales habían sido cubiertos con pesadas cortinas, que oscurecían el ambiente y apenas dejaban entrar la luz del Sol. Junto a las paredes se mantenían firmes numerosos guardias y soldados, todos con sus armaduras y armas como si en cualquier momento fueran a entrar en combate. Grandes mesas habían sido llevadas allí, para luego ser cubiertas con mapas, informes y demás documentos concernientes a su inminente guerra con Reconquista. Alrededor de la mesa, en sillas a intervalos regulares, se podían ver a diferentes nobles y generales que, sin excepción, se pasaban el día gritándose los unos a los otros sobre cómo sería más efectivo y provechoso dirigir el país. O más bien, como solían decir en voz alta de cara al público, trataban de aconsejar a la princesa sobre cómo debería dirigir ella al pueblo.
-Reconquista ha empezado a anexionar todas las fábricas de armas y almacenes de recursos de Albion. Es más que claro que se preparan para un enfrentamiento a gran escala-decían unos.
-¡Es una locura! Contactemos de nuevo con el emperador Albrecht y supliquemos que…-repitieran otros, solo para ser acallados rápidamente por los gritos indignados de los demás.
-Es en días como estos, más que nunca, que la nobleza debe demostrar lo que vale y dirigir a la plebe en esta aciaga hora. Es importante que…
-¡…aumento de los impuestos! Mis hombres no defenderán ni un centímetro más de tierra si la chusma de los campos no contribuye…
-Los hombres del duque han estado agrupándose sospechosamente en los bosques de su finca. Quién sabe si no se dispone a cometer un acto de traición contra la corona…
-¡Eso son meras calumnias sin sentido! ¡Yo jamás…!
-No olvidemos quien es nuestro verdadero enemigo, y el poder del que dispones. No sería descabellado asumir que cada campesino ahí fuera podría ser un enemigo el día de mañana...
-Como siempre, aconsejo precaución. El anterior rey nunca hubiera…
-¡El rey anterior ya no está! ¡La reina debería…!
-La reina no puede ayudarnos-dijo una voz, una voz tranquila y directa que acalló como un encantamiento los gritos del resto de hombres allí reunidos. La dueña de aquella voz, la princesa, había permanecido sentada en su silla con la cabeza apoyada en su puño, contemplando con expresión regia aunque irritada el lamentable despliegue de gritos y acusaciones de sus "consejeros"-. No lo hizo en el pasado, y no lo hará ahora. Depende de nosotros el defender Tristain.
-Majestad…princesa-dijo uno de los allí presentes, un noble ataviado con sedosos ropajes que miraba algo indeciso a la princesa. Aún a día de hoy, se le hacía raro ver a aquella joven sentada en el consejo con todos ellos, casi como si creyera que necesitaban su opinión para decidir qué hacer-. Entiendo que aún seguís…afectada, por lo sucedido en Germania, pero la situación en el país es muy precaria y debemos pasar a la acción. Si no actuamos pronto…
-Decís que debemos actuar pronto, pero lo único que veo es a un montón de adultos chillándose los unos a los otros como niños que se pelean por un juguete-comentó la princesa, mirando con ojos fríos y carentes de interés a todos los miembros del consejo. Los que no se acobardaron por la mirada de la princesa, apretaron los dientes ante las indignantes palabras de aquella joven que tan claramente les estaba faltando al respeto-. Mientras aquí mis reales consejeros discuten sobre impuestos, concesiones y se grita los unos a los otros, fuera de estos muros mi pueblo se mantiene a las puertas de una guerra que no hemos pedido. Mientras mis generales pelean entre ellos como chiquillos, y los señores de las más nobles familias se gritan e insultan, mi pueblo trata de prepararse para la llegada de los invasores que planean destruir sus hogares y arrasar este país.
-Solo son campesinos-comentó desdeñoso uno de los nobles-. ¿Qué importa…?
-Importa, mi querido barón, por la sencilla razón de que la nobleza necesita al pueblo casi tanto como este necesita a la nobleza, más incluso. De hecho, todo este lio nace de ese mismo precepto.
-Todo este lio nace del hecho de que Reconquista se enteró de lo vuestro con el difunto príncipe Wales, y del fastidio en la corte del emperador-comentó el mismo noble, aparentemente ajeno al cambio en la mirada de la princesa que esta le dedicó. Algunos de los allí presentes si lo hicieron, y tuvieron el acierto de permanecer callados-. Si hubieras hecho lo que se suponía que debíais haber hecho, esta guerra no sería más que…
-¡DESGRACIADO!-le increpó otro noble, un hombre de cabellos y bigote rubios que miró iracundo a quien había hablado-. ¿Cómo osas dirigirte así a la princesa? ¡Debería…!
-Duque de la Vallière, es suficiente-dijo la princesa, alzando la mano y acallando al exaltado duque-. Es obvio que el conde D'Oren tiene algo que decirme, y sería una estupidez por mi parte el no escuchar lo que mis consejeros tienen que decirme. Dígame, ¿cree que soy una estúpida?-preguntó la princesa, mirando al padre de su mejor amiga con una ligera sonrisa en los labios. A diferencia de las muchas sonrisas que le habían visto hacer a la princesa, aquella parecía más una burda imitación que poco hacía por ocultar la frialdad que ahora parecía emanar aquella joven.
Sin atreverse a responder siquiera, el duque de la Vallière se sentó en su silla, la vista fija en la mesa frente a él.
-Eso pensaba yo…-dijo Henrietta, para luego levantarse de su propia silla y empezar a caminar hasta el conde D'Oren.
Desde siempre, Henrietta había sentido predilección por los colores claros y los tonos suaves, creyendo que lejos de vestirse con los recargados vestidos tan de moda en la corte, una princesa debía mostrarse con algo que resaltara la pureza y denotara la amabilidad que intentaba profesarle a su pueblo y a todo el mundo. Sin embargo, desde hacía algún tiempo, Henrietta había dejado de vestir sus vestidos claros y puros. En su lugar, había preferido vestir ropas de tonos más oscuros en señal de luto, escogiendo el negro y el purpura sobre sus habituales blanco y azul, lo cual le daba un aspecto más maduro a la par que intimidante. Su mirada, antes brillante y alegre, parecía haberse endurecido tras su regreso a la capital. La antes benevolente y pacífica princesa parecía haber experimentado un cambio tremendo desde que se fue a Vindobona, como prueba de ello eran las últimas órdenes que había dado: la creación de un consejo de guerra, la llamada a las armas de cuantos efectivos disponía el país, el cierre de fronteras… y algo más.
A pesar de lo joven que era Henrietta, y del poco respeto que en realidad le profesaban la mayoría de los allí presentes, no había un solo hombre en aquella sala que no coincidiera que la princesa daba miedo. Era más pequeña, inexperta e idealista que ellos…y sin embargo, al mirarla a los ojos, uno no podía evitar sentirse intimidado. Era como si toda la inocencia hubiera desaparecido de su mirada, convirtiéndola en una barra de hierro que golpeaba con dureza allá donde creía que había algo que no debía estar. Su deseo de proteger a su pueblo e igualar las cosas entre nobleza y proletariado no había cambiado, pero el enfoque que ahora seguía era más directo e inflexivo, algo muy malo para aquellos que no compartían su punto de vista como era el conde D'Oren.
Los pasos de la princesa resonaban en la acallada sala, hasta que cesaron una vez la princesa se hubo situado junto al asiento del conde, el cual había permanecido en todo momento sin apartar la mirada de la princesa. Si esa niñata se creía que lo iba a intimidar tan fácilmente…
Sin embargo, a quien la princesa se dirigió fue al noble de al lado, al cual le pidió con un gesto que se levantara de su asiento. Confundido, el noble hizo lo que la princesa le pidió, y su confesión se duplicó al ver como la princesa se sentaba en su asiento y miraba de reojo al conde D'Oren.
-Por favor…continúe-le invitó la princesa, educadamente. La cercanía a la princesa inquietó un poco al conde, el cual carraspeó para intentar recuperar las agallas que lo habían llevado antes a decir lo que pensaba de una vez por todas.
-La corona debe estar dispuesta a hacer lo que haga falta para garantizar la seguridad del pueblo en todo momento-empezó a decir el conde, girándose en su silla para así poder encarar a la princesa. A pesar de no apartar la mirada del conde, Henrietta seguía con el cuerpo mirado hacia adelante, su cabeza reposando en el apoyo que había formado al entrelazara sus dedos y apoyar los codos en la mesa-. Lo que identifica a un noble como tal es su capacidad para cumplir con su deber y hacer lo necesario para servir al país. Y vos, princesa, habéis escupido sobre ese mismo ideal, con vuestra aventura juvenil y vuestras pobres decisiones.- Los demás asistentes en el consejo guardaron silencio, unos conteniendo la rabia que sentían al oir semejante falta de respeto hacia la princesa, y los demás conteniendo la alegría que sentían al oírle decir a alguien en voz alta lo que todos pensaban en sus cabezas-. Nos habéis costado un aliado poderoso, al que además de engañar faltasteis al respeto con vuestra…bestia. No contenta con ello, en vez de encadenarlo o llevarlo ante la justicia por atacar al emperador, lo mandáis libre por ahí a que haga lo que se le antoje, sin responder ante nada ni nadie. Abusáis de un poder que no comprendéis, y desdeñáis el consejo de aquellos más capacitados que tan solo pretenden aconsejaros para que no sigáis cometiendo los mismos errores en el futuro. ¿Es que acaso no veis que todo lo hacemos por vuestro bien, y el del país? ¿Es que acaso no veis que todo sería mucho mejor…si simplemente nos dejarais a nosotros el pensar qué es lo mejor que se puede hacer?-preguntó con falsa amabilidad el conde, su voz cargada de un tono condescendiente que solo hacía aumentar la burla de su sonrisa. Parecía retar con la mirada a que la princesa se indignara, a que le gritara y perdiera los papeles.
Henrietta no se indignó. Henrietta no gritó, perdió los papeles, y por no hacer no pareció ni reaccionar ante las palabras del conde. En su lugar, siguió mirando en silencio al sonriente conde, sus fríos ojos fijos en los de aquel hombre que, tragando saliva, esperaba a que la princesa hablara de una vez.
Sin decir nada, Henrietta se levantó de la silla, y volvió a su propio asiento. La sonrisa del conde se ensanchó al creer que la muy estúpida por fin había entendido cual era su lugar. Aquellos fieles a la princesa contemplaron como esta se retiraba en silencio, algunos deseosos de hablar pero ninguno queriendo faltarle al respeto a la princesa sin querer. Los otros hacían cuanto podían por no echarse a reír, creyendo que por fin las cosas volverían a su justo lugar: ellos dirigiendo el país, y la princesa como la bonita flor que era, una flor que solo necesitaban para casarla con el mejor postor y que les diera herederos a los que dirigir en un futuro.
-Tenéis razón, conde-dijo Henrietta, sentándose en su silla-. Habéis hablado con la verdad, y con sinceridad. Por ello, tenéis mi sincero agradecimiento.
-Bueno, princesa, soy vuestro humilde consejero-comentó con burlesca humildad el conde, muy para regocijo de sus simpatizantes-. Es mi deber…
-De hecho, habéis sido tan convincente, que creo que voy a seguir vuestro consejo ahora mismo.
-… ¿Eh?-preguntó confundido el conde, sin acabar de entender a qué consejo se podía referir Henrietta.
-Decís que no comprendo el poder de la corona, que no entiendo lo que implica ser noble. Vos decís que ser noble implica tomar decisiones que beneficien al país, anteponiéndonos al bienestar del país. Es como habéis dicho, ¿no?-preguntó inquisitiva la princesa, y por alguna razón el conde sintió un escalofrío ante la mirada que esta le dedicó.
-Bueno…, si, pero…
-Muy bien, pues así es como lo haré-dijo la princesa, con naturalidad-. Decidme, conde, ¿cómo valoraríais a los campesinos que viven en vuestros territorios? ¿Son felices, están contentos…?
-Obviamente, son todo lo felices que pueden ser. Siempre he procurado…
-¿En serio?-preguntó, aparentemente sorprendida, Henrietta. Estirando la mano, cogió uno de los papeles de la mesa, estudiándolo con interés-. Porque según mi propia investigación, en el último año habéis aumentado dos veces el impuesto establecido sin que la corona lo ordenara, habéis sido blanco de numerosos rumores concernientes a la desaparición de jovencitas en los pueblos de vuestras tierras, entre demás muestras y señales que parecen indicar que vuestros súbditos…MIS súbditos…no son tan felices como vos creéis-comentó Henrietta, ladeando ligeramente la cabeza. El conde D'Oren tuvo que recurrir a todo su autocontrol para no titubear, sudando de puro nervio al verse expuesto de aquella manera.
-Eso… ¡eso es todo falso, majestad! ¡Burdas mentiras de campesinos pulgosos que solo intentan…!
-¿Recordáis de qué estaba hablando antes, cuando me interrumpisteis?-preguntó la princesa, acallando al conde-. Por supuesto que no. Me sorprendería que la mitad de los aquí presentes lo hubiera hecho. Lo que trataba de decir, mi querido conde, es que si bien el pueblo necesita a una nobleza que lo guie y proteja, nosotros necesitamos más al pueblo de lo que ellos nos necesitan a nosotros.
-¡Blasfemia!-exclamó uno de los nobles por puro instinto, tapándose la boca tan pronto aquella palabra salió de su boca. La atención de la princesa se fijó momentáneamente en aquel hombre que había hablado, antes de volver a centrar su mirada en el conde D'Oren.
-Piénselo fríamente, conde. Nosotros no producimos más alimento del que nos dan los campesinos. Nosotros no formamos el grueso de nuestros ejércitos, mi mantenemos los bosques, ni comerciamos con los diferentes pueblos del país. Para poder comer, para poder defendernos, incluso para hacer las cosas más nimias del día a día, la nobleza necesita a la plebe. Esta, en cambio, puede comer sin que un noble le exija parte de sus cultivos. Puede vivir en su casa aunque no haya sido erigida con magia. Pueden ser dirigidos incluso por un vecino escogido por el resto del pueblo, sin necesidad de que esta persona posea una sola gota de sangre noble en sus venas. En definitiva, la nobleza no es de utilidad alguna al resto de la población.
-¡Pero tenemos la magia!-se defendió el conde, para nada a gusto con el rumbo que estaban tomando las palabras de la princesa-. El Santo Fundador, en su misericordia, nos dio la magia a la nobleza para…
-Ah, si…la magia. E ahí el argumento que esperaba que usara contra mí-comentó la princesa, una media sonrisa en su rostro-. ¿Dígame, cree que la nobleza es nobleza por la magia, o es la magia algo totalmente ajeno al concepto de la nobleza? No quiero decir que no estén relacionadas, simplemente pregunto si considera que uno podría ser de la nobleza incluso sin contar con la magia.
-…eso es absurdo-respondió el conde, apenas reflexionando ante las palabras de la princesa-. La magia es la prueba de que el Santo Fundador nos escogió para ser los gobernantes de esta tierra. El poder hace al noble. ¡Ir en contra de ese mismo concepto es blasfemar contra el mismísimo Brimir!
-No estoy blasfemando ni nada parecido. Solo quería saber su opinión, y ahora ya la conozco-dijo la princesa-. Vos consideráis que un noble ha de tener magia, y alguien con magia ha de ser un noble… ¿pero y que pasa con aquellos que dejan de ser nobles, y a pesar de ello no dejan de ser magos? ¿Cómo explica eso? ¿No debería perder sus poderes al perder su estatus, según su razonamiento?
-Eso es…-empezó a decir el conde, no muy seguro sobre cómo responder a esas preguntas.
-No puede explicarlo, del mismo modo que ninguno de los aquí presentes puede, entre los cuales me incluyo. Lo único que podemos extraer es que magia y nobleza, si bien van relacionadas, no son inclusivas la una de la otra. He tenido el desagradable placer de ver qué es lo que hace la nobleza con el don de la magia, abusando de él como un niño usaría una lupa para quemar hormigas. ¿Es esa la clase de "nobleza" que ha sido escogida por el Santo Fundador?
-Cuidado, princesa-le advirtió el conde, sudando de puro nervio mientras miraba fijamente a la princesa a los ojos, tratando de aparentar unas agallas que en realidad no sentía-. Camina sobre hielo con esas palabras, y podría entenderse que…
-¿Cuidado?-preguntó divertida la princesa, acallando nuevamente al conde. Su mirada y sonrisa pusieron nerviosos a los allí presentes, mirando altiva al acobardado conde-. ¿Cuidado? Creo que no soy yo la que debería ir con cuidado, mi querido conde, porque hasta el momento nada de lo que me habéis dicho prueba siquiera que actuéis como el noble que demandáis que sea yo: me mentís, os contradecís, no conocéis al pueblo al que gobernáis, y me faltáis al respeto en mi propia presencia creyendo que podéis aconsejarme en temas que obviamente no comprendéis-siguió diciendo la princesa, el desdén más que obvio en su manera de hablar, pero sin necesidad de alzar la voz-. "Cada campesino ahí fuera podría ser un enemigo el día del mañana", dijo uno de vosotros. Decidme, ¿qué razón puede tener un campesino para sublevarse? ¿Codicia, miedo,…? No, es el odio. Odio por una nobleza que abusa de ellos y se aprovecha de su dolor para coger siempre sin dar nunca. Si consideramos el descontento con la frase anterior referente a la posible sublevación de los campesinos, es razonable suponer que aquellos que vivan bajo el mando de nobles indignos que no les preocupe que sean felices o no, y que vivan atemorizados bajo el yugo que tan campantemente muchos de los aquí presentes han creado al margen de la corona, se subleven contra nosotros y se unan a Reconquista. Por tanto, cabe la posibilidad de que muchos de sus súbditos, conde D'Oren, se unan a Reconquista en los próximos meses debido a lo que usted considera "pobres decisiones", y debido a que no comprende realmente el concepto de la "nobleza".- El conde D'Oren temblaba ligeramente en su silla. Los dos hombres situados a sus lados, como temiendo recibir siquiera la mirada de soslayo de la princesa, se apartaron el espantado noble como si temieran que fuera a explotar-. Con vuestras acciones y falta de juicio no solo habéis propiciado la aparición de posibles insurrectos y rebeldes que apoyaran la causa de Reconquista, sino que cabe pensar que es por gente como vos que la propia Reconquista existe en un primer momento. Sois parte del problema que nos ha llevado aquí, por no decir que casi se podría decir que sois uno de los responsables, y como tal debéis ser castigado por ello…
La princesa chasqueó sus dedos, y dos de los soldados que hasta el momento habían permanecido callados a un lado se adelantaron y cogieron al sorprendido noble por los hombros. Este, indignado, trató de revolverse sin mucho éxito, recibiendo apenas una mirada de apoyo por parte de sus camaradas. En vista de lo sucedido, ninguno deseaba convertirse en el siguiente.
-Conde D'Oren, por la presente os acuso de negligencia en vuestros deberes, los cuales han llevado en parte a la creación de un movimiento rebelde que ahora amenaza a nuestro país. Vuestro título de noble será revocado, vuestras propiedades requisadas, y vuestra varita rota para que no podáis usar la magia-dijo la princesa como si dictara una lista, apenas dedicándole una mirada de interés al incrédulo noble que, con ojos abiertos, veía como le arrebataban todo en un instante.
-Pero… ¡NO PODEIS HACER ESO! Solo sois una princesa… ¡esa orden debe darla la reina, no una simple mocosa que no sabe nada de nada!-exclamó fuera de si el depuesto conde, tratando de liberarse nuevamente del férreo agarre de los soldados. La princesa, sin alterarse, siguió hablando.
-Ante la posibilidad de que ingreséis posteriormente a Reconquista, ordeno que seáis llevado inmediatamente al patio, donde procederemos a cortaros la cabeza para evitar que llevéis a cabo semejante acto de traición.- Las palabras de la princesa, tan naturales como si hubiera dado la más normal de las ordenes, sorprendieron al resto de nobles. Incluso el conde dejó de forcejear para liberarse y miró desesperado a la calmada princesa, negando con la cabeza.
-No…no podéis…no…-El conde cayó de rodillas-. ¡No, por favor! ¡Por piedad, os juro que no lo haré, os lo juro! ¡POR LO QUE MAS QUERAIS, NO ME MATEIS!
-Un noble ha de hacer lo que sea necesario por el bien de su país, vos mismo lo dijisteis-dijo la princesa-. Podéis usar la magia, lo cual según vos os hace noble, no el simple título que os acabo de quitar, por lo que la regla aún se os aplica. Solo vuestra muerte me asegura que no os uniréis a Reconquista en un intento de recuperar vuestro antiguo estatus, y si vuestra muerte es la carga que como la joven inexperta que soy debo asumir…que así sea-dijo con una media sonrisa Henrietta, mirando fríamente al conde mientras fingía desolación ante semejante idea.
Los soldados empezaron a arrastrar al conde por la sala, en dirección a la salida, mientras este pataleaba y se desgañitaba entre lágrimas. Ninguno de los nobles allí presentes salió en su ayuda, ni los que lo apoyaban ni los que no. Nadie se atrevía a abrir la boca por miedo a lo que aquella nueva Henrietta pudiera hacerles. En el momento en que los soldados abrían la puerta, un joven mensajero aprovechó para entrar en la sala y se dirigió a la princesa, observando en silencio desde un lado de la sala el curioso despliegue.
-…aunque…-dijo entonces Henrietta, fingiendo meditar sobre algo, justo cuando los guardias hacían lo que podían porque el antiguo conde se soltara de la puerta, negándose en rotundo a que se lo llevaran. La mirada de Henrietta se fijó momentáneamente en el mensajero, y luego volvió a centrarse en la escena de la puerta-…también es cierto que me habéis dado algo sobre lo que pensar, y no quiero que penséis que no escucho ni agradezco las enseñanzas que mis…consejeros me puedan transmitir-dijo con una sonrisa, pasando la mirada por el resto de los allí asistentes, los cuales se encogieron en sus asientos incapaces de mirar a tan aterradora princesa a la cara-. Por tanto, os doy a escoger: ejecución, o la alternativa.
-¡LA ALTERNATIVA! ¡Escojo la alternativa!-exclamó el histérico ex conde, sin preocuparse siquiera en preguntar cuál era esa alternativa. En su mente, sin embargo, cualquier cosa era preferible a que le cortaran la cabeza.
-Sea pues-dijo la princesa, asintiendo-. Llevad al conde al calabozo, y encerradlo.
-¿Encerrarme? ¿Durante cuánto tiempo?-preguntó preocupado el ex conde, aunque ligeramente aliviado al saber que no iba a morir. La princesa, sin embargo, se limitó a sonreír de una manera que consiguió espantar aún más a aquel hombre.
-¿"Durante cuánto tiempo"? Lo preguntáis como si creyerais que vais a salir algún día…-comentó la princesa, y antes de que nadie pudiera decir nada, sacaron al ex conde de la sala y sus gritos se alejaron por el pasillo, resonando con fuerza en la sala del trono ante el silencio tenso de los demás nobles.
El silencio reinó entonces en la sala. Todos querían decir lo que pensaban respecto a lo que acababan de presenciar, pero todos tenían demasiado miedo como para hacerlo. Hasta los más hábiles a la hora de hablar y de retorcer sus palabras optaron por morderse la lengua al ver que la princesa no estaba para tonterías. El próximo que se le cruzara acabaría peor incluso que el conde D'Oren, si es que eso era posible.
-Bien… ¿Hay algo más que deba saber?-preguntó la princesa inocentemente, pasando la mirada por sus callados consejeros como invitándoles a decir algo-… ¿no? Pues en ese caso, el consejo puede retirarse.
Uno a uno, algunos más deprisa que otros, los miembros del consejo de Henrietta empezaron a abandonar la sala, las miradas de muchos cruzándose con la clara intención de hablar sobre aquel asunto…una vez se hubieran alejado lo bastante de Henrietta. Incluso los soldados y guardias salieron de la sala a petición de Henrietta, quedándose a solas en la vasta sala con la única compañía del montón de mapas y documentos de enfrente suyo, y el joven mensajero que aún esperaba su turno para hablar.
Una vez la puerta se cerró, Henrietta se permitió exhalar un suspiro de alivio y hundirse ligeramente en su asiento. La guerra le estaba empezando a pasar factura, y ni siquiera había empezado todavía. Por un momento, había creído que reunir al consejo sería provechoso para así intentar que todos aquellos nobles y generales le resultaran de alguna utilidad más directa, pero pronto había descubierto que sus intereses y motivaciones eran, cuando menos, personales, y poco había que ella pudiera hacer para que espabilaran y le hicieran caso. Por suerte, el conde D'Oren había resultado ser el chivo expiatorio perfecto, permitiéndole no solo eliminar a un inútil de la ecuación, sino demostrarles al resto de miembros del consejo que ella tenía opinión propia, voz e incluso más poder del que ninguno de ellos tenía. Esperaba no tener que repetir aquel numerito muchas más veces, ya que si seguía con esa dinámica pronto se encontraría a las puertas de otra rebelión, solo que esta estaría encabezada por los nobles de su país. Todo era cuestión, razonó Henrietta mientras se masajeaba la sien, de elegir bien en quién centrarse. A simple vista se podía ver quienes le profesaban su lealtad incondicional, y quienes la veían solo como el paso previo a un nuevo monarca. Mediante argucias y unas cuantas personas de su confianza, el número de nobles y militares leales a ella podría ser mejor acotado, lo cual le permitiría centrar sus esfuerzos en acallar, controlar e incluso deshacerse de aquellos que la obstaculizarían en su camino. No sería fácil, pero confiaba en que podría hacerlo.
Suspirando, indicó con un gesto al mensajero de que ya podía acercarse.
-Has vuelto pronto…Pariah-comentó la princesa, sonriendo más genuinamente que antes frente al callado joven de su lado. De un brinco, el joven se subió a la mesa y se agazapó frente a la princesa, transformándose en el aire en el joven de cabellos blancos que tanto quería Henrietta. Subido a la mesa, Pariah empezó a ronronear cuando Henrietta le acarició bajo la barbilla, disfrutando del primer momento de descanso de todo el día-. ¿Cómo te ha ido? ¿Los encontraste?
-Si~…-murmuró Pariah, sus ojitos cerrados y sus mejillas sonrojadas ante las caricias de Henrietta.
-¿Y los mataste a todos?-preguntó Henrietta, pasando sus nudillos amorosamente por las blandas mejillas de Pariah.
-¡A todos, a todos…!-exclamó Pariah, agitando los brazos muy emocionado. Henrietta sonrió.
Hacía cosa de dos semanas que habían recibido el primer informe concerniente a las actividades de Reconquista. Al parecer, habían empezado a enviar avanzadillas a Tristain con el objetivo de cartografiar posibles objetivos en sus mapas, comprobar el estado de sus defensas y suministros, y facilitar la llegada del grueso de sus tropas. Estos soldados atacaban cual bandidos a los viajeros y las aldeas más pequeñas en un intento de diversificar a las tropas de Tristain en una persecución por todo el país, dificultando su coordinación. Sin embargo, Reconquista no contaba con que Henrietta tenía algo mejor que soldados a su disposición.
La capitana de Milan, tras su retorno a la capital, le había informado de la capacidad de Pariah para absorber no solo el aspecto de aquellos a los que se comía, sino también sus recuerdos y habilidades. Semejante poder había suscitado el interés de Henrietta, que en seguida se imaginó miles de usos para aquella habilidad. Sin avisar a nadie más que a los pocos soldados que lo acompañaban, había subido a Pariah a un barco volador y lo había enviado al exterior con la tarea de localizar y destruir a aquellos hombres. Los soldados que lo acompañaban velarían porque él no se desmadrara demasiado, y solo atacara a los soldados de Reconquista. Por si acaso, Henrietta le había dejado terminantemente claro a Pariah que no tenía permitido atacar a sus hombres, lo cual supuso un gran alivio para ellos al acabar la primera misión, ya que la idea de que ellos pudieran sufrir un destino similar al de aquellos pobres desgraciados que habían acabado troceados los había aterrado como pocas cosas lo habían hecho antes.
Pariah no atacó a aquellos soldados…les dio caza. Los tomó por sorpresa, y acechó como un animal salvaje. Para cuando los soldados se percataron de su presencia, Pariah ya había estrechado el circulo a su alrededor, y en pocos minutos todo había acabado. Los recuerdos robados de aquellos hombres permitieron a Henrietta conocer el paradero de otros tantos infiltrados en Tristain, objetivos que pronto fueron eliminados por el mortífero familiar u otros efectivos de la princesa. Así pues, Henrietta consiguió la ventaja logística al impedir que Reconquista obtuviera información sobre sus preparativos, a la vez que aprendía cuanto conseguía extraer de las capturas de Pariah.
Como ya era costumbre, Pariah se subió a una mesa y cogió un mapa y una pluma. Después, mientras Henrietta cogía un pergamino y otra pluma, ambos mojaron ceremoniosamente la punta en el tintero, sonriendo ante la solemnidad con la que realizaron aquel sencillo gesto.
-Muy bien, Pariah. Ahora, dime todo lo que has aprendido, y luego iremos a comer algo muy rico. ¿Te parece?-le propuso Henrietta, y por el brillo en la mirada de Pariah supo que el familiar ya lo esperaba ilusionado. A pesar de toda la muerte que estaba llevando a cabo por orden suya, parecía que Pariah nunca cambiaba.
Durante la siguiente hora, Pariah habló largo y tendido sobre lo que había visto en las mentes de aquellos soldados. Él acompañaba sus palabras con ilustraciones en el mapa, como rutas y puntos de reunión por todo el país. Henrietta, por su lado, tomaba apuntes y notas que después se guardaba para sí, incapaz de compartirlas por completo con el resto de sus consejeros al no tener del todo claro si todos le eran tan fieles como aseguraban ser. No dudaba de que todos tenían sus motivaciones ocultas, pero no le interesaba que un espía de Reconquista se enterara de la presencia de Pariah, por lo que instaba encarecidamente al joven familiar a eliminar a todos los posibles testigos, y no permitía que hablara de lo que ambos compartían con nadie más que ella. Sólo una persona conocía de aquellas conversaciones, y esa era la capitana de Milan, cuya lealtad era incuestionable y cuyos consejos le habían servido muy bien en el pasado y el presente.
Para cuando finalmente las plumas fueron depositadas en la mesa, varias hojas de papel permanecían escritas frente a Henrietta, con el mapa de Pariah lleno de líneas y círculos. Entrelazando los dedos, Henrietta estiró ambos brazos hacia el techo y gimió ligeramente al sentir como sus tensados músculos se estiraban y protestaban. Pariah, por su parte, permanecía atento a cada gesto que hacía la princesa, optando por permanecer en silencio a la espera de su tan ansiado premio.
-Bueno, pues ya está-determinó Henrietta, sonriendo a su querido familiar-. Ahora, ¿qué te parece si vamos a la cocina a por algo de pudin? Estoy seguro de que el cocinero tiene uno o dos en la despensa.- Pariah había probado el pudin una vez, y si bien no era la clase de comida que solía comer, la suavidad de aquella comida lo había hechizado como si de un encantamiento se tratara. De un salto, Pariah se dirigió dando vueltas hacia la puerta, siendo seguido más comedidamente por una pensativa Henrietta. Si bien había dicho que ya habían acabado, aún había algo que la reconcomía por dentro-… Pariah
Al oir su nombre, el exaltado familiar se detuvo y miró hacia atrás, aparentemente ajeno al hecho de que sus pies estaban pegados a una de las paredes del largo pasillo. Desafiando la gravedad, Pariah empezó a caminar tranquilamente por la vertical superficie hasta donde estaba Henrietta.
-Hay…un sitio al que debo ir. Hay algo que debo hacer-empezó a decir la princesa, tratando de mostrarse segura de lo que estaba a punto de hacer. Nunca antes se hubiera imaginado haciendo aquello, pero… muchas cosas habían cambiado. Así pues, ella también debía cambiar-. ¿Querrías venir conmigo?-preguntó Henrietta, tendiéndole la mano con la marca del mordisco de Pariah
Asintiendo, Pariah descendió al suelo y le agarró la mano a la princesa, los dos caminando tranquilamente por los pasillos del palacio mientras eran seguidos, únicamente, por las miradas nerviosas de los guardias que protegían el palacio.
¿Quién no se pondría nervioso, en presencia de semejantes monstruos?
Mientras tanto, en la Academia:
Tras picar en la puerta, Saito hizo acto de presencia en la habitación con un cesto lleno de ropa limpia en las manos. Un rápido vistazo le sirvió para saber que Louise no se había movido del lugar donde la dejó hacia ya una hora.
La joven maga contemplaba pensativa el cielo desde su ventana, suspirando de vez en cuando inmersa en profundos pensamientos. Saito se hacía una idea aproximada de qué era lo que inquietaba tanto a Louise, pero prefería que fuera ella quien decidiera abrirse a él en vez de molestarla con preguntas.
-Louise-la llamó Saito, dejando el cesto de ropa en la mesa-. Ya he terminado la colada.
-Hm…-dijo Louise, algo ausente, sin girarse-. Bien, déjala ahí de momento.
-Vale… Oye, estaba pensando… El profesor Colbert cree que dentro de poco podrá hacer funcionar el Zero Fighter que encontramos. ¿Qué te parece si cuando esté lo usamos para ir a dar una vuelta? ¿Eh, que te parece?-propuso Saito, tratando de animarla. Louise, por no hacer, ni siquiera reaccionó-… ¿aún sigues pensando en la princesa?
Saito no necesitó que Louise se lo confirmara. Desde que habían vuelto de Albion, Louise no había dejado de pensar en su amiga, y en el extraño sentimiento de inquietud que experimentó el día que regresó a la capital para hacerle entrega del anillo de Wales.
...
Hacía un mes, mientras Louise se dirigía a la sala del trono, se imaginaba la reacción de la princesa cuando se enterara de la noticia. Según le habían informado, las negociaciones con Germania no habían acabado bien, resultando de una manera tan extraña que muchos eran los rumores que circulaban respecto a lo que aconteció aquel día en Vindobona. Según algunos, la princesa fue humillada por el emperador, mientras otros aseguraban que la princesa atacó al emperador con su familiar. Fuera cual fuera la verdad, el pacto entre ambas naciones había desaparecido, y Louise sabía que su informe no serviría más que para aumentar el dolor y preocupación de la princesa.
Nada más entrar, Louise notó un cambio en la atmosfera de la sala del trono, como si el aire estuviera enrarecido y más gélido que de costumbre. Las ventanas estaban tapadas, y solo la luz de las velas y los candelabros iluminaba la estancia. Henrietta, de pie frente al trono, lo observaba en silencio dándole la espalda a su recién llegada amiga.
El guardia que escoltó a Louise allí se retiró tras informar de la presencia de Louise, cerrando la puerta tras de sí y dándoles intimidad a las dos jóvenes, quienes permanecieron en silencio el primer minuto que pasaron allí juntas.
Los nervios y la tensión reconcomían a Louise por dentro. La pena y el dolor de la experiencia sufrida le dificultaban la tarea, pero su lealtad hacia la princesa, más allá de sus sentimientos por ella, la instaron a avanzar y a arrodillarse ante ella.
-Princesa, he regresado-dijo Louise, tratando de no mostrarse dubitativa frente a Henrietta-. Lamento…comunicaros que la misión…fracasó.- Henrietta seguía sin decir nada, dándole la espalda a Lousie como si de una estatua se tratara. Louise tragó saliva, y siguió hablando-. Le entregamos la carta al príncipe Wales tal y como ordenasteis, y este nos dio la carta que nos mandasteis a recoger. Después… Wardes nos traicionó.
Wardes. Solo de pensar en ese monstruo con piel de hombre, Louise sentía como la rabia la invadía. Todo había sido por su culpa, ya que de no haber sido por él al menos habrían conseguido evitarle aquella humillación pública a la princesa, y Wales tal vez hubiera podido escapar. En su lugar, el príncipe había muerto y su cuerpo había desaparecido. La carta había sido utilizada contra Henrietta, Reconquista había conseguido tomar Albion, y…
-…lo siento mucho, princesa-dijo Louise, su voz traicionándola y resquebrajándose ligeramente contra su voluntad. Su cabeza, inclinada, se acercó aún más al suelo en un intento de mostrar cuan arrepentida estaba ante la princesa-. Me confiasteis una tarea, y yo…yo solo pude traeros el anillo de Wales. Fue lo…lo último que me pidió que hiciera antes de…de…
Sonido de pasos. Alzando momentáneamente la mirada, Louise vio como la princesa se daba la vuelta y caminaba hacia ella, todavía sin decir nada. El temor que Louise sentía dentro se convirtió en pura desdicha al imaginarse la reacción de la princesa. No sería para menos, ya que por su culpa el amante de Henrietta estaba muerto y su país condenando a la guerra. Por su culpa, la princesa había sufrido lo indecible en la capital de Germania, y había traicionado su confianza. No sería descabellado pensar que la princesa la gritaría, la insultaría y llamaría inútil, la despojaría de su título o incluso ordenaría que la encerraran por su…
Los brazos de la princesa, quien se había arrodillado frente a Louise, rodearon firmes el cuello de la sorprendida maga, quien debido a la proximidad con la princesa no pudo verle la cara. No entendía la razón de aquel abrazo, pero pronto las barreras que Louise había erigido para mantenerse firme se vinieron abajo, y las primeras lágrimas acudieron a sus ojos. Saltándose completamente el protocolo, Louise abrazó a su amiga y la estrechó fuerte entre sus brazos, llorando en su hombro mientras hacía cuanto podía por no abandonarse al llanto. La princesa, dejándola llorar, le frotó la espalda y la cabeza mientras la dejaba desfogarse todo el tiempo que lo que necesitara
-Louise…-dijo finalmente la princesa, su voz rasposa como si se hubiera pasado mucho tiempo gritando-…lo siento. Te mandé a una misión tan importante con un traidor, y por ello corriste un gran peligro. Todo, porque no supe ver el hombre que en realidad era el capitán Wardes. Louise, por favor, perdóname.
Louise no daba crédito a sus oídos. ¿Por qué le estaba pidiendo perdón la princesa? ¡No, ella era la que tenía que disculparse!
-¡Princesa, no! Yo debo pedir perdón. Fracasé, incumplí mi promesa, y…
-No incumpliste nada-dijo Henrietta, separándose de Louise para así mirarla a la cara. Al hacerlo, Louise pudo apreciar las ojeras que acompañaban los enrojecidos ojos de la princesa, prueba de lo mucho que debía de haber llorado y lo poco que había dormido. A pesar de todo, Henrietta parecía intentar sonreír a su amiga, como diciéndole que todo iba bien-. Llevaste la carta, hiciste cuanto pudiste, y me has traído el único recuerdo que me queda del príncipe Wales.- Louise, mientras lloraba y sufría al ver en ese estado a su amiga, cogió el anillo que el difunto príncipe le dio y se lo tendió a la princesa. Esta lo cogió con delicadeza, observándolo en el centro de su palma mientras permanecía con la misma sonrisa forzada en el rostro. Poco a poco, con cada vez mayor intensidad, las lágrimas brotaron también de los ojos de la princesa, quien empezó a llorar desconsolada mientras se llevaba el anillo al pecho.
Louise ya no se preocupaba por tonterías como el estatus o los modales. Allí, justo enfrente de ella, se encontraba su mejor amiga llorando y sufriendo algo inimaginable, de manera que Louise hizo lo único que pudo hacer en aquel momento: se adelantó, y abrazó a Henrietta una vez más, considerando que aquel era su turno para tratar de consolar a su amiga. La princesa, entre los brazos de su querida amiga Louise, se cubrió la cara con la mano libre mientras soltaba el dolor que llevaba acumulando en su pecho, un dolor que no había cesado de brotar sin importar cuánto llorara y gritara. Era como si todo el amor que su corazón había contenido hasta el momento, todo su cariño por Wales y su pueblo, se hubiera convertido en un manantial de sufrimiento y dolor que escapaba de su interior como una presa desbordada, sin que tuviera pinta de ir a acabarse pronto.
Llorar no le iba a ayudar. Si quería dejar de sentirse así…sabía qué era lo que tenía que hacer.
-Louise…-empezó a decir la princesa, algo más recuperada. Las lágrimas aún anegaban sus ojos y recorrían sus mejillas, pero por lo menos el llanto había cesado-. Te agradezco de todo corazón todo lo que has hecho por mí. Ahora, sin embargo, debo pedirte que vuelvas a la Academia. La guerra podría empezar de un momento a otro, y estarás más segura allí o en tu hogar.
-¡No, princesa! Yo quiero ayudar, puedo ayudar. Solo decidme que es lo que…
-Louise, tu ya has hecho demasiado por mí. Si por cumplir una orden mía tú sufrieras algún daño…eso es algo que no podría perdonarme nunca. Ya he perdido a alguien muy querido para mí…-dijo Henrietta, cogiendo a Louise por los hombres y mirándola muy seria a los ojos-… Por favor…no quiero perder también a mi mejor amiga.
Louise vio la determinante mirada de la princesa, y supo que nada de lo que dijera serviría para convencerla en aquellos momentos. Asintiendo, Louise le cogió las manos a Henrietta y le devolvió la mirada que la princesa le dedicó.
-Está bien, haré como decís… Pero si llegado el momento necesitáis de alguien en quien confiar…espero que sigáis considerando que puedo ser yo ese alguien.
-Ahora y siempre, Louise, ahora y siempre-le aseguró Henrietta, sonriendo más genuinamente que antes y provocando que Louise también sonriera, parte del dolor de su pecho desvanecido con aquel simple gesto.
Una vez las dos se hubieron calmado, Louise le contó a Henrietta que su familiar deseaba comentarle algo respecto a las habilidades que había visto usar a Wardes durante su combate, y que parecía querer hablar con ella en privado. Cuando Henrietta accedió, Louise se despidió de su amiga y empezó a dirigirse a la puerta cuando...
-Princesa-dijo Louise, con el pomo de la puerta en la mano-…necesito saber… ¿qué va a hacer ahora?
-¿Ahora?-preguntó Henrietta, mirando de reojo al vacío trono del otro lado de la sala. Por un instante, Louise sintió un escalofrío ante la mirada de la princesa, una mirada muy diferente a la que le había visto nunca en los ojos. Henrietta siempre había tenido unos ojos brillantes y sinceros, cargados de amor y compasión, que despertaban en ella el deseo de seguirla y la seguridad de que todo iba a ir bien cuando la princesa la miraba a los ojos. Pero aquellos ojos… Eran fríos, carentes de vida o compasión, y parecían rezumar un odio tan grande que brillaba como una luz fantasmagórica entre las sombras de aquella estancia, como si esta se hubiera oscurecido y lo único que brillara en aquel lugar fueran los ojos cargados de furia ardiente de la princesa-…ahora… les haré pagar todo el daño que han hecho. Me han arrebatado ya a alguien que quería…, y no permitiré que lo puedan volver a hacer.
Louise, temblando de pies a cabeza, apartó la mirada de la princesa y salió de la sala, apoyándose en la puerta de espaldas mientras respiraba pesadamente. Hasta que no había salido, no se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración del miedo que la princesa le había hecho sentir.
Por un instante, Henrietta había conseguido aterrarla. Y si había provocado semejante efecto en una amiga, no quería ni pensar en lo que pasaría cuando finalmente se enfrentara a sus enemigos.
...
De vuelta en el dormitorio, Louise permanecía observando por la ventana mientras repasaba aquella escena una y otra vez en su cabeza. Le había estado dando muchas vueltas a lo largo del último mes, y aún le preocupaba enormemente el estado actual de la princesa. Verla tan despiadada, tan vengativa… Los últimos rumores decían que la princesa había estado actuando rara últimamente, cambiando leyes y movilizando tropas de aquí para allá. Algunos decían incluso que el familiar de la princesa había sido visto por varias partes del país, encargándose de ciertas tareas para la princesa cuyo objetivo nadie tenía aún muy claro. Lo único en lo que coincidían todos, por desgracia, era que la princesa ya no era la misma que un día fue a Vindobona a negociar con el emperador de Germania.
Separándose de la ventana, Louise fijó su mirada en su familiar, el cual la había estado observando preocupado desde el otro lado de la estancia. Sin pensárselo siquiera, Louise empezó a avanzar poco a poco hacia él, y cuando lo alcanzó enterró su cabeza en su pecho sin dudar. Saito, en seguida, la abrazó y reconfortó con su presencia, ninguna palabra requerida entre los dos. No era la primera vez que Louise buscaba consuelo en Saito, y este nunca le negaba un solo momento de ayuda como aquel.
-…estoy preocupada por la princesa-dijo Louise, tras unos momentos de silencio.
-Lo sé.
-Es que… está tan cambiada… Ya no parece la misma Henrietta que conocí de joven.
-¿Qué quieres decir?
-La Henrietta que conocí…no daba miedo. Nunca hubiera ordenado que se movilizaran las tropas sin provocación alguna, no habría cambiado las leyes porque si, y no habría…amenazado de esa manera a los que la hirieron.
-A mi me parece normal. Yo también deseé…desearía…venganza contra los que me agraviaron-dijo Saito, tensándose momentáneamente. Louise miró a Saito a la cara, y vio un breve atisbo de furia silenciosa en el semblante del familiar. Preocupada, Louise abrazó también a Saito, como queriendo que volviera a mostrarse amable como antes y no se enfadara. Funcionó, ya que Saito sonrió en respuesta al abrazo de Louise, y le acarició la cabeza agradecido.
-Dime, ¿hablaste de lo que querías con la princesa?-preguntó Louise, deseando cambiar de tema. Sus mejillas estaban sonrosadas por las caricias y atenciones de Saito.
-Sí. Le hablé de los Evolucionados, de Wardes, y de cómo usó la Sangre de Greene para transformarse. Le preocupaba que Wardes hubiera podido infectar a más enemigos, pero le expliqué que solo los Evolucionados más fuertes tienen esa capacidad, de manera que es poco probable que lo haya hecho.
-Sabes mucho sobre esos…"Evolucionados"-dijo Louise-. ¿Pero qué son en realidad?
-Monstruos, Louise-dijo simplemente Saito-. Todos y cada uno de ellos, y merecen ser destruidos sin importar el qué.
La forma en que lo dijo alertó a Louise, quien volvió a mirar a Saito a los ojos. La ira seguía ahí, habiendo vuelto a pesar de las caricias. Pero entre la oscuridad de su mirada, apartando la rabia y la furia, Louise creyó ver algo más, algo que la preocupó en gran manera.
Dolor. Louise vio dolor en los ojos de Saito.
Minutos después, de vuelta al palacio:
Henrietta y Pariah caminaron silenciosos por los pasillos del palacio. El joven familiar se limitaba a seguir a la princesa mientras lo observaba todo con gran interés, ya que si bien había visto gran parte del contenido del palacio, aquella ala en concreta le era bastante desconocida. A juzgar por la altura a la que se encontraban, debía de tratarse de un lugar bastante importante, aparte de encontrarse en el mismo piso que la habitación de Henrietta. Pariah hubiera podido preguntarle a Henrietta a donde iban, pero tampoco lo vio de gran importancia. Se fiaba de la princesa, y sabía que no lo llevaría a un sitio malo sin avisarle primero. Así pues, relajado y para nada preocupado, Pariah caminaba animadamente tras la callada princesa, examinándolo todo con ojos bien abiertos.
La princesa, por otra parte, se encontraba mucho menos relajada que Pariah. No dudaba de que era lo que debía hacer, pero muy en el fondo no podía evitar preguntarse si sería lo correcto. Después de todo, una vez concluyera su asunto allí, ya no habría vuelta atrás. A cada paso que daba, Henrietta sentía como la duda la asaltaba con cada vez más intensidad, hasta que llegó un punto en que se vio obligada a apartarla conscientemente de sus pensamientos. Cosas como la duda, el temor o la incertidumbre eran lo que la habían llevado a donde estaban, en el lio que ahora tenían que arreglar, y ese era un error que Henrietta no estaba dispuesta a permitir que se repitiera. El miedo, la indecisión, la impotencia… se desharía de todas ellas, y forjaría algo nuevo en su interior, algo más duro y fuerte. Algo que le permitiera convertirse en la gobernanta que su pueblo necesitaba. Algo que le permitiera demostrar a aquella panda de imbéciles que se hacían llamar nobles quién era ella. Algo que le permitiera proteger a sus seres queridos. Algo…que impidiera que ella volviera a sufrir de aquella manera.
Libre de dudas finalmente, Henrietta se detuvo frente a una puerta doble de majestuoso aspecto. Pariah, escondido tras la princesa, examinaba aquel par de puertas ligeramente sorprendido, ya que los intrincados diseños de la madera representaban toda clase de formas y escenas que dejaron al familiar de Henrietta gratamente sorprendido. Era como ver un cuadro…solo que hecho de madera.
Henrietta no veía las marcas. No veía las puertas. En su mente, solo tenía cabida la persona que tras ellas se encontraba, la persona con quien debía hablar. Tras coger aire y exhalar poco a poco, Henrietta abrió las puertas sin molestarse siquiera en llamar.
Si a Pariah las puertas lo habían sorprendido, el interior de la estancia lo había maravillado. Era como la habitación de Henrietta, pero unas diez veces mejor. Los altos ventanales de cristal transparente dejaban entrar ligeramente la luz a través de unas finas cortinas de seda que apenas retenían los rayos de sol, otorgando sombra y luz a la enorme estancia. Los muebles eran de la más elaborada artesanía, cada uno decorado con filigranas de oro que parecían resplandecer en contraposición a la blancura de los materiales con los que estaban fabricados las sillas, las mesas, los armarios, y en definitiva casi todo el mobiliario. El suelo estaba adorando con amplias alfombras, dándole un aspecto imperial a la sala, unido a los elegantes cuadros que adornaban los espacios vacios de las paredes entapizadas y la araña de cristal que dominaba el centro del techo. Al fondo, una gigantesca cama doble destacaba frente al resto de muebles de la habitación, con el dosel echado y tapando el colchón y los cojines.
Junto a los ventanales, sentada en una silla, una solitaria figura contemplaba el mundo exterior a través del cristal. Sin cerrar las puertas siquiera, Henrietta se dirigió hacia aquella persona.
En vez de seguir a la princesa, Pariah se separó de ella y empezó a recorrer sigilosamente la habitación, reptando bajo las mesas y sillas y descolgándose por las paredes y techo mientras avanzaba rápidamente por cualquier espacio posible. Su veloz estudio de la habitación no pasó desapercibida para Henrietta, quien de reojo vio como su familiar daba tres o cuatro vueltas a la sala en lo que ella tardó en acercarse a las ventanas, pero tampoco hizo el gesto de reprenderlo o llamar su atención. Su mera presencia allí ya era suficiente para Henrietta, quien sabía que de no contar con su familiar allí, las cosas podrían volverse un tanto difíciles de digerir para la decidida princesa. Volviendo su vista al frente, Henrietta siguió andando hasta situarse frente a la persona de la silla.
Se trataba de una mujer mayor, de alta cuna a juzgar por sus ropajes y la forma tan elegante en la que permanecía sentada en su silla de alto respaldo. Su cuerpo permanecía oculto en su totalidad por el largo vestido carmesí que portaba, solo su cuello quedaba a la vista para revelar un vistoso collar de gemas azuladas que delimitaban la separación entre el cuello y el pecho. Su rostro, a pesar de estar marcado por el paso de los años, seguía siendo bello y regio, tan altivo y señorial como compasivo y amable. Sus ojos, de un azul apagado, contemplaban con aire triste el exterior de aquella sala, como si la simple visión del mundo más allá de aquella ventana la entristeciera en gran medida. Sobre su cabeza, descansando en sus cabellos color borgoña recogidos en un abultado moño, se encontraba una elegante corona semejante a la que Henrietta portaba, solo que la de aquella mujer presentaba más puntas, diamantes en el lugar de las gemas, y parecía emitir un aura de mayor importancia que la corona de la princesa. En definitiva, parecía alguien importante y sumamente entristecido.
A pesar de ello, la mujer sonrió al ver aparecer frente a ella a Henrietta, quien la saludó inclinando cortésmente la cabeza.
-Henrietta, mi pequeña… Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que viniste a verme-dijo la mujer, sonriendo a Henrietta con una sonrisa amable y cálida. Henrietta, sin embargo, se limitó a levantar la cabeza.
-He estado ocupada. Dirigir una nación es un trabajo que toma mucho tiempo-dijo Henrietta sin emoción alguna en la voz. La sonrisa de la otra mujer decayó en gran medida, y desvió la mirada a un lado.
-Nunca desee que te vieras obligada a tomar semejante responsabilidad tan pronto-se lamentó la mujer, mirando apesumbrada a Henrietta-. Tu padre… ojalá hubiera estado aquí para…
-Padre no está, pero tú sí-la cortó Henrietta, sorprendiendo a la mujer por la forma en que hablaba. Hasta el momento, siempre que Henrietta había ido a verla se había mostrado amable, cortés, paciente y respetuosa. Sin embargo, ahora la trataba con aparente frialdad, como si apenas se conocieran la una a la otra-. Dices que no deseabas esto para mí, y sin embargo dejaste que cargara con este peso yo sola.
-Yo… No, eso no es cierto, yo…
-Ahórratelo. Ya es tarde para pedir perdón, y no he venido a recriminarte nada de todas maneras.
-¿Y a qué has venido, ya que está claro que no lo has hecho por el placer de mi compañía?-respondió dolida la mujer, mirando con el ceño fruncido a Henrietta. Estaba claro que la princesa no había ido allí con buenas intenciones, y no estaba dispuesta a permitir que se le faltara al respeto sin presentar batalla.
Ambas mujeres se sostuvieron la mirada durante un buen rato, las dos mirando fijamente a la otra con expresión de reproche. Finalmente, fue Henrietta la que apartó la mirada y se dirigió a la ventana, examinando el mundo exterior tal y como había estado haciendo antes la otra mujer. Los ojos de Henrietta, sin embargo, no emanaban la misma tristeza. Los suyos eran decididos, firmes…, inmisericordes.
-He venido para informarte, como siempre, del estado del país. Imagino que sigues viviendo ajena a cuanto sucede lejos de estos muros-dijo Henrietta, mirando por el reflejo a la otra mujer. Esta, con aire avergonzado, desvió la mirada.
-He estado… indispuesta. Aún lloro mi perdida…
-Nuestra perdida-la corrigió Henrietta-. Uno consideraría que ya le has llorado bastante. ¿Qué diría padre si supiera el lamentable espectáculo que estás dando en su memoria?
-¿¡Cómo te atreves!?-exclamó la mujer, levantándose de la silla-. ¡No te atrevas a hablar de él en ese tono! Él era tu padre, mi marido, y el mejor hombre que jamás pisó este mundo.
-Tal vez por eso murió, por ser demasiado bueno para este mundo-comentó Henrietta, sin mirar siquiera a la otra mujer-. Tal vez por eso el Santo Fundador decidió reclamarlo antes de tiempo…
-¡Serás…!-masculló la mujer, apretando los puños mientras miraba furiosa e indignada a la princesa. Solo la fría mirada que esta le dedicó la disuadió de ir hasta ella y cruzarle la cara de una bofetada.
-Siéntate. A pesar de todo, sigues siendo alguien muy querido para mí, y odiaría ver cómo te haces daño.- La velada amenaza de la princesa sorprendió y enfureció a la mujer, que solo alcanzó a dar un paso hacia la princesa antes de que un gutural gruñido resonara por la sala.
Sorprendida y atemorizada ante aquel sonido tan espeluznante, la mujer buscó con la mirada al ser que hubiera podido gruñir de aquella manera, pero nada apareció en la habitación. Henrietta no parecía preocupada, más centrada en seguir mirándola fijamente con sus ojos carentes de luz y compasión como si la estuviera avisando nuevamente de que hiciera lo que ella le decía. Algo reticente, la mujer terminó por sentarse.
-Es curioso. Jamás te imaginé como la clase de mujer que pudiera amenazar a un ser querido, Henrietta-comentó la mujer, sonriendo algo forzada mientras miraba a su joven visitante a los ojos-. Supongo que te juzgué mal.
-Oh, no me malinterpretes. Yo no te estoy amenazando…-comentó Henrietta, separándose de la ventana-…él sí.
Antes de que pudiera entender a qué se refería Henrietta, la mujer sintió la presencia de un ser muy cercano a ella. Dirigiendo su mirada rápidamente al respaldo de su silla, vio asomarse por ella a un joven niño de cabellos blancos y piel pálida que la observaba silenciosamente con sus enormes ojos rojos. Agarrado con sus pequeñas manos al respaldo, se asomaba por encima como un gatito curioso, sorprendiéndola tanto por el curioso aspecto de aquel niño como por su presencia allí.
-Reina Marian, permitidme que os presente a Pariah, mi familiar-dijo Henrietta, señalando a Pariah con la mano. Luego, dirigiéndose a su familiar, señaló educadamente con la mano a la mujer llamada Marian-. Pariah, ella es la reina Marian Elisabeta de Tristain, mi madre.
Marian y Pariah se miraron a los ojos mientras se estudiaban mutuamente. Marian, por su parte, observaba a aquel pequeño niño mientras se preguntaba cómo podía ser que un niño humano fuera el familiar de su hija. Su curioso aspecto le suscitaba numerosas preguntas y dudas respecto a su procedencia, a la par que no podía evitar sentir que había algo respecto a aquel pequeño niño que no acababa de gustarle, como una extraña sensación que la advertía de un posible peligro. Pariah, por su parte, asimilaba el hecho de que se encontraba en presencia de la madre de Henrietta, curiosamente la primera "madre" que jamás hubiera conocido. Había oído que los familiares se parecían entre sí, y allí estaba la prueba: Marian era como una versión más vieja de Henrietta, ambas compartiendo los mismos ojos, cabellos e incluso su rostro era parecido. Si Henrietta iba a convertirse o no en algo parecido a aquella mujer en el futuro, eso Pariah no lo podía saber. Lo que sí sabía, y le había llamado la atención nada más verla…
-…huele bien-dijo en voz baja Pariah, olfateando ligeramente el brazo de la reina y restregando su cabeza contra ella, como pidiéndole mimos. La reina, algo confundida al principio, acabó por acariciar los sedosos cabellos de Pariah, el cual se ruborizó ligeramente al ver cumplida su petición.
La inocente expresión de Pariah calmó en parte a la reina, quien no pudo evitar sonreír al verlo tan alegre y calmado. Le recordaba en parte a cómo solía ser Henrietta de pequeña, siempre tan contenta cuando su madre la acariciaba y le dedicaba sus mimos y caricias. Ahora, al dirigir su mirada a Henrietta, supo que aquella niña hacía tiempo que había desaparecido. Lo que la había sustituido era algo que provocó un escalofrío en la espalda de Marian, si bien se obligó a mantener las apariencias.
-… ¿a qué has venido, realmente?-preguntó Marian, sosteniéndole nuevamente la mirada a su hija, mientras acariciaba al familiar de esta como si de un gatito se tratara-. Y no me digas que es para informarme de la guerra, porque estoy al corriente de todo.
-¿Oh, en serio?-preguntó Henrietta, arqueando una ceja. La mirada altiva y despectiva de esta sorprendió a Marian, quien jamás se imaginó a su hija mirándola de ese modo-. ¿Debo entender, pues, que también estáis al corriente de la muerte del príncipe Wales? ¿Sabéis también lo de la carta, escrita de mi puño y letra, que le envié a él?
-Sí…he oído rumores-admitió Marian, para nada cómoda por el rumbo que aquella conversación había empezado a tomar-. ¿Es cierto que…?
-¿…que éramos amantes? Si, es cierto-reconoció Henrietta como si no fuera nada del otro mundo-. No tiene sentido negarlo, llegados a este punto.
-Yo…he oído que murió-dijo Marian, su voz menos agresiva al entender que aquel tema tal vez no fuera del agrado de la princesa-. Lo siento en el alma. Se lo que es…
-Exacto, lo sabes-la volvió a interrumpir Henrietta-. Sabías perfectamente por lo que estaba pasando, y preferiste permanecer aquí, encerrada, lejos de todo y todos mientras yo me desgañitaba llorando sola en mi alcoba-dijo Henrietta, su tono ligeramente acusatorio-. Mientras yo me convertía en el objeto de befa y mofa de todo un imperio, tú permaneciste aquí, mirando por la ventana. Mientras yo tomaba las riendas de tu reino, tú permaneciste aquí, llorando a un hombre que fue enterrado hace ya mucho tiempo.
-No tienes ningún derecho a decirme…
-¡Tengo, y lo haré!-exclamó Henrietta, mirando furiosa por primera vez a su madre. De la sorpresa, Marian se quedó repentinamente sin palabras. Incluso Pariah parecía sorprendido, desacostumbrado como estaba a ver semejante expresión en el rostro de la princesa-. ¡Lo haré, porque si alguien en todo este condenado palacio podía saber cómo me sentía, las dificultades a las que me enfrentaba cada día, esa eras tú, madre! Sabías que los nobles me pondrían trabas a cada paso, sabías que nadie me escucharía y todos fingirían apoyarme mientras planeaban a mis espaldas mi caída. Sabías lo mucho que sufría, lo mucho que dolía perder a un ser querido…y decidiste abandonarme de nuevo, abandonarme como abandonaste tus responsabilidades y tu orgullo. Te encerraste aquí, llorando por el hombre al que amabas, y decidiste olvidarte de todo y de todos.
-Yo…yo…-trató de decir Marian, pero era incapaz de decir nada que sirviera para rebatir las palabras de su hija. En el fondo, muy a su pesar, debía admitir que tenía razón. Fingía desconocer lo que pasaba lejos de su pequeño mundo de dolor y lágrimas, pero lo cierto era que sabía perfectamente lo que estaba pasando allí afuera. Sabía lo de la humillación pública de su hija en la corte del emperador germánico, sabía lo de la muerte de Wales, y sabía lo de la posible guerra con Reconquista. Y a pesar de todo, se vio incapaz de salir de aquella habitación e ir con su hija-…no tengo por qué aguantar esto.- Marian trató de levantarse de su silla para marcharse de allí y alejarse de la mirada inquisitiva de Henrietta, pero veloz como el rayo el familiar de su hija se puso de pie, y colocó su mano en el hombro de Marian. Con una fuerza impensable en un niño de su tamaño y edad, Pariah la volvió a sentar a la fuerza en la silla, impidiéndole levantarse como si de una barra de hierro se tratara.
-Tienes que aguantarlo, y lo vas a hacer-dijo Henrietta, acercándose a su madre con ojos carentes de piedad-. Aún no he acabado contigo. Antes siquiera de pensar en irte, hay algo que necesito de ti.
-¿Y qué es lo que quieres de mí, que te ha llevado a reunirte con alguien a quien odias tanto?-preguntó enfadada Marian, tratando en vano de librarse del férreo agarre del familiar de su hija. Por primera vez desde que entró en aquella sala, Marian pudo ver una media sonrisa en el rostro de su hija.
-¿Odiar? Creo que te confundes, madre. Puede que no lo parezca, dado que en estos momentos las circunstancias me obligan a mostrarme algo brusca y directa, pero yo te quiero con todo mi corazón. Eres mi madre, después de todo-dijo Henrietta-. Dicho lo cual…-Situada frente a Marian, Henrietta miró a su madre desde las alturas, provocando una gran inquietud en la reina-… hay algo que necesito, y no pienso irme hasta obtenerlo.
-¿Y qué es lo que necesitas…hija mía?-masculló la reina, observando desconfiada a la fría mujer que parecía haber ocupado el lugar de su antes amorosa hija.
-Verás, hoy mismo, durante una reunión de mi consejo privado, uno de los nobles asistentes dijo algo que me llamó mucho la atención-empezó a decir Henrietta, su tono algo más relajado que antes-. Mientras mis guardias se lo llevaban a rastras para ejecutarlo, gritó que solo la reina tenía el poder para dar una orden como esa.
-¿Has…ordenado que ejecuten a un noble?-preguntó espantada Marian, incapaz de imaginarse a su alegre y compasiva hija dando una orden semejante.
-Tranquila, sigue con vida-le aseguró Henrietta-. Por suerte para él, siempre hay…una alternativa. No, lo que importa es que, tras mucho pensarlo y determinarlo, he concluido que tenía razón. En tiempos de guerra, y más aún en unos tan inciertos como estos, es necesario que la reina haga uso de su poder para guiar y proteger a su pueblo. Es ahora cuando la reina debe mostrarse fuerte, cuando debe servir de inspiración al pueblo que confía en ella, y cuando debe meter en vereda a esa panda de imbéciles que se hacen llamar a sí mismos nobles. Como bien me hizo saber nuestro estimado ex conde D'Oren, muchos de ellos no seguirán a una simple princesa, ni escucharan sus palabras…, pero sí lo harán si se trata de la reina.
Fue entonces, en aquel preciso instante, cuando Marian comprendió a qué había ido su hija aquel día a su cámara. Sus ojos se abrieron de la impresión, sintiendo nacer en su interior el miedo y el pánico al verse observada por los fríos ojos de Henrietta. Su mirada se desvió lentamente hacia el pálido familiar que la mantenía prisionera, el cual la miraba sin demasiado entusiasmo mientras la sujetaba por el hombro.
-Descuida, no he venido a tomar tu vida-le aseguró Henrietta, imaginándose la razón tras el aparente temor de la reina-. No… Lo que he venido a tomar…es esto-dijo Henrietta, inclinándose hacia su madre y golpeando ligeramente con el dedo la corona que sobre su cabeza descansaba-…La corona de la reina.
-Estás… ¿estás loca?-preguntó Marian, todavía aterrada por las acciones y palabras de su hija-. Existen protocolos… ¡Leyes! Los nobles no lo aceptaran…
-Lo aceptaran…porque no les quedará otro remedio-le aseguró Henrietta, mirando a su madre con su rostro apenas a un centímetro del de ella-. Tu era acabó, madre. Acabó hace ya mucho tiempo, y es hora de que dé comienzo la mía de manera oficial, una era de paz y prosperidad…, aunque primero tenemos una guerra que ganar.
La mano de Henrietta agarró lentamente la corona de su madre, levantándola de su cabeza con su rostro inexpresivo. Marian, por otra parte, miraba aterrada cómo la despojaban de su poder frente a sus propias narices, y por su propia hija nada menos. No sabía qué decir, pensar o hacer. Simplemente…permaneció allí, en silencio, mientras su hija contemplaba la corona en su mano, girándose en dirección a la puerta sin dedicarle a Marian ni siquiera un segundo vistazo.
-No temas, podrás permanecer aquí el tiempo que quieras. Podrás llorar cuanto te plazca a padre en este lugar, en paz y sin tener que preocuparte ya más de nada…como hasta ahora-dijo Henrietta, cogiendo con su otra mano la diadema que portaba en su cabeza-. Yo, por mi parte, ya estoy harta de llorar. Ahora…voy a empezar a reinar. No en tu nombre… sino en el mío.
Bajando la mano, Henrietta dejó caer la diadema al suelo, que repiqueteó significativamente contra el duro suelo mientras su antigua dueña se alejaba en dirección a la puerta.
-Ahora…voy a hacerles pagar. Voy a asegurarme de que no vuelvan a hacer llorar a nadie, que sientan el dolor que yo he sentido. Ahora…voy a hacer justicia.- Henrietta, sin detenerse, se colocó la corona de su madre en la cabeza, y atravesó las puertas dobles de la habitación-…La reina ha hablado.
Marian contempló desolada como su hija salía de la puerta con aquellas últimas palabras. Tan conmocionada estaba por lo sucedido, que ni se percató de cuando había desaparecido el pequeño niño blanco, librándola del férreo cepo que era su mano. Liberada, Marian sintió flaquear sus piernas cuando trató de ponerse en pie, pero finalmente consiguió reunir las fuerzas necesarias para incorporarse. Su mente repasaba una y otra vez lo acontecido, grabando a fuego la mirada de su hija en los tiernos recuerdos que ellas dos una vez compartieron.
Los ojos de Marian se centraron en la descartada diadema, estirando el brazo para cogerla mientras la miraba con ojos abiertos por la pena y el dolor. Cayendo arrodillada al suelo, Marian abrazó la diadema mientras agachaba la cabeza y lloraba desconsoladamente.
Esta vez, pero, no era a su marido a quien tenía en mente mientras las gruesas gotas corrían por sus mejillas.
Marian, por primera vez en mucho tiempo, lloró por sí misma.
…ooooh, yeah….
No miento si digo que ha sido uno de mis capítulos favoritos. Simplemente, no podía empezar a escribir. Cada secuencia, cada frase… Oh, como me ha gustado escribir esto…
Espero que a vosotros os guste tanto leerlo, porque la cosa no va a parar aquí.
Nos vemos en el siguiente capítulo.
Chao, chao.
