Disclaimer: Dragon Ball/Z/GT es y será de Akira Toriyama—indudablemente, infinitamente— y por eso le estoy eternamente agradecida; este fanfic tiene el firme propósito de agradecerle sin remuneración alguna.
Año 743: Mifang, Ciudad Capital del Este,
El bullicio de la Ciudad del Este, antigua Mifang, se movía por las calles y la zona de comercios: campanillas de establecimientos y clientes, autobuses y bicicletas, gritos de vendedores y altavoces con ofertas. Era el distrito comercial, con olores a comida oriental y letreros espectaculares en neón y kanjis extraños adornando los modernos edificios de concreto. Entre la marabunta urbana, soló el Palacio Imperial y el Templo de Oorin se alzaban incólumes ante la modernidad y el paso del tiempo.
Un restaurant de tallarines, típico e insignificante, había permanecido en el mismo sitio por más de 300 años. Los cocineros habían ido y venido cambiando el sazón, artículos agregados o substraídos del menú, pero un cliente había acudido al sitio por centurias. Era un ser de costumbres, oriental, tradicional e inflexible en mente y cuerpo, y sus ojos estrechos de amargada malicia observaban la escena como los de un dios de guerra y muerte.
Tres monjes: divididos entre víctima y victimarios.
Dos monjes jóvenes del templo de Oorin, bravucones con seis puntos tatuados en la frente y vestidos en el color anaranjado de la renuncia, hacían lloriquear a otro monje más pequeño y carente de nariz. Lo tenían sostenido por el cuello mientras soltaban risotadas mezcladas de amenazas. Los gritos, los ruegos y los pataleos eran en vano.
Una súplica.
Unas escasas monedas reunidas con esfuerzo.
Un chiquillo siendo estrellado contra la pared.
Todos los presentes en el restaurante de tallarines presenciaron la escena, nadie hizo nada, salvo el asiduo que les dirigió una mirada de desagrado, frío y contenido: tal vez fue lo que detuvo al bravucón de asestarle un puntapié limpio al rostro del indefenso paticorto, tal vez por eso el otro abusivo consideró prudente no airar al comensal de dos vocablos rojos y extranjeros en la espalda.
Los dos monjes mayores salieron impunes del local, mientras el tercero se sentía extrañamente suertudo de no recibir la paliza completa.
El tierno muchachito se reincorporó, limpiando el polvo de su dogi naranja, sintiendo la extraña vergüenza que despertaba la impotencia.
—Era el dinero de mis colectas… —se quejó el pequeño, caminado patosamente para recoger la vacía caja de colectas. No sería la primera, ni sería la última vez que le hacían aquello: ése era el orden de la cadena alimenticia en el monasterio—. ¿Qué le voy a decir al abad ahora?
—Dile que sus alumnos están más interesados en cuestiones terrenales que en las espirituales.
Unos dedos largos, pálidos, depositaron varios zenis que tintinearon en la metálica caja de té que servía para las donaciones al templo. El pequeño monje, desconfiado y sorprendido, alzó la mirada hacía su extranjero benefactor.
Piel morena y cabello cano con retazos de rubio, mediana edad, y los ojos azules, azulísimos: un hombre del norte. En él, tal vez, el esmirriado paticorto percibió la obsesión latente, tal vez presintió el ki reseco y oscuro, tal vez le dio miedo el norteño canoso y rubio; o tal vez el hombre de la trenza que se alzaba en la barra, acechante como una sombra al medio día, hedía a peligrosa y segura muerte. Como fuera, había algo desagradable en los dos sujetos.
—Señor, muchas gracias—el niño hizo una apresurada reverencia y se marchó, casi tropezando en el umbral antes de salir a la luz del exterior.
—Las gentes de ya no son las mismas de hace tres siglos: siempre con prisa, temerosos, incapaces de sostenerse por si mismos —comentó el hombre marcadamente oriental de cabello negro cuervo recogido en una cuidada trenza—. A nadie le interesa quien vive o quien muere, ya no hay honor ni valentía.
— La vida en está época vale tan poco. Las ciudades son como hormigueros a falta de guerra, —la voz ronca del primero, tétrica y perfecta en su dicción—, la muerte ya no es un negocio viable, así que muchos prefieren la tranquilidad bajo el yugo, que la lucha bajo la libertad. Te recomendaría dedicarte a la protección, es mucho más redituable y menos arriesgada. El Supremo Comandante está muy interesado en que te nos unas.
Ante tal sugerencia, el oriental respondió con la sonrisa maliciosa de un maestro de escuela que podía salir impune de una acusación de homicidio.
— ¿Acaso, amigo mío, me estás ofreciendo un empleo con tu venerada organización?—tal sorna era una clara negativa—. No soy un guardaespaldas, tú mejor que nadie conoces mi verdadera vocación. Además, vine aquí para ordenar tallarines con un amigo, no para discutir negocios…
—Te ofrezco un adelanto ventajoso y lo rechazas. Muy pronto el mundo se verá obligado a elegir bandos, a considerar un nuevo y más justo orden, tú no estás exento—comentó el rubio con parsimonia, fijando sus ojos azules en un punto inexistente del sucio papel tapiz: líneas verticales en negro y naranja alternado—. La anarquía sin orden no conduce a nada. Querido amigo, sabes el precio de todo y el valor de nada, especialmente de la vida.
—Muy por el contrario, me he dedicado a inflar los precios últimamente. Quien diga que una vida tiene poco valor claramente nunca ha consultado mis tarifas.
Los dos hombres finalmente se dispusieron a ordenar.
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"CÓMO SANGRA EL SUBSUELO"
Capitulo X:
Doctor de cabecera
Un Darkfic de la Red Ribbon
Por
Esplandian
"Al doctor se le debe temer mucho más que a la enfermedad."
Proverbio latino
Los portones abriéndose y rechinado, los sirvientes robóticos zumbaban en su ir y venir como leales obreras.
— ¡TRAE ALGO MÁS APETITOSO!
Una espesa bruma se arremolinaba entre los pilares, como la voz retumbante arañaba la mesa de ébano. El comedor real, en proporciones diseñadas para asombrar, era una hilera de columnas relumbrando entre la negrura de la roca tallada.
—Olvídalo, ¡ya no quiero comer nada! Esto es increíble, mi estómago solamente puede aceptar comida apetitosa, me estoy muriendo de hambre.
El timbre natural de la plata sobre el piso de mármol, en un remolino de mantel y cubiertos, seguido del estruendo de una voz acostumbrada a saciar los caprichos de su cuerpo y corazón, tan sólo hasta hoy negados.
— ¡Si me quedo así moriré de hambre! Si tan sólo pudiera escapar de esta terrible desesperación ya no estaría sufriendo, doctor…Muchos dicen que es una maldición, otros una bendición, pero todas las versiones coinciden en que uno de mis antepasados fue una vez, hace más siglos de lo que se pueda creer, un Dios de la Tierra: un Kami-Sama.
En una silla menos decorada, sencilla, al otro extremo de la mesa, una figura delgada de ojillos azules y fríos, encanecida más por la obsesión que los años. Parecería un boticario del viejo oeste, con su camisa blanca y su chaleco de rayas verticales repartidas en negro y naranjas. Extraño invitado para un rey…
—Ya veo, su majestad. Una solución intravenosa podría ser una opción temporal para su caso. Si bien, mi especialidad no recae en este rubro.
Aclararle a un rey (con un sentido muy claro de la definición de Rey) que un doctor en biotecnología y robótica aplicada no era necesariamente un doctor en medicina resultaría en la forma más rápida de conseguir que lo torturaran. De ser otro el contexto, no objetaría ante la posibilidad de ser disciplinado por la rubia despampanante que fungía cómo general de la armada personal de Gurumes….
—Cuentan las leyendas que hay algo especial en la Casa de Gourmet, algo ligado a nuestra sangre y a la tierra… Déjeme decirle Doctor, que esto lo puede volver a uno loco. Y temo que mi sobrina también tenga la terrible maldición de nuestro linaje… es demasiado joven, sin embargo…
—Entonces, ¿es genético? —le seguiría el juego: el único camino viable para mantenerse con vida.
—Hace tiempo que dejé de creer en los cuentos, ahora únicamente puedo confiar en su ciencia.
— ¿Me dice que hay otro de su misma sangre? Es muy posible que un análisis comparativo de la sangre de ambos sea esclarecedor.
Tenía la atención fija del científico, algo de curiosidad demente refulgiendo en aquellos ojos azules y penetrantes.
—Sí—titubeó el rey—, la única que comparte mi sangre es mi sobrina Lunch.
Y es que tal vez era la hora por algo debían de decirle la hora del lobo. Lo había hecho sin rechistar.
Era tibia: fue lo primero que registró su cerebro tras el lapso de amnesia.
La doncella se llevó una mano desocupada y trémula al rostro, comprobando con las yemas de sus dedos la viscosidad de aquella sustancia que manchaba su vestido de seda y su piel de durazno. Olía a hierro, sabía a hierro, tibia y viva: ¿era sangre?
Levanto la mirada, y en la visión borrosa captó a la anciana con ojos clavados; no en ella, sino en aquello que descansaba inerte en la ciénaga: un amasijo de sangre y pelaje y entrañas, una columna vertebral hundiendo, resurgiendo en ángulo anormal. Un rostro de animal con cuencas opacas de muerte. Y la lengua… y la lengua… asomando larga y lánguida entre los agudos y astillados colmillos.
Jóvenes pupilas contrayéndose, ojos abiertos y manos ensangrentadas ahogando un grito.
"¿Qué era aquello? ¿Quién lo hizo?" Lo único coherente a lo que pudo acertar su mente a inquirir.
Una hoz, mansa y corta en la recolección de hierbas aromáticas, ardía como una luna creciente y delatora entre la maleza: el descreimiento en los ojos de la Anciana, después la atribución, el asco y el miedo.
El peso inerte de sus piernas evitó su retirada. En su arranque, la doncella se arrastró desesperada por el frío lodo hasta que su espalda chocó contra el tronco de un pino. Ahí se acurrucó en posición fetal al borde de la histeria, agitando la cabeza, negando para si misma al compás de la respiración desatada.
Memorias borrosas de ser ella y no serlo.
—Este será su laboratorio—le indicó Pasta, reacomodando su cadera al recargarse en el umbral metálico—, el Rey Gurumes procuró que estuviera al mismo nivel que los mejores hospitales de la Ciudad del Oeste. Lamentamos no proveerle de asistentes, pero se requiere de la mayor discreción.
—Comprendo.
—Finalmente estoy aquí para encargarme de su seguridad. Hágame saber lo que necesite, Doctor—el tono calculado y bien modulado de la fémina logró incitarlo.
Ante una oferta tan abierta, el científico finalmente se permitió a recorrer a la rubia líder del ejército de Gourmet con la mirada.
—Me atrevería a tomarle la palabra, General Pasta Raven. Pero estaría abusando de su hospitalidad—terminó con la cortesía precavida de quien sabe que, más que un invitado, es un rehén—. Mejor después.
—Usted—ella le ronroneó torvamente, apartándose un mechón dorado de la frente—, Doctor, es adorablemente inofensivo.
Un coqueteo y una amenaza de muerte a la par.
Los dos conocían el juego. Era cuestión de esperar hasta que uno de los dos cayera. Había tratado, en su pasado, con suficientes asesinos en su vida como para no amedrentarse. Encontraría una salida, siempre lo hacía. No era la primera vez en su vida que alguien lo consideraba inofensivo sin desengañarse después…
—Comparados con el Hombre Más Fuerte del Mundo, Son Gohan y Ox-Satán son simples neófitos. Los pupilos todavía no han superado al maestro…
—En cuanto al mocoso y al hombre de Mifan no hay de que preocuparse. Son inofensivos.
En el año 712 la Montaña Tsurumai-Tsuburi, conocida por sus hielos eternos, se colapsó sobre la fortaleza del Dr. Wheelo y el Doctor Korchin.
Habían hecho mal en encontrar al pre-adolescente Maki Gero "inofensivo".
Solamente un ascensor se interponía entre los tres supuestos "héroes" y la victoria…
Aquellos tres forasteros necesitaban a alguien bueno con las maquinas: ninguno de los tres sabía operar computadoras, y al menos uno de los tres creía que los elevadores eran artefactos del diablo. A Ox-Satan le era imposible hacer uso de un elevador en términos ergonómicos.
Son Gohan se había negado rotundamente a entrar en aquella caja metálica operada por brujas que hablaban al oprimir botoncitos de colores y números parpadeantes. Ya había estado en el inframundo una vez…
— ¡Al menos en el inframundo tienen puertas y no supercherías como estas! ¡Achuuuuuú!—se limpió la nariz con la manga, pensando en lo mucho que le gustaría un caldito de pollo preparado por las hermosas chicas pelirrojas de la Aldea Paleta.
Tao Pai Pai no tenía problemas con los ascensores, pero si con los explosivos que hacían que la potencia del Kame-Hame-Ha pareciera una broma.
—Nadie va a pagarme. No le veo el caso…—refunfuñó el asesino dándole la espalda a la inmensa fortaleza envuelta en nieve de tormenta.
Son Gohan estornudando ávidamente, junto a un tanto derrotado Tao Pai Pai, no descorazonó a Ox-Satán. Debería de haber una entrada, una solución… siempre la había…Gyumao se quitó el casco adornado con cuernos para rascarse la cabeza. Examinó el filo de su hacha y tuvo una epifanía que casi le costó la cabeza a Son…
— ¿Y si buscamos a alguien que sepa sobre computadoras?
El único experto en robótica en aquella aldea del norte tenía 12 años, acné y una marcada fijación con las chicas rubias: era precoz en más de un sentido.
Su nombre era Maki Gero.
Maki quería ver un laboratorio de verdad. Así que cuando el hombre de la trenza le dijo que tendría que trabajar horas extras si quería conservar su pálida, lamentable y esmirriada existencia, él chico estuvo más que gustoso de cooperar.
Le tomó dos minutos encontrar una brecha en el sistema de seguridad. Y otros tres en convencer a Son Gohan de que el elevador era seguro.
Un encuentro con Son Gohan el Grande, el Emperador del Diablo Ox- Satán, y el Asesino Más Famoso del Mundo no hubiera tenido mayor consecuencia si Maki no hubiera presenciado las técnicas que diferenciaban a los pupilos más sobresalientes de las escuelas de la Grulla y la Tortuga.
A los doce Gero paladeó por primera vez la codicia de la mente. Quiso saber, a toda costa, ¿qué eran aquellos hombres de poderes sobrehumanos? ¿Cómo los estudiaría? ¿Cómo cuantificaría sus habilidades, sus destrezas? ¿Cómo era posible que la energía recorriera un organismo para concentrarse en las palmas antes de ser expulsada por simple acto de voluntad humana?
El mundo se expandió para Maki en el momento en que conoció a estos individuos venidos de las cálidas, exóticas tierras del Oeste —esos sitios de cuentos y leyendas—: Son Gohan era el más poderoso, pero por el resto era simplemente humano —decaería y moriría, como todos—; Gyumao, con su cuerpo y fuerza descomunal no dominaba las técnicas de aquello que llamaban "ki";finalmente, Tao Pai Pai, era un caso diferente, su aspecto no representaba sus más de dos siglos de edad, sus habilidades superaban el promedio en todo a causa de una curiosa variación genética… era el espécimen idóneo para convertirse en la piedra angular de la investigación que lo llevaría a construir a quienes se convertirían, en este u otros universos, en los futuros verdugos de un mundo sumido en la destrucción.
Nació una entrañable amistad entre los dos, supuso… entre todas esas décadas y amenazas de muerte. Pero había política… si existía una historia entre Maki Gero y el Mundialmente Famoso Asesino Tao Pai Pai esta se basaba en la búsqueda de sus objetivos personales, pero indudablemente esta historia estaba manchada de "política", de intercambios entre el Reino de Mifang y la Patrulla Roja… lo quisieran o no, la mano del Comandante Red siempre jalaba los hilos rojos de la intriga sobre sus espaldas.
—Sí, soy yo. Del trabajo. Ya te envié el dinero. Estoy trabajando, no puedo. Entiende. No me salgas ahora conque soy una deshumanizada— lo sorprendente era que Violeta se las ingeniaba para mantener la voz atona en todo momento—.Te dije muy claramente que no podía cuidarlo. A diferencia tuya yo tengo un trabajo fijo que paga los recibos y pone comida en la mesa. Tú fuiste la que insistió en que no abortara… RanFan, con tu reputación no tienes cara para reprocharme nada—de la ira apenas contenida al hielo en un segundo, los dedos crispados sobre el auricular traicionaban el enojo—.Déjame en paz. Ya te mandé el dinero, con eso debería bastarte—la mujer colgó en seco: no tenía nada más que decir.
El taconeo ruidoso de las botas de cuero rojo resonó por el pasillo, y otro par más sigiloso le seguía casi imperceptible... Una pausa, una media vuelta y el desenfunde rápido de un revolver. Mataría a quien tuviera que matar y sin dudarlo.
Una sombra, grande y amarilla ronroneó mansamente mientras un cañón le apuntaba entre los ojos. —Me quedo esperando por ti, ¿y así es como me lo agradeces?
Yellow.
Yellow el galante… el que tiene que saberlo todo de todos para ayudarles…
—Procura no volverlo a hacer—la mujer volvió a enfundar el arma con igual rapidez —. Estar dentro de los cuarteles generales no es una garantía de seguridad.
—Está bien. Está bien. Lo que tú digas, lindura—sonrisa arrebatadora, la típica de un líder confiado... — Pero dime, ¿acaso esperabas a alguien más? —agregó el aviador socarronamente metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta y encogiendo anchos hombros: una gracia felina en el acomodo de la columna.
En su propia opinión, ella no tenía por que rendirle cuentas a nadie sobre su vida privada (si era privada lo era por una razón). Ella llevaba su vida personal como le venía en gana, todo mientras cumplía con su trabajo. Y, aparentemente, ser una mujer rodeada de hombres las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, la convertía virtualmente en una prostituta y la protagonista preferida de la mayoría de las fantasías de los reclutas. O, en el caso del popular coronel del Regimiento Amarillo, en una damisela descarriada en necesidad de ser escoltada y salvada. Sinceramente, estaba cansada…
Sus ojos, turquesas y gélidos le confrontaron sin encontrar afrenta.
—No pretendas ser amistoso con nosotros simplemente por que estaremos bajo tus órdenes… No pretendas que te preocupamos ni que seamos tus amigos. La amabilidad no lo llevará a ningún sitio, Coronel Yellow. Ni con Silver ni conmigo.
—Y a usted, Coronel Violeta, ¿A dónde la lleva su frialdad?
Nota de autor: Disculpen por la extraña primera parte. Originalmente quería incluirlo en otro fic, o dejarlo como un one-shot, pero no tiene la suficiente solidez como para constituir una pieza por si misma.
