—Has madrugado mucho, hermano.

Draco interrumpió sus prácticas de esgrima y levantó la mirada hacia Harry.

—Siempre me levanto temprano.

—Pero no para entrenar de esta manera, empapado de sudor.

—En Nueva York voy al gimnasio.

—¿Y aquí no tenemos sacos de boxeo?

—Parece que no.

—¿Más demonios que vencer?

—Los mismos de siempre, pero más fuertes.

—¿Quieres hablar de ellos, o prefieres combatirlos con la espada? —Harry no estaba vestido para entrenar, pero Draco sabía que se cambiaría sin dudarlo si él se lo pedía.

Apretó el mango de la espada mientras pensaba en la propuesta de su hermano. Llevaba casi una hora entrenando y seguía igual de tenso y nervioso que cuando entró en la sala de entrenamiento.

Había sido levantada muchos años antes de que él naciera para que los miembro de la familia real se especializaran en las disciplinas del combate, o más recientemente, para ejercitar los músculos.

Draco la utilizaba con frecuencia, cada vez que necesitaba descargar tensión y despejar la mente. Pero aquella mañana no le estaba sirviendo de nada.

Claro que nunca antes se había enfrentado a un dilema semejante.

—Prefiero hablar.

Harry lo miró con ojos muy abiertos, sorprendido por la inesperada respuesta.

—Pues hablemos.

—No quiero interrumpir tu entrenamiento —le dijo Draco. Era evidente que su hermano había ido allí por algo.

—Tranquilo —respondió Harry.

—¿Qué te parece si salimos a montar?

—Me reuniré contigo en las cuadras dentro de veinte minutos.

Draco sonrió ante la tendencia innata de su hermano mayor para dictar órdenes. Quince minutos después se presentó en las cuadras, tras haberse dado una rápida ducha.

Harry ya estaba allí, examinando los arreos del imponente castrado árabe de Draco. La montura de Harry, un espléndido semental negro, ya estaba ensillado y esperando.

Los dos hermanos montaron al mismo tiempo, pero Draco dejó que fuera Harry quien los condujera al desierto.

—¿Qué es lo que tanto te preocupa, hermano? —le preguntó Harry después de varios minutos de silenciosa cabalgada.

—Va a dejarme.

—¿Hermione?

—¿Quién si no?

—¿Por qué quiere hacerlo? —preguntó Harry con el ceño fruncido.

—Según ella, por motivos personales.

—Y no te dijo qué motivos eran…

—No. Y no es normal en ella ser tan reservada.

Su hermano emitió un sonido que, de no haber sido completamente inapropiado en aquellos momentos, Draco podría haber confundido con una carcajada.

—Entiendo… Y eso te molesta, lógicamente.

—Desde luego que sí. Es la mejor secretaria que he tenido. Es perfecta para mí.

—Y la deseas.

Draco desvió la mirada hacia el desierto.

—Sí.

—¿Vas a acostarte con ella? —le preguntó Harry, con una curiosidad desprovista de toda crítica.

—Es virgen.

—¿A su edad? Eso no es muy común.

—Bueno, algunos analistas dicen que el celibato está ganando popularidad en la cultura americana, pero Hermione no es solamente virgen. Es inocente en todos los aspectos. Nunca ha salido con nadie.

—¿No tiene admiradores ni pretendientes?

—Algunos —murmuró Draco, pensando en Ron.

—Pero y tú… ¿no quieres casarte con ella?

—No. Sigo pensando lo mismo.

—¿También sigues decidido a no tenerla?

Draco dejó escapar un suspiro.

—Me conoces muy bien.

—Somos hermanos.

—Sí… —corroboró Draco, muy agradecido por ello—. Es una romántica. Nunca había conocido ese rasgo suyo, pero temo que ese romanticismo la condene a la soledad o al sufrimiento.

—¿No sabías que Hermione era una mujer romántica? —le preguntó Harry en tono incrédulo.

—¿Tú sí lo sabías? —replicó Draco, invadido por un repentino ataque de celos.

—Recuerdo lo que le dijo a mamá cuando le asignó la habitación decorada como un harén.

—¿Y por eso dedujiste que era una romántica?

—Sí —afirmó Harry, y parecía sorprendido de que Draco no lo hubiera deducido también.

—Me pregunto si su inexperiencia sentimental es la consecuencia de sus ideales románticos, que le impiden conocer a ningún hombre en persona porque ninguno puede estar a la altura de sus fantasías.

—¿Y crees que descubriéndole su naturaleza sensual la ayudará a superar su obsesión romántica?

—Conmigo es más vulnerable que con ningún otro hombre. Tal vez yo pueda ayudarla a ver que el sexo no es amor. De esa manera estaría preparada para futuras relaciones y no se encontraría tan sola —el corazón se le oscureció al pensar en Hermione con cualquier otro hombre, pero intentó ignorarlo—. No voy a mentirle ni a hacerle promesas que no tengo la menor intención de cumplir.

—¿Así es como te justificas para arrebatarle su inocencia?

—¿Crees que estoy equivocado?

—Creo que necesitas a Hermione mucho más de lo que estás dispuesto a admitir.

—Ya he admitido que estaré perdido sin ella.

—La deseas lo suficiente para olvidar tus buenas razones para dejarla en paz. Esas razones están tan profundamente arraigadas en ti que debes de sentir algo muy fuerte por ella.

—No he negado que la desee.

—¿Estás seguro de que sólo es algo físico?

—Es mi amiga, también. Mi mejor amiga.

Su hermano lo miró en silencio durante unos segundos en los que sólo se oyeron los resoplidos de los caballos. Finalmente, esbozó una de sus escasas sonrisas.

—Tienes que hacer lo que consideres mejor, naturalmente, pero creo que tu plan para hacer el amor con Hermione no le acabará reportando ningún bien.

Draco se quedó horrorizado al oír a su hermano.

—¿Lo dices en serio?

—Sí, pero espero ser el padrino en tu boda… Al fin y al cabo, soy el mayor —dijo, y espoleó a su semental para lanzarse al galope.

La vena competitiva de Draco se apoderó al instante de él y se lanzó en su persecución.

No sabía qué tenía que ver con Hermione el deseo de su hermano de ser el padrino en su boda, pero cierto alivio le insufló una fuerza adicional a sus movimientos mientras acuciaba a su caballo a galopar más rápido.

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Hermione se despertó sintiéndose mucho mejor de lo que se había sentido en dos meses. Por fin tenía un plan para llevar a la práctica, y como Draco había dicho en más de una ocasión, no había nada más temible que Hermione Grager con un plan.

Se lavó rápidamente y fue derecha al estudio de la reina. Hermione siempre buscaba el consejo de los profesionales, y en lo referente al cambio de imagen nadie podría aconsejarle mejor que la reina Narcisa.

La ayudante personal de la reina la hizo pasar al despacho, y Narcisa levantó la mirada del montón de papeles esparcidos ante ella y que parecían hojas de calendario.

—¿Preparando tu agenda?

La reina se frotó la sien.

—Sí. No es una tarea fácil, ahora que mis hijas están casadas y tengo que compaginar sus agendas con la mía. Tan sólo la coordinación de los viajes sería un reto para el estratega más experimentado.

Hermione sonrió compasivamente.

—¿Estás usando el programa informático que te recomendé el año pasado?

—Sí, pero aun así hay que recopilar la información —señaló los calendarios que cubrían la mesa— e introducirla en el sistema.

—¿Puedo ayudarte? —se ofreció Hermione.

—¿Draco no te necesita hoy? —le preguntó la reina, sorprendida.

—He decidido tomarme el día libre.

La reina arqueó sus finas cejas y se volvió hacia su ayudante.

—¿Puedes traernos café de la cocina? Creo que vamos a necesitarlo…

La joven salió del estudio y Narcisa se giró de nuevo hacia Hermione.

—Cuéntame lo que está pasando.

—¿A qué te refieres?

—Llevas cinco años trabajando para mi hijo —alargó un brazo y agarró a Hermione por la muñeca.

—Aja.

—¿Alguna vez en todo ese tiempo te has tomado un día libre?

Hermione apartó la mano con delicadeza y se sentó junto a la reina.

—Hum… no.

—Pues desembucha.

Hermione se echó a reír.

—No pareces una reina hablando así…

—Supongo que no —dijo Narcisa, muy seria—. Lo que debo de parecer es una madre y una amiga preocupada, porque eso es lo que soy.

—Quiero cambiar mi imagen —declaró Hermione de golpe.

El rostro de la reina se contrajo en una mueca de horror. Luego de escepticismo. Y finalmente de satisfacción.

—Por fin.

—¿Perdón?

—Llevo esperando más de cuatro años a que me lo pidas.

—¿Crees que tengo mal aspecto? —preguntó Hermione, sin saber si sentirse dolida o enojada.

—No, claro que no. Pero no pareces una futura princesa, y supongo que es eso lo que quieres…

—¿Cómo lo sabes? —susurró Hermione.

—He sabido que amas a mi hijo desde la primera vez que os vi juntos.

—Pero ¿cómo sabías que quiero darle la imagen de una… futura esposa?

—Era inevitable.

—¿Cómo?

—¿Alguna vez te has preguntado por qué no me opuse al acuerdo que llegaron mi marido y el rey Aro para casar a Draco con la princesa?

—La verdad es que no. Es una princesa, y por tanto una buena candidata a esposa.

—Eso son paparruchas —replicó Narcisa—. No estamos en la Edad Media, aunque algunos hombres de mi familia se empeñen en lo contrario.

—Si piensas de esa manera, ¿por qué no te opusiste al matrimonio concertado de Draco? —le preguntó Hermione sin salir de su asombro.

—Porque había que hacer algo para que mi hijo despertara.

—Pero ¿y si se hubiera acabado casando con la princesa Kate? —casi chillaba al recordar todo el dolor que sufrió cuando creyó que Draco iba a casarse con aquella mujer.

Narcisa rechazó la posibilidad con un gesto de su mano.

—La hice investigar a fondo. ¿Sabías que es ciudadana estadounidense?

—No —respondió Hermione, cada más vez perpleja.

—Tampoco lo sabía su familia. Una mujer que llegaba a tales extremos para preservar su independencia no iba a casarse con un hombre en contra de su voluntad.

—Pero es una princesa.

—No se crió en su país natal. Su padre cometió el error de creer que su lealtad estaba fuera de toda sospecha, cuando lo que la princesa más necesitaba era amor.

—¿Y si te hubieras equivocado?

Los ojos de la reina destellaron de convicción.

—No me equivoqué —sonrió—. Y también acerté en otra cosa.

—¿En qué?

—Por fin te has dado cuenta de que, con un poco de esfuerzo, puedes conseguir que mi hijo te vea como lo que realmente necesita.

—Pero si de verdad crees eso, ¿por qué nunca dijiste nada? Sabías cuáles eran mis sentimientos…

—Pues claro. No soy ciega, aunque mis hijos sí lo sean. Pero tú tenías que creer por ti misma en tus posibilidades, igual que Blaise tenía que encontrar la fuerza necesaria para luchar por Rose.

—Pero…

—Te será difícil conquistar a Draco, pero no debes abandonar. Tienes que estar segura de que tú eres la mujer adecuada para él. Nadie más, ni siquiera yo misma, podría darte esa confianza.

—Salvo Draco —admitió Hermione.

—¿Te ha dicho algo? Me sorprende. No creía que estuviera preparado para confesar sus verdaderos sentimientos.

—No sé lo que sentirá por mí… pero sí me desea.

—¿Y esa certeza ha bastado para animarte a mostrar tu belleza exterior?

—A buscarla, al menos.

—Lo que sea… Estaba impaciente porque llegara este momento —se levantó enérgicamente—. Vamos. Tenemos mucho que hacer… y muy poco tiempo para hacerlo.

Hermione sintió lástima por la joven ayudante, a quien la reina le dijo que había surgido un imprevisto y tuvo que quedarse a organizar los calendarios y beberse el café ella sola.

Pero no tuvo tiempo para seguir compadeciéndose cuando la reina la llevó a la pista de aterrizaje privada del palacio.

—¿Adonde vamos?

—A Atenas. Rose nos está esperando, y nos acompañará la asesora de imagen que he contratado.

—Pero no sabías que yo iba a pedírtelo…

—Tenía mis propios planes… —dijo la reina, y su tono de voz hizo que Hermione se alegrara de haber ido a verla por voluntad propia.

Durante el vuelo a Atenas, Hermione tuvo que responder a un sinfín de preguntas de Alice, la asesora de imagen, una francesa elegante y sofisticada casi tan alta como ella. Cuando tomaron tierra en el mismo aeropuerto donde Hermione y Draco habían estado el día anterior, sólo había una persona esperándolas en la terminal. O tres personas, si se contaba a los guardaespaldas. Rose se adelantó y abrazó a Narcisa y a Hermione.

—¿Así que hoy va a ser la gran transformación?

—Más que una transformación será una revelación. Tenemos que sacar a la luz la belleza natural de Hermione sin perder lo que la hace tan especial —dijo Alice.

La reina Narcisa asintió con vehemencia.

—No queremos transformar a Hermione en un símbolo sexual, por mucho que mi hijo crea que es lo único que importa.

Rose se echó a reír, pero Hermione se puso tan roja como un tomate.

—Es hora de empezar —decidió la reina.

Dio una palmada y todos los guardaespaldas y mujeres se pusieron en movimiento hacia la zona de tiendas más exclusiva de la capital griega.

Alice insistió en que lo primero debía ser arreglarse el pelo y maquillarse, pues la elección del vestuario estaría determinada por el resultado.

—Empezaremos con un alisador —dijo el estilista—. La primera vez harán falta tres horas, pero cuando lleves un tiempo aplicándotelo cada seis meses será un proceso mucho más rápido.

—¿Un alisador… cada seis meses? —preguntó Hermione con un hilo de voz, pero la reina no permitió que se perdiera tiempo en tonterías y ella y Alice se pasaron la primera media hora discutiendo el color. Rose se marchó a almorzar con su marido mientras las demás se quedaban a comer en la peluquería.

Tres horas después, Hermione se miró al espejo. Su pelo había sido recortado, peinado y cardado, y el estilista le había enseñado cómo alisárselo ella misma con una plancha.

—Pero también puedes rizarlo con un sencillo producto y te quedará precioso —le explicó—. En vez de rizos ensortijados tendrás suaves mechones ondulados que te enmarcarán el rostro de una forma bonita y estilosa.

Se lo habían dejado lo bastante largo para que pudiera seguir recogiéndoselo en una cola de caballo, y Hermione se sintió ridículamente agradecida por ello.

La sesión de maquillaje fue un auténtico shock cultural para Hermione. La cosmetóloga le enseñó a aplicar los colores y las sombras adecuadas para las ocasiones formales e informales, tanto de día como de noche.

—Mañana tendremos otra sesión, así que no te preocupes si no lo asimilas todo de golpe.

—¿Mañana? —preguntó Hermione, mirando a la reina.

—No puedes pretender que un cambio como el que estamos acometiendo nos lleve únicamente unas cuantas horas.

—Pero Draco…

—Sobrevivirá, no te preocupes. Su padre y su hermano mayor lo mantendrán ocupado.

—¿También están metidos en esto? —preguntó Hermione, horrorizada sólo de pensarlo.

—Claro que no.

Su suspiro de alivio fue su último aliento verdadero durante las seis horas siguientes. Junto a las otras mujeres recorrió más tiendas de las que había visitado en toda su vida, y descubrió que probarse ropa podía ser agotador… y liberador.

Descubrió que le encantaba la moda y que detestaba la ropa que llenaba su armario. Ropa que siempre le había permitido esconderse de las miradas… Pero los días de invisibilidad habían acabado.

Cuando volvieron a casa de Blaise y Rose por la noche, Hermione estaba tan cansada que apenas podía mantener los ojos abiertos.

—Lo has hecho muy bien —le dijo la reina.

—Sí —corroboró Alice—. Eres uno de los encargos más fáciles que he tenido en mucho tiempo.

—¿Esto te parece fácil? —preguntó Hermione con voz ronca.

—Puede ser agotador, desde luego, pero eres una persona muy bonita que sólo necesitaba mostrar su belleza, no crearla.

Hermione no estaba segura de creerla, pero estaba demasiado cansada para discutir.

Dos días después estaba frente al espejo del vestíbulo mientras esperaba a que el chofer trajera el coche para llevarla al aeropuerto. No podía reconocer a la mujer que le devolvía la mirada, y eso que la conocía a fondo. Alice había cumplido con su propósito…

Aquella mujer era Hermione Grager. Jamás se habría comprado ropa como aquélla por sí misma, pero tampoco era nada que hubiera rechazado. Se sentía muy cómoda y natural, sin pretender ser alguien que no era. Ahora tenía un guardarropa completamente nuevo que abarcaba todos los estilos. Y todo encajaba a la perfección con su cuerpo y su personalidad.

La blusa ambarina y sin mangas estaba lo suficientemente abierta para mostrar un atisbo del escote, y aunque era bastante discreto la ropa realzaba las líneas y curvas de su cuerpo de una forma muy insinuante. La falda clara de ante le llegaba sobre las rodillas, y junto a los tacones de dos centímetros hacía que sus piernas parecieran largas y esbeltas.

Hermione recordaba muy bien cuando la comparaban con un fideo y ella hacía lo posible por esconder sus piernas flacuchas y ocultar su estatura. Pero Alice le aseguraba que su cuerpo era esbelto, no delgaducho, y muy bonito. Y para demostrarlo le enseñó varias revistas de modelos con la misma figura que Hermione.

Por todo ello, se sentía segura de sí misma ante la mujer que la miraba en el espejo, cómoda con su ropa y su aspecto e impaciente por ver la reacción de Draco al cambio. La madre de Draco tenía razón. Nadie podría haberla cambiado salvo ella misma. Tenía que demostrarle a Draco lo que valía y revelar a la verdadera Hermione Grager. Y eso era lo que había hecho. Había dejado de esconderse para siempre, y aunque la nueva Hermione no consiguiera cautivar a Draco, nunca más volvería a refugiarse en una personalidad insípida y temerosa de su propia feminidad.

Se sonrió a sí misma en el espejo y se giró hacia la puerta, justo cuando la reina Narcisa llegaba al vestíbulo. Sin pensarlo, le dio a la reina un fuerte abrazo.

—Gracias.

—Lo has conseguido por ti misma.

—Pero tú lo has hecho posible.

Un destello de humedad apareció en los ojos de la reina.

—¿Qué quieres que te diga? Soy una mujer a la que le gusta meterse en los asuntos ajenos…

Hermione soltó una fuerte carcajada.