Buenas! ante todo, cuantas visitas, review, y cosas lindas, gracias! Hoy quiero hacer una disertación sobre el tiempo (ni que fuera Stephen Hawking no?), pero uffff mortales, todo hay que explicarles! El tiempo para un elfo pasa en forma diferente, algo que puede parecer una gran cantidad es para ellos, digamos, nada.

No es que todo pasa en cinco minutos. Deben entender que "un tiempo" o "unos días" deben tomarlo como varios meses o años. Una cantidad de tiempo bastante prudencial para procesos de pensamiento en la mente de los personajes. Todo resulta en un proceso, no creo en el estilo "amor a primera vista" sino que es más bien en una "química a primera vista" que luego puede desembocar (o no) en amor. Para esta parte, es especialmente importante que consideren que los días en Arnor son realmente meses o años. Hecha esta aclaración de entenderá mejor el proceso mental que los lleva.

Ahora si, disfruten este cap! Falta muy poquito para que sepan algo más de Glorfindel, y para que empiece el segundo movimiento. Adieu!


Capítulo 10

Para Fingolfin los siguientes fueron días felices. No quiere decir que disfrutara del sufrimiento de su compañera, sino que disfrutaba poder serle útil para curar su cuerpo y su corazón; se sentía perfectamente a gusto poniéndose a su servicio. Se encargó de las tareas de la tierra, mientras ella se dedicaba a todo aquello que no requiriera esfuerzo físico, como la cocina. La mayoría de las noches, esperaba a que ella se durmiera y simplemente se quedaba a su lado, observándola, apreciando su belleza y su tranquilidad. Retrasó deliberadamente la conversación inevitable sobre sus secretos, puesto que sabía que le causaría dolor. Fue entonces que decidió tomarse el día buscando el lugar más bello en ese pequeño pueblo en el medio de nada.

Dianna disfrutaba secretamente de la compañía del Alto Rey. Había soñado con exhalar su aliento, explorar sus labios, y otros asuntos cuyas pasiones no correspondían a un elfo tan serio y correcto como él. Disfrutaba cocinar para él, saber que podía nutrir su cuerpo y su corazón, que cada vez dolía menos y expulsaba los terribles recuerdos de Glorfindel para dejar paso a nuevos recuerdos. Quizá era su parte humana aquella que impulsaba esas ideas cuando menos incorrectas. En los momentos en que se sentía más desesperanzada, se convencía de que era todo una idea errada, una sensación sólo dentro de su cabeza, y el rey elfo no tenía nada que ver con ningún interés. Tenía hijos, eso bien lo sabía; los cuales debían tener madre. Cada vez que esa idea la perseguía, simplemente la desechaba, era demasiado dolorosa incluso para pensarla. Seguramente una reina perfecta, mucho mejor que ella; que ni siquiera era una elfa enteramente.

En eso estaba, mientras se decidió a cocinar bizcochos de miel, en una especie de ofrenda de paz; esperando distraerlo del momento en que debieran hablar de los terribles secretos de Estolad. Pero además, en el fondo quería probarle que podía ser digna y buena para él, que podía proveer y alimentarlo. Cuando Fingolfin llegó de esa recorrida, no pudo más que sonreír al sentir tan dulce aroma. Se acercó por detrás, silenciosamente como bien sabía hacerlo, e intentó tomar un bizcocho.

-Vas a quemarte, espera –dijo Dianna al ver la situación, lo cual provocó que el elfo lanzara una carcajada risueña- ¿Qué es tan gracioso?

-Sólo me hiciste recordar algo –se mordió el labio.

-Vamos, cuéntame.

-No es nada en verdad. Recordé cuando aún vivía en Valinor; cierto día, cuando mis hijos y sobrinos eran aun pequeños, Turgon y Finrod intentaron robar bizcochos de miel recién hechos. Se quemaron sus dedos, pero para que nadie los descubriera en su travesura anduvieron usando guantes por semanas. No sabían que ya todos nos habíamos dado cuenta –la elfa esbozó una media sonrisa, era una historia encantadora, pero comenzó a sospechar a qué venía todo eso.

-¿También sabes la receta? –aventuró, pero Fingolfin negó con la cabeza.

-Anairë los hacía –le dio un mordisco a uno- pero creo que los tuyos son mejores –la mirada de Dianna se ensombreció, así que eso era; no tenía ninguna oportunidad con él. Sin embargo, ya sin importarle el dolor que le causarían sus respuestas, la curiosidad pudo más.

-Es tu esposa, ¿verdad? –susurró, con la cabeza gacha, mientras el elfo se encogía de hombros.

-Técnicamente. Pero hace casi quinientos años que no sé nada de ella –tomó aire, preguntándose si no era demasiado prematuro tener esa charla en ese momento, pero sintió que le debía la verdad-. Me abandonó –mordió otro bizcocho, mientras Dianna abría los ojos muy grandes.

-¿Por qué haría eso? No lo entiendo –Fingolfin volvió a encogerse hombros.

-No hay nada para explicar, sencillamente no me amaba. –era obvia la pregunta que le quedaba hacer para cerrar ese tema de una vez y para siempre.

-¿Y tu la amabas a ella? –apretó sus labios en una fina línea antes de responder.

-Al principio creí que sí, luego la odié mucho por lo que me había hecho. Pero al final, me dí cuenta que yo no podría morir por ella, tampoco la extraño ni pienso en ella. Hasta que hace un tiempo debí concluir que en verdad no la amaba.

-Oh –sólo pudo contestar frente a la revelación que le estaba haciendo. Entonces quizá tenía algún tipo de oportunidad. Cambió de tema sin disimulo, mordiendo uno de los bizcochos -¿Entonces te gustaron? Me alegro –el elfo asintió.

-Ven conmigo, quiero mostrarte algo –la tomó suavemente por su muñeca y antes de que pudiera decir nada, la estaba guiando colina abajo. Caminaron en silencio por casi una hora entre el sol y la hierba, en verdad era un lugar precioso aquel que había elegido para vivir esa parte de su vida. Se detuvo al llegar a una pequeña laguna, a cuyo alrededor crecían una enorme cantidad de flores silvestres. Fingolfin rodeó la laguna hasta sentarse en un lugar específico en el suelo, y le indicó a Dianna con una seña que se sentara delante de él. Obedeció sin chistar para descubrir que desde ese pequeño punto se veía un precioso atardecer, que se reflejaba en la laguna y en las flores, que iluminaba sus rostros y los cobijaba en un suave calor.

Sonrió al observar el maravilloso espectáculo que la naturaleza les regalaba, que de hecho Fingolfin le regalaba. Sintió sus suaves y hábiles dedos deslizándose por entre su cabello, y lo dejó hacer mientras se regocijaba en su contacto. Pudo ver cómo tomaba algunas de las flores que crecían a su alrededor y las acomodaba junto con su cabello; hasta que logró adivinar que estaba haciéndole una corona de flores. Se preguntó que significaba eso, pero supo que no sería nada malo, no era una despedida. Era una bienvenida. Esto era importante. Al terminar giró su cuello para clavarle la mirada, sonriendo. Era la primera vez que la veía sonreír de verdad, y se llenó de regocijo al saber que sonreía sólo para él. Su miraba pasaba de sus ojos castaños a sus labios y su sonrisa. Por segunda vez sintió ese impulso de besarla, ya no tenía ningún autocontrol más que devolverle la sonrisa y acercarse unos milímetros.

-¿Por qué haces eso? –preguntó Dianna, risueña y con cierta picardía en su mirada.

-Una corona para una reina –rieron- La llevas bien –ella sintió que sus pómulos quemaban, pero para él no fue otra cosa que encantador.

-¿Tu crees? –se mordió el labio, esperando que esa frase significara lo que ella se imaginaba.

-Sé que algún día serás una gran reina –le sonrió a modo de agradecimiento- Señora de la Flor Dorada –acomodó un último mechón de cabello-, y siempre me tendrás a tu servicio –así que era eso. En verdad había pensado que podía haber algo entre ellos, y en vez de eso se refería a la Casa de Glorfindel. Por supuesto que no tenía ninguna intención de reinar allí. No quería tener nada que ver con él. Pero sintió el peso de su alma caer a sus pies, y bajó la mirada para que no notara que sus ojos castaños se llenaban de lágrimas y su espalda volvía a punzar por primera vez en días. Una lágrima solitaria resbaló por su mejilla, y Fingolfin la recogió con su pulgar.

-No quiero. Puede meterse su Casa donde mejor le quepa –remató.

-¿Te he hecho daño? Perdóname –la envolvió entre sus brazos mientras ella negaba con la cabeza, aunque ambos sabían que era una mentira.

-Es sólo que no quiero hablar de eso –susurró, con la voz quebrada.

-Lo sé, pero cuanto antes lo aclaremos, antes podremos estar en paz. Los últimos días han sido maravillosos para mí, y siento tener que arruinarlo con esto. Pero en verdad necesito contarte lo que averigüé en Estolad.

-Lo entiendo –susurró- pero eso no significa que no me duela –levantó la mirada para cruzarla con la suya-. Para mí también han sido días felices, quizá; los mejores de mi vida –Fingolfin pasó suavemente sus dedos por el dorso de las manos de la elfa y le susurró.

-De ahora en más, si tú lo deseas, todos los días podrían ser tan felices como estos –se sorprendió de la solemnidad de sus palabras, no se esperaba eso. Si eso no era una declaración de amor, si no era una invitación a ser su compañera por lo que le quedara de vida; entonces qué rayos era. Se quedó callada un momento, y el rey elfo volvió a hablar- Disculpa mi atrevimiento, olvídalo –bajó la mirada y soltó sus manos, pero esta vez fue Dianna quien las tomó.

-No hay nada que disculpar. Y no lo olvidaré. Sólo creo que es un momento demasiado prematuro para tener esa charla –volvieron a sonreír juntos.

-Tienes razón –volvió a encender esa esperanza, tan débil y fluctuante que existía quizá desde el primer momento en que se vieron- Fui a Estolad siguiendo a Veryan, quién cabalgaba con desesperación. Pensé que quizá querría llegar antes que yo para ocultar algo, o alguien –Dianna escuchó atentamente sin animarse a interrumpir. Había sido un día lleno de revelaciones, y supo que le quedaban algunas más, como esta. Nunca se había preguntado qué había sido de Veryan, a quien había herido para escapar. Era evidente que no le había hecho demasiado daño. Tomó aire y apretó un poco más las manos de Fingolfin entre las suyas, preparándose para una charla que sin duda dejaría marcas profundas en su corazón. Pero la reconfortó saber que después de eso, allí estaría él para cuidarla. Eso esperaba.