La guía no oficial de viaje para el vaquero
Capítulo 10: La guerra de a quién le importa menos
~ o ~
Do you not hear me anymore?
I know it's not your thing to care
I know it's cool to be so bored...
Will you never rest
Fighting the battle of who could care less
[¿Será que ya no me estás oyendo?
Sé que a ti todo te vale un bledo
Que está de moda el aburrimiento
Hasta cuándo vas a luchar
la guerra de a quién le importa menos]
~ o ~
A la mañana siguiente Faye se levantó razonablemente lozana y de buenas pulgas, habiéndose cepillado los dientes como nueve mil veces antes de estar lista para bajar al desayuno.
—Oye, ¿podemos ser Spike y Faye hoy, o todavía hay que ser fifís? —le preguntó Spike, aún en calzoncillos.
—Ya conseguimos las entradas. —Con una sonrisa delgada, Faye las dispuso a modo de abanico—. Así que somos Spike y Faye.
—Bien. Esa mierda para el pelo es como cemento. No sé cómo la gente se echa esa cosa.
El desayuno más pareció saqueo de guerra. Ingresaron al comedor y procedieron a enterrar sus respectivos platos con paladas de comida muy superiores a las que una persona normal era capaz de digerir. A Spike le divirtió sobremanera constatar que no eran los únicos haciéndolo. Había otros pocos ganapanes de dolorosa clase media arrumando comida, pelagatos que sin duda perpetraban el mismo tipo de ratería que ellos, o, si no era eso, habían perdido anoche la segunda hipoteca de la casa. Las Vegas. Una ciudad a toda madre.
—Va el pase, Faye —le advirtió Spike antes de tirarle como seis medialunas desde el mediocampo del comedor. Faye se terminó de embutir el bolso con fruta, magdalenas y otros diversos condumios no pegostiosos. Cuando les pareció que se habían agenciado ya botín nada despreciable, saltaron como resorte de allí, con Spike chocando en la salida contra un tipo de traje con cara de creído.
—Perdón —dijo, apologético, antes de alcanzar a Faye.
—Ahora es cosa de devolver la ropa que compramos —dijo Faye, zampándose un huevo duro—. Y nos alcanzará para alquilar otro auto hasta Arizona.
—Sí, claro —Spike puso cara de cabreo mientras birlaba una manzana del bolso de Faye—. Este viaje ha sido coser y cantar.
Los dos se paralizaron al torcer por el recodo del pasillo. Había personal de seguridad del hotel golpeando a la puerta de la suite de ambos. Los dos se atragantaron un grito y se metieron por la puerta de las escaleras.
—¿Qué diablos es eso? —le cuchicheó Spike.
—Póker Alice —dijo Faye resueltamente—. Se corre la voz.
Spike sacudió la cabeza, para luego sacarla del hotel por una salida de emergencia, haciendo sonar una de esas jorobantes chicharras que de todos modos nadie oye.
—Espérate un poco —le dijo a Faye—. Ya vuelvo.
—¿Adónde vas?
—Oye, ya tuviste tu noche de jolgorio. Ahora me encargo yo —dijo Spike, para luego salir meteórico del hotel.
No lo reconocerían a él tan fácilmente como a su notoria contertulia, y además ni él se reconocía de anoche. Se figuró que su plan sería bastante fácil. Palpó el papelito que tenía en el bolsillo. Hombre, cómo le fascinaba chocar contra gente platuda. Para un consumado carterista como él, eran como piñatas ambulantes. El botincillo de hoy le había reportado algo por demás valioso. Hoy, se había agenciado un boleto de aparcadero. Le pasó con todo aplomo el boleto al acomodador, y se comportó de lo más normal cuando recibió como recompensa un Mustango rojo cereza, descapotable. ¿Y por qué iba a portarse raro? El coche era suyo. Le dio al acomodador una propina sumamente generosa y salió pausado y muy campante del aparacadero. Eso hasta que dobló por la esquina, y ahí taconeó el pedal hasta el fondo. No se acordaba bien de todas las reglas esas de virar a la derecha con rojo y demases, así que las fue como inventando en el camino, enmascarando el alegrón por la increíble buena suerte hasta que arrimó el coche junto a Faye.
—Hola, niñita, ¿quieres un dulce?
—Cabrón de mierda, te AMO —chilló ella, tirándolo de una patada al asiento del pasajero para luego salir disparada, exclamando algo muy similar a "yajúu".
~ o ~
Condujeron en dichoso silencio un rato, dejando que el viento les zangoloteara el pelo hasta dejarlo como nidos caóticos.
—¿Cómo lo hiciste? —terminó por preguntarle Faye.
—No revelo todos mis trucos en la primera cita —dijo él, seco—. Lo que quiero saber es por qué no haces más seguido lo que hiciste anoche.
—¿Qué crees que hago la mitad de las veces que me largo? —dijo ella, con una encogida de hombros, y luego se le agrandaron los ojos cuando cayó en la cuenta de lo que acababa de revelar así sin más.
Se le ocurrió que si a lo mejor se callaba la boca ahora mismo y cambiaba el tema podría salir libre de polvo y paja:
—Pero y, bueno... ¿Qué me dices del equipo local?
Carajo. ¿Por qué era buena para la labia solo en los peores momentos?
—Deja ver si entiendo —dijo Spike, sombrío—. Te largas con nuestro dinero, te quedas en un hotel a todo lujo comiendo gratis, y después vuelves sin el dinero en cuestión y te comes toda la comida nuestra.
—Emm... No.
—¡Carajo, Faye! —Spike le pegó una patada a la guantera—. Justo cuando empezaba a creer que eras medianamente rescatable como ser humano.
—Ah, no me vengas con esa moral de mierda.
—¿Cuál moral de mierda?
—Como que fuera yo la única que caga a los demás en esta nave. Tú vives haciéndolo, carajo.
—¿Cómo cago yo a los demás?
—¿Qué me dices de largarte la mitad de las veces para que te dejen baleado, tajeado, y tirado por...
—¿De qué manera afecta eso a los demás?
—Ah, claro, bien. Como que a Jet no le afectara que termines casi muerto semana por medio.
—No debería afectarle.
—Sí, pues hay muchas cosas en la vida que no deberían pasar, Spike, pero pasan igual. Y aunque seas incapaz de meterte en ese cerebrito desconsiderado que alguna gente se preocupa por ti...
—Ah, por favor.
—... Entonces al menos deberías tomar en cuenta el negocio que tienen entre los dos. ¿Cómo queda Jet si te matan por ahí, eh?
—¿Qué, eres su abogado?
—¡NO! ¡A lo que voy a es que eres un hijo de puta y que me dejes en paz, mierda!
—¡Ya, está bien! —exclamó Spike, pero en cierto modo contra sí mismo.
La tipa tenía algo de razón, y aquello por sí solo se las hinchaba enormemente. Con toda sinceridad, nunca se había percatado de que las cagadas que hacía a veces pudieran calificarse de desconsideradas, pero... Sí, como que lo eran. Nunca las había sopesado, en realidad. En lo que a esa parte de su vida se refería, ya que no quedaba nada por sopesar. Solo cosas que sabía que tenía que hacer, a como diese lugar.
—Ya, está bien —continuó con un tono racional de voz—. Pero yo tengo mis razones. No tienes por qué entenderlas, pero al menos yo las sé. A veces me pregunto si tú sabes siquiera por qué haces lo que haces.
—¿Quieres saber por qué?
—Sí, me gustaría, fíjate.
—Te voy a decir por qué. ¡Porque si cago a los demás no me pueden cagar a mí! —gritó ella con una voz que parecía al borde de las lágrimas.
Faye se interrumpió un segundo, para procurar que siguiera al borde de las lágrimas y no sumida en estas, y luego añadió:
—Y no sabes lo harta que estoy de que me caguen.
Spike puso cara de cierta exasperación mirando la ventana, hurgándose los pantalones en busca de un paquete de cigarros. Chupó uno sin encenderlo durante un segundo, permitiendo que el sabor se le instalara en la lengua antes de ponerle lumbre.
—No te queremos cagar, Faye —murmuró.
—No... Pero lo vas a hacer. Me vas a cagar algún día, Spike. Sea o no tu intención.
Spike sabía a qué se refería ella. Se refería a que un día él se iba a hacer matar. Y no rebatió porque sabía que era cierto, y no se disculpó porque no lo lamentaba. Pero sí suspiró un poquito, porque lo ponía triste.
—Bueno —dijo con voz suave—. Hagamos lo siguiente. Tú sigue cagándome y yo voy a seguir cagándote a ti. No es exactamente cariño, pero es mucho mejor que cagarse uno mismo.
Faye soltó una risa entre dientes, antes de extenderle su respectivo cigarrillo, pidiendo lumbre:
—Hecho.
~ o ~
Jet y Ed miraban televisión. Ya habían pasado varios días y se les habían acabado las cosas divertidas para hacer. Llevaban viendo televisión casi un día entero. Ein se lengüeteaba. Era casi rítmico, el chupeteo constante de su lengua contra el grueso pelaje. Sonaba también una gotera por alguna parte. Jet no la podía encontrar cuando salía a buscarla, porque, como toda buena gotera, paraba ni bien Jet se levantaba del sofá. Pero podía oírla. Y el lamido, chiup. Y la gota, tuic. Chiup, tuic, chiup, tuic, chiup, tuic. No solo era ruidoso, si no incómodamente húmedo.
—Ya va su buen rato desde que supimos de ellos, ¿eh? —preguntó Jet con voz holgazana.
—Sep, sep —contestó Ed, con idéntica holgazanería.
—Bueno... Es bueno que esté tan tranquilo aquí siempre.
—Tranquiiiiiiiiiiiiloooooo —suspiró Ed—. Tranqui, tranqui, tranqui.
Chiup, tuic, chiup, tuic, chiup, tuic, chiup.
—Probemos con llamarlos.
—¡Bueno! —Ed pegó un repentinpo salto desde el sofá, con una exclamación de alegría.
~ o ~
Estuvieron bien callados el resto del viaje. Hubo cierto pugilato en pos del mapa, y un altercado menor en cuanto al combustible y en relación a cuándo era momento de tirar la toalla y pedir indicaciones. Pero sí llegaron a Arizona. Se quedaron fumando en la frontera del estado durante un minuto, no queriendo apresurar tan monumental ocasión.
—Arizona... Cómo he llegado a aborrecer el nombre —suspiró Spike.
—No lo aborrezcas todavía. Todavía tengo algo que me espera aquí, y no quieroecharle mal de ojo.
—¿Qué cosa crees que sea?
—No sé. A lo mejor es el mapa de un tesoro y nos tenemos que quedar toda la noche en una casa embrujada o algo así para encontrarlo. O a lo mejor es la escritura de una linda casa en alguna parte, o tal vez habrá una limosina esperándome porque resulta que soy la princesa de Genovia.
—O tal vez es solo un montón de cuentas.
Faye arrugó la cara ante aquella hórrida perspectiva, y luego apagó su cigarro sobre la bota de Spike.
—Bueno... Vamos.
Solo se habían adentrado un poquito en el estado cuando necesitaron combustible de nuevo. Ninguna de las pelis de carretera que Spike o Faye habían visto mencionaban el asunto del combustible o cambiar el aceite ni nada de eso. Era una jodienda. Entraron a la gasolinera con gran disgusto, como si el necesitar combustible hubiera sido culpa del coche. Faye determinó que quería echar ella la gasolina, para gran goce de los asistentes varones. Había algo sin duda sugerente en como manipulaba la manguera, que hizo a Spike poner cara de resignado. Se habían sentado un rato sobre el capó, esperando que se llenara el estanque, cuando les llegó el olorcillo a una cosa maravillosa. Tocino. Se volvieron los dos a un tiempo y vieron el restaurante. Los estómagos de ambos gruñeron en respuesta.
—¿Cómo anda el botín del hotel? —le preguntó Spike a Faye.
Faye escarbó en su bolso:
—Nos queda una naranja. Y algo que parece magdalena.
—¿Parece?
—Sí, aunque no sé. Es como rosada y tiene una especie de nuez encima.
—¿Rosada? ¿Como de fresa?
—No creo —Faye olisqueó el dulce anónimo y le dio un mordisco. Le dio unas vueltas en la boca un rato, luego se encogió de hombros y dijo—: Sigo sin saber.
—¿Está mala?
—No me ofende, no. Pero no puedo decir que esté como el tocino que huelo. ¿Cómo andamos de fondos?
Spike pagó en la bomba y revisó la cuenta.
—Quedan 4 mil.
—¿Y si pedimos como el desayuno del día y lo compartimos?
—No sé, Faye...
—Ah, anda. ¿O crees que nos vamos a ver en alguna situación donde nuestras vidas van a depender de 10 woolongs?
—Sí, ahora que lo dijiste.
—Spiiiiiiiike. —Faye puchereaba como profesional. Un buen puchereador podía convertir un monosílado en al menos tres sílabas.
Spike no iba a mentir. Quería tocino. Así que se encogió de hombros y los dos partieron al restaurante del otro lado de la carretera, y se repartieron el menú de camionero.
Sentados los dos comiendo, Spike miró afuera y advirtió lo que parecía ser un agente de la ISSP examinando el coche de ambos. Eso no era nada bueno. Trataba de formular alguna especie de plan cuando alguien le palmoteó el hombro. Se dio vuelta y se encontró con un puño. Faye se limitó al arquear una ceja y quitar de en medio el plato de huevos, mientras Spike se echaba para atrás con cara de atontado.
—Sabía que era tu hermana o algo así —masculló el chico. El del casino—. ¿Sabes cuánto dinero me costaste, maricón? ¡Me echaron y me requisaron las fichas!
Spike seguía con los ojos puestos en los agentes, que parecían estar interrogando a los empleados de la gasolinera. Era de esperar que no fuese el tipo de gente que coopera con los polis.
—Sí, lo siento —dijo, ausentemente—. Tengo.. Tengo algo que hacer.
—Ya voy a hacer que lo sientas —largó el chico, y se aprontó para pegarle de nuevo.
Spike lo evadió fácilmente esta vez, mientras Faye le daba una mirada como de "¿Qué putas pasa?". Él le devolvió una de "No te preocupes", y luego se volvió para atrapar el pie del chico, que se le venía encima. Spike lo torció de una forma tal que lo hizo caer bien sentado en el asiento.
—A ver. De un apostador a otro, me siento mal por lo de las fichas —se apresuró a decir Spike—. Así que te doy la oportunidad de recuperar. ¿Tienes cartas, Faye?
—Que si tengo cartas... —murmuró esta, hurgando en el bolso para luego tirarle un mazo.
—Bien. Vamos al veintiuno. El que gana se lleva todo.
—¿Y qué es todo? —bufó el chico.
—Esto.
Spike tiró a la mesa las llaves del coche.
Faye lo miró con cara de querer estrangularlo, pero luego miró por la ventana para ver a los agentes cruzar despacio por la gasolinera. Hasta le pareció ver alguien que señalaba en dirección al restaurante.
—Yo reparto —dijo rápidamente.
—¡Claro que no! ¡No me fío de ella! ¿Y qué apuesto yo?
—Nada —se apresuró a decir Spike—. Si gano yo, me voy. Eso es todo.
El chico pareció tasar el asunto, y Spike deseó que lo tasara más rápido. Por fin, el chico dijo:
—Está bien. Pero no reparte ella.
—Ya, bien —Spike puso cara de hastío.
—Tú. —Señaló a un viejo sentado con unos amigos en el rincón. A estas alturas ya tenían bastante público.
—¿Yo?
—Sí. Reparte.
El viejo tambaleó hasta él mientras sus dos amigos volvían la cabeza para mirar mejor.
—¿Sabes? Esto me recuerda la época en que excavamos la...
—Para hoy —espetó Spike.
El viejo pareció ofendido:
—Estos chiquillos —refunfuñó, mientras sus amigos soltaban un coro de desdén por la juventud. Luego repartió.
El chico sacó 17, Spike 19.
—Otra —dijo Spike, y todos exclamaron de pasmo.
—Me gusta el peligro —dijo con su mejor voz de hombre de mundo, pero por dentro estaba gritando.
Los agentes ya se acercaban, y Spike ya se imaginaba la suerte perra de sacar un maldito 2 o un as. Faye tenía cara de estar pensando lo mismo, de pie junto a él, con una tensión casi tangible. El viejo parecía estar tardando nueve años en voltear la carta, estirando el momento solo por diversión. Los dos vaqueros miraban de ida y vuelta entre los agentes y el chico, y se relamían los labios. Todos en el restaurante estaban al borde del asiento.
Por fin, el viejo volteó la carta y Faye llegó al extremo de largar un grito y cerrar los ojos cuando el naipe cayó en la mesa.
—3 —dijo el viejo—. 22. Perdiste.
El gentío soltó un lamento y el chico chilló de gusto. Zarandeó la mano con gesto jactancioso, solicitando las llaves. Spike hizo lo que pudo por parecer enfurecido, le pasó las llaves, y como en dos segundos él y Faye se hicieron humo por la puerta de atrás.
—¿Está aquí el dueño de un Mustang rojo descapotable? —pregonaron los polis entrando al restaurant.
El chico sonrió ampliamente.
—Pero claro que sí estoy —dijo con gesto ganador.
~ o ~
