Hola nuevamente, en esta ocasión les traigo otra adaptación de un libro que me encanto de la autora Karen Marie Moning "Más allá de la niebla de las highlands". Los personajes utilizados son propiedad de Rumiko Takahashi.

Espero que les guste y no causar inconvenientes.

Muchas gracias a quienes siguen la historia.

Inuyasha Lyon Taisho rascó su mandíbula sin afeitar con una mano callosa. ¿Enojo? Quizás. Escepticismo, ciertamente. Pero posesividad... ¿De dónde infiernos había venido eso? Furia. Sí, ahí estaba. La furia fría y oscura estaba carcomiéndolo desde dentro y el espirituoso whisky escocés estaba ayudando sólo a mitigar el dolor.

Él había estado de pie y había mirado a su nueva esposa con hambre en los ojos. Él la había visto sufrir el hambre cruda y primaria por un hombre... y no era él. Increíble.

–Deja de beber o nunca llegaremos a Uster mañana –advirtió Miroku.

–No voy a marcharme a Uster mañana. Mi esposa podría tener un bebé cuando volviera.

Miroku sonrió abiertamente.

–Está completamente furiosa contigo, sabes.

–¿Ella está furiosa conmigo?

–Estabas demasiado bebido como para casarte con ella, mucho menos para acostarte con ella, y ahora te pones nervioso porque miró con agrado a Koga.

–¿Con agrado? ¡Da a la chica una cuchara y la habría resbalado sobre él, lamiéndose los labios para cenárselo!

–¿Y?

–Ella es mi esposa.

–Och, esto está poniéndose demasiado profundo para mí. Dijiste que no te preocupaba lo que hiciera una vez que estuviera hecho. Juraste honrar el troth y lo hiciste. ¿Entonces por qué esta ira tonta, Inuyasha?

–Mi esposa no me hará cornudo.

–Creo que un marido sólo puede ser cornudo si le preocupa. Y a ti no te preocupa.

–Nadie me preguntó si me preocupaba.

Miroku pestañeó, fascinado por la conducta de Inuyasha.

–Todas las chicas miran así a Koga.

–Ella no me notó siquiera. Es a Koga a quien quiere. ¿Y quién en el maldito infierno contrató a ese herrero de todas maneras?

Miroku meditó en su bebida.

–¿No era Totosai el herrero?

–Pensé que él, sí.

–¿Dónde ha ido Totosai?

–No lo sé, Miroku. Es por eso que te pregunté.

–Bien, alguien contrató a Koga.

–¿No lo hiciste?

–No. Yo pensé que lo hiciste tú, Inuyasha.

–No. Quizá él es el hijo de Totosai y Totosai está enfermo.

Miroku se rió.

–¿Totosai el feo, su padre? No hay una sola posibilidad de eso.

–Líbrate de él.

–¿De Koga?

–Sí.

Silencio.

Entonces...

–¡Por los santos, Inuyasha, no puedes hablar en serio! No es propio de ti quitar el sustento a un hombre debido a la manera en que una chica lo mira…

–Sucede que esa chica es mi esposa.

–Sí; la misma que no querías.

–He cambiado de idea.

–Además, es quien mantiene a Kikyo bastante contenta, Inuyasha.

Inuyasha suspiró profundamente.

–Así que es eso.

Él hizo una pausa de varios latidos celosos de corazón.

–¿Miroku?

–¿Humm?

–Dile que mantenga su ropa puesta mientras trabaja. Y esa es una orden.

Pero Inuyasha no podía dejarlo solo. Su mente percibió a dónde sus pies lo habían llevado cuando entró en el margen ambarino de luz del fuego de la forja de Koga, bajo los árboles de serbal.

–Bienvenido, Lord Inuyasha de Dalkeith-Upon-the-Sea.

Inuyasha giró hasta estar nariz con nariz con el herrero reluciente, que había conseguido llegar desde detrás de él de algún modo. No muchos hombres podían tomar a Inuyasha por sorpresa, y por un instante Inuyasha estuvo tan asombrado como irritado con el herrero.

–Yo no te contraté. ¿Quién eres?

–Koga –contestó el herrero fríamente.

–¿Koga qué?

El herrero lo ponderó, entonces encendió una sonrisa pícara.

–Koga Black.

–¿Quién te contrató?

–Oí que necesitabas un hombre para cuidar la forja.

–Aléjate de mi esposa.

Inuyasha se sobresaltó al oír las palabras dejar sus labios. ¡Por los Santos, parecía un marido celoso! Había pensado lanzar la pregunta de quién había contratado al herrero, pero al parecer no tenía más control sobre sus palabras de lo que tenía sobre sus pies; por lo menos, no en lo que a su nueva esposa concernía.

Koga rió perversamente.

–No haré ninguna cosa que la señora no quiera que haga.

–No harás ninguna cosa que yo no quiera que hagas.

–Oí que la señora no te deseaba.

–Lo hará.

–¿Y si no lo hace?

–Todas las chicas me desean.

–Qué cómico. Yo tengo justamente el mismo problema.

–Eres extrañamente descortés para ser herrero. ¿Quién era tu laird antes?

–No he conocido a ningún hombre digno de llamar amo.

–Qué cómico, herrero. Yo tengo justamente el mismo problema.

Los hombres se mantuvieron nariz contra nariz. Acero contra acero.

–Puedo ordenarte salir de mis tierras –dijo Inuyasha herméticamente.

–Ah, pero entonces nunca sabrás si ella te escogería a ti o a mí, ¿verdad? Y sospechando que haya un profundo grano de decencia en ti, algo que clama por cosas tan anticuadas como la honradez y la caballerosidad, el honor y la justicia... Inuyasha tonto. Todos los caballeros estarán pronto muertos, como polvo de sueños que pasan por la imaginación inconstante del tiempo.

–Eres insolente. Y a partir de este momento, estás desempleado.

–Tienes miedo –se maravilló el herrero.

–¿Miedo?. –Inuyasha se hizo eco incrédulamente. ¿Se atrevía ese estúpido herrero pisar en sus tierras y decir que él, el legendario Inuyasha, tenía miedo?–. Yo no temo a nada. Ciertamente no a ti.

–Sí lo haces. Viste cómo tu esposa me miraba. Tienes miedo de que no pueda mantener sus manos lejos de mí.

Una sonrisa amarga, burlona, encorvó los labios de Inuyasha. Él no era un hombre dado al autoengaño. Tenía miedo de no poder mantener a su esposa lejos del herrero. Lo mortificaba, lo incitaba, y encima el herrero también había acertado sobre su decencia subyacente. Decencia que exigía, como Miroku había sospechado, que no privara a un hombre de su sustento debido a su propia inseguridad sobre su esposa. Inuyasha sufría el extraño defecto de ser noble, honrado hasta el final.

–¿Quién eres realmente?

–Un simple herrero.

Inuyasha lo estudió a la luz de la luna que clareaba a través de serbal. Nada simple. Algo se arrastró a su mente y flotó en su memoria, pero no podía acertar a descubrirlo.

–Te conozco, ¿verdad?

–Lo haces ahora. Y pronto, ella me conocerá también.

–¿Por qué me provocas?

–Me provocaste primero cuando agradaste a mi reina.

Inuyasha buscó en su memoria una reina a quien él hubiera agradado. Ningún nombre le vino a la mente; pero normalmente no lo hacían. Aún así, el hombre había puesto su juego en claro. En alguna parte, alguna vez, Inuyasha había hecho volver la cabeza a la mujer de ese hombre. Y el hombre quería ahora jugar el mismo juego con él. Con su esposa. Una parte de él intentó que no le importara, pero desde el momento en que había puesto los ojos en la loca Yura, había sabido que, por primera vez en su vida, estaba en problemas. Profundamente, en su cabeza, tenía el destello de los ojos color chocolate llamándolo hacia las arenas movedizas, y él habría ido de buena gana.

¿Qué decirle a un hombre cuya mujer has tomado? No había nada que decir al herrero.

–No tenía ninguna intención de ofender –ofreció Inuyasha por fin.

Koga giró alrededor y su sonrisa se encendió demasiado brillantemente.

–Ofensa por ofensa, todo es justo en la lujuria. ¿Buscas todavía sacarme de aquí?

Inuyasha encontró su mirada por largos instantes. El herrero tenía razón. Algo en él clamaba por justicia. Las batallas justas se luchaban en igualdad de condiciones. Si él no pudiera retener a una chica, si la perdiera ante otro hombre… Su orgullo ardió, caliente. Si su esposa lo dejara, más allá de si él la había querido desde el principio o no, y encima por un herrero, bien, la leyenda de Inuyasha se cantaría en una runa inmensamente diferente.

Pero peor incluso sería que, si él despidiera el herrero esa noche, nunca sabría con toda seguridad si su esposa lo habría escogido por encima de Koga Black. Y le importaba. La duda lo atormentaría eternamente. La imagen de ella cuando había estado de pie ese día y se había apoyado contra un árbol, mirando fijamente al herrero... ¡ah! Eso le daría pesadillas de igual modo en la ausencia de Koga.

Permitiría al herrero quedarse. Y esa noche Inuyasha seduciría a su esposa. Cuando estuviera completamente convencido de donde descansaban sus afectos, bien, quizá entonces podría despedir al bastardo.

Inuyasha ondeó una mano desapasionadamente.

–Como tú quieras. No ordenaré que te marches.

–Como yo quiera. Me gusta eso –contestó Koga Black sencillamente.