Capítulo 10. Tomándose un respiro
Despertó poco a poco; la mente le funcionaba de modo lento y confuso. No obstante, el dolor y la presión en su hombro causados por la infección, habían disminuido.
Tony respiró profundo y parpadeó para aclararse la vista. Mirando alrededor, tomó nota de las cortinas, del pequeño camastro sobre el que se encontraba acostado, y del aparato para suero intravenoso de apariencia antigua junto a él. Estaba en un hospital o, más probablemente, en la enfermería de la base militar.
Repentinamente aterrorizado de lo que eso pudiera significar, Tony se incorporó hasta quedar sentado y se apretó el pecho con desesperación. Dejó salir una exhalación entrecortada cuando sintió una tela fresca firmemente envuelta alrededor de su torso, la cual escondía su reactor arc. Conforme hacía memoria, trozos y piezas de lo sucedido la noche anterior se filtraron a través de su mente: el laboratorio, Steve rompiéndole la camisa, el terrible dolor. Bajó los ojos para revisarse el hombro y se percató de que tenía la herida suturada y vendada.
Frunciendo el ceño, Tony se giró hacia el otro lado de su camastro y descubrió a Steve sentado sobre una silla. Todavía vestido con su uniforme, el rubio tenía el pelo y la piel sucios, y la ropa llena de manchas. Y aun así, se veía mucho mejor de lo que cualquiera debería.
Steve había guardado su secreto.
Tony se llevó una mano al pecho y la presionó sobre el metal; el corazón estaba latiéndole más deprisa que un momento antes. No había creído que fuera posible poder amar a aquel hombre fuerte y valiente ni un poco más de lo que ya lo hacía. Sin dudar en absoluto, el rubio había confiado en él. Que alguien le tuviera a Tony ese nivel de fe, era una tremenda lección de humildad.
Tony sintió la mirada de Steve clavada en él y lentamente se giró para encontrarse con aquellos ojos enormes, hermosos y azules. Pero Steve no estaba sonriendo. Se veía solemne, serio, y mucho más que preocupado.
El hombre del futuro se aclaró la garganta y le ofreció a Steve una sonrisita dubitativa.
—Te debo una explicación.
Steve asintió lentamente.
—Pero no aquí... Hay demasiada gente que podría escuchar —dijo Tony y tiró de la manguera de la unidad intravenosa. Steve lo miró con el ceño fruncido.
—Tony, no —replicó Steve y llevó una mano hacia delante para detenerlo, pero era tarde; Tony ya se había sacado la aguja del brazo.
Moviendo la mano en un gesto que indicaba que no era importante, Tony se bajó del camastro y se quedó de pie a un lado un tanto inestablemente. Tiró de la manta de lana rasposa con la que había estado cobijado, y se la envolvió alrededor del cuerpo. Steve lo observaba sintiéndose indiferente, como si aquello fuera un sueño que estaba teniendo.
—¿Vienes? —le preguntó Tony. Sus ojos oscuros lo contemplaban de manera impasible, sin revelar nada en absoluto.
El rubio dudó por un momento, preguntándose qué era lo que iba a pasar. No obstante, la curiosidad ganó, y Steve se dio prisa en seguir a Tony cuando lo vio darse la vuelta y comenzar a caminar.
Permanecieron en silencio mientras hacían su recorrido a través de los corredores. Todavía era temprano, pero la base ya se encontraba lo suficientemente ocupada por gente trabajando como para que el par atrajera algunas miradas sorprendidas a su paso. Una vez que se encontraron a salvo dentro del laboratorio de Tony, la tensión entre los dos era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo.
Tony dejó caer al suelo la manta con la que se había cubierto y se sentó pesadamente en el banco frente a su mesa de trabajo. Steve dudó por unos segundos y se sentó frente a él, separado apenas a unos centímetros. Sin decir una palabra, Tony se retiró la sábana envuelta alrededor de su pecho, permitiendo que el resplandor de su reactor llenara la habitación mal iluminada.
Fascinado, Steve observó el aparato antes de regresar sus ojos a los de Tony. Se quedó esperando, en silencio.
Tony se resistía a hablar. Estaba hecho un lío, no sabía por dónde comenzar, ni tampoco sabía si sería mejor inventarse algo para salir del paso. Pero los ojos azules de Steve lo estaban mirando de modo penetrante, urgiéndole completa honestidad. Steve había guardado su secreto, y no se merecía nada más que la verdad... Sólo que en ese caso, la verdad era más irreal que cualquier mentira que pudiera inventar.
—¿Qué piensas tú cuando la verdad es más extraña que la ficción? —murmuró Tony y Steve inclinó la cabeza hacia un lado con curiosidad.
Todo se reducía a un gran miedo. Tony tenía más miedo en ese momento de lo que había tenido en cualquier otro instante de su vida, sin excepción, ni siquiera aquella vez que lo habían cableado a una batería de carro. Decirle la verdad a Steve podía costarle su relación con él, y si era así, se quedaría completamente solo en esa época. Era una posibilidad terrorífica.
Concentrándose en los hermosos y claros ojos de Steve, Tony comenzó a hablar en voz baja:
—Lo que voy a contarte... Lo único que te pido es que mantengas la mente abierta. —Se inclinó hacia delante, apoyó los codos sobre las rodillas y se pasó una mano por el cabello despeinado—. Mi nombre no es Anthony Starling. Es Anthony Stark. Seré el hijo de Howard Stark. Vengo del año 2013.
El silencio era ensordecedor.
La expresión en el rostro de Steve no cambió, ni siquiera un poco.
Tony bajó la mirada, alejándola de Steve. Apretó los puños con fuerza, ignorando la punzada de dolor en su hombro. Conforme el silencio se alargaba, Tony estaba seguro de que iba a explotar.
—¿Por qué estás aquí en 1944? —preguntó Steve con voz suave, y Tony brincó de la impresión al escucharlo. Levantó la mirada hacia él sin poder dar crédito.
—¿Me crees? —le preguntó—. ¿Así nada más?
Negando con la cabeza, Steve tomó una mano de Tony con la suya.
—No estoy seguro todavía, la idea es bastante difícil de procesar. No obstante, tienes frente a ti a un hombre que puso su fe en lo imposible cuando se metió a una máquina como un asmático de 45 kilos y salió convertido en el Capitán América.
Tony sonrió y meneó la cabeza. Maldito anciano que parecía no perturbarse ante nada.
—Eso también explicaría algunas cosas —siguió diciendo Steve—, como la manera en que hablas y actúas.
Tony no pudo evitarlo, se comenzó a reír. Más aliviado que nada, sonrió antes de decir:
—Demonios, y yo que creía que me estaba mezclando tan bien. —Apretó la mano de Steve—. Estoy aquí porque unos hombres malos del futuro retrocedieron a este tiempo para asegurarse de que ciertos eventos nunca sucedieran. Afortunadamente fallaron y las cosas se están desenvolviendo justo como deberían hacerlo —dijo Tony y se calló de repente, preguntándose cuánta información debía revelarle a Steve.
—Si todo salió bien, ¿entonces por qué no has regresado a tu tiempo?
Tony suspiró. Diablos, Steve era bastante perceptivo.
—Bueno, se suponía que era un viaje sólo de ida... Estoy trabajando en ello, pero no estoy seguro de poder conseguirlo.
Steve lo miró fija y pensativamente.
—Debió de haber sido una razón muy importante la que te trajo aquí, para que arriesgaras tanto al venir.
Tony asintió y miró directo hacia los ojos azules; deseaba con todo el corazón que Steve pudiera comprender.
—Valía toda la pena del mundo.
Steve no dijo nada durante un largo rato, estaba sopesando todas las palabras que se habían dicho entre los dos. Ni siquiera podía comenzar a imaginar cómo sería viajar a través del tiempo. Tony era un hombre del futuro ahí en el pasado intentando conseguir lo imposible.
Un pensamiento terrible se le ocurrió de repente. ¿Qué pasaba con ellos dos? Su corazón comenzó a latir más fuerte y las palmas de las manos le sudaron. ¿Y si todo había sido una mentira?
—¿Tony? —preguntó inseguro, no muy convencido de querer saber la respuesta—. Lo que hemos tenido tú y yo, ¿ha sido...? ¿Es...? —bajó la voz hasta enmudecer, sintiéndose repentinamente asustado y deprimido.
Los ojos castaños de Tony se abrieron mucho cuando éste comprendió qué era lo que Steve estaba tratando de preguntarle. Lo interrumpió rápidamente.
—Steve, lo único que me mantiene cuerdo y capaz de seguir funcionando en esta época, eres tú.
Tony se inclinó hacia él y lo besó suavemente. Steve colocó las manos en las caderas de Tony y tiró de él para acercarlo. De modo distante, Steve pudo escuchar el tintineo metálico que las placas de identificación de Tony hacían contra el metal que tenía en el pecho. El ruidito lo hizo detener el beso; ya antes lo había escuchado muchas veces y siempre se había preguntado qué era lo que provocaba. Ahora lo sabía.
—¿Toda la gente en el futuro tiene uno de éstos? —preguntó señalando hacia la luz azul.
Decepcionado de que la sesión de besos hubiese terminado, Tony bajó la mirada.
—No, este es un privilegio terrible que sólo me pertenece a mí —dijo y miró a Steve con tristeza—. Es mi penitencia —confesó en un susurro, diciendo por primera vez en voz alta aquella verdad oculta.
Steve se movió hacia delante con curiosidad, ansioso por escuchar esa historia, pero Tony negó con la cabeza.
—Es una larga, triste y trágica historia. Digamos solamente que me hizo querer ser un mejor hombre... Me hizo un mejor hombre. Te la contaré... Prometo que te la contaré algún día, pero por ahora entre menos sepas, mejor para los dos. Lo siento.
El rubio inclinó la cabeza.
—No lo comprendo.
Tony suspiró con cansancio.
—La historia le da forma al futuro, y los eventos que suceden aquí tendrán efecto en mi tiempo. No puedo interferir con lo que va a suceder o me arriesgaría a cambiar el futuro. Todo pasa por una razón, sea buena o mala.
Steve lo miró con expresión perpleja y Tony soltó una risita.
—Te pondré un ejemplo: si yo le dijera a Howard que en un par de meses va a conocer a su futura esposa en un baile de la alta sociedad, podría hacerlo cambiar de parecer. Quizá no asista al baile, y entonces yo nunca nacería.
Steve comenzó a comprender, y conforme lo hacía, abrió más y más los ojos. Se sentó muy recto en su banco y soltó un silbido, abrumado.
—Es mucho para asimilar —murmuró.
Tony se rió sin humor.
—Dímelo a mí.
Se quedaron sentados en silencio durante un largo rato; Tony observaba atento al Capitán América. Casi podía ver a su cerebro trabajar mientras absorbía aquella información, calculando y tomando decisiones.
Tony podía contentarse con estar así, observando a Steve durante todo el día. En ese momento ya se sentía más ligero, como si le hubiesen quitado un peso de encima del pecho; se sentía bien saber que alguien sabía realmente quién era él. Incluso si nunca conseguía regresar a casa, al menos Steve sabría toda la verdad.
—¿Puedo tocar? —la voz de Steve lo sacó de sus pensamientos.
Tony parpadeó.
—¿Disculpa?
—¿Puedo tocarlo? —dijo el rubio e hizo un gesto con la cabeza. Estaba mirando intensamente al brillo azul en el pecho de Tony.
—Claro —susurró éste. Sintió un escalofrío cuando Steve colocó una mano en el anillo de luz y trazó con una caricia el contorno donde se unía la piel cicatrizada con el metal. Parecía fascinado.
—¿Al menos puedes decirme qué es lo que hace? —preguntó Steve.
Una expresión de infinita tristeza cruzó las facciones de Tony, haciéndolo verse más viejo de lo que Steve lo había visto nunca.
—Mantiene a raya a unas piezas de metralla para que no consigan llegar a mi corazón y me maten.
Asustado, Steve parpadeó. Justo cuando creía que nada más podría sorprenderlo...
—Entonces, si te lo sacan... —dijo y se calló repentinamente, cubriendo con su mano el brillo azul en un gesto indudablemente protector.
Ambos hombres se quedaron congelados en esa postura durante un instante: la enorme mano de Steve presionada contra la frialdad del pecho de Tony.
Entonces, sintiendo cómo la adrenalina corría a través de sus venas, Tony se abalanzó hacia delante y besó al rubio con fiereza; todo el sentimiento que no podía expresar adecuadamente, desbordándose.
Mientras Steve le correspondía el beso también de manera desesperada, las cosas se intensificaron rápidamente, las confesiones imposibles alimentaban su necesidad; la tensión y pasión contenidas estaban sobrepasándolos. Necesitaban tocarse el uno al otro, reafirmar que estaban vivos. Steve casi había perdido a ese hombre a quien había aprendido a amar; no podía soportar la idea de no verlo nunca más.
Jadeando, Tony se alejó un poco para poder quitarle la camisa al Capitán América, dejando al descubierto su ancho y esculpido pecho. Tony se movió primero; se puso de pie y tiró de Steve para conducirlo hacia su pequeño catre. Steve lo siguió gustoso, pateando torpemente sus botas para quitárselas mientras caminaban hacia ahí.
Tony se sentó lentamente, se quitó sus propias botas y pantalones sin quitarle los ojos de encima a Steve, quien también se estaba retirando su ropa inferior. Tony tuvo que aguantarse de soltar una risita; se habría podido burlar de los calzoncillos bobos y descoloridos que Steve vestía, pero no tenía caso reírse porque él traía puestos unos idénticos.
Steve se acostó junto con él en el catre y ambos formaron un nudo de brazos y piernas, Steve tratándolo con cuidado para no tocar su hombro vendado. Era la primera vez que ambos estaban juntos así de desnudos; Steve finalmente comprendió por qué Tony nunca se había quitado su camisa antes durante las ocasiones en las que habían intimado.
Las últimas doce horas habían sido una ráfaga de emociones revueltas para ambos hombres. Y en ese momento, con la verdad al descubierto, los dos sentían que la tensión siempre presente y siempre ignorada, se disolvía lentamente hasta desaparecer.
Steve acarició los músculos esbeltos de Tony con sus manos enormes, hacia abajo, hasta que pudo sacarle los calzoncillos. Tomando la erección de Tony con una mano, la acarició firmemente, devorando el fuerte jadeo emitido por éste con un beso demandante. Recuperando el buen juicio, Tony le regresó el favor a Steve y le empujó los calzoncillos hacia abajo hasta sacárselos. Finalmente, ambos se recostaron oprimiéndose el uno contra el otro, lado a lado encima del catre, acariciándose mutuamente sus erecciones, devorando los gemidos del otro por medio de besos torpes y húmedos.
Tony presionó sus labios contra el cuello tibio de Steve y recorrió aquella piel con besos rumbo a los pectorales musculosos, incapaz de obtener suficiente de aquel hombre perfecto.
—¿Tony? —jadeó el soldado, arqueando sus caderas lascivamente hacia él.
—¿Mmm? —gimió Tony contra los músculos firmes.
—¿Podemos... mmm... podemos hacer más?
El hombre del futuro se congeló en medio de su exploración. Levantó la mirada, buscando los ojos azules.
Steve estaba totalmente sonrojado, dulcemente inocente.
—Yo, um... Escuché que había más —confesó con un susurro.
Tony gimió; aquella voz vacilante hacía todo tipo de cosas en su libido. Observó a Steve durante un largo momento antes de besarlo con rudeza.
—¿Estás seguro? —murmuró.
La respuesta fue un jadeante:
—Sí.
Habiéndole otorgado luz verde, Tony intercambió posiciones con Steve. No tenía lubricante, ni siquiera tenía una jodida idea de dónde sacar o comprar lubricante en los años 40, así que iba a tener que improvisar. Arrastrándose por encima de aquel cuerpo perfecto, Tony presionó sus dedos contra los labios cálidos de Steve, estremeciéndose cuando éste los chupó instintivamente. Al mismo tiempo que sumergía sus dedos en la boca de Steve, Tony se tragó su pulsante erección. Steve gimió ruidosamente al tiempo que Tony le prodigaba atención; éste deseaba asegurarse de que Steve quedara lo suficientemente mojado y listo.
Steve trataba de ahogar sus gemidos mientras chupaba fuerte los dedos de Tony, arqueándose hacia la caliente y húmeda asistencia que éste le estaba brindando en su miembro. Momentos después, Tony retiró sus dedos pero continuó chupándole la erección profundamente.
Tony rápidamente maniobró sus dedos resbalosos para prepararse él mismo para recibir a Steve. Había transcurrido bastante tiempo desde que había tenido sexo con alguien, y muchísimo más tiempo que no se había acostado con otro hombre. Pero la idea de tener sexo con el Capitán América, la fantasía que se había imaginado desde hacía tiempo en su propia época, estaba haciéndose realidad. Nunca antes había deseado nada con más ganas en toda su vida.
Con una última lamida, Tony liberó la erección de Steve de su boca. Se movió hasta quedar a horcajadas encima de aquellas caderas delgadas. Ojos azules ávidos y deseosos lo estaban mirando con entera confianza. Usando su brazo bueno para sostenerse, apoyándolo en el ancho pecho de Steve, Tony comenzó a bajar lentamente, permitiendo que el bien dotado Capitán se enterrara en él. Siseó de dolor conforme sus músculos daban de sí, resbalando lentamente, estirándose a su máxima capacidad.
Steve casi pierde el control; aquel calor mojado, apretado e increíble era casi demasiado.
—Tony... —gimió, observando el amado rostro de su compañero contorsionarse de dolor por encima de él. Tony se detuvo durante un momento, jadeando, tratando de ajustarse a la intrusión. Mientras Steve elevaba el torso apoyando los codos sobre el catre y lo besaba firmemente, Tony se removió sobre su regazo. El movimiento repentino causó que los dos hombres jadearan con placer.
—Joder, Steve... —murmuró Tony, mordiéndose los labios hinchados de tanto ser besado. De nuevo movió las caderas; el dolor ya estaba disminuyendo, siendo remplazado por un placer indescriptible y abrumador.
Comenzaron a moverse lentamente el uno contra el otro, estableciendo un ritmo, ganando fuerza y velocidad. Steve colapsó de nuevo sobre el catre, colocando las manos sobre las caderas de Tony y apretando lo suficientemente duro como para dejar marcas. Pronto, en el laboratorio sólo se escuchó el eco del chirrido de los resortes del catre, de las respiraciones agitadas, y del ruido de los cuerpos empapados de sudor resbalando y golpeándose el uno contra el otro.
El ángulo cambió cuando Tony se movió un poco; Steve golpeó su sensible punto interno una y otra vez. Estremeciéndose, Tony sintió que su cerebro se volvía papilla y que su cuerpo temblaba sin parar, ansioso por liberarse.
—Steve, oh Dios, sí... —siseó.
El rubio sintió la ya conocida sensación en espiral que se formaba en su vientre justo antes del orgasmo. Levantó la vista hacia el hombre que estaba montándolo. Quería recordar ese momento para siempre... el cabello oscuro empapado de sudor, la venda blanca alrededor del hombro musculoso, el resplandor azul del metal en su pecho, brillante y lleno de vida, el constante tintineo rítmico de sus placas de identificación conforme se movía.
Tony se puso imposiblemente apretado al tiempo que se corría, gritando, derramándose caliente encima del cuerpo musculoso debajo de él. Steve apretó los dientes, gimió bajito, empujó una última vez tan profundo como pudo, y se corrió, llenando a su amante.
Jadeando, Tony se dejó caer encima de Steve; su cuerpo todavía palpitando de placer. Unas manos enormes estaban acariciándole la espalda, de arriba abajo, con enorme ternura.
—¿Tony? —le habló Steve todavía con la voz un tanto sofocada.
Satisfecho y completamente agotado, Tony apenas sí consiguió responder con un gruñido.
—Después de que descanse, teniente Starling, voy a tener que echarle bronca por haberse sacado la bala del hombro usted mismo y por haberle ocultado la herida a su oficial a cargo.
Incorporándose un poco, Tony miró a Steve con ojos asombrados antes de que una sonrisa enorme le cruzara por la cara.
—¡Señor, sí señor!
Steve se despertó gimiendo; acaba de tener un orgasmo ardiente y largo, empapando su pantalón de pijama. Se quedó tendido en su cama jadeando fuertemente, todas las terminales nerviosas de su cuerpo ardiendo de placer. El sueño había sido tan real. No, no un sueño... Se había tratado de un recuerdo.
Podía recordar a Tony en el laboratorio confesándole su secreto en voz baja: el hombre que le había robado completamente el corazón, provenía del futuro.
Sollozó de dolor y se tomó la cabeza punzante entre las manos; todo parecía tan fresco. Todavía podía recordar el sentimiento de impactante sorpresa, casi bordeando en la incredulidad. Pero más que la confusión, Steve recordaba lo que había sucedido después: Tony moviéndose encima de él, los dulces gemidos de éxtasis...
Se sintió excitado otra vez. Metiendo una mano por debajo de sus ya mojados pantalones, Steve Rogers se acarició rudamente su erección en búsqueda de otro orgasmo y con la visión de Tony Stark llenando su mente.
nota de la traductora: Je, muchos adivinaron que el lemon ya estaba aquí, y así fue. Espero que el capítulo les haya gustado, personalmente es uno de mis favoritos. Lamento no responderles sus comentarios de uno por uno, esta semana tengo mucha tarea escolar, así que quise dejarles este cap. para dedicarme a ella. Quizá pueda traducir el sig. el sábado o el domingo. ¡Muchas gracias por sus favoritos y comentarios! Nos leemos prontito.
