¡Hello, darlings! Perdón por no actualizar ayer, pero la inspiración no ayudaba y no tenía el capítulo terminado. Avisé por mi página de FB, MrsDarfoy, así que si pudierais seguirme para enteraros de este tipo de cosas, estaría muy guay :)

Antes de dejaros leer, quiero hablar de una cosa. Hace unos días descubrí que un fic mío, "Sin compromiso" había sido plagiado. A ver, no me gusta utilizar la palabra "plagiado" porque la chica me dijo que no lo hizo con mala intención y lo borró en seguida, pero eso está feo. No voy a decir tu nombre por razones obvias, pero si lees esto, quiero que sepas que no te guardo rencor. Solo quiero hacer la reflexión habitual sobre lo mal que está robar ideas ajenas. Si alguien quiere llevar o adaptar alguna de mis historias a otra plataforma, que se ponga en contacto conmigo primero y hablaremos. También quiero dar las gracias a todas las personas que me dieron su apoyo y dejaron comentarios en la historia pidiendo que se eliminara.

Y ahora, sin más... ¡Capítulo 10!


PRESCINDIBLE


«La casualidad nos da casi siempre lo que nunca se nos hubiera ocurrido pedir».

Alphonse de Lamartine

Capítulo 10: Caminos cruzados

Hermione permaneció al final del grupo, en una esquina. Sujetaba el paraguas con fuerza; desde el mismo instante en que había puesto un pie en Estados Unidos, apenas unas horas antes, había empezado a llover, y todavía no había parado. Ni el cielo se había atrevido a dejar lucir el sol en un día tan triste.

La señora Darcy se abrazaba a su hijo con fuerza mientras lloraba desconsolada. Will, en cambio, permanecía pétreo. El único signo de tristeza que dejaba escapar eran las lágrimas que se caían por sus mejillas y se entremezclaban con las gotas que mojaban la tierra. Hermione lo conocía; sabía que se mostraba fuerte no por él, sino por su familia.

Cuando el sacerdote terminó de hablar, todos los asistentes ―que no eran pocos―, se acercaron al ataúd a dejar una rosa. Hermione posó la suya suavemente sobre la madera pulida. «Sit tibi terra levis, señor Darcy», pensó. Se apartó a un lado hasta que hubieron enterrado el ataúd y la familia se despidió del sacerdote, y entonces se acercó a ellos. La señora Darcy, a pesar de los ojos enrojecidos y los labios apretados, intentó sonreírle. Se abrazaron.

―Es un placer conocerte, aunque sea… Aunque sea en estas circunstancias ―dijo la mujer.

Hermione asintió con pesar.

―Lamento su pérdida de todo corazón, señora Darcy. ―Miró a la hermana de Will―. Laura…

Laura, una chica unos años más joven que ella, con el pelo rubio y mismos ojos que Will, se lanzó a sus brazos como si se conocieran de toda la vida. La única vez que se habían visto había sido un día en casa de Will, cuando este literalmente la arrastró delante del ordenador para que su hermana, con quien estaba haciendo Skype, la viera. Aquel día, la chica lucía radiante como el sol; habían charlado sobre sus estudios, con los que la chica estaba muy entusiasmada, y se habían reído con anécdotas sobre la infancia de Will. Unos minutos hablando y Hermione ya sentía que si vivieran más cerca, Laura y ella serían buenas amigas.

Pero una muerte apagaba los ánimos de cualquiera.

Cuando se separaron, ninguna dijo nada, pero Laura entendió la mirada de ánimo y apoyo que le lanzó Hermione.

Cuando llegó el turno de Will, este la abrazó como si así pudiera borrar todo lo malo que había sucedido. Hermione se dejó estrujar entre sus brazos y apoyó la cabeza en su hombro; ¡Merlín, cuánto lo había echado de menos! Casi se sintió culpable por dejarse reconfortar en vez de ser ella la que estuviera aliviando su dolor.

―Lo siento ―susurró contra su cuello.

Will se separó finalmente de ella y le dio un beso en la frente.

―Gracias por venir. No tenías por qué…

―Claro que sí ―interrumpió Hermione.

―¿Quieres quedarte a comer? ―intervino la señora Darcy.

Hermione no había comido nada desde el día anterior, antes de coger el avión, y sintió el impulso de aceptar, pero entendió que solo se lo ofrecía para quedar bien, así que negó con la cabeza.

―Tengo que volver a Inglaterra. Le dije a mi jefe que no me ausentaría mucho tiempo.

Y era cierto. Le había escrito una carta a toda prisa a Kingsley diciéndole que tenía que ir a Estados Unidos por motivos personales y que no tardaría en volver, que buscara quien la sustituyera durante ese día.

―Mamá ―Will se acercó a la mujer y le dio un beso en la mejilla ― ¿por qué no vais al coche? Me gustaría despedirme.

La señora Darcy miró primero a su hijo y luego a Hermione, y sonrió ligeramente, pero se le empañaron los ojos. Sin duda, ver a una pareja joven y enamorada dolía. Madre e hija se dirigieron a la camioneta vieja con la que habían ido al entierro.

Cuando se quedaron solos, Will volvió a abrazarla con más fuerza que antes. Se miraron a los ojos, marrón contra marrón, durante unos segundos, y se besaron. Los labios de él sabían a lágrimas saladas.

―¿No podrías… quedarte un tiempo? ―preguntó. El tono de súplica de su voz partió el corazón de Hermione en dos.

―Creo que tu familia preferirá no tener a una intrusa en casa. Necesitan tranquilidad y tiempo para curarse ―argumentó.

Lo que menos querrían los Darcy en aquellos momentos eran miradas de lástima y silencios incómodos.

Will suspiró; sabía que Hermione tenía razón. Pero aun así, la echaba de menos.

―¿Cuándo ―Hermione odiaba tener que hacer aquella pregunta― volverás?

Will se pasó una mano por la cabeza.

― Laura quiere quedarse a ayudar, pero tiene que volver a la universidad pronto si quiere mantener sus buenas notas, pero no lo hará si sabe que mamá está sola. ―Hermione asintió―. He pensado en pedir una excedencia de un mes y quedarme para ayudar con el papeleo, la granja y todo lo demás.

El repiqueteo de la lluvia contra los paraguas se hizo más persistente, señal de que pronto el tiempo se pondría peor. No quería que Will tuviera que conducir bajo la lluvia con ese tiempo ni quería que la tormenta interfiriera con sus poderes. La Aparición Intercontinental ya era bastante peligrosa de por sí, pero si alguien se enteraba de que la había realizado bajo los efectos electromagnéticos de una tormenta, podría meterse en un lío muy gordo.

Era hora de decir adiós. O hasta pronto, en ese caso.

Se despidieron con un último beso. Hermione le hizo prometer que la llamaría más a menudo y que no la mantendría en la oscuridad como hasta entonces.

Cuando Hermione se quedó sola, cerró el paraguas, dejando que la lluvia la mojara. Desde pequeña, le había gustado la lluvia, y aunque prefería pasar las tardes leyendo, de vez en cuando suplicaba a sus padres que salieran a dar un paseo. Le encantaba saltar dentro de charcos, para disgusto de su madre, que siempre le advertía de que caería enferma si seguía haciéndolo. Inspiró hondo y cerró los ojos; ya era hora de volver a casa. Se concentró en una sola imagen, su habitación. El aire vibró a su alrededor, se convirtió en un remolino, y en cuestión de segundos, todo volvió a la calma. Hermione abrió los ojos; estaba en su piso, a miles de kilómetros de distancia de Will. Se sentó en la cama, a la espera de que se le pasara la habitual sensación de mareo de las Apariciones, y decidió darse una ducha y cambiarse de ropa, no fuera que su madre tuviera razón al final y terminara resfriada.

Cuando salió del baño, ya cambiada y con el pelo húmedo, decidió que era buena idea salir a tomar un café. Si bien la cafeína no solucionaba nada, siempre ayudaba a reflexionar y pensar con más claridad. Y Hermione tenía mucho en lo que pensar últimamente.

~ · · · ~

Si algo caracterizaba a Lucius Malfoy, era su mirada penetrante. Era un rasgo, según él, que debía tener cualquier hombre de negocios ―y aristócrata― que se preciara. Servía para poner nervioso al adversario, evaluar al posible socio o, en este caso, intentar descubrir cuáles eran las intenciones ocultas de su hijo.

―Por enésima vez, padre, esa mirada no funciona conmigo. Soy tu hijo, no uno de esos muggles con los que tratas; la tengo muy vista ―señaló Draco con aplomo―. Bueno, ¿qué me dices? ¿Me dejas volver ya o tengo que ponerme a suplicar?

Lucius enarcó una ceja.

―Un Malfoy nunca suplica. Creía que al menos eso sí que se te habría quedado de todo lo que te enseñé.

Draco esbozó una sonrisa cínica. De su padre había aprendido pocas cosas, y menos todavía habían sido buenas.

―EL Señor Tenebroso no opinaría igual.

Sabía que arriesgaba mucho revolviendo el polvo de esa parte del pasado familiar, pero no había podido resistirse. No soportaba esos aires de grandeza y magnanimidad con las que su padre iba por la vida. No después de haber visto cómo los mortífagos invadían su casa sin que su padre se atreviera a protestar. No le iría mal que se lo recordaran de vez en cuando.

Lucius lo miró con rabia contenida, pero relajó el rostro y centró su atención en su vaso de brandy. Lo levantó, admirando el color rojizo del líquido.

―Una última oportunidad, Draco. El señor Hamilton quedó muy satisfecho contigo, así que te trasladaré a la sección de finanzas. ―Miró a Draco con seriedad―. No me falles. No dejes que nada te distraiga.

Ahí estaba. Todo se reducía a lo que había pasado dos años atrás.

―No oirás ni una queja de mí ―prometió Draco con una sonrisa de dientes perfectos―. ¿Puedo volver ya a mi apartamento?

―¿No crees que hay demasiados recuerdos?

«Le encanta hurgar en la herida, y luego se queja cuando hago lo que hago».

―Lo tengo superado, padre.

Por la mirada que Lucius le dedicó, quedaba claro que no creía ni una palabra, pero para suerte de Draco, decidió zanjar el tema con un asentimiento de cabeza.

―Y es hora de que vuelvas al mercado, ¿no crees? Ya has lloriqueado bastante, ahora debes buscarte a otra mujer. Una más… adecuada, a ser posible.

Draco puso los ojos en blanco. Su padre no descansaría ―ni lo dejaría a él en paz― hasta verlo deslizar un anillo de boda en el dedo de una guapa heredera sangre pura. Y ya podría morir en paz si le diera un nieto. Varón, por supuesto.

―¿Se ha abierto ya la temporada de caza? ―dijo Draco con ironía. Frunció los labios―. No estoy de humor para flirteos ni relaciones, padre. No todavía, al menos ―añadió para apaciguar los ánimos.

Lucius esbozó una sonrisa tirante.

―Ya cambiarás de opinión con el tiempo. Ahora…―Abrió uno de los cajones y sacó algo. Se lo tiró Draco; resultaron ser las llaves de su antiguo piso―. Bienvenido a casa.

Dicen que el hogar está donde está el corazón. Si eso era cierto, Draco nunca se había marchado de Londres.

· · ·

¿No te conté que me había mudado con Potter? Hace dos meses que no vivo con mis padres, gracias a Merlín. Juro que no aguantaba más su parloteo incesante sobre bodas o compromisos. Bueno, volviendo al tema… ¿Quieres que nos veamos en el Callejón Diagon mañana a las cuatro? Podemos ir a mi casa (o sea, la de Potter), estaremos más tranquilos allí.

Pansy

Draco sonrió al ver que seguía refiriéndose a su novio por su apellido. «Los viejos hábitos de la escuela son difíciles de abandonar, supongo. Hermione y yo tardamos un año en…». Draco cortó el pensamiento de golpe. Cuanto menos pensara en ella, mejor. Ya tendría bastante en qué pensar cuando se la encontrara por primera vez, algo que, estando ambos en Londres, no tardaría en suceder. La verdad era que se sentía un poco ansioso por verla de nuevo.

―Llegas tarde ―señaló Pansy con un mohín cuando vio a Draco acercarse.

―Solo llego cinco minutos tarde. ―Señaló con la cabeza las bolsas que colgaban del brazo de su amiga―. Y por lo que veo, has estado entretenida. ¿Qué es, lencería para una noche salvaje con Potter?

Pansy lo fulminó con la mirada.

―No es de tu incumbencia. ―Sonrió y le guiñó un ojo―. Y no necesito lencería provocativa para conseguir una noche de sexo salvaje, querido. Me basta con poner ojitos.

Draco soltó una carcajada y estrechó a Pansy entre sus brazos. ¡Demonios, cómo la había echado de menos! Si se hubiera preocupado por mantener más el contacto con sus amigos mientras estaba en París, los meses se le hubieran hecho más cortos.

―Venga, venga, que vas a arrugarme el vestido ―se quejó Pansy, pero cuando se separaron, sus ojos brillaban de emoción. Ella también se alegraba de la vuelta de Draco―. ¿Vamos a mi casa, pues?

Draco asintió y le ofreció su brazo.

―Quiero ver en qué clase de sitio te ha metido Potter.

El apartamento no estaba mal: pequeño, sencillo, pero práctico. Y se notaba que Pansy vivía allí, porque todo parecía renovado. Con mucho mejor gusto, cabía destacar. Draco se dejó caer en el sofá de dos plazas.

―¿Quieres un café? ―ofreció Pansy.

Draco negó con la cabeza, por lo que Pansy se sentó a su lado.

―Bueno… ¿Cómo va aquello que me contaste sobre una tienda de ropa?

Su amiga sonrió, complacida y pagada de sí misma.

―La señora Trudeau me eligió, por supuesto.

La señora Trudeau era un icono en el mundo de la moda. Cualquier bruja que se preciara (y tuviera galeones de sobra) llevaba al menos una vez un vestido suyo a una fiesta. Pansy había solicitado unos meses atrás un puesto en su empresa y finalmente había sido aceptada.

―¿Y en qué consiste principalmente? ¿Pasas por delante de las modelos como un comandante con sus soldados y eliges los vestidos que más te gustan, o cómo? ―preguntó Draco con cierta sorna.

Pansy entrecerró los ojos. Nunca se había tomado con humor que se rieran de ella.

―Pues sí, imbécil. La señora Trudeau me ha contratado como asesora de moda. Por mis hermosas y elegantes manos pasará todo lo que se llevará la próxima temporada.

Draco estaba seguro de que Pansy exageraba, pero no quería quitarle la ilusión que tenía por su nuevo trabajo, y la verdad era que todo eso de la moda le quedaba como anillo al dedo.

―Me alegro, Pansy. Tú intenta controlar esa lengua viperina tuya y todo saldrá bien.

Pansy soltó una carcajada.

―No puedo prometer nada. Aquello está lleno de chicas con problemas de autoestima y un ego desmesurado (algo un tanto contradictorio, si me preguntas) que sacan las uñas cada vez que ven una mínima posibilidad de hacerle la pelota a la jefa. ―Resopló―. El milagro será que no me encierren en Azkaban por asesinato antes de que termine el mes.

―Menos mal que puedes permitirte un buen abogado. Y hablando de la ley… ¿Qué dirá Potter cuando se entere de que he estado en su casa?

―Nada, porque no pensaba decírselo. No sale del Ministerio hasta dentro de una hora, y pienso echarte en cuarenta y cinco minutos exactamente, así que…

Draco suspiró.

―Ya veo que te avergüenzas de mí.

Pansy sonrió de lado.

―Tengo motivos para hacerlo. Además… ―Vaciló por un momento―. Granger vive arriba.

La respiración de Draco se detuvo por un segundo.

―¿En serio? No lo sabía.

Pansy se encogió de hombros.

―Harry me pidió que no te lo contara. Pero tarde o temprano os encontraréis, y no puedo estar quedando contigo como si estuviéramos haciendo algo malo solo porque tú y Hermione hayáis terminado mal. Lo cual, por cierto ―señaló a Draco con una uña perfectamente pintada de negro― fue culpa tuya.

―Has tardado mucho en opinar ―suspiró Draco.

―No estabas de humor para aguantar discursitos meses atrás, pero ahora tendrás que escucharme, jovencito.

―Por Merlín, Pansy, pareces mi madre hablando así…

―¡No me interrumpas! ―Pansy le propinó un puñetazo en el hombro―. Llegas a hacerme a mí lo que le hiciste a ella, y tu madre llevaría más de un año llevándote flores al cementerio. ―Pansy inspiró hondo y ladeó la cabeza―. ¿Qué te pasó, Draco? No te creía tan…

―¿Tan hijo de perra? ―Draco terminó por ella―. No…

El ruido de una llave en la cerradura de la puerta principal los distrajo. Antes de que cualquiera de los dos tuviera tiempo a reaccionar, Harry apareció en el salón.

―¿Estás aquí, Pans…? ¡Oh! ―Potter no parecía contento de verlo allí―. No sabía que tenías compañía ―dijo con dureza.

Draco se levantó.

―Ya me iba. ―Lanzó una mirada de circunstancias a Pansy, quien frunció los labios levemente―. Potter.

Se acercó a él con la mano extendida. El Auror lo miró a los ojos y después su mano, pero decidió estrechársela después de un largo e incómodo silencio.

―Así que ya has vuelto. Interesante. ―El tono de su voz era todo lo neutro que el que una persona podía usar, pero por detrás de sus palabras, flotaba la amenaza. «Acércate a Hermione y te hago papilla», gritaban aquellos ojos verdes.

―Supongo que nos veremos por aquí. ―Draco no iba a dejarse amedrentar―. Adiós, Pansy.

~ · · · ~

―Creía que hoy volvías más tarde ―fue lo único que Pansy fue capaz de decir.

Harry se sentó en el sofá, pero se levantó a los diez segundos.

―¿¡Por Merlín, Pansy, en qué estabas pensando!? ¡Te recuerdo que Hermione vive arriba!

Ella lo miró con reproche.

―¿Tan insensible me crees? Le he dicho de quedar precisamente porque sé que Hermione no está. Y aunque esté, no voy a dejar de ver a mi amigo solo porque Hermione y él no se lleven bien. ―Pansy se levantó también―. No es problema mío. Y tampoco tuyo, por cierto.

―¡Hermione es mi amiga y no voy a dejar que…!

―¿Que qué? ―cortó Pansy―. ¡No es como si no hubierais sabido durante semanas que Draco le ponía los cuernos y no hubierais dicho nada, verdad?

El reproche caló en Harry, que abrió mucho los ojos, dolido.

―Cometimos un error, le pedimos perdón y pasamos página.

Pansy se cruzó de brazos.

―Tal vez a ellos también les toca pasar página. Además, te recuerdo que ahora yo también vivo aquí, y si quieres que esto siga siendo así, no quiero oír quejas sobre los amigos a los que traigo a casa.

Harry frunció el ceño y observó en silencio cómo su novia se metía en el baño. Sabía que tenía razón respecto a eso de pasar página, pero ella no había visto lo mal que lo pasó Hermione cuando se enteró de la infidelidad.

No quería ver sufrir a una de las personas más importantes de su vida. Nadie podía culparlo por eso.

~ · · · ~

Draco cerró la puerta del apartamento suavemente y se alejó por el pasillo con rapidez, antes de que los gritos lo hicieran sentirse culpable por meter a Pansy en un lío con su novio. Bajó las escaleras lentamente, y cuando llegó al exterior, se subió el cuello de la chaqueta; soplaba un viento condenadamente helado aquel día.

Mientras caminaba por la calle, pensó en lo fácil que hubiera sido subir y ver si Hermione estaba en casa. Todavía le debía una disculpa de verdad; además, quería verla. Necesitaba saber que estaba bien, aunque al mismo tiempo sabía que le dolería verla feliz sin él. Y no podía arriesgarse a que su novio abriera la puerta. Ni siquiera él era tan masoquista.

Algo lo hizo mirar al frente. Parpadeó. ¿Podía ser posible? ¿Podía ser que la chica que se caminaba en su dirección con la mirada perdida fuera ella? ¿Acaso estaba teniendo alucinaciones?

No, no era una alucinación. Hermione Granger estaba a diez pasos de él.

Sus miradas se encontraron.


¡Y hasta aquí! Soy mala, lo sé xD Pero en este fic ya estaréis acostumbradas, así que... jajajaja.

Nos vemos en dos semanas más o menos :) Muchas gracias por todo el apoyo que habéis mostrado a la vuelta del fic, os quiero mucho.

P.D: ¿Habéis votado ya por vuestros fics favoritos en los Amortentia Awards? ¿No? ¡Pues venga! Encontraréis el link en la página de Facebook del mismo nombre :)

MrsDarfoy