Capitulo 10
Él iba a matarla.
Rukia se levantó de un salto de su cama mirando su habitación teniendo a su derecha unas puertas correderas que daban a un pequeño balcón privado que había convertido en su jardín en miniatura. Y más allá se veía la Torre del Arcángel.
Dentro, las paredes estaban empapeladas con un diseño en tono crema con matices azules y plateados que hacía juego con el azul oscuro de la alfombra. Las cortinas de las puertas correderas eran de gasa blanca y unos enormes girasoles en flor sobresalían del gran jarrón de porcelana que estaba en el rincón opuesto de la habitación. Aquel jarrón se lo había regalado un ángel chino agradecido cuando ella consiguió atrapar a una de sus incorregibles pupilas. Aquella caza la había llevado a las entrañas de los bajos fondos de Shangai, pero el jarrón era de una pieza de la luz que no había sufrido el paso de los tiempos. Toda la habitación era una guarida, y Rukia había tardado meses en dejarla a su gusto.
No obstante, en aquel preciso momento podría haber estado sentada en cualquier tugurio al sur de Pekín. Tenia los ojos abiertos, pero lo único que veía era la imagen congelada de aquel vampiro de Times Square, al que ni una puta persona se había atrevido a ayudar. Sabía que ella no acabaría así, no si Ichigo deseaba que nadie se enterara del asunto que se traía entre manos, pero al final acabaría muerta.
Él le había hablado del Glamour.
Hasta donde ella sabía, ningún cazador, ningún humano, conocía aquella pequeña parte del poder de los arcángeles. Era algo como ver la cara de tu secuestrador: da igual lo que te diga después, porque sabes que estás acabado.
-De ninguna… puta… manera. –Cerró las manos sobre el edredón y entrecerró los parpados mientras consideraba sus opciones.
Opción 1: Intentar dejar el trabajo.
Posible resultado: Muerte tras una dolorosa tortura.
Opción 2: Hacer el trabajo y rezar.
Posible resultado: Muerte, aunque probablemente sin tortura (algo bueno).
Opción 3: Conseguir que Ichigo jurara no matarla.
Posible resultado: Los juramentos era un asunto muy serio para los ángeles, así que seguiría con vida. Sin embargo, podría torturarla hasta que perdiera la cordura.
-Así que ya puedes encontrar un juramento mejor –murmuró para sí-. Nada de muerte ni tortura, y desde luego nada de Convertirme en vampira. –Se mordió el labio inferior, preguntándose si ese juramento podría extenderse a su familia y amigos.
Familia… Sí, claro. Su familia la odiaba a muerte. Pero ella no quería que los abriera en canal mientras la obligaran a mirar.
Sangre que cae sobre las baldosas.
Plaf.
Plaf.
Plaf.
Una súplica sin resuello, gorgoteante.
Alzar la vista para descubrir que Yuzu sigue con vida.
El monstruo sonriendo.
-Ven aquí, pequeña cazadora. Pruébala.
Plaf.
Plaf.
Rukia apartó el edredón y sacó las piernas por uno de los costados de la cama con expresión gélida. Aquel recuerdo en particular hacía que toda calidez de su alma desapareciera. Allí sentada con las manos en la cara, contempló la alfombra mientras intentaba despejar su mente.
Algo aterrizó en su balcón.
El arma que tenía oculta bajo la almohada estaba en su mano y apuntaba hacia las puertas correderas, tenía el pulso firme, y la sangre llena de adrenalina. Inspecciono el balcón a través de las cortinas. No vio a nadie, pero solo una cazadora muy estúpida bajaría la guardia con tanta facilidad. Y Rukia no era estúpida. Se puso de pie, ajena al hecho de que solo llevaba una camiseta de tirantes blanca y unas braguitas de color verde menta. Sin apartar de vista a la zona exterior, utilizó una mano libre para echar a un lado las cortinas, el balcón quedó a la vista y allí no había rastro de vampiros. Esos cabrones no podían volar, pero si escalar como arañas.
Inspeccionó el lugar por segunda vez. Ningún vampiro, ningún ángel.
Empezó a dolerle la mano de tener el arma en aquella posición, pero no se permitió ningún respiro. En lugar de eso, comenzó a inspeccionar los bordes de la terraza, para asegurarse bien que nada impedía la vista de la barandilla del balcón. Si hubiera habido alguien ahí colgando, habría podido verle las plumas de los dedos.
Tras relajarse un poco, echó una mirada abajo. Enarcó una ceja. Había un tubo de plástico con un mensaje cerca de sus begonias rojas, Frunció el ceño. Los tallos de estas flores se rompían con facilidad. Si quienquiera que hubiese puesto aquello había magullado por accidente las plantas que había cuidado con esmero, lo pagaría muy caro. Al final, convencida de que la zona era segura bajo el arma y abrió la puerta.
Tuvo mucho cuidad cuando inclinó su cuerpo hacia fuera e hizo rodar el tubo hacia ella utilizando el pie. Casi consigue meterlo en la habitación cuando vio la pluma que caía con suavidad sobre un helecho. Dio una patada al tubo, levantó la pistola y apuntó hacia el tejado del balcón (era un balcón techado, no esos al aire libre, no se si me explique bien), jamás se le había ocurrido que el peligro pudiera de arriba.
-¡Esta munición atraviesa la piedra, así que imagínate lo que haría con esa imitación sobra la que estas sentado! –gritó-. ¡Baja de ahí de una vez antes de que la rompas!
Al instante se oyó la sacudida de unas alas. Un segundo después, un rostro angelical ruborizado se asomó cabeza abajo. Rukia abrió los ojos de par en par.
-¿Eres el chico de los recados? Ponte derecho… me estás dando vértigo.
El ángel asintió y la obedeció.
-¡Lo siento! Nunca antes había conocido a un cazador. Sentía curiosidad. –Sus ojos se abrieron como platos cuando bajó la mirada. Sus alas empezaron a batirse a un ritmo frenético.
-Levanta la vista o te haré un agujero en el ala.
La criatura alzó la cabeza de repente, con las mejillas sonrojadas.
-¡Lo siento! ¡Lo siento! Acabo de salir del Refugio. Yo… -Tragó saliva-. Se suponía que no debía contarte eso! Por favor, no se lo digas a Ichigo.
Puesto que el ángel parecía a punto de echarse a llorar, Rukia asintió con la cabeza.
-Tranquilízate, chico. Y la próxima vez que entregues un mensaje ,entra por la puerta principal.
-Ichigo me dijo que lo hiciera así.
Rukia suspiró y le hizo un gesto con la mano.
-Lárgate. Yo me encargaré de Ichigo.
El joven ángel pareció aterrorizado.
-No, no pasa nada. Por favor, no lo hagas. Él podría… hacerte daño. –Las dos últimas palabras fueron dichas en susurro.
-No, no lo hará. –Conseguiría que el arcángel hiciera un juramento, pero no sabía como…-. Ahora, vete… Grimmjow se pondrá celoso.
El joven se quedó pálido y se marcho a tal velocidad que ni Rukia pudo verlo. Bueno, las cosas se ponían interesantes. Has donde ella sabía, eran los ángeles quienes controlaban a los vampiros.
Cerró la puerta tras examinar sus flores, y luego corrió las cortinas y volvió a colocar el arma debajo de la almohada. Después cogió el tubo del mensaje y le quitó la tapa. El teléfono empezó a sonar. Pensó ignorarlo. Pero al ver de quien se trataba de Inoue, lo descolgó enseguida.
-Hola, ¿qué pasa, señora directora?
-Yo iba a hacerte la misma pregunta. Ayer recibí un informe de lo más extraño.
Rukia se mordió los labios.
-¿De quién?
-De Renji.
-No me digas más… -murmuró. Aquel cazador tenía un pasatiempo de lo más peculiar, teniendo en cuenta que es un fanático de las armas y el hecho de que viviera en una ciudad llena de contaminación-. Estaba observando las estrellas, ¿verdad?
Inoue soltó un suspiro.
-Con su magnífico telescopio de super-mega-extra potencia… Y me dijo que tu estabas… bueno… ¿volando? –Esta última palabra la pronunció con incredulidad.
-Tengo que darle las gracias a Renji por considerarme una estrella.
-No puedo creerlo… -susurró Inoue-. Ay, Dios… ¿Estabas ahí arriba volando?
-Sí.
-¿Con un ángel?
-Con un arcángel.
Silencio sepulcral durante varios segundos. Luego:
-Joder…
-Ajá… -Rukia empezó a quitarle la tapa al tubo de nuevo.
-¿Qué estás haciendo? Te oigo respirar.
Rukia sonrió.
-Eres una amiga de lo más cotilla.
-Eso aparece en los libros de normas sobre las mejores amigas. Desembucha mientras intento recuperarme de shock.
-Un ángel me ha traído un mensaje hace unos minutos.
-¿De qué se trata?
-Eso intento averi… -Su voz se apagó cuando consiguió quitar la tapa. Contempló el contenido del tubo, un tubo que había sido protegido con varias capas de material acolchado-. Vaya…
-¿Ruki? No me hagas esto.
Con el corazón en la garganta, extrajo la figura con muchísimo cuidado.
-Me ha enviado una rosa.
Un resoplido de desilusión llegó desde el otro lado de la linea.
-Sé que no quedas mucho con los tíos, cielo, pero puedes conseguir cinco cajas llenas de rosas en la tienda de la esquina.
-Está hecha de cristal. –Mientras hablaba, la rosa reflejó la luz de una manera tan increíble que la dejó boquiabierta-. Madre mía…
-¿Cómo que Madre mía? Madre mía… ¿qué?
Asombrada, Rukia sacó una daga de su cajón, capaz de cortarlo todo. Con mucho cuidado, intentó realizar un pequeño arañazo en el tallo del cristal. No tuvo resultado. Sin embargo cuando lo hizo a la inversa, la rosa dejó un arañazo en la superficie de la daga.
-Joder…
-Rukia, te lo juro que te haré picadillo si no me dices lo que está pasando. ¿Qué es? ¿Una rosa mutante chupasangre?
Conteniendo la carcajada, comprendió lo que tenía en las manos.
-No es de cristal.
-¿Es de circonita? No, espera, seguro que es de plástico.
-Es de diamante.
Silencio absoluto.
Una tos.
-¿Puedes repetir lo que has dicho, por favor?
-Está hecha de diamante. De una pieza. Impecable.
-Eso es imposible. ¿Sabes lo grande que tendría que ser el diamante para tallar una rosa? ¿O acaso es una rosa microscópica?
-Tiene el tamaño de mi palma.
-Lo que he dicho: imposible. Los diamantes no se esculpen. En realidad, es imposible. –Pero Inoue parecía un poco ahogada-. ¿Ese hombre te a mandado una rosa de diamante?
-No es un hombre –dijo Rukia, intentando que su parte femenina no reaccionara con deleite ante tal obsequio-. Es un arcángel. Un arcángel muy peligroso.
-O bien está encaprichado contigo o bien les da propina muy buena a sus empleados.
Rukia se echó a reir.
-No, solo quiere colarse en mis bragas. –Espero a que Inoue terminara de toser-. Anoche le dije que no. Me parece que los arcángeles no les gusta que les digan que no.
-Ruki, cariño, dime que me estás tomando el pelo, por favor. –El tono de Inoue era de súplica-. Si el arcángel te desea, te tendrá. Y… -Se quedó callada.
-No pasa nada, Inoue –dijo Rukia con voz suave-. Dilo: y si me tiene, me destrozará. –Los arcángeles no eran humanos; ni siquiera se parecen a los humanos. Cuando saciaban sus necesidades, perdían el interés por sus juguetes-. Razón por la cual no me tendrá nunca.
-¿Y cómo piensas asegurarte de que no se encargue de ti más tarde?
-Voy a conseguir que me haga un juramento.
Inoue dudó un rato.
-Vale, dejemos las cosas claras. Los ángeles se toman los juramentos muy enserio. Con seriedad mortal, de hecho. Pero tienes que expresarlo con mucha exactitud. Él querrá su libra de carne… y en tu caso, lo mas seguro es que sea literal.
Rukia se estremeció, la idea no le parecía tan desagradable. Y no era por el diamante. Se debía a la sensualidad que había experimentado la noche anterior. Había sido un coqueteo sexual siniestro y con tintes de crueldad, pero también el más intenso que había vivido nunca. ¿Qué ocurriría si él se introducía en su interior, caliente y duro… una y otra vez?
Se sonrojó, apretó los muslos y sintió los latidos de su corazón en la garganta.
-Le devolveré la rosa. –Era una creación extraordinaria, pero no podía quedarsela.
Inoue malinterpretó su frase.
-Eso no bastará. Tendrás que tener algo con lo que regatear.
-Déjame eso a mí. –Rukia intentó parecer segura de si misma, pero en realidad no sabía como iba a regatear con un arcángel.
El querrá su libra de carne.
