Dominada por el Deseo
~Kawaii Tsuki-Chan~
Capitulo 9
En ese momento, él habría corrido hacia la puerta y habría sacado ese cuerpo
húmedo y desnudo del agua para clavar en ella su miembro duro como el acero. Pero no quería perderse lo que ella haría a continuación.
Cuando los pezones se oscurecieron e hincharon todavía más por las caricias, ella se hundió profundamente en la bañera, hasta que sólo las cimas gemelas de los pechos sobresalieron del agua, húmedas y tentadoras. Hermione levantó la pierna derecha y apoyó el talón en el borde de la bañera, luego dobló la rodilla izquierda y abrió las piernas.
Draco no podía ver el sexo de Hermione bajo el agua, pero podía vislumbrar
ocasionalmente un destello de vello canelo, y su imaginación rellenó los espacios. Los ígneos rizos custodiaban una carne hinchada, húmeda y preparada.
Si ella fuera suya, la mantendría así... desnuda y excitada. Y siempre mojada. Se pasaría las mañanas lamiéndole los pezones. Mientras ella desayunaba, él la comería a ella. Se ducharía mientras penetraba con su miembro la boca de Hermione que lo tomaría profundamente hasta el fondo de la garganta. Luego se pondría serio, la llevaría hasta los límites de su cuerpo y de su confianza. No dejaría ni una parte de ella sin tocar. No había nada que no haría con ella, para ella, hasta oír sus gritos de placer.
Hermione lo sacó fuera de su ensueño cuando deslizó la mano desde el pecho,
bajando por el abdomen hasta detenerse entre sus piernas.
Comenzó a acariciarse.
Oh, vaya... si aún no había perdido el juicio, lo haría justo en ese momento...
cuando su cuerpo estallara en llamas.
Se recolocó la dolorida polla en los vaqueros y se acercó al ventanuco hasta
apretar la cara contra el vidrio. Con los ojos cerrados, Hermione dibujó unos círculos lentos con la mano que tenía entre las piernas mientras con la otra continuaba tirando de los pezones, manteniéndolos duros y excitados.
Muy pronto, los movimientos lentos y circulares ganaron velocidad. El agua
desbordó en la bañera, goteando por los mechones de su pelo sedoso, que le caía desordenadamente sobre los hombros. Comenzó a empujar las caderas contra los dedos. Draco percibió electrizantes destellos oscuros, junto con la carne húmeda y abierta.
La lujuria se le arremolinó en el vientre exigiendo alivio, mientras ella, cuyo pecho bajaba y subía con rápidos jadeos, se seguía exigiendo a sí misma. Hermione apuró las vueltas de sus dedos, moviéndolos cada vez más rápido. Los labios, ahora hinchados, se abrieron en una silenciosa boqueada. Cerró con fuerza los ojos. Draco se puso de puntillas al instante para poder ver todavía mejor, agarrándose con tal fuerza al alféizar de la ventana que los nudillos se le pusieron blancos al mismo tiempo que su aliento jadeante creaba unos círculos húmedos contra el cristal.
Luego Hermione tensó las piernas y arqueó la espalda. Se mordió los labios para contener un grito cuando el orgasmo la inundó con una temblorosa sensación. Luego se frotó el clítoris con rapidez, prolongando el placer, y conduciendo a Draco al infierno.
Siguió jadeando, jugando, arqueándose contra la mano que la conducía a otro
orgasmo que llegó momentos después, deslizándose sobre ella como una gigantesca ola. Hermione gritó incapaz ya de contener el sonido. Pero el desesperado placer de su voz atravesó a Draco como una lanza de lujuria.
«Que Dios la ayudara. Que Dios los ayudara a ambos». No existía poder lo
suficiente grande en la tierra para mantenerlo alejado de ese cuerpo en ese momento.
A la mierda con sus planes. A la mierda las consecuencias.
Iba a tomarla. Ya.
Mientras Hermione se elevaba hacia la cumbre del clímax, y se arqueaba ruborizada, abrió los ojos de repente.
Su mirada se encontró con la de él.
«¡Oh, Dios mío!»
Hermione saltó de la bañera, agarró una toalla y se envolvió con ella, cubriéndose lo mejor que pudo. ¡La había visto... y todo lo que había hecho! Se volvió hacia la ventana, esperando que Draco hubiese tenido la decencia de
marcharse para darle privacidad ahora que ya lo había atrapado comportándose como un mirón. Pero Draco seguía allí, imperturbable, sin camisa, con su enorme pecho subiendo y bajando a causa de la respiración entrecortada, controlándose a duras penas. Peor aún, la observaba con una mirada ardiente y depredadora.
Absolutamente sexual. No parecía que fuera a disculparse. Esos ojos le estaban diciendo que lo había excitado. Que la deseaba. Que tenía intención de tenerla.
Punto.
El ardor entre sus muslos que había intentado apagar, latió con fuerza, volviendo de nuevo a la vida. Hermione cerró los ojos, luchando contra el torbellino de deseo que crecía en su interior. Deseo y furia disputaban una carrera en su estómago. Luchando codo con codo, muy por delante de la mortificación que ocupaba el tercer lugar.
Pero al final fue la furia quien llegó a la línea de meta.
¡Maldita sea! Puede que Draco, le hubiera salvado la vida, pero eso no le daba
derecho a invadir su intimidad y espiar cualquier cosa que ella estuviera haciendo, mientras él mismo se excitaba. Arrogante. ¡Grosero! Todos los hombres eran iguales.
El famoso temperamento de Hermione Grander, del que siempre se había enorgullecido su madre, ardió como lava líquida en su interior, devorando a su paso cualquier vestigio de calma y decoro.
Dirigiéndole una mirada llena de veneno a la ventana, Hermione se dio la vuelta con rapidez y abandonó el cuarto de baño, atravesó el pasillo hacia la cocina y la salita, dirigiéndose hacia la puerta trasera de la cabaña.
Antes de llegar a ella, la puerta se abrió. Draco entró, feroz y silencioso. Y tan tenso, que lo más probable era que si le lanzaba un cuchillo, éste rebotara. Él cerró la puerta a sus espaldas con un tranquilo chasquido que resonó en la planta de sus húmedos pies a través del brillante suelo de madera.
—¡Hijo de perra! —le gritó, acercándose a él hasta que sólo los separó un metro—. ¿Cómo te atreves? ¿Creíste que no me daría cuenta o que no me importaría? O tal vez pensaste...
—Basta. —Él no levantó la voz, pero aún así sonó tan cortante como un látigo.
—Vete a la...
—Hermione —le advirtió, rechinando los dientes.
Y ella se interrumpió, ciñéndose firmemente la toalla contra su cuerpo y con el
pecho agitado por la cólera. La voz de Draco aún resonaba en la habitación. La orden implícita ardía en sus ojos. ¿Estaba furioso con ella? Increíble.
Antes de que ella pudiera replicar, él añadió:
—No tenía intención de espiarte, cher. Salí para comprobar la seguridad del
perímetro. Habías dejado la contraventana entreabierta, y no pude apartar la mirada. Lo siento.
¿Una disculpa? ¿Así sin más? ¿Sin intentar justificarse ni defenderse?
La furia de Hermione se disipó... demasiado rápido para su gusto. Maldita sea. Era difícil continuar furiosa con alguien que le había ofrecido una disculpa. E incluso era más difícil permanecer disgustada con un hombre que se había quedado paralizado porque le había gustado verla.
Pero ella era una Granger y no estaba dispuesta a rendirse sin luchar.
—¡No tenías derecho! Todo esto es demasiado embarazoso. Estoy completamente avergonzada.
El dio un paso hacia ella.
—¿De tu cuerpo? ¿De ser una mujer con necesidades?
—¡De que estuvieras observándome! No me puedo creer que estuvieras allí
parado, mirándome como si fuera la estrella de una película porno o algo similar.
—No es la conducta que se espera de un anfitrión, de acuerdo. No es correcto. —Los ojos de Draco brillaron con sinceridad y un deseo que no desaparecía—. Sin embargo, Hermione, debes admitir una cosa: saber que te observaba, que no podía apartar los ojos de ti, te resultó excitante.
—No. —Se negó a proporcionarle esa satisfacción a pesar de saber que la
humedad que manaba entre sus piernas era debida a sus palabras.
—Esos ojos chocolate dicen lo contrario, cher.
—Necesitas gafas. ¿Pensaste que me alegraría saber que convertiste mi baño en un espectáculo? ¿Pensaste que diría «claro, nos conocimos ayer, pero siéntete libre de espiar los momentos más íntimos de mi vida»?
—Sólo pensé en lo hermosa que estabas. —Se acercó todavía más—. Si fueras mía, no tendrías motivos para satisfacerte a solas. —Sonrió—. Por supuesto, me encantaría ver cómo te acaricias sólo por el placer de mirarte.
Bajando la vista, ella no pudo evitar percibir el contorno de la rígida erección que presionaba contra la bragueta de los vaqueros de Draco. Hermione sintió que se le calentaba la piel, y que la excitación palpitaba de nuevo entre sus piernas. ¡No!
Necesitaba su furia, toda esa magnífica ira.
Pero lo único que hizo fue darse cuenta de lo cerca que él estaba. De que estaba medio desnudo, mientras que ella apenas estaba cubierta. Estaba pisando terreno peligroso, en especial con Draco mirándola con ese fuego oscuro brillando en sus ojos.
En especial cuando la respuesta de su propio cuerpo era tan ardiente.
Hermione dio un paso atrás.
—Quieta.
El calmado tono de su orden, la hizo vibrar. Hermione vaciló, pensando a toda
velocidad. No tenía por qué escucharle, no tenía que estar delante de él casi desnuda y acatar sus órdenes. De hecho, sería mucho mejor que no lo hiciera.
—Que te den. No tengo dos años, ni soy un robot —le contestó antes de retroceder de nuevo.
Draco la alcanzó.
«¡Huye!» se dijo a sí misma. Pero él ya la había agarrado suavemente por la
muñeca, aunque ella sentía su presa como si fuera una tenaza de acero. Y también sentía su calor...
—Quédate.
Por alguna razón, algo en su voz la atraía... No, no debía escucharle.
Tal vez era porque Draco encarnaba cada pecado que anhelaba experimentar.
Alguna vez se había masturbado en su oscura y solitaria cama sólo para sentirse frustrada al difuminarse la satisfacción cuando se daba cuenta de que aquello no era real.
Él la soltó y la rodeó lentamente al mismo tiempo que le rozaba los hombros suavemente con la yema de los dedos. El corazón de Hermione se aceleró. Sintió que se le ponía la piel de gallina en los brazos. Ni siquiera quería pensar en lo que le estaría ocurriendo a los pezones que tanto le dolían.
Draco se detuvo a sus espaldas. Su cálido aliento le cosquilleó en ese sensible lugar entre el cuello y los hombros. El calor de él irradió por su espalda y sus piernas. Hermione contuvo el aliento. Dios mío, estaba demasiado cerca. Demasiado cerca para ignorarlo. Demasiado cerca para negar el efecto que tenía sobre ella.
El ardor de entre sus muslos alcanzó nuevas cotas, como si ella no se hubiera acabado de correr hacía sólo unos minutos.
Le dirigió una mirada cautelosa por encima del hombro. Draco estaba allí mismo, esperando, como si hubiera sabido lo que ella haría. Sus miradas se encontraron, la de él era ardiente y exigente. Draco soltó un suspiro fuerte e intenso.
Iba a tocarla.
Un estremecimiento electrizante la atravesó, a la vez que se llamaba estúpida de todas las maneras que conocía. Apartó la mirada de él y clavó los ojos en la puerta otra vez, ciñéndose la toalla con más fuerza.
Draco no dijo nada, pero Hermione podía sentir sus ojos fijos en ella, observando su piel todavía húmeda, su respiración jadeante.
¿Y ahora qué? Esto había pasado de castaño a castaño oscuro en tan solo dos minutos. Y si no quería que pasara a negro, tenía que escapar ya.
—Dime por qué necesitabas un orgasmo —le murmuró al oído.
No podía. Sólo le confirmaría lo que ya debía saber: que una parte de ella, la más desvergonzada, lo deseaba, y sentía mucho más que curiosidad periodística por el placer que él podía darle.
—No es asunto tuyo, Draco.
—No me llames así, no cuando estemos a solas.
Quería que lo llamara señor. Ella siguió allí de pie, temblando, con la mente y el corazón latiendo a toda velocidad entre la incertidumbre y la emoción prohibida. Hermione se sentía... reclamada por las palabras de Draco. Sus órdenes removían algo en su interior y le provocaban un ramalazo de necesidad.
«¿Cómo sería rendirse? ¿Ceder a las exigencias de esa voz?»
Peligroso. Malo. Ceder ante todo lo que Draco representaba y que no debería desear, sólo la llevaría directa al infierno.
—¿Te llamo entonces asno? Sería lo más apropiado —le soltó la bravuconada y se volvió para enfrentarse a él—. No me intimides.
Esperó una fiera respuesta, una orden que fuera más un gruñido de frustración. Pero no llegó.
En lugar de responderle, él se acercó todavía más, hasta que sólo un susurro la separaba del rugiente calor de su cuerpo.
—No hay razón para que te avergüences de tus deseos.
—No lo hago. Llámame reprimida si quieres, pero de lo que me avergüenzo es de tener público mientras tengo un orgasmo —le espetó.
—Eso no es cierto —le dijo él con suavidad.
Tragando, Hermione intentó apartar la vista de su mirada conocedora y sexual. La envolvió entonces su olor, a hombre y a misterio, picante como la comida cajún y duro como la vida en el pantano.
Se apartó poco a poco de él.
—¿Crees que me conoces?
—Sé cosas sobre ti. Sé que no estás segura sobre tu sexualidad. Que tienes deseos que no quieres confesar. Los veo en tus ojos. Deseos prohibidos sobre ser sometida...
—¡No ves nada! No soy una depravada.
—No, no lo eres. Cualquiera que lo crea es idiota.
Draco intentó agarrarla de nuevo, con la determinación plasmada en las rudas facciones masculinas. Hermione no quería saber exactamente qué era lo que estaba resuelto a hacer. Se sintió invadida por el pánico, y lo empujó con la mano, apartándose de su alcance. La espalda de Hermione chocó contra la puerta.
Y Draco se acercó lentamente a ella. Como un depredador. Tenía que escapar. Tenía que hacerlo. Ya.
Hermione fue hacia la izquierda para esquivarle. Draco la bloqueó con el brazo, cortando esa vía de escape. Usó esa misma táctica en el lado derecho antes de que ella pudiera dar un paso en esa dirección.
Luego Draco se inclinó hacia delante, colocando una mano contra la puerta, al lado de su cabeza. Ella no podía mirarlo, se negaba a hacerlo. Como para captar su atención, Draco rozó su cuerpo contra el de ella, consiguiendo que crueles chispas de deseo la recorrieran de arriba abajo. En realidad, ese simple contacto fue suficiente para que ardiera como un petardo.
—Mírame. —Él se apartó para darle un poco de respiro.
Había algo en el interior de Hermione que quería obedecer. Esa voz ronca con ese deje francés y esa orden explícita tiraban de ella. Pensar en rendirse hizo que su estómago se retorciera expectante y que el deseo le latiera en el clítoris. Ese hombre era una enorme contradicción. Un protector agresivo. El hombre que ataba a las mujeres era el mismo que hacía un extraordinario esfuerzo para protegerla.
Eso la confundía. Él la confundía.
Finalmente, ella levantó su tempestuosa mirada hasta que chocó con la de él.
—¿Qué demonios quieres de mí?
—Que seas sincera.
—No, no es eso. Quieres que me rinda, que abra las piernas como una descerebrada y que te dé lo que sea que andes buscando.
Una media sonrisa se insinuó en la boca de Draco.
—Tienes razón en parte. Quiero que te rindas, cher. Quiero que te abras de piernas cuando yo te lo diga. Pero no porque seas una descerebrada, sino por todo lo contrario. —Él se acercó, rozando de nuevo su cuerpo contra el de ella, y todo indicio de sonrisa desapareció—. Quiero que ardas por mí. Quiero enseñarte lo que anhelas en secreto y no te atreves a pedir... quiero enseñarte lo placentero que puede llegar a ser.
Hermione tragó saliva, luego abrió la boca para replicar. Pero, ¿cómo se suponía que debía de contestarle a eso? ¿Qué respondía una mujer a un hombre que decía que iba a satisfacer todas sus fantasías sexuales? ¿Negándose?
—No pienso...
—Piensas demasiado. En todo lo que no debes, en todo lo que te asusta. Prueba a pensar en todas las formas en que podría complacerte.
Oh, ya había pensado en eso.
Draco apartó una de las manos de la puerta. Le rozó la nuca y siguió bajando por las clavículas. Y luego siguió bajando más. Le acarició el pecho cubierto por la toalla, luego le rozó el pezón erecto que suplicaba su contacto.
Incluso a través de la toalla podía sentir la caricia. Un ardiente escalofrío le hizo crepitar las entrañas como si fueran bacon frito. Se quedó sin aliento y paralizada bajo la oscura mirada de Draco.
Él repitió el movimiento otra vez. Y otra. El placer recorrió a Hermione desde las doloridas y tensas cimas de los pezones, bajando en espiral por su cuerpo tenso hasta su vagina. Dejó caer la cabeza contra la puerta, incapaz de contener un gemido.
—Eso es. —Draco presionó los labios contra su garganta mientras seguía avanzando. Su otra mano se unió a la primera en el suave tormento a sus pezones con sólo la delgada toalla entre ellos.
—Quiero ver esos hermosos pezones. Necesito tenerlos en mi boca, cher. Deja caer la toalla.
El deseo burbujeó dentro de Hermione, llevándola al punto de ebullición incluso cuando lo poco que le quedaba de cordura gritó en algún lugar de su mente. El recuerdo de sus caricias en el club y el explosivo placer que había sentido, todavía la obsesionaban. Esos persistentes deseos, unidos a su enérgica orden, hicieron tambalear su autocontrol.
De todos los hombres que podía desear, ¿por qué tenía que ser él? ¿Por qué lo deseaba ahora, cuando un acosador la perseguía?
Maldición, puede que fuera porque Draco era la personificación de cada una de las húmedas fantasías nocturnas que la habían mantenido despierta durante tantas noches. Tal vez fuera porque en ese momento él estaba bajando la mano sobre la toalla, deslizándola sobre su estómago y la curva de su cadera, mientras su impresionante erección presionaba contra ella. No cabía duda, era él y toda esa testosterona. Todo eso distraía a su mente del acosador.
Su madre siempre le había dicho «con la cuchara que escojas, tienes que comer» ¿Podría vivir consigo misma si se alejaba del atractivo prohibido de Draco sin ni siquiera probarlo?
Él curvó la mano sobre su trasero y con la yema de los dedos comenzó a acariciar muy suavemente la hendidura entre sus nalgas. Una nueva oleada de estremecimientos la atravesó. Ella lo reconoció como lo que era, una hábil maniobra. Si ahora se arqueaba para apartarse de sus dedos se apretaría contra su erección. Él no perdía de ninguna manera.
«¿Acaso pierdes tú?», la desafió la vocecita en el interior de su cabeza.
Draco siguió acariciando la hendidura de sus nalgas, esta vez con más fuerza, profundizando un poco más. Una oscura emoción le recorrió la columna. Automáticamente, Hermione jadeó y se arqueó contra su mano.
—Buena chica —le murmuró en el oído, provocando un nuevo escalofrío en su espalda.
El pulgar volvió a juguetear con su pezón, ahora con tanta fuerza que ella podía sentir cada callo de su piel. Volvió a gemir.
—Cher, deja caer la toalla. Montre moi ton joli corp —Su respiración era jadeante, la voz tensa, pero controlada—. Muéstrame tu hermoso cuerpo.
—Ya lo has visto cuando me espiabas.
—Enséñamelo —gruñó Draco.
Oh, Dios. La orden implícita en su voz convirtió el sordo dolor de su entrepierna en un latido. Quería obedecer. Mucho. Un crepitante ardor la recorrió de pies a cabeza. La sangre rugió a través de su cuerpo, hinchando su clítoris. Ya mojada por el orgasmo anterior, sintió que la humedad anegaba sus pliegues más íntimos, amenazando con derramarse. El aroma picante y carnal de Draco destruía cualquier pensamiento racional. Todas las partes de su cuerpo ansiaban sus caricias sin control.
«¿Qué podría ocurrir si cedes?», preguntó la vocecita.
Más decepción y más frustración. Más rechazo y más ridículo.
No obstante, para encontrar los zapatos perfectos tenía que probárselos antes. ¿Ocurriría lo mismo con los amantes? Quizá tres no habían sido suficientes.
—Draco —logró articular en medio de sus provocativas caricias—. Hablo de sexo con la gente para ganarme la vida. No es necesario experimentarlo para hacer el programa.
—Olvídate del programa. Necesitas lo que yo puedo darte. Deja de negártelo.
—No me estoy negando nada. —«¡Estúpida!». Hermione se mordió el labio, segura de que las mejillas ruborizadas y los duros pezones desmentían sus palabras.
Él le agarró la barbilla con la mano.
—Como me mientas otra vez, te azotaré las nalgas con tanta fuerza que no podrás sentarte en una semana. Dime por qué te niegas lo que quieres.
—No me toques. —Ella intentó librarse de su presa.
Draco se mantuvo firme.
—Cher, voy a hacer mucho más que tocarte. Mucho más. Y cuanto más te empeñes en no contestarme, más te haré implorar.
Oh, Dios mío. Sus palabras la hacían arder tanto como la implacable demanda que veía en sus ojos acrecentaba sus miedos. Podría hacerlo; podría hacerla implorar. Y pensarlo la hizo estremecerse.
—Genial. Para tu información, no soy una mujer fatal. No disfruto demasiado del sexo.
El encanto cajún se superponía a su arrogancia con un simple gesto de esos labios que inspiraban el pecado. Draco le depositó unos besos calientes en el cuello y le mordisqueó la curva del hombro.
—Disfrutaste de todo lo que hicimos en Lafayette.
Sorpresa. Eso era lo que había hecho. Había estado demasiado conmocionada para reaccionar en realidad. Deseando y desconfiando de sí misma.
Callándose, tensa y frustrada, hasta que su cuerpo había cedido. Además, sentía curiosidad por él. Por su estilo de vida, pero participar la comprometería mucho más que seguir con la duda. Y tenía el mal presentimiento de que saborear a Draco Malfoy acabaría convirtiéndose en una adicción.
—No nos conocemos.
Las yemas de los dedos de Draco le recorrieron el hombro, dejándole a su paso un rastro de anticipación y la piel de gallina.
—Te conozco lo suficiente como para saber qué te haría gritar de placer. Pero eso no es lo que te detiene.
Le besó el cuello, la barbilla, subiendo poco a poco hasta su boca. Ella se derritió bajo sus labios. Dios, se sentía tan bien. Y ese olor... ¿contendría algún ingrediente que era kriptonita para su autocontrol?
—Ni siquiera nos gustamos —señaló ella, jadeando desesperada, eludiendo el beso... un beso que deseaba tanto que se le retorcieron las entrañas de deseo.
De nuevo, él sonrió con un destello de dientes blancos visible en la estancia bañada por la suave luz del amanecer.
—Ahora mismo me gustas mucho, cher. Me gustaste desde el primer momento, cuando hablamos en el chat. Me gusta que seas lista, intrépida y endiabladamente sexy.
Él murmuró esas palabras contra la boca de Hermione que se sintió desfallecer. En Lafayette, Draco le había tocado los pechos, le había acariciado el clítoris, la había penetrado profundamente con los dedos, sí. Pero ese ligero beso la embriagaba, como el vino más dulce envuelto en pecado y terciopelo, con un toque de lujuria que prometía placer. Ese beso era una demostración previa de fuerza y control. Casi en contra de su voluntad, se inclinó hacia él.
Por un loco instante, Hermione pensó que él se apartaría. Que jugaría con ella, excitándola para luego retirarse. Sin embargo, Draco le tomó la cara entre las manos y le atrapó la mirada con esos ojos grises.
—El recuerdo de tenerte entre mis brazos me ha mantenido duro durante toda la noche. Observarte dormir fue una tortura. Pensé en tumbarme junto a ti en la cama, en arrancarte la ropa a tiras y devorar todo lo que encontrara debajo. Quiero tenerte, cher. Recorrerte con mi boca. Penetrarte profundamente. Quiero que grites mi nombre mientras te corres.
Hermione no podía respirar. Esas palabras no sólo revolucionaban su libido, sino que impactaban en su cuerpo, minando su capacidad de resistencia ante el placer que prometían. Draco la despojaba del aire, de la voluntad de resistir. ¿Cómo sería sentir a Draco? ¿Saborearlo? Ese anhelo le hacía palpitar el clítoris de necesidad. Apenas podía contener los gemidos ante la necesidad de volver a correrse. Y él casi ni la había tocado.
¿Qué ocurriría si le daba rienda suelta a sus deseos? ¿Cómo sería dejarse llevar y entregarse a alguien con toda esa experiencia sólo una vez?
Soltó un suspiro entrecortado. El deseo era como un bosque en llamas bajo un fuerte viento que la consumía sin piedad. Su excitación amenazaba con licuarse entre sus piernas. Se humedeció los labios resecos, pero cuando la mirada de Draco captó el movimiento, subió la temperatura varios grados más.
—¿Quieres tomarme con esa boquita rosada, cher? Mientras te observaba dormir, te veía de rodillas, con mi polla en esa deliciosa boquita tuya.
Hermione apenas tenía experiencia con el sexo oral. Leer y hablar sobre ello en el programa no podía compensar ese hecho. Pero en ese momento, con un hombre enorme como Draco delante de ella, apretado contra ella, parecía algo irrelevante. Draco inspiraba el deseo de probar cualquier cosa, incluyendo su pene.
—Oh, ya veo que te gusta la idea —murmuró él, acariciándole los labios con su aliento—. Esos ojitos castaños se han oscurecido. Me pregunto que más te gusta. Sé que te gusta esto...
Como ya había hecho antes, Draco le acarició los pezones a través de la toalla, ahora dolorosamente duros, rozándolos con los nudillos y las yemas de los dedos. Hermmione contuvo el aliento y no pudo evitar arquearse contra él buscando fin a tan erótico tormento.
—Unos pezones sensibles. Será un placer succionarlos hasta que los pueda sentir hincharse contra mi lengua.
¿Lo haría? La sugerencia la hizo retorcerse de placer.
—No vayas tan deprisa. No he dicho que sí —señaló ella, intentando recuperar la cordura. Pero el tono ronco de su voz hizo que la protesta pareciera un chiste.
¡No, no, no! Draco podría estar excitándola más allá de sus convicciones —más allá de su aguante—, pero al día siguiente... ¿Cómo afrontaría su vida al día siguiente si se dejaba llevar? ¿No tenía suficiente con el acosador? Había quedado con él para entrevistarle para su programa Provócame, no para convertirse en el juguete de un dominante.
—Tu cuerpo ya lo da por hecho, cher. Estás jadeando. Tienes los pezones duros como diamantes. —De repente, Draco buscó la abertura de la toalla a la altura del vientre, la abrió y apretó la cálida palma de su mano contra la piel de Hermione. Él estaba tan caliente, que ella se sobresaltó. Quemaba. Hermione se estremeció. Se acercó más a él. Ahora sus pechos se rozaban. La boca de Draco estaba sólo a un centímetro de la de ella mientras deslizaba la mano sobre su cadera, por su vientre... hasta el nacimiento del vello púbico.
—¿Vas a negarlo, cher?
Hermione vaciló. Si fuera una chica lista, gritaría ahora un «no» rotundo. Se apartaría de él, volvería a esa bañera que había abandonado y que ahora estaría llena de agua fría y se sumergiría en ella hasta el fondo. Pero las yemas de los dedos de Draco dibujaban círculos sobre su vientre, sobre sus muslos, tocando ligeramente el montículo que quería seducir.
Hermione apretó con fuerza los muslos, pero sólo sirvió para sentir más el agudo deseo que bajó por su vientre y se extendió por sus muslos. Tener sólo una toalla encima no la consolaba.
—¿O vas a decir que sí? —murmuró él—. ¿Vas a dejarme penetrarte con mis dedos y mi lengua? ¿Vas a dejar que mi polla te llene profundamente?
Oh, Dios, más palabras provocativas que le hacían tener ideas lascivas y le sugerían imágenes acordes con ellas.
Hermione echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Quería decir que sí, anhelaba más que nunca sentir ese placer prohibido que sabía que Draco podría proporcionarle.
«Una vez. Sólo una vez», le susurró la vocecita en la cabeza. «¿Qué daño podría hacerle?»
Muy pronto, con un poco de suerte, ese asunto del acosador terminaría, y volvería a Los Angeles para grabar la próxima temporada de Provócame. Draco Malfoy sería un tórrido recuerdo al que recurrir en una noche fría para excitarse. Así de sencillo.
—Draco...
—¿Quieres algo? —se burlaba de ella mientras sus dedos se deslizaban con ligereza por su vientre y sus caderas. Esos ojos plateados chispeaban, esa boca juguetona la provocaba sin piedad.
Ella y su resistencia se rindieron.
Como respuesta a su pregunta, le agarró la mano y se la colocó sobre su montículo. Él tanteó con uno de sus cálidos dedos entre los pliegues hinchados y le rodeó el clítoris una vez, dos veces. Hermione se quedó sin aliento, y contuvo el deseo de abrir las piernas para él.
—Si deseas algo, cher, deja caer la toalla. Lo quiero todo de ti, te quiero desnuda.
Hermione se negó a detenerse a pensar, a reconsiderarlo otra vez. Ya tendría tiempo de sobra después. Así que se arrancó la toalla. Esta cayó al suelo lentamente, dejándole la piel de gallina y... nada más. Se estremeció…, pero no de frío.
Draco permaneció delante de ella con una mirada ardiente que prometía un placer capaz de hacerle perder la cabeza.
—No puedo esperar a estar en tu interior. Entraré tan profundamente que jamás lo olvidarás.
La boca de Draco cubrió la de ella en un beso arrollador. No, él hizo algo más que besarla. Él la devoró, la consumió, la poseyó. Hermione se abrió para él, aceptando la estocada hambrienta de su lengua que sabía a especias y que la llenaba de una necesidad abrasadora, mientras se lanzaba a una devastadora danza de seducción. Sintió que se le aflojaban las rodillas. Su pasión era a la vez picante y dulce como la miel y tan dura como el acero. Era única. Embriagadora. Hermione gimió en su boca, y él devoró el sonido con ansia.
Draco bajó las manos hasta sus caderas y las asió con fuerza, atrayéndola directamente contra la erección contenida en los vaqueros. La acomodó justo en el lugar adecuado, y ella sintió que su ansiedad crecía. Tanto que le dolía. La apretó de nuevo contra sí, obligando a Hermione a levantar la pierna para rodearle la cintura, abriendo su cuerpo para él en una súplica silenciosa.
Él aceptó de inmediato, cogiéndole el muslo y anclándolo sobre su cadera, consiguiendo el roce perfecto con su clítoris. Hermione se asió a sus hombros desnudos y duros, intentando resistir a pesar de la mareante necesidad.
¿Había estado alguna vez tan excitada? No. ¿Alguna vez había deseado algo tanto como para sentir que moriría si no lo conseguía? No.
Era una tortura. Era un placer.
Él continuó devorándole la boca, dándole pequeños mordísquitos en los labios, enroscando su lengua con la de él. Draco no dejó sin atender ninguna parte de la boca de Hermione, y la saboreó a conciencia. Con desesperación, ella restregó los pechos contra el muro caliente y duro del pecho de Draco, rodeándole el cuello con los brazos y profundizando más el beso.
Cuando apartó sus labios de los de ella, Hermione se agarró a él en señal de protesta. Él le apartó los brazos y los apoyó contra la puerta con una mirada de advertencia.
Se sostuvieron las miradas, los ojos plateados de Draco brillaban de necesidad, instándola a aceptar todo lo que quisiera hacer a continuación. Hermione tenía el cuerpo demasiado excitado y la mente demasiado obnubilada por el deseo para negarse. La respiración entrecortada de Draco era la única indicación de que no estaba tan controlado como parecía.
Presionándola contra la puerta, Draco se apretó de nuevo contra ella, rozándole el pene otra vez contra su clítoris. Pero ahora, se inclinó para añadir una nueva sensación a la mezcla: su boca en los pezones de Hermione.
Hermione se arqueó contra Draco, no sólo ansiosa por ofrecerle más, sino por el dolor que sentía. Él comenzó una hábil succión, un lametazo provocador.
—Draco —protestó ella suavemente—. Draco.
—Ya sabes cómo llamarme —le advirtió, pellizcando con sus dedos los sensibles pezones—. Hasta que te corras no quiero volver a oír mi nombre en tus labios, ..
—Sí, señor —gimió ella. Lo que fuera para que volviera a tomar los pezones en su boca.
La recompensó con una ardiente succión de las cimas de sus pechos; primero una y luego la otra. Y viceversa. Una y otra vez. Primero con la lengua caliente, luego con tiernos mordiscos que la hicieron jadear y arañarlo.
Mejor tarde que nunca: Muchas gracias a todas por sus reviews, y gracias Selesia y Sally por sus felicitaciones, no se preocupen, aún falta un poco para que entre a clases, por ahora solamente estoy llendo a los cursos de inducción, pero prometo que no las abandonaré! (Como dije, compromiso es compromiso).
NOTA:
¡Aquí me tienen! ¿Que les pareció el capitulo? Muy bueno en todos los sentidos e.e Ya se imaginaran y estense listas para el siguiente. Este fue especialmente largo como recompensa por seguir esta historia y dejarles un poco picadas a la espera del siguiente. (Lo se, soy cruel).
Les recuerdo los días de actualización, dos capítulos por semana: Martes y Viernes. (A menos que halla algun cambio, sobre previo aviso).
Espero sus reviews, se siente tan gratificante el ver siempre uno nuevo, hace que los esfuerzos y desveladas valgan la pena. Nos leemos, hasta el siguiente. Con cariño, eli~
Disclaimer: Esta historia no me pertenece. Es una adaptación del libro "Dominada por el Deseo", de la serie "Guardaespaldas" de Shayla Black.
