Sí, lo sé. No puede ser que haya tardado tanto en actualizar, y me disculpo. Quizás no es excusa, pero el primer año de universidad no es realmente fácil y es poco el tiempo que tengo. Eso sumado a la falta de inspiración hicieron que dejara algo estancada la historia. Pero lo prometido es deuda, aquí les traigo otra actualización y espero que les guste.

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Capítulo Nueve

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Noches Eternas

Todo ocurrió tan rápido que apenas fue capaz de verlo. Una milésima de segundo después de que aquellos ojos dorados se fijaron en ella, Sesshomaru ya la tenía aprisionada por la muñeca con uno de sus látigos venenosos, con el que la atrajo frente a él en el agua.

Kagome no alcanzó ni a gritar. La muñeca le escocía cada vez más por culpa del veneno, pero ni pensaba en eso. No podía despegar sus ojos de los de él, intentando adivinar si pensaba matarla o no.

—¿Qué hacías? —Le preguntó él en un susurro amenazador. Estaban tan cerca que pudo sentir su cálido aliento chocar contra su cara.

En ese momento, allí, en medio de la noche colmada de silencio, temió por su vida. Sabía de lo que Sesshomaru era capaz. Con un simple movimiento podría cortarle el cuello y, entonces, habría pasado por todo para nada: jamás vería a sus amigos ni a Inuyasha de nuevo.

—Yo… —No supo qué decir. Sintió el dolor en su muñeca aumentar y, con ello, su instinto de supervivencia—. Suéltame, Sesshomaru.

—No me gusta que me sigan —sentenció él. ¿Por qué cada una de sus palabras parecía implicar una amenaza?

—Me estás lastimando, ¡suéltame!

Ya sentía cómo el shock por haber sido descubierta se iba pasando y su personalidad salía a flote. Pudo sentir el olor a carne quemada que se desprendía de su muñeca y la desesperación se apoderó de ella.

Antes de que Sesshomaru pudiera hacer nada, sintió algo extraño. Sintió una gran liberación de energía desde su cuerpo, como si una batería se descargara bruscamente, y cayó sentada en el agua caliente. No entendía qué acababa de pasar hasta que vio a Sesshomaru. El platinado se observaba la mano con la que había desplegado el látigo venenoso anteriormente, que se hallaba algo quemada. ¿Acaso ella… había hecho eso? Había intentado purificarlo por mero instinto.

En ese minuto en serio se creyó muerta. Ahora Sesshomaru no la dejaría vivir. El demonio movió levemente su brazo y ella se encogió, sin embargo, el golpe nunca llegó. Alzó la vista con precaución, dándose cuenta de que Sesshomaru no la miraba a ella, sino al cielo. Algo más había captado su atención. Agudizó la vista lo más que pudo, pero sus simples ojos humanos no la dejaban ver nada fuera de lo común… hasta que lo sintió.

Una nube de energía negativa se desplegaba sobre ellos, seguramente emanaba de monstruos… tal como aquella tarde. ¿De nuevo? No recordaba que en el tiempo que vivió en el Sengoku las nubes de demonios como esa fueran tan comunes. Ciertamente jamás pasaban dos en un mismo día azarosamente.

El platinado salió del agua sin importarle su desnudez, distrayendo a Kagome de sus pensamientos y haciéndola sonrojar hasta la médula. Volteó automáticamente la cabeza hacia el otro lado.

—Vamos a continuar el camino —anunció Sesshomaru.

—¿Ahora? —Atinó a decir ella, aún sin mirarlo—. Es el medio de la noche.

Él no contestó, sólo siguió caminando hasta el lugar donde estaban sus ropas. Kagome tomó eso como un «muévete o te dejo», así que, dejando atrás el reciente episodio, salió de las cálidas aguas. El frío de la noche la golpeó con fuerza y maldijo las condiciones deplorables en que tenía que viajar. Ni siquiera tenía un cambio de ropa. Tenía bastante claro que, después de todo lo que había pasado, no tardaría en enfermarse. Sólo esperaba que pudiera controlarse en tal caso y aguantar hasta llegar a la aldea.

El resto de la noche pasaba silenciosa. El incidente de las aguas termales no parecía haber ocurrido nunca y Kagome prefirió eso. La mirada asesina de Sesshomaru dirigida hacia ella no era algo que quisiera recordar. Sin embargo, a pesar de ese silencio y aparente tranquilidad, una electricidad podía sentirse en el aire. Era algo difícil de explicar, era casi la sensación de un mal presagio. Había algo mal. Y Sesshomaru lo sentía.

Desde que partieron no hubo pausa por un solo segundo. El platinado lideraba con gracilidad, seguido de cerca —pero guardando una distancia prudente— por Jaken y, bastante más atrás, iba ella, lo suficientemente perdida en sus pensamientos como para ignorar el agotamiento físico que sentía.

Pensaba… pensaba en su familia, en sus amigos que estaba a punto de volver a ver… pensaba en Inuyasha, ¿qué pasaría una vez que se reunieran? Habían pasado muchos años, ¿habría pensado en ella en el transcurso de ellos? Miró a Sesshomaru, él ciertamente no había cambiado mucho. Recordó que en la aldea estaría Rin, a la que querría ver. Le costaba combinar al Sesshomaru mortífero de hace una horas con el casi dulce Sesshomaru que quería a Rin más que a nadie. ¿Realmente había estado a punto de matarla? ¿O sólo le daba un susto? Quiso inclinarse por la segunda opción. Después de todo, recordaba que él ya la había salvado en ocasiones anteriores, como cuando estuvieron dentro del cuerpo de Naraku justo antes de su muerte: si no fuera por él, habría sido devorada por los demonios que habitaban allí.

Suspiró. Su cerebro estaba demasiado cansado para darle vueltas a todas esas cosas. Miró sus pies dar un paso tras otro. Sesshomaru dijo que tardarían días en llegar a la aldea, ¿de cuántos estaban hablando? La espera y el suspenso de lo que vendría la estaba matando. Había esperado tantos años para ese momento… Nunca lo creyó posible.

La leve aura demoníaca que ya sentían se incrementó por un momento y lo supo: otra horda de demonios. Tres en un día. Los movimientos del ambarino se volvieron más tensos, en guardia.

Nada pasó. La pesada aura pasó paulatinamente hasta desaparecer por completo. Todos se relajaron de inmediato y siguieron caminando. Luego de aquello todo se calmó, continuaron su camino en silencio por un rato más hasta que, cuando parecieron encontrar un lugar seguro, decidieron instalarse allí para pasar el resto de la noche. El ambiente estaba extraño y todos lo sentían, pero no parecía que nada más fuera a pasar pronto.

Kagome se sentó contra el tronco de un árbol, abatida. Eran demasiadas cosas para una sola noche. ¿Es que no se iba a acabar? Una vez que vio a sus compañeros sentarse cerca, cerró los ojos y dejó que el sueño la invadiera.

No sabría decir cuánto tiempo había pasado, cuando una sensación extraña la despertó. Miró alrededor, desorientada, hasta que sintió un ardor en el cuello. Instintivamente, se llevó una mano al lugar: era justo el punto donde la bruja la había arañado. Abrió los ojos con sorpresa al sentir un líquido caliente. El dolor escaló rápidamente de un momento a otro, haciéndola soltar un gemido de dolor.

—¿Pero qué…?

Lo último que alcanzó a ver fue a sus acompañantes abrir los ojos y mirarla con sorpresa. Luego, todo se volvió negro.

Una intensa luz que le llegaba justo a la cara la hizo removerse, molesta. Se volteó y enterró más la cara en la almohada.

Un minuto. ¿Almohada?

Despertó de golpe, sentándose y mirando alrededor con rapidez. Antes de que su cerebro registrara correctamente lo que estaba pasando, ya estaba hiperventilando.

Estaba en su habitación. En su cama. En su época.

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¡Tachán! La historia acaba de tomar un giro total. Y no se preocupen, con la cantidad de inspiración que me acaba de golpear, tendrán actualizaciones para rato. ¡Gracias siempre por sus comentarios! Son realmente inspiradores. Espero que les haya gustado y nos leemos en la próxima.