Siguiente capítulo, y en éste creo que decidí agregar todo el drama que hasta ahora se había mantenido un tanto oculto o repartido en pequeñas cantidades. Espero que lo disfruten, y un fav, follow o review sería grandioso :)
Yo estaba en la cima
"He visto a muchas personas ciegas pasar por las calles, me pregunto por qué él no usa lentes oscuros cuando sale en público".
"¿Y su perro lazarillo? Eso habría hecho mucho más divertido mi último año".
"Háganse a un lado, ahí viene. No quiero ser una razón por la que salude al suelo con la cara".
Si me dieran cinco dólares por cada una de las veces en las que escucho esos comentarios, o cosas muy similares, entonces probablemente podría costearme una vida como un magnate millonario en Nueva York o Chicago. Es tan usual que estoy a punto de golpear a todo el universo con el bastón.
No sé por qué una pequeña parte de mí esperaba que después de haber competido y triunfado en las Regionales, ahora en camino a las Nacionales, todo el asunto se convirtiera en algo un poco menos horrible.
Resoplo y sigo caminando por el pasillo, en extremo silencioso y libre de cualquier estorbo humano durante el último período de clase; culpo de ello a la no planeada siesta que decidió atacarme en lo más profundo de la biblioteca.
—¿No se supone que tienes Geometría justo ahora?
El brazo de Spencer se coloca sin alguna clase de advertencia sobre mis hombros, me quita el bastón de la mano y lo guarda en el bolsillo de su chaqueta, un enfermizo hábito que decidió poner en marcha hace cerca de una semana. Y se ríe por lo bajo, una risilla que no puedo evitar acompañar aunque quisiera.
Sigue creyendo fielmente que puedo memorizar los caminos sin alguna clase de problemas, siendo que no puedo dar más de diez pasos sin chocar contra algo o alguien, además de que me gusta el molesto ruido que hace. Trato de dedicarle una mirada de odio a mi derecha y lo dejo que me acompañe a Geometría, aunque de cualquier manera la señorita Bletheim no me dejará poner un pie dentro del salón.
—Me quedé cómodamente dormido en la biblioteca, supongo que me vieron totalmente en calma como para despertarme.
—Sí, justo ahora no te ves tan cansado —me hace cosquillas en la barbilla, otra de las cosas que ha comenzado a hacer sin alguna clase de remordimiento, y ahora sabe que soy susceptible a las cosquillas.
—¡Deja de mirarme! —le doy un ligero codazo en las costillas, sintiendo algo de tonificado músculo debajo de la chaqueta y la camiseta que probablemente lleva puesta, pero alguien abre la puerta del salón más cercano para hacernos callar.
Nos movemos con total libertad por los desérticos pasillos, como si fuéramos los reyes de la escuela, pero no me imagino siendo atrapado y enviado a detención por tomar semejante libertad. Esa es una de las cosas por las que no puedo culpar a la ceguera, aunque creo que podría encontrar el modo para hacerlo.
—Entonces, ¿a qué salón vamos? —inquiere mientras resoplo sin ganas.
—Bletheim —digo sin más, ya que ella es una especie de monstruosidad conocida por los pasillos, además de que todo el mundo cree que existe algún tipo de conspiración malvada entre ella y Sue.
—Hmm bien, sabes que no dejará que entres a su clase, ¿verdad? —asiento con la cabeza y él solamente me acerca más a él con su brazo.
—Tenía una pequeña esperanza, acabas de asesinarla.
Su mano se mueve a mi cabeza y hace el impensable acto de agitarme el cabello. En otros tiempos seguramente lo habría empujado para decirle que no hiciera tal cosa nunca en su vida, pero justo ahora es algo que me gustaría que haga otra vez.
—Tengo más preguntas para ti —lo escucho buscar en todos los bolsillos que unos vaqueros y la chaqueta pueden contener, para que a fin de cuentas tenga que apartarse y quitarse la mochila de los hombros—. Habría jurado que las tenía en el pantalón, pero aquí las tienes.
Estiro las manos, lo he obligado a dejarme hacer pequeñas cosas por mi cuenta, y accedió, aunque me habría extrañado que no lo hiciera. Sin embargo me guía, va haciendo sonidos con la garganta de negación o confirmación, de vez en cuando me dice 'un poco más a la derecha' u 'otro poco a la izquierda', pero finalmente soy capaz de encontrar otro asimétrico trozo de papel, con un poco más de estilo en las letras que trata de moldear.
—Supongo que ésta es una de las razones por las que me salto Geometría —se detiene en el acto, supongo que todavía soy un buen estudiante para algunas personas, y hace un sonido con la garganta, señal de que está confundido—. Exámenes sorpresa, a eso me refiero.
—No es un examen, solo son saludables preguntas que surgen en mi cabeza —ruedo los ojos de modo amistoso y le sonrío.
—En verdad te estás inmiscuyendo mucho en esto, al braille quiero decir —desdoblo el papel y busco el principio de las preguntas.
—No puedes culparme, Mace, soy demasiado curioso en algunas cosas.
No soy una persona muy familiarizada o entusiasta con los sobrenombres, los que usa Kitty conmigo y Madison no son lo más amistoso que digamos, y mucho menos los que ha decidido usar específicamente conmigo. Pero Mace me gusta, es una buena disminución a mi nombre, porque Mason se me hace un tanto formal, además de que para ser la primera vez que lo menciona es interesante.
Levanto los hombros rápidamente, recordando que no estoy del todo solo, ni física ni emocionalmente hablando, y me dedico a leer el listado de preguntas que acaba de darme.
¿Todo lo que te rodea es oscuridad o puedes ver aunque sea un borroso?
¿Hay algún otro libro que quieras que te obsequie?
¿Tu color favorito?
¿Canción favorita? (Si dices que eres fan de 1D como Myron pondré en duda nuestra… amistad). En esa última había algo escrito, pero logró 'borrarlo' al tratar de reacomodar los puntos.
—Todo es oscuro, supongo que si todo fuera borroso no me molestaría tanto —asiente con la garganta, pero con un tono extraño, como tembloroso—. No he pensado en títulos, pero ahora lo haré —respondo en el orden en qué preguntó—. Ahora que no los veo no parecen tener mucha importancia, pero supongo que el rojo y el verde.
—¿Verde como tus ojos? —toca mi mejilla, me muevo al lado contrario. El sonrojo no tarda ni dos milisegundos en molestarme.
—Supongo que sí, aunque un poco más oscuro.
—Bien, pero responde las demás en un segundo, tengo que hacer una pequeña escala. No tardo.
Da cerca de cinco pasos y escucho el rechinido de las bisagras de vaivén de las puertas, golpeo las puntas de mis zapatos mientras me balanceo sobre mis talones, una y otra vez, escuchando un par de pasos que se mueven a la distancia, se detienen y deciden avanzar en mi dirección. Como si fuera una especie de escudo me quedo quieto y apoyo la espalda contra el muro detrás de mí.
—Oh, ¡hola! —dice un chico, por el tono de voz creo que es uno de los antiguos Warblers y está conmigo en alguna clase. Si no me equivoco es también el que llamó Julianne Moore a Alistair—. ¿Estás perdido?
—No, estoy esperando a alguien —«ahí van otros cinco dólares a mi cuenta ficticia para vivir en Nueva York o Chicago».
—Ah, entiendo.
Los dos nos quedamos en silencio, él comienza a tararea una canción de cuna que me resulta vagamente familiar mientras yo me pongo a pensar en otro rubro que entre en mi cuenta de ahorros ficticia. "Preocupación por el chico ciego al verlo deambular sin alguien cerca y sin su bastón en las manos", así conseguiré mucho más dinero para solventarme.
—¿Puedo hacerte dos preguntas? —dice el chico la nada, y medio me alegra que haya roto el silencio.
—Claro, o bueno… sí, lo que sea. Dilo —deslizo el papel en los bolsillos traseros de mi pantalón y meto las manos en bolsillos delanteros.
—¿Spencer y tú están saliendo? —«sin duda una excelente pregunta».
¿Spencer y yo estamos saliendo? No, no lo estamos. ¿Spencer y yo somos pareja? No, no lo somos. Últimamente pasamos mucho tiempo juntos al igual que muchas salidas improvisadas, incluso una que otra visita ocasional The Lima Bean, y charlamos DEMASIADO, cualquier cosa es buena para tenernos entretenidos por horas. He salido un par de veces con Jane también, y ahora todo parece un tanto menos turbio en cuanto a… ellos.
—No, solo somos buenos amigos —respondo con total honestidad, pero no niego que esa idea esté un poco materializada en mi imaginación.
—¡Grandioso! —exclama el chico, pero creo que su momento de entusiasmo se iba a mantener para él ya que se aclara la garganta—. Quiero decir —trata de hablar con un tono más grave, no puedo evitar la sonrisa de burla por ello—, ahora que sé que no me golpeará por lo siguiente, ¿te gustaría ir a cenar conmigo el viernes por la noche?
Atónito. Estoy atónito y lo que sea que esté por delante de ello.
Sí, he recibido un par de invitaciones así de directas, pero Madison era la que se dedicaba a ahuyentar a todas las chicas que las hacían alegando cualquier tontería.
Sin embargo, es la segunda vez que me pongo así de tenso al recibir la invitación de un chico, y es simplemente por el hecho de que no sé si esta es la clase de cosas que quiero para mí o simplemente estoy descubriendo lo que podría pasar con un sí o no repentino.
Me aclaro la garganta y me dispongo a hablar cuando las bisagras de vaivén vuelven a rechinar.
—Bien, lamento la espera… —Spencer se coloca a mi lado, demasiado cerca de mí. Un sudor frío corre por la parte trasera de mi cuello y de repente siento ganas de refugiarme detrás de él—. ¿Necesitas algo? —le pregunta al chico con desprecio evidente en su voz.
—N-No, s-solo quería p-preguntarle a-algo sobre Historia a M-Mason.
—Sí, la Primera Guerra Mundial duró de 1914 a 1918 —salto en su defensa, y el apenas audible suspiro que sale de él cuenta como mi buena acción del día—. Tendré en mente tu idea sobre el ensayo, te veo mañana.
—¿M-Mi idea sobre el e-ensayo…? —guiño mi ojo izquierdo, el que creo que Spencer no puede ver—. ¡Ah, c-claro! El ensayo. Sí, sí, nos vemos mañana.
Y la campana del final del día es la que termina con el tenso ambiente y la conversación. El chico sale corriendo como una exhalación mientras Spencer pone su brazo en mis hombros y caminamos hacia mi casillero, que queda de camino al suyo, o eso me ha dicho.
De todos modos iba a decirle al chico que no, cualquier cosa que experimente, sienta o descubra al lado de un chico prefiero que se quede en la confidencialidad que hay entre Spencer y yo.
—¿Ése chico en verdad está en tu clase de Historia? —subimos un conjunto de escaleras y llegamos a un pasillo infestado de personas. Me junto un poco más a él, y en un giro extraño de las cosas parece que todos se hacen a un lado para dejarnos pasar.
—Sí, ¿por qué mentiría sobre ello? —inquiero.
—No lo sé, parecía un poco nervioso cuando me vio llegar —golpea el casillero dos veces y quita su brazo de mis hombros para abrirlo.
Conozco a Spencer lo suficiente para saber que detesta las cosas que muchos podrían denominar como románticas, y prefiere más estar en un mundo donde tiene que ser todo un hombre pese a ser gay. Somos que totalmente opuestos, y no veo más que una combinación rara de nuestras personalidades si fuéramos… algo.
—Mace… —me muevo un paso pero me pongo tenso por el nuevo tono de su voz. Suena aterrado—. Una nota cayó de tu casillero, está escrita en computadora.
Me trago el nudo en la garganta, cierro el casillero y lo único a lo que puedo aferrarme para darme cuenta de que lo que está pasando a mí alrededor está realmente pasando es el lomo de los libros y lo apresurado de nuestra respiración.
«Esto no está pasando, esto no está pasando».
—Mason, Mason, oye, tranquilo —su mano se coloca en mi hombro y eso me da otro poco de realidad.
—¿Q-Qué dice…? —estoy en pánico, total y súbito pánico, peor que cuando las ideas oscuras llegan a mi cabeza—. Solo léela, por favor —asiente y se aclara la garganta.
—Te mereces la verdad, sabrás de mí muy pronto.
Soy una genialidad y un maestro en esto del braille, lo puedo decir ya que cierro la contraportada del regalo de Spencer después de haberlo leído en un solo fin de semana. Me siento mal por la pobre de Carrie, pero no puedo negar que sus poderes son totalmente geniales. Por un segundo me sentí con las mismas capacidades, pero no creo que pueda caer tanto en un abismo de soledad como para buscar con quién desquitarme.
Balanceo mis pies descalzos en el descansabrazos contrario al que tengo la cabeza, escuchando nada más que las manecillas del enorme reloj de péndulo que está cerca de la pantalla plana, y escucho el momento exacto en el que la hora cambia. Las cuatro de la tarde en punto.
Spencer debe estar por llegar, nunca ha llegado tarde a esta clase de cosas, o no por más de cinco minutos. Aunque no veo el caso de que quiera aprender a usar la máquina Blista, pero por alguna razón el modo en el que logra modificar su voz cuando pide algo me impidió rechazarlo. De nuevo.
La nota… no creí que pasaría un fin de semana entero tratando de atar cabos sueltos de nuevo; todo vuelve a estar en el sitio con el que comenzó mi intento por hallar al culpable, y quien sea que sea la maldita persona decidió hacerlo justo ahora que esa tempestad se había calmado. «Menuda buena suerte que tengo».
Cierro los ojos por un segundo y respiro profundo, tratando de calmar el ligero malestar que ha estado sobre mí desde el viernes. No quiero sentirme así teniendo a mi 'invitado sorpresa' en casa.
Vuelvo a abrir los ojos cuando los desesperados golpecillos en la puerta principal hacen acto de presencia. Me levanto y camino dando pequeños saltos, las comisuras de mis labios tiemblan en un intento por esbozar una sonrisa.
—¿Quién es? —pregunto, algo que de cierta manera me recuerda a cuando tenía cuatro años y preguntaba lo mismo pero no alcanzaba a abrir la puerta cuando había visitas.
—A-Alistair —responden al otro lado de la puerta. Algo dentro de mi pecho parece haber hecho una caída libre y desintegrarse al caer directo en el suelo.
Abro la puerta de todos modos, asegurándome de que en verdad me muestre enfadado. Estaba esperando a un invitado, pero no esperaba que en verdad se tratara de un invitado sorpresa.
—H-Hola, Mason —susurra, en verdad apenas pude escucharlo.
—Al, qué sorpresa —«da la vuelta y márchate. Ahora».
—¿Puedo pasar?
Me mordisqueo el labio inferior por dentro, pensando en que no sé cómo decirle que no sin sonar tan agresivo a como lo hacen las palabras que se formulan dentro de mi cabeza.
—De hecho estoy esperando a Spencer, y…
—Sólo será un momento —continúa hablando entre susurros. Ruedo los ojos, resoplo con ganas y me hago a un lado.
—Adelante.
Pasa a mi lado, pero no avanza más allá del pequeño corredor que conecta la puerta principal con el resto de la casa. Dejo la puerta un poco entreabierta y me quedo sujetando el pomo para cuando salga, dentro de los próximos segundos.
—¿Puedo preguntar qué estás haciendo aquí? —me pellizco el muslo con la mano libre ante tanta rudeza.
—Vengo a que me golpees en la cara. Aquí —habla en un tono normal, al menos al que estoy acostumbrado, toma mi mano y me obliga a formar un puño, lo golpea suavemente contra su mejilla pero me limito a apartarme—, solo golpéame y terminemos con esto.
—¿Por qué habría de golpearte? —el modo veloz con el que habla me pone un tanto nervioso, lo suficiente para no soltar el pomo de la puerta si necesito salir corriendo. «Pero, ¿a dónde?».
—¡Fui yo quien te dejó ciego!
Me quedo…
Ni siquiera soy capaz de identificar lo que sea que comienzo a sentir en estos momentos.
Estoy metido en una combinación de ira descontrolada, deseos de homicidio, un profundo grito de odio se formula en lo más profundo de mis pulmones, la bilis que sube por mi garganta produce un sabor amargo en mi boca. Por otra parte, en las sensaciones contrariadas, me siento aliviado por saberlo finalmente.
Dejo de sujetar con toda mi fuerza el pomo de la puerta cuando siento que mi mano está acalambrada, con la otra hago un puño que no dudaría en descargar contra su nariz, si pudiera verla.
—Por favor, necesito una explicación —suelto la puerta finalmente y cruzo los brazos, mis uñas se encuentran con mis antebrazos y me obligo a no lastimarme a mí mismo para despertar de esta pesadilla.
Lo que hago es dar un pequeño pellizco en el interior de mi codo derecho. Necesitaba hacer eso, de lo contrario creería que me quedé dormido leyendo los últimos capítulos del libro. «¿Dónde está Spencer?».
—No entiendo qué es lo difícil de entender, eres ciego por mi culpa —dice y rompe en llanto. Escucharlo repetirlo solo hace que me encoja de hombros un poco más.
—Te oí. Quiero saber cómo sucedió, mi memoria está un tanto problemática con esa fecha.
Al menos dos psicólogos me dijeron que eso se llamaba amnesia retrógrada, y que sería normal que no pudiera recordar lo que ocurrió esa noche, aunque un par de cosas sí están presentes, aunque borrosas o con huecos.
Sin embargo, la historia de Alistair no tiene ningún sentido. Me habla de un juego que se llevó a cabo a plena luz del día, pero con lluvia, contra una escuela de la cual no tenía la más mínima idea de que existiese, además de que dice que la escuadra estaba dando un calentamiento sobre las gradas, que fue entonces cuando apareció y accidentalmente me empujó, haciéndome caer directamente sobre mi cabeza. Esa última parte todavía podría creerla, lo demás no me lo trago de ninguna manera.
—Es por eso que vine, supuse que esperar hasta el lunes sería algo horrible para ti. Ahora que lo sabes sigo insistiendo en que debes golpearme —su voz se rompe, y eso otra vez casi me hace creer lo que dice.
—Espera, espera —levanto las manos, como si realmente supiera lo que hago con ellas y en qué dirección las muevo, pero algo no me cuadra en ello—. El juego de esa ocasión no fue contra Thurston, ni fue un día de lluvia, así que… —dejo la frase sin terminar a propósito.
—Y-yo… yo… —se queda en silencio, pero eso me permite respirar en paz y volver a encontrar claridad en mis pensamientos.
—Alistair, ¿qué estás tratando de decir exactamente?
—Quiere decir que es un mentiroso terrible.
La puerta se abre de nuevo, ésta vez la dejo ir y chocar sin remedio contra la pared contraria cuando Spencer es quien la empuja. No sé exactamente lo que está pasando justo ahora.
—Oye, creí que estaba haciendo un buen trabajo —Al suena realmente herido.
—Pues no, no lo hacías —no sé por qué creo que Spencer está tensando la mandíbula—, y reconsideraré seriamente la clase de cosas que puedes, o no, hacer la próxima vez que pida tu ayuda.
Me quedo en silencio y de pie, alternando la cabeza entre sus voces, y tal parece que acaban de olvidarse que están discutiendo en la entrada de mi casa y conmigo a unos escasos tres pasos de distancia. Lo único que hago es aclararme la garganta y levantar las cejas para volver a hacerme notar, y los dos medio me hacen caso pero siguen discutiendo.
—Será mejor que te vayas, Al, yo me haré cargo.
Alistair resopla y me da una palmada en el hombro derecho y sale de la casa, cerrando la puerta detrás de él. El entorno se vuelve tenso, algo así como cuando estás en medio de un examen y sabes que no estudiaste absolutamente nada, pero sigues buscando maneras para copiar las respuestas de la persona junto a ti.
Ventaja de la ceguera: no tengo que realizar exámenes, ni tareas, ni trabajos escritos. Desventajas de la ceguera: todo lo que se pueda hacer con el uso de la vista, entiéndase todo.
—Vamos a la sala.
Mis piernas se mueven y me arrastro a la sala de estar, aunque no estoy del todo seguro sobre quién les da la orden para hacerlo. Me concentro en el hecho de que Spencer estaba escuchando lo que Alistair acaba de decirme, y no estoy muy seguro sobre lo que sea que haya escuchado. Quizá todo, o quizá una parte, sea lo que sea, no me gusta en absoluto.
—¿Quieres algo de la cocina? —me levanto pero una de sus manos toma mi derecha, me estremezco por apenas unos segundos mientras pone un poco de fuerza para que vuelva a caer en el sillón.
—Quédate conmigo un segundo.
Nos quedamos en silencio unos minutos, o unos segundos, no sé si el tiempo transcurra igual en un momento como estos. Quiero decir muchas cosas pero al mismo tiempo no quiero decir nada, así que lo único que hago es dejar que mi cabeza se coloque en su hombro.
—¿Por qué dijiste que Alistair es un terrible mentiroso?
—Porque lo es, y porque está encubriendo a alguien más.
Nuestras manos se encuentran a la altura de mi rodilla derecha, la mía se mueve de un modo tembloroso e inseguro, tal como me siento justo ahora que estamos tan cerca. Su palma se desliza sobre la mía, abro los dedos un poco, lo suficiente para que las primeras falanges de los suyos se entrelacen con los míos.
Lo que sucede dentro de mí es incomparable, es como si fuera la primera vez que alguien me toma de la mano de esa manera, igual de pavoroso que yo pero al mismo tiempo con la confianza suficiente que me inspira a no detenerme ni por un segundo.
—¿A quién está encubriendo? —hablo despacio, dudoso de que el día realmente esté transcurriendo así, con demasiadas visitas sorpresa e historias terriblemente inventadas.
—A mí.
La sensación que viene después de esas dos palabras como ese horrible sobresalto que acompaña al común sueño de caer desde una distancia muy, muy elevada, y aunque quieras hacer el intento más grande por querer despertar no lo logras. Ni siquiera el contacto de nuestras manos logra alejar esa sensación.
—¿Qué?
—Mace… —el dorso de uno de sus dedos se desliza por mi mejilla, pero ahora se siente como si fuera un témpano de hielo—. Yo lo hice.
—Spencer, eso no es gracioso —me castañean los dientes.
—No estoy mintiendo, Mace —muevo la cabeza y siento que algo se acaba de tensar en todo mi cuello—. Alistair estaba mintiendo porque se lo pedí. Aquí y ahora estoy confesándote que eres ciego por mi culpa.
—Spencer… —digo a la vez que me quedo sin aire. Quiero creer que está mintiendo, pero su mano sigue apenas entrelazada con la mía, y no tiembla, sino más bien parece aferrar su agarre a mí.
—Te voy a contar una historia tan real que desearía nunca haberla vivido.
El modo en el que Spencer habla hace que los momentos que puedo recordar de esa noche parezcan reproducirse como si el tiempo hubiese vuelto atrás.
El frío de una noche de otoño, los gritos ensordecedores de la multitud detrás de mí, apoyando a los dos equipos y deseando que el equipo de la casa haga trizas al visitante. La escuadra de animadores dando lo mejor de sí para que nuestro equipo vaya en camino a otro campeonato, entonando el acostumbrado "TI-TA-NES, TI-TA-NES", agitando pompones y realizando las mejores acrobacias y saltos mortales invertidos de los que somos capaces, o fui capaz, de realizar para un evento tan importante.
El marcador estaba totalmente de nuestro lado, triplicábamos la puntuación del equipo contrario. Casi podía verlos llorar y suplicar por ser llevados a casa. Las imágenes de ese día parecen reproducirse en una parte de mi cabeza, con saltos en la secuencia y alguna que otra tenebrosa mancha en donde debería haber un rostro.
Recuerdo que unas semanas antes la entrenadora Washington había decidido reorganizar la posición que todos tomaríamos en la pirámide y la presentación final si es que la suerte nos dejaba al menos echarle un vistazo al campeonato. Y ella me eligió para estar en la cima, según ella porque había notado un esfuerzo mayor en mí durante las prácticas.
—El entrenador Beiste gritó que me dirigiera a la línea de anotación, dijo que Johnson estaba a punto de lanzar el balón, así que lo hice.
Recuerdo un poco de esa jugada, y también recuerdo que faltaban cerca de dos minutos en el reloj. El maldito campeonato estaba a la vuelta de la esquina, solo era cosa de que alguien golpeara el balón contra el lado contrario del campo y todo el asunto estaría resuelto.
Y desde ese momento no recuerdo nada más, así que las palabras de Spencer hacen que eso llegue a mi conocimiento.
—Johnson lanzó el balón cuando apenas me estaba moviendo a mi posición pero logré atraparlo, la inercia me hizo seguir avanzando, sin darme cuenta de que detrás de mí la pirámide estaba dando el último espectáculo para acompañar la anotación final. Pero…
—Yo estaba en la cima —decir eso me hace darme cuenta de que estaba en lo alto de la popularidad en McKinley y justo ahora también me doy cuenta de que no soy ni siquiera la sombra de lo que solía ser en esos maravillosos días— fue entonces cuando caí.
Decirlo es casi como hablar de un mal sueño, de esos que supuestamente no puedes contarle a nadie a menos que quieras que se vuelva realidad. De haber tenido una especie de sueño así antes se lo habría contado a quien fuera, incluso a mí mismo, pero cualquier manera habría sido mejor que tenerlo en la cabeza.
—Después todo se quedó… quieto. Levanté la cabeza y ninguno de los jugadores siguió con lo que debía, todos se quedaron en silencio cuando la ovación se detuvo, así que me puse de pie y me alejé de mi desastre —su voz se rompe en esa última parte—. Luego vinieron los gritos y los pedidos de auxilio, me había quitado el casco y girado la cabeza a tiempo para ver a un chico ser levantado del suelo, dejando un charco de su sangre, y ser llevado en la ambulancia a la sala de urgencias más cercana.
Me abraza antes de que siquiera pueda pensar en lo que sea que pueda pensar después de haber escuchado toda su historia, los brazos que solamente he podido sujetar para caminar por los pasillos me envuelven en un abrazo que parece restaurar todas las grietas de mi alma, me hace sentir cálido por dentro y con deseos de nunca querer apartarme de él.
Jane también me ha abrazado, pero jamás he podido sentir lo mismo que ahora cuando lo hace. Spencer es a quien elijo, aunque… ¿podría seguir escogiéndolo después de lo que acaba de decir?
—El entrenador dijo que no era mi culpa, que era él a quien se debería culpar por no haber previsto y notado que no estábamos en las posiciones correctas —los sollozos que salen de Spencer golpean lo más profundo de mi compasión, pero algo no me deja expresarla—. Hubo una semana entera en la que no pude entrar al gimnasio y sentir que todo el peso de ese accidente estaba sobre mí, por más que el entrenador insistía una y mil veces que todo había sido su culpa.
No he tenido la confirmación de Madison, o de mamá y papá sobre esa noche, porque no quiero hablarlo ni ellos tampoco, pero la sinceridad con la que Spencer habla hace que lo que sea que sienta por él se marchite en cuestión de segundos. El aroma de su cuerpo ahora parece similar a la peste de un zorrillo.
—En serio, en serio lamento haberlo hecho, fue el peor error que he cometido en toda mi vida, y me atormenta cada vez que puede —no respiro, no me muevo, no pienso. No hago nada ahora que no sé quién es la víctima en toda la situación—. Por favor di algo —susurra en mi cuello.
Me deshago de mi rígida postura y con mis manos aparto sus brazos despacio, lo tomo por la muñeca de la mano derecha y hago que los dos nos levantemos, lo escucho sorberse la nariz mientras yo me sigo moviendo con una expresión de piedra sobre mi rostro.
Spencer me ha quitado todo.
Tomo el pomo de la puerta y la abro violentamente, seguramente de tener la musculatura que él tiene habría hecho que el mosaico de vidrio que la adorna se hiciera añicos.
—Vete, ahora —le ordeno. La voz que sale de mi garganta, grave, agresiva, seca e insensible, es totalmente ajena a mí. No sé bien lo que me orilla a esto, pero no trato de evitarlo.
—Mace, escúchame… —suelto su mano y pasa a mi lado, el aroma de su cuerpo al pasar me lo dice todo.
—Te escuché, y justo ahora quiero que te vayas lo más lejos posible de mí.
—Mason, por favor…
Estiro las manos y logro empujarlo en el primer intento, un movimiento que lo toma completamente por sorpresa ya que retrocede una gran cantidad de pasos y una especie de sonido extraño sale de su pecho.
—¿Por favor qué? ¿Acaso no terminaste ya de joder mi existencia? —sigo empujándolo, hace chirridos con la garganta cada vez que se aleja.
—Sé que decir lo siento nunca va a poder solucionar lo que hice, y no tienes idea de lo pésimo que me siento al verte caminar por ahí como si fueras solamente algo hueco y sin vida.
Contraigo todas las partes de mi cuerpo que pueden hacerlo, lo empujo con los puños y trato de dar pequeños golpes antes de hacerlo.
—Tú eres la razón, eres horrible, te detesto. Y sobre todo no quiero pensar en la mirada de condescendencia que seguramente me dedicas cada vez que me miras.
—Mason, deja de decir esas cosas —suplica, y justo ahora adoro que lo haga—. Si hubiese una manera en la que pueda devolverte la vista no dudes por un segundo que lo haría.
—Se me ocurre una —lo empujo una última vez, lo escucho caer los tres escalones que llevan al pórtico y se queda en el suelo, quejándose por la caída—. ¡¿Qué tal si regresas el tiempo a esa noche y decides prestar atención a tu patético deporte y así no logras que la vida de las personas tome giros estúpidos?!
—Mace…
Bajo los tres escalones con cuidado, encuentro su cuerpo cuando los dedos de mis pies tocan su ropa. Me coloco a la altura de su torso y me lanzo al frente, logro encontrar su camiseta y hago que se levante, su respiración se apresura como nunca antes y los jadeos logran que una sonrisa aparezca en mi rostro.
—No quiero volver a saber algo sobre ti —y lo empujo una vez más—. No hables conmigo, no pienses en mí, no estés en la misma habitación que yo.
Giro sobre mis talones y regreso a la casa, tomo la puerta con ambas manos y la azoto con toda la fuerza de la que soy posible. Le doy la espalda y me deslizo hasta el suelo, juntando mis piernas lo más que puedo contra mi pecho y conteniendo mis deseos de llanto. No le daré la satisfacción de derramar una lágrima por su culpa.
Pero es… gracioso, tanto que una risilla nerviosa se me escapa. Una puerta acaba de cerrarse y un muro se terminó de construir.
