SEX ON FIRE
Kings of Leon
Me había venido a buscar a primera hora de la mañana para ir a desayunar juntos. Y así habíamos pasado todo el día: juntos.
Estábamos sentados en nuestro acantilado, viendo como el sol se iba. Llevaba todo el día fuera de casa y quizás fuera el momento de volver, aunque no me apeteciera nada.
–Tendría que volver a casa… –dije en un deje de tristeza.
–No te vayas, por favor –dijo él. Y se puso a besarme el cuello.
Perdida.
Alcancé sus labios y me los comí. Y me lo comí a él. Nos recostamos en la hierba, caliente del sol, que la había calentado todo el día. Rodamos y él quedó encima de mí. Se quedó escudriñándome la mirada.
–¿Qué haces? –Alcancé a decir.
–Mirarte.
–No lo hagas –le dije, intentando apartar la mirada.
–¿Por qué?
–Me da vergüenza –y me puse roja como un tomate.
Se rio de mí, y de mis complejos, y me dio un rápido beso en los labios. Le sonreí.
–No quiero que te marches –me dijo en un susurro.
–Ojalá pudiera quedarme, pero creo que hoy he abusado suficiente de la confianza de mi madre.
–Aún me queda una sorpresa.
–¿Ah sí? –pregunté algo curiosa.
–Ajam.
Y empezó a besarme en el cuello, de nuevo. Y me volví loca.
–¿Y qué –empecé a decir, pero estaba completamente desconcentrada– es? –Pude llegar a completar.
–Pues –empezó él, pero no acabó la frase.
Dejó mi cuello y volvió a mi boca y nos besamos sin desenfreno. Un beso que solo podía tener un final.
Lo quería cerca de mí. Lo más próximo posible… y parecía que la ropa era todo un problema. Nos acariciábamos despacio, el uno al otro, como si no hubiera mañana.
–Seth –dije en un gemido.
Él parecía muy atareado besándome el escote, en busca de mis pechos.
–Seth –volví a decir cuando los encontró. Intentando sonar más firme, aunque realmente había sonado más pobre que el anterior. No me hizo caso.
Pero de pronto paró y me indicó que no hiciera ruido. Me quedé quieta y silenciosa como una estatua.
–Será mejor que nos vayamos de aquí –dijo en un susurro casi inaudible, salvo porque estaba a tres milímetros de mí.
Nos levantamos del suelo, y despacio y sin hacer ruido, fuimos bajando el caminito hasta llegar al parking. Yo no pude evitar reírme. ¿Qué era lo que acababa de pasar?
Y entonces me di cuenta de que el parking estaba lleno y que la gente iba y venía por el sendero. Es más, un grupo empezaba a subir por el mismo por el que nosotros acabábamos de bajar. Se me colorearon las mejillas. Vale, no estábamos haciendo nada "raro", pero estábamos a punto. Seth nos había salvado.
–Casi nos… –empecé a decir, pero él me cortó.
–Sí –ambos nos empezamos a reír.
No nos dirigimos a la moto ni mucho menos. Empezó a llevarme por el pueblo, y entre calle y calle, llegamos a una sin salida, por la que fuimos hasta el final. Todas las casas se situaban a la derecha, y a la izquierda y al final de la calle empezaba el espeso bosque.
De la penúltima casa salía una mujer, cargada con varias maletas. Seth la saludó y la ayudó a bajarlas a la calle.
–Gracias Seth –le dijo y le dio un beso bastante sonoro en la mejilla.
Me acerqué hasta ellos.
–Hola –nos saludamos ambas.
–Megan, te presento a mi madre, Sue.
Me quedé paralizada unos segundos. No esperaba que ella fuera su madre. Nos dimos dos besos. Tenía la piel morena, y muy suave. Parecía muy joven. Tenía el pelo largo y lacio, y de un negro muy oscuro y brillante.
–Seth me ha hablado mucho de ti –me sonrojé un poco–. Es más, no para de hablar de ti.
–Mamá –le advirtió su hijo.
–Ay hijo mío… La verdad es que no esperaba encontraros aquí. Pensé que estarías en la playa, en la fogata.
Miré a Seth extrañada. ¿Por qué no me lo había dicho?
–No sabía que había una fiesta –dije yo.
–Ya, la verdad es que no me apetecía mucho ir –dijo él.
–Seth, no seas vago. Llévala. Le encantará.
–Vale mamá, ya veremos.
–Bueno, os dejo, que Charlie me está esperando.
Nos despedimos los tres y vimos como desaparecía Sue en un todoterreno al final de la calle.
–¿Por qué no me dijiste nada? –pregunté.
–No sé. Irán todos los del pueblo y pensé que quizás no quisieras conocerles aún.
–Menuda bobada –le dije–. Pues claro que quiero ir. Sabes que llevo retenida en mi casa casi un mes.
–¿Quieres ir? –me preguntó enarcando una ceja.
–Sí –afirmé.
–Como quieras.
Llamé a mi madre, para que no se preocupara, pero no le pedí permiso, porque hubiera sido negativo. Así que cuando ella iba a rechistar, colgué.
Estábamos yendo hacia la playa de nuevo, cuando Seth rompió el silencio.
–Oye –empezó– que antes iba a pasar…
–Ah… No te preocupes –le dije restándole importancia.
–Es decir, sí que me preocupo. ¿En medio de un bosque?
–Lo he hecho en sitios peores que recuerde –dije sonriendo. Pero su cara no era de chiste, sino de todo lo contrario.
–Espera –me cogió del brazo y nos paramos en mitad de la calle–. ¿Qué?
Le miré alzando una ceja. ¿Qué de qué? Pensé yo.
–Tu ya… –y dejó la frase incompleta.
–Como si tu no… –y también dejé la frase incompleta, al ver que su cara de apatía seguía ahí. Él no–. ¿Eres virgen?
Claro que lo era, idiota. Cállate.
–Quiero decir… –no, yo no quería decir nada realmente–. A mí no me importa.
–A mí sí. ¿Con quién fue?
Dudé en contestar.
–Con Tyler.
Le oí maldecir a alguien y pegó una patada a una piedra. Estaba cabreado.
Me acerqué y le abracé. Él hizo otro tanto.
–Perdóname –dijimos los dos a la vez, y nos reímos.
–Lo siento –dijo él esta vez–. No tengo por qué enfadarme.
–Él no es nada ya. Yo te quiero a ti, y no me importa nada más.
Mierda. Era la primera vez que uno de los dos decía "eso". Claro que le quería, pero quizás era aún demasiado pronto para él. Odiaba haberme expuesto la primera. Me sonrió.
–Yo también te quiero. Y no me importa nada más en absoluto.
Ensanché una amplia sonrisa. Quizás no había hecho mal en decírselo. Y nos besamos.
Y cogidos de la mano nos dirigimos, esta vez sin pausa, a la playa.
Cuando llegamos, me descalcé y en cuanto mis pies rozaron la fría arena, me estremecí y sonreí. ¿Cómo se podía ser tan feliz?
