Hola chicas :) Lo prometido es deuda y aqui estoy actualizando jejeje
Se que las deje picadas pero asi vienen los capítulos, no es mi intensio dejarlas tan asi jaja
Bueno que opinan ustedes sobre lo que paso?
Y que hubieran hecho, estarian igual que Candy?
La verdad creo q yo si aunque Albert fuera mi perfecto caballero ingles
Cuando uno esta enojada ni como hacerle jajajajaja
XD
Bueno ya no se las hago mas largas jajaja aqui les dejo el capitulito!
Disfrutenlo, como ya saben ni la historia ni los personajes me pertenecen y bla bla bla, ademas de que bla bla :P
Capítulo 9
—¿Qué ha pasado? —preguntó Stear Andley al ver a su primo en el umbral de la puerta de su casa—. No me digas que… —miró angustiado hacia la calle.
—No te preocupes, no le ha pasado nada a tu coche —lo tranquilizó Albert, sonriendo con tristeza al tiempo que le tendía las llaves—. El viaje ha sido cancelado.
—¡Qué mala suerte! —dijo Stear con cara de curiosidad—. ¿Lo habéis pospuesto?
—No, no vamos a ir —dijo Albert, encogiéndose de hombros con la esperanza de aparentar despreocupación—. No pasa nada. Voy a intentar cambiar el billete y volver mañana mismo a Australia.
—Voy a por tu llave —dijo Albert. Y al tiempo que se giraba hacia la cocina, miró de reojo a Albert y añadió—: ¿Seguro que no quieres tomar una copa?
Aunque no era más que media mañana, Albert se sintió tentado. Nunca había necesitado tanto una copa, y además la compañía de Stear le sentaba bien. Siempre habían estado muy unidos, hasta el punto de que más que primos se sentían hermanos. Durante la boda, habían charlado largamente sobre su estancia en la isla.
Aun así, Albert no se animaba a contarle lo sucedido. Stear no intentaría sonsacarle detalles, pero era inevitable que quisiera saber algo más sobre la mujer con la que había planeado ir a Cornwall. Estaba demasiado conmocionado, frustrado y furioso consigo mismo como para hablar de Candy. Strar llevaba años diciéndole que debía dedicarle más tiempo y atención a sus relaciones. Y Albert no se sentía capaz de admitir que eso era precisamente lo que debía haber hecho con Candy, pero que en lugar de actuar honestamente, había montado la mayor farsa de la historia de las relaciones sentimentales.
—Gracias pero no —dijo con voz apagada—. Supongo que nos veremos a finales de junio.
Se estrecharon la mano.
—Que tengas buen viaje. Y espero que te vaya mejor con alguna otra australiana —dijo Stear, guiñándole un ojo.
—Seguro que sí.
Solo había una mujer australiana que interesara a Albert, pero había sido tan estúpido como para destrozar cualquier posibilidad de mantener una relación con ella. Era una completa locura, además de irónico, que fuera a volver a instalarse en su casa.
Como era lógico, la había llamado para intentar explicarle lo inexplicable.
Lo absurdo era que a lo largo de su vida las mujeres lo habían dejado porque no les mostraba suficiente interés. Y nunca le había importado especialmente. Su compañía no había sido para él más que un entretenimiento agradable. ¿Desde cuándo se había convertido en una parte tan esencial de sí mismo? ¿Qué tenía de diferente aquella ocasión? ¿Por qué una australiana de ojos brillantes y charlatana había conseguido obsesionarlo?
Nunca antes se había planteado por qué una relación romántica no estaba entre sus prioridades. Suponía que un psicólogo diría que su indiferencia estaba relacionada con el desagradable divorcio de sus padres.
Era cierto que el recuerdo de lo que había sufrido su madre seguía perturbándolo profundamente, y que desde entonces su actitud hacia el matrimonio había sido de un cínico escepticismo. No podía soportar la idea de causar a una mujer el dolor que su padre le había ocasionado a su madre.
¿Cabía la posibilidad de que hubiera elegido conocer a Candy bajo una identidad falsa para poder no enfrentarse a la posibilidad de que le gustara verdaderamente?
Mientras entraba en el coche, se dio cuenta de que se sentía abatido y confuso, pero por encima de todo, completamente desesperanzado.
Diario de Candy, 29 de mayo
Ayer estaba demasiado mal como para seguir escribiendo. Llevo veinticuatro horas llorando; me pican los ojos y me duele la garganta.
He descolgado el teléfono para que Albert no pueda llamarme y ni siquiera he encendido el ordenador. No quiero saber si me ha escrito. No estoy en condiciones de hablar con él y no sé si llegaré a estarlo alguna vez.
Pero necesito terminar de contar lo que pasó ayer, con la vana esperanza de que escribirlo me haga sentir mejor.
Allá va:
Inicialmente, cuando le dije a Albert que me había dado cuenta de la verdad, pareció sentirse aliviado. Sonrió y relajó los hombros. Pero volvió a tensarse.
Algo se había roto en mi interior, supongo que mi inocencia. Me había mentido. Estaba a punto de ir a pasar un fin de semana romántico con un hombre en el que había confiado ciegamente y que resultaba ser un completo fraude.
En cuanto me puse en pie de un salto, la sonrisa se borró de los labios de Albert.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté, furiosa—. Se supone que estás en Australia.
Él se puso pálido y pareció sinceramente consternado. Pero yo lo estaba mucho más.
—Mi madre se ha casado este fin de semana —dijo—. Fue una boda improvisada y no quise perdérmela.
Tardé unos segundos en asimilar la noticia. Entonces recordé la forma en que brillaron los ojos de Rose cuando me habló de su «amigo» Jonathan. Así que me alegre mucho por ella. ¿Pero qué tenía eso que ver con Albert y conmigo? ¿Por qué tenía que ocultármelo? ¿Qué le hacía creer que le servía de excusa para destrozar mi vida?
Las preguntas taladraban mi cerebro.
—¿Dónde te has alojado?
Se encogió de hombros.
—En un hotel.
Increíble.
Era lo más surrealista que había oído en mi vida. ¿Por qué había ido a un hotel cuando en su casa había dos habitaciones de invitados? Habría querido llorar, pero no estaba dispuesta a mostrarme vulnerable. Necesitaba conservar toda mi fuerza para enfrentarme al hecho de que mi vida había quedado hecha añicos. No soportaba no haber sido más que un juguete, un motivo de divertimento.
—¿Cómo has sido capaz? —grité fuera de mí—. ¿Qué necesidad tenías de engañarme? ¿Cómo has podido ser tan cruel?
—Lo siento, Candy—dijo Albert en voz baja, con aparente sinceridad—. No quería hacerte daño. Pensaba que era una buena idea, pero no podía imaginar que… —alzó una mano cómo si le faltaran las palabras. Luego hundió las manos en los bolsillos.
—¿Qué era una buena idea? ¿Tenderme una trampa?
—Ansiabas tanto conocer a un caballero inglés…
—Así que yo te conté mis fantasías más íntimas y tú decidiste que sería divertido jugar con mis sentimientos después de la boda de tu madre.
—No… —una vez más, vaciló.
—Sentías lástima de mí.
—Sonabas tan desilusionada…
—Pensabas que estaba desesperada y decidiste echarme una mano.
—Quería que fueras feliz.
—Muchas gracias, pero ya lo era.
Albert suspiró profundamente y se pasó la mano por el cabello.
Yo no conseguía comprender qué le había hecho pensar que mintiéndome me haría feliz. Me estaba volviendo loca.
Había creído en Anthony. Me había enamorado de él.
—¿Por qué tenías que engañarme, Albert? ¿Por qué no te limitaste a venir a saludarme y a invitarme a salir?
Habría sido tan agradable, tan divertido… Lo habríamos pasado tan bien…
Pero Albert lo había estropeado todo.
Sacudió la cabeza.
—Pensaba que, si te decía quién era, no te resultaría tan emocionante. No habría sido la cita romántica que tanto deseabas. Después de que me escribieras tanto sobre tus sueños, temí que pensaras que solo te invitaba a salir para… Porque me dabas pena.
—¡Pero es que ésa es la razón de que lo hayas hecho!
Estaba tan furiosa que di una patada al suelo. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Albert, el hombre al que había confiado mis secretos… el hombre considerado que me había advertido que tuviera cuidado… se había estado divirtiendo a mi costa.
¿Cómo había sido capaz?
—Albert, eres un idiota, ¿de verdad creías que estaba tan desesperada?
¿Cómo había podido acabar con mi maravilloso y romántico Anthony para dejarme… sin nada?
Entonces me di cuenta de que el hombre que había llamado a la puerta no se había mostrado extrañado de encontrarme, que nada de lo que había sucedido había sido espontáneo ni romántico puesto que su intención desde un principio había sido invitarme a salir aunque ni siquiera le gustara.
Los maravillosos días que habíamos pasado juntos no eran más que el gesto de caridad de un banquero londinense hacia una pobre y desesperada australiana con delirios de grandeza.
Puedo decir con orgullo que señalé la puerta con gesto digno, a pesar de que estaba a punto de echarme a llorar.
—Será mejor que te marches —dije.
Albert pareció desesperado, y creo que fue a protestar, pero la firmeza de mi actitud lo disuadió.
—Candy, de verdad que…
—No digas nada, Albert. Por favor, vete.
Mi antigua yo habría descrito la expresión de su rostro como de total abatimiento, muy similar a la del héroe de mi película favorita cuando ve partir a su amada en el puente de Westminster. Pero mi antigua yo también se había creído capaz de detectar a un farsante.
En los diez minutos que habían transcurrido desde que Anthony se había transformado en Albert, yo había envejecido un siglo.
Abrí la puerta y con gesto severo le eché de su propia casa. Se lo tenía merecido. Cuando pasó a mi lado, pude oler la fragancia de su colonia, que por algún motivo que desconozco me altera los sentidos, y tuve que asirme al picaporte con fuerza para no inclinarme hacia él y aspirar con fuerza. Al cruzar la puerta, se volvió.
—Candy, siento mucho haberte hecho daño. Te aseguro que no era mi intención.
Antes de que pudiera responder, lo llamó alguien desde el exterior.
—¡Hola, Albert! Me ha parecido que eras tú saliendo de ese deportivo tan elegante.
Era la señora Backer, su anciana vecina, que estaba cortando el seto que separaba ambos jardines.
A pesar de que estaba pálido y claramente disgustado, Albert respondió con su cortesía habitual.
—Buenos días, Eleanor.
Aunque debía de tener más de ochenta años, la vecina miraba a Albert con los ojos chispeantes de una mujer de veinte.
—Has vuelto antes de lo que esperábamos —dijo con una sonrisa resplandeciente—. ¡Qué alegría verte! ¿Qué tal te ha ido en Australia?
Como si no fuera bastante, desde el otro lado de la calle una mujer de mediana edad, con un vestido de flores, saludó con la mano frenéticamente.
—¡Hola, Albert! —gritó.
El encantador y considerado Albert Andley. ¡No tenían ni idea de lo peligroso y deshonesto que era!
Cerré la puerta tan precipitadamente que creo que di un portazo.
Diario de Candy, 31 de mayo
Me temo que mi vida no ha mejorado. Había pensado comportarme como si no pasara nada, pero desde la catástrofe de Anthony Albert he desarrollado una alergia a todo fingimiento.
Así que este diario va a ser brutalmente sincero. Todavía estoy deprimida y muy, muy enfadada. Así que cuando ayer por la mañana llegó un repartidor con un ramo gigante de flores, le dije que se había equivocado de dirección.
Él insistió en que no y se ofreció a llamar a la floristería para confirmarlo, así que tuve que acabar diciéndole que no pensaba aceptarlas, que era alérgica al polen y que se las regalara a su novia.
Pensé que la excusa era convincente, pero él se encogió de hombros y dijo que no era la primera mujer que rechazaba flores.
—No me extraña —dijo, al tiempo que devolvía el ramo a la furgoneta de reparto—. Algunos hombres no se dan cuenta de que unas flores no son la solución para cada estupidez que cometen.
¡Qué razón tenía!
Supongo que Albert pretendía ablandarme, así que no debe de ser consciente de cuánto daño me ha hecho. ¡Si supiera la de venganzas que he planeado a lo largo del fin de semana!:
Pintar su dormitorio de rosa con lunares blancos.
Pegar el mando a distancia a la televisión.
Destrozar todos los trajes italianos de su armario.
Espolvorear su papel higiénico con pimentón picante —justo antes de irme.
Desafortunadamente, no tengo un carácter vengativo, porque en el fondo no dejaba de pensar cuánto me habría gustado no haber sido engañada y que el viaje a Cornwall se hubiera hecho realidad.
En fin, después de que devolviera las flores —una escena que hizo mirar a hurtadillas por la ventana a más de una vecina— decidí salir y pasear mi enfado por el parque de Battersea. Pero, como suele pasar en estos casos, no hacía más que ver a parejas felices. Maduras, jóvenes, medianas… haciendo deporte juntas, caminando del brazo, paseando al perro, sentados en los bancos, echados en el césped y mirándose a los ojos… Mirara donde mirara, encontraba la imagen de una pareja bendecida por el amor. Y, como es lógico, yo no podía dejar de dar vueltas a mi propia tragedia sentimental. Cada detalle, cada momento se repetía en mi mente: la aparición de Anthony en la puerta de casa, nuestras excursiones por Londres, la visita al Big Ben, el ballet.
¡El beso más espectacular de la historia, al menos de la mía! Había puesto tanta energía en mi breve relación con Anthony/ Albert, que no podía dejar de lamentar lo que podía o debía haber sucedido. ¿Cómo puedo estar tan loca? ¿Cómo puedo añorar lo que no ha sucedido en lugar de odiarlo con toda mi alma?
Lo cierto es una parte de mí desearía no haber sabido la verdad el sábado por la mañana. ¡Deseaba tanto hacer el viaje en el deportivo, pasear por el campo inglés, alojarme en un hotelito rural con el hombre de mis sueños…!
No puedo quitarme de la cabeza lo maravilloso que habría sido. Como tampoco puedo dejar de hacerme cientos de preguntas para las que solo Albert tiene respuesta.
La primera es por qué esperó a que estuviéramos a punto de ir a Cornwall para decirme quién era. ¿Por qué espero a que nos hubiéramos besado? De hecho, ni siquiera comprendo por qué organizó el plan de Cornwall.
Ya habíamos tenido la cita ideal, así que había cumplido su cometido y su actuación como hombre soñado podía darse por terminada.
Supongo que había decidido aprovechar las circunstancias. Después del beso supo que era una conquista fácil, pero imagino que debió de sentir remordimientos de conciencia.
¡!
Como siga tan furiosa voy a enfermar. Acabo de hacer un agujero en la página con el bolígrafo. Tengo que calmarme y mimarme un poco. Debo recordar que he tenido suerte de no caer en la trampa, y celebrarlo. Tampoco debo olvidar que, hasta que apareció cierto hombre en el umbral de mi puerta, estaba pasándolo maravillosamente en Londres.
La única diferencia es que no compartiré el tiempo con Albert, El Caballero de la Armadura Mellada.
Siento escalofríos al pensar en todo lo que le dije en los correos. Le confié mis secretos y él me ha traicionado.
Creo que eso es lo que más me dolió.
Lo peor de todo es que el propio Albert me advirtió de que un buen traje y un acento de clase alta no convertían a un hombre en un caballero, y aun así caí en la trampa. Un verdadero caballero no sería tan falso. Ni siquiera por hacer una «buena obra».
Diario personal, 2 de junio
Llevo dos días de vuelta en Australia y todavía no he escrito a Candy. No creo que pueda decir nada de su agrado. La excusa que dio de la alergia para rechazar las flores demuestra que me considera persona non grata. Por eso he vuelto a escribir este diario. Si pretendo congraciarme de nuevo con ella, va a ser mejor que aclare primero mis ideas sobre el papel.
Estoy convencido de que, puesto que soy yo el ofensor, me corresponde a mí dar el primer paso, y dudo que ninguno de los dos queramos mantener el intercambio de casas si permanecemos en este incómodo silencio. Pero después de la forma en que nos separamos, ¿qué puedo hacer para que me crea?
¿Me disculpo una vez más? ¿Intento explicarle cómo empezó todo? ¿Hay en realidad alguna excusa para destrozar la vida de una chica que estaba completamente satisfecha con su vida?
Ya sé que no es la primera vez que se me acusa de algo así, pero en el pasado he cometido pecados por omisión —cancelación de citas en el último momento, etc. En esta ocasión, me he tomado el trabajo de planear la cita ideal, y ha terminado siendo un desastre total.
Candy tiene todo el derecho a pedir explicaciones. Y yo debería tener una buena respuesta, o al menos una respuesta que le resultara satisfactoria.
Cuando volaba hacia Inglaterra, solo pensaba ir a saludarla y satisfacer mi curiosidad. Pero a medida que se acercaba el momento de conocerla, pensaba más y más en su cita ideal. Hasta que, no sé en qué preciso momento, se me pasó por la cabeza crear al personaje de Anthony Brower. Aun así, no lo planeé, sino que surgió en el instante en que la vi.
La cuestión es por qué lo hice.
Supongo que quería protegerme. Me sentía fascinado por la personalidad de Candy a través de sus correos, pero no pretendía implicarme emocionalmente. Después de todo, no nos conocemos más que por haber intercambiado casa, pertenecemos a distintos mundos, y vivimos en extremos opuestos del planeta. Así que en ningún momento se me pasó por la cabeza que fuéramos a establecer una relación.
La verdad es que quise que la noche del ballet fuera perfecta, y que pensé que para ella no sería lo mismo salir con un desconocido que con el hombre al que había escrito tantos correos hablándole de sí misma. Estaba convencido de que, si le decía quién era, pensaría que quedaba con ella por compasión.
Así que mis intenciones eran caballerosas, o eso me decía, pero mi error fue implicarme mucho más de lo que había calculado. En primer lugar, no debería haberla besado. Debía haber previsto que esos labios rosas que no cesan de moverse mientras habla y que son suaves como la seda, serían mi perdición. Tenía que haberme dado cuenta de que tras un beso, querría más; que un beso solo me abriría el apetito.
Pero en lugar de reprimirme, me dejé llevar, y eso me condujo a un error aún más grave: sugerir que pasáramos el fin de semana en Cornwall.
¿Qué explicación tengo para eso?
Supongo que podría justificarme diciendo que quería compartir el entusiasmo de Candy por hacer nuevos descubrimientos, pero ni yo mismo me lo creo. Y menos después del beso.
La verdad era que me había enamorado como no lo había hecho en mi vida, y que llegado el momento, no pude concebir acostarme con ella sin antes decirle quién era realmente. Puede que hasta ahora haya mantenido relaciones superficiales, pero jamás antes había mentido.
Sin embargo, contar la verdad significaba hacer estallar la burbuja de felicidad de Candy. Así que me encontraba en un callejón sin salida, y gracias a lo mal que gestioné la situación, la cita soñada se transformó para Candy en una pesadilla. La cruda realidad era que mientras que yo me había enamorado de una mujer maravillosa, de carne y hueso, ella se había enamorado de una ficción.
Candy no quería un baño de realidad. Solo eso explica el horror que le produjo saber que Anthony y yo éramos la misma persona. ¿Cómo iba a decirle lo que sentía, si ella me miraba como si fuera un asesino? (De hecho, en cierta medida lo era: había matado su fantasía).
Ahora Candy me ha dejado claro lo que piensa, no con palabras, sino con hechos: me echó de casa, rechazó las flores, ha dejado de escribirme.
Un hombre no se arriesga a expresar sus sentimientos a no ser que esté seguro de que van a ser bien recibidos, así que, dadas las circunstancias, creo que la mejor opción es guardar silencio.
Diario de Candy, 6 de junio
Esta semana he estado lo más ocupada posible, y he pedido trabajar más turnos en el Empty Bottle. Tengo que evitar pensar en-ya-sabes-quién.
Esta mañana por fin me he sentido lo bastante fuerte como para encender el ordenador y ver si tenía correos. ¡Solo hay uno, de Annie, y estoy encantada de tener noticias suyas! Ha sido un alivio comprobar que Albert no me ha escrito. Seguro que está bien.
Para: Candy White ˂
De: Annie Britter anbrit86
Asunto: ¡Ya estoy conectada!
Hola Candy:
Siento haber tardado tanto en escribir. Archie y yo ya estamos instalados en Cairns, pero ha sido un mes de locura entre buscar casa, deshacer cajas y empezar con nuestros nuevos trabajos. Sí, yo también tengo trabajo, en la oficina del astillero en el que han contratado a Archie.
Hasta hoy no he tenido tiempo ni para rascarme.
Tenemos un piso muy agradable y dos salarios, así que estamos muy contentos. Hemos comprado un ordenador de segunda mano y hemos hecho algunos amigos, aunque nunca tendré una amiga como tú.
¿Cómo estás? ¿Qué tal Londres? ¿Has conocido al inglés de tus sueños?
He estado repasando nuestros correos y me he dado cuenta de que sigues sin saber qué aspecto tiene el ocupante de tu casa, así que voy a satisfacer tu curiosidad.
Albert es alto, rubio, tiene los ojos muy azules cy unas pestañas larguísimas. Jodie G lo comprobó personalmente al acercarse lo más posible a él durante la fiesta que dio después de la carrera de sapos.
Tiene una mandíbula firme, hombros anchos y unos buenos abdominales (que le hemos visto cuando pasea por la playa sin camisa).
Así que no te sorprenderá que se le den bien los deportes. Ya sabes que Archie siempre juega en el campeonato de rugby. Este año, como les faltaba un jugador, le pidieron a Albert que participara y accedió. Debió de ser una buena adquisición, porque ganamos por primera vez en tres años. De hecho, Archie está un poco celoso. Ya sabes el enorme ego que tienen los chicos, ¡qué se le va a hacer!
Escribe pronto y cuéntamelo todo. ¡Te echo muchísimo de menos!
Miles de besos,
Annie
Para: Annie Britter anbrit86
De: Candy White ˂
Asunto: Re: ¡Ya estoy conectada!
Adjunto: Diario de Candy (125KB)
Hola Annie:
Gracias por escribirme. No tienes ni idea de lo bien que me ha sentado saber de ti.
Tengo un montón de cosas que contarte, pero antes que nada, no sabes cuánto me alegro de que estéis contentos en Cairns a pesar de que me va a costar acostumbrarme a no tenerte en la isla.
Gracias por la información sobre Albert. Ahora que lo conozco en persona, sé que lo has descrito perfectamente. Albert vino a la boda de su madre y se pasó a saludarme. Te mando un adjunto para que sepas lo que pasó.
Te va a dar mucha rabia saber que estabas ausente en un momento crucial de mi vida. He usado el escáner de Albert para enviarte una selección de entradas de mi diario. Cuando lo leas sabrás a qué me refiero.
Como es lógico, solo puedes leerlo tú. Por favor, bórralo en cuanto acabes. Después, escríbeme diciendo lo que piensas, por favor.
Gracias por adelantado.
Un fuerte abrazo para los dos,
Candy
Para: Candy White ˂
De: Annie Britter anbrit86
Asunto: Re: ¡Ya estoy conectada!
¡Vaya, vaya! Me despisto unos días y te conviertes en una mujer fatal. Gracias por dejarme leer tu diario. Debió de ser increíble cuando apareció en tu puerta y te llevó al Big Ben y al ballet. ¡Y tú debías de estar preciosa con el vestido negro! ¿Puedes mandarme una foto?
¡Qué apropiado que fuerais a ver Romeo y Julieta!. Habría dado cualquier cosa por verlo. ¿Te acuerdas de cuando quería ser bailarina?
Bueno, ahora hablemos de ti. Comprendo que estés enfadada porque Albert se hiciera pasar por Anthony, pero como tu mejor amiga, tengo que decir que no llego a entenderte. Pensarás que soy una desconsiderada, pero no sé por qué te parece tan terrible lo que ha hecho. Pretendía convertir tu sueño en realidad y, si te soy sincera, cada vez que te imagino aquella noche, se me pone una sonrisa de oreja a oreja.
Por lo que puedo leer entre líneas, Albert te encontró tan guapa con tu vestido negro y se quedó tan subyugado con tu beso, que quiso pasar el fin de semana contigo en Cornwall. Sin embargo, no quiso que vuestra relación alcanzara un punto más… íntimo sin que supieras quién era en realidad. ¿No crees que eso es honorable?
Está claro que no vemos la situación de la misma manera, Candy. Ya sé que no estaba presente y que solo sé lo que pasó por tu diario. Siento no serte útil. ¿Quieres llamarme para que hablemos más sobre ello?
Todo mi amor, Annie
Diario de Candy, 8 de junio
Estoy en estado de shock. No puedo creer que Annie no me apoye cuando más la necesito. ¿Por qué no comprende cómo me siento? Siempre ha estado de mi lado, pero ahora no parece que veamos las cosas con los mismos ojos. ¿Cómo se le ocurre pensar que el engaño de Albert es comprensible?
¿No se da cuenta de lo humillada que me sentí, ni de cómo se aprovechó de mi ingenuidad? Lo raro sería que no estuviera tan furiosa.
Será mejor que hablemos. La llamaré mañana por la mañana, durante la tarde en Australia, para que aclaremos esto. No me sentiré bien hasta que sepa que está de mi lado.
Diario de Candy, 9 de junio
No puedo dormir, así que estoy tomando un vaso de leche caliente y una tostada. Entretanto, intento pensar qué decirle a Annie mañana.
En mi mente se repite una y otra vez la misma conversación:
Annie: ¿Por qué estás tan enfadada con Albert?
Yo: Porque ha mentido y me ha engañado.
Annie: Solo quería que tu estancia en Londres fuera perfecta. Reconócelo, Candy, nunca lo habías pasado tan bien como con Anthony.
Yo: Puede que sí, pero nada era real.
Annie: ¿Y por qué tenía que serlo?
Yo: Porque para mí era tan maravilloso que tenía que serlo. Me enamoré de Albert cuando fingía ser Anthony. Ahora no tengo a ninguno de los dos y estoy destrozada porque… porque…
Annie: ¿Por qué Candy?
Yo: Porque puede que siga enamorada de él.
Dios mío, necesito ayuda. Creo que es verdad que sigo enamorada de Albert y que quizá ésa sea la razón de que esté tan furiosa con él.
Yo me enamoré locamente de Anthony, y quise creer que él se podía enamorar también locamente de mí, pero solo fingía.
La confusión que siento es una mezcla de ira y desesperación. Así que bajo mi enfado, se oculta un profundo sentimiento de pérdida.
Si Albert se hubiera presentado al conocernos, habríamos hablado de cosas que nos importan a ambos y sobre las que nos habíamos escrito como amigos: nuestras casas, amigos, su madre, mi padre, su novela, Londres. Pero en lugar de ganar un amigo, invertí mi tiempo y mi energía en una fantasía, y lo único que sé en este momento es que nunca podré reponerme, y que ni siquiera puedo hablarlo con Annie.
Lo mejor será que mande un correo a Albert, breve y amistoso, que no deje traslucir cómo me siento. No quiero que sepa que sigo sufriendo, así que tendré que encontrar el tono adecuado.
