¡Hola~~!
Cada vez me sorprendo más de la cantidad de apoyo que estoy recibiendo por parte de todos. De verdad, mil gracias por los reviews. No sabéis lo que me emociona el abrir el correo y encontrarme uno. Me dan la vida, así sé lo que pensáis, si os gusta o no cómo va la historia, el leer vuestras apuestas. ¡De verdad! ¡Mil gracias por todos los reviews! ¡Os adoro muchísmo!
En este capítulo vamos conociendo más personajes, que serán clave en el desarrollo de la historia. Seguro que sabéis quienes son nada más leerlo, es algo fácil de conseguir.
En fin, espero que este capítulo os guste tanto como yo he disfrutado escribiéndolo (Sé que digo lo mismo en todos los capítulos, pero amo esta historia)
1 besito muy grande
Ciao~~
P.D: Olakase: Oh, no sabes lo que me alegra oír eso ^^ Ojalá te sigan gustando los capítulos siguientes :)
Ahari: Eh... Sí. Lo mataron... ¿Quién? No se sabe. Bueno, saber no se sabrá hasta más adelante, pero me ha hecho feliz saber que el capítulo te ha impactado. Eso significa que lo voy haciendo bien por el momento ^^
GinkoWolsafadt: ¡Lo siento! ¡Pero era necesario! No te preocupes, todo se aclarará, pero Rode no revivirá... Jo... ¿A Rusia? Si no ha salido en este fic... Creo *se mira los capítulos anteriores*
Capítulo 10
Aquella mañana se encontraba bastante mejor. El cuerpo no le dolía tanto y podía moverlo con algo más de soltura. Durante toda la noche, su primo Andrei había permanecido junto a ella vigilando su cuerpo. No podían arriesgarse a que alguien la descubriera allí, podía avisar a las autoridades. En algún momento de la mañana, Andrei volvió a entrar acompañado por una bandeja con té y galletas, algo muy sencillo.
—Primita, a desayunar —dijo esbozando una sonrisa, a la vez que cerraba la puerta.
Colocó la bandeja sobre una mesa cercana y sirvió el té, acercándole la taza a Elizabetha. Sus manos rodearon la fina porcelana y se encogió de hombros, disfrutando del calor que emanaba de la taza. Dio un pequeño sorbo y sonrió, mientras se pasaba la lengua por los labios, recogiendo las gotitas del té que se habían quedado sobre ellos.
—Está delicioso —dijo Elizabetha, suavemente—. Gracias.
Andrei sonrió y se sentó junto a ella, con el plato de galletas en una de sus manos, tendiéndoselo para que cogiera una.
—Come, anda. Necesitas recuperar fuerzas.
Elizabetha mordisqueó una de las galletas, que estaban cubiertas de mermelada y azúcar. Cerró los ojos y disfrutó de un dulce, que hacía más de tres meses que no probaba. Después, miró a Andrei con sus ojos verdes.
—¿A dónde vamos?
—A casa de un buen amigo, un familiar —dijo levemente, bajando el tono considerablemente, como si temiera que alguien pudiera escucharles.
—¿Dónde vive? —preguntó la castaña, inquisidoramente.
Andrei sonrió brevemente, intentando recuperar un poco de su humor jocoso.
—En… El Imperio Alemán —completó mostrando una pequeña hilera de dientes blancos.
—Y… ¿Quién es? —preguntó alzando una ceja. Algo le decía que no le iba a gustar la respuesta.
—No te preocupes por eso ahora —contestó cambiando de tema inmediatamente—. ¿Cómo te encuentras?
—Bueno, mejor que ayer, desde luego —entrecerró los ojos y suspiró—. Andrei… ¿Qué va a pasar conmigo de ahora en adelante?
Andrei dejó el plato encima de la mesa sin contestar. Suspiró cerrando los ojos y se giró, mirándola mientras cogía sus manos, depositando un beso en ellas. No se las soltó en ningún momento, mientras le hablaba con voz suave y tranquila.
—Elizabetha, te voy a ser sincero. Eres una proscrita, tanto en Inglaterra como en el Imperio Austro-húngaro. Las autoridades te buscan por un asesinato que… —una mueca de Elizabetha le hizo apresurarse a explicar algo—. Déjame terminar —pidió cansadamente a lo que Elizabetha asintió—. Las autoridades te buscan por un asesinato que estoy seguro de que no has cometido. ¿Por qué matarías a la persona que habías elegido para casarte? Con lo que te había costado decidirte —murmuró enfurruñado.
Elizabetha sintió como el nudo que tenía en la garganta se hacía cada vez más grande y las ganas de llorar se acumulaban en sus ojos.
—Por eso, ahora solo tienes pocas opciones.
—Y una de ellas no va a gustarme, ¿verdad? —preguntó con una pequeña sonrisa—. Por favor, Andrei…
Un suspiro salió de los labios del rubio y la miró fijamente.
—Puedes trabajar como dama de compañía —comentó y soltó una pequeña risa cuando escuchó el quejido de protesta de la castaña—. Pero eres demasiado joven para desempeñar dicho trabajo. El otro, es que tomes los hábitos —sonrió cuando ella le miró alzando una ceja—. Pero te echarían por ser demasiado masculina… ¡Auch! —se quejó al sentir el golpe con los nudillos propinado por Elizabetha en el hombro. Tras acariciarse levemente la zona golpeada, la miró fijamente—. Un día me vengaré por todos estos golpes, quedas avisada, querida.
Elizabetha sujetó sus manos con fuerza y cerró brevemente los párpados, dejando a las pestañas proyectar una larga sombra sobre sus mejillas. Abrió los ojos nuevamente y le enfrentó con una sonrisa amarga.
—¿Cuál es la tercera opción? —Andrei estaba en completo silencio—. Dímelo, por favor —suplicó.
—La tercera opción, es que trabajes como institutriz —contestó al cabo de unos segundos.
—Institutriz… —repitió Elizabetha sin saber muy bien cómo continuar—. Pero, yo…
Andrei le puso una mano sobre el mentón y la obligó a que le mirase. Elizabetha tenía la mirada perdida, fijada en el suelo y parpadeaba a cada segundo. Cuando le volvió a acribillar con sus ojos verdes, Andrei le dedicó una sonrisa amable.
—Piénsalo, Eli —pidió suavidad—. Has sido educada por los mejores tutores e institutrices, tienes conocimientos de diferentes lenguas, modales, historia, matemáticas, geografía, lingüística, ciencias, música, arte… Una pequeña joyita, un diamante en bruto que está esperando a que sea descubierto y pulido. Además —hizo una pequeña pausa y sonrió—, eres joven y te gustan los niños. Eres la candidata perfecta.
Elizabetha suspiró.
—¿Y cómo te enteraste de este trabajo? —preguntó con curiosidad.
—Verás, te he dicho ya que un amigo mío va a ayudarnos, ¿verdad? —tras el asentimiento de cabeza de la castaña, continuó—. Bueno, pues tiene un hermano pequeño, tendrá ahora unos ocho o nueve años, y, la verdad, no han tenido demasiada suerte con las institutrices. No tienen la paciencia ni la dedicación necesaria para ocuparse de las clases del niño, están más obcecados en ver qué es lo que pueden ganar de su estancia en la casa.
—Y, por supuesto, tú amigo está harto —completó Elizabetha—. Ese niño, ¿qué sucede con él? ¿Es algún tipo de vándalo o monstruo?
Andrei soltó una carcajada.
—¡Para nada! Es el niño más formal que puedas echarte a la cara. Algunas veces, cuando he ido de visita, creí estar hablando con un adulto más que como un niño de esa edad tan pequeña. Sinceramente, no se parece en nada a su hermano.
—Ajá —murmuró Elizabetha con una pequeña sonrisa—. Y, ¿le conozco? —Ante la cara de interrogación del rubio, se apresuró a explicarlo—. Al hermano mayor, quiero decir.
Andrei se quedó callado durante unos segundos.
—Andrei…
—Sí, se podría decir que sí —una bocina avisó de la llegada a puerto y Andrei se puso de un salto y se giró hacia la castaña—. Ya estamos llegando a puerto, será mejor que te cambies para que nadie te reconozca a la salida del barco y, mucho menos, durante el camino hasta nuestro destino.
—Pero, yo no…
—Lo tengo todo bajo control —dijo con una sonrisa y acercándose a la pequeña cómoda que había. Elizabetha no había reparado antes en aquel mueble, pero casaba a la perfección con el resto de la decoración del camarote. Era lujoso y debía de costar una buena y pequeña fortuna. Abrió uno de los cajones y sacó un vestido perfectamente doblado, al igual que ropa interior y un tocado para el pelo—. Te vas a poner esto.
—Andrei, es un traje de luto —contesté una vez que se acercó y me tendió el vestido.
—Ya, ¿y? —preguntó como si la respuesta fuera tan obvia como para contestar. Elizabetha se cruzó de brazos y frunció el ceño, advirtiéndole con la mirada—. Elizabetha, este traje, junto con el tocado, es demasiado austero y solo deja al descubierto un poco de piel, la de la nuca, concretamente. Y no creo que nadie vaya a reconocerte por tu cogote.
—¿Voy a tener que ir siempre vestida así?
Andrei negó con la cabeza y rió.
—Qué poquito te gusta el negro. Debí haberlo supuesto, pero es necesario —dijo—. Ahora, será mejor que te asees un poco y te cambies. Tienes agua limpia y caliente en el lavabo de allí —contestó señalando un pequeño mueble con una vasija blanca decorada con tonos azules y ribete dorado, una jarra del mismo estilo y unas toallas de hilo bordado—. Volveré en veinte minutos. Estate lista para entonces —dijo antes de cerrar la puerta.
Elizabetha volvió a quedarse sola en aquella habitación. Aunque era cierto que hoy se encontraba mejor, el movimiento de su cuerpo no había mejorado demasiado, y lo comprobó cuando se intentó poner en pie y casi cae de bruces contra el suelo del camarote. Caminó con lentitud, despacio, poniendo un pie delante del otro y soltando pequeños quejidos de dolor. Cada paso que daba era como si un puñal se clavase en la planta de su pie, rasgándole la piel.
Cerró la puerta con pestillo y caminó hasta el pequeño mueble que le había señalado Andrei. Tomó la jarra entre sus manos y vertió el contenido sobre la vasija, introduciendo después las manos dentro del agua. Estaba tibia, no demasiado caliente, ni tampoco demasiado fría. Pareciera que Andrei hubiera pedido que la trajeran hirviendo para que, durante su conversación, tomara la temperatura perfecta.
Se quitó la ropa interior que había llevado durante los últimos tres meses. No la habían dejado asearse en ningún momento. Cayó al suelo como un arrebuño de ropa ennegrecida, como si se le hubiera caído la piel por culpa de la lepra. Miró a la vasija y sonrió.
Agua limpia con la que podía limpiarse. Por fin, después de mucho tiempo. Lo agradeció supremamente. A medida que la pequeña esponja, la cual estaba dentro de la vasija, recorría cada centímetro de su piel sentía como la tranquilidad y el alivio comenzaba a aflorar. Cerró los ojos y disfrutó de aquel pequeño momento. Terminó de asearse, limpiándose el cabello con unas pequeñas esencias que había dejado Andrei sobre la cómoda, y se puso la nueva ropa interior, ciñendo el corsé a su cuerpo tirando de las cintas de seda.
Se recogió el pelo en un moño austero y ajustado, sencillo sin demasiadas florituras. Era una suerte que hubiera practicado durante tanto tiempo con su doncella Sally; ahora podía vestirse sin la ayuda de nadie. Algo que, sin duda, iba a necesitar de ahora en adelante. El vestido que Andrei le había dejado, era completamente negro, con un escote cubierto por satén negro hasta el cuello, cubriéndolo por completo. Las faldas eran amplias, aunque no tanto como las que había llevado en sus vestidos de noche.
Para terminar, se colocó el sombrero ladeado de forma circular y bajó el trozo de seda translúcida negra también, cubriéndose completamente el rostro. Era el atuendo típico de una viuda que había entrado en aquel estado recientemente. Nadie se fijaría jamás en una mujer con ese aspecto. Elizabetha se colocó el colgante de su madre al cuello, metiendo el anillo dentro de la cadena, escondiéndolo dentro del vestido, lejos de las miradas ajenas.
Unos golpes en la puerta tras unos minutos, la hicieron girar la cabeza y suspirar. Esperó unos segundos a que se abriera la puerta, y entró su primo Andrei. La miró de arriba abajo y silbó tras cerrar la puerta.
—Pareces una cucaracha —contestó jocoso antes de tenderle unos guantes—. Póntelos, tus manos son demasiado delicadas para ser las de una institutriz.
Elizabetha observó los guantes; eran preciosos, de encaje negro completamente, hasta la altura de la muñeca. Hizo lo que le pidió y se contempló ligeramente. Andrei tenía razón. Era como una cucaracha.
—Andrei, el atuendo está muy bien pero, con solo esto no voy a pasar desapercibida. ¿Qué pasará con mi acento o, con mi nombre?
—Estarás completamente protegida en el sitio al que te voy a llevar. Créeme —contestó mientras la abrazaba.
Ambos salieron del barco sin despertar el interés de los demás pasajeros del barco. Elizabetha iba agarrada del brazo de Andrei, mientras que llevaba pegada al pecho con la otra mano, la pequeña muñeca de porcelana. Entraron en un carruaje y, tras darle Andrei una dirección al cochero, el vehículo se puso en marcha por las amplias calles de la ciudad. Las conversaciones de la gente eran como un continuo zumbido a los oídos de la castaña. No podía comprender nada y eso que había aprendido alemán. Los murmullos eran constantes, pero también lo era el movimiento. La multitud se dispersaba aún cuando un carruaje pasaba entre sus comercios. Andrei no había abierto la boca, ni siquiera cuando el carruaje dio un pequeño bote que descolocó las cortinas. Elizabetha descorrió la cortina y observó el exterior, asombrada.
—Andrei, dime a dónde vamos —pidió con seriedad.
Andrei no dijo nada, solo se dedicó a observarla en silencio.
—¡Andrei! —exclamó molesta Elizabetha levantándose.
—Nos dirigimos a Berlín, Eli —contestó tras unos cuantos segundos—. No tienes porqué ponerte nerviosa. Te dije que estarías a salvo. Lo prometí, ¿o no? —Elizabetha asintió con la cabeza—. Pues ya está —contestó dando por zanjado el tema.
Elizabetha dejó caer la cortina en cuanto vio que el bosque se comenzaba a hacer cada vez más tupido y espeso. Al principio, no notó que el carruaje comenzaba a cobrar velocidad. Estaba preocupada por el estado de su familia y por su propia situación. Sin duda, el estado anímico y físico de su padre y su tía le ponía en tensión por no saber el cómo se encontraban. Aunque se consideraba una mujer adulta desde hacía algún tiempo, todos a su alrededor la habían querido proteger del mundo todo el tiempo posible, inclusive ahora se sentían culpables por su encierro en prisión; tal y como le había dicho Andrei. Pero ellos no tenían la culpa. Nadie la tenía, tan solo ella. Ella no recordaba nada acerca de la noche de bodas. Nada, absolutamente nada.
Su padre. Daniel tenía que estar destrozado. Su única hija, la única familia que le quedaba había sido acusada de asesinato. Sentenciada a muerte por la horca. Su tía Erzsébet se había ocupado de todo lo relacionado con el entierro y le había suministrado el pequeño frasquito con el que saldría de la prisión si tenía suerte. Y luego, estaban sus primos. Su primo hermano Andrei y su mujer Nadya, su nueva prima política. Ambos acababan de contraer nupcias, y que se vieran envueltos en un asunto tan oscuro como este, no era agradable.
Ahora Elizabetha se sentía culpable. No, no se sentía culpable. Era culpable. Toda su familia, la poca que tenía, había sufrido por culpa suya. Y lo peor era que, si se descubría que ella seguía con vida, su familia también sufriría las consecuencias. Tal vez, debería entregarse y aceptar su destino. Todo el mundo quería verla muerta y, si continuaba enredando a más gente, más clamarían por su castigo.
Mientras que Elizabetha cavilaba, el carruaje comenzó a ir más deprisa y, finalmente, se lanzó en una carrera enloquecida por el camino. Elizabetha y Andrei se vieron zarandeados de un lado a otro y la castaña despertó por fin de sus meditaciones. Intentó mantenerse sentada y se agarró con todas sus fuerzas. No estaba asustada, sino solo sorprendida.
—Andrei… ¿Qué está pasando? —preguntó mirando el rostro de su primo, el cual estaba completamente blanco.
—No… No lo sé —Andrei se giró y miró al conductor del carruaje—. ¡Shelby! ¿Qué estás…?
No pudo terminar su frase. Elizabetha frunció el ceño, intentando mantener el equilibrio y no dejó de observar a su primo. Una rueda del carruaje pisó un bache y Andrei se golpeó la cabeza contra el techo.
—Shelby no es de los que se asustan fácilmente —murmuró entre dientes el rubio.
Sacó una pistola del interior de su chaleco y la cargó, teniéndola preparada para disparar en cualquier momento. Elizabetha abrió los ojos asombrada y un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Qué estaba pasando?
—Andrei… ¿Qué…?
—No hagas ruido —dijo Andrei en un susurro poniendo un dedo sobre sus labios.
Ahora se movían más despacio. Los caballos habían dejado de galopar e iban al paso. Elizabetha oyó un disparo y se quedó paralizada. Se oyeron gritos cercanos y Andrei acercó su cuerpo a una de las puertas. Después, oyó que Shelby vociferaba con aspereza, pero no entendió lo que decía.
—¡Detenga el carruaje! —bramó una voz profunda y autoritaria.
Andrei frunció los labios nervioso y consciente de que estaban aún lejos de la ciudad de Berlín, pero tenía que tranquilizarse para que Elizabetha no cayera en completo pánico. El rubio se inclinó hacia la ventanilla, apartó la cortina y miró fuera. Frunció el ceño y soltó un pequeño gruñido. Elizabetha también miró por la ventana y sus ojos se agrandaron, llenos de sorpresa, sintiendo como una punzada de miedo atravesó su cuerpo.
—Andrei… —le llamó—. Dame una pistola —sintió los ojos rojos de su primo sobre ella evaluándola fijamente.
—Olvídalo. No tengo más armas en el carruaje y no voy a ponerte en peligro.
—¡Quiero ayudar! —gritó.
—¡No! —la miró fijamente dando por finalizada la conversación.
Volvió a observar por la ventana y lo vio. Justo al lado del carruaje había un hombre montado sobre un gran caballo negro, vestido con un gabán del mismo color que su montura, sombrero y máscara. Tras él, se movía, inquieto, otro jinete. Unos salteadores de caminos.
Las ruedas se detuvieron y ambos primos oyeron el relincho de protesta de los caballos. Después escucharon las palabras del cochero.
—A este carruaje no le pondréis las manos encima. Antes tendréis que matarme a mí.
Andrei sonrió levemente. Shelby era una de las pocas personas en las que podía confiar y sabía que le defendería hasta el último aliento.
—Eli, quédate aquí. Ni se te ocurra salir oigas lo que oigas —le advirtió.
El rubio abrió la puerta del carruaje y gritó:
—Shelby, no vamos a arriesgar la vida de nadie por culpa de este ladrón y sus compinches. Le daremos lo que quiera y seguiremos nuestro camino.
El bandido tiró de las riendas de su caballo negro y desmontó de un salto. Su cómplice siguió sentado sobre su montura, observando toda la escena.
—¿Quién más hay en el carruaje? —preguntó él, con un marcado acento francés.
—Mi hermana, recientemente enviudada —contestó.
El bandido no pareció creerle. Se acercó más al carruaje y abrió la puerta. Elizabetha abrió los ojos bajo la gasa que ocultaba su rostro y aún más cuando el bandido, sin pedir permiso, estiró los brazos y los posó sobre su cintura sin pedir permiso. La levantó sin ceremonias y la depositó en el suelo, al lado de Andrei, que la abrazó y la puso detrás de su espalda. El bandido entró dentro del carruaje, como si hubiera visto algún compartimento escondido, aunque no tardó demasiado en volver a apearse de él de un salto.
—Están limpios —contestó mirando a su compinche, que se bajó también del caballo.
—¿Quiénes son ustedes y que hacen viajando solos? —preguntó con aspereza el otro hombre, con un marcado acento español, o así lo reconoció Elizabetha.
El antifaz de raso negro cubría su cara, aunque dejaba al descubierto sus ojos, de color verde. Tenía el cabello castaño corto salvo por la larga coleta, algo ondulado sin llegar a tener rizos, sujeta por un lazo de seda rojo. El primer bandido, el que había osado tocarla, tenía el cabello rubio ondulado hasta los hombros. También llevaba un antifaz negro, pero sus ojos eran azules y tenía una pequeña perilla perfectamente recortada en la barbilla. Ambos llevaban una capa de lana y las botas de montar les llegaban hasta las rodillas.
Elizabetha inspiró con fuerza y tembló al principio, pero no estaba dispuesta a dejarse acobardar. Si aquellos hombres decidían cambiar de método y matarlos, lo harían de todos modos. Pero ella no se rendiría sin luchar, por mucho que Andrei se lo hubiera prohibido expresamente. No se dejaría humillar. Aquellos hombres eran ladrones, bandoleros, unos sinvergüenzas.
—¡No son ustedes más que gentuza —le dijo la castaña—, y no veo por qué ha de ser de tu incumbencia cómo viajemos o no viajemos!
—¡Basta! —gritó Andrei.
El bandido castaño hizo un gesto con la cabeza a su compañero y este se acercó a Elizabetha por detrás, pasándole las manos por la cintura.
—¡Oh la lá! —exclamó el bandido y Elizabetha estuvo casi segura de que era francés, tal y como había pensado desde que lo escuchó hablar—. ¡Le chaton saca las uñas! —acarició el vientre de la castaña mientras soltaba aquella pequeña frase.
—¡No me toques! —gritó Elizabetha propinándole una patada en la entrepierna que provocó que el bandido ahogara un grito y cayera al suelo mientras se sujetaba la entrepierna.
El otro bandido soltó una carcajada y se cruzó de brazos.
—Desde luego, es una muchacha de armas tomar —murmuró divertido. Se giró hacia Andrei, que había vuelto a separa a Elizabetha del bandido rubio, y se acercó a él—. Podéis marcharos.
Andrei asintió con la cabeza y acompañó a Elizabetha hasta el carruaje, ayudándola a subir para después desaparecer él en el interior. Shelby también subió al carruaje y chasqueó las riendas, alejándose de aquel pequeño camino en el bosque. Andrei se sentó junto a Elizabetha y le pasó un brazo por los hombros.
—¿Cómo estás? —preguntó en voz queda.
—Yo… —inspiró profundamente y le miró con sus ojos verdes—. ¡¿Cómo se ha atrevido a tocarme?! ¡Maldito pervertido! ¡La próxima vez quiero un arma para poder acribillarle una bala en su cuerpo que le haga pensarse una próxima vez, si es que la hay, en tocar a la gente sin su permiso!
—Por eso podrían meterte en la cárcel —comentó—. Y esta vez, con todas las de la ley —alzó una ceja.
Unos golpes en la pequeña ventanilla del carruaje hizo que Andrei se girase y la abriese.
—¿Qué sucede, Shelby? —preguntó.
—No deberíamos hacer ninguna parada antes de llegar a nuestro destino —comentó el cochero. Su voz continuaba algo nerviosa, y no era para menos, Elizabetha sentía que su corazón fuera a salir de un momento a otro.
—Estoy de acuerdo. ¿Cuánto tardaremos en llegar, más o menos?
—Unas cinco o seis horas —contestó el cochero—. Estaremos allí a medianoche, más o menos, a lo mejor, y con un poquito de suerte, antes.
—Perfecto —contestó Andrei—. Si necesitas hacer alguna parada, avísame —contestó cerrando la ventanilla y girándose hacia Elizabetha—. Será mejor que descanses. Es importante que estés despierta y con tus facultades al cien por cien.
—¿Algún tipo de sorpresa desagradable de la que tenga que estar en sobre aviso? —preguntó Elizabetha alzando una ceja.
Andrei sonrió y se reclinó sobre el respaldo acolchado y cerró los ojos, poniéndose las manos sobre el estómago con la intención de dormir. Elizabetha entrecerró los ojos y le observó. ¿Cómo podía permanecer tan tranquilo justo después de casi un atraco? Se giró y miró por la ventana. Dos sombras algo borrosas les seguían desde el horizonte, a unos veinte metros de distancia. Un escalofrío le recorrió de nuevo la espalda y se sentó correctamente, encogiéndose en su asiento y cerrando los ojos. Tal vez solo fueran imaginaciones suyas. Sí. Eso debía ser. Intentó dormir, tal y como había hecho Andrei.
