Capitulo 8
Terry me sujetó con fuerza por la cintura mientras yo forcejeaba intentando soltarme para correr al apartamento.
—Quieta —siseó en mi oído— no sabemos si sigue dentro.
Me dejó ir cuando me detuve por completo. Pisé el suelo y él se adelantó.
—¿Adónde vas? —susurré.
—A comprobarlo —dijo simplemente, y se acercó antes de que yo pudiera impedirlo.
Empujó la puerta y entró en silencio. Me retorcí las manos sintiendo que mi respiración se volvía agitada y se descontrolaba por momentos. En mi mente aparecieron numerosas escenas de películas y series policíacas. Sonido de disparos, de golpes, el silencio. Ni siquiera oí que Terry se había acercado hasta que me levantó la barbilla.
—Está vacío. Vamos. Tiró de mi mano y una vez dentro yo me solté. Recuperé la cordura y corrí hacia la habitación. Lo único de valor que tenía lo guardaba allí.
Lo único de valor para mí.
Abrí el cajón de la mesilla y rebusqué con las manos, a tientas, a la vez que Terry, detrás de mí, encendía la bombilla, que emitió una débil luz titilante. No encontré lo que buscaba y vacié todo el contenido en el suelo de linóleo.
—¡No está! ¡No está! —chillé frenética, arrodillándome y revolviendo la ropa interior dispersa.
Él se acuclilló a mi lado y me sujetó una muñeca con la mano.
—¿Qué es lo que no está? ¿Dinero? ¿Guardabas el dinero aquí? ¿Alguna joya?
—¡No! ¡No es eso! —El miedo se agolpó en mi estómago y me dio un vuelco.
—¿Qué es? Sólo veo un conjunto variado de bragas y sujetadores—murmuró Terry, intentando tranquilizarme.
Me levanté de golpe y busqué a mi alrededor con la mirada, ignorándolo. Quizá lo había dejado en otro sitio, o puede que quien hubiera entrado a robar lo hubiese abandonado.
—Dímelo, ¿qué es eso tan importante? —exigió, y me cogió por los hombros.
—Tú no lo entenderías —mascullé alejándome, mientras mi mente daba vueltas como en una noria.
—Prueba.
Me volví y lo miré de frente.
—Es lo que me ayuda a seguir viviendo.
—Drogas.
—Son drogas legales, recetadas por un médico —aclaré como defensa, frotándome los brazos.
—Son drogas igualmente. Y estás equivocada. Es lo que al final te matará.
—Te he dicho que no lo entenderías —murmuré.
—Antidepresivos, somníferos, relajantes y tranquilizantes; ¿me equivoco? Eso es lo que hace que todo parezca que te es indiferente, que veas sin mirar y que toques sin sentir. Es lo que bloquea tu mente y tu cuerpo.
—No, tú nunca te equivocas, Terry — conseguí decir con desprecio.
Sentía que me estaba juzgando y no necesitaba ser juzgada. Necesitaba encontrar el estuche con mis pastillas. De improviso recordé algo y salí corriendo por la puerta hasta el salón. Terry atrapó mi bolso antes de que yo lo alcanzara y se volvió al tiempo que rebuscaba en él. Le golpeé la espalda, pero fue en vano.
—¡No tienes derecho! ¡Ningún derecho a revolver mis cosas!
Sacó un pequeño neceser y cogió varias tabletas de píldoras blancas. Las levantó en alto y yo salté intentando recuperarlas.
—Por lo que veo todavía guardas una pequeña reserva, para tres o cuatro días a lo sumo —dijo, y sin que yo pudiera evitarlo las arrojó por la ventana abierta que daba a la calle.
—¡No! —grité, y me asomé con tanta brusquedad que él tuvo que sujetarme por la cintura para que no me cayera.
Me revolví y me aparté como si me quemara.
—Te odio —le espeté con furia.
—No voy a permitir que las drogas dominen tu vida.
—¿Quién eres tú para impedírmelo? —pregunté desafiándolo.
—El único que se ha atrevido. —Se cruzó de brazos y respiró hondo— Ahora voy a salir a buscar algo de comida para los próximos días y alguna cosa más que vamos a necesitar. —Se acercó a mí y yo me retraje y lo miré con ira— Te quedarás aquí hasta que vuelva. Si averiguo que bajas a la calle a buscar esa mierda, no volverás a verme nunca.
—Vete —mascullé, dándole la espalda.
Lo oí resoplar y cerrar la puerta. Esperé unos minutos que se hicieron eternos hasta que calculé que estaría ya lejos. Salté a la escalera de incendios y me deslicé hasta el suelo. Cuando me volví, mi cabeza golpeó contra su pecho.
—Te he dicho que te quedaras en el apartamento. —Su voz se había vuelto más ronca si eso era posible.
Levanté la vista y me crucé de brazos.
—Y tú has dicho que si bajaba no te volvería a ver nunca.
—He mentido —afirmó, y me cogió de un brazo para arrastrarme a la puerta principal.
—¿Cómo has sabido...?
—Todo lo que trates de hacer, yo ya lo he hecho antes que tú. No podrás engañarme aunque lo intentes mil veces.
Cerró la puerta con llave y me dejó encerrada dentro. Caminé dando vueltas, sintiéndome como un león enjaulado. Pensé en llamar a mi psiquiatra por si cabía la posibilidad de que me enviara nuevas recetas, aun sin saber si éstas tendrían validez en Estados Unidos. Pensé en recurrir a Jimmy, quizá él pudiese conseguirme algo trapicheando, o a Malik, porque confiaba plenamente en que él sería capaz de lograrlo; incluso pensé en acudir a Hassan. Estaba segura de que, con dinero, en el mercado negro se podía comprar lo que uno quisiera. Llegué a plantearme regresar a España y volver a mi vida anterior y a mi acomodada existencia gris sin reparar en nada más.
Y ni una sola vez pensé en dejar el tratamiento. Ni una sola vez pensé que tal vez Terry tuviera razón y que fuera eso lo que me estaba destrozando.
Cuando regresó, yo estaba sentada en el sofá, sumida en mis lúgubres pensamientos. Lo miré con el mismo odio que antes de que se fuera. Llevaba colgada al hombro una bolsa de deporte negra y dos bolsas de papel marrón en cada brazo, llenas a rebosar de lo que supuse que sería comida. Dejó las bolsas en la encimera de la cocina y la bolsa de deporte en la habitación. Después salió y me observó en silencio. Eso me puso más nerviosa que su voz ronca.
—Vete —le dije con cansancio— No necesito que nadie me cuide.
—Quizá es que nadie te ha cuidado hasta ahora —musitó él, y lo miré a los ojos, desafiándolo.
—No sabes nada de mi vida. Tenía una vida perfecta, un novio perfecto, un trabajo por el que muchos darían su brazo izquierdo y una casa tan lujosa en la que con toda probabilidad te sentirías incómodo al cruzar el umbral. Tenía todo lo que deseaba conseguir.
—No tenías nada si para mantenerlo necesitabas fingir que eras otra persona.
—¡No fingía!
—Estoy seguro de que allí nadie sabe que estás enganchada a los tranquilizantes. Tu perfecta vida no era vida, si en un momento de lucidez decidiste abandonarlo todo para venir aquí.
—Allí lo tenía todo. ¡Todo! —grité furiosa.
—Allí no tenías nada —contestó él con serenidad.
—Aquí es donde no tengo nada —mascullé, frunciendo los labios.
—Me tienes a mí, ¿no es suficiente?
—No. No lo es —le repliqué, y me levanté para encerrarme en el baño. Me senté en el borde de la bañera y, por primera vez, me acordé del dinero que había escondido allí. Cogí la caja de tampones y lo encontré. Ni lo habían tocado. Estaba todo tal como lo dejé por la mañana. Me fumé un cigarrillo, sintiendo los primeros efectos de la falta del tranquilizante. Estaba nerviosa, inquieta e irascible. Salí al cabo de un rato, esperando que Terry se hubiera ido ya. Me equivocaba. Estaba de pie, apoyado en el marco de la ventana, mirando el anochecer neoyorquino.
—¿Todavía no te has ido? —pregunté.
—No lo voy a hacer. Las dos próximas semanas van a ser un infierno para ti. El efecto rebote va a ser peor de lo que esperas. No hay nada que pueda definirlo. No lo superarás si estás sola.
—Lárgate —le espeté— no quiero que estés aquí para verlo.
—Me quedaré —afirmó de nuevo— quiero ver quién se esconde detrás de mi chica cobarde.
—¡No me llames así!
—¿Acaso no lo eres pecas?
—No. No soy tu chica, no soy pecosa. No soy nada tuyo.
—Lo serás —murmuró, y me miró fijamente con tristeza— Será mejor que te acuestes.
Me volví con hastío y me encerré en la habitación. Me puse el pijama y me tendí en la cama. Di vueltas y más vueltas sin conseguir dormir. Al amanecer, mi cuerpo cansado me dio tregua y conseguí cerrar los ojos unos minutos. Me desperté sobresaltada y con la súbita sensación de que me faltaba algo. Esperaba que Terry hubiera desaparecido.
Me equivocaba de nuevo. Cuando salí al salón estaba preparando café, llevando sólo una camiseta de manga corta negra y unos vaqueros desgastados. Tenía el pelo revuelto y, si no deseara matarlo, me habría lanzado a sus brazos desesperada.
—¿Cómo te encuentras? —me preguntó con una sonrisa sesgada.
—Bien —mascullé— Voy a vestirme, tengo que ir a pasear a los perros.
—No vas a hacer nada de eso.
Me quedé inmóvil, a un paso de la puerta del baño.
—¿Y eso por qué?
—Te vas a ir encontrando peor por momentos. Yo haré tus turnos, al menos esta semana.
—¿Cómo puedes saberlo? —inquirí.
Sí, era cierto que me sentía más nerviosa de lo habitual, pero era del todo controlable.
—Porque he probado cada una de las drogas que existen en el mercado, las legales y las ilegales —aclaró.
—¡Joder, eres un puto yonqui! —exclamé.
—Lo era, sí. No estoy orgulloso de ello, pero he aprendido a aceptarlo —afirmó— y a reconocer los síntomas en otras personas.
—¿Estás diciendo que soy una adicta?
—Lo eres.
—¡Vete a la mierda! —barboté, y me encerré en el baño para darme una ducha.
Cuando salí, él ya se había ido.
Y cuando regresó me esforcé por ignorar su presencia todo lo que pude. Manifesté toda mi frustración, mi odio y mi amargura en forma de miradas asesinas, despectivas y dañinas. Y él se mantuvo impasible, sereno y sin perder la calma en ningún momento. Y también tenía razón. Aquella tarde empezaron los síntomas. Al principio sentí dolor de cabeza y me tomé una aspirina, lo que hizo que se me revolviera el estómago y decidiera acostarme. Dormité a ratos y me desperté sobresaltada varias veces, percibiendo cómo el palpitar de mi corazón me pedía mi dosis. Pero no lo llamé. Estaba convencida de que podría con ello sola, tal como lo había hecho todo anteriormente en mi vida. También me equivocaba en eso.
El segundo día noté un intenso frío que me atenazaba los huesos y me envolví en una manta, sentada en el sofá. Así me encontró Terry cuando regresó de su paseo matutino.
—¿Quieres que te prepare algo para comer? —me ofreció.
—Quiero que no hables tan alto. Me retumba la cabeza o—protesté, y me levanté tambaleándome para acostarme de nuevo.
No conseguía cerrar los ojos sin marearme y si los abría la luz era demasiado intensa. Dolía. Me hacía daño en las pupilas y en el alma. Los sonidos se acrecentaron y comenzaron los zumbidos en los oídos. Y con ello aparecieron los temblores y la sensación de angustia permanente.
A media tarde, Terry entró y depositó una taza con caldo humeante sobre la mesilla.
—Bébetelo —susurró— llevas dos días sin probar bocado.
—No tengo hambre —mascullé, frunciendo los labios ante el dolor que me produjo el simple sonido de su voz.
—Inténtalo. —Y acercó la taza a mi boca, mientras me incorporaba con otra mano.
Di unos sorbos y me dejé caer sobre la almohada con un gemido. Al poco rato, mi estómago se rebeló y trastabillé hasta el baño, donde vomité lo poco ingerido. Estaba sudada y mareada. Temblaba y no lograba mantenerme estable. Y él estaba allí. Sujetándome la cabeza, dándome masajes en la nuca, soplándome en la frente. Resbalé hasta el frío suelo de baldosas rotas y me abracé el cuerpo al tiempo que sollozaba.
—No lo conseguiré —balbuceé.
—Lo harás. Sólo tienes que seguir respirando, sólo eso—murmuró Terry, acariciándome el pelo.
Me cogió en brazos y me llevó de nuevo a la cama. Se tumbó a mi lado vestido y se quedó conmigo hasta que me dormí de puro agotamiento. Mi cuerpo luchaba e incomprensiblemente también deseaba morirse, pero la testarudez del hombre que permanecía allí tumbado no lo iba a permitir.
Los siguientes días estuvieron envueltos en una bruma extraña. Tenía hambre y comía. Lo vomitaba. Tenía frío y él me arropaba con su cuerpo. Tenía miedo y Terry me frotaba la espalda hasta que me calmaba. A veces se mantenía en silencio durante horas, observándome. Otras, se sentaba a mi lado y hablaba hasta que conseguía que mis dientes dejaran de castañetear.
Al final de la primera semana me arrastré hacia el baño al oír cerrarse la puerta. Me metí bajo el chorro de agua hirviendo y me quedé allí hasta que la piel me escoció. Cuando salí, me miré al espejo sin reconocerme y, avergonzada, aparté la vista. Me tambaleé un poco y me estremecí de frío de nuevo. La puerta sonó con un golpe suave y supe que Terry había vuelto. Apreté los puños y sentí que la ira burbujeaba en mi interior. No quería que estuviera allí, odiaba que me viera en ese estado. Lo odiaba a él. Salí desnuda por completo y lo encontré junto a la pequeña cocina de gas, preparándose un café. Levantó la cabeza y me miró sorprendido.
—Pero ¿qué...? —exclamó, y sentí su mirada recorriendo mi piel.
—¿No es esto lo que buscas? —Me acerqué despacio y me detuve a un paso de él — Pues tómalo y lárgate de una vez —murmuré, apretando los dientes.
—¿Es así como lo consigues, chica cobarde? ¿Ofreces a los demás lo que quieren de ti sin preocuparte de lo que tú realmente deseas?
Su voz ronca y tiznada de pena sólo hizo que me enfureciera más. Ignoré sus preguntas y me colgué de sus hombros, enredando los dedos en su pelo. Me restregué contra su cuerpo y le mordí el labio inferior.
—¡Fóllame! —siseé cerrando los ojos— ¡Hazlo y vete! No quiero verte nunca más.
Me apartó sujetándome por la cintura con fuerza y resopló.
—¡No lo voy a hacer! ¡No así! —Respiraba de forma agitada, pero sus manos seguían firmes en mi cuerpo.
—Sé que lo deseas. Desde el principio lo has querido. —Mi mano se movió rápida hasta su abultada entrepierna y él emitió un gemido ronco.
—¡No! ¡Joder no! —masculló, y sus dedos se cerraron sobre mi cintura hasta que me dejaron marcas.
—¿No? —pregunté con suavidad, y me reí a carcajadas, en un estado cercano a la demencia.
—No lo intentes conmigo. —Sus ojos nublados buscaron mi mirada— No intentes seducirme como si fuera otro cualquiera. Porque no lo soy. No me iré hasta que te vea recuperada. Y sólo entonces, si me lo pides de nuevo, lo haré. Me iré y no volverás a verme.
Me aparté de forma brusca y lo abofeteé con fuerza. Él giró la cabeza a causa del impacto, para mirarme a continuación entrecerrando los ojos.
—¡Te odio! ¡No he odiado a nadie nunca como a ti! —aullé sin control.
Permaneció en silencio e inclinó la cabeza mientras se frotaba la mejilla. Di media vuelta, incapaz de soportar más tiempo su mirada llena de compasión, y me encerré en la habitación. Me puse el pijama con movimientos rápidos, respirando entre jadeos, y me dejé caer contra la pared. Doblé las piernas y agaché la cabeza. Me balanceé en un movimiento mecánico, mientras las lágrimas surcaban mis mejillas. Sofoqué un grito contra las rodillas y, en ese momento, sentí su mano sobre mi pelo todavía húmedo.
—Vete, por favor —supliqué sollozando— necesito estar sola. Déjame.
—No —negó de nuevo— todavía no lo has entendido. Jamás te dejaré sola. Quiero saber quién se esconde detrás de todas esas capas que te has puesto para defenderte del mundo. Quiero saber quién eres en realidad.
Levanté la vista, borrosa por las lágrimas depositadas en mis pestañas, y solté una carcajada amarga.
—No quiero ser aquella persona de nuevo.
—¿Por qué? —preguntó con extrema suavidad.
—Porque duele demasiado —contesté casi sin voz, y agaché de nuevo la cabeza, ocultándome de su mirada.
Me cogió en brazos y me depositó en la cama. Se quedó un momento observándome y salió en silencio. Pasaron horas. No oí ningún sonido, pero sabía que estaba al otro lado de la puerta. Lo estuvo cada minuto, cada hora, cada día. Inamovible. Como una roca azotada por una tempestad. Como una roca a la que asirme cuando deseaba morir y abandonarlo todo. Su fortaleza me hería, me cuidaba, me lastimaba, me acariciaba. Imperturbable, sereno, tranquilo, divertido, sarcástico, inteligente y cínico.
Él me salvó y yo lo odié durante cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día.
Una tarde, sin saber el tiempo que había transcurrido, me desperté con el sonido de una voz extraña declamando en castellano. Me incorporé algo aturdida en la cama y me froté la frente, pensando que aquellas voces surgían de mi propia cabeza.
— «Podrá nublarse el sol eternamente, podrá secarse en un instante el mar...»
—Para ser sincero, no sé cómo voy a escribirlo si ni siquiera lo entiendo —refunfuñó otra voz, que esta vez reconocí como la de Jimmy.
Una pequeña risa contenida, y la voz que había recitado recuperó su tono al hablar en inglés.
—Termínalo, después te lo explicaré.
Me levanté, comprobando mi estabilidad, y me asomé por la puerta. Terry estaba de pie frente al sofá, donde se sentaba Jimmy, inclinado sobre unos folios y con un libro abierto, mientras se esforzaba por transcribir el poema.
—Hola, ¿has descansado? —preguntó Terry con un gesto amable.
Lo ignoré, pero en ese instante Jimmy se volvió y decidí salir de mi encierro dirigiéndome hacia la cocina.
—¿Resaca? —preguntó el chico— tienes un aspecto horrible.
—Buenos días a ti también —mascullé, cogiendo una caja de galletas.
—Buenas tardes. Son las cinco —señaló Jimmy, y vi de reojo cómo Terry sonreía.
—¿Ah, sí? —murmuré, y miré extrañada hacia la ventana, por donde el sol entraba a raudales.
—Mi chica no sabe beber —explicó Terry.
Fruncí el cejo y bufé, dando media vuelta con la caja de galletas en la mano, con intención de esconderme de nuevo en la habitación.
—¡No me llames mi chica ! ¡Pareces Macaulay Culkin! —exclamé desde la puerta.
Él se encogió de hombros y mostró una amplia sonrisa. Aproveché para cerrar de un portazo, ya que no le podía clavar los labios con puntas de acero.
—No te pareces a Macaulay —dijo Jimmy.
—Es cierto. Y tampoco soy alérgico a las abejas, así que dudo que muera de un picotazo —resopló Terry— Vamos, continúa. —Su voz cambió al castellano —. «Podrá romperse el eje de la Tierra, como un débil cristal.»
Me senté en la cama mientras masticaba con cuidado, acostumbrando a mi estómago de nuevo a la comida.
—¿Tierra es femenino? —preguntó Jimmy.
—Sí —contestó Terry.
—¿Y mundo?
—No. Es masculino.
Me levanté y salí, sujetando la caja en las manos con bastante frustración.
—¡Por Dios!, ¿es que no os enseñan nada en el instituto? —solté, al tiempo que dejaba las galletas sobre la mesa de un golpe seco.
—No es para el profesor, es para una chica —replicó Jimmy.
—Sí, es un asunto de hombres —corroboró Terry con falsa seriedad.
Me senté en el sofá y miré la hoja escrita con atención.
—¿Ella sabe español?
—Sí, sus padres son portorriqueños —contestó Jimmy, mordiendo el capuchón del bolígrafo.
—Pues más vale que te esfuerces y que dejes que esto se convierta en un asunto de mujeres —aseveré con firmeza, cogiendo el libro y comprobando qué nivel de castellano estudiaba realmente.
—«¡Todo sucederá! Podrá la muerte cubrirme con su fúnebre crespón» — intervino Terry de nuevo, y Jimmy se aplicó conforme transcribía el poema.
— «Pero jamás en mí podrá apagarse la llama de tu amor» - finalicé yo, y sentí la mirada de Terry fija en mí. Levanté la vista y nuestros ojos chocaron con fiereza.
—No sé lo que significa —interrumpió Jimmy, ajeno a nuestro intercambio visual.
—El amor es eterno. Nada, ni siquiera la muerte, puede destruirlo—explicó Terry, todavía mirándome con intensidad.
—¿Ella lo entenderá? —preguntó Jimmy con algo de desconfianza.
—Lo hará —murmuré yo, sin apartar la vista de Terry.
—Oh, bien. ¿Creéis que debería echarle algo de perfume?—inquirió de nuevo Jimmy, mientras olisqueaba el folio escrito con renglones torcidos.
—¡No! —exclamé riéndome— creo que será suficiente con el poema.
El chico cerró el libro y dobló el papel. Se levantó y se estiró con desgana.
—Odio el español —farfulló.
Enarqué las cejas y puse mi mejor gesto de maestra.
—Tres tardes a la semana. Por lo menos una hora cada una o no aprobarás —dije, levantando un dedo.
—Está bien, tirano —claudicó, pronunciando la última palabra en castellano.
Lo acompañé a la puerta y le di unos golpecitos en la espalda.
—Tirana, soy mujer —murmuré.
— ¿Ein?
—¡Femenino!
—Ah, vale. Entiendo. —Sonrió, me sacó la lengua y bajó la escalera corriendo.
Cerré y apoyé un momento la espalda en la puerta. Terry seguía de pie en medio del pequeño salón, con unos vaqueros desgastados y una camiseta todavía más desgastada. Se cruzó de brazos y me fijé en cómo se tensaba la tela sobre sus antebrazos. Un tatuaje en blanco y negro asomaba decorando su piel hasta la
muñeca en el brazo izquierdo.
—Voy a darme una ducha —mascullé, al tiempo que pasaba por su lado, dándome cuenta de lo cargado de electricidad que estaba el ambiente.
Cuando terminé, me puse unas mallas y una camiseta ancha. Estaba anocheciendo y por primera vez me sentí con algo de energía. Cené un trozo de pizza frío y cogí el paquete de tabaco para salir a la escalera de incendios.
—¡Joder! —exclamé, chocando con las piernas de Terry— No sabía que estabas aquí.
—Ya me he dado cuenta —replicó él con una sonrisa, y me tendió la mano para ayudarme a sentarme junto a él.
Me solté en cuanto lo hice.
Permaneció unos minutos en silencio, mientras observaba el sol comiéndose la sombra de los edificios y fumaba con pasiva tranquilidad. Carraspeé y hablé con algo de timidez.
—¿Cómo sabes tanto de Gustavo Adolfo Bécquer?
—Estudié español en el instituto. —Me miró y sonrió.
—Ya —suspiré— y utilizaste el mismo poema que Jimmy.
—Me has pillado. —Enarcó ambas cejas y se pasó una mano por el pelo, revolviéndoselo.
—¿Funcionó? —inquirí.
—No —confesó él— Tal vez se debiera a que yo sí perfumé el papel. —Sonrió con amplitud.
Me acerqué a él y aspiré hondo.
—No necesitabas hacerlo. Hueles, mmm... bastante bien.
—Vaya. Gracias, supongo. —Rio roncamente.
Enrojecí y aparté la vista. Él me pasó el brazo por los hombros y me atrajo hacia su pecho. Me dio un beso en el pelo y respiró sobre mi cabeza.
—Es normal que te sientas algo incómoda al principio —susurró.
Arrojé el cigarro y levanté la cabeza.
—¿Cuándo dejaré de sentirme así?
—Cuando no me veas como a un extraño.
—No lo hago, creo —vacilé— sólo que no llego a entender por qué lo has hecho.
—Porque para mí nunca has sido una extraña —afirmó.
Intenté procesar las palabras con calma, pero un torbellino de emociones se agolpaba en mi interior.
—Me voy adentro, está empezando a refrescar —murmuré, y salté al apartamento. La escalera se tambaleó y vi a Terry sujetarse a la barandilla con fuerza.
—¡Hey, chico de las galletas! Ahora que has dejado de hacer manitas con tu chica, ¿puedes pasarme un pitillo? —La voz ronca de Danna me llegó con total claridad. Asomé la cabeza por la ventana y miré hacia arriba.
—¡Que no soy su chica! —exclamé.
—Estupendo —resopló ella— ¿Puedo serlo yo, entonces? ¿Qué me dices, chico de las galletas?
—Lo siento, Danna. —Terry sonrió y le guiñó un ojo—. Estoy fuera de servicio.
—Una pena. Nadie te lo iba a hacer como yo.
—De eso estoy seguro —asintió él sin dejar de sonreír.
—Y ahora ve adentro con tu chica y entrenaos un poco, que os veo todavía bastante novatos. Yo me quedaré aquí, respirando el aire puro de Harlem. —Al decirlo se atragantó con el humo y tosió.
Asomé de nuevo la cabeza por la ventana y miré a los ojos a Danna, que me sonreía de oreja a oreja con su peculiar pelo cardado, esta vez adornado con un lazo rosa.
—¡No soy su chica! ¿Cuántas veces tengo que decirlo?
—¿Hasta cuándo vas a seguir mintiendo? —Enarcó una ceja pintada— Eres una chica tonta. Pero eres su chica tonta.
Bufé y sus carcajadas me acompañaron hasta el interior del salón. Oí a Terry saltar dentro justo detrás de mí y me volví mientras se guardaba el paquete de tabaco en el bolsillo trasero del pantalón. Lo miré fijamente y él sonrió de forma sesgada.
—Voy a darme una ducha; ¿necesitas algo? —preguntó.
—Verás... —Miré el pequeño sofá y luego comprobé la altura de él— No creo que —carraspeé— no creo que estés muy cómodo durmiendo ahí.
—Cierto.
—Quiero decir... —Tragué saliva con fuerza, sintiéndome una idiota— que puedes dormir en la cama. Es bastante grande y...—Me detuve al ver su gesto sorprendido— ¡No estoy intentando proponerte nada! —aclaré.
—Una lástima, chica cobarde. Esta vez sí habría aceptado. —Y dicho eso, dio media vuelta y se dirigió al baño. Una voz reverberó en el exterior.
—Niña, pero mira que lo estás haciendo mal.
Me asomé y miré a Danna frunciendo el cejo.
—¿Qué? —exclamó ella desafiándome.
—Nada —claudiqué al final— tienes razón.
Con el sonido de su risa me encaminé a la habitación y me acosté. Al poco rato entró Terry. Se tumbó a mi lado y suspiró levemente, con un brazo bajo su nuca. Se quedó mirando al techo iluminado por los reflejos de la luz de fuera. Olía de modo agradable a gel y a sí mismo. Tenía un aroma particular, como si nada pudiera disfrazarlo. Me volví y de forma instintiva me acerqué y apoyé la cabeza sobre su pecho cubierto por una camiseta negra.
—Bienvenida —susurró, mientras con su otra mano me acariciaba el pelo. Y sentí que por primera vez me acercaba a donde en realidad quería llegar.
—¿Café?
Abrí los ojos y después los cerré al notar la fuerte luz incidiendo sobre ellos.
—¿Qué hora es? —pregunté despistada, y cuando supe dónde me encontraba me incorporé con rapidez— ¡Los perros!
Terry rio y me tendió una taza humeante.
—Ya me he encargado yo de ellos. Están bien. Brando y yo nos hemos hecho colegas y creo que Jackie está algo enamorada de mí.
—Mira que eres tonto. —Sonreí y me senté en la cama con las piernas cruzadas.
—Puede —se encogió de hombros— pero se me da bastante bien pasear perros. Quizá me plantee cambiar de profesión.
—No es necesario. Creo que ya me puedo hacer cargo yo de ellos a partir de esta tarde.
—¿Estás segura? —inquirió, sentándose a mi lado— Todavía queda lo más difícil.
—No puede haber nada más difícil que los últimos días —dije, sorbiendo el café, mientras lo veía sacar algo del bolsillo de su pantalón vaquero.
Me tendió un teléfono móvil, un Nokia negro y pequeño.
—Joder, no.
—Sí. Cógelo. Es tuyo. En él he grabado un solo número, el mío, por si me necesitas. —Suspiró hondo— Ahora es el momento en que te enfrentas a lo que dejaste atrás.
—No puedo hacerlo.
—Sí puedes. Tienes que hacerlo. Imagínate por un instante cómo tienen que estar tu familia, tus amigos. —Hizo una pausa determinante— Él —añadió al final.
Dejé la taza sobre la mesilla e incliné la cabeza. Imágenes escondidas en mi memoria estallaron todas a la vez. Mi padre sonriendo y mostrándome las llaves del coche que me regaló. Mi madre aplaudiendo entusiasmada en mi noveno cumpleaños. Mi hermano guiñándome un ojo desde el altar en su boda. El primer beso con Neal.
—¿Qué he hecho? —Me sujeté la cabeza con las manos y temblé cuando las lágrimas inundaron mis mejillas. Su mano me acarició la espalda con firmeza, recorriendo mi espina dorsal mientras yo me estremecía sin control.
—¿Quieres que te deje sola?
Levanté la vista y lo miré con los ojos nublados. En su mirada vi tristeza y temor.
—No, quédate. No seré capaz de hacerlo si tú no estás a mi lado—murmuré con la voz entrecortada. Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano y marqué un número.
—¿Diga? —Anny, soy yo —susurré levantándome. Comencé a pasear de forma inconsciente de la puerta a la pared contraria y de vuelta otra vez, al tiempo que miraba el suelo de linóleo con hipnótica concentración.
—¡¿Dónde coño estás?! ¡¿Se puede saber qué coño te ha pasado?!
—Estoy en Nueva York. Y no hace falta que digas tantas veces coño .
—¡Ahora se me ocurren palabras mucho peores que ésa! ¡Créeme!—gritó mi amiga al otro lado del mundo. La oí coger aire con fuerza y el grito que llegó a continuación fue mucho más fuerte— ¡¿Y qué coño haces tú en el puto Nueva York?!
—Necesitaba irme. Por un tiempo —contesté, y de reojo vi cómo Terry enarcaba una ceja y se levantaba para apoyarse contra la pared, de costado, con los brazos cruzados.
—¿Un tiempo? ¿Y eso por qué? ¿Qué ha ocurrido? ¿Estás bien?
Respiré hondo ante la batería de preguntas.
—Todo se descontroló, Anny. La boda, mi trabajo, mis padres... Me sentía mal. Tenía que escapar. Fue demasiada presión, no pude más.
—A ver, que lo entienda. —Se quedó en silencio y casi pude oír el engranaje de su mente activa— Tienes un novio estupendo, el trabajo con el que siempre habías soñado, por no hablar del casoplón de Neal y de la estupenda amiga a la que has abandonado. ¿Qué se supone que es esto? ¿Una despedida de soltera a lo bestia? Porque si es así, tienes que saber que tengo un cabreo considerable. La que te la está organizando soy yo, ¡pedazo de capulla sin sentimientos!
Me quedé inmóvil en el centro de la estancia, mientras notaba cómo las lágrimas de culpabilidad asomaban a mis ojos sin tregua. Terry hizo amago de acercarse y lo detuve levantando una mano y negando con la cabeza. No quería que nadie me tocara, que nadie se acercara. Me mantuve en un opresivo silencio en el que sólo se oían nuestras pesadas respiraciones a través del océano que nos separaba. Al final, habló Anny.
—¿Por qué no dijiste nada? —Su tono había cambiado y parecía más serena.
Apreté los dientes y retuve la congoja en mi garganta.
—Joder —susurró ella— Lo hiciste. Estabas pidiendo ayuda a gritos y ninguno lo vimos. Recuerdo la última vez que estuve contigo: parecías completamente ida, te temblaban las manos y no parabas de encender un cigarrillo detrás de otro.
—Fui a un psiquiatra —expliqué con voz trémula— me puso un tratamiento para la ansiedad, pero... —un sollozo brotó involuntario— creo que no funcionó demasiado bien.
—¿Lo sabe alguien más?
—No. Sólo tú. ¿Cómo...? —Me atasqué—. ¿Cómo están mis padres? ¿Mi hermano?
—Mal. Tu padre está convencido de que vas a aparecer en cualquier momento por la puerta gritando: «¡Sorpresa!» Tu madre se ha inventado una historia para cubrir tu huida, diciéndoles a todos que te has ido a estudiar un máster fuera. Y tu hermano—suspiró— tu hermano quiere matarte. No te lo puedo decir de otra manera.
—¿Puedes informarles de que estoy bien?
—Lo haré. ¿Puedo decirles también cuándo vas a regresar?
Me apoyé en la pared contraria a Terry y mi mirada voló hacia él, que permanecía impasible, observándome.
—No sé cuándo voy a regresar —mascullé.
—¡¿Qué?! ¿Me puedes explicar qué es lo que te retiene ahí?
—Hay alguien. —Sentí los ojos de Terry fijos en mi rostro y nuestros ojos se encontraron— Alguien que me está ayudando. Alguien especial.
—Quiero detalles —exigió ella.
—¿Qué detalles?
—No te andes por las ramas, que nos conocemos desde primaria. ¿Quién es ese alguien? ¿Desde cuándo lo conoces? ¿Os fuisteis juntos?
—Lo conocí aquí. Es actor.
—¿Famoso?
Casi me echo a reír.
—No. Es un actor que hace galletas.
—¿Y eso qué coño es? ¿No será algún tipo de psicópata que te está drogando?
—No. En realidad, él ha conseguido que deje las drogas.
—No entiendo nada. ¿Qué se supone que estás haciendo ahí?
—Paseo perros y también doy clases a un adolescente en Harlem. De hecho, vivo en Harlem.
—¡Joder! No te muevas. Dame tu dirección y ahora mismo cojo el primer vuelo que salga para Nueva York. No te preocupes, yo te sacaré de ahí. Pagaré lo que sea.
Esta vez sí reí.
—Tranquila, Anny, nadie me tiene secuestrada. —Decidí omitir a Malik y a Danna, o ya me la veía en el JFK gritando mi nombre como una posesa— En realidad, ahora es cuando de verdad estoy empezando a saber lo que quiero.
—Te estás acostando con él. —La oí reclinarse en el sillón de su oficina, que crujió bajo su peso.
—No. Es que me estoy planteando cosas que antes no podía. Por primera vez me siento libre.
—¡¿Libre?! Pero ¿eres idiota? Te casas dentro de cuatro meses con un hombre maravilloso y tu jefe está que trina porque «supuestamente» te has cogido una baja laboral nada más firmar el nuevo contrato por el que llevas luchando toda tu vida.
—Ahora me doy cuenta de que eso no es lo que deseaba de verdad.
—Ya lo veo. Neal es el único por el que no has preguntado; ¿acaso no quieres saber cómo lo está pasando?
Fruncí los labios. Terry se encendió un cigarro y me lo ofreció. Lo cogí de forma mecánica.
—¿Cómo está?
—Mal. ¿Cómo quieres que esté? Le dejas una nota sobre la cama diciéndole que necesitas un tiempo para pensar las cosas y alejarte de todo. Y, por si fuera poco, añades como posdata: «No te olvides de que eres lo que más quiero».
—¿Eso puse? —pregunté con notable extrañeza. No lo recordaba.
—Sí, lo hiciste. Eres mi amiga, pero tengo que decirte que eres también una cabrona. Él es quien ha tramitado tu baja con un amigo médico para que sigas teniendo tu trabajo cuando vuelvas—resopló con desidia— si es que te entra la cordura en algún momento.
—Ése es el problema, Anny. No me apetece volver a la misma vida que llevaba. Ya no tiene sentido.
—¡¿Y tiene sentido vivir en Harlem paseando perros, mientras te follas a un actor en paro?!
—¡Joder, Anny! Ya lo he entendido, no hace falta que seas tan gráfica. Y te lo repito: no me lo estoy follando. Somos amigos. Punto.
—¡Y yo también soy tu amiga! ¡Y estoy embarazada! ¡Y me has dejado sola! —En ese momento rompió a llorar y yo lo hice con ella.
—Lo siento. De verdad, lo siento; ¿cómo estás? —Terry me ofreció un pañuelo y me sequé las lágrimas.
—¡Mal! No he dormido ni una sola noche pensando qué habrías hecho. Te veía muerta en una cuneta, colgada de una cuerda, con las venas abiertas en la bañera de cualquier hotel de mala muerte, y resulta que me llamas para contarme... ¡joder! Todavía no puedo procesar lo que me has contado. —Sollozó con fuerza—Si el bebé nace con algún trauma, te juro que me pagarás el tratamiento médico de por vida.
—¡Dios, Anny! Por favor, no me digas eso. —Lloré con más intensidad.
—Sólo estoy amenazándote; ¿funciona?
—No voy a regresar hasta que decida si... si... —Me bloqueé y mi mirada se encontró de nuevo con la de Terry— Si me quedo aquí definitivamente —solté, y con eso pude relajar la presión de mi pecho por primera vez.
—¿Estás segura de lo que estás diciendo? Recuerda cómo salió la última vez...
Respiré hondo y arrinconé los recuerdos.
—Lo estoy. Y esta vez no estoy bajo el efecto de ninguna droga. Sólo soy yo.
—Eso es lo que más miedo me da, que seas tú. Te has vuelto loca de remate. ¿Cómo has llegado a ese punto? Eras la persona más estable, más serena, más cabal que conocía. Nada te afectaba, siempre eras la primera en todo.
—Eso es lo que sucedió, Anny. Nunca he sido la más estable ni la más serena ni la más cabal. Cada cosa que conseguía, cada pequeño triunfo, se me fue acumulando hasta que sentí que transportaba una mochila llena de piedras. No pude más con ese peso.
—Cariño, ¿estás segura de que estás bien?
—Estoy mejor.
—Bueno, es un comienzo.
Miré de nuevo a Terry
—Sí, es un comienzo.
—Me encargaré de avisar a todos de que estás bien. ¿Puedo llamarte a este número de teléfono de vez en cuando?
—Sí, es el mío. Pero, por favor, no les digas dónde estoy. Sólo, sólo—se me quebró la voz— que lo siento mucho y que cuando lo arregle todo volveré para explicarlo.
—Más te vale.
—Más me vale. —Sonreí con tristeza.
—Cuídate mucho, compañera de fatigas. Y si necesitas algo, ya sabes dónde estoy.
—Lo sé —contesté, y colgué.
Dejé caer el teléfono al suelo, y casi lo hago yo con él, de no ser por los fuertes brazos de Terry, que corrió a sujetarme. Me empujó contra su pecho y apretó con intensidad.
—Ahora puedes llorar, chica cobarde. Todo lo que quieras.
Y lloré, empapando su camiseta, hasta que no me quedaron lágrimas.
Varias horas más tarde había conseguido ducharme, vestirme de forma más o menos decente, y estaba dispuesta a salir a la calle. Terry no había preguntado nada y yo no le había contado nada. Estaba todo dicho.
Me cogió de la mano, entrelazando sus dedos con los míos, y caminamos en silencio hasta la Quinta Avenida. Un par de veces miré nuestras manos enlazadas y me asombré de descubrir lo cómoda que me sentía con él, con su cercanía, como si sólo Terry pudiera hacer que mi cuerpo cobrara vida entre sus brazos.
Cada vez que recogíamos un nuevo acompañante y éste me saludaba con ladridos de alegría, una losa se iba desprendiendo de mí, hasta que me sentí liberada y tranquila. Percibí que la opresión en el pecho, la angustia, los temblores que arrastraba desde hacía meses, habían desaparecido, y contemplé al responsable de ello, que acariciaba a Brando entre las orejas.
—Gracias —dije, haciendo que él se irguiera y me mirara con sorpresa.
Pero me di cuenta de que seguía manteniendo una sombra de temor en sus ojos azul verdosos.
—No hay de qué. —Suspiró y se mordió el labio, lo que descubrí que hacía cuando estaba nervioso— ¿Vas a regresar, chica cobarde?
—Lo haré cuando tenga un motivo para hacerlo.
—¿Una boda no es suficiente?
Fruncí el cejo.
—¿Entiendes el español?
—No demasiado, pero desde el primer día te tocas el dedo anular de la mano izquierda como si te faltara un anillo. No estás casada, así que debes de estar prometida.
—Lo estoy —afirmé.
—Puedo dejarte dormir de vez en cuando con Malik —sonrió con tristeza— pero no voy a permitir que te cases con otro. Aunque él estuviera primero.
—Sólo dame tiempo, Terry.
—Está bien, pero únicamente si ese tiempo lo pasas conmigo.
—¿Con quién iba a hacerlo si no te separas de mí?
—Todavía puedo pegarme más —aseguró, esbozando una sonrisa que derritió el hielo del Ártico.
—Vamos al parque, anda. —Resoplé y tiré de Winnie con fuerza, arrastrándolo hasta los árboles.
Al poco rato nos sentamos en un claro ocupado por familias y turistas descansando. Encontramos sombra debajo de un árbol y Terry se apoyó en el tronco, como lo había hecho semanas atrás.
—¿Sabes? —entrecerré los ojos, mirando las tupidas hojas verdes sobre nosotros— siempre quise ser maestra .
—¿De adolescentes como Jimmy? Puede ser mucho más complicado que los perros. —Sonrió, pero su sonrisa no iluminó sus ojos. Podía verlos cubiertos por un velo de tristeza.
—No. De niños pequeños. Infantil —aclaré.
—Ésos son mucho más peligrosos que los adolescentes y los perros juntos.
—Lo sé —reí— pero me habría gustado enseñarles lo básico, poner los cimientos de su futura vida.
—¿Por qué no lo hiciste?
—No me dejaron. Sé que te puede parecer extraño. Ya no soy una niña y debería haberme impuesto, pero como tú me dijiste, siempre he querido agradar a los demás, ser lo que ellos esperaban de mí.
—A mi madre le habrías gustado mucho —murmuró con la voz tiznada de nostalgia.
Esperé en silencio a que se explicara.
—Era profesora en una guardería.
—¿Era?
—Murió cuando yo tenía ocho años.
—Lo siento —dije, cogiéndole la mano— ¿Y tu padre?
—Mi padre era un cabrón enganchado a la heroína. Nos abandonó nada más nacer yo. Varios años después, supe que había matado a un tipo al intentar robar en una tienda de licores y que está en la cárcel. —Suspiró hondo— Sinceramente, espero que no salga nunca.
No dije «Lo siento» porque a veces las palabras carecen de significado cuando escuchas una historia tan cruda como aquélla.
—¿Dónde te criaste? —pregunté, para que olvidara a su padre y, sin pretenderlo, le hice recordar lo que él no quería.
—En casas de acogida hasta los dieciséis años. —Me miró con intensidad— Después tuve algunos problemas legales y acabé en un correccional de menores.
—Vaya —musité.
—¿Te arrepientes de haber preguntado? ¿Habrías preferido que tuviera una familia esperándome en casa, con costillas asadas cubiertas de miel y mazorcas de maíz frito en la mesa?
—Odio el maíz.
—¿Me sigues odiando a mí?
—No —contesté sin vacilar y esta vez su sonrisa se hizo más amplia.
—Como puedes ver, nuestras vidas han sido diferentes por completo.
—Lo siguen siendo —murmuré.
—Yo haré que eso cambie —afirmó, y empecé a ver la seguridad que lo caracterizaba.
—Terry, ¿cuántas veces has estado en rehabilitación?
—Cuatro. La última incluyó una cómoda estancia de setenta y tres horas en el purgatorio.
—¿El purgatorio? —repetí sin entenderlo.
—En coma. Mezclé más de la cuenta.
—Joder.
—No, sin joder; bueno, jodiéndome a mí mismo, si quieres verlo así.
—¿Cuánto hace?
—Seis años.
—¿Y desde entonces...?
—Desde entonces me busco la vida como puedo. He trabajado de todo, hasta cuidando perros. —Me guiñó un ojo.
—Bueno, ya tenemos algo en común.
—¿Los perros?
—No, las drogas.
Se volvió hacia mí y sonrió con tristeza.
—Eres otra persona, chica cobarde.
—Y esa persona nueva ¿te gusta más o menos que la anterior?
—¿Tú qué crees?
No contesté y continué preguntando.
—¿Las echas de menos? Ya sabes...
Me miró fijamente, evaluando las posibilidades de una respuesta falsa o una verdadera.
—Cada día —susurró.
—¿Crees que algún día las olvidarás?
—No. Creo que aquello marcó mi vida de forma definitiva. —Dio un leve suspiro y noté que se estremecía— A veces siento el deseo irrefrenable de meterme una raya; recuerdo la sensación de euforia, de libertad que eso me producía. Otros días, sin embargo, deseo perderme en la inconsciencia de la heroína.
En ese momento fui yo quien se estremeció. Sentí miedo, compasión y también algo muy parecido al rechazo. Y él, que siempre era mucho más perceptivo que yo, adivinó mis pensamientos.
—¿Cómo sabes que no recaerás de nuevo? —inquirí con un hilo de voz.
—No puedo saberlo. Sólo puedo quedarme con la certeza de que cada día que pasa me vuelvo más fuerte, gano cada batalla, hasta atreverme a decir que aquello forma parte de mi pasado y que jamás regresará. ¿Deseas volver a sentir lo mismo que cuando estabas medicada?
Dejé que mi vista se perdiera en el horizonte, sin saber qué contestar en realidad, hasta que noté su mano enredándose en mi pelo suelto. Ese simple gesto me mostraba que no estaba sola, que cualquiera que fuera mi respuesta, él la respetaría e intentaría comprenderla. Que en él tenía todo el apoyo necesario sin pedirlo, sin tener que suplicar su ayuda.
—Ahora puedo ver los colores más brillantes —dije— reconozco el sonido de una canción y me emociono con los acordes de una guitarra. Cuando leo, comprendo y siento. Antes no era capaz de hacerlo. Sin embargo —cogí aire y valentía— no puedo evitar sentir angustia y temor a enfrentarme a la vida sin la protección que me ofrecían las drogas, sin la falsa sensación de seguridad, de ausencia de remordimientos. Con la ligereza que te otorga saber que hagas lo que hagas, nunca será del todo real. ¿Lo entiendes?
—Lo entiendo —afirmó él, sin dejar ni por un instante de observarme.
—Creo que todo ha cambiado a mi alrededor. Como si lo viera por primera vez, bañado en una luz diferente. Todo ha cambiado—musité.
—¿Todo? —repitió él con suavidad.
—Todo excepto tú —aseveré, y lo miré directamente a los ojos.
Y allí encontré lo que estaba buscando sin haberlo buscado. Ambos sonreímos algo incómodos y él se volvió a recostar en el tronco del árbol, dándome el espacio que necesitaba, anticipándose a mis sentimientos. Lo miré mientras apoyaba la mejilla sobre las piernas dobladas.
—Cuando estuvimos haciendo galletas y aquella mujer se refirió a mí como una de tus chicas, tenía algo que ver con la rehabilitación, ¿no?
—Sí, soy tutor de varios jóvenes. Otro de mis trabajos, aparte de hacer galletas, pero esta vez lo hago para recordar lo que fui y lo que podría haber sido, y hacérselo ver a ellos.
—Terry, eres una caja de sorpresas.
—Chica cobarde, eres una caja de secretos.
Sonreí y le di un empellón. Poco a poco fuimos recogiendo los perros y dejándolos en sus hogares. Me mordí el labio con impaciencia y algo de miedo.
—Terry...
—¿Sí? —Levantó la vista y vio alejarse a Brando , que había caído bajo su encanto natural.
—Me gustaría agradecerte de alguna forma lo que has hecho por mí estas últimas semanas.
—¿Sexo? —Enarcó una ceja de forma tan sexy que tuve que contenerme para no atrapar sus labios.
—Más bien estaba pensando en invitarte a cenar. En un sitio especial.
—¿Uno de esos restaurantes que tienen más cubiertos que platos en la carta?
—Más o menos. Conozco uno que tiene buena fama y...
—¿Cuál?
—Bistró Le Fleur.
—No creo que puedas conseguir reserva, hay meses de espera.
—Bueno, es verano, la gente ya empieza a irse de vacaciones, quizá...
—Inténtalo. Estaré encantado de acompañarte.
—Voy a llamar pues. —Busqué en el bolsillo de mi cazadora vaquera el papel con el número que me había dado Malik y saqué el teléfono.
—Mientras, voy por dos cafés. ¿Te apetece algo más?
Negué con la cabeza mientras lo veía alejarse y entrar en una cafetería. Contestaron al segundo tono. Una voz engolada de hombre me preguntó qué deseaba.
—Quisiera reservar mesa para dos, este sábado.
—¿Mañana? Imposible. Está todo lleno.
Pero si lo desea, la apunto en la lista de espera.
«Mierda», pensé. Sólo quería ofrecerle algo especial. Lo intenté por otros medios.
—Es para un actor famoso.
—¿Sí? ¿Cuál?
—Leonardo DiCaprio. —Solté el primero que me vino a la cabeza. Oí una suave risa al otro lado.
—Usted no es el señor DiCaprio, ni tampoco su representante. ¿Tratará de decirme ahora que es Madonna de incógnito?
—Madonna no es actriz.
—No seré yo quien se lo diga —respondió el hombre con voz aguda.
—Es algo especial; ¿no nos puede encontrar un sitio? La peor mesa, la de al lado de los baños o las cocinas, da igual. —Estaba empezando a sonar desesperada.
—Aquí no tenemos peores mesas, señorita, no es esa clase de restaurante. Quizá esté equivocada en cuanto a... —Dejé de oírlo un momento—. Perdone, la dejo en espera, tengo una llamada urgente.
Aguardé unos minutos mientras escuchaba a Vivaldi y Las cuatro estaciones , hasta que éstas rechinaron en mis oídos.
—¿Oiga?
—¿Es a mí? —quise saber.
—Sí. Ha tenido suerte, una cancelación de última hora. Mesa para dos a las ocho.
—¡Oh, gracias!
—No me las dé a mí, déselas a los que han cancelado.
—Si supiera quiénes son lo haría. Gracias de nuevo.
Terry se estaba acercando a mí en ese momento con un café en cada mano. Me ofreció uno, que cogí, y pegué un pequeño salto.
—¡Lo he conseguido! Mañana a las ocho.
—¿En serio? ¿A quién has tenido que sobornar? Espero que no aparezcas desnuda para ofrecerte al cocinero.
—Idiota. —Sonreí y le di un pequeño empujón.
Caminamos en animada conversación hasta llegar al apartamento. Y allí me di cuenta de que tenía un verdadero problema.
—Ahora vuelvo —le dije a Terry, cogiendo las llaves.
—¿Quieres que vaya preparando la cena?
—¿Sabes cocinar?
—Siempre que sigan sirviendo pizzas a domicilio, sí. No puedo ser perfecto.
—No me gustan los hombres perfectos. —Y en ese momento recordé de nuevo a Neal y me pregunté qué estaría haciendo.
Salí al descansillo, apartando ese pensamiento de mi mente, y subí la escalera hasta llegar a la puerta de Danna. Llamé sin saber si estaba o si habría salido ya a trabajar.
—¿Quién es? —Su voz ronca con acento colombiano me respondió sin demora.
—Danna, soy yo, abre.
—¿Quién eres tú?
Resoplé.
—La chica tonta.
—La chica tonta del chico de las galletas. —Sonrió cuando abrió la puerta— ¿Qué se te ofrece?
—Tengo un problema —barboté, y pasé al salón decorado en tonos rosa fucsia y verde fosforito.
—¿Sexual? —inquirió ella, ahuecándose el pelo hasta que pareció una torre oscura sobre su cabeza.
—No.
—Pues entonces no sé en qué puedo ayudarte.
—Mañana he invitado a Jay a cenar en un restaurante de lujo y no tengo nada que ponerme. —Pensé en todos los vestidos de cóctel que había dejado en España y me mordí el labio, lamentándolo.
—¿Quieres que te preste un vestido?
Miré con atención el que llevaba puesto, de lycra metalizado y que justo le tapaba lo imprescindible.
—No; necesito que me indiques alguna tienda no muy cara donde pueda encontrar algo elegante.
Se rascó un momento la nariz y su rostro se iluminó.
—Conozco la ideal. No está muy lejos de aquí. Ven mañana a las diez.
—¡Gracias, Danna! —Me acerqué y le di un beso en la mejilla.
—¿La chica tonta se está convirtiendo en la chica lista?
—La chica cobarde se está convirtiendo en la chica valiente—exclamé, y me despedí bajando de dos en dos la escalera.
Realmente no sabía dónde me estaba metiendo.
Continuara...
Macaulay Carson Culkin (Manhattan, Estado de Nueva York; 26 de agosto de 1980) es un actor estadounidense. Es conocido por su papel de Kevin McCallister en Home Alone y su actuación en la película Richie Rich. Es hermano de los también actores Rory Culkin y Kieran Culkin. Era el mejor amigo del cantante Michael Jackson, con quien mantuvo amistad desde 1991 («Black or White» del álbum Dangerous, Macaulay tenía once años y Jackson 33) hasta la muerte de Jackson.
