Hola mujeres hermosas, aquí le dejo el penúltimo capítulo de esta hermosa historia disfrútenlo, debo decirles que no hay epilogo entonces en el siguiente se acaba esta hermosa historia.

Nessa


Capítulo 10

DURANTE el entierro de la abuela de Edward, Bella se sintió llena de compasión por la última persona que imaginaba. Irina estallo en sollozos en plena ceremonia, deshecha de dolor. Sin pensarlo dos veces, Bella se acercó a ella y la abrazo.

-Fuiste muy amable con ella, teniendo en cuenta las circunstancias –dijo Edward horas después, mientras se metían en la cama.

Ambos compartían dormitorio. Compartían su vida. Incluso Bella llegó a pensar que compartían un matrimonio.

—Necesitaba el calor de alguien —respondió ella simplemente—. No se me había ocurrido antes que Irina y tu abuela debían de estar muy unidas.

—Irina ha sido un miembro de la familia durante mucho tiempo —le recordó Edward—. Todos la tenemos en cuenta hasta cuando se pone difícil.

— ¿Es por eso por lo que tu familia quería que te casaras con ella? —preguntó Bella.

—No —contestó Edward riendo—. Querían que me uniera a ella por cuestión de interés. Posee una parte importante de las acciones de nuestra fortuna y por eso era necesario que permanecieran en manos de la familia.

—Ella está enamorada de ti, o ¿por qué querría casarse contigo? —se planteó Bella.

—Irina solo se quiere a sí misma, pero más aún al dinero —adujo Edward—. Nuestro matrimonio le habría dado libre acceso al dinero de los Cullen. Una causa realmente importante a sus ojos.

—Eres tan cínico, a veces —le reprochó Bella.

— Pues cámbiame —repuso Edward, besándola con pasión.

Aquel hombre se había convertido en el centro de la existencia de Bella, con el paso de los días se había enamorado profundamente de él.

Las semanas transcurrieron a gran velocidad, y Bella no tuvo que pensar en ningún momento en el trato que había hecho al principio con Edward. Le quitaron la escayola y lo celebró tirándose a la piscina cubierta completamente vestida. Era algo que le apetecía mucho hacer y que Edward ignoró con indulgencia. También fueron un par de veces a Londres a comprobar que la adopción legal de Nessie seguía su curso. Sus nombres aparecieron en un panel. Aquello confirmaba su idoneidad para ser los padres del bebé.

Pero eso no tenía por qué ponerse en duda. Ambos eran amantes, marido y mujer. Eran una pareja en toda la extensión de la palabra y se notaba a cada instante.

La vida era maravillosa. Bella no había sido nunca tan feliz. Lo único que empañaba su alegría era la ausencia de noticias por parte de la tía Carmen.

—Mañana tengo que ir a París a pasar unos días — le informó Edward mientras estaban desayunando—. ¿Te apetece venir conmigo?

— ¡Oh, sí! —exclamó Bella. Conocer París, la ciudad más romántica del mundo junto al hombre más maravilloso del mundo...

—¿Estará mi tía allí? —preguntó ella impulsiva mente.

Tras varias semanas de felicidad, la expresión de Edward volvió a mostrarse fría.

—No quiero hablar de ella —repuso él.

—Pero, ¿por qué tienes tanto interés en mantener nos separadas? —preguntó Bella—. No me va a hacer daño, la conozco más de lo que crees.

Edward se levantó de la mesa.

—No voy a hablar de ella —repitió él arrogante mente.

—Entonces, yo no voy a París —repuso Bella.

Sabía que había reaccionado de modo infantil y quisquilloso, pero era tal y como se sentía.

Edward salió del comedor a grandes pasos sin de cir una palabra. Bella se pasó el resto del día malhumorada y su marido la estuvo evitando. Pero aquella noche, cuando se fueron a la cama fue ella quien dio su brazo a torcer. Su amor por Edward era demasiado poderoso.

Pero se quedó atónita cuando, a la mañana siguiente, se enteró de que su marido se había marchado solo a París. Aquello la llenó de ira y de dolor y reaccionó llamando a su tía al apartamento de Londres. Respondió el contestador automático, cosa que era normal puesto que Carmen estaría en París con Edward.

Bella le dejó un mensaje pidiéndole que la llamara por teléfono. Los siguientes días transcurrieron añoran do mucho a Edward. Cuando regresó corrió a su en cuentro como un perrillo junto a su amo.

Pasaron varias semanas más. Nessie estaba cambiando mucho. Ya expresaba su personalidad con aullidos y sonrisas. Le encantaba estirar las piernas sobre una pequeña manta al aire libre.

El día que recibieron la notificación de que la adopción ya era legal, Bella empezó a sospechar que se había quedado embarazada.

Esa noche salieron juntos a cenar en un restaurante de lujo para celebrarlo. Bella llevaba uno de sus ele gantes trajes de noche y Edward iba vestido de etiqueta. La comida era exquisita y disfrutaron mucho con versando y riendo alegremente. Luego bailaron al son de una música muy romántica. Fue entonces cuando Bella estuvo a punto de confesarle a Edward sus sospechas. Pero al final, prefirió no quitarle protagonismo a Nessie esa noche.

Además no estaba del todo segura de que el retraso en su ciclo menstrual se debiera a un embarazo, a pesar de que era muy regular.

No obstante, era muy feliz. Estaba tan enamorada que en el camino de vuelta a casa, se quedó pensando en las declaraciones de amor eterno que se harían, planeando una vida común llena de hijos y de felicidad. Cuando regresaron, hicieron el amor con tanto desenfreno como si fuera la última noche que pasaran juntos.

A la mañana siguiente, Jacob los llevó en coche a la ciudad. Bella tenía que hacer unas compras y Edward tenía que ocuparse de unos asuntos de negocios. Por lo que el chófer traería de vuelta en el coche solo a Bella.

Edward la besó en los labios dulcemente antes de salir del coche. Bella se quedó bajo el cuidado de Jacob, que estaba sonriente.

—Le ha hecho usted muy feliz —dijo el chófer, mirándola por el retrovisor—. Todos los que lo conocemos desde hace tiempo estamos encantados.

Se refería a los que le habían conocido cuando vivía su primera mujer. Bella tuvo la sensación de que una Era el único miembro de la familia que le quedaba en el mundo. Aquello tenía que tener alguna importancia.

—Edward es tu jefe, pensé que lo admirabas y res petabas —prosiguió Bella.

—¿Mi qué? —repitió Carmen—. No es mi jefe. ¿De dónde has sacado eso?

—No juegues conmigo —repuso Bella enfadada. ¿Por qué iban a estar en ambos en la ciudad si no fuera porque Edward vivía en los alrededores?

—Además, la primera vez que lo vi os ibais los dos en viaje de negocios a Madrid.

—¿Eso es lo que te dijo? —preguntó Carmen. Ante la expresión de desconcierto de Bella, la tía soltó una carcajada.

—El muy cerdo... No se le ha escapado una. ¿Te lo ha contado todo, Bella? ¿O ha conseguido que formes parte de su vida, que te acuestes con él además de con seguir lo que realmente quería, o sea, Nessie?

Bella pareció haber sido fulminada por un rayo.

—¿De qué me estás hablando? —murmuró al fin ella.

—¿Por qué no te lo voy a contar? Ese tipo se mere ce un buen castigo... Vayamos a un lugar privado. Tienes mala cara. Más vale que nos sentemos.

Mientras la conducía de vuelta a casa, Jacob no hacía más que mirar a Bella por el retrovisor. Ella no lo culpaba por ello. Era una persona totalmente distinta a la que salió de compras por la mañana. Estaba triste, pálida y ojerosa. Se parecía a la criatura herida que había visto con anterioridad tirada en una calle de Londres.

—¿Se encuentra usted bien? —le preguntó Jacob.

—Sí —asintió ella—. Me duele la cabeza, eso es todo. Cuando coma algo se me pasará.

Pero sabía muy bien que no se le pasaría. El chófer también debía sospechar que ocurría algo, porque tomó el teléfono móvil y se puso a hablar en griego.

Bella estaba segura que había llamado a Edward. Pero en el fondo se alegraba. Cuanto antes estuviera él en casa antes podrían resolver el asunto. Así, Bella se podría marchar lo más rápido posible.

Llegaron a la mansión. Bella subió las escaleras de la entrada sin fijarse en quien estaba por allí. En su habitación, y no en la de Edward donde había estado durmiendo durante los últimos meses, se quitó la ropa y la dejó tirada en el suelo. Desnuda se dirigió al vestidor, recuperó sus vaqueros y una camiseta y se los puso. Luego tomó las prendas que había traído de Londres y dejó tras de sí los modelos exclusivos que eran el sueño de cualquier mujer joven.

Cerró la puerta del vestidor, convencida de que no volvería a ponerse nunca más esa ropa.

Oyó que llegaba un coche, mientras preparaba sus cosas para hacer la maleta. Seguramente sería Edward. Cuando él se introdujo en el dormitorio de Bella, ella estaba guardando las joyas en un pequeño joyero de piel.

Solo un tonto habría tenido problemas para comprender lo que estaba ocurriendo.

— De acuerdo —sostuvo él —. Explícame lo que pasa.

—Me voy —repuso Bella—. Te dejo.

Aquel hombre no era un ser humano. Era un trozo de metal que era capaz de todo con tal de hacer su vo luntad.

Bella oyó cerrarse la puerta que daba al dormitorio de Edward mientras terminaba de recoger sus cosas.

—¿Por qué? —preguntó Edward con calma. Ella no respondió. No podía hacerlo.

—Algo ha ocurrido en la ciudad —prosiguió Edward—. Has visto a alguien...

Bella podía notar sus pasos nerviosos mientras se guía haciendo la maleta.

—¿Ha sido Irina? —continuó Edward—. ¿Te ha molestado otra vez?

Bella permanecía muda. Hasta que Edward le tomó del brazo.

— ¡Bella...!

Pero entonces fue cuando ella estalló. De pronto, le dio una bofetada a Edward.

—No me pongas la mano encima nunca más, ¿me oyes? —dijo Bella.

Edward se estaba cubriendo la mejilla con una mano. Debía estar muy enfadado. Al menos eso era lo que esperaba Bella.

Sin embargo, los ojos insondables parecieron des concertados y ella no pudo soportar esa reacción.

—Me mentiste —le acusó Bella—. Desde el primer día me has estado mintiendo todo el rato.

—Has estado con tu tía Carmen —cayó en la cuenta Edward finalmente—. Ha venido a verme a la oficina esta mañana. No me extraña que te la hayas encontrado.

Bella permanecía en silencio.

—¿Qué te dijo? —prosiguió Edward.

—Ni siquiera trabaja para ti —sostuvo Bella—. Nunca lo ha hecho.

—Fuiste tú la que sacaste esa conclusión, Bella — dijo Edward—. Lo único que hice fue permitir que siguieras pensando lo mismo.

—Pero, ¿por qué? —preguntó Bella, humillada por haber sido tan ingenua—. ¿Por qué querrías engañarme y manipularme si con la verdad habrías conseguido lo mismo?

Edward lanzó un profundo suspiro. Bella sintió remordimientos por haberlo pegado: tenía una marca en la mejilla.

—No podía correr el riesgo de que no accedieras a llevar a cabo mis planes.

—Tus planes pretendían quitarme a Nessie —dijo ella con claridad.

—Esa era la idea inicial —admitió Edward—. ¿Tu tía te contó lo de tu madre con mi hermano?

Bella se cruzó de brazos y cerró los ojos. Se puso a recordar la aventura de su madre con el banquero griego en Madrid. Marco Cullen estaba casado y tenía cincuenta años. Como resultado de esa relación había nacido Nessie.

—Lo siento —murmuró Edward.

¿Por qué, después de todo? ¿Por hacerla sentirse tan mal? ¿O acaso estaba disculpando la conducta de su hermano y de la madre de Bella?

—¿Sabías que habían tenido una aventura? —quiso saber Bella.

—Sí, supe lo de su aventura... —contestó Edward, dirigiéndose hacia la ventana—. Pero no sabía exacta mente quién era la mujer en cuestión. Ni siquiera que hubiera tenido una hija. Me enteré un año después de la muerte de Marco, cuando vino a verme tu tía a mi des pacho de Londres.

—Querrás decir cuando fuiste a ver a mi tía —le corrigió Bella con sarcasmo—. Para convencerla de que regateara con el futuro de Nessie.

—¿Es eso lo que te ha dicho ella? —preguntó Edward—. Entonces, te ha mentido. Fue Carmen la que me abordó, Bella. Era ella la que quería regatear con migo, pero para que guardaras silencio sobre todo este asunto. Tú tía fue la que hizo de mediadora entre su sobrina y yo. Su sobrina que había sido la amante de mi difunto hermano.

—¿Mi tía te dijo que yo fui la amante de tu hermano? —repitió Bella anonadada.

Estaba perpleja y llena de consternación.

— Según ella, tú amenazabas con decírselo a la prensa si yo no pagaba una buena suma de dinero — sostuvo Edward.

—Pero, ¿cómo pudiste creer cosas tan terribles de mí? —gritó Bella.

—Todavía no te conocía —repuso Edward—. Solo sabía que eras una mujer joven que no dudaba en hacer chantaje a una familia de banqueros griegos para enriquecerse.

Bella pensó que aquello parecía tener sentido. Y de pronto sintió vergüenza de la astucia mercenaria de su tía.

—Yo no podía correr el riesgo de que la prensa se enterara, por el precario estado de salud de mi abuela — siguió diciendo Edward—. Lo que no sabía tu tía era que el sueño de mi abuela era poder conocer a un bisnieto antes de morir. Pero la abuela y yo sabíamos que ese sueño era irrealizable.

Bella comprendió que el motivo era la poca salud de la anciana.

—El hecho de haber conocido a Nessie ha debido de ser para ella algo maravilloso —comentó Bella tristemente.

Él asintió.

—Le ofrecí a tu tía una gran cantidad de dinero por quitarte a la niña —repuso Edward—. Ella me había dicho que no te parecería mal dejármela si la suma era acertada.

Bella se sintió herida. Todo aquello era una espantosa maraña de engaño, traición y codicia.

—Entonces, la llevaste en tu lujoso coche hasta mi apartamento y esperaste a que comprara a la hija de tu hermano —concluyó ella, empezando a sentir náuseas.

Después, Bella corrió hacia el coche y fue golpea da por la camioneta enfrente de él. Edward había tenido la oportunidad de saber cómo era su apartamento y cómo vivían. Comprendió que Bella era inocente y no tenía nada que ver con la extorsión. Al contrario, le costaría mucho convencerla de que le dejara a su hermana.

Y luego vinieron las sartas de mentiras, pensó Bella mientras Edward miraba ausente por la ventana, tal y como lo había hecho ella antes. La propuesta, la coeción las historias lacrimógenas...

Al fin y al cabo, lo único cierto había sido lo de la alegría de la abuela conociendo a su biznieta en vida.

—¿Tu abuela sabía de quién era hija Nessie? — preguntó Bella con voz ronca.

Edward tardó en contestar. Vaciló y a Bella le pareció que iba a decir una mentira.

—Ella se lo imaginó todo...

¿Estaba diciendo la verdad?

Su abuela lo había llamado pájaro... Bella sintió un escalofrío.

¡Qué de esfuerzos malgastados! Había llegado a contraer matrimonio con ella. Podía haberse evitado ese y muchos inconvenientes. Pero claro, también que ría tener la custodia legal de Nessie, por lo que no había actuado en vano.

—¿Le pagaste a mi tía para que se mantuviera alejada de mí? —preguntó Bella.

—Sí —admitió Edward—. Ella ideó todo este embrollo porque había perdido su empleo y tenía muchas deudas. Vio en mí el modo de solucionar sus problemas. Pero se dedicó a jugar en bolsa para doblar el valor de su dinero, y no hizo más que perderlo.

—Por eso fue a verte a tu oficina esta mañana.

—La eché a patadas —afirmó Edward—. Y ella se ha vengado. Debería habérmelo imaginado por tratar con gente de su calaña.

Bella notó como el dolor que sentía en el corazón se iba suavizando.

—Jamás hice nada para herirte, Bella —murmuró Edward—. Aunque te resulte difícil de creer, actué de ese modo pensando en tus intereses.

En efecto, a ella le parecía algo imposible. La gente que te quiere no te miente, ni te roba.

—Tu tía trató de darme a Nessie, tomar el dinero y escapar —prosiguió Edward—. Pero yo no podría hacerte semejante cosa. Me di cuenta de ello con solo conocerte media hora. Por eso mentí. Y te di lo que pa recía que necesitabas, manteniéndote bajo mi protección. Piénsalo bien, de todo lo ocurrido, ¿qué es lo que he hecho deliberadamente en contra tuya?

Se hizo el silencio. Bella tuvo que controlarse para no estallar en sollozos.

—Quédate —le rogó Edward suavemente—. No seas víctima de las sucias maniobras de una persona que nunca te ha querido realmente.

—Ahora no puedo pensar —adujo Bella—. Nece sito tiempopara poner las cosas en claro y decidir si me quedo o no.

—Me parece justo —accedió Edward con tono neutro—. Tómate el tiempo que necesites. No hay prisa.

Entonces, él comenzó a andar. Su retirada tenía mu cho de estrategia, pensó Bella con lágrimas en los ojos. Al cabo de unos cuantos pasos, Edward se topó con un paquete que estaba entre la ropa del suelo. Bella se dio cuenta de lo que era y fue a recogerlo a toda prisa. No quería que Edward viera lo que era.

¡Demasiado tarde! Él dio media vuelta y vio la reacción de Bella, cuyo corazón comenzó a palpitar desenfrenadamente. Edward se había puesto muy pálido. Tomó el paquete y rasgó el envoltorio. Era un test de embarazo.

—¿Por qué has comprado esto? —preguntó él.

—Por favor, devuélvemelo —le rogó Bella, sonrojándose como una colegiala.

—¿Por qué? —insistió Edward.

La violencia de sus palabras alarmó a Bella. Se quedó atónita y comenzó a retroceder llena de consternación. No entendía por qué Edward estaba tan furioso.

— ¡Contéstame, Bella! —exclamó el hombre.

—Te lo habría dicho si el resultado daba positivo — balbuceó Bella temblorosamente.

Puede que estuviese tan enfadado porque pensara que ella no le quería comunicar la noticia.

—Te lo habría dicho, Edward —repitió Bella atemorizada, mientras el hombre avanzaba un paso más hacia ella.

—Quiero que te vayas de esta casa —dijo al fin Edward lleno de ira—. Tienes una hora para salir de aquí. Quiero que te marches y no volver a verte nunca más.

—Pero, ¿por qué estás tan enfadado? —le preguntó Bella, todavía retrocediendo ante la amenaza de Edward—. No hemos utilizado ningún método anticonceptivo cuando hemos hecho el amor. Era de suponer que estábamos en situación de riesgo.

—Yo tenía que soportar la vista de uno de esos tests cada mes, cuando vivía mi esposa —rugió Edward—. Durante cinco malditos años tuve que soportar sus lloros porque no se quedaba embarazada. Soy estéril, Bella.

Y dicho esto, tiró el paquete sobre la cama.

Bella se quedó horrorizada.

—Sé que has dicho alguna vez que no querías tener hijos... —agregó Bella—. Pero es que... Tengo la sensación de estar embarazada.

—Lo mismo decía Esme —repuso él—. Un mestras otro.

—No, yo no soy como ella —sostuvo Bella—. Yo te quiero. Yo no intentaría hacerte daño con estas cosas.

—Esme me quería, me adoraba —añadió Edward—. Vivía por y para mí. Y al final, decidió poner fin a su vida en nombre de nuestro amor.

Habían pasado seis años y aún no se había recuperado del efecto de un acto tan egoísta.

Bella estaba muy pálida.

—No quiero creer todo esto... —comenzó a decir ella, sintiéndose como en una pesadilla.

—Pues, créetelo, soy estéril y nuestro matrimonio ya no tiene sentido —repuso Edward—. No voy a pasar por el mismo infierno ni contigo, ni con ninguna otra mujer.

Y lleno de ira, se dirigió hacia la puerta.

Esta vez salió de la habitación dejando a Bella su mida en el horror y en la desesperación.

Era estéril...

Dirigió la mirada hacia el paquete que estaba sobre la cama. Lo que en su momento fue una compra sin importancia había terminado siendo un instrumento de tortura para Edward.

Bella sintió un estremecimiento y recordó las pala bras de su marido: «Pues, créetelo...»

Mientras se encaminaba hacia el cuarto de baño, oyó el sonido de un coche saliendo de la casa a toda prisa.