Historia de lenguaje y contenido adulto. No apta para menores.

Cap. 10 Atardecer

0BS3S10N

Cuando llegué a mi apartamento me cepillé rápidamente los dientes, oriné una considerable cantidad –por culpa de la cerveza– y me quité la camisa antes de caer de bruces sobre el futón. Quedé boca abajo con la cabeza de lado y la mirada perdida por las esquinas del cuarto.

En realidad, no miraba nada en concreto. Ni si quiera el sucio polvo que se acumulaba bajo el rodapié de madera y que me avisaba de que era hora de la limpieza semanal. En aquel momento mi cabeza era un hervidero de pensamientos sin orden ni concierto. Pensaba y me compadecía a mí mismo a partes iguales por esa desmedida torpeza sin precedentes. Definitivamente así era; en cuestiones de citas y mujeres me consideraba un torpe, un inútil, un ingenuo que se enfrentaba a algo por primera vez y que necesitaba manual de instrucciones de esos para legos. La irremediable fascinación que tenía por esa mujer me estaba llevando por una desconocida avenida por la que me arrastraba a tientas, con más aprensión que coraje. Al fin y al cabo, mi deseo expectante había estado muy alejado de la noche idílica que acababa de tener lugar. Y que se había esfumado en menos de lo que canta un gallo.

Durante aquella diatriba, mi poderosa imaginación se las ingenió para darme pistas de lo que hubiera podido hacer. Si hubiera puesto en hechos lo que deseaba firmemente, es decir Tendo a la carta, quizás hubiese disfrutado de Tendo por postre e incluso Tendo por degustación. Si hubiese tenido el valor al menos me hubiera gobernado la acción, pero en resumidas cuentas había terminado siendo un cobarde.

El olor de su cuerpo, la textura de su piel, las imágenes de su rostro habían permanecido como una evocación, pero ahora comenzaban a desvanecerse paulatinamente como el humo de un cigarrillo. Yo quería retenerlo una y otra vez en ese espacio permanente doblado entre la realidad que uno guarda celosamente cuando sueña despierto.

Creo que no se podía ser más patético.

Entre aquellas imágenes sugerentes mi cabeza comenzaba a tener la densidad de los metales pesados. Para cuando me di cuenta me había sumido en una especie de trance, de sue-cuerdo. A la mañana siguiente decidí llamarlo así porque no estaba seguro de que fuese un recuerdo completo, pero de lo que sí estaba seguro era de que tampoco fue sólo un sueño.

Lo primero que vi en el sueño fue el cielo del mismo azul del océano Pacífico en el ecuador. Lo segundo, las casetas y figuras del festival de las estrellas. Poco después vinieron los sonidos. La música, el sonido del tambor que persigue al desfile. Gente riendo. Un perro ladrando. Un llanto infantil. Este último sonido se alzó por encima de todos los demás envolviendo por completo al resto.

–¡Nchan! ¡Vuelve! ¿Dónde estás?

Los gritos y sollozos cada vez eran más fuertes, pero no provenían de ningún lugar en concreto y sin embargo de todos. Sentí una punzada en la sien y de repente escuché el sonido de mis propios zapatos moviéndose por la calle ancha del festival. Hacía calor, pero el sol no tardaría de dejar de calentar. Yo debía de tener unos siete u ocho años. Todo el mundo era demasiado alto y las casetas del festival se me figuraban enormes. Sujetaba una piruleta grande entre los dedos, de esas que eran blancas con espirales de colores y cuyo caramelo se estaba derritiendo por el intenso calor. En el interior de una de las casetas de la feria estaba ese niño pequeño gritando y llorando con mucha fuerza. Lo vi como a través de una niebla espesa mientras mi cabeza retumbaba de dolor.

–¡No encuentro a mi Nchan!

Un feriante de casetas de premios lo consolaba. El dolor se instalaba en mis sienes después de abandonar el occipital, pero no era un dolor real del Ranma de siete u ocho años del festival, sino un dolor del Ranma que dormía y que tenía aquel sueño o evocación.

El feriante dejó de consolarlo mientras palmeó su espalda. Una pareja se acercó a la caseta y el hombre intentó deshacerse rápidamente del niño para atender a los clientes.

–No, no he visto a tu Nchan y no puedo ayudarte a buscarlo, ¿dónde están tus padres?, ¿no te pueden ayudar ellos a buscarlo?

Se marchó corriendo sin contestar, preso de una rabieta, y yo lo seguí intrigado sin dejar de agarrar mi piruleta. No sé por cuánto tiempo lo seguí porque todo era muy difuso. Veía todo a través de una cortina espesa y de un inclemente dolor de cabeza. Sin embargo, al rato pude ver cómo se escondía bajo el sauce frondoso de un parche de hierba de un par de hectáreas que había junto al gran canal. El sol era sugestivamente grande y comenzaba a acercarse con latencia al horizonte. El llanto se percibió con más agudeza.

–Qué tonto. –escuché mi propia voz infantil– Seguro que se esconde allí para que nadie lo vea llorar.

Sentí unos minutos el silencio rasgado con hipos y lamentos. Lloraba igual que lloran las niñas. Me acerqué con recelo.

–Ey, ey ¿Qué te ocurre?

Unos ojos enormes me enfocaron entre lágrimas, que dejaron de rodar inmediatamente. Se limpió los restos de éstas con la piel del antebrazo.

–¿Quién eres? y, ¿por qué tienes los ojos de ese color?

Me sentí avergonzado. Nunca antes nadie me había preguntado por el color de mis ojos.

–Pues no lo sé, –disimulé como pude que estaba colorado– Me llamo Ranma, Ranma Saotome. ¿Y tú por qué lloras?

Cogió una piedra del suelo y la aventó con rabia al río que corría frente al sauce. La corriente del canal desplazaba lentamente una botella vacía y el atardecer se reflejaba en la superficie del agua. El horizonte comenzaba a querer engullir ese sol gigante.

–He perdido a mi Nchan y no le veo desde esta mañana. Es como si se lo hubiese tragado el ogro caníbal de los festivales, no lo encuentro por ningún lado y llevo todo el día buscándolo…

–¿El ogro caníbal de los festivales?

Yo nunca había oído hablar de eso. Lanzó al río otra piedra de mayor tamaño. El impacto formó ondas concéntricas agitando la botella en un suave vaivén.

–Sí. –contestó mirando el cauce y acto seguido me observó con atención– ¿No lo conoces? Dicen que primero se come las piernas para que no puedas escapar. Después los brazos y por último la cabeza.

–Já yo no tengo nada de miedo de eso. –proferí orgulloso de mí mismo– Soy un artista marcial como mi padre y algún día seré mucho mejor que él. Entonces podré enfrentarme hasta al ogro caníbal más grande del mundo.

–¡Yo tampoco le tengo miedo! –se levantó para encararme, pero su altura era algo menor que la mía. Apretó ambos puños a los lados de sus caderas y me habló con recelo– ¡También hago artes marciales como mi papá! Pero no encuentro a Nchan y no quiero que le pase nada malo.

Dos lagrimones como piedras se escaparon de aquellos ojos grandes y oscuros y yo me sentí mal, como que tenía que hacer algo para ayudar a que no llorase más. Entonces tuve una grandiosa idea.

–¿Quieres… que te ayude a buscar a tu nee-chan? ¡Seguro que entre los dos lo encontramos!

–¿Eh? –se esbozó un gesto de confusión en su rostro– ¿de verdad me ayudarías?

–Sí. –asentí sin dudar–Pero no llores, ¿vale? Además… los chicos no lloran.

De repente su ceño se arrugó.

–¡Yo no soy un chico, idiota! Soy una chica y mi nombre es Akane, Akane Tendo.

El atardecer tiñó de carmesí el reflejo del canal.

En aquel momento desperté. El reloj digital marcaba las cuatro de la mañana y la migraña martilleaba mi cráneo desde dentro. Intenté continuar en esa línea de pensamiento, recuerdo, sueño, o lo que demonios fuese; pero aquel dolor de cabeza me llevaba por un túnel negro sin salida.

No fui capaz de volver a conciliar el sueño. Tampoco era capaz de recordar nada más.


–Cuéntame cómo te fue, ¿no?

Ryoga cruzó una pierna sobre la otra sentado frente a la mesa de mi despacho. Habíamos decidido aceptar el contrato de Shoumei después de una corta pero productiva reunión. La oferta no era mala después de todo, así que Miyamoto se encargaría de seguir adelante con la burocracia. Poco después quedé a solas con Ryoga quien no podía por menos que, de nuevo, acosarme a preguntas.

–Bien –contesté parco en palabras.

–¿Bien? ¿Eso es todo lo que tienes que decir?

Tomé un sorbo de mi café caliente. Le faltaba un poco de azúcar y aquello hizo que se instalase una ligera molestia en mí. Para ciertos detalles absurdos siempre fui muy exigente.

–Cenamos, bebimos un poco y después la acerqué a casa.

–Vaya, ¿no ocurrió nada más?

Negué con un ligero cabeceo y me recosté sobre la silla de cuero. Me preocupaba no tener el control de esos recuerdos que se suponía que formaban parte de mi infancia, y cada vez que me esforzaba por pensar en ello un fuerte dolor de cabeza me taladraba de sien a sien. Intenté explicarlo de alguna forma que no sonase demasiado dramática.

–Hay algo que no me cuadra, Ryoga.

–¿Qué es?

–La amistad de nuestros padres parece que es desde hace años. Yo no consigo recordar nada, pero creo que nos conocimos siendo niños.

–¿Cómo es posible eso, Ranma?

–La verdad es que, el día que me mencionaste acerca del dojo Tendo cuando hiciste la investigación sobre Nabiki, la historia se me hizo tremendamente familiar. Pero no recuerdo nada. Absolutamente nada.

Me puse en pie repentinamente, frustrado y cansado al mismo tiempo, y me acerqué a la ventana. Mi intento por alejar el dramatismo estaba siendo un completo fracaso.

–Parece ser que tenéis más cosas en común de las que te habías imaginado.

–Y que lo digas. –musité con la mirada perdida en la calle. Los coches parecían de juguete desde lo alto del edificio. Me gustan las alturas, por eso había situado allí mi sede central, por eso todas las noches dormía en un ático.

–No hace falta que te tortures por no recordarlo. –declaró Ryoga tratando de animarme– Todo el mundo olvidamos muchas cosas de nuestra infancia, sobre todo si han sido hechos puntuales que no afectaron al resto de nuestra vida.

Lo más extraño de todo era que, si me paraba a recapitular, no conservada demasiados recuerdos de mi tierna infancia. Podía recuperar ciertos sucesos concretos. Por ejemplo: aquella vez en la que salimos corriendo de un restaurante sin pagar y me atraparon los dueños porque mis piernas no eran demasiado largas. ¡Tuve que fregar platos durante una semana entera para pagar la cuenta! Y también estaba esa otra vez en la que nos colamos a hurtadillas para dormir en la casa lujosa de un pueblucho en las islas Ryuku. Recordaba bien las katanas que adornaban la pared, y que debían ser mafiosos o algo por el estilo porque cuando nos pillaron casi nos matan y no precisamente del susto. Me acordaba perfectamente las peleas con mi padre por los panecillos calientes mantou que robaba de los puestos ambulantes y, en definitiva, todas esas peleas en las que yo perdía, lloraba y acababa como siempre con más hambre que el perro de un ciego. Sin embargo, los recuerdos de los primeros años de mi vida eran una algarabía de sucesos apilados sin orden cronológico ni concierto. Hasta que cruzamos el mar de Japón y pisé por primera vez las tierras chinas. Traté de explicarle como pude todo esto a Ryoga.

Después él se levantó y se acercó hacia mí.

–Pero, ¿Qué más da si os visteis una maldita vez o si vuestros padres tienen un pasado juntos o si se emborrachaban con sake en su juventud hasta perder la conciencia? Lo verdaderamente importante es el presente y el futuro.

–No es eso, no lo entiendes.

–Ranma, estás yéndote por las ramas.

–Lo que me preocupa es que pasase lo que pasase, ella sí que lo recuerda. –me di la vuelta y miré fijamente a mi amigo– Lo recuerda muy bien.

Unos toques a la puerta interrumpieron la azarosa seriedad que había invadido a la conversación. La señora Miyamoto se asomó por la puerta caoba preguntando si interrumpía algo y anunció que la señorita Kounji había venido de visita para verme.

Aquel evento del todo insospechado me tomó absolutamente desprevenido.

–¡Ranchan! –Utchan entró en medio de su arrebato de energía y se abrazó a mi cuello dejándome por un momento sin capacidad de reacción– ¡Oh! Cuánto me alegro de verte, ¡estás guapísimo! Cambia esa cara, pasmarote, ¿acaso no te alegras de verme? –al segundo se dio cuenta de que yo no me encontraba solo– Vaya, hola Ryoga, qué bien que estás tú también aquí.

Se separó de mí saludando con un cabeceo corto a Ryoga.

–Hola, Ukyo, toda una sorpresa.

–¿Verdad? El caso es que ayer a última hora recibí una invitación a la inauguración de los edificios Yamada y me dije, ¿por qué no? Puede ser una gran oportunidad para expandir mis restaurantes también por Tokio. Utchan´s también en Tokio sería una fantástica fuente de dinero. Además, así podríamos vernos más a menudo, ¿cómo lo ves?

Me miró en el momento preciso en el que su parloteo se había endulzado un poco y su pregunta flotaba en el ambiente.

–¡Claro que sí Utchan! –reaccioné– nos alegramos mucho de que estés por aquí, ¿qué hay de Konatsu?

–Trabajando mucho, pero feliz. Lo he dejado a cargo de todo por allí. –habló con soltura y luego se dirigió a Ryoga– Por cierto, ¿cómo está Akari? Que no me entere que vuelves a viajar dejando a tu mujer embarazada al otro lado del charco, eh…

Ryoga se llevó la mano a la nuca y sonrió de manera forzada.

–Esto… ¡es que no podía faltar!

–Pero, ¿cómo se te ocurre?

–Tranquila Utchan, –comenté– el comportamiento de Ryoga fue encomiable.

–Permíteme dudarlo, Ranchan.

–En serio, –expuse divertido– no permitió que plantaran ni un solo moratón en su bonita cara.

Parece ser que mi broma no le hizo ni pizca de gracia.

–Pero, ¿a ti no te da vergüenza como jefe permitir que Ryoga deje a su esposa embarazada en el tercer trimestre para ir a un torneo?, ¿acaso ninguno de los dos tenéis empatía?

Por un momento quise salir huyendo, el enfado de Ukyo Kounji se podía presagiar en el ambiente.

–Pe-pero, ¡es que Ryoga tenía que venir sí o sí!

–¡Oye! –se quejó el aludido– ¡no habléis de mí como si no estuviese presente!

–Vamos, Utchan, ¿no ves que está sano y salvo? –intenté desviar la conversación hacia otros derroteros menos agresivos– Y provechando que estás aquí, ¿no vas a dejarme probar tu nueva receta?

Su gesto se dulcificó y nos echamos unas cuantas risas durante la conversación de la siguiente media hora. La verdad es que echaba de menos la alegría que Utchan siempre traía a nuestras vidas. Después de hablar durante un rato de detalles triviales de nuestro día a día aquí y allá, Utchan dijo que pasaría la noche en mi apartamento. Quería que probase el Okonomiyaki del amor antes de subir al tren de vuelta a Osaka.

–Entonces, Ranma, ¿hoy iremos juntos a la inauguración?

Mierda. Tendríamos que ir los tres y no me apetecía aguantar la tensión. El último torneo donde habían coincidido Natsume y Utkyo no había dado muy buenos resultados en el plano social. Ellas dos no parecía que se llevasen demasiado bien. Qué queréis que os diga, no tienen remedio. Así son ellas. Si congenian podían llegar a volverse insoportables, pero si no podía avecinarse el fin de los días.

–Tengo una idea, –improvisé– ¿qué os parece si vamos todos?

Ryoga se encogió de hombros, con un gesto que se traducía en un «¿y por qué no?» mientras que Utchan pareció entusiasmada con la idea.

–¡Me parece perfecto! Ryoga, llama a Akari y dile que iremos los cuatro juntos.

–Bueno…. La verdad Utchan, –carraspeé– Natsume también vendrá en calidad de modelo de los gimnasios Todo Vale.

–Ah. –su gesto se transformó en una mueca de desagrado– En todo caso, después de que te pasees del brazo de esa Barbie serás todo mío, ¿no es cierto?

–Bu-bueno…. Si tú lo dices… –musité algo incómodo.

–Vamos, Ranchan, no seas rancio. Me refiero a que hablaremos tranquilamente esta noche mientras abuso de tu hospitalidad, así me cuentas qué es lo que últimamente te tiene tan distante. Luego te daré a probar mi nueva receta.

Me guiñó un ojo. Desde luego que Utchan es de esas mujeres que siempre obtienen lo que quieren.


Era la hora de salir hacia Yokohama, y mis ganas de ir eran equiparables a las ganas de tragarme a capón un cenicero lleno de colillas sucias. Es decir, bajo cero. Mientras tanto, afuera se había desatado una lluvia torrencial. El viento empujaba los filamentos de agua que se veían cruzando en diagonal el cristal de la ventana. Estiré las solapas de mi camisa negra y me coloqué con pereza la americana. Aquel día iba completamente de negro, de acuerdo al color del que se adivinaba mi futuro.

La visita de Utchan me había mantenido distraído, casi sin tiempo de dejarme llevar por mi retorcida obsesión. Pero al fin y al cabo siempre terminaba por cercarme fuertemente entre sus raíces más profundas para trasladarme a donde a ella le daba la soberana gana. Hablo así, externalizando la culpa de la obsesión, ya que por supuesto que yo siempre fui un santo inocente, ¡eso estaba claro como el agua de las montañas! Mi vida casi se había estabilizado como un mar en calma hasta que la malvada Akane Tendo apareció para agitar las aguas remansadas. Necesitaba volverla a ver, y no precisamente en una comida familiar.

Al final no aguanté más. Salí de mi despacho y encontré a mi secretaria tecleando. Me dirigí hacia ella con cierta agitación.

–Miyamoto, hazme el favor de ponerme en llamada con la vicedirectora del dojo Tendo, Akane Tendo.

–En seguida, señor Saotome.

No me preguntéis por qué hice aquello, fue un impulso que no franqueó los límites racionales de mi cerebro. Lo que sí os puedo decir es que no me arrepiento lo más mínimo. Al cabo de pocos minutos sonó el intercomunicador y, tras el molesto pitido agudo de espera, su voz deshizo el nudo de mi estómago. No lo tenía preparado, así que dije lo primero que me vino a la mente.

–¿Sabes? Ayer al final te fuiste sin que te devolviese la bufanda –mentí, ni si quiera la había llevado encima.

–¿Saotome?

–El mismo. A no ser que tengas más bufandas repartidas por ahí por el mundo.

–Vaya, ¿Aun te empeñas en mantener esa excusa tan pésima?

–¿Excusa? ¿Para qué?

–Eso me lo tendrías que decir tú.

–Pero he preguntado yo primero, señorita Tendo.

–Pues supongo que…–su voz me llegó con duda– ¿para volverme a ver?

Sentí que una sonrisa traviesa estiraba mis labios.

–Te la puedo enviar por correo si deseas, ¿quién ha dicho que quiera volverte a ver?

–Pues…eres tú el que has llamado y…

–Me apuesto lo que quieras a que has puesto cara de espanto. –bromeé muerto de los nervios antes de que ella elaborase la frase siguiente– Por-por supuesto… que…. que no me importaría volverte a ver.

Me mordí el labio con fuerza esperando su respuesta. La agonía comenzaba a dilatarse mientras los segundos pasaban y un silencio sin interferencias era lo que obtenía como respuesta.

–El domingo está a la vuelta de la esquina.

–Hoy es jueves, tres días pueden llegar a ser una eternidad. –mierda, había sonado muy desesperado así que tuve otro plan– Además, ¿acaso quieres que te devuelva esa bufanda delante de nuestros padres? Tendríamos que enfrentarnos a preguntas incómodas.

Escuché mi propia risa entre su suspiro de horror.

–Tienes razón. Ellos pueden ser muy persistentes si se lo proponen.

–Yo soy Ranma Saotome, siempre tengo razón…

–¿Nunca te han dicho que te pasas con la soberbia?

–No es soberbia –me reí– simplemente es talento.

–Mañana, –hizo oídos sordos a mi repentino ataque de arrogancia– Maruhachi en Shibuya, ¿es del gusto de señor Saotome?

–Por supuesto, señorita Tendo, suena estupendo. –me quedé sin saber qué decir, pero queriendo aferrar a aquella comunicación. Aunque el fin era inevitable, por más que me negase a ello.

–¿A las ocho?

–Perfecto.

–Nos vemos mañana, Saotome.

–Nos vemos mañana, señorita Tendo.


El evento fue un auténtico coñazo. Desde que llegamos en un taxi negro a Yokohama, Natsume me había agarrado con tenazas del antebrazo y casi no me pude librar de su aferramiento en toda la noche. Nos cruzamos caras conocidas, fuimos de allá para acá hablando con todo tipo de celebridades de deportes que conocíamos, incluso conocí a un par de inversores del proyecto Yamada que parecieron bastante interesados en mi persona. Lógico. ¿A quién queremos a engañar? si yo fuera ellos también estaría interesado en mí.

A la mitad de la noche escuchamos el discurso del patriarca Takumo Yamada, brindamos por la nueva construcción de entretenimiento y nos dieron a todos los asistentes vales descuentos para los establecimientos de compras de las primeras plantas, cine y salas de pachinko de las últimas. La verdad era que el edificio era impresionante, no constituía un simple centro comercial sino mucho más allá casi de la magnitud de una micro ciudad. Ryoga y Akari abandonaron la velada demasiado deprisa con la excusa de que Akari estaba cansada, y al poco, me quedé a la deriva entre aquellas dos mujeres que apenas se dignaban a dirigirse la palabra.

Quedaba más de media hora para la media noche cuando los asistentes comenzaron a abandonar paulatinamente el edificio Yamada. Me relajé en el abrazo del alivio, nada me apetecía más que encerrarme entre las paredes de mi último piso en aquel edificio donde vivía en nihonbashi. Sin embargo, le había prometido a Ukyo una charla y esta se me antojaba escabrosa. De verdad que aún no me creía cómo era posible tener tan mala suerte.

Por lo menos no tuvimos que compartir el taxi de vuelta. La modelo Natsume Katsuiki contaba con chófer particular. No era para menos.

Cuando Ukyo y yo llegamos a mi apartamento nos descalzamos y yo me repantigué sobre los cojines del tatami. Ukyo se deshizo de la pesada chaqueta y se sentó a mi lado sobre sus talones.

–No sé cómo aguantas a esa presumida de Natsume Katsuiki. –profirió con cansancio.

–No seas tan dura con ella, sólo es una cría sobrepasada por la situación. Y parece ser que está haciendo su trabajo.

–¿Haciendo su trabajo? No me puedo creer que seas tan ingenuo. ¡Hasta un ciego vería que le gustas!

–¿Te crees que no me he dado cuenta o que soy tonto? –repliqué molesto– No es como si me lo hubiera dicho directamente, pero ya me lo ha dejado bien claro con su comportamiento.

–¿Y qué vas a hacer?

–No estoy en absoluto interesado. Esperaré a que su contrato acabe y hasta luego, muchas gracias. De momento estoy atado de manos.

–Estaría bien que se lo dijeras claramente, Ranchan. No está bien jugar con el corazón de las mujeres y si no eres claro, ella puede estar haciéndose ilusiones.

Me quedé callado. No tenía ganas de sacar a colación un tema del que me avergonzaba de aquella manera. Ya era consciente de mi poca naturalidad en tratar a las mujeres, no era como si además pudiera darles calabazas tan fácilmente.

–Vamos, –Ukyo siguió hablando– ¿me vas a contar qué es lo que te tiene tan distraído?

–No es nada en especial –mentí.

–No te creo Ranchan, seamos sinceros, ¿sí?

–Bueno, la verdad es que… –no sabía muy bien qué decir así que opté por ser torpe, como siempre– es el trabajo.

–Pensé que confiabas en mí. –musitó claramente decepcionada– Si no quieres contármelo está bien, pero por favor no mientas descaradamente.

La culpabilidad me arañó con fiereza.

–Está bien…. es que…. Últimamente… he conocido a alguien.

Ella me miró con los ojos muy abiertos, sin pestañear. Su semblante cambió diametralmente hacia una gravedad absoluta. Sus ojos dejaron de enfocarme para perderse en algún sitio abstracto de la habitación. No pude por menos que preocuparme por ella.

–¿Estás bien, Utchan?

–Claro que sí, Ranma. –se levantó y se encaminó hacia la cocina y al poco rato trajo consigo un par de cervezas– Ya sabes que llevo algún tiempo temiendo este momento.

–¿Temiendo?

–Ranma, no te hagas el tonto. Sabes perfectamente lo que siento por ti.

Aquella declaración me tomó por sorpresa. La verdad es que pensaba que habíamos superado aquello bastante tiempo atrás.

–Ukyo… creí que tú….

–Sí, ya hemos hablado de esto. Sé muy bien lo que piensas. –arrancó la chapa de las dos cervezas con una llave que reposaba encima de la mesa y me entregó una botella– Soy totalmente consciente de que después de lo que pasó entre nosotros tuve que renunciar a ti. Pero eso no quiere decir que haya dejado de quererte en ningún momento.

Con su declaración me invadió una súbita incomodidad, ¿por qué me tenía que pasar esto a mí? Suspiré interiormente mientras formulaba en mi mente qué era lo que tenía que decir.

–Yo no quería, es decir, no me arrepiento en absoluto de lo que pasó. –la miré seriamente– Pero si no hubiese sido por…–dudé buscando las palabras adecuadas– porque tomamos demasiado alcohol aquello jamás hubiese ocurrido. Tú eres mi mejor amiga. Nunca busqué eso de ti.

–Ya me lo dijiste aquella vez, Ranma. Bueno, –sonrió con cierta amargura– al menos un par de meses después, cuando conseguí dar contigo después de que hubieras estado evitándome a toda costa.

–No sabía cómo demonios dirigirme a ti después de aquello, Utchan. Lo siento. –me disculpé sinceramente.

–No hace falta que te disculpes, ha pasado mucho tiempo después de aquello

Nos quedamos callados por un momento.

–Anda, cuéntamelo todo. –la sonrisa volvió a su rostro– no seas malo.

Me relajé. Ella volvió a ser la de un momento a atrás, o al menos intentó aparentarlo muy bien.

–Está bien.

Y le conté toda la historia que ya todos sabéis.


No sé si puede haber algo peor que saber lo que uno quiere y evitar morir en el intento por conseguirlo. Digamos que ciertas cosas podrían ser una tortura china, una especie de acupuntura sádica con filos de espadas que atraviesan los orificios de tu piel. Eso era exactamente lo que me hacía sentir estar cerca de Akane Tendo. Aquella noche había tomado la línea yamanote para salir en su encuentro con el movimiento estratégico de luego ir juntos a mi apartamento a por la Yamaha para llevarla a casa. Habíamos estado cenado entre una conversación sobre artistas marciales, sobre lo que representaban las artes en nuestras vidas y ahora, no poder tocarla me mantenía en una especie de debate angustioso con mi demonio interno.

Cada vez ese endiablado demonio gritaba más fuerte. Y yo no sabía cuándo perdería el control.

Aquella noche estaba especialmente comunicativa. Durante la cena me habló sobre su trabajo, sobre cuánto le gustaba enseñar a niños con todo tipo de niveles de talento. Quería mantener el espíritu vivo de las artes marciales desde la temprana edad y parecía que disfrutaba con el hecho.

–La verdad es que hemos trabajado mucho estos últimos años para levantar el dojo. Al principio con las reformas que hicimos, nos endeudamos hasta la última muela. –su rostro parecía pensativo– Pero después con las clases, los eventos y los pequeños torneos nos fuimos recuperando. –sus palabras me llegaron como una cascada, llenas de fuerza– Ahora estoy tan acostumbrada a esto de enseñar en el dojo que es como si nunca hubiera conocido otra cosa… Casi ni recuerdo cómo fue vivir los primeros años en nuestra casa actual, antes de que nos la quitaran, solo sé que de repente nos tuvimos que marchar.

–Creo que puedo entenderte –contesté– no es fácil adaptarse a los cambios. Lo sé de primera mano.

Asintió.

–Pero gracias un poco a la suerte y bastante a nuestro empeño, estos cinco años han sido maravillosos.

–¿Qué hicisteis durante los años que perdisteis el dojo? –la observé tratando desatar más palabras que dibujasen los trazos de su vida.

–Estuvimos viviendo en un apartamento pequeño en Nerima. Nuestro padre tuvo que buscarse un trabajo prácticamente 24/7. –sonrió con nostalgia– A penas lo veíamos. Yo me propuse convertirme en entrenadora y cuando acabé la escuela ingresé en la misma universidad que Nabiki, La Todai, la universidad de Tokio.

–¡Vaya! –exclamé sorprendido, sabía lo difícil que era ingresar a la universidad pública más prestigiosa de Tokio– ¿Qué estudiaste? –pregunté interesado.

–Pedagogía del deporte. Por esa época Nabiki estudiaba ciencias económicas y poco después empezó a elaborar un plan con el cual al final recuperamos nuestro dojo y con él nuestra casa.

Me arrellané sobre el respaldo de la silla del restaurante. Habíamos terminado de cenar y la camarera se acercó para ofrecernos algo más. Negué con las palmas de las manos e incité a mi compañera de cena a que siguiese con su historia.

–Pudimos ahorrar con pequeños trabajos a tiempo parcial. –continuó– Aún recuerdo el poco tiempo que teníamos para dormir. La única que contaba con un trabajo decente fue Kasumi. Trabajó durante muchos años como asistente de doctor Tofu.

–¿Su actual esposo?

–Así es. –asintió. Después me regaló una sonrisa y un gesto desdeñoso, de esos en los que los ojos ruedan– Oye, que conste que con todo este interrogatorio que me estás haciendo puedo dar por validada esa última pregunta que te debía.

Me reí relajadamente. Por supuesto que era una chica lista y no había pasado por alto aquel detalle.

–Está bien, queda resarcida nuestra deuda, señorita Tendo.

–Te equivocas, señor Saotome. –me miró con suspicacia– Tú aún me debes una.

Rocé la pernera del pantalón con la mano derecha y fijé una contemplación glacial en ella. Ella me devolvió su mirada desafiante, sin retirar un milímetro la dirección de sus pupilas. ¿Sus mejillas eran así de rosadas o llevaría maquillaje? Permanecimos de ese modo un tiempo indeterminado, sin querer ninguno rehusar en esa lucha no verbal. Al final rompí el silencio con mis toscas palabras.

–Dispare, señorita Tendo. –dije con sorna– Soy todo suyo.

Estaba seguro de que lo haría. Podía saborear su pregunta incluso antes de que ella la formulase. Crucé las manos por debajo de la nuca hinchando pectorales, pagado de mí mismo, pensando en cómo disfrutaría de su pregunta y qué múltiples vertientes podría ofrecerle como respuesta. "¿Tienes novia, Saotome?", "¿es verdad que eres un caballo salvaje?", "de todas esas mujeres con las que se especula que has estado, ¿con cuáles has estado realmente?" Oh de seguro que me iba a preguntar algo así. Mi mente volaba por todas las veredas divertidas por las que la iba a llevar. No sólo pretendía hacerme el interesante, ¡es que pensaba ser de lo más infame!

–¿Dónde aprendiste el truco de las castañas calientes?, –inquirió de pronto mirándome con suma curiosidad– ¿qué historia se esconde detrás de esa técnica?

Si alguna vez había hecho un verdadero ridículo en mi vida, quedó relegado a la nada absoluta al lado de aquel momento. Su pregunta hizo que perdiese el equilibrio, pues me hallaba recostado de manos entrelazadas bajo el cuello sobre el respaldo de la silla, haciendo cierta presión con la espalda que, a veces, producía el levantamiento de las patas delanteras. De pronto sin saber por qué me había caído de espaldas al suelo. Toda la gente del restaurante se volteó ante el estrépito del golpe. Mierda. Presagiar las risas mientras la cara me ardía era lo único que podía hacer en ese momento. Patético. Patético. ¡PATÉTICO! Gracias a todos los dioses que no escuché ni una sola carcajada.

–¡Saotome!, ¿estás bien?

Me levanté fulminante y recuperé la compostura durante un segundo de bochorno.

–¿Estás bien? –me volvió a preguntar preocupada. Sus párpados repletos de largas pestañas se mantenían fijos en su sitio, esperando mi respuesta.

–Sí. Esta maldita silla, debe estar rota. –mascullé removiéndome inquieto en el asiento. ¿Cuándo había yo perdido el equilibrio en mi santa vida? ¿Yo? ¡Si yo era el que desafiaba las malditas leyes de la gravedad! Newton a mi lado era un jodido novato.

–Debe ser eso. –replicó distraída– Bueno, ¿me lo vas a contar? Sigo esperando, Saotome, a no ser que esa técnica sea un secreto que te quieras llevar a la tumba.

Suspiré a medio camino del aburrimiento, tratando con intentos infructuosos que no se me notara lo decepcionado que estaba. ¿El truco de las castañas calientes? Con que era eso lo que de verdad le interesaba a aquella mujer….

–No es ningún secreto. –contesté desganado– Lo aprendí en China, en la aldea de Joketzu. –mis recuerdos me trasladaron al pueblo de las amazonas, levantándose en medio de las colinas de aquella sierra escarlata.

Le conté con todas las palabras que tenía cómo Cologne me enseñó aquella técnica cuando yo no era más que un adolescente ególatra que buscaba pelea. En realidad, sus enseñanzas tenían un pago, que era comprometerme con la loca de su nieta. Pero pasé por alto aquel detalle. Ella me observaba concentrada en mis palabras y los gestos que las acompañaban. Sus pómulos blancos a veces sonreían, a veces no. Ella era la perfecta espectadora y yo el perfecto show-man de la noche. Y la noche transcurría a pasos agigantados, estaba terminando por engullirse el maldito tiempo sin que yo me percatase de ello.

–¿Sabes? Tu padre dice que en el fondo eres un chico muy tímido. –dijo después, en algún punto de la conversación. Como siempre yo había perdido la noción del tiempo.

–¿Eso ha dicho el viejo?

–Sí.

–¿Qué más te ha dicho de mí?

–No es como si hablara mucho de ti, ya sabes… y… tampoco es como yo si le hubiese preguntado nada en absoluto. –musitó con voz baja.

–Me puedo imaginar. –contesté automáticamente con el corazón latiéndome a mil por hora– y tú…, ¿y tú qué crees?

–Bueno, con ese historial de casanova, me cuesta creer que seas tímido.

–Eso, tú fíate de las apariencias, jovencita. –me reí. Ella me observó intensamente como tratando de llegar al fondo del todo. Rehusé mis ojos asustado. Si seguía observándome así, quizás podría llegar a descubrir todo el percal. Me sentí en cierto modo demasiado vulnerable.

–En realidad no me lo pareces para nada.

–Bueno, la verdad de la verdad de la verdad –hice una pausa dramática y rasqué mi cogote con nerviosismo– es que sí que soy una persona bastante tímida.

–Supongo que en eso nos parecemos.

Al poco rato nos echaron educadamente del restaurante, iban a cerrar y habían pasado horas desde que no consumíamos nada. Caminamos en silencio por Shibuya, pero el silencio no era completo ya que el ruido de los comerciales de las pantallas nos acompañaba.

–¿Te apetece un helado? –pregunté.

–Está bien.

Nos acercamos a la una heladería cercana al cruce Shibuya. A pesar de que era más de media noche la calle estaba abarrotada. Entramos juntos, nuestros hombros rozándose de vez en cuando, de forma casual. Pedí un helado de tres bolas de diferentes tipos de chocolate y ella se decidió por uno de té verde. Nos sentamos en una pequeña mesa de cristal, cerca de la ventana. El chocolate se deshacía en mis papilas gustativas y me di cuenta de que me miraba divertida, apoyando su barbilla sobre las palmas de sus manos ignorando su helado de té.

–Parece como si nunca hubieses comido un helado, Saotome.

Hinché el pecho y me enderecé para disimular la vergüenza. Siendo un muchacho siempre me avergonzaba el hecho de tomar helado. Mi padre había sembrado profundamente en mi mente la idea de que aquello se consideraba muy poco masculino. Digamos que estaba en proceso de superarlo.

–Hace tanto tiempo que no como uno de estos que es como si hubiese pasado una vida entera.

–¡Y que lo digas! Nunca había visto a alguien devorar un helado de esa manera.

Creo que acerqué a mi boca tanto el tarro de helado nada más que para ocultar mi rostro. Si me lo acababa rápido y veloz seguro que podía evitar más comentarios de ese tipo. Así hice, mis embates fueron rápidos y el espacio entre cada cucharada se hizo cada vez más corto. Al final solo quedaba un poquito.

–Ummm delicioso… –declaré al acabar y depositar el tarro sobre la mesa de cristal

Ella empezó a reír sin medida. Yo comencé a dar la bienvenida al fastidio.

–¿Qué es lo que te hace tanta gracia!

–Nada. –dijo entre risas. Sus dientes eran blancos como el marfil– Es solo que tienes chocolate por toda la cara.

–¿eh? –un furioso calor se instaló en mis pómulos. Comencé a limpiarme frenéticamente con las palmas de las manos. Mi cupo de hacer el ridículo aquella noche se había agotado hacía tiempo.

Su risa se hizo más fuerte. De pronto hizo algo que no me esperaba en absoluto. Se acercó peligrosamente hacia mí y su olor me invadió, se acopló en mi sentido del olfato de forma perfecta. Llevaba una camisa de cuello de pico y cuando se inclinó cerca de mí pude ver cómo se dibujaba la curva de su pecho a través del escote. Tragué saliva con fuerza siendo consciente del subibaja de mi nuez. La pobre no sabía lo que hacía, ¡en cualquier momento podría atacarla como un pervertido hambriento!

–Déjame ayudarte.

Con la esquina de una servilleta comenzó a limpiar la comisura de mis labios. Aquel toque indirecto comenzó a incapacitarme severamente.

De pronto el flash de una cámara fotográfica nos iluminó desde la calle.

–Oh. –se separó abruptamente y después miró a nuestro alrededor– nos está mirando todo el mundo.

Putos paparazis.

–Larguémonos de aquí– declaré agarrándola de la muñeca y saliendo por patas.

–E-espera, ¡Saotome!

No miré hacia atrás. Corrí y corrí con el tacto de sus tendones entre el fuerte agarre de mis dedos. Ya estábamos a varias manzanas cuando paré para que recuperásemos el aliento.

–¡Serás idiota! –profirió mientras su respiración se normalizaba– ¡casi que no me ha dado tiempo de agarrar mis cosas!

Ignoré su insulto y parloteo puesto que había llegado el momento de la verdad. Tomé una bocanada de aire denso y lo solté violentamente, como cuando los granjeros se despojan de los fardos de paja. De seguro que mi frente estaba bañada en sudor.

–¿Quieres que te invite a una cerveza en mi apartamento? –pregunté

Aún no sé cómo fue posible que aceptase.


Me quité la chaqueta en mi apartamento, nos descalzamos mientras ella comenzó a observarlo minuciosamente todo lo que había dentro, con una curiosidad innata. Al mismo tiempo continuó hablando.

–Tienes un apartamento muy bonito. El apartamento en el que vivimos mis hermanas y yo en Nerima los años en los que perdimos el dojo creo que era la mitad de pequeño que este. O incluso más pequeño.

Empezó a describírmelo mientras ilustraba sus detalles con los gestos de las manos; su localización precisa en el barrio de Nerima, el número de habitaciones, los colores del papel que cubría las paredes. Asentí mientras le servía un poco de agua. Tanta palabra al fin la conduciría hacia una sed de mil camellos. Después caminé hacia la sala, hasta donde ella me siguió. Me apoyé de pie sobre la mesa escuchándola y la observé de puntillas recorriendo con sus ojos el resto de la habitación. Guardó silencio mientras observaba cada uno de los objetos, las medallas, los cinturones, las copas, las fotos de mis victorias… Y lo hizo acariciando todo con sus ojos y con las puntas de sus dedos al mismo tiempo. No perdí ni un mínimo detalle de todo el proceso porque lo único que podía hacer en aquel momento es verla como un imbécil embobado. Una vez que acabó de husmear todo se volvió hacia mí y me devolvió una sonrisa encantadora. Inmediatamente siguió contándome sobre aquella época en la que vivían en un apartamento; cómo dormían en las habitaciones, los juegos a los que jugaban antes de dormir, el desayuno que tomaban por las mañanas.

Mientras hablaba dejé de escucharla para perderme en sus labios, esos labios que estaban rosados por el abrazo cálido de la calefacción y que no paraban de moverse. No dejaba de hablar y gesticular con todo el cuerpo a la vez. Vi, ofuscado por el calor que desprendía su piel, como el tono pasaba del pálido al rosáceo y después adquiría ese brillo perlado de quien habla con el alma en la mano. La miré una y otra vez, sin escucharla ni un ápice, sin que todas esas veces que la miraba se pudiesen contar porque en realidad había sido una sola. Yo nunca había dejado de hacerlo. Y mis manos se movieron solas, no las pude detener. No pude detener el avance de mis dedos temblorosos pero seguros hacia su rostro. Acaricié con la yema de mi pulgar el hueso de su pómulo y su parloteo se transformó primero en un susurro cadente; por último, se detuvo.

Ella me miró en silencio, se sentó despacio en frente de mí –yo permanecía de pie– y me observó seriamente desde su ángulo inferior. Mantenía los ojos abiertos de par en par, tan abiertos que tuvo que parpadear varias veces para mantener esa firme contemplación que ambos negábamos a abandonar. Se veía increíblemente indefensa en ese momento, mirándome desde abajo y apretando sus labios lívidos al mismo tiempo. Un golpe de inspiración divina me arrancó de cuajo un susurro. Pero no fue uno cualquiera.

–Puedo… ¿Puedo besarte?

¿Era yo quien había hablado? Porque mi voz se había escapado como un rumor sordo, casi imperceptible y había desaparecido, así como desaparece el rocío cuando calienta el sol. Me acerqué hacia ella, que me observaba sin decir nada con sus enormes ojos dirigiéndome esa mirada que lo dice todo pero que a la vez no parecía decir nada. Me atreví a acariciar con la yema del pulgar sus labios, esos labios que tantas veces había imaginado abrazando lo largo y ancho de cierta parte específica de mi cuerpo. Recorrí con mi dedo cada una de sus pequeñas grietas, cada una de sus texturas, todas sus comisuras. Hice un poco de presión para abrir su boca e introduje la punta del dedo en ella. Oh ¡dios!, mi respiración se había empezado a desatar en un compás delirante en el momento en el que sentí la humedad de su lengua. Empecé acariciar su lengua haciendo círculos concéntricos, sintiéndola su rugosidad en la yema y el filo de sus dientes en la piel del pulgar. ¿Qué demonios estaba haciendo? Estaba siendo poseído por esa boca y quería poseer esa boca para mí. Ella me observaba con la respiración entrecortada, con los ojos cubiertos por una capa de niebla, moviendo el pecho hacia arriba y hacia abajo como si el aire fuese un elemento valioso. Nuestras respiraciones agitadas llenaron el vacío de un silencio hueco, lleno de recovecos. Entonces, cuando quise ir más allá y saqué el dedo de su boca y volví a sus labios humedeciéndolos de saliva, sus manos se posaron en el dorso de mi mano y tiraron con de mi muñeca hasta que mi mano se apartó de su boca.

Me detuve mirándola firmemente, aunque un velo opaco me cubría la vista. En realidad sentía estar mirando a través de ella, a un punto indeterminado por detrás.

–Espera… lo siento…. Yo… –musitó avergonzada.

Joder. La había cagado. Demasiado aprisa, demasiada ansia que no había podido controlar. Había perdido las riendas de la situación. Aquello era una jodida locura y mi pene iba a reventar de toda la sangre que palpitaba furiosa dentro de él. Mis brazos se tensaron a ambos costados de mi cuerpo. Me separé dando varios pasos hacia atrás, como si ella tuviese una enfermedad contagiosa, como si estar cerca de ella me produjese espanto.

Ella miraba al suelo furiosamente sonrojada. Estaba incómoda, eso estaba claro. Y no me extrañaba en absoluto. Me había comportado como un animal en pura época de reproducción.

–Lo siento. –musité quedamente y me volteé deprisa como si no quisiera verla porque realmente dolía verla. –no sé qué me ha pasado, de verdad que no lo sé.

–Es que… no, espera…

Se levantó detrás de mí.

–Olvídalo, te llevaré a tu casa.

–Es sólo que ahora… así… en estos momentos… yo la verdad es que…

La algarabía de palabras que salieron de sus labios ni hizo más que aumentar mi ofuscación. Tuve que retenerme a mí mismo, retener ese autocontrol de mi lado para no golpearme, para no decir nada que estropease aún más la situación.

–No tienes que darme explicaciones, Tendo. Solo… permite que te lleve a casa.

Evité por todos los medios mirarla directamente, aunque ella buscase mis ojos. Al fin se dio por vencida y asintió.

….Continuará.