Sara: Me alegro :)

Nat-Marie: Yo también me siento mal. Me sentí especialmente mal con la segunda escena de este capítulo, y aún peor cuando empecé a reír mientras escribía...no tengo alma. Va a haber un poco más de Sirius adulto :3

: Holis! y bienvenid ! Me alegra mucho que te guste! No te preocupes, Sirius ya sufrió bastante...por ahora, jjijijiji


Dato curioso: De no haber sido enviada a Slytherin, Morgan habría ido a Hufflepuff.


Capítulo 8: Una navidad solitaria

24 de Diciembre, 1992

Morgan, arrodillada sobre una costosa silla de caoba con almohadones de un profundo satín verde, saludó a los peces que pasaban por su ventana con una pequeña sonrisa, que no se vio afectada cuando estos nadaron en la dirección opuesta.

Frente a ella, Theo levantó la mirada de su libro y sonrió.

-Son criaturas fascinantes- dijo, cerrando el libro y copiando su posición-. Siempre quise mi propio acuario, pero padre no lo permite.

Al mencionar a su padre, su expresión se ensombreció un poco, pero fue rápido en arreglarlo. Volvió a sonreír y dio unos golpecitos en la ventana con su dedo.

Morgan disfrutaba ese lugar. El sonido amortiguado de las profundidades del lago que se filtraba por las paredes la calmaba, y observar a la vida marítima era un agradable pasatiempo. Siempre se las arreglaba para encontrar algo nuevo.

Vio a dos merrows nadando cerca, y ambos niños los saludaron. Las criaturas se apresuraron a alejarse de vista.

-No se porque se molestan- dijo Daphne, colocando la punta de su pluma dentro del tintero y levantándose con gracia. Se alisó la falda rosa y se acercó a los otros dos-. No son muy impresionantes.

-Dile eso al calamar gigante- añadió Tracey, quien estaba tejiendo unos guantes cerca del fuego.

Tracey era una adulta en el cuerpo de una niña. La mestiza se comportaba con perfecto decoro y modestia, y nunca levantaba la voz. Morgan no podía evitar compararla con Daphne, quien era básicamente lo contrario; siempre usando un vocabulario vulgar y saltando en defensa de sus amigos, algo que la llevó a detención en más de una ocasión. Morgan creía que era porque Tracey tenía mucho más que perder. Daphne creció en una familia pura sangre, y todo le fue dado en la mano De seguro podía salirse con la suya con solo dar su nombre. Tracey, en cambio, era una mestiza; una que creció entre desdeñosos pura sangres, que debieron pasar años recordándole de su estatus. Morgan estaba segura de que Tracey ya debía tener todas sus enseñanzas incorporadas; no era simplemente seguir las reglas, era parte de ella.

A veces se preguntaba cómo serían sus amigos de haber crecido en un ambiente diferente; pero entonces no serían sus amigos, no realmente.

-No seas tan amargada, Daphne- regañó Morgan con una pequeña sonrisa.

La rubia le dio una mirada de soslayo.

-Te daré algo amargo- masculló por lo bajo.

Riendo por lo bajo, la pelirroja y el castaño continuaron con su observación.


Morgan despertó en medio de la noche con el ceño fruncido. Se sentía extraña. Le dolía el estómago, pero un poco más abajo.

Se movió hasta estar de espaldas y su ceño se acentuó.

Se sentó con rapidez y encendió la lámpara. Quitó las mantas y se levantó, sin siquiera reaccionar al entrar en contacto con el frío suelo de piedra.

Sus sábanas estaban manchadas de sangre. Llevó sus manos a sus pantalones de pijama y los sintió húmedos.

-¡AAAAAAHH!

El grito de terror despertó a sus amigas de un salto.

-¡No! ¡Mi vestido!- lloró Daphne, sentándose en la cama y mirando a todos lados.

-Morgan, ¿que sucede?- preguntó Tracey, pasándose la mano por los ojos y levantándose.

Tomó su bata y se la colocó antes de acercarse.

Morgan comenzaba a entrar en pánico.

-¡ME ESTOY MURIENDO! ¡ME ESTOY MURIENDO! ¡ME MUERO!- gritaba una y otra vez, a punto de llorar.

Las otras dos, alarmadas, se acercaron a la pelirroja e intentaron calmarla.

-¿Qué idioteces son esas?-preguntó Daphne, luchando por mantener los ojos abiertos.

-¡ME MUERO! ¡HAY SANGRE! ¡ME MUERO!- gritaba Morgan.

Confusas, las otras niñas la revisaron de pies a cabeza. Tracey fue la que notó las sábanas, justo cuando Daphne volteaba a una histérica Morgan para revisar su espalda,...o darle una patada, nunca se sabrá.

-Oh, Morgan- suspiró Tracey con lástima, sacando las sábanas sucias.

Daphne le daba una mirada rara. Tenía los ojos azules entrecerrados, como si intentara decidir si su amiga estaba bromeando o no.

Morgan estaba llorando.

-No me quiero morir.

-¿Es enserio?- preguntó Daphne, incrédula, ante lo que Tracey le dio un codazo.

-Um, tranquila. No estás muriendo, de veras- reconfortó la castaña, colocando una mano sobre su brazo.

-P-p-p-pero…

-Vamos- sorprendentemente, fue Daphne quien habló. Era la primera vez que actuaba con tal gentileza. Tomó a Morgan de la mano y comenzó a guiarla hacia el bañ ás un baño y te explicaré lo que pasa. Está bien, es normal. Lo prometo.

Mientras Tracey buscaba una muda de ropas para su amiga, Daphne la ayudó a entrar en la bañera. Fue un momento incómodo. Una niña de doce explicando a otra sobre los cambios en su cuerpo, mientras intentaba ayudarla a bañarse. Claramente, era la primera vez que Daphne ayudaba a alguien a hacer algo.

Ambas tenían las caras rojas, pero Morgan escuchó atentamente. Era asqueroso, lo que sucedía con su cuerpo.

-¿Es normal que duela?- preguntó, mientras Daphne le lavaba el cabello.

Aunque no podía verla, la otra rubia asintió.

-Todas somos diferentes, pero sí. A mi madre le duele mucho, pero a mi nunca.

La pelirroja permaneció en silencio por unos segundos. ¿Por que no se enteró de todo eso antes?

-¿Hasta cuando?-preguntó, dejando la barra de jabón sobre el pequeño soporte junto a la bañera.

-Como los cincuenta.

-¡¿Voy a sangrar por el resto de mi vida?!- se volteó de golpe.

Daphne pegó un salto, y apenas evitó que el agua la tocara.

-¡No el resto de tu vida, descerebrada! Solo la mayor parte.

Tracey entró y se aclaró la garganta. Miró a Daphne con desaprobación.

-No hay que ser tan maleducada- se acercó con la muda de ropas y una toalla, ofreciendo la última a Morgan.

Las niñas voltearon para darle privacidad.

-Cinco días al mes es lo estándar- explicó Tracey, pasándole su ropa interior y un pequeño paquete-. A algunas personas les dura un poco menos, y a otras un poco más.

Le explicó para qué servía el adherente mágico y como usarlo, y una vez que Morgan le aseguró que tuvo éxito en su misión (tanto como se podía esperar de la primera vez usando uno), las otras dos salieron del baño y la dejaron vestirse.

Algo cohibida, Morgan salió. Sus amigas la esperaban en la cama de la rubia, que habían expandido con magia.

A pesar de que se conocían desde el primer día, Morgan consideraba a Draco como su mejor amigo. Daphne y Tracey, a pesar de que pasaban gran parte de su día juntas, no eran tan cercanas. No era a quienes la pelirroja despertaba cuando tenía pesadillas, ni quienes echaban maleficios a los estudiantes mayores cuando la molestaban. Pero esa noche, al menos para Morgan, algo cambió. Se sintió más cercana a las chicas, e inmensamente agradecida. Podrían haber reído en su cara, y haberla dejado para que se diera cuenta ella sola, o peor aún, que Snape le hubiera puesto al tanto de la naturaleza; en su lugar, mostraron gran empatía y paciencia al explicar lo que tía Petunia olvidó.

Morgan les dio un abrazo, y entre risas e incontables barras de chocolate, las tres se durmieron con una sonrisa en el rostro.


20 de Diciembre, 1975

Esa mañana, Morgan tomó un desvío de su ruta a Honeydukes para despedirse de Lily, quien volvería a su casa para navidad.

-Ojalá me hubieras dicho que te quedabas, así podría hacerte compañía.

Morgan se abstuvo de decirle que pasaría las navidades en Hogwarts tanto como pudo. Hasta cierto punto, no le sorprendía que Lily, conociéndola tan poco, se ofreciera a quedarse con ella. Le era difícil hacerse a la idea de que apenas se habían conocido unos meses atrás, cuando para ella se sentía como una vida entera.

Se encogió de hombros, colocando sus manos en los bolsillos y haciendo una mueca imperceptible al sentir como algo tiraba. Tal vez era un tendón; tendría que ir a ver a Madame Pomfrey, solo por si acaso.

Se acomodó la hoja de mandrágora antes de hablar.

-Solo voy a hacer tarea, Lils. No es como si fuéramos a tener tiempo para mucho más.

Era cierto. Los profesores les habían dado una cantidad de tarea inhumana, y Morgan comenzaba a sudar con tan solo pensar en el poco tiempo que tendría para completarla.

-Aún así, es mejor que escuchar a Petunia resoplar cada vez que mis padres mencionan la escuela.

Snape, del otro lado de Lily, emitió un pequeño sonido de burla, finalmente dando señales de haber estado escuchando. A Morgan le sorprendió que no huyera en cuanto ella se acercó, pues desde el incidente en la casa de los gritos (del que Lily no sabía todos los detalles), tendía a irse en dirección opuesta al ver a su compañera de casa. El único lugar donde no podía evitarla era en detención, pero no se dirigían la palabra.

Morgan tuvo la intención de hablarle, de decirle que era momento de dejarse de idioteces y que tenía que escuchar a Lily, pero los días se le escurrieron entre los dedos.

Se detuvieron en el andén, y sin siquiera reconocer su presencia, Snape abordó el tren.

Lily se volvió hacia ella, con una sonrisa insegura.

-Supongo que nos veremos pronto.

-Hasta el próximo año- bromeó Morgan, dándole una mirada de reojo.

Lily rodó los suyos.

-Deberías ser comediante.

Morgan sonrió.

Vio a los Merodeadores bajando de un carruaje. Los cuatro. Bromeaban, reían y se empujaban como si todo estuviera bien.

Las pelirrojas compartieron una mirada y alzaron las cejas. Morgan había visto a Potter acercarse a la mesa de Hufflepuff la noche anterior. Él y Black salieron del gran comedor sin ser detectados, y al par de minutos fueron seguidos por los otros dos.

No entendía cómo pudieron perdonarlo tan fácilmente. Le recordaba a la ridícula disputa entre Harry y Ron en cuarto año, y reafirmaba su teoría de que nunca entendería a los chicos.

-Genial, ahora volverán a sus andanzas, y ¿quien tendrá que ir detrás a arreglar todo?- se quejó Lily, cruzándose de brazos.

Morgan sonrió de lado; de verdad no tenía nada que envidiar.

Deshaciéndose de su expresión resignada, se volvió a la serpiente.

-¿Vas a escribir?

-Por supuesto.

Lily sonrió y la atrajo en un cálido abrazo. Morgan fue tomada por sorpresa, y tardó un par de segundos en devolver el gesto. Los abrazos de Lily eran tal y cómo los había imaginado; se sentía seguro y grato.

Las chicas se separaron, y una de ellas abordó el tren.

Morgan la saludó con la mano, y no emprendió camino a Honeydukes hasta que el tren se perdió de vista.


22 de Diciembre, 1975

Morgan dudó por un momento, pero luego de respirar hondo, golpeó en la puerta suavemente.

Esta se abrió, revelando el despacho del director, tal y como lo recordaba.

Fawkes no se encontraba en su lugar habitual, y parado frente a un pequeño balcón, dándole la espalda, estaba el profesor Dumbledore.

-Es una hermosa noche- comentó el director, con las manos detrás de su espalda.

Morgan sea cercó a la pequeña alcoba y miró hacia abajo con desconfianza, como si una fuerza superior fuera a intentar jalarla.

Morgan tampoco respondió. Era, en efecto, una hermosa noche, la luna brillaba solitaria en el cielo y los terrenos de la escuela se habían teñido de blanco con la nieve, pero la quietud le recordaba a ese desastroso día en que el profesor Snape asesinó al anciano director. Esa noche fue más calurosa, puesto que se acercaba el verano, pero algo en el aire se sentía similar.

-¿Cómo va su castigo?- preguntó Dumbledore.

Morgan se encogió de hombros.

-Es un castigo, señor. Me temo que raramente sucede algo digno de mención.

Pensó en la primera vez que cursó su quinto año (¿o era esa, técnicamente estando en el pasado, su primera vez?) en el futuro, y todas las veces en que vio la sangre en la mano de Harry. Agradeció a Merlín que Slughorn no fuera un sádico.

Se reclinó contra la baranda de hierro, disfrutando la forma en la que el viento le soplaba en el rostro.

-El profesor Slughorn mencionó un pequeño incidente, hace unas pocas semanas.

Morgan no dijo nada. ¿Qué iba a seguir? ¿Otras dos semanas de castigo?

Pero Dumbledore solo la miró, expectante, ante lo que ella suspiró.

-Black tiene talento para sacar lo peor en las personas- dijo ella, parándose más derecha.

Un pequeño "Mm" fue su respuesta inicial.

-El señor Black es una persona que tiende a dejarse llevar por sus emociones.

Morgan bufó, pero el profesor la ignoró.

-Su instinto lo lleva a protegerse antes de ser lastimado.

-Yo solo le dije que tenía que ayudarnos- se cruzó de brazos- No es razón para actuar de esa forma.

El profesor continuó ignorandola.

-Sin embargo, ese mismo instinto lo lleva a proteger esos que son más queridos para el.

-Yo no lo ví protegiendo a Remus esa noche.

-Ah, sí. Bueno, todos cometemos errores.

Morgan tenía el nombre de Grindelwald en la punta de su lengua, pero no se atrevió a pronunciarlo.

-No es una mala persona- dijo el profesor.

-No, verdaderamente no- concedió ella. Dudaba que Black fuera completamente consciente de las repercusiones de su comportamiento.

En la distancia, creyó distinguir a Fawkes, surcando los cielos como una pequeña llamarada.

-Lo que intento decir, señorita Potter, es que si quiere cambiar las cosas para mejor, ahora es su oportunidad. Cada pequeño detalle puede hacer una gran diferencia.- Dumbledore volvió a entrar a su oficina con paso sereno y las manos cruzadas en la espalda-. Tal vez será la que una a las casas de Godric y Salazar.

-Dudo que eso vaya a suceder mientras Voldemort viva.

La tensión entre ambas casas había sido palpable en el futuro, pero en esa época era peor.

-Tal vez. Pero ciertamente ayudará si miembros de ambas casas trabajan juntos.

-¿Quiere reclutarlos?

No formuló su verdadera pregunta: ¿Quiere que los lleve de cacería conmigo?

-He decidido comenzar una...resistencia.- explicó el profesor, volteandose para poder mirarla de frente.- Y entre mi lista de candidatos hay varios estudiantes.

-Entre ellos Black, Potter, Lupin y Pettigrew- Morgan imitó la postura del profesor, con las manos en la espalda.

La mayoría de los retratos estaban ausentes o dormidos, pero algunos parecían frustrados; se inclinaban sobre el borde, como si intentaran escuchar la conversación. Parecía que Dumbledore había tomado precauciones.

-Así es, entre otros.

Morgan frunció los labios por un momento.

-Señor, con debido respeto,

Y con eso quiero decir: ¿Está mal de la maceta?

-...de donde yo vengo, ese plan no resultó bien. La orden original consistió mayormente de adolescentes, y cayeron uno por uno, como moscas.

-En ese caso usted podrá ayudarme a evitar los mismos errores- dijo el profesor, rodeando su pensador.

Morgan dudó por un momento. A pesar de todo, podía confiar en Dumbledore, o eso pensaba. Este no era el mismo que crió a Harry sabiendo que tendría que morir, que tendió a ignorarla porque no era lo suficientemente importante. Este Dumbledore no cargaba con todo eso, y sin conocimientos de la profecía, ella debía tener la ventaja. Dumbledore escucharía su consejo porque, por alguna razón, la Muerte misma la creía capaz de detener al mago tenebroso más poderoso de todos los tiempos.

Pero los miembros apenas se habían graduado cuando se unieron a al orden. Eran demasiado jóvenes, al igual que ella, y no deberían haber tenido tan pesada carga. Ella no tenía opción pero tal vez podría disuadir a los otros de disfrutar su infancia por un poco más.

-Señor, no puede reclutar a Pettigrew- dijo finalmente, acercándose al profesor. Puedo confiar en él se dijo- El es el responsable de varias muertes, incluidas las de mis pa...las de Lily y Potter. Luego de darle su ubicación a Voldemort y asesinar a varios muggles, culpará a Black del crimen y desaparecerá por doce años.

El director parecía ligeramente consternado.

-E imagino que el señor Black será enviado a Azkaban.

Morgan asintió.

-Pettigrew no es especialmente brillante, así que nadie cuestionara que solo quiera reclutar a los otros tres.

Aunque no voy a dejarlo.

-Si, si- le restó importancia, asintiendo. La estaba estudiando de cerca- Señorita Potter, imagino que no debe ser sencillo estar a su alrededor, sabiendo en lo que se convertirá.

Morgan se hacía una idea de a dónde iba esa conversación.

-No voy a matarlo, señor.

Por ahora.

Esperaba que el profesor no estuviera dentro de su cabeza, pero estaba segura de que no era necesario para leer su expresión.

-Aún así, el señor Pettigrew no ha cometido crimen alguno.

-Todavía- se apresuró a intervenir.

Casi podía imaginarlo. Pettigrew revolviéndose en el suelo, gritando en agonía mientras ella usaba el maleficio torturador.

-Tal vez pueda usar su tiempo aquí para asegurarse de que sus lealtades permanezcan las mismas.

Ella enarcó una ceja.

-¿Quiere que me acerque a él?-preguntó, desprovista de emoción.

Dumbledore asintió.

-Tal vez puedas influenciarlo un poco. No solo a él, sino a todo el grupo.

Apretó la mandíbula. Su repulsión por la pequeña rata era demasiada, y aunque sería prudente caer en gracia con ese, sabía que su rencor era demasiado.

De repente, era una pena estar tan atareada; con su nuevo trabajo y tantas tareas.

Evitó sonreír.

-Muy bien, señor.

Dumbledore sonrió, parecía aliviado. Morgan imaginó que preferiría si ella no se convertía en una asesina.

Intentó no pensar en los magos y criaturas que mató en la batalla. No mantuvo la cuenta, pero fueron al menos cinco mortífagos, algunas acromántulas y medio gigante (había sido una tarea para dos, en la que Theo había contribuído).

Se ajustó la hoja de mandrágora en la boca, y apenas se abstuvo de escupirla. Era verdaderamente asquerosa.

El profesor rodeó su escritorio.

-Ahora, la llamé principalmente por esto- dijo, abriendo un cajón y sacando un pequeño saco de pergaminos enrollados. Todos se veían diferentes, algunos más sobrios que otros-. Algunas personas en el ministerio notaron a una bruja no registrada, y menor de edad haciendo magia. Afortunadamente, un viejo amigo se las arregló para guardar el secreto.

Le ofreció los pergaminos; Morgan se acercó al escritorio y los tomó.

-Algunas personas me debían unos favores- dijo el director, tomando asiento-. Ahí encontrará certificado de nacimiento y comprobantes de asistencia a la academia Beauxbatons, así como calificaciones y papeles de transferencia.

Morgan supuso que estaba en deuda con el profesor, una idea que no le sentaba bien en el estómago.

Miró los documentos, claramente impresionada. Eran perfectos. Dumbledore de verdad había pensado en todo. Incluso tenía un acta de defunción chamuscada, en donde podía leerse el nombre de su "padre". Arthur Edevane.

El profesor le dijo que había sido una pena que los papeles de sus padres se perdieran en el incendio que sus asesinos provocaron una vez finalizada su tarea.

Con los papeles bajo el brazo, Morgan se dirigió a la puerta, para luego recordar algo.

-¿Señor? ¿Me puede dar un permiso para el área restringida de la biblioteca?

Dumbledore no dijo nada, simplemente escribió una pequeña nota, la firmo, sello, y se la alcanzó.

Le abrió la puerta y Morgan se retiró con cuidado. Llevaba muchos pergaminos, que no le permitían ver el suelo y lo último que quería era tropezar y caer por las escaleras.

Al llegar a las mazmorras cayó en la cuenta de que el profesor no preguntó por el permiso.

Tal vez si se metió en su mente después de todo; o tal vez comenzaba a confiar en ella.


26 de Diciembre, 1975

Querida Morgan,

Desearía haberme quedado en Hogwarts para la navidad; así no tendría que soportar a Petunia.

Todo está bien por aquí. Mamá y Papá están interesados en los T.I.M.O.S, y ya terminé casi toda mi tarea, solo estoy teniendo algo de problemas con la de transfiguración.

¿Cómo has estado? ¿Terminaste tu tarea? ¿Cómo va el trabajo?¿Te siguen molestando las cicatrices? ¡Deja de rascarte!

¡Muchas gracias por la tarjeta! No debiste molestarte, pero me encanta.

¿Te gustó mi regalo?

Con amor,

Lily.

Sonriendo suavemente, Morgan dobló la carta y la colocó sobre su mesita de noche, decidiendo que le respondería más tarde, antes de la cena.

Dejó de rascarse el cuello.

Miró a sus pies y movió los dedos, disfrutando la sensación de sus suaves botas nuevas. Lily debió haber notado el estado en que había quedado las otras luego del ataque.

Parecían de buena calidad, y Morgan se sintió mal por no poder costear algo mejor que una simple tarjeta hecha a mano (aunque sí tuvo que pagar por la cartulina mágica de buena calidad y las tintas de colores). Incluso había encantado la tarjeta, para que las palabras cambiaran de color y el dibujo se moviera.

También le envió una tarjeta a Remus, aunque esa no era tan detallada como la de Lily. A cambio, recibió una barra de chocolate, de la que solo quedaba el envoltorio. Morgan pagó con un fuerte dolor de estómago y un regaño de Madame Pomfrey, pero no se arrepentía. Era demasiado delicioso.

Junto a la carta de Lily, yacía una tarjeta, que con elegante caligrafía, leía:

"Lamento que casi hayas muerto por mi culpa"

Estaba segura de que Sirius Black la había enviado. El material parecía caro, y si mal no recordaba, los Snape no eran particularmente ricos.

Además, Snape no se disculparía aunque su vida dependiera de ello.

Morgan sospechaba que Black había sido obligado por Remus, o tal vez incluso Potter.

Ella recordaba verlos bromeando en la estación, por lo que debían de haber hecho las paces; de todas maneras, Black debía sentirse solo en esa casa.

Intentó no imaginar cómo la vida en el número 12 de Grimmauld Place debía ser en esa época. Recordaba que el Sirius del futuro le contó a Harry y a ella que había huído de casa durante ese curso; por todo lo que sabía, podría estar sucediendo en ese mismo momento.

Sacudiendo la cabeza, se levantó y emprendió camino a Honeydukes.


Al día siguiente, se dirigió hacia la lechucería con su carta en mano.

Júpiter parecía ansioso por hacer otro envío, y Morgan se sintió culpable por olvidarse del ave.

-Prometo venir más seguido- le dijo, atando la carta.

Júpiter le dio una pequeña mordida a forma de reproche, extendió sus alas negras y se elevó en aire.

Morgan se quedó en la puerta de la lechucería, observando como Júpiter se alejaba, más y más, hasta convertirse en un pequeño punto negro en el cielo, hasta que desapareció por completo.

Con las manos dentro de los bolsillos, Morgan decidió tomar una caminata.

Bajó las escaleras y dio una vuelta al lago, perdida en sus pensamientos.


31 de Diciembre, 1975

Con el paso de los días, se acostumbró a la hoja en su boca y su terrible sabor. Ya se le entendía cuando hablaba (aunque no tenía con quien hacerlo) y podía comer con tranquilidad, sabiendo que no destrozaría la hoja por accidente, obligándola a empezar el proceso desde cero.

El señor Harkiss le dio los últimos días del año libre. El hombre cerró la tienda y se fue a visitar a su familia. Morgan estaba agradecida por esto, ya que significaba que tendría más tiempo para terminar su tarea, y bendito Merlín, podría dormir más de cinco horas.

Miró alrededor del gran comedor. En la mesa de Hufflepuff vio a una niña de primer año. No había nadie en la mesa de Ravenclaw, ni en la de Gryffindor, pero Morgan sabía que el castillo alojaba a cuatro y dos estudiantes de esas casas respectivamente.

Era realmente deprimente. Habían más profesores que alumnos, y eso que algunos parecían haberse retirado hasta el comienzo de curso.

Morgan consideró acercarse a la niña y presentarse, tal vez podría hacerle compañía; debía de ser aún más triste estar sola en un lugar tan grande a tan temprana edad. Al final, decidió no hacerlo, tenía mucho que estudiar y de todas maneras, era probable que la niña no querría hablar con alguien "de su calaña".

Decidiendo que no quería cenar, recogió sus materiales y se retiró a su habitación.


Morgan esperó el año nuevo en la torre de astronomía. En el futuro, el profesor Dumbledore era asesinado en ese lugar.

Ella no había presenciado el acto. Dumbledore solo confió su información sobre Horrocruxes con Harry, y por ende, solo él lo acompañó a la cueva; solo él presenció el crimen.

Aún así, no dejó de preguntarse que habría sucedido si ella hubiera estado ahí. Tal vez podría haber hablado con Draco, podría haberlo convencido de que la Orden podía ayudarlo.

Bufando suavemente, se subió la manga izquierda.

En su antebrazo, con letra torpe, podía leerse la palabra "Bastarda", grabada a filo de daga por Bellatrix Lestrange. Los sangre pura eran muy estrictos con respecto a las leyes matrimoniales, por lo que no era extraño que, a pesar de la ley, se rehusaran a reconocer matrimonios en los que solo una de las partes era pura de sangre.

Draco estuvo ahí. Fue un cobarde y apartó la mirada, pero la escuchó gritar mientras su tía grababa esas palabras, y en ningún momento hizo amago de acercarse a ella.

Con los ojos llenos de lágrimas, pensó en aquella noche de verano antes de su sexto año.

Fue antes del juicio de Lucius Malfoy. Ella venía de la tienda (tía Petunia se había olvidado de comprar huevos) cuando Draco apareció de la nada.

Se veía terrible, y miraba en todas direcciones, claramente nervioso.

Le dijo que no debería estar ahí, y que si lo atrapaban estaría en problemas. Morgan intentó ayudarlo, convencerlo de llamar a Dumbledore.

Draco negó, insistiendo en que tenía que irse pero que necesitaba verla. Luego, hizo algo que la sorprendió.

La tomó en sus brazos y la besó. No en la frente, ni en la mejilla, ni la nariz, sino en los labios. Un beso de verdad. El primero de Morgan.

Saliendo de su estupor, le devolvió el beso, y acunó su rostro entre sus manos con gentileza.

Los huevos yacían en el suelo, rotos y olvidados.

Demasiado pronto, el rubio se alejó, y cuando Morgan abrió los ojos, se había ido.

Con la mirada fija en el antebrazo, Morgan trazó las letras, una por una. Casi podía sentir los brazos de Draco a su alrededor, y su mentón sobre su hombro. Había sido en una noche similar a esa, en ese mismo lugar, cuando él susurró Te amo por primera vez.

También había sido la única; pero por más de un año, ella se aferró a esas dos palabras.

Recordó cómo permaneció tieso como estatua mientras Bellatrix las torturaba; como respondió al llamado de Voldemort, como una mascota obediente, mientras sus ojos permanecían clavados en su cadáver.

Ella esperaba sentir algo peor. Como si le estuvieran abriendo el pecho y arrancándole el corazón, como si el mundo hubiera perdido su luz, o como si el mínimo movimiento pudiera provocar su llanto.

En su lugar, se encontró desprovista de emociones, y no pudo evitar pensar que eso debía ser peor.

Si así se sentía tener un corazón roto, entonces se aseguraría de no amar a otra persona.

Levantó la vista y cayó en la cuenta de que era la primera vez que pasaba las fiestas sola. En su niñez tuvo a Harry, con quien, con la luz de la alacena encendida, susurraba la cuenta regresiva, sujetando su mano. En Hogwarts, tuvo a sus amigos, y a los Weasley, e incluso a Sirius, aunque eso fue un solo año. Ni siquiera cuando acompañó a su hermano en su búsqueda de los horrocruxes estuvo acompañada.

En la distancia, los fuegos artificiales comenzaron, y deseó que Júpiter llegara en ese momento. Así no estaría sola.


N/A: Bueno,...eso fue deprimente...Lo siento.

De todas formas, eventualmente, las cosas se pondrán peor, así que supongo que esto no es nada.

Quería terminar este capítulo antes, pero creo que mis nervios por ver Infinity War no me dejaron. Todavía no la veo, así que NADA DE SPOILERS O MATO A SIRIUS! O PEOR! MATO A MORGAN!

Los que han leído mis otras historias saben que lo hago, jiijijiji.

En el siguiente capítulo: Morgan tiene algunas cosillas que decir sobre cierta tarjeta de navidad, muejejejejeje

Por cierto, la escena del '92, done Morgan descubre que es el periodo, está basada en una peli. ¿Alguien quiere adivinar cual? Si lo hacen, les voy a responder una pregunta sobre la historia. Cualquiera.

Gracias por leer! :)