Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.
Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo el nombre de AliceHatsune.
ANOTHER CINDERELLA
~ Capítulo 10 ~
Anteriormente en Another Cinderella: Alice, aunque con buenas intenciones de ayudar al príncipe, es víctima de la humillación por parte de comerciantes del Primer Distrito, afectándola a tal grado de querer renunciar a la farsa de ser la futura princesa de Amoris…
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—¡Alteza! ¡Eso es imposible! —Castiel se llevó una mano a la frente mientras que la otra, escondida bajo la mesa, formaba un puño en un intento de contener su ira. Y no era el único con cara de fastidio, pues en el Cuartel de la Guardia Imperial el ambiente era denso. Había transcurrido ya buena parte del día atrapado en una reunión que los Líderes del Segundo y Tercer Distrito consideraron de carácter urgente—. Nos han llegado informes de actividades sospechosas procedentes de Sucré, ¿no cree que es momento de tomar medidas? — Jason Kahler, líder del Segundo Distrito era la persona más obstinada de todo Amoris y la más paranoica también, a vista del príncipe.
—Lo repito, no entraré en una guerra innecesaria —contestó por enésima ocasión.
— ¡Con esa mentalidad, nuestros distritos serían los primeros que caerían! —Dorian Holtzer, líder del Tercer Distrito se irguió con agitación. Para él y su compañero las señales de guerra eran inminentes y debían contraatacar cuanto antes.
—Pero qué pesimista, señor. ¿Acaso no confía en la capacidad de sus soldados para proteger al pueblo? —la única persona que parecía hasta divertido con la situación era el Capitán Armin Krieger. Tanto él, como Kentin (quien trataba de mantenerse al margen de la situación) compartían ideales con el Príncipe de Amoris. Pero al primero le fascinaba observar cómo la gente perdía sus estribos. Dorian frunció el ceño como respuesta; y Castiel, moviendo cielo, mar y tierra en su interior para no perder la compostura, volvió a tomar la palabra.
—Hemos sido aliados del Reino Sucré desde hace décadas. Cuando ha sido necesario, hemos llegado hasta el punto de enviar víveres para apoyar a los ciudadanos que han perdido sus cultivos a causa de las constantes tormentas de nieve que azotan aquella región. Y han respondido a nuestra generosidad con paz. Y, hablando de manera personal, conozco a Viktor. Sé que es un hombre de palabra y respeta acuerdos.
—Con todo respeto, Alteza, lo mismo pensábamos del Reino Dolce y su actual soberana, y creo que todos sabemos cómo terminó tal historia —Kahler, con una sonrisa mal disimulada sabía que aquella situación había herido la sensibilidad del príncipe en su adolescencia. Sin embargo el heredero a la corona no demostró ninguna reacción, lo que terminó por hastiarlo—. Además, usted aún no es la máxima autoridad de Amoris, por lo que no está capacitado para resolver este caso con el Rey de Sucré. Y con la Reina ausente, no tenemos un líder en concreto— suspiró con pesadez. Luego añadió en voz baja—. Si tan solo nuestro rey no hubiese fallecido…
—Estoy comprometido. Contraeré nupcias.
Aunque ambos líderes parecían sorprendidos por la declaración del príncipe, no era suficiente excusa para amedrentarlos.
—¿Y cuándo? ¿Se tomará el tiempo de organizar un evento de tal magnitud cuando los distritos corren peligro? ¡Esta guerra no se va a detener para asistir a una boda!
—No hay otra alternativa: debemos someterlo a votación.
—No podremos entrar en una votación. La representante de la Zona Candy no se encuentra con nosotros —Lysandre, en su papel de Consejero Real, era el mediador en cada reunión que se hacía, adoptando un punto de vista imparcial. Sin embargo, hasta él sabía que la propuesta de los líderes era un tanto radical—. ¿O es que acaso duda de las capacidades de la señorita Allen?
Jason emitió un gruñido y rodó los ojos.
—Bien, entonces, si su Alteza me permite, pospondremos esta reunión hasta la llegada de la señorita Allen, muy pronto a efectuarse —cuando el príncipe escuchó la última frase no pudo menos que mostrar un gesto confundido—. Se les hará llegar un comunicado cuando esto suceda.
Una vez que en la habitación solo quedaron el príncipe y su consejero, Castiel se desplomó sobre la silla.
—Voy a fingir que no escuché a un par de vejestorios decir en mi cara que no tengo madera de rey —dijo—. Lo que no alcanzo a comprender es por qué nunca se me informa de los sucesos más relevantes que suceden dentro del Palacio ¡Es mi casa!
—Alteza, ha estado muy al pendiente de la señorita Arlelt que no he tenido ocasión de comunicárselo—antes de que el príncipe le preguntara qué significaban aquellas palabras, Lysandre continuó—. Lo que me recuerda, la señorita Alice solicita verle.
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Alice había escuchado alguna vez que las puestas de sol en la playa eran las más hermosas que una persona podía ver; pero no tenía manera de comprobar aquello. Jamás había visitado el mar.
Lo que sí sabía era que observar el atardecer desde el jardín de rosas del Palacio Real era uno de los espectáculos más impresionantes que había visto en toda su vida. La manera en cómo los colores cálidos se fundían unos con otros, realzando las bellezas de las flores era una vista que de verdad extrañaría. Quizás, cuando haya regresado a su casa en el Tercer Distrito y su vida volviera a la normalidad, le pediría a Louis que consiguiera algunas semillas de rosas y así tener su propio jardín en miniatura.
Pero por ahora, a cada minuto que pasaba con el sol ocultándose en el horizonte era un recordatorio de que estaba cada vez más cerca de enfrentar muchos de sus miedos, comenzando con el príncipe Castiel.
Cuando despertó y Lysandre fue a dejar el atuendo que ese día usaría, lo primero que pidió fue ver al príncipe. Pero todo el día transcurrió sin que lo viera, lo que aumentó su nerviosismo. Ni siquiera contemplar el vestido (que era, por mucho, el mejor atuendo que le habían proporcionado), ni la comida, ni la conversación amable de Iris y Melody habían logrado que se calmara. Y ahora, a unos instantes de que la fiesta de Charlotte Leclair diera inicio y con eso su última actuación como futura princesa de Amoris, sentía que la presión sobre ella iba en aumento.
Pero antes de hacer todo aquello, tendría que confrontar al príncipe. No huiría más.
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Lysandre ni siquiera había terminado su frase cuando Castiel ya estaba saliendo de la habitación que fungía como Cuartel de la Guardia Imperial dentro del Palacio.
El Consejero Real solo pude reír para sí mismo ante la reacción del Príncipe. Tan solo dos días atrás, después de que la señorita Alice Arlelt con toda valentía se había ofrecido a serle de ayuda en la fiesta de Charlotte Leclair; Castiel había reconocido que quizás la idea de haberla escogido a ella no había sido tan mala.
―Es audaz ―le había descrito.
―Sin duda alguna.
―Sabes Lys, cuando propusiste montar una farsa, me pareció una idea muy ridícula ―Lysandro rió por lo bajo.
―Gracias por tu honestidad.
―Pero creo que haber traído a esta chica ha resultado en muchos beneficios.
―¿Beneficios?
―Sí, bueno…― Castiel se tomó unos segundos para contestar―. De alguna manera ayudó a los niños de Sucré, lo que hizo replantear la seguridad en la frontera. Además mi madre está encantada con ella, constantemente me pide que la invite a tomar la merienda con nosotros. Y sabes cómo quedó el personal del palacio después de la muerte de mi padre. Desde que esa chica llegó, las cosas se han animado. Ha cooperado muchísimo, y he pensado que quizás y solo quizás no estuvo tan mal haberla traído aquí.
―Así que el acto de bondad de la señorita Arlelt lo ha cautivado ―comentó y el rostro del príncipe se tornó en duda.
―No diría tanto así.
―Bueno, pues la actitud de la señorita Arlelt es un punto a tu favor―ante la mirada interrogante del príncipe, Lysandro prosiguió―. Imaginemos por un minuto que la situación cambia. Los sentimientos de una persona pueden hacerlo. Y la señorita Alice puede llegar a tener sentimientos amorosos por ti. Dime, ¿qué harías en ese caso?
Era evidente la incomodidad de Castiel por la última pregunta y antes de que contestara su amigo intuyó que respondería con otra pregunta para evadirla.
―¿En qué momento comenzamos a plantear mi vida amorosa?
―Tu vida amorosa es de interés público. Tus sentimientos también pueden cambiar, ¿sabes? Piensa en ello ―le dijo antes de salir de la habitación.
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Castiel tocó la puerta de la habitación de Alice, sintiendo una pizca de decepción cuando le informaron que no se encontraba ahí.
Solo había un lugar más por buscar, en el que ambos podían tener la privacidad que su situación requería, que habían elegido en un acuerdo mutuo pero silencioso. De alguna manera se había convertido en un lugar especial para ellos.
Y mientras caminaba hacía el jardín de rosas, la mente de Castiel estaba llena de mil cosas: la reunión con los líderes de distrito, las supuestas amenazas de Viktor, las sospechas de Giles…
Las cosas se estaban complicando demasiado. La solución que pensaron en un principio, el falso compromiso, ahora le parecía irracional. Y también pensó en lo absurda que había sido la manera en que conoció a Alice y lo patán que había sido con ella. Su coronación era un problema muy personal; y había otras maneras de evitar una guerra sin necesidad de involucrar a una chica que había ya había sufrido bastante en su vida.
Esta resentida conmigo, era un pensamiento últimamente recurrente. Pero en su interior, estaba resuelto a hacer lo necesario para eliminar ese sentir.
Cuando llegó el final del camino de rosas el aroma le golpeó de lleno, así como la visión más hermosa que jamás había podido contemplar.
Ahí, en medio del jardín de rosas, recargada sobre la fuente, tratando de alcanzar los nenúfares que sobresalían en la superficie del agua. El atardecer filtrándose entre sus ropas, la hacían brillar. Leigh se había superado a sí mismo. Parecía una verdadera princesa.
Le costó unos segundos el recomponerse. Ella notó su presencia, se veía angustiada.
—Te… te vez bien —dijo, sin saber realmente cómo proseguir.
—Gracias —ella no sonrió como esperaba.
Sospechando que algo estaba mal, Castiel le ofreció el brazo y ella pareció dudar al principio. Pero lo aceptó y ambos comenzaron su lenta caminata.
—Debo hablar con usted —dijo Alice, después de un rato. Él chasqueó la lengua.
―Por hoy, estoy cansado de hablar con formalismos. Llámame Castiel.
Alice se tomó unos segundos antes de aceptar la petición del príncipe con evidente nerviosismo.
—Castiel… ¿Puedo ser completamente franca con… contigo?
—Creí que ya lo eras, siempre dices las cosas que piensas.
El príncipe se aventuró a bromear, pero al no causar ningún efecto, sabía que las cosas iban muy mal.
—Ayer… sucedió algo que me hizo pensar que toda esta situación, el compromiso y fingir ser la prometida del príncipe, no están bien. Y por más que quise encontrar motivos para creer en lo contrario, cada vez estaba más convencida de que… no puedo continuar así―. Alice hizo una pausa esperando algún arrebato del príncipe, pero al no suceder, continuó hablando―. Nuestros mundos son totalmente diferentes, eso cualquiera lo puede notar. Más allá de convencer a la Reina, no conozco tus motivos reales para tenerme precisamente a mi cómo una falsa prometida. Soy la peor opción para este trabajo. Creo que allá afuera hay más chicas que estarían dispuestas a ocupar mi lugar, aunque fuese para disfrutar de toda esta riqueza y vestidos bonitos. Yo no puedo, simplemente. Ni si quiera los merezco, se supone que estoy cumpliendo una condena.
Caminaron con lentitud, la suave brisa mecía las rosas, haciendo que algunos pétalos cayeran silenciosamente al piso. Castiel no habló.
»Yo amo a Nath ―era la primera vez que Alice le mencionaba el nombre de su verdadero prometido, lo dijo sin titubear―. La noche que me escapé del palacio, fui a verlo. No con la intención de explicarle que esto no era más que un engaño para tratar de contentar a la Reina, sino que intentara comprender que era más bien el resultado de los crímenes que he cometido, y que yo misma acepté para salvarlo a él y a Sharon. Pero era demasiado tarde, mi madre le había hecho creer que yo estaba enamorada de… ti. Es lo que ella siempre quiso, que su única hija terminara casándose con un noble y por eso desprecia a Nath. Y por desgracia, él prefirió creer en ella y no me permitió explicarle lo sucedido.
Tomó una gran bocanada de aire para deshacer el nudo en la garganta que se estaba formando con dolor.
»Y no solo eso me afectó. Muchas personas ―Nath, Giles Portner, y la mujer de La maison d'Amélie—han hecho que me sienta la peor persona del mundo. Sé que esta farsa era para cumplir esa condena y que estás siendo más bondadoso conmigo, pues los crímenes merecen un castigo fuerte. Pero a estas alturas, preferiría cualquier cosa: estar en prisión, trabajo forzado, lo que sea que no implique relacionarme con personas tan terribles. Sigo… ―la voz comenzó a quebrársele y Castiel sintió que la mano de Alice temblaba; y aunque las lágrimas comenzaron a asomarse en sus ojos azules, no permitió que resbalaran sobre sus mejillas―. Sigo queriendo a Nath. Estar a su lado era la única cosa segura que tenía. Ahora estoy tan confundida que no sé ni quién soy.
Se detuvieron. Castiel soltó el brazo de Alice y solo en ese momento, ella se dio cuenta que había estado aferrándose fuertemente a él.
—Bien. ¿Entonces, qué deseas? —el príncipe la miró a los ojos, con seriedad.
—Acudiré a la fiesta. Me comportaré impecablemente. Y después de eso, aceptaré el castigo. Cualquiera que sea.
—Hablaremos de ello cuando regreses —dijo, antes de alejarse.
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Las ruedas del carruaje crujían con cada vuelta apresurada que daba y no era para menos.
Lo último que el conductor deseaba era que próxima la princesa de Amoris llegara tarde a su importante compromiso: Se le había confiado la importantísima misión de transportar a la prometida del príncipe y no quería quedar mal ante las personas que habían acogido a la familia Ainsworth por generaciones. Gracias a eso, sus dos hijos podían tener una buena vida dentro del palacio, sirviendo con igual fervor a la familia real. Y sentía que seguía siendo útil, aún si la edad avanzada iba mermando sus fuerzas. No estaba en sus planes defraudar al príncipe.
Pero para Alice Arlelt cada vuelta que daban las ruedas le hacían sentir desesperación, añoranza porque todo acabara. Comenzó a juguetear con sus pulgares sobre su regazo. Aunque la reacción del príncipe fue más positiva de lo que se imaginaba —o eso quería pensar Alice—, y hasta cierto punto había eliminado una gran carga de sus hombros, la sensación de inseguridad aún estaba en ella.
E inevitablemente, un mal recuerdo se apoderó de ella. La última vez que había viajado de la misma manera, al anochecer, con la luz de la luna llena reflejando el camino y ella ataviada con un traje de fiesta, las cosas habían terminado muy mal.
Tratando de eliminar esa amarga memoria, llegaron a su destino, y cuando bajó del carruaje y se plantó frente a la gran mansión Pornert, sintió que las piernas le fallaban al ver la imponente construcción. Unas grandes escaleras adornaban la entrada principal, y terminaban en un enorme rectángulo que era la mansión, con dos pisos de altura. A los costados se alzaban torres simulando un pequeño castillo.
Aún embelesada con el edificio, se sobresaltó cuando alguien se acercó.
—¡Princesa! —le llamó Kentin, ataviado con su uniforme de la Tropa de Élite—. Permítame escoltarla— le ofreció su brazo, pero no tuvo tiempo de reaccionar, seguía sin acostumbrarse a que la trataran como si de verdad fuera a casarse con el príncipe. Y con la declaración que le hizo en el jardín de rosas, se preguntó si sería correcto que le siguieran llamado de aquella forma.
—Ah, lamento si la he incomodado. Pero el príncipe sugirió que necesitaría un acompañante.
—Oh, no es eso—dijo, aceptando su brazo finalmente y comenzaron a subir las escaleras—. Lamento que el príncipe te haya hecho trabajar en la fiesta. Tengo entendido que es tu familiar.
—¡En absoluto! Quizás suene extraño, pero prefiero ser útil a únicamente comer y saludar a invitados. Además… mi padre jamás aprobaría que esté en la fiesta divirtiéndome— lo último lo dijo en un susurro.
—Debe ser complicado—. Kentin pareció no comprender y Alice se sintió apenada al admitir que sabía algunos detalles de su vida privada—. Perdona, lo he escuchado de Alexy.
—Descuide, lo imaginaba.
Mientras subían, la gente que estaba en los alrededores, ya fueran invitados bajando de sus carruajes, lacayos o sirvientas en labor, era evidente que Alice se convirtió inmediatamente en el tema de conversación.
—¿Es la prometida del príncipe?
—¡Es hermosa!
—Qué envidia me da su vestido.
—Ya veo porque el príncipe ha rechazado a todas las demás.
Eran algunos cuchicheos que alcanzó a escuchar. Comenzó a ruborizarse, al no estar acostumbrada a tantos halagos de personas desconocidas.
Pero rubor en las mejillas fue fugaz, cuando llegó a la puerta principal de la mansión, sintió que la sangre abandonó su cuerpo dejándolo pálido, un escalofrío le recorrió la espalda y comenzó a sudar frío.
Porque en la puerta, recibiendo a los invitados y vistiendo un costoso traje, se encontraba Nathaniel.
CHAN CHAN CHAAAAAAAAAAAAAAAANNNN
Originalmente este capítulo iba a ser mucho muy largo, pero decidí contarlo aquí :'D Escucho sus teorías de qué pasará ;)
Debo admitirlo, estuve a punto de tirar la toalla con mis fanfics. El cambio que hubo en el juego me afectó muchísimo, y aunque sigo sin superarlo del todo, este es mi fanfic, es mi historia y he manejado a los personajes como mejor me parecía a mí. Por eso, sí gente, me tendrán un tiempo más :)
En fin, muchas gracias a lotus-san por tus comentarios! :'D ¡Y a todos por leer!
PD! Recuerden que me pueden encontrar en Facebook como Akeehl :)
