Hipo estaba montado en el lomo de Desdentao, y disfrutaba con la sensación del viento en su cara, y el olor del mar debajo de ellos. Se sentía libre y ligero, como cada vez que se iba volando. Pero también se sentía imparable, y capaz de hacer cualquier cosa. Un ruidito por detrás de él le hizo mirar por encima de su hombro, y vio entonces a un segundo Furia nocturna siguiéndoles. Parecía amigable, y Desdentao le devolvió su saludo con otro gritito, haciendo piruetas. Hipo se agarró más fuerte y sonrió, contento que su amigo haya encontrado a otro dragón de la misma especie. ¡Con un poco de suerte, el Furia nocturna de ojos dorados sería hembra, y los dos podrían formar una familia! ¡Eso sería genial!
De repente, entre dos nubes apareció el pueblo de Berk, y Desdentao empezó a descender poco a poco. La gente no tardó en notarles, y empezó a salir en las calles para saludarles con gritos y señales entusiasmados. Hipo se sentía feliz de volver a verlos. ¡Les había echado tanto de menos, a todos! También se puso a hacer señales con los brazos, hasta que avisó a Astrid entre la muchedumbre. La chica estaba riendo y llorando a la vez, y saltaba para que Hipo la viera. Hipo se sintió culpable por haberla preocupado, pero también se sentía muy calma de repente. Seguro de lo que tenía que hacer. Apenas hubo aterrizado Desdentao, que Hipo se bajó y anduvo hasta Astrid, parándose justo delante de ella. La chica parecía a punto de echarse en sus brazos, pero Hipo no le dejó tiempo para hacerlo, poniendo una rodilla en el suelo y cogiéndole la mano.
- Astrid – empezó, solemne. ¿Aceptarías…?
De repente Hipo sintió alguien agarrarle por el hombro y zarandearlo sin miramientos algunos.
- ¡Señor Hipo, señor Hipo! ¡Despierta!
- ¿Qu-qué? – preguntó Hipo, enderezándose en la cama, aún con los ojos abotargados de sueño y con marcas de sábanas en la cara.
Se dio cuenta poco a poco de que todavía se encontraba en su cuarto, en la Nación del Fuego, que estaban a mitad de la noche (juzgando por la oscuridad que le rodeaba) y que todo había sido un sueño. Suspiró con pesar, y volvió a mirar la chica que estaba inclinada por encima de él, una guerrera kyoshi según su atuendo.
- El Señor del Fuego os mandó buscar inmediatamente – se disculpó la chica. Lo siento por haberle sacudido, pero no se despertaba…
- No pasa nada – masculló Hipo, sentándose en el borde de la cama. ¿Qué quiere Zuko?
- No lo sé, la verdad. Estaba montando la guardia en su puerta, cuando de repente salió como si hubiera visto un demonio y me ordenó que vaya a buscarle a usted. No nos explicó nada, ni a Jung-Hee ni a mí. ¡Pero parecía muy agitado!
- Vale, vale. ¿Y tú eres?
- Gi – se presentó la chica, arqueando una ceja. Suki nos presentó ayer, en la sala del trono, ¿acaso no lo recuerda?
- Ah, lo siento. No me enteré de todos vuestros nombres – confesó Hipo.
Llegaron pronto a los apartamentos de Zuko, donde Hipo encontró al Señor del Fuego dando vueltas por su cuarto con un gran nerviosismo.
- ¡Zuko! ¿Qué pasa?
- ¡Ah, Hipo! ¡Por fin has llegado! – exclamó Zuko, con alivio en el rostro. ¡MIRA!
Con eso, hizo un gesto dramático hacia su cama, donde tronaba el huevo de dragón, en mitad de las sábanas revueltas. "Acaso durmió con él?" se preguntó Hipo, acercándose. Pero enseguida contuvo la respiración, viendo lo que tanto había alterado a Zuko: ¡el huevo estaba fisurado! Y no sólo con una pequeña fisura, sino una multitud de ellas, entrecruzándose y formando como una red de mallas más estrechas en el centro, donde seguramente el golpe había sido más importante.
- ¿Qué pasó? ¿Lo dejaste caer? – preguntó Hipo, apenado.
- ¡No, te juro que no! No conseguía dormir, estaba pensando en lo que habíamos discutido…
"En Suki" adivinó Hipo, viendo cómo Zuko se sonrojaba.
- Al final, empecé a jugar con el dragón, haciéndole viajar entre mis manos, ¿sabes? Y me pregunté cómo reaccionaría si aumentaba la temperatura de mis palmas. Creí que le gustaba, porque enseguida se acercó al calor… Estaba pegándose mucho a la pared del huevo, como si quisiera tocarme pero que la cáscara se lo impedía. Y de repente oí un crujido y vi que el huevo empezaba a fisurarse, así que lo solté y te mandé a llamar enseguida.
Hipo reflexionó, mientras acariciaba a la superficie del huevo. Había vuelto a ser frío y el dragón ya no se movía. Zuko tuvo que notar su expresión preocupada, porque se acercó y se sentó también en el borde de la cama.
- ¿Crees que está muerto? ¡Oh, no me digas que lo maté sin querer! – gimió, con el rostro descompuesto.
Apenas Zuko se había sentado del otro lado del huevo, que Hipo notó un movimiento bajo la palma de su mano. "Interesante" pensó el vikingo.
- No está muerto. Acabo de sentirle mover – contestó con una sonrisa aliviada.
- ¡Oh, menos mal!
- Pero Zuko… Creo que ese dragoncito está a punto de nacer. Por eso empujó contra la pared del huevo hasta fisurarlo: quiere salir.
- ¿Qué…? ¿Salir? ¡Pero…! ¡Rápido, hay que traerlo de vuelta con su madre, devolverlo a los Guerreros del Sol! ¡Tenemos que…!
Zuko, claramente preso de pánico, se levantó de nuevo y empezó a agitarse, hasta que Hipo alargó un brazo para agarrarle por la muñeca.
- Cálmate. Es demasiado tarde para devolvérselo a su madre, ¿no lo ves? Y ese huevo no soportará el viaje en su estado actual.
- ¿Qué hacemos, pues? – preguntó Zuko, tragando saliva.
- Lo ayudaremos a nacer, claro – respondió Hipo, tratando de disimular su divertimiento al ver el otro chico tan nervioso.
- P-pero… ¡Yo no sé cómo educar a un dragón! ¡Ni siquiera sé lo que comen! ¿Cómo…?
- Zuko. Tranquilo. Estoy aquí, y te diré todo lo que tienes que saber – sonrió Hipo con la misma voz que usaba para acercarse a un dragón salvaje.
Eso pareció funcionar, ya que Zuko inspiró hondo y se sentó de nuevo en la cama.
- Vale, vale. Dime lo que tengo que hacer.
- Lo que hacías antes fue lo que lo inició todo, así que supongo que el calor ayuda. Quizás fragiliza a la cáscara, o algo por el estilo.
La verdad es que Hipo nunca había visto a un dragón salir del huevo, o sea que eso también era nuevo para él. Normalmente, las hembras dragones se iban cuando estaban a punto de dar la luz, y cuando volvían las crías ya habían nacido y estaban volando. Hipo estaba un poco estresado, porque no quería cometer ningún error, pero no se lo podía decir a Zuko – el menor necesitaba creer que Hipo sabía perfectamente lo que hacía. Por eso, Hipo respiró hondo, tomó una expresión confiada, y agarró al huevo para estabilizarlo.
- Vale, vale – repitió Zuko con los ojos cerrados, como para convencerse a sí mismo.
A continuación, apoyó las dos manos en el huevo y empezó a calentarlas. Hipo sintió el dragoncito tensarse y empezar a empujar, hasta que otro crujido se oyera y que el huevo se rompiera por completo. Zuko apartó sus manos enseguida, temeroso de lo que iba a ocurrir ahora, y una cabezita roja salió lentamente por el agujero, empapada con una sustancia verde y viscosa. El dragoncito parpadeó varias veces antes de abrir los ojos en grande, y de plantar su mirada en la de Zuko. Hipo aguantó el aliento, viendo cómo ojos dorados se reflejaban en ojos del mismo color, como una prueba evidente de que esos dos estaban destinados el uno para el otro. El dragoncito desenroscó su largo cuello y acercó el hocico a la mano de Zuko, olfateándola. Zuko miró a Hipo con algo de pánico, pero el vikingo le hizo un gesto con la cabeza, invitándole a quedarse quieto. Cuando el dragón pareció satisfecho con su inspección, levantó sus ojos dorados hacia Zuko, hizo un ruido que sonaba como "drrruk" y abrió sus alas, haciendo estallar el resto del huevo, y salpicando a Hipo y Zuko con la sustancia verde asquerosa. Hipo se levantó a toda prisa, luchando para no estallar de risa, mientras Zuko soltaba maldiciones y trataba de limpiarse los ojos, extendiendo la sustancia por su cara aún más. El dragón, por su parte, hizo algunos pasos torpes para alejarse de los restos de su huevo, soltó otro "drrruk" que sonó contrariado, y empezó a batir de las alas para quitarse la sustancia verde de encima. Zuko no tuvo tiempo de apartarse antes de ser cubierto por viscosidades.
- ¡Puaj, que asco! ¡DEJA DE REIR Y VEN A AYUDARME, MENDRUGO! – gritó, furioso, tratando de frotarse la ropa con un pañuelo de seda roja.
- ¡JAJAJAJA! ¡L-lo siento, jajaja! ¡Pero pronto aprenderás que las secreciones de los dragones no se quitan tan fácilmente del tejido! ¡Mejor quemas esa ropa, jajajaja!
Zuko soltó una palabrota y se quitó la túnica de dormir, que dejó en el suelo, antes de dirigirse a su armario para elegir a otra. El armario era tan grande como toda la pared, pero Hipo tuvo que notar que sólo estaba lleno a medias. Mientras tanto, el dragoncito soltó un "¿ruuuk?" interrogativo y saltó de la cama, tropezando y cayéndose en el suelo con torpeza antes de ponerse de pie otra vez y de correr tras Zuko.
- ¡Mira eso, Zuko! Al parecer te está tomando por su madre – dijo Hipo, tratando (sin conseguirlo) que su tono no sonara a burla.
Zuko bajó la mirada y vio el dragón trotar alrededor de sus piernas, haciendo ruiditos. Se agachó para acariciarle la cabeza, mientras le lanzaba una mirada asesina a Hipo. Pero el dragón no se calmó con eso, y continuó a dar saltitos y a soltar grititos cada vez más agudos.
- ¿Qué quiere ahora? – hizo Zuko con una mueca.
- Seguro que tiene hambre – dijo Hipo tras pensárselo un momento. Como cree que eres su madre, está esperando a que le des de comer.
- Ya – gruñó Zuko, tras rechinar los dientes. ¿Y qué comen los dragones?
- Carne. O pescado. Normalmente, las crías no tienen dientes al nacer, y la madre tiene que masticar para ellos antes de escupirlo todo en su boca.
Zuko palideció de golpe cuando oyó esa información, e Hipo se sintió obligado a tranquilizarle.
- ¡No tendrás que hacer eso, no te preocupes! Mientras tengas carne o pescado bastante blandito para que pueda tragarlo sin masticar, será suficiente.
Zuko soltó un suspiro de alivio casi imperceptible, pero Hipo notó la manera en que sus hombros se relajaron de repente. El joven Señor del Fuego, sin notar que seguía desnudo de la cintura para arriba, se fue hacia la puerta de su cuarto y le pidió a Gi que vaya a pedir a los cocineros del palacio algo de bacalao sin espinas, y medio crudo. La chica se le quedó mirando con la boca abierta, hasta que Zuko bajara los ojos sobre su propia apariencia, se sonrojara y se ponga por fin la túnica que llevaba sobre el brazo.
- ¿Puedo saber a qué está esperando? – gruñó el Señor del Fuego, atándose el cinturón mientras lanzaba una mirada amenazadora a Gi.
- ¡E-enseguida voy, mi Señor! – contestó la pobre chica, dando un brinco y sonrojándose también. Aunque… ¿Medio crudo? ¿Está seguro?
- ¡Sé muy bien lo que dije! ¡No me haga repetirlo! – ladró Zuko.
Con eso, Gi se fue corriendo, y Jung-Hee se puso de cuclillas delante de él. ¿Eh? ¡Espera un momento! ¿Por qué…?
- Oooooooooooy qué monoooooooooo – dijo la chica, alargando la mano para acariciar al dragoncito que se había pegado a la pierna de Zuko.
- Lo que faltaba – soltó el Señor del Fuego, que ya se sentía harto.
- ¿Cómo se llama? – preguntó Jung-Hee, fascinada.
- Sí, ¿cómo lo vas a llamar? – añadió Hipo, acercándose, interesado.
- Eeeeeeeh… Pues… Druk. Se llama Druk – contestó Zuko, acordándose del primer ruido que el dragón había hecho al salir del huevo.
- ¿Druk? ¿Estás seguro? – insistió Hipo, algo decepcionado. ¿No quieres un nombre que tenga algo más de… significado?
- ¿Cómo Hipo o Desdentao? – se burló Zuko, sarcástico. Lo siento, pero incluso si vuestros nombres vikingos tienen más significado que los nuestros, a mí me parecen bastante ridículos. ¡En cambio, Druk me parece un nombre perfecto para ese pequeño demonio!
Como si quisiera expresar su aprobación, el dragoncillo soltó un "¡drrrruk!" sonoro, frotándose su cabeza contra la mano extendida de Jung-Hee.
- Es tan adoraaaaaaaaaaaaaaaaaaable – hizo la chica, extática.
Ya. Jung-Hee, ¿podrías ir a despertar a Suki, por favor? Dile que le tengo que enseñar algo. Ah, y no hables de Druk con nadie, ¿vale? ¡Nadie en absoluto! ¡Su existencia tiene que seguir siendo un secreto hasta que yo diga lo contrario!
- A sus órdenes, mi Señor – dijo Jung-Hee, poniéndose de pie para esbozar un saludo formal antes de alejarse.
Zuko la miró desaparecer por un pasillo, y se apresuró en cerrar la puerta para esconder a Druk. Hipo se había quedado en el mismo lugar, con los brazos cruzados y aire ofendido – seguramente por el insulto hecho a su nombre. Druk, por su parte, seguía dando saltitos excitados y lanzando grititos. Zuko se agachó de nuevo y suspiró cuando el dragoncito trató de subirse a sus rodillas.
- ¿Qué voy a hacer contigo?
