¡Buenas noches! Ya aparecí de nuevo y lo mejor es que llegué con cuenta doble, porque no sólo es actualización de este fic, sino también del otro XD Igual no se acostumbren a ver capítulos seguidos porque mi inspiración es tan voluble como el cambio climático. Diré antes que otra cosa que tengo un cierto amor por poner a los personajes en determinadas condiciones, porque sumando este fic, hay otros tres en los que también lo hago lol. Pero ya verán a que me refiero cuanto lean. ¿Y qué más? Pues nada, me gusta atormentarles con el suspenso y el giro de los acontecimientos :D
*Mitsuki.- No hay de qué pequeña y qué bueno que te gustara el capítulo. Estoy segura de que con este morirás de ternura. Sí lo sabré yo :D
*I Love Okikagu.- No hay de qué, sabes que te respondo gustosa. Y la cosa solamente se está poniendo más curiosa; tengo algunas cosas en mente pero a ver qué sale. Jojojo.
*Lu89.- Eso de la intriga es lo mío, llevo años perfeccionando el arte de torturar a mis lectores con lo que escribo. Te has metido con una profesional, temed(?). Y la verdad la idea de imaginarme a Gintoki y Kamui peleando contra un mismo rival, me fascinó, por lo que tuve que ponerla aunque fuera aquí.
*Melgamonster. Ya rato sin verte por aquí XD Y sí, Oshin es un Yato, solamente que no le gusta serlo y tiene sus traumas con respecto a eso; pero esa es harina de otro costal. Yo también pienso lo mismo con esa pelea de apoyo y bueno, podría considerarse un hecho ya, porque el enemigo en cuestión requerirá mucho trabajo en equipo.
Capítulo 10
Innonce
Los dos aseguraban que había transcurrido más de media hora desde que tuvieron el valor moral de levantar esa pila de trapos y encarar la violenta e inexplicable realidad que los azotaba con violencia indiscriminada. Es que sencilla y llanamente tenían que estar alucinando; sí, todo tenía que ser efecto secundario de haber sido prácticamente sepultados bajo los escombros de lo que alguna vez fue el palacio de Yoshiwara.
Porque no podía existir explicación lógica para lo que habían contemplado y volvieron a cubrir con la esperanza de que todo fuera una mera pesadilla mundana.
—¡N-No…No, de ninguna manera…!¡NO! —corearon a todo pulmón ese par mientras movían sus cabezas de un lado a otro, en total negación—. Debe ser nuestra visión, sí, eso es, eso es justamente lo que ha pasado.
—Ey, ustedes dos, dejen de intentar escapar de la realidad…—decía Shinpachi. ¿Cómo demonios se supone que estaba tan tranquilo tras ver lo que les había ocurrido no sólo a Kagura, sino también a Kamui?—. Es claro que alguien ha hecho un excelente truco de magia y los ha intercambiado por dobles idénticos mucho más jóvenes.
—Claramente tú también estás intentando escapar —no es que Abuto no estuviera conmocionado por lo que estaba presenciando, pero uno de los cuatro tenía que tener la cabeza serena. Y al ser el mayor, tenía que encargarse de ese papel.
—Pues se parecen mucho…Es decir, ese mago debe ser el mismísimo Houdine o Kaito Joker —murmuraba Gintoki sin demasiado sentido.
—Creo que si consideramos todas las cosas locas que ocurren aquí…El hecho de que hayan rejuvenecido a estos dos podría no ser tan descabellado…Así que lo que debería preocuparnos no sería el hecho de que ahora sean unos críos, sino…
—Saber si volverán a la normalidad tarde o temprano —completó el samurái el debate de la pelinegra.
—Todo sucedió después de que fuimos repentinamente atacados y esos dardos fueran lanzados específicamente a ellos dos…—aseveraba el joven Shinpachi, mirando fijamente a esos tres mayores—. No podemos dejar sola a Kagura-chan ni a Kamui-san. Tenemos que hacernos cargos de ellos hasta que encontremos un modo de resolver este problema.
—Habla por ti, Pattsuan…Gin-san aún no está en esa edad en la que sabe cuidar de una niña pequeña de ojitos de muñeca. Los niños son criaturas frágiles…Son como crisálidas, como esos huevos costosos que demoran días en ser creados…Los niños son el futuro de nuestro país, Shinpachi-kun.
—No, de verdad, nada de lo que has dicho tiene sentido alguno…—le gritoneó después de haberle dado un buen golpe en la cabeza—. Tenemos la responsabilidad de hacernos cargo de ella.
—Oshin-chan, ¿verdad que todavía me darás la otra parte del pago que me prometiste? Estoy seguro de que todavía puede arreglarse —indicaba Gintoki mostrando los pedazos de la destrozada espada—. No estaba esperando que terminara así.
—¡¿Tú solamente piensas en el dinero en un momento como este?!
—Eres el vice-capitán, ¿a qué no Abuto? —mencionó para el castaño que permanecía a su lado en total mutismo. Le miró de soslayo y después devolvió su atención al bulto humano que permanecía dormido, bajo sus propios ropajes.
—Que me veas como niñera, no significa que vaya a cuidarlo estando de ese modo…—no le pagaban lo suficiente para estar de cuidador.
—Pero tiene como ocho años…Los terribles tres años ya pasaron —alentó.
—Bueno, es a ti quien te gusta lidiar con sus infantilismos —prosiguió—. Estoy seguro de que podrías educarlo con mano de hierro.
—¡¿Ustedes también?! —exclamaba el de gafas para ese par que tampoco querían semejante paquete.
Nunca antes había tenido una responsabilidad tan pesada recayendo sobre sus hombros. De hecho, jamás se imaginó a sí misma cuidando de una joven y frágil vida que no sólo evaluaría su comportamiento, sino que también la pondría a prueba en cuanto tuviera que enfrentar la situación que envolviera al pequeño Yato en cuanto despertara y abriera la boca.
Estaba nerviosa, Abuto lo notó de inmediato al ver cómo su dedo índice jugueteaba con la punta de sus lacios cabellos y no despegaba la mirada del niño que dormía tan pacíficamente sobre esa gran y suave cama matrimonial.
—Es tan raro verte con los estribos fuera de lugar.
—Eso es porque tú vas a permanecer tranquilamente allí parado mientras me encargo de lograr que todo parezca real y no quiera escaparse en la primera oportunidad —ese hombre para variar podría de ser de mayor ayuda.
—Parece que tu mayor deseo se ha hecho realidad —soltó festivo.
—Mmm…¿D-Dónde…estoy? —restregó sus ojos, ahuyentando el sueño que todavía pesaba sobre sus parpados—. ¿Quiénes son ustedes dos?¿Y qué es lo que estoy haciendo aquí? —cuestionó a los dos adultos que contemplaba dentro de la habitación.
—Pues…
—Te desmayaste después de haber estado mucho tiempo bajo el sol… Los Yato no podemos ir por allí sin nuestro paraguas cuando hay un día soleado —quién lo diría, Abuto había manejado la situación magníficamente bien.
—¿Sol…? Pero si…—fue en ese momento en que percibió la gran cantidad de luz natural que se filtraba desde la ventana. Allá afuera, no existía presencia alguna de nubes de tormenta o esa molesta lluvia que le era tan familiar. No, más allá de esas cuatro paredes se postraba un mundo luminoso con un amplio e infinito cielo azul.
—Estás en la Tierra —intervenía Oshin al ver el rostro sorprendido del pequeño Kamui—. A diferencia del planeta que te vio nacer, aquí el sol brilla la gran mayor parte del año.
—¿Y qué es lo que se supone que hago…en la Tierra? —se levantó del lecho, aproximándose hacia ellos—. ¿Y mis padres?¿Y Kagura? —un ligero pánico fue lo que la pelinegra llegó a alcanzar a ver, asomándose en esas cristalinas pupilas.
—No tienes que preocuparte por ellos, Kamui —se agachó frente a él, para quedar a la misma altura y poder mirarle directamente—. Abuto y yo somos viejos conocidos de tu padre. Y él personalmente nos ha pedido que te cuidemos mientras él arregla unos asuntos aquí en la Tierra.
—Pero…¿y mi hermana? —no, efectivamente allí no estaba.
—Ella no quiso quedarse con nosotros —informó—. Empezó a llorar y tu padre no pudo dejarla. Así que está a su lado.
—¿Y mi mamá?
—Se encuentra bien —mentirle a un niño no estaba bien, ¿pero qué podía hacer en esa situación? Él tenía sus recuerdos de infancia totalmente íntegros—. Está siendo tratada en el hospital de la ciudad, por lo que deberías sentirte tranquilo… Ya cuando la den de alta podrás verla —le sonrió con calidez.
—¿Eso demorará mucho tiempo? —cuestionó curioso.
—Un par de semanas probablemente —ese era el tiempo en que esperaba que todo volviera a la normalidad o habría verdaderos problemas—. Vamos, no pongas esa cara de desánimo. Si quieres más al rato puedo llevarte a ver a tu hermana.
—Siempre he pensado que criar niños es como tener un grano en el culo, pero creo que tener que hacer eso con el capitán será mucho más doloroso que eso…
—¿No te apetece algo de comer? —ofrecía la pelinegra al reservado niño—. Puedo apostar a que te encantara la comida de por aquí.
A un niño no se le dice dos veces cuando de comida se trata y mucho menos a alguien cuyo apetito ya era algo digno de mención a su tierna edad de ocho años. Así que ahí estaba, sentado a la mesa, devorando cada uno de los platillos que Oshin le había servido.
—No te olvides de masticar bien o terminarás ahogándote —recomendaba la oji carmín sin despegar su atención de quien únicamente tenía ojos para la comida—. En ese aspecto no ha cambiado en lo más mínimo. Sin embargo, su manera de ser cuando niño es bastante contrastante con su yo actual…Si su padre no lo hubiera abandonado de tal modo y él hubiera enfrentado tal situación de una manera diferente, ¿el Kamui que conocemos en el presente podría ser alguien completamente diferente? —mordió su labio inferior y paró el carro de sus descarriados pensamientos—. ¿Pero qué tonterías estoy pensando? No tiene sentido estar pensando sobre el hubiera… Intentar cambiarlo no está bien, incluso si no es más que un hombre que no encuentra satisfacción más allá de los campos de batalla… Así como yo elegí mi propio estilo de vida a pesar de lo que soy, yo también tengo que respetarlo. Inclusive cuando me gustaría contemplarlo…como era en sus viejos tiempos.
—¿Sucede algo? —ella tan centrada en sus introspecciones que no se percató de que Kamui había terminado de comer y le miraba con suma atención; la había cachado con la presencia ausente.
—Ah, no, descuida. Es sólo que me quede pensando en qué haría para cenar esta noche —disfrazó su despiste—. ¿Quieres conocer el lugar o prefieres darte un buen baño? —no estaba demasiado lejos del infante, por lo que fue simple trasladarse hasta él y quitar ese pequeño grano de arroz que se había quedado varado sobre su mejilla izquierda.
—Saldré a ver los alrededores —el chiquillo bajó de su asiento y se dirigió hacia la puerta principal. Oshin juraba que había escondido algo entre sus ropajes superiores.
—¿Está bien que lo dejes campar a sus anchas? Podría escabullirse si te descuidas —fueron las palabras de Abuto tras entrar a la casa mientras Kamui salía tranquilamente.
—No lo dejaría salir si no supiera de antemano que estará seguro —hablaba al tiempo que recogía los platos sucios y los colocaba en una sola pila—. Si sale más allá de la propiedad, ellos se encargaran de traerlo de vuelta o en todo caso, de vigilarlo.
—¿Ellos?¿A quiénes te refieres? —hasta donde tenía conocimiento, el resto de los miembros del escuadrón estaban acampando lejos de allí para no llamar la atención.
—Me refiero a Masamune y a los demás.
—Espera…¿no estarás hablando de esos Syx, verdad? —es que de ella se creía todo.
—Por supuesto que sí —afirmó—. Sería inhumano dejarlos allá afuera, sufriendo hambre y pasando penurias. Por eso los he traído a casa para que vigilen…Además, siempre he querido tener una mascota.
—Estoy empezando a creer que…en verdad tú disfrutas de estar rodeada de monstruos…
Tras la caída de la tarde, Oshin comprendió no solamente que ese crío se las había ingeniado para hacer que ese grupo de Syx le obedecieran y le llevaran más allá de los límites de su propiedad, sino que había sido muy mala idea el haberle puesto ropa blanca porque ahora que recién regresaba a casa se encontraba totalmente mugroso de los pies a la cabeza.
—¿Pues qué se supone que estuviste haciendo?
—Tus perros son muy extraños, pero corren mucho. Incluso lograron partir un árbol por la mitad con suma facilidad —relataba entusiasmado. Alguien la había pasado de lo lindo.
—Sígueme, te llevaré a que te des una buena ducha —con lo que amaba que su casa estuviera reluciente de limpia y ese Yato dejando tras su andar las marcas de tierra y lodo de sus pisadas—. Mientras te bañas te traeré otro cambio de ropa —abrió la puerta del baño, dejando ver esa agradable y convencional bañera; abrió la llave del agua caliente y dejó que se llenara—. Asegúrate de lavar bien detrás de tus orejas y…
Oshin calló tanto por el hecho de haber sido completamente empapada de agua, como por ver a Kamui ya en la bañera; el travieso niño se había desvestido en un abrir de cerrar de ojos y había saltado dentro de la bañera.
—Parece que lo está disfrutando —ni caso tenía molestarse por lo que había pasado. Ya se encargaría de tomar una ducha después—. No te olvides de usar el champú —tomó la botella y se la dio en sus manos.
—Este sitio es muy diferente de donde yo nací —ahora su cabeza no era más que un mundo de espuma y burbujas jabonosas—. El sol brilla durante todo el día, no hay esa molesta humedad… Luce…como un buen lugar.
—También tiene sus cosas malas, pero se vuelven pequeñeces cuando lo comparas con todo lo bueno que hay —debía suponer que un niño de su edad todavía no sabría asearse adecuadamente. Así que le dio una mano extra para restregar esa pelirroja cabellera.
—N-No…tienes que hacer algo como eso… Soy grande y puedo hacerlo —el niño se apartó y continúo haciéndolo él mismo. Aunque eso no fue lo que la dejó totalmente callada, sino más bien que el pequeño se cohibiera en cuanto se puse a ayudarle.
—Oh, cierto, cierto, eres el hermano mayor —claramente le producía cierta ternura su comportamiento que le fue imposible no sonreír ante ello—. Pero si no estás bien limpio cuando salgas de esa bañera, te volveré a meter.
—¡Yo me sé bañar correctamente!
La hora del baño pasó sin mayores percances y la cena fue más que disfrutable por las dos únicas personas que permanecían en la casa. Incluso hubo oportunidad para el postre.
—¿No es una casa muy grande para una sola persona?
—Supongo que tienes razón, pero está bien. Algún día habrá la suficiente gente para llenarla —mencionó antes de beber de tu caliente taza de té negro.
—¿Mañana podríamos ir a ver a mi hermana? —para Oshin cada una de las acciones del pelirrojo la dejaban bastante ofuscada; tal vez porque estaba acostumbrada a cómo era actualmente Kamui y no a quien era cuando era un inocente niño y no había pasado por todas experiencias que le marcaron.
—No veo el problema en ello —quiso pensar que no habría problema en ello. Creía que Gintoki estaba haciendo bien su trabajo de niñera—. Después de que termines de cenar, lávate los dientes y no demores en dormirte. Los niños de tu edad deben dormir al menos ocho horas diarias.
—Eres bastante estricta para ser tan joven…Así no encontrarás marido…—susurró tan bajo que creyó ingenuamente que ella no lo escucharía; grave error, la pelinegra entendió su balbuceo y estaba obsequiándole una miradilla inquisidora.
¿Qué de malo podía existir en un paseo matutino por la Ciudad de Edo cuando lo único que se desea es disfrutar de los alrededores, de la calidez del sol y tal vez, de alguna golosina para saciar el apetito mientras se camina con dirección a la Yorozuya? Tal vez nada, si ese par de foráneos decidieran trasladarse por las calles de manera normal, como cualquier otro terrícola que se respeta.
Es que solamente a una mujer como ella se le podría ocurrir salir en compañía de algo que solamente poseía la apariencia de un cánido, el tamaño de un caballo y el instinto dormido de un asesino serial. Probablemente eso era lo que provocaba que todo mundo se hiciera a un lado con enorme pavor.
—La gente ha salido corriendo —comentaba Kamui quien tranquilamente iba montado sobre el lomo del Syx a la vez que llevaba su pequeño paraguas para cubrirse del inclemente sol matinal.
—Si se les trata bien y se les da de comer apropiadamente, los Syx se vuelven animales muy dóciles. Como los perros de la Tierra —justificó—. Además, las mascotas deben pasearse todos los días.
—Dijiste que el hombre que cuida de mi hermana…es un samurái con permanente…¿no? —dijo tras haber descendido del enorme animal.
—Sí, ¿pero por qué lo mencionas? —él no tuvo necesidad de responderle cuando ella misma estaba viendo al aludido correr a toda prisa hacia donde se encontraban y lo peor es que no venía solo, sino que gozaba de la compañía de Shinpachi.
—¡¿Pero cómo demonios pudiste hacerle algo tan terrible como eso, Gin-san?!
—¡Ya te lo dije, necesitaba más monedas!
—¡¿Te atreviste a empeñar a una pequeña niña para continuar jugando?! —vociferó con enorme enfado—. ¡¿Sabes lo que nos pasará si le llega a pasar algo?!¡¿Sabes lo que Bouzu-sama nos hará en cuanto se entere?!
—¡Por eso tenemos que salir del planeta! Ya tengo el lugar perfecto en el que podemos vivir para que jamás seamos encontrados.
Su pequeño mausoleo cesó ante una sencilla acción. Oshin simplemente tuvo que meterles el pie para que tropezaran estrepitosamente y literalmente se estamparan contra una carreta de metal viejo que iba pasando casualmente por ahí.
—…P-Pattsuan…Creo…que se me ha enterrado algo…en un lugar donde sólo debería estar mi p***…
—…Te dije que nada bueno saldría de escapar de los problemas…
—Ey ustedes dos, ¿dónde está Kagura? —ambos hombres se levantaron a la orden de ya y se giraron con una lentitud exasperante hacia la mujer que lucía sospechosamente calmada.
—O-Oshin-chan…pues verás…
—Gin-san la intercambió por monedas para el Pachinko. Así que ahora iremos a recuperarla, ¿no es así Gin…? —el peli plateado ya se encontraba huyendo, dejándolo con todo el problema a él.
—Atrapa al samurái —no es como si Oshin hubiera dado esa orden al aire. Lo supieron en cuanto vieron cómo el escaparate de cierto hombre concluyó en el instante en que aquel animal lo tomó como si fuera una vara de madera.
—¿P-Po…Podrías decirle a tu linda mascota que me suelte? Empiezo a sentirme mareado por toda la sangre que está saliendo de mi cuerpo…—suplicó, con la mirada perdida, con su cuerpo tiritando.
—Gin-san, ni siquiera te ha mordido de verdad…—y es que era cierto. Ese animal lo sostenía, sin hacerle daño alguno, pero el otro ya estaba haciendo el drama de su vida.
—Shimura, ¿crees que puedas encargarte de Kamui un momento? —pidió al pelinegro—. Sakata y yo iremos por Kagura.
—Está bien.
—Regresaremos en un rato, así que procura no meter en problemas al cuatro ojos.
—¡¿A quién le dices cuatro ojos?!
—Prefiero ir con ustedes —es que ya le había dado un vistazo al joven y no lo consideraba capacitado para lidiar con él o cualquier otro ser viviente.
—¡¿Cómo debo interpretar esa miradilla?!¡¿Por qué la he sentido tan despectiva, como si me hicieras menos o sintieras lastima por mí?! —y Kamui simplemente miró en dirección contraria—. ¡Ey, deja de intentar lucir genial cuando no eres más que un crío de ocho años!
—Hora de irnos, Sakata —sentenció tras empezar a caminar en compañía del Syx.
—¡Shinpachi-kun, no me dejes, no dejes que me lleven! —los gritos de niñita no surtían efecto en el joven samurái, ni tampoco sus lágrimas falsas—. Tengo un mal presentimiento… ¡Uno donde cada una de mis extremidades termina dentro de cajas de madera alrededor de todo Edo!
—Gin-san, los hombres de verdad tienen que pagar por sus acciones.
Debido a que dentro de los establecimientos no se permitía la entrada de mascotas, ese juguetón Syx tuvo que permanecer afuera, ahuyentando seguramente a toda la clientela potencial. Pero pequeñeces como esas no le interesaban a la boticaria; ella estaba allí para obligar a Gintoki a recuperar a la niña que había truqueado por monedas para continuar con su insano vicio en el Pachinko.
Y mientras el peli plateado quería seguir perdiendo su dinero y su dignidad en esas brillantes y coloridas máquinas, Oshin lo presionaba con la mirada para que continuara caminando y se abstuviera de llamar a su mascota para que lo educara un poco.
—Sabes, puedo sentir tu dura mirada en mí —balbuceaba el hombre—. ¿No crees que deberías relajarte un poco? Esta clase de estrés no es bueno para una mujer joven como tú…Debes cuidar tu piel.
—¿A quién de todos ellos les diste a Kagura? —preguntó tras haberse detenido ante el mostrados de la tienda. Allí se encontraban reunidos la mayor parte de los empleados.
—Mmm…Estoy casi seguro de que se trataba de un sujeto con barba…
—¿Qué tipo de barba? —no preguntó por seguirle el juego, es que ahí todos tenían barba.
—Y también usaba gafas, una rara gabardina a cuadros y por alguna extraña razón llevaba consigo piruletas y juguetes… Eso era lo que quería darme por Kagura, pero le dije que soy un niño grande y que a mi edad lo único que me interesa son las muñecas a escala real y que sean 4 x 4. Esas que no les importe hacer cosas nuevas, a las que no les importe despertar con un poco de crema batida u objetos extraños alrededor del c-…—había derramado el vaso de la paciencia de la pelinegra, por lo que no tuvo mayor elección que darle un "suave" golpe en la cabeza que literalmente lo hundió en el suelo hasta el cogote.
—Estamos buscando a una niña de unos cuatro años de edad, ojos azules y cabello pelirrojo, y de ropajes orientales —dijo para todos los que trabajaban allí y quienes simplemente negaron por completo el haber visto a un infante con tales características.
—Aunque tal vez el sujeto de allá afuera sepa algo —añadía uno de los dependientes.
¿Cómo es que no se percató de un hombre tan terriblemente sospechoso como ese, que miraba hacia el interior del establecimiento mientras respiraba ansiosamente sobre el cristal de las ventanas? Lucía como esos acosadores que darían mucho miedo de topártelos en la noche mientras atraviesas un silencioso callejón.
—¡Oh, ahí está, ese es quien hizo el trueque conmigo! —exclamaba Gintoki tras resurgir de las entrañas del pavimento y señalar al culpable con una mirada seria y decidida—. No creas que te perdonaré por lo que has hecho. ¿Cómo te atreviste a mentirme y decirme que solamente te dedicabas a llevarle felicidad y sonrisa a los niños? ¡No te perdonaré que me hayas dado sólo 390 monedas cuando dijiste que eran 400!
—¿En serio estás armando un escándalo solamente porque te faltaron diez monedas?¡¿Y cómo pudiste creerle que era amigo de los niños cuando se nota de inmediato que lo que quiere es hacerles otra cosa?! —regañaba la pelinegra. Y sí, nuevamente volvió a enterrar al samurái en el piso—. Ey tú, con cara de pederasta y acosador, devuélveme a la niña que este idiota te dio.
—¡Nunca, nunca lo haré! —¿es que todos en Edo eran idiotas o solamente tenía mala suerte con la gente que le rodeaba? Es que allí estaba ese sujeto, sacándole la lengua, bajándose los pantalones mientras le mostraba su obsceno trasero en señal clara de burla.
Una pena que situaciones como esas tuvieran soluciones rápidas y prácticas: como arrojar a Gintoki contra ese sujeto, importándole un bledo que hubiera un grueso ventanal de por medio.
—Listo, ya me siento mejor conmigo misma —ahora que había otra puerta por la cual salir y hasta un par de alfombras humanas, podía salir tranquilamente.
—Sé l-listo…y dile…lo que quiere…—le recomendaba Sakata—…T-Tiene…el complejo…de madre sobreprotectora-obsesiva-compulsiva…
—Espero que hayan hecho su testamento ya —las palabras de la mujer los tenían sin cuidado, lo que realmente estaba produciéndoles un pavor incomparable era ver a ese animal frente a ellos, mostrándoles sus bellos y blanquecinos colmillos.
—¡AYUDA!
No había transcurrido más de media hora desde que Oshin se había marchado en compañía de Gintoki, pero ese tiempo había sido más que suficiente para inquietar a cierto pequeño Yato y al mismo tiempo, poner un tanto de nervios a Shinpachi; quien no sabía cómo debería tratar al infante, especialmente si consideraba que tenía ya una imagen bastante definida sobre su personalidad.
Así que basándose en lógica mundana, que él era un niño y que sabía que regresarían con Kagura a salvo, fue por unos dulces a la cocina para dárselos.
—No son de la mejor calidad, pero estoy segura de que te gustaran —ambos se encontraban sentados frente a frente dentro de la Yorozuya, con el sonido del reloj de fondo.
—Mmm…—había tomado uno de esos dangos y comía en silencio total.
—Tratarlo es mucho más complicado de lo que pensé… Es decir, no sé de qué manera reaccionará o lo que puedo o no decir…¿Por qué se está demorando tanto Gin-san?
—Alguien está llamando a la puerta —expresó Kamui, clavando su atención en el de gafas.
Y en efecto, alguien tocó un par de veces el timbre. Así que si no se trataba de algún cobrador, la vieja bruja a la que le debían la renta desde hace tres meses o alguna de las excéntricas personalidades que vivían en el barrio, podría tratarse de un cliente; y con eso en mente, Shinpachi se levantó y fue a abrir la puerta sin más.
—Buenos días —saludaba para la chica que estaba de pie afuera—. ¿Se le ofrece algo?
—¿Aquí es la Yorozuya, no es verdad? —preguntó con una suave sonrisa en sus labios—. Quisiera hacerles un encargo.
Sus pupilas eran de un tono agua marina, su piel era lo suficientemente blanquecina como para hacer del tono rosa de su corta cabellera un verdadero deleite. Incluso esos pasadores pistacho que sujetaban su flequillo lateral le proporcionaban un particular encanto infantil.
Llevaba un short negro, corto y ajustado a la cadera, unos botines cafés y una blusa azul cielo con un cierre central que luchaba por cerrar por completo gracias a ciertos atributos que acompañaban a la joven.
—Estás en todo lo correcto —como todo adolescente en esa etapa difícil, no pudo evitar desviar su atención del buen camino; era hombre al fin y al cabo.
—Así que, ¿crees que podrías atender a mi petición?
