¡Hola hola! Paso a dejar este pequeño regalingui navideño, para que lo lea mientras come recalentado, mientras sus primitos/sobrinitos/hermanitos/hijitos estrenan sus juguetes en el parque, mientras su familia mira la misma película navideña aburrida de todos los años o mientras está en su cama tratando de recuperarse del festejo de la noche previa.
Espero sea de su agrado.
Nunca había sido el hermano favorito. Bueno, era el favorito cuando se trataba de encontrar una víctima a sus ataques. Sin embargo sus hermanos nunca le habían dejado más claro lo mucho que lo aborrecían, como habían hecho en las pocas semanas que llevaba en el palacio. De pronto se sorprendió extrañando los días de infancia en los que ignoraban su presencia e incluso aquellos que pasó en el exilio en la finca de verano de la familia. Siempre encontraban la forma de hacerlo molestar o meterlo en problemas; aunque eso último no era novedad. Pero ya comenzaban a colmarle la paciencia.
Había pasado más de la mitad de la comida sacudiéndose las migajas que le lanzaban dos de sus sobrinos menores desde el otro lado de la mesa. Harto, y después de que la última le golpeara en la frente, les lanzó una mirada glacial que los hizo bajar la cabeza, apenados. Justo antes de aventar un trozo más.
-Basta niños-los reprendió su madre-dejen de molestar a su tío Hans.
-Gracias-respondió él, y agregó-más vale tarde que nunca.
-¿Perdón?-preguntó ofendida la dama.
Hans se irguió en la silla y respondió con altanería:
-Te perdono.
-¡Oye idiota!-le gritó Ulrik, esposo de la aludida.
-Ralph-llamó el menor a otro de sus hermanos-Ulrik te habla.
-Maldito pedazo de alcornoque-respondió a punto de ponerse en pie.
-¡Cállense todos!-el rugido encolerizado de Klaus sumió el comedor en total silencio-¿es que nunca podremos tener una cena tranquila?
-Ellos empezaron-señaló el príncipe con dedo acusador a sus pequeños atacantes, quienes con nerviosismo negaron en silencio.
-¡Minerva, haz el favor de controlar a tus mocosos!-ordenó el rey.
-Sí majestad, lo siento-miró a Hans con el más ferviente deseo de apretarle el cuello hasta escucharlo crujir entre sus manos, pero él no se inmutó.
-Y tú Hans, déjate por favor de niñerías, creí que durante tu castigo habías madurado.
-Lo lamento mucho hermano-respondió verdaderamente apenado-volver ha sido algo… difícil, me ha costado adaptarme de nuevo. Pero prometo que no volverá a suceder.
-Eso espero-Klaus comenzaba a serenarse-en verdad creo que has cambiado Hans, es sólo que-suspiró, tratando de encontrar las palabras correctas-tengo fe en ti hermano, por favor no me decepciones. No otra vez.
Esas últimas palabras fueron como sal en la herida. Estaba tratando de dejar el pasado atrás y concentrarse en el presente, pero pronto se había percatado de que en el palacio le sería difícil: todos parecían dispuestos a recordarle a cada momento los errores que había cometido. A pesar de todo, saber que al menos el mayor de sus hermanos, el rey, volvía a creer en él le daba un poco de ánimos.
-Yo que tú no confiaría tanto Klaus-todas las cabezas giraron hacia Runo, que sonreía arrogante-esta mañana pasé por el puerto, y me hicieron saber que el Grethe no está aún listo para zarpar.
Con los ojos como platos y lanzando chispas, Klaus gritó:
-¡Hans! ¿Es eso cierto?
El pelirrojo ni siquiera se atrevió a mirar a su hermano mayor, sorprendido con la revelación. "¡Maldito soplón!" pensó.
-Amm, bueno,-se aclaró la garganta, tratando de ganar tiempo para pensar una respuesta-pues sí, es verdad.
-¡¿Cómo demonios es eso posible?!
-¡Dijiste que yo podía organizar y decidir la fecha de partida!
-Bu-bueno, sí, ¡pero estás perdiendo demasiado tiempo!
-Quieres que navegue en un barco lo suficientemente fuerte para llegar hasta nuestro destino sin hacer ni una sola parada pero me das una basura de navío.
-Maldito malagradecido-bufó por lo bajo otro de los príncipes. Hans buscó con la mirada, molesto, al bocón.
-¿Sí? Bueno, ya te quiero ver a ti navegando en un barco con el maldito mástil partido por la mitad.
-Estás colmando mi paciencia Hans-agregó Klaus.
-¡Y ustedes la mía! Si tanta urgencia tienes por verme partir, entonces dame una nave decente.
-Majestad-interrumpió una de las princesas-no debería permitir que este hombre le hable así.
Ah, ¡justo lo que le faltaba! Otra metiche inmiscuyéndose en dónde nadie la había llamado.
-¿Alguien la ha invitado a la conversación?-preguntó el príncipe.
-No, pero creo que debería de conducirse con más respeto hacia un miembro de la realeza.
Hans no pudo evitar sonreír; miró a la dama de cabello oscuro y largo, con grandes ojos esmeraldas y nariz grande. De todas sus cuñadas, Isidora era a la que más aborrecía. Con un pasado bochornoso, una actitud pedante y altanera y su gusto por despilfarrar el dinero de su familia en las cosas más banales e idiotas, la esposa de su hermano Jessen se había ganado en tiempo record el desprecio del resto de las damas y por supuesto, el odio de la reina madre.
-Tiene usted toda la razón, lamento mi actitud. Y también le ordeno que de ahora en adelante se dirija a mi persona con el título de 'su alteza'-la mujer sacudió la cabeza confundida-Vera: YO, también soy miembro de la realeza.
-Pues no creo que sus actos pasados le den derecho a…
-A diferencia de usted-la interrumpió-yo soy de cuna noble, nací en el palacio y desde ese momento llevo el apellido Westergard. Usted por otro lado, no deja de ser una vulgar plebeya que logró cazar a un príncipe para subir en el escalafón social y hacerse de un título nobiliario. Créame mi lady, a pesar de todas esas joyas y pesados vestidos que carga, le apuesto a que ni un solo habitante del reino olvida que usted era nada más que una puta antes de matrimoniarse con mi hermano. Una puta cara, eso es verdad, la más cotizada del burdel según las habladurías que se daban en aquel entonces, pero una puta a fin de cuentas.
Silencio. Un pesado, bochornoso y sofocante silencio inundó el comedor. Fue como música para los oídos de Hans, que no dejaba de sonreír. El estrépito de platos, copas y cubiertos caer rompió la magia y Jessen casi saltando sobre la mesa lo llamó.
-¡Maldito cerdo asqueroso! ¡Vuelve a llamar puta a mi mujer y te romperé cada uno de los huesos imbécil!
Los más cercanos trataron de contenerlo, algunas voces femeninas recriminaban al príncipe sus palabras y un niño preguntaba con desesperación a quien se dignara a escucharlo qué era una puta.
Finalmente la reina madre se puso en pie abruptamente, haciendo caer la pesada silla detrás de ella.
-Paren por favor, es suficiente. Me parte el corazón ver la clase de bárbaros que he criado-Jessen volvió a su asiento y aún con el saco desarreglado tomó la mano de una furibunda y enrojecida Isidora-¿Qué fue lo que hicimos mal? ¿En qué nos equivocamos su difunto padre y yo para merecer esto?
Con dramatismo se llevó la servilleta a los ojos, secándose las lágrimas ficticias que todos sabían, no estaban ahí.
-Discúlpate Hans-dijo Klaus.
El joven bufó exasperado.
-Lamento mucho mi actitud madre, prometo no volver conducirme de manera impropia. Y lamento mucho haber arruinado a todos la comida con mis palabras.-calló. El rey carraspeó.
-También debes una disculpa a Isidora, por lo que dijiste antes.
-Claro. Lamento mucho que mis palabras y mi pensar sobre usted la hayan ofendido.
-Eso no fue lo que te pidieron Hans-dijo Fritz, dándole un ligero codazo.
-Lo sé, pero es la verdad-se dirigió de nuevo a la mujer-sería hipócrita de mi parte retirar lo que he dicho cuando es mi sincero sentir. Sin embargo lamento que esto la haga sentir mal.
-Hijo de…-susurró Jessen.
-Si me disculpan-se puso en pie y dejó la servilleta sobre la mesa-me retiraré; no deseo seguir importunándolos con mi presencia. Por favor, disfruten del resto de sus alimentos-concluyó, a sabiendas de que la comida ya se podía considerar un rotundo y completo fracaso-Su majestad-hizo una reverencia ante el rey y se dirigió a la puerta.
-Hans-llamó Klaus antes de que se retirara-más vale que hagas algo con el maldito barco, los quiero zarpando a más tardar las primeras horas de la próxima semana.
El menor lo miró irritado.
-Haré lo que pueda, majestad-respondió entre dientes.
Espoleó a Sitrón, procurando no ser rudo con él, pero deseoso de llegar lo antes posible al puerto. Estaba furioso, ¿cómo esperaban que en menos de una semana terminaran todo el trabajo que el Grethe requería. A lo lejos pudo distinguir el majestuoso navío y lamentó que algo tan impresionante y bello se encontrara en tan precarias condiciones.
Aún estaba a unos cuantos metros cuando escuchó una voz gritar a los hombres que trabajaban en el barco:
-¡Atención! El almirante se acerca.
Todos se enderezaron y miraron en su dirección, pero Hans hizo señas para que continuaran con su labor. Desde que la cuadrilla había quedado a su mando, el buen trato y las buenas formas en las que se dirigía a ellos le hicieron ganarse su favor. La gente lo respetaba, lo escuchaba y acataban cada una de sus órdenes al pie de la letra. Pequeños detalles, como sentarse a merendar con ellos o darle el día libre a aquel trabajador que lucía agotado o enfermo le valió incluso la admiración de los hombres. Era raro que Hans se apareciera por el lugar y estuviera de malas, por lo que su ceño fruncido los puso alerta.
-Señor Frandsen-llamó en voz alta.
-Dígame su alteza-respondió un hombrecillo achaparrado pero de complexión gruesa, caminando con paso decidido aunque cabizbajo hacia él.
Hans bajó de Sitrón y entregó las riendas a la persona más cercana para dirigirse al barco.
-¿Cómo van los trabajos?
-Vamos a buen ritmo alteza. Aún falta bastante por hacer, pero creo que en unas dos semanas ya estará en forma para navegar.
-Me temo que no tenemos dos semanas.
-¿Perdón?
-En realidad ni siquiera tenemos una. Esto debe quedar para el domingo y así poder salir a primera hora del día lunes.
El hombrecillo lo miró estupefacto.
-Es muy poco tiempo.
-¿De verdad?-preguntó el pelirrojo con sarcasmo-vaya, he de ser idiota, no lo había contemplado.
-Una disculpa almirante, mi intención jamás fue ofenderle-respondió haciendo una suave reverencia.
-Claro. Como sea, necesitaremos doblar la jornada de trabajo para poder terminar.
-Wow, eso será demasiado pesado.
-Entonces contrataremos más gente.
-Eso será costoso.
Hans miró exasperado al sujeto que caminaba a su lado.
-Pues de ser necesario venderé las joyas y las enaguas de las esposas de mis hermanos, pero esto debe quedar listo para el domingo.
-Claro su alteza, así será-respondió Frandsen inclinándose de nuevo. El príncipe rodó los ojos.
-Sigan entonces, redoblen esfuerzos si es necesario por el momento, más tarde enviaré una cuadrilla más para cubrir un segundo turno-bajó del barco y volvió a montar su caballo.
-Así lo haremos alteza. Pero…
-¿Qué?
-Es sólo que… no estoy seguro de si será suficiente para terminar.
-Pues tendrá que serlo, su majestad el rey Klaus quiere vernos en altamar lo antes posible, y para empeorar las cosas esto debe quedar en excelentes condiciones para evitar hacer paradas durante el trayecto. Si ambos queremos conservar nuestras cabezas, lo mejor será obedecer.
Emprendió la marcha a todo galope sin esperar una respuesta del hombre y se digirió al palacio de vuelta. Tenía mucho que arreglar si quería que la nave quedara lista, pero para su pesar, estaba completamente consciente de que cumplir con el tiempo que Klaus les exigía sería imposible. Conseguir a la gente extra era el menor de sus problemas, lo que más le preocupaba era como lograría comprar más tiempo. No quería arriesgar a su tripulación a viajar en ese ataúd, que era lo que tenían hasta ese momento, y la idea de no tener opción a parar en caso de una avería le ponía los pelos de punta. De pronto recordó el maldito permiso de tránsito que la reina de Arendelle les había otorgado y apretó los dientes, furioso; ese permiso no era más que una limosna, la muy perra podría haber cooperado más, pero le costaba entender cómo es que su hermano mayor, un rey con mucha más experiencia negociando que la jovencilla aquella, había accedió a tan humillante arreglo.
Dejó a Sitrón en las caballerizas y después de ofrecerle una manzana roja y brillante, se encaminó al palacio dispuesto a hablar con Klaus.
Cruzaba uno de los muchos corredores del castillo cuando un leve quejido llamó su atención. Paró en seco y aguzó el oído. No pasó mucho tiempo para cuando lo volvió a oír; provenía de uno de los pasillos a unos metros más adelante. Apresuró el paso y en cuanto dobló la esquina se encontró con una escena dolorosamente familiar.
Vio a uno de sus sobrinos, Finn, rodeado por otros cuatro, no sólo mayores que él, sino más fuertes y altos que el chico de dieciséis años. Uno de ellos, un muchacho de cabellos cenizos y el rostro salpicado de pecas le dio un empujón en el hombro que lo hizo chocar de espaldas con la pared para a continuación recibir un golpe en la boca del estómago de un segundo atacante de cabello caoba. Eso era indignante; recordó que en más de una ocasión, durante las últimas semanas, había tenido la oportunidad de ver a los chicos practicar desde equitación, hasta esgrima, y había atestiguado lo bueno que era Finn con la espada. Pensó que seguramente de haber tenido una en esos momentos podría haber vencido a los cuatro mayores, aún armados, con facilidad.
Finn intentó recuperar el aliento e incorporarse, pero un puño directo al rostro lo obligó a reaccionar con velocidad y apenas alcanzó a esquivar el golpe. Furioso, el tercer chico se le echó encima pero antes de poder siquiera tocarlo su primo menor le conectó un derechazo que lo hizo tambalear. Fue entonces que el cuarto lo tomó por detrás, dejándolo inmovilizado y a merced de los otros dos, que le tupieron a golpes.
Ya era suficiente.
-¡HEY! ¡DÉJENLO EN PAZ!-gritó Hans caminando presuroso hasta la bola de muchachos.
Pero solo tres de ellos reaccionaron, retrocediendo un par de pasos. El cuarto ignoró por completo el llamado, lanzando golpes sin parar, hasta que Hans retuvo con fuerza el brazo que alzaba en el aire, listo para dejarlo caer sobre el cuerpo magullado de su primo menor. Sorprendido, miró al pelirrojo que furioso torció la extremidad que sostenía, haciéndolo aullar de dolor.
-Dije que…
No terminó la frase. Estupefacto, sintió una mano sobre su hombro haciéndolo girar y antes de que pudiera reaccionar la fuerza de un puñetazo en el rostro lo hizo caer de espaldas sobre la mullida alfombra.
-No vuelvas a ponerle una mano encima a mi hijo-siseó Runo inclinándose amenazador sobre él.
Hans se limpió la nariz con la manga del saco, dejándola manchada de sangre. Finn se acercó veloz y lo ayudó a incorporarse.
-Pues entonces enséñale a ese monstruo a respetar a los demás. O mínimo a tener las agallas suficientes para enfrentarse en una pelea justa.
-No me vas a decir cómo criar a mis hijos, imbécil.
-Alguien debió prohibirte tenerlos, para empezar.
-Sigue hablando y te tumbaré todos los dientes, maldito bastardo.
-Debemos llevarte con el médico, tío Hans-le susurró Finn, tomándolo por el brazo.
-Si va a ser en una pelea de uno a uno, me parece bien. A ver si al menos con el ejemplo logran aprender algo estos monstruos-señaló con la cabeza a los cuatro jóvenes restantes que atestiguaban el enfrentamiento, cohibidos.
-Ten cuidado Hans-dijo Fritz detrás de Runo-será mejor que ambos se tranquilicen y sigan su camino, de todo esto no saldrá nada bueno.
-Lo único que saldrá-dijo Runo-será más sangre de la nariz del idiota de Hans.
-Inténtalo.
-Con gusto lo haré. Toma nota Finn, para que aprendas a luchar como un hombre y te dejes de mariconadas.
-¿De qué hablas?-preguntó Hans desconcertado con las palabras de su hermano.
-En lugar de detenerlos debería agradecer a los chicos que traten de formarle carácter, no llegará a ningún lado siendo así de blando y dejado.
-¿Así es como has formado a tus hijos, a golpes, amenazas e insultos? ¡Ja! No me sorprende entonces que sean unos bárbaros.
-Deja de cuestionarme Hans.
-Dios, ¿es que no pueden dejar de pelear al menos por el resto del día?-preguntó Fritz, más para sí mismo.
-Así nos crío mi padre-agregó Runo-y creo que hizo un buen trabajo. Si te escuchara hablar seguro lo decepcionarías. Si es que puedes caer aún más bajo.
-¿Un buen trabajo? No son más que unos monstruos, unas malditas criaturas hambrientas de poder que a la menor oportunidad humillan al primero que se los permite o no tiene los medios para defenderse.
-¿Hablas en serio?-Runo rio, y la carcajada le caló hasta los huesos al menor de los príncipes-Estuviste cinco años cumpliendo una pena porque trataste de asesinas a dos chicas desvalidas, ¿y los monstruos somos nosotros?
Hans apretó tantos los dientes que juraría, podía sentir sus muelas pulverizándose.
-Jamás perdonaré las atrocidades de las que fui víctima durante mi infancia y mi juventud-sentía el pecho a punto de estallar, la sangre le hervía en las venas y, si no lograba controlarse, probablemente terminaría llorando de rabia-por parte de ustedes y de mi padre. Lo que hice, en efecto, fue una abominación, pero pague mi castigo y te puedo jurar sobre la tumba de nuestro padre que me arrepiento de ello. Y también puedo jurar que no permitiré que nadie más, sobre todo llevando mi apellido, pase por lo mismo que yo.
-Marica-respondió con una sonrisa cruel Runo-no eres más que un marica. Niels es mi hijo, y si a mí se me viene en gana, lo muelo a palos.
-La violencia genera violencia.
-Y si a mí se me viene en gana permitiré que pelee todo lo que quiera, porque eso le forma carácter, y me rehúso a tener un hijo tan débil como tú.
Hans suspiró, resignado. Esa pelea no llegaría a ningún lado. Se tocó la nariz una vez más y comprobó que había dejado de sangrar.
-Bueno, pues bien por ti entonces, orgulloso padre. Enséñale tus grandiosos valores a tu hijo. Pero el día que lo veas regresar a casa esposado, encerrado en el calabozo de un navío extranjero y con tres socios comerciales exigiendo su cabeza, por favor no cometas la misma estupidez que nuestro padre y te preguntes qué fue lo que hiciste mal.
Dio media vuelta y comenzó a alejarse. Se tocó una vez más la nariz, que comenzaba a inflamarse. Estaba por dar vuelta en una esquina cuando los pesados pasos de Runo lo pusieron alerta. Sin detenerse, lo escuchó gritar.
-¡Que suerte entonces que quien lo cría soy yo y no un criminal, un asesino como tú!
"Asesino". Hans rio, "yo no maté a nadie a fin de cuentas".
-Sólo por eso me alegra que hayan alejado a tu bastarde de ti.
Hans frunció el ceño. "'¿Y ahora de qué habla este imbécil?".
-Qué bueno que la maldita reina de Arendelle se lo llevó, así nos salvamos de tener a otro criminal en la familia.
-¿Qué demonios dices Runo?-preguntó aunque sin darse la vuelta.
-De tu hijo, el que la puta que te cogiste en la finca trajo al palacio.
Paró en seco. "¿La puta? ¿Cuál de todas?".
-¿Ya la recordaste? La rubia que llegó arrastrándose, moribunda hasta la puerta, sólo para que le negaran la entrada a ella y a su hijo.
-¿De qué estás hablando?-repitió, esta vez enfrentándolo.
-Runo basta-dijo Fritz acercándose hasta ellos.
Pero el mayor de los tres hermanos miraba a Hans desconcertado.
-Es que… ¿no lo sabías?-sonrió con malicia-¿no sabías que tenías un hijo? ¿Qué dejaste preñada a tu ramera?-soltó una carcajada que hizo enfurecer a ambos hermanos.
-Es suficiente Runo, déjalo en paz.
-Tiene… ¿cuántos Fritz? ¿dos, tres años? Si lo vieras Hans… en cuanto le eché el ojo supe que era tuyo, aún antes de que ella me lo susurrara al oído, justo antes de pedir que lo acogiéramos y protegiéramos. Justo antes de morirse.
-¿Está muerta?
-Es la única razón por la que una mujer se atrevería a humillarse presentándose en el palacio para que reconozcan a su bastardo.
-¿Cómo murió? ¿De qué murió?
Runo se encogió de hombros.
-¿En dónde…? ¿Su cuerpo…?
-Recibió sepultura Hans-respondió Fritz. Era evidente que la noticia había afectado a su hermano.-Su lápida no lleva más que su primer nombre, pero me encargué de que fuera debidamente enterrada. Con permiso de Klaus por supuesto.
Hans se pasó una mano por el cabello, ansioso por terminar de asimilar la información.
-Es una broma-dijo en voz baja-esto tiene que ser una broma.
-No Hans, no lo es. Todo lo que ha dicho este imbécil-dijo fulminando con la mirada al mayor-es verdad.
-¿Y el niño? ¿En dónde está?-de dos zancadas llegó hasta sus hermanos-¡Quiero verlo!
-Me temo que…
-Ya te lo dije, se lo llevó la reina de las nieves-terció Runo.
-¡¿Qué?! ¿Te refieres a…?
-La reina Elsa, de Arendelle. Klaus y nuestra madre se lo regalaron, o algo así. No lo sé. Por cierto hermanito, ¿sabes que es curioso?-Hans despegó la vista del suelo, y se estremeció con la terrible y amenazadora sonrisa que tenía enfrente-cuando el niño la vio por un momento pensó que era su madre-soltó una carcajada y agregó-¡Y no lo culpo! Si no fuera por las ojeras y la piel cetrina y el cuerpo esquelético, yo también habría pensado que eran la misma mujer. Dime la verdad, ¿fornicaste con esa chica para satisfacer alguna clase de fantasía sexual? ¿Hacías como que eras el rey y la llamabas reina? ¿O le amarrabas las manos y te la cogías con fuerza para castigarla? Espero que al menos haya valido la pena; la reina Elsa está buenísima, ¿tu ramera también lo estaba en sus buenos tiempos? ¿También tenía unas caderas redondas y unos pechos suculentos?
-¡No hables así de ella!
-¿De quién? ¿De la reina o de tu ramera?
-¡HE DICHO QUE…
-Hans, escucha-lo detuvo Fritz, poniendo una mano sobre su hombro-busca a Klaus. O a nuestra madre. Ellos podrán explicarte.
-Ellos… regalaron a mi hijo-dijo sin poder dar crédito a lo que había escuchado.
-Lo sé Hans, pero escúchame: búscalos y ellos te lo contarán todo-miró a su hermano menor, visiblemente devastado y sobre todo desconcertado-Lo lamento mucho, pero nosotros no podemos darte más información.
Se quedaron ahí, de pie y en silencio, y siendo aún observados atentamente por los chicos.
Finalmente Hans dio media vuelta y salió disparado hacia el final del corredor.
-Eso estuvo mal Runo, se supone que él no se debía enterar. Klaus se va a enfurecer.
El príncipe mayor dio también la vuelta y después de propinarle un empujón, contestó:
-Debería mandar a Klaus a la mierda, lástima que ya esté hundido en ella hasta las rodillas.
Durante el presuroso trayecto se topó con al menos 5 criados. Todos lo miraron con sorpresa, pero ninguno le ofreció ayuda. Se tocó la nariz una última vez frente al único espejo que encontró en una de las habitaciones y después de asegurarse de que no lucía tan mal, reanudo la marcha hasta la biblioteca. Tenía la certeza de que ahí la encontraría.
"Malditos monstruos asquerosos" pensó furioso. A lo lejos divisó la oscura puerta de madera. "Debieron prestarle ayuda. ¡Debieron informarme que había venido a buscarme!".
Abrió la puerta de golpe, perturbando el silencio de la habitación y la concentración de la reina madre.
-¡Hans, por dios santo! Me has dando un susto que no…-de inmediato supo que algo no iba bien-¿Qué sucede Hans?
-Sucede que Runo…
-¿Fue él quien te hirió de esa forma?-lo interrumpió acercándose y tratando de tocar su rostro. Para su sorpresa, él detuvo su mano en el aire, apresándola con fuerza-Hans-susurró asustada-¿Qué estás… qué…
-Runo me habló del niño-siseó el pelirrojo con ira. Lady Agneta sintió que su corazón se detenía-Dijo que Lavinia estuvo aquí. Dijo que ustedes la dejaron morir.
"Lavinia", pensó la mujer, pasando de la incredulidad a la irritación con esa última frase. "Así que ese era el nombre de la ramera".
-No había mucho que hacer, llegó moribunda, casi arrastrándose hasta la puerta.
-¡¿Y por qué no la ayudaron?! ¡Algo se podría haber hecho!
-¿Para qué Hans? ¿Con qué fin? Era una mujerzuela, ¡no permitiría que ensuciara mi palacio!
Su hijo soltó la mano que aún aferraba y lanzó un gruñido de frustración. Lady Agneta lo vio pasear frente a la chimenea de la biblioteca, desesperado, pasando una y otra vez los dedos entre el cabello rojizo.
-Entiéndelo Hans, lo último que necesitaba era una piedra más para tu costal de deshonras y vergüenzas.
-¿Qué hay del niño?-preguntó abruptamente.
-Era un bastardo.
-¡¿Qué hiciste con el niño?!
-¿Eso importa ahora? Estará bien, te lo aseguro.
-¿De verdad se lo diste a la reina de Arendelle?-la mujer no respondió, pero tampoco despegó la mirada de él-Lo hiciste.
-De una forma u otra tenía que deshacerme de él.
-Y de todas las personas en el mundo a quien se lo pudiste haber regalado, como si fuera un perro, un maldito asno o un ternero para estofado, de todos los seres humanos sobre la tierra ¡tenías que dárselo a la maldita bruja que me mandó al exilio durante años!
-¡Ella se ofreció a llevárselo Hans!-respondió alzando la voz-Ella pidió que le cedieran los derechos del niño. No había quien respondiera por él, así que creí que…
-¿Por qué no me avisaron? ¡Yo pude haber respondido por él!
-Hans, ¿estás consiente de la situación?-lady Agneta comenzaba a perder la paciencia-Era un bastardo Hans, ¿cómo vas a ir por el mundo con un maldito bastardo detrás de ti?
-No deja de ser mi hijo.
-Tanto como lo eres tú para mí. Lo único que hice fue pensar en tu bien.
Hubo silencio. Pesado, tenso, casi nauseabundo. Hans no dejaba de caminar de un lado a otro y su madre no lo perdía de vista. Aún tenía los ojos clavados en la alfombra púrpura de la biblioteca cuando la pregunta de su madre hizo eco, uno que le resultó tan doloroso (¿o sería la pregunta?) que sintió un pinchazo en las sienes.
-¿La amabas, Hans?
Él se detuvo, por fin, pero no respondió. Ni siquiera alzó el rostro. ¿Qué si la amaba? Vaya pregunta más estúpida, si ni siquiera estaba seguro de saber lo que era el amor. Pero pensó en Lavinia y sus hermosos ojos azules. En su risa delicada y apenas sonora. En sus suaves manos blancas y su voz aterciopelada. Recordó su mirada retadora y la forma en que enterraba las uñas en su espalda durante sus encuentros apasionados para después, con timidez, acurrucarse junto a su cuerpo, reposando su cabeza de dorada melena en su pecho.
-¿Hans?-repitió su madre.
Finalmente negó con lentitud y aún sin levantar la cabeza.
-¿Y el niño de verdad te importa, o lo que te enfurece tanto es que se lo haya llevado esa mujer?
El príncipe suspiró antes de mirarla.
-¿Yo te importo?
-Ya te lo dije.
-Bueno, pues ahí mismo puedes encontrar tu respuesta.
La mujer resopló, molesta.
-Él no pertenecía aquí. No era bienvenido y sólo piénsalo: hubiera sido cruel exponerlo a todo esto, hacerlo convivir con sus primos y los privilegios de los que ellos gozan y a los que él jamás tendría derecho de aspirar por ser un bastardo.-Él no respondió, y por un momento pensó que, a pesar de que sus ojos miraban en su dirección, realmente no la estaban viendo. Comenzó a dar vueltas ella también por la habitación-Hicimos lo correcto hijo. Y si te sirve de consuelo, ese niño logró hacer algo bueno por su reino.
-¿Perdón?-pregunto Hans desconcertado.
-La reina Elsa pidió llevarse al niño a cambio de permitirle a tu hermano usar su territorio marítimo. Ella se había negado en un principio, pero mira, todo ha terminado siendo un ganar-ganar ¿no te parece? Él tiene un nuevo y buen hogar, y nosotros una posición favorable para ganar esta guerra. Y tu deber Hans-continuó con autoridad-es colaborar para que…
El golpe de la puerta al cerrarse la interrumpió y al girarse, se encontró completamente sola en la biblioteca.
Tuvo que contenerse para no correr hasta el estudio de Klaus, pero era evidente que llevaba prisa. Ni siquiera se detuvo a tocar antes de entrar, simplemente abrió la puerta y se plantó frente a él, sentado del otro lado del escritorio fumando una pipa.
-Pe-pero Hans, ¿Qué no ves que estoy ocupado?-preguntó su hermano visiblemente irritado pero tratando de guardar la compostura.-El ministro y yo conversábamos un tema de suma…
-Perdone majestad, pero debido al altercado esta mañana creí que era de gran importancia proporcionarle esta información.
-Pero que falta de modales-dijo por lo bajo el hombrecillo sentado al lado de Klaus.
No era un buen momento para provocar al príncipe, quien furibundo lo miró antes de decirle:
-Ya lo creo. Ni siquiera se ha dignado a ponerse en pie cuando un miembro de la familia real ha entrado en la habitación. Pero descuide, estoy dispuesto a pasar por alto su falta de respeto.
-¡Pe-pe-pe-pero…!-balbuceaba el hombre, sin que su queja fuera atendida.
-¿Qué quieres Hans?
-Me complace anunciarte hermano que el Grethe está listo para zarpar el lunes a primera hora de la mañana.
Klaus se quedó con la boca abierta, la pipa a escasos centímetros de sus labios.
-Pero creí que habías dicho que…
-Ahora mismo pasaré la lista de las provisiones, armas, equipo y tripulantes que requeriré para el viaje, y espero recibir una respuesta a más tardar mañana antes de que caiga el sol.
-Vaya vaya, pues… gracias Hans. Muy bien hecho-respondió Klaus aún sorprendido. Esto en verdad me alegra. Y emociona. ¡Mucho a decir verdad!
-Te aseguro que no tanto como a mi hermano. No tienes idea de lo ansioso que estoy por comenzar este viaje.
Dese que pasen unas muy felices fiestas, llenas de salud, familia, amor, dinero, Helsa, y les mando un enorme abrazo virtual. Nos leemos después ^_-
