Disclaimer: Ninguno de los títulos o personajes aquí mencionados me pertenecen. Son propiedad intelectual y creativa de sus respectivos autores. No gano ni un mendigo galeón por esto.

Películas: El origen de los Guardianes (Rise of the Guardians). Cómo Entrenar a tu Dragón (How to Train Your Dragon). Valiente (Brave). Enredados (Tangled). Los Croods (The Croods). Hotel Transilvania. ParaNorman. El Reino Secreto (Epic).

¡Hello, guys! Pues les traigo el nuevo capítulo, éste especialmente me ha absorbido por completo. Por Odín, estos súper capítulos son agotadores de escribir, pero a la vez son satisfactorios. Éste alcanzó casi las 40,000 palabras. Gracias a quienes comentaron sus gustos musicales, revisé las canciones y me parecieron interesantes.

También admito que escribí esto oyendo canciones de Juan Gabriel porque yolo. No tiene nada que ver, sólo quería que lo supieran. Ah, sí, también la nueva canción de Steven Universe, "Heres come a thougth", que cantan Garnet y Stevonnie.

Y me pasaron en PDF, el guion de la obra de Harry Potter. Que levante la varita quien la quiera xD.


Capítulo Nueve

Después de la tormenta, no viene la calma


"Los corazones pueden romperse. Sí, los corazones pueden romperse. A veces pienso que sería mejor que muriéramos cuando sucede, pero no lo hacemos".

—Sthephen King.


Fue una sorpresa grata para Eep enterarse que su padre había cambiado de parecer gracias a la intervención de Blaise. No solamente un cambio así, sino que también había aceptado un empleo trabajando para un mago. Eep no sabía qué era más increíble, si el hecho de que su padre la había aceptado como bruja o que no había matado a Blaise por ser tan perturbador.

Eep estaba feliz sin lugar a dudas. Sobre todo al ver la nueva casa que Blaise les había regalado. Era grande, más grande comparándola con su pequeña choza en Stanhope, con habitaciones suficientes para que Eep no tuviera que compartir con sus hermanos. Tenía una cocina completa y una sala para recibir a las visitas. ¡Y tenía un enorme jardín! Un jardín que su madre había llenado de flores y plantas que trajo de su huerta. Grug admitió que haber juzgado mal a la comunidad mágica, incluso admitió que le agradaba trabajar con Blaise.

—A tu mamá casi le da un paro cardíaco —dijo Grug mirando a Ugga, en cuanto llegaron a casa y se acomodaron en los cómodos sillones—. Pensó que me habían hecho un abracadabra para que todo esto pasara.

—Como arrojaste al señor Slughorn aquel día, temí que hubiera sucedido algo malo —dijo, un poco avergonzada—.La verdad sólo pude calmarme hasta que Blaise me lo contó todo. Jamás conocí a alguien como él que hablara hasta por los codos de tantas cosas.

—A mí me pareció un muchacho encantador —apuntó Gran sonriendo pícaramente. Le faltaban varios dientes—. De no ser porque está casado, ya le habría pedido que me contratara como su ayudante también.

—¡Mamá! —apremió Ugga. Eep rió mirando a su madre con cariño. No podía imaginar a alguien con más fuerza de voluntad y adaptabilidad que Ugga Croods.

Eep escuchaba con atención las historias de su padre sobre los primeros meses trabajando con Blaise. Grug había necesitado capacitación sobre magizoología y herbología, y el mago le había pagado por adelantado diciéndole que el dinero nunca sería un problema. Habían estado trabajando en algunas misiones peligrosas, algunos encargos del Ministerio de Magia, y Blaise se había tomado un descanso cuando sucedió lo de Gothel.

En este punto Grug se detuvo y miró a su hija.

—No sé lo que está pasando con exactitud —dijo, sinceramente—. Blaise no me ha dicho nada que comprometa a nadie. Las autoridades están siendo muy cuidadosas al respecto para no levantar el pánico.

Eep apretó los labios. De repente, se sintió dividida, podía contarles lo que sabía o mantener el secreto. No estaba segura si Grug la dejaría regresar a Hogwarts si supiera lo que había pasado. Si antes había tenido sus razones, ahora sí estaría justificado. ¿Qué tal si por decirle su padre decidía que era mejor no tener que nada que ver con la magia? Grug sería capaz de renunciar a su nuevo trabajo con tal de mantenerlos a salvo. Eep no quería perder lo que tenían. Era como si le dijesen que ganó un certamen de belleza y después el presentador se excusara y aclarara que no eres la ganadora, que cometió un error al leer la tarjeta.

—No te preocupes, Eep —dijo Grug como leyéndole el pensamiento—, puedes decírnoslo todo. No te prohibiré que regreses a Hogwarts. Entiendo que es mejor que estés preparada para lo que el mundo te ofrezca, sea bueno o malo, y si eso implica que tengas que pasar mucho tiempo en ese colegio, que así sea.

Más conmovida de lo que pudiera expresar en su rostro, Eep sintió gratitud. Ciertamente aun no confiaba en él lo suficiente como para contarle todo, y que tuviera que guardar secretos a su padre ahora que empezaba a aceptarla como bruja, le daba un mal sabor de boca, pero tenía que hacerlo.

Sin embargo, había cosas que sí podía compartir. Grug no había sabido que Eep estuvo involucrada en el incidente del Bosque Prohibido. Eep fue cuidadosa al soltar detalles en cuanto notó el miedo en los ojos de sus padres. Entendía que, a pesar de haber aceptado que existía la magia, había cosas que aún no serían capaces de soportar.

Eep nunca se había sentido tan distante y tan cercana a ellos como en ese momento.

Cuando el relato finalizó, esperó la decisión de sus padres. Esas vacaciones serían más como un tiempo de intensa reflexión y meditación que de diversión, al parecer.

—Tengo miedo de que cierren Hogwarts y de no volver a ver a mis amigos —confesó Eep ocultando su mirada entre el espeso fleco de cabello.

Una mano grande se colocó en la coronilla de su cabeza. Grug trataba de darle consuelo; no era su fuerte, pero por su hija lo intentaría.

—No cerrarán Hogwarts, Eep —aseguró—, y si tus amigos quieren venir a visitarte, yo no diré nada. Ese mundo es al que perteneces y nadie puede decirte lo contrario.

Escuchar a su padre decirle que regresaría a Hogwarts, el lugar en el que se encontró a sí misma, fue demasiado. Eep no solía llorar. Pocas cosas podían llegarle al corazón, y ésta era una de ellas. Sollozó y se arrojó a abrazar a Grug desahogando todo lo que había estado sintiendo.

Ugga miró la escena con esperanza, aunque también sintiendo un poco de temor. Pero se calmó diciéndose a sí misma que prefería mil veces aquello que haber prohibido a Eep regresar a Hogwarts, ya que esto había orillado a una reconciliación entre padre e hija. Algo que no se hubiera logrado sin la intervención de la magia.


La ventaja de ser una hija obediente y amable, era que sus padres confiaban en que no haría nada malo. Frederic y Ariana Soleil cometieron ese error, esperar que su hija castigada acepte las condiciones del castigo a voluntad. Enviaron a Rapunzel a su habitación luego de una fuerte discusión que tuvieron al llegar a casa.

Rapunzel no se inmutó, incluso se burló del castigo. Y pensó que sus padres nunca dejarían de verla como una niña desvalida y débil. No podían entender que siempre había estado en un limbo, entre el deber y el ser. Siempre en competencia silenciosa con los demás, para cumplir las expectativas sociales que tenía que llenar. Rapunzel temía que cualquier fallo que cometiera, repercutiera en la escasa libertad que sus padres le habían dado. Temía que todo se viniera abajo.

Pero el encuentro con Gothel no sólo había traído de vuelta este temor, sino había despertado en ella el deseo por suprimirlo a como diera lugar. Y la única manera en la que pudo pensar escapar de la agobiante sensación, era rebelarse. Ir contra todo lo que había construido su identidad.

Por eso fue fácil para ella salir de su cuarto, dirigirse a la chimenea en su casa y tomar polvos flu. No le llevó ni cinco minutos desaparecer en las llamas verdes para trasladarse al Caldero Chorreante, donde pasó desapercibida gracias a los montones de magos y brujas que se aglomeraban discutiendo sobre la sospechosa falta de noticias en Hogwarts. Rapunzel salió afuera a las transitadas calles del Londres nocturno. Se sentía eufórica, respirando el aire frío y notando como la gente la miraba.

No les dio importancia. Caminó rumbo a una parada de autobuses, recordando las instrucciones que Johnny le había dado para que pudiera visitarle si quería, incluso le había dado algo de dinero muggle para evitar que sus padres tuvieran que pagar (lo que no disminuiría en nada la riqueza de los Soleil). Johnny le había dicho que si llegaba a perderse, podía recurrir a las estaciones de policías para pedir información o tomar un taxi aunque le cobraría más.

Pero Rapunzel estaba demasiado entusiasmada con la idea del autobús, como para considerar su propia seguridad. El conductor se le quedó mirando feo, pero lo ignoró (sólo le había pedido que le informara sobre el recorrido). No importaba si nadie la conocía, ni tampoco si llamaba la atención, incluso un niño de tres años, sentado unos asientos más adelante, le sacó la lengua.

El viaje duró más de lo que esperaba. Rapunzel sonrió. Seguramente a sus padres les extrañaría que estuviera tan silenciosa… eso sí a ellos les daba por pensar que eso sería sospechoso. Pascal había intentado disuadirla, pero al sentir las fluctuaciones nada normales en la magia de Rapunzel, prefirió no intervenir. Se encargaría de cuidarla en la medida posible, pero sabía que si ella había tomado esta decisión, era porque lo necesitaba de algún modo.

Tal como lo había descrito Johnny, Bristol era una ciudad que promovía la cultura moderna y los sonidos de las nuevas generaciones con su música diversa, moda alternativa y galerías de arte abstracto. Hace miles de años había sido una ciudad portuaria importante para el comercio con el sur de Inglaterra (incluso en la actualidad, podía notarse eso); dicho comercio marítimo pasó por una época de decadencia cuando se paralizaron las relaciones con Francia y la esclavitud fue abolida. Johnny les había contado que lo único negativo era su clima. En Bristol llovía frecuentemente, sobre todo en septiembre, y en invierno hacía mucho frío. Sin embargo, había muchos sitios en los cuales divertirse. Como el monumento The Clifton Suspension Brigde, un puente que surgía encima del río Avon desde donde se pueden ver los barrios de la ciudad. Cerca del puente hay un paisaje espectacular de la mansión de Ashton Court que fue construido en el siglo XV. Actualmente, eran los jardines los que atraían a los jóvenes que practicaban el golf. En verano tiene lugar The Ballon Festival y también The Ashton Court Music Festival. Había muchos cines, aunque Rapunzel nunca había pensado siquiera que eso existía. En Bristol podías encontrar fantásticas tiendas, ya fueran grandes o pequeñas, todas muy elegantes, donde encontrarías ropa y artesanías. El favorito de Johnny era el mercado de St. Nicholas Market, donde podía comprar deliciosa comida fresca.

Johnny les había dicho que, si iban a visitarlo, le pediría a su padre que los llevara a los pequeños restaurantes de Clifton Village y White Ladies, donde hacían comida mediterránea que seguro les encantaría. También había bares y centros nocturnos, pero Johnny no les llevaría allí hasta que cumplieran la mayoría de edad.

A Rapunzel le encantó todo. Se ajustó la gabardina lila y procedió a buscar la casa de Johnny. Le maravilló la vista de las casas, como a pesar del clima, los transeúntes tenían tiempo de charlar afuera con sus amigos. No le tomó demasiado tiempo encontrar Waterloo Road, ni de hallar la casa de Johnny. Estaba justo donde dijo estaría, sobre una pizzería. Anteriormente vivía en Old Breat St., pero su padre había decidido mudarse luego del divorcio con su esposa.

Rapunzel entró a la pizzería, llamando la atención del dependiente que se sorprendió de ver a una niña tan pequeña con el cabello tan largo a esas horas. Rapunzel fingió una sonrisa cortés y le explicó que era amiga de Johnny Stein, qué donde podía localizarlo. El hombre frunció el ceño, pero accedió a llamar a Johnny. Rapunzel se sentó en una de las mesas, sin decirle gracias.

Esperó por un par de minutos que le valieron una frustración insoportable. Estaba consciente que llegaría el momento en sus padres irían por ella, así que deseaba que Johnny viniera cuanto antes. Quería estar, hablar y reír con él.

Johnny apareció por la puerta trasera del negocio. Se notó que no había esperado su inesperada visita porque tenía el cabello más desordenado que nunca y porque tenía el pantalón del pijama. Johnny miró primero al dueño de la pizzería, que le señaló a Rapunzel con un refunfuño.

—¡Johnny! —saltó Rapunzel a abrazarlo sin vergüenza.

Johnny apenas pudo sostenerla entre sus brazos.

—¿Qué está...? ¿Qué haces aquí? ¿Dónde están tus papás? P-Pensé que tus padres no te dejarían salir estas vacaciones…

—Mis padres cambiaron de opinión—mintió sin dejar de abrazarlo—. Me dieron permiso de venir y acaban de irse.

—¿En serio? ¿Y te dejaron sola?

Rapunzel asintió. Johnny la miró con desconfianza. Sabía que los padres de la niña no la dejarían quedarse en un lugar hasta asegurarse que un adulto responsable la recibiera. No obstante, no podía negarle la entrada. Después de todo, ella estaba aquí y la opción más madura era dejarla quedarse.

—Bien, sígueme, es por acá —indicó, dándole una señal al dueño de que todo marchaba bien. Llevó a Rapunzel por la misma puerta, descubriendo el pequeño patio que había allí y la escalera que daba a un primer piso—. Lamento si está un poco desordenado.

La casa no estaba hecha un desastre salvo algunas prendas tiradas en el suelo y las dos rebanadas de pizza sobre la mesa. Era pequeña en realidad. La sala sólo tenía dos sofás individuales, y el pequeño corredor llevaba a las habitaciones y al baño; y cuando necesitaban cocinar, le explicó Johnny, usaban la cocina de la pizzería. La televisión estaba prendida, trasmitiendo un programa de música electrónica, y en las paredes estaban pegados carteles con bandas de músicas y jugadores de quidditch. También había una pequeña fotografía, muggle, donde pudo distinguir a Johnny y a su padre en compañía de otros niños y una mujer. La familia de Johnny.

La rota familia de su amigo.

Por mucho que pretendiera que no pasaba nada, Rapunzel sabía que en el fondo Johnny no quería estar alejado de su mamá ni de sus hermanos. De acuerdo con Johnny, no solía juntarse con los chicos de su edad en Bristol, ya que lo consideraban raro y demasiado problemático, así que la mayor parte del tiempo jugaba solo o vagaba por las calles buscando en qué entretenerse. Era doloroso imaginarse semejante aislamiento.

—Me gusta tu casa —dijo Rapunzel sentándose cómodamente en uno de los sofás color arena—. Es muy acogedora.

—Gracias —sonrió tímidamente pues nunca antes nadie le había dicho algo así. Nunca nadie lo había visitado—. ¿Quieres algo de beber? Tengo soda y jugo de arándanos en la alacena. Pero si prefieres algo cálido, puedo pedirle a Chef que nos preparé chocolate.

—¿Chef?

—El dueño de la pizzería. Que no te engañe su apariencia. Es un buen tipo.

—El jugo suena bien, si no es mucha molestia.

Johnny se acercó a la alacena cerca del televisor, donde sacó una botella de color rojo que le entregó a Rapunzel.

—Aquí tienes, Punz.

—Gracias, Johnny, no suelo probar jugos de estos sabores. Mis padres cuidan demasiado lo que bebo y como.

—Bueno, es que se preocupan por tu salud.

—No todo es lo que parece. Mis padres se preocupan por mí, siempre y cuando yo cumpla con sus estándares. Tengo un papel que cumplir socialmente, Johnny, es por eso que me necesitan. Por eso tengo que portarme… bien. Nadie tomaría a bien que la única hija de los Soleil se comportará... como todo menos una dama.

—Admito que desconozco muchos de los protocolos que se manejan en la alta sociedad —dijo Johnny—, por mucho que intentaste explicármelos. Pero no pienso que tus padres te usen de esa manera. No habrían dejado que fueras amiga de Eep o mía, quizás de Wee sí por asuntos de negocios.

—Eso es de lo que te estoy hablando, Johnny, a ellos sólo les importan las apariencias, no todo el embrollo interno.

—Tiene que importarles. Sus negocios son fundamentales, Punz, y no es que esto signifique que te dejen de lado, porque no están haciendo eso. Eres muy importante para ellos.

—No es así —rebatió enseguida, tratando de no perder los estribos.

Johnny estaba demasiado centrado en sus palabras como para notar que estaba dando justo en puntos muy personales.

—Si tus papás hubieran sido estrictos en cuanto a tu educación, ni siquiera hubieran ayudado a los padres de Eep el día que se conocieron en King's Cross, ¿no lo crees?

—Hubieran ayudado a Eep por aparentar.

—No lo sabes.

—Tú tampoco, Johnny —respiró con brusquedad—. Estoy intentado abrirme para que conozcas mi otra faceta...

—Es que no hay otras facetas —acotó Jonathan—. Hay un todo que no se puede mostrar de golpe y ése es el punto, ¿quién quieres ser? ¿La Rapunzel Soleil que todos conocen y aceptan como única e irremplazable? ¿La Rapunzel que quiere llevar la contraria a todos aquellos que la tomen por inocente e indefensa? O bien, puedes elegir qué es lo que quieres, dejando de lado las expectativas de los demás y tu propio miedo. Sé que aún no puedes superar lo que pasó con Gothel, pero ésta no es la respuesta.

El cristal de las ventanas se agitó y una brisa peligrosa instó a Jonathan a guardar silencio. La magia de Rapunzel se sentía fuerte y peligrosa. Pascal se encogió, metiéndose dentro de la ropa de la chica.

—Vine aquí porque quería pasarla bien, porque creí que me entenderías, que no me juzgarías.

—No te estoy juzgando—espetó con firmeza—, sino preguntándote, porque eso sí me interesa, quién es la persona que quieres ser. No tengo problema en aceptar lo que me ofrezcas, Rapunzel, pero hay una pequeña diferencia entre sacudirte un poco la fachada de la hija buena, y actuar como una tonta.

—¡No soy tonta!

—Lo eres —replicó— porque si lo que querías era que tus padres o Blaise o quienes te conocieran dejaran de tratarte como niña, hay otras maneras. No se trata de venir a mi casa para dar la impresión de que tú controlas tu vida y nadie te ordena. Eso no es de niñas malas, sino de niñas imbéciles.

—Ya te dije que vine porque quería verte.

—No es así y lo sabes. Lo usaste como excusa para mostrarte a ti misma quién sabe qué cosa. ¿Puedes decirme qué quieres? Porque no te sigo para nada. Esto sólo indica una desesperada muestra de recuperar el control que Gothel te quitó. En otras circunstancias me alegraría de tu visita, en éstas... estás usándome para vengarte de tus padres, y eso no voy a permitírtelo.

—Dijiste que me apoyarías, que serías mi amigo —reprochó con voz ahogada.

—Y soy la clase de amigo que te apoyaría en cualquier cosa. La clase de amigo que ahora te dice que para arreglar tus problemas, a veces necesitas hablar con los que te causan conflicto aunque quieras hechizarlos hasta que te duela la mano. Tus papás siempre han estado dispuestos a escucharte, ¿no es así?

—¡NO, NO LO ES! —exclamó sin contenerse, haciendo explotar el jugo.

Johnny no hizo ningún gesto ni cuando la magia de su amiga amenazó con dejarlo sin ventanas y sin muebles cuando estos empezaron a elevarse. Si ella continuaba iba a meterlo en un serio problema. Se levantó para intervenir justo cuando escuchó que tocaban la puerta. Aquello fue raro. Chef siempre le avisaba si venían a verlo. Supuso que lo mejor era abrir y advertir a quien quiera que estuviera afuera, que era peligroso. Grande fue su sorpresa cuando se topó con los Soleil y con Blaise Zabini.

—Buenas noches, joven Jonathan —pronunció Ariana con solemnidad. Frederic era punto y aparte. Tenía una expresión severa que puso de punta a los nervios de Johnny—. ¿Nos permites pasar?

—A-Adelante —dijo.

En cuanto Rapunzel los vio, no hubo cambio en su objetivo. Estaba haciendo una rabieta por primera vez en su vida.

—¡Rapunzel! —dijo Frederic con voz apremiante, sacando su varita y poniendo fin a esa locura antes de que se desatara por completo—. ¿Qué es lo que te sucedió? Salir así sin decir nada... de no ser porque Blaise llegó a insinuar que pudiste escapar…

—Ah, fue de soplón —la niña miró con reproche a Blaise.

—No descargues tu enojo con Blaise —regañó su madre, alarmada. No le gustaban los escándalos como ése, y Rapunzel lo sabía.

Blaise se mantenía recargado en el marco de la puerta.

—Basta de este comportamiento, jovencita —retomó la palabra Frederic—. No puedes escaparte sin pensar en lo preocupados que estuvimos al no encontrarte. Ni una nota, nada... no sé qué es lo que pasa, pero esto es inaceptable. Irás a casa a cumplir con tu castigo más lo que agregaremos por lo que acabas de hacer. Después hablaremos cuando te hayas calmado. Esto tiene que arreglarse pronto de algún modo.

—Esto no se puede arreglar pronto. De hecho, no quiero que se arregle porque no estoy descompuesta.

—Eso no es algo que te competa decidir, Rapunzel —aportó Ariana. Luego miró a Johnny que no sabía dónde meterse en todo eso—. Seguramente esto es incómodo para ti, joven Jonathan, nos iremos de inmediato. Te doy mis más sinceras disculpas por este penoso incidente.

—No se preocupe, señora Soleil —mintió porque sentía como que no debía estar allí aunque ésa fuera su casa y ésa su sala.

—No me iré de aquí —acotó Rapunzel, decidida, y para desgracia de Johnny, lo miró buscando su apoyo.

—Ésa no es tu decisión, Rapunzel —dijo su madre con severidad. En pocas ocasiones su voz dejaba ver su disgusto de esa manera—, y no quiero oír más. Nos has dado un susto de muerte a mí, a tu padre y a Blaise.

—Eso no me importa...

—Pero a nosotros sí —interrumpió Blaise por primera vez, ganando la ofuscada mirada de la niña. Abandonó su lugar en la puerta y se adelantó hasta quedar frente a ella—. Entiendo bien por qué estás haciendo esto. Conocí a una niña que pasó por una situación similar hace muchos años. Casi podría predecir lo que va a pasar… pero no lo haré. No estoy aquí para darte un sermón, ni siquiera para regañarte, Rapunzel. Haz dejado clara tu postura, y yo he sido claro en la mía. Así que sólo me queda preguntarte algo. ¿Quieres que siga siendo tu padrino? Si me presencia ha sido para ti más una carga que una ayuda, significa que en tu proceso yo sólo estoy estorbando.

—Blaise, tú... —dijo Frederic, conmocionado.

Blaise no le prestó atención, estudiaba las reacciones de Rapunzel. Daphne había pasado por una crisis similar cuando acabó la guerra, cuando ella odió a todos sus amigos y a sí misma. Fueron años difíciles, pero Blaise había aprendido que lo mejor era darle su espacio a la persona para que descubriera qué quería hacer.

—Es tu decisión, Rapunzel, y la respetaré —porque de esta forma Rapunzel se daría cuenta por primera vez en su vida, que ella misma había permitido que la encapsularan en una burbuja donde nadie podía tocarla y ella no podía tocar a nadie. Blaise había dejado que los Soleil la aislaran, que no dejaran que lo enfrentara y al final había sido peligroso.

Además, ya sabía cuál sería la respuesta de Rapunzel.

—No quiero volver a verte nunca más.

Blaise casi sonrió. Las mismas palabras que había usado Daphne en esos tiempos inciertos. Ah, ese momento había sido doloroso, pero después de tantos años, era nostálgico.

—Basta de esto —intervino Frederic, tomando del antebrazo a Rapunzel y mirando a Blaise como si no lo conociera—. No sé qué planeas, Zabini, pero no puedes estar jugando a si eres o no el padrino de mi hija.

—No lo soy porque fue decisión de ella —dijo simplemente. Johnny se preguntó si él luciría tan en control de sí mismo si alguien amado lo estuviera mandando lejos de su vida... bueno, su madre y sus hermanos ya lo habían hecho.

Ariana carraspeó von incomodidad.

—Eres un adulto, Blaise, no puedes pedirle a una niña...

—Claro que puedo—replicó—. Rapunzel es una niña, no lo niego, pero es más madura de lo que parece. Es hora de que lo vayan aceptando.

—Esto es absurdo.

—Si te parece absurdo el hecho de que tu hija empiece a hacerse responsable de su vida, es cosa tuya.

—No voy a escucharte más —pronunció Frederic, enojado—. Me has decepcionado. Pensé que te importaba el bienestar de Rapunzel, pero me doy cuenta que sólo eres un demente sin buenas intenciones. Es un alivio saber que no serás el padrino de Rapunzel porque no le hubiera traído nada bueno seguir el camino de alguien como tú.

—¿Alguien como yo? —sonrió—. Curioso, lo mismo me dijo Draco sobre ti, pero bueno. Sobre advertencia no hay engaño.

Frederic lo tomó como una última ofensa y en un parpadeó desapareció junto a su esposa y su hija. Cuando se fueron, el ambiente se aligeró un poco.

—¿Está de acuerdo con esto? —preguntó Johnny, inquieto—. Acaba de perder a su ahijada y a sus amigos.

—¿Perder? Yo no lo veo así, Jonathan. Los Soleil han vivido experiencias amargas y han preferido ignorar los síntomas de su malestar para no hacer un escándalo. Rapunzel sólo está tratando de salir de ese estado. Quiero superarse, sólo que por ahora no sabe cómo. No será fácil, y no lo digo solamente porque tenga ese poder. La situación es tensa. Kingsley ha dado breves comunicados, al igual que McGonagall. Pese a lo calculado, todo se salió de control. Están haciendo lo posible por reunir información para dar la noticia final, la que definirá el curso a seguir. Rapunzel estará en el ojo público en cuanto se sepa sobre su habilidad, y si no enfrenta sus fantasmas, será peor. Siempre es peor. Alejarme de Rapunzel los deja sin quien apoyarse, como sabes, los Soleil no tienen muchos amigos cercanos, así que tendrán que trabajar duro si quieren llegar a algo.

Johnny guardó silencio. Empezaba a sentirse impotente. No había hecho nada para ayudar. Blaise colocó su mano en su hombro.

—Lo hiciste bien, Jonathan —apremió con tono amable—, no era tu carga y aun así hiciste lo que pudiste.

—Pero no hice nada, sólo le dije que había otras formas de mostrar su independencia.

—La honestidad es amarga, pero es la mejor medicina de todas —dijo Blaise—. No tienes que cargar con un peso que no te corresponde, podrías pecar de vanidad. Podrás ayudarla a su tiempo. Por lo mientras, me quedaré hasta que tu padre regresé. Repararé lo que Rapunzel haya roto. No temas a lo que pueda pasar. El Ministerio de Magia es todo un caos. Nadie notará este incidente… espero.

Aun si su tono era calmado, Johnny se percató del ligero temblor que trataba de ocultar, pero no dijo nada. Sabiendo que de momento ya nada más se podía hacer, se quedó mirando como Blaise reparaba todo lo que se había roto.


Norman no pudo comprender lo que ocurrió cuando él y su familia volvieron a la casa Babcock. Por supuesto, habían llegado tan pronto como Sandra les había desaparecido de la estación, por lo que no hubo oportunidad de que Perry les interrogara desde que bajaron del tren. Norman había esperado las preguntas de su padre, eran inevitables considerando el mutismo con el que el Ministerio de Magia y McGonagall estaban tratando todo el asunto.

La directora le había asegurado que nadie sabía sobre la participación de él y su prima, salvo lo más involucrados. Nadie diría nada hasta que estuviesen preparados, así se tardaran más de un mes en dar la noticia.

Obviamente, eso había enfurecido a más de una familia. Norman tenía la certeza que sería imposible para sus compañeros mantener todo en secreto. Por eso que Perry les exigiera respuestas no fue inusual, lo inusual fue ver lo colérico que se pudo en cuanto le narraron los eventos (al menos lo que ellos habían presenciado). Las venas en el cuello de su padre saltaron. Los ojos se le ensancharon como si no pudiera retener su ira. Norman creyó que sería quien recibiría el castigo, grande fue su sorpresa cuando no se desquitó con él.

Courtney fue quien recibió las duras palabras de su padre, exigiéndole una explicación del por qué se había dejado controlar. A Perry no le habría hecho gracia que lo llamara haciéndole saber que su hija pudiera lastimar o asesinar a alguien.

—No podemos llamar la atención negativamente hacia el apellido —gritó Perry—. No estamos en una posición en la que puedas permitirte estos deslices.

—¿Deslices? —dijo Courtney, atónita—. ¿Cómo puedes llamarle desliz a lo que esa bruja nos hizo, lo que me obligó a hacer?

—Silencio, no toleraré ningún desplante de tu parte.

Discretamente, Sandra le pidió a Norman y a Agatha que salieran y fueran a sus habitaciones. Ninguno se opuso. Salieron en silencio. Aunque, un poco intrigado por lo que estaba sucediendo, Norman se quedó. Recargando su oreja en la madera de la puerta, atento a cualquier sonido. Pudo escuchar los gritos de su padre, las suplicas de su madre, pero no oyó la voz de su hermana.

—¿Cómo dejaste que te controlaran así? ¡Te hemos dado la mejor educación que no cualquiera tendría! ¡Por lo menos debiste hacer algo que dejara en alto nuestro apellido!

Courtney apretó los puños hasta que le dolieron. No había orgullo en atacar a tus amigos estando bajo el control de una bruja oscura. Había sido un tormento, una tragedia, algo de lo que nadie había querido decir nada. Gothel no les había quitado la consciencia, y Courtney recordaba haber levantado su varita contra quienes amaba y respetaba. Sintió tanto odio hacia sí misma por ser incapaz de resistirse, por no haber podido luchar…

—Ya tengo suficiente con Norman y Agatha como para tolerar esto —Perry se masajeó las sienes.

—Basta, no ha sido culpa de Courtney —intervino Sandra.

—¡Es lo único que haces con tus hijos, echarlos a perder! Tienen que entender que esto es serio. ¿Cómo esperan encajar comportándose de esa manera?

—Eso no te consta. Deja tus delirios, Perry, te estás comportando como un niño.

—Alguien tiene que estar consciente de lo que pudieron perder por no tener voluntad —contradijo Perry—. Posiblemente no lo entiendas. Los Prenderghast ya lo perdieron todo como para temer a perder más.

La mirada de Sandra se endureció. Norman se apretó más contra la puerta, el silencio le pareció tenso.

—Claro que no lo entiendo —aseguró con un tono tan calmado como una tormenta—. Mi familia nunca ha deshonrado a la magia.

Norman no comprendió lo que dijo su madre, pero por el jadeo ahogado de su padre supuso él sí. Norman conocía muy poco del pasado de su padre salvo algunas de las aventuras que supuestamente había tenido.

Courtney miró a sus padres, que se observaban mutuamente. No le interesaba indagar sobre lo que discutían y sólo quería ir a su alcoba a descansar. Pensó que el sermón había acabado y cuando quiso darse la vuelta, su padre lo tomó como insubordinación. Perry la agarró bruscamente del antebrazo y la detuvo.

—¿A dónde crees que vas? ¡Esto no ha terminado! ¿Crees que no estoy enterado de lo que haces en la escuela? —inquirió, claramente refiriéndose a Ruffnut y a Mavis.

Courtney sintió como la ligera irritación se convertía en un estado de enojo puro.

—Mis amigas no tuvieron nada que ver en lo que sucedió—intentó zafarse, pero Perry aplicó más fuerza—. ¡Suéltame! No tienes derecho a tratarme así.

—Mientras vivas en mi casa, vivirás bajo mis reglas. Esperaba que lo comprendieras teniendo en cuenta que eres la mayor y la más normal. Que eligieras Hogwarts no fue lo correcto, así que te cambiaremos de escuela. Estoy seguro que en Beauxbatons te aceptarán con las buenas calificaciones que tienes.

—No iré a Beauxbatons —espetó contundente—. Me quedaré en Hogwarts.

—Ese colegio ha bajado su calidad desde que Albus Dumbledore murió. Definitivamente, una mujer como McGonagall no podrá hacerse cargo de un trabajo tan complicado.

—Te aseguro que Minerva McGonagall es más que capaz de solucionar lo que está pasando, Perry —aseveró Sandra, interviniendo—, ¡y ya suelta a Courtney!

Pero Perry no era del tipo que aceptara las opiniones de los demás, ni siquiera porque fuera su familia. No soltó a Courtney ni siquiera cuando empezó a discutir con Sandra. Courtney no quería saber nada sobre los planes de su padre, ni tampoco que la tomara como su salvavidas porque Norman y Agatha eran demasiado raros para hacer algo de provecho.

No quería estar allí, sino devuelta en su habitación en Hogwarts, al lado de Mavis y Ruffnut.

Ellas le habían aceptado. Ellas le apreciaban, e incluso sacaban lo mejor de ella. Courtney sabía que podía ser un tanto insoportable, pero Mavis y Ruffnut siempre la habían apoyado; le habían enseñado la importancia de abrirse a los demás… era una lástima que Courtney no estuviera dispuesta a hacerlo con su propia familia.

—¡Pon atención, Courtney!

—¡Perry, no!

Tan pensativa estaba que no se percató del llamado de su padre. Él había reaccionado empujándola. Fue tan repentino, tan inesperado, que Courtney cayó sin poder cubrirse del impacto. Oyó los gritos histéricos de Sandra, reclamándole a Perry, pero sólo eso.

Le tomó más de unos segundos en darse cuenta de lo que había sucedido. No le gustaba estar en el sucio piso. No le gustaba que la trataran así. Courtney no entendía nada. ¿Qué lo había llevado a ese punto?

Se levantó ignorando los gritos de sus padres. Corrió hacia la puerta lo más rápido que pudo, la abrió y ni se fijó en Norman, que se encogía inútilmente para no ser visto, para continuar corriendo hasta llegar al último cuarto del pasillo del primer piso. Abrió la puerta y entró, arrastró su tocador para atrancarla y luego se tiró a la cama. No lloró. Permaneció en silencio, pero su magia bullía en su interior como una olla a presión. En Hogwarts, Ruffnut y Mavis ayudarían sentándose junto a ella, aliviando con su presencia cualquier enojo que sintiera.

Las extrañaba. Más de lo que pudiera admitir en persona. Más de lo que creyó en su vida.

Su magia amenazaba con estallar. Tenía que calmarse. Pero era difícil cuando lo que quería era, precisamente eso, estallar. Un toque suave en su puerta la sacó de su miseria. Rolando los ojos, pensó que se trataba de su madre, como siempre, buscando darle excusas para el comportamiento de Perry. Por primera vez, Courtney no tenía paciencia para escucharla.

—No quiero hablar contigo, mamá. Déjame sola.

—No soy ella.

La voz de Norman logró que se recargara en sus codos y alzara el torso. Courtney miraba con incredulidad la puerta atrancada.

—Si mamá te envió, es mejor que...

—Nadie me envió —la interrumpió—. Yo... eh, bueno, espero que no te enojes... que te enojes más, pero...

—Estuviste espiando, ¿verdad? —soltó con rencor—. Perfecto, lo único que me faltaba es que el fenómeno de mi hermano quiera consolarme. Fuera de aquí, enano, no necesito nada de ti. Ni ahora ni nunca, ¿entendiste?

Courtney aguardó a que su hermano se fuera, y cuando escuchó sus pasos alejándose, volvió a enterrar el rostro en la almohada.

Por su parte, dolido y disgustado por haberse preocupado a lo tonto, Norman fue a la habitación de Agatha con la idea de conversar un rato para olvidar la empatía que había sentido por un segundo por su hermana. Había creído que Courtney lo recibiría esta vez. Fue ingenuo. Ni siquiera en sus momentos de debilidad, su hermana aceptaría el consuelo de alguien como él.

Tocó la puerta de su prima y esperó unos segundos para entrar. La privacidad era algo que Sandra les inculcó respetar, así que pese a ser cercanos, Norman nunca entraba en la habitación de Agatha sin avisar. Se la encontró sentada cerca de la ventana, abrazando un cojín cuadrado y amarillo, perdida en la vista que ofrecían el jardín lateral, el favorito de Agatha, todo cubierto de nieve por ahora.

—Me habría gustado quedarme —dijo de pronto, sin mirarlo—. Si nada hubiera pasado, disfrutaría las festividades en el colegio, sin importar que me quedara sola. En Hufflepuff, sólo tres iban a quedarse, y eran de años mayores. Lo escuché de Tooth Bell cuando se lo contó a sus amigas.

—Si lo dices porque a ninguno de los dos nos gusta la tensión que hay en casa, entonces también me habría quedado —apoyó Norman sentándose frente a ella—, aunque seguramente yo sería el único en Gryffindor en quedarse. Desde el principio de año la mayoría estaba haciendo planes para las vacaciones de invierno. Daren y Jamie hablaban todo el tiempo sobre ir a patinar sobre hielo, incluso en la fiesta de Halloween no dejaron de hablar sobre eso.

—Son buenos amigos, supongo —dijo Agatha con aquella sonrisa amable que en realidad quería indicar otra cosa—, porque son tus amigos, ¿verdad?

—No empieces, Aggie, no estoy de humor para eso.

—Norman —dijo, suspirando—. Entiendo que es difícil abrirte a otras personas, Merlín sabe que también lo es para mí, pero Daren y Jamie no te han dado razones para que pienses que se alejarían de ti por tener este poder. Acordamos no acobardarnos por esto y aceptar nuestra participación. El señor Potter nos aseguró que haría lo posible por mantener el escándalo al mínimo.

—Admito que me gustaría que reconocieran que no es algo malo hablar con los muertos y que dejaran de decirme fenómeno tampoco me molestaría, pero…

—Primero, Courtney es la única que te ha dicho así —puntualizó Agatha—. Además, comprobaste que no todos piensan que es raro. Los gemelos Thorston dijeron que era bueno, y viste cuán agradecidos estaban Sirius y Regulus Black. Ahora es turno de decirlo en persona a tus amigos, de explicarlo para que puedan comprenderte.

Norman suspiró. Había querido dejar a Jamie y a Daren fuera de esto porque imaginaba que ninguno aceptaría ser amigo de alguien como él (hasta Salma Jones se alejaría). Pero Agatha tenía razón. No podía ocultarlo (de por sí, ya había rumores y una vez se destapara todo, de nada serviría guardárselo).

—Está bien —accedió—, lo haré. Hablaré con ellos, ¿de acuerdo?

—No puedo pedirte más. Aprovecha que tu padre está demasiado enojado como para prestarte atención para enviarles una carta.

—Estás muy decidida últimamente, Aggie —comentó con una sonrisa—. Jamás te había visto con tanto ímpetu.

Las mejillas de Agatha enrojecieron.

—Recordé a mis padres —confesó—. Ellos no habrían querido que me ocultara. Papá siempre me decía que todo tiene un propósito, un destino. Pienso que fue el destino que hayamos entrado en Hogwarts justo cuando Gothel lo hizo, como si hubiésemos estado ahí para detenerla —suspiró—. Los echo mucho de menos. Han pasado dos años desde que murieron, ¿crees que esté bien que me siga doliendo?

—Sería extraño que no doliera, eran tus padres. Algún día estarás lista para superar ese dolor, Aggie, por ahora puedes sentirte como quieras. No te juzgaré.

—Gracias, Norman —sonrió—, pero en serio, tienes que escribir esas cartas. No tienes tiempo que perder.

—Ya, claro, y supongo que arreglaremos todo por correo —rodó los ojos—. Yo no soy así. Las cosas como son, de frente.

—¿Planeas invitarlos a casa?

—Claro que no, ya tengo un plan. Mamá irá al Caldero Chorreante el viernes de esta semana para reunirse con antiguas amigas del colegio. La acompañaré y aprovecharé la ocasión. Los padres de Daren y Jamie no tendrán problemas en llevarlos, me dijeron que son todo lo contrario a mi padre.

—Ésa es la actitud, anda, escribe esa carta.

Norman abandonó la habitación de su prima para ir a la suya. La decoración era tema de discusión de su padre siempre, pues las paredes estaban plagadas con carteles de películas de zombis, muggles obviamente, y muchas otras cosas de terror. Antes, Norman los encontraba entretenido, ahora, luego de pasar por una experiencia desagradable, no podía tolerar verlos. Quizás los quitaría después.

Fue a su escritorio y sacó varias hojas de papel, tomó su bolígrafo decorado con una cabeza de un zombi gris y se alistó para escribir. Nunca había tenido la necesidad de hacer una carta, salvo las que enviaba de vez en cuando a su madre para decirle que se encontraba bien. Escribirle a sus compañeros era... nuevo, y honestamente, intimidante. Para empezar decidió que primero escribiría a Daren, ya que de ese modo tendría una base que usar en la carta de Jamie.

"Querido Daren...".

Tachó de inmediato esas líneas y arrugó la hoja y la tiró al lado. No quería sonar tan sentimental y seguro que Daren se burlaba de él. Podría empezar con un simple hola. Jamie le había dicho que un hola era la mejor forma de iniciar una conversación.

"Hola, Daren:

Soy Norman. Te envió esta carta para saber cómo te va".

Norman miró lo que había escrito y frunció la boca. Se resignó a pensar terminaría siendo una pedorrada escrita y que por mucho que se esforzara, nada sonaría adecuado.

"Sé que no les hablé a ti y a Jamie durante los últimos días, eso también es algo que quiero tratar con prontitud. No soy propenso a relacionarme con las personas con facilidad, o a compartir mis pensamientos y sentimientos, como ya lo habrán notado. Así que posiblemente hayan pensado que no los consideraba de confianza.

No me has dado razones para creerlo. Aunque eso tendríamos que hablarlo personalmente ya que querrán saber (tú y Jamie, ya que a él también le escribo) qué es lo que pasó conmigo, que provocó que me alejara. Es algo muy personal. Por favor, les pido discreción.

Mi madre irá al Caldero Chorreante el próximo viernes, y me gustaría verme con ustedes ahí, si es que desean continuar con esto... es decir, si quieren seguir siendo mis amigos. Respetaré su decisión.

No soy bueno escribiendo cartas, y siento que me falta decir más. Tengo muchas cosas que decirles... espero que me den una oportunidad.

Atentamente,

Norman S. Babcock

Heredero de la Casa Babcock".

—Podría ser peor —dijo al releer el contenido. Colocó la carta de Daren en el sobre y anotó la dirección, la selló con cera color anaranjada. Continuó con la carta de Jamie, poniendo casi lo mismo. Cuando acabó, se dirigió al pequeño cuarto donde estaban las lechuzas familiares. Eligió a Halliwell, una lechuza de color marrón anaranjado que ululó feliz cuando lo vio.

—Hola, Halli, sé que no te gustan las entregas imprevistas, pero es urgente que lleves estas cartas a estas direcciones. Sabes que no puedo pedírselo a otras, eres la mejor.

La lechuza ululó, complacida, y Norman colocó las cartas con cuidado.

—Cuando regreses, trae las respuestas conmigo, ¿entendiste? Nadie debe de enterarse.

Halliwell desplegó sus alas, y emprendió el vuelo. Norman la siguió con la mirada hasta que desapareció en el cielo, luego notó que otra lechuza que no conocía tenía una nota en su pata. Era extraño ya que las lechuzas estaban entrenadas para entregar la correspondencia directamente a los Babcock, y Perry solía aparecerse por ahí unas cuatro veces al día para ver si todo marchaba bien.

La curiosidad empujó a Norman a agarrar la nota. Sin embargo, al leer las primeras líneas, sus ojos se ensancharon.

"Esos ojos tuyos que traspasan lo material, te dejarán ciego si continuas metiéndote en asuntos que no comprendes. Deja de tratar de ser un héroe. G."

Su temor se hizo realidad. Gothel sabía que había participado en la batalla, que por él Harry Potter había conseguido regresar a Hogwarts para ponerla en jaque. Esto era terrible, sintió que se mareaba y no pasaron demasiados segundos para que terminara desmayándose.


La casa Hofferson estaba en Brighton, al sur de Londres. A Astrid no le gustaba vivir allí, particularmente por los vecinos, todos muggles, que no le agradaban para nada. Sin embargo, debido a la baja reputación que el apellido había tenido los últimos años, a su padre, Damian Hofferson, no le había quedado más opción que elegir un sitio muggle para vivir. Con lo que había perdido… pero no todo había sido culpa de Damian, sino también de su tío Finn Hofferson por haberse aliado con los mortífagos.

Todo dejó a la familia en bancarrota, y cuando a Damian le correspondió tomar el lugar como la cabeza de la familia, tuvo un desliz con una prostituta muggle que le costó más de lo que disfrutó la compañía de la dama. Y si a eso le sumabas los negocios que su padre hizo, que salieron mal por culpa de los mortífagos…

Por eso Astrid había estado decidida a redimir el apellido Hofferson. Por eso se esforzaba por ser la mejor. No obstante, al regresar a casa, se percató que todo su esfuerzo era en vano. Bastó con ver a su padre recibir a Heather con mayor entusiasmo que a ella. Nunca le había importado realmente esa diferencia, porque después de todo, cuando eran más pequeñas, su padre les daba la misma atención, pero eso había cambiado con los años. Ahora Damian la trataba cordialmente, casi como si estuviera tratando con una conocida y no con su hija.

A Astrid eso la hería profundamente.

Le daban ganas de gritarles para hacerles saber que estaba allí con ellos, que era parte de la familia. Además, Heather no era del todo una hija ideal. Era encantadora, por supuesto, pero también manipuladora y ambiciosa. Nadie más que Astrid podía ver más allá de la máscara de amabilidad de Heather. Todos creían con inocencia que era buena cuando en realidad Heather buscaba un lugar privilegiado, sólo que sin pisotear abiertamente a los demás.

—Basta ya, Astrid, deja de mirarme así —pidió Heather luego de que terminaran de hablar con su padre (en realidad, Astrid permaneció callada, ignorada por ellos). Heather se había quitado el encantamiento para cambiar el color de su cabello, por lo que su tonalidad rubia era visible. Heather era hermosa, lo admitía, tenía el cabello largo y brillante, más bonito que el de ella aunque Astrid nunca se hubiera preocupado por cuidar su apariencia.

Las sirvientas habían finalizado de acomodar su equipaje y habían salido de la habitación.

—Es imposible no hacerlo cuando haces esas caras —protestó porque Heather había estado admirándose demasiado en el espejo del tocador—, ¿te das cuenta que llevas más de media hora así?

—Tú eres la única que se da cuenta de eso, a la única que le importa —replicó dejando el cepillo en el tocador y mirándose de nuevo mientras recordaba que Eugene le había dicho lo bien que se veía con el cabello rubio y suelto pues le resaltaba los ojos verdes—. Me parece raro que te estés conteniendo en decirme algo con eso de que nunca cierras la boca. Así que suéltalo de una buena vez.

—Juntarte con toda esa bola de perdedores maleducados ha desmejorado tus modales.

—Por favor, Astrid, estoy de buen humor y quiero seguir así sin tener que aguantar tus comentarios soeces o tus miraditas pesadas. Si sólo querías criticarme por juntarme con ellos, entonces sigamos con este acuerdo silencioso que yo nunca acepté.

—Tú iniciaste todo esto —reprochó Astrid recordando aquella vez cuando tenían nueve años, y Heather había preferido ir a jugar con otros niños que quedarse con ella—. Sabías que teníamos una meta y preferiste ir con un montón de niños atolondrados que continuar nuestro camino.

—Descubrí otra forma de acercarme a esa meta, una que no impedía divertirme, Astrid, la diversión no es tan subversiva como crees. No es mi culpa que seas tan estricta con tu vida como para permitirte disfrutarla, y ya va siendo hora de que lo entiendas.

—¿Que entienda qué, Heather? —se cruzó de brazos—. ¿Que prefieres estar con otras personas que conmigo? Antes nunca habías tenido problemas con cómo hacíamos las cosas, ¿qué fue lo que cambió? Porque hubo un tiempo en que éramos iguales, nadie podía distinguirnos salvo por el color de nuestros ojos.

—¿Es porque me pinté el cabello de negro? ¿Eso es lo que te molesta?

—No soy una niñita quejona para enojarme por una cosa así. ¿Acaso no estás escuchando? Que cambiaras no me importa en lo absoluto.

—¡Pero te estás enfocando en eso! Es sobre lo único que te quejas. Odias que vaya a divertirme, que me junte con otras personas, que sea feliz. ¡Como si eso fuera un pecado! ¿Qué te molesta exactamente, eh? ¡Dímelo! Si dices que te abandoné, recuerda que traté en múltiples ocasiones de integrarte. Te invité a que te nos unieras, a que dejarás de ser...

De improviso, Astrid se levantó de la cama y se colocó frente a su hermana. Heather no se intimidó, más enmudeció, como si no supiera que pasaría.

—¡Ése es el maldito problema! —estalló al fin sin contener la frustración que había albergado durante años—. ¿Qué clase de amigos son quienes sólo te aceptan si no muestras tus defectos, tus debilidades? Por mucho que lo niegues, eres igual que yo, Heather. Teníamos los mismos modos, las mismas ideas y planes. No había momento que no nos coordináramos como si fuéramos una sola, y aunque eso nos mantuviera lejos de los demás, nos mantenía juntas. Si tienes que parecer una dulce florecilla para que te acepten, no es diferente a estar vendiéndote.

Heather levantó su mano, dispuesta a darle una bofetada. Sin embargo, Astrid la detuvo.

—Quienes quieran ser mis amigos tienen que saber dos cosas: soy competitiva y dura como la roca. Nadie va a venir a decirme qué es lo que tengo que hacer o pensar, porque sé exactamente qué es lo quiero.

—Entonces, te quedarás sola —espetó Heather—. Porque tener amigos significa aceptar que no todos pensarán como tú, que cambiar no quiere decir que te están obligando a abandonarte a ti mismo.

—Y usando eso como excusa, ¿qué piensas que has estado haciendo todo este tiempo? —esbozó una sonrisa burlona—. ¿Acaso fingir que cambiaste es igual que cambiar honestamente? Porque sé que en el fondo quisieras que te aceptaran por lo que en realidad eres.

Hubo una pausa en la que ambas se miraron directamente. Ninguna se movió ni dijo nada, hasta que Damián tocó a su puerta y sin esperar confirmación entró. Al verlas enfrentadas, intervino inmediatamente. Para Astrid no pasó desapercibido que su padre se colocó protectoramente entre ella y Heather, casi como si temiera que Astrid pudiera herir a su hermana.

—¿Qué es lo que pasa aquí? Espero una buena explicación —y le dio una mirada significativa a Astrid.

Ella apretó los puños. ¿Cómo podía suponer su padre que ella era la del problema? Todos estos años no había tenido sino un comportamiento aceptable.

—No pasa nada, padre, es sólo una discusión entre hermanas —dijo Heather, aparentando un buen humor que no tenía en ese momento.

Pero Astrid estaba al límite. No quería más indiferencia de su padre. No quería recibir migas de su afecto. No quería estar a la sombra de su hermana. Notó de inmediato que Damian se tragaba las palabras de Heather, que de ella nunca iba a dudar.

—No es una discusión solamente —soltó Astrid lentamente con una expresión llena de determinación y poniendo su corazón en una apuesta. Que Merlín le ayudara porque iba a aclarar las cosas de una vez por todas—. Heather miente y tú le crees con facilidad.

—Heather nunca me mentiría —replicó Damian—, y espero una disculpa por el tono que acabas de emplear, Astrid. No es apropiado.

—No me importa si es apropiado o no, me importa el hecho de que tomes la palabra de Heather como cierta sin siquiera indagar al respecto. Eso es inapropiado, padre, creer más en una de tus hijas sólo porque la aprecias más.

Heather le hizo una señal para que callara, pero Astrid no iba a obedecer esta vez. Damian la miró con los ojos desorbitados.

—No sé qué te esté pasando por la cabeza, Astrid, pero es mejor que te comportes.

—¡NO! —gritó.

Damian quedó atónito, como si le hubiera dicho una grosería. Heather jadeó, pasmada.

—¡Estoy harta de que me trates con condescendencia! Soy tu hija, maldición, y merezco tener el mismo trato que Heather. ¡Siempre he tratado de satisfacer tus deseos, padre! Quiero hacerte sentir orgulloso, que me veas como alguien valiosa. Mi meta es restaurar nuestro apellido, pero parece que no es suficiente para que me notes- Y estoy cansada. Tan cansada que no me siento con las fuerzas necesarias para continuar. Cada vez que veo que te importa más Heather que yo, me hieres. Es como si yo no importara. Por eso respóndeme, ¿qué soy yo para ti?

La pregunta quedó suspendida en el aire por un tiempo desconocido. Astrid tenía las mejillas enrojecidas y los ojos humedecidos. Sentía que el corazón se le saldría del pecho de lo rápido que latía. La respuesta no llegaba aún, y había descubierto que sentía esperanza todavía de que fuera una respuesta positiva. Aunque detestara equivocarse, lo prefería mil veces a ser una paria en los ojos de su padre. Sin embargo, el silencio se postergaba. Su padre nunca había tardado tanto en dar una respuesta, por lo que ella le miró.

Los ojos de su padre no revelaban nada más que una profunda decepción, y un poco de miedo al saberse puesto en evidencia. Ojos azules como los de ella, que dejaban en claro una verdad que desgarró su alma.

Astrid se quedó quieta, despojada de determinación. Destrozada de una manera que nunca creyó posible cuando en un susurro se le confirmó lo que había sospechado.

—Tú no eres lo que esperaba.

Y por primera vez en su vida, Astrid sintió su corazón romperse. Trozos metafóricos cayeron al piso y se quebraron en piezas más pequeñas, irreparables e inútiles. Comenzó a entender que quizás su padre siempre había sido claro en su preferencia, siempre había dicho lo mucho que Heather le recordaba a Ragna, su madre, y recordó lo mucho que brillaban sus ojos cuando la veía.

—Ya veo —musitó apenas controlando su voz—. Ya veo.

No quedaba nada más por decir, por lo que salió de su habitación sin agregar más. No dio importancia a la pregunta que hizo Heather, porque en cuanto estuvo afuera fue como si su mente se desconectara del mundo. Sus piernas reaccionaron, impulsándola hacia adelante haciendo que emprendiera una carrera formidable hacia la salida. No pudo escuchar nada. Los sirvientes no pudieron detenerla. Nada le importaba porque su mente estaba agobiada. Las dos personas que más le importaban, la habían dejado abandonado.

Astrid no sabía qué hacer.

Corrió sintiendo un nudo en la garganta. Corrió hasta que las casas y personas se volvieron figuras borrosas. Corrió hasta que el dolor de sus piernas se comparó con el dolor en su pecho. Corrió por horas hasta que por fin se rindió, cayendo en una banqueta desolada. El frío asfalto le hirió las rodillas y los codos, sus pulmones ardían producto de la sobrecarga de trabajo en un clima tan frío. La trenza se le había desecho, y las lágrimas se le habían congelado en las mejillas.

Astrid no se dio cuenta que un autobús se estacionaba enfrente hasta que la voz de pito del ayudante del conductor la llamó tres veces.

—Oye, si no vas a subirte o algo, por lo menos ten la decencia de responder cuando alguien te llama —le reprochó—. Este autobús viene para los magos y brujas abandonados, así que no te hagas la que no oye.

Astrid levantó su rostro topándose con un muchacho de quince años, escuálido, despeinado, vestido con un sucio traje color morado y un sombrero de copa de color amarillo. Era Stern Stunpike, el nuevo ayudante del Autobús Noctámbulo. Astrid lo conocía de antes, cuando una vez Stern quiso hablarle a su padre en el Caldero Chorreante y Damián lo rechazó en cuanto lo vio vestido de esa forma. Era bueno que Stern no la reconociera, o seguramente no le permitiría subir.

Astrid se levantó del suelo y se dirigió al autobús. Antes habría necesitado de una maleta y del encantamiento Lumos para llamarlo, ahora sólo tenías que necesitar el autobús para que llegara. Afortunadamente, Astrid tenía algunos sickles para pagar. Lo único que lamentaba era que su varita y pertenencias se quedaran en su casa. Le dijo a Ernie que iría al Caldero Chorreante, luego fue a sentarse en unas de las camas. Se sobó los brazos desprotegidos y miró hacia afuera, apenas oyendo a Stern y a Ernie charlar sobre un artículo de El Profeta escrito por Rita Skeeter.

En la primera página estaba una foto de Minerva McGonagall con el titular «¿El fin de Hogwarts?», acompañado de un extenso artículo que no contenía más que insultos y menosprecios para la directora. Era esperado que Rita pusiera de su cosecha en lo que escribía, pero esta vez debido al gran cuidado del Ministerio de Magia y de la directora de Hogwarts, sus fuentes informativas eran escasas, por lo que le daba rienda suelta a sus imaginación.

Astrid no se percató de nada, estaba demasiado ensimismada en su duelo como para darse cuenta de los problemas de los demás. Ignoró todo el camino los comentarios de Stern, y cuando por fin llegaron, bajó del autobús y se adentró a la taberna. El Caldero Chorreante había sufrido un cambio radical desde que Hannah lo adquiriera, por lo que era un lugar muy concurrido. Astrid tuvo que ser muy ágil para abrirse camino hasta la barra, donde Hannah servía grandes tarros con cerveza de mantequilla, para pedirle una habitación.

Hannah estaba demasiado ocupada como para dudar de la historia que Astrid inventó, simplemente le entregó la llave de un cuarto y le dijo que bajara a cenar en cuanto se acomodara.

—Es raro que Damián no venga, pero supongo que está agotado con todo lo que pasa —dijo Hannah.

Astrid apenas atinó a asentir. Se dirigió a la habitación, donde encontró una cama de sabanas limpias y frescas, y donde la chimenea se prendió en cuanto entró. Estando sola, se tumbó en la cama. Aunque trataba de no darle importancia, las palabras de su padre llegaban como cuchillas frías a su pecho. No sabía qué era peor, que Damián dijera eso o que ni siquiera intentara detenerla.

—Ya lo sabía.

Pero confirmarlo era otra cosa.

—Puedo hacerlo. Yo... puedo... —un sollozó escapó de su boca. Cerró los ojos queriendo suprimir el llanto. Las bases en las que había puesta todas sus metas ahora estaban destruidas... ¿qué era lo que iba a hacer con eso? Los pensamientos iban y venían con la velocidad de una snitch. La estaban aturdiendo, hundiendo más en su miseria.

Cuando ya no pudo sostenerse de nada, dejó que las lágrimas fluyeran. Era la primera vez que lloraba.


Al segundo día de vacaciones, Guy aguardó en silencio frente a la chimenea de su casa. Vendrían visitas en Villa Domani y estaba un poco nervioso. No solía tener invitados, así que había usado el día anterior para tener todo listo, desde las habitaciones hasta la comida y los servicios básicos. Gracias a la intervención del que había sido el jefe del trabajo de sus padres, podía usar magia fuera del colegio siempre que fuera para fines domésticos.

Repasó la lista de pendientes para verificar que nada se pasara por alto. Era muy metódico al momento de hacer las cosas. Guy tenía la ventaja de poseer una capacidad mágica más grande que la de los niños normales. Después de todo, había tenido que hacerse cargo de él mismo y de las barreras que protegían el enorme terreno de su villa a la edad de siete años. Las barreras eran especiales, sólo respondían a la magia de un Domani y tenían la peculiaridad de informarle de todo lo que acontecía dentro del terreno, ya fueran lo que hacían los animales mágicos y no mágicos que vivían en los campos y las viñas, o de otras personas.

De pronto, la chimenea ardió en llamas verdes dando paso a tres personas, dos de las cuales estaban alucinadas todavía. Guy se adelantó para ayudar a los padres de Fishlegs a salir, sonriendo hacia la señora Ingerman para tranquilizarla. Un permiso especial había sido requerido para que conectaran su chimenea con la de la casa de Fishlegs (nada difícil para Guy, pues sus contactos en ambos ministerios se lo facilitaron).

—Bienvenidos, mi señor, mi señora —dijo cortésmente. Sacó su varita para limpiarlos del polvo y ceniza que les había quedado por ser la primera vez que viajaban por la red flu—. Mi casa es su casa. Estoy a su servicio. No duden en decirme sus dudas y en pedirme en lo que necesitan.

Guy levitó con su varita las maletas, invitándoles a seguirlo a los sofás para que pudieran sentarse. La madre de Fishlegs alabó enérgicamente los buenos modales de Guy para gran vergüenza de su hijo, mientras que el padre miraba todo con asombro, como si aún no pudiera creer que hubiera viajado por una chimenea de un país a otro.

Por su bienestar, Guy evitó decir que no solían hacer conexiones como ésta debido a que era muy peligroso. Mientras más distancia fuera, se corría el riesgo de terminar en lugares desconocidos o ser consumidos por las llamas.

Los Ingerman se quedarían una semana entera y habían dado permiso a Fishlegs de quedarse otra semana más. Sadie, la madre de Legs, agradeció a Guy por eso.

—Ya es suficiente que nos hayas invitado, Guy —dijo—. Agradezco que mi hijo tenga un amigo tan bueno como tú.

—Es enorme este lugar —dijo Pyp, el padre de Legs, dando una mirada apreciativa alrededor—, ¿vives aquí tú solo?

Sadie le dio un codazo por su impertinencia, pero a Guy no le molestó su pregunta.

—Mis padres compraron el terreno a un anciano que no había querido que sus hijos lo heredaran. Él había temido que se pelearan entre sí por el derecho, por lo que les dio los papeles a mis padres y les pidió que el dinero que le dieran lo usaran para una buena causa ya que a él no le quedaba tiempo para disfrutarlo. Mi padre colocó barreras especiales que sólo los que son de la familia pueden controlar. Mi madre fue quien sembró papas, uvas, aceitunas y cereales. Ambos adoraban a los animales, así que si se cruzan con alguno, no se asusten. Son inofensivos.

—Tus padres murieron cuando tenías siete, ¿verdad? —preguntó Sadie. Guy asintió—. Debió ser duro para ti.

—Mis padres me enseñaron a no aislarme, a no enclaustrarme por el dolor. No fue fácil, seré el primero en admitirlo, pero me gusta pensar que todo lo que he hecho desde su muerte los habría hecho sentir orgullosos. Además, no estuve solo totalmente. Mi tío Varrick me ayudó a controlar mi magia, me enseñó muchas cosas, y los amigos de mis padres siguen en contacto conmigo.

Fishlegs reconocía que Guy tenía la formidable habilidad de dominar cualquier hechizo al instante. Era como si todo ese tiempo manejando las barreras, agrandara su "contenedor" de magia, haciéndolo capaz de soportar hechizos que chicos de años más adelantados harían. Desconocía cuán grande era el potencial de su amigo, por lo que Fishlegs siempre estaba interesado en sus progresos.

Las llamas en la chimenea volvieron a arder. Emery Dixón salió sin problemas de la chimenea, portando una simple maleta roja. Emery no requirió de la cortesía de Guy, simplemente avanzó hacia donde ellos estaban.

—Hola, Emery —saludó Guy chocando los puños con él—, es bueno confirmar que tu señor padre te dio el permiso de visitarme.

—En cuanto le dije que tu casa contaba con poderosas barreras protectores, me dijo que estaba bien, que podía confiar en que era seguro. Le habría encantado venir, pero estas vacaciones hará remodelaciones al salón de juegos de su trabajo. Me pidió que me divirtiera por él y voy a hacerlo. Por lo que veo no soy el único que ha llegado. Eso es bueno. Como dice Frost, entre más sean más divertido será —le brindó su mano a las visitas, para que la estrecharan—. Yo soy Emery Dixón, estudiante de Hogwarts. No soy amigo íntimo de Ingerman, pero no se preocupen, no tengo el menor inconveniente con él. Así que espero que nos llevemos bien, claro, si no son vegetarianos radicales. Odio que se pongan locos con eso de que comer carne es cruel. Si supieran que de vez en cuando comen en su dieta vegetariana algunas especias saltarinas, dirían que el consumo de vegetales también lo es, especialmente porque las especias saltarinas cantan o chillan después de que las cortan. Seguro que no encontrarían tan amigable que un vegetal chille del dolor cuando lo pinchen con un tenedor.

Los Ingerman quedaron anonadados por el discurso de Emery. A Guy no le parecía extraño ya que, de todos sus amigos, Emery era el más sociable, el más despreocupado. Fishlegs hizo una señal a Guy que significaba que quería hablar en privado con él. Guy se excusó con las demás visitas y llevó a Fishlegs a la habitación de al lado.

—No me dijiste que vendrían tus amigos de Quimera —dijo Fishlegs, muy incómodo.

—Bueno, la invitación fue para todos mis amigos, Legs, y eso los incluye —explicó—. No tienes que pensar que algo malo va a pasar. Emery es amigable y muy gracioso. Además, te consta que las quimeras ya no te han molestado. Por favor, no adquieras los delirios de Hiccup.

—Hiccup no delira, Guy. Él tiene toda la razón para desconfiar de ellos. Algunos no son precisamente galeones de oro.

—Escucha, no voy a defenderlos porque no me corresponde, pero sí a dejar en claro algunos puntos. Tú no dices nada cuando Hiccup toma revancha, y han sido bastantes veces que lo ha hecho sin motivo o razón. Hiccup tampoco es un santo, Legs, lo que él hace va con toda la intención de causar un daño grave, ¿o acaso crees que lo que hizo a los Thorston dándole dulces a sus jarvey, cuando el azúcar los dopa y hace que se pongan agresivos, fue una justa venganza? Sus mascotas casi sufren diabetes por la ingesta. No fue gracioso.

—Los estás defendiendo, Guy.

—Lo que estoy diciendo es que si Hiccup quiere defenderse, hay otras formas. Si lo hace de este modo, no es diferente de Overland. Los dos se están comportando como si fueran buenos, y ninguno lo es. No hay buenos y malos en esto, y yo estoy cansado de estos problemas. No voy a hacer del conflicto de Hiccup mi conflicto. Lo apoyaré, le daré consejo e intervendré de ser necesario, pero hasta ahí.

—Bien dicho, Guy —interrumpió Emery, tomándolos desprevenidos. Ambos lo observaron como si hubieran sido atrapados haciendo una travesura—. Descuiden, sólo escuché lo último. Aunque les pido que vuelvan pronto. No es cortés dejar a tus invitados esperando.

—Esto... lo sé, Emery, perdón —dijo Guy—, ¿te importaría decirles que estamos hablando de algo importante? No creo que esto se arregle pronto.

—¿Líos entre amigos? No pongan esas caras, de una vez les digo que no son los únicos que tienen esta clase de problemas. ¿Por qué creen que son casos exclusivos? Son muy narcisistas. Pero eso no es lo que importa ahora. Puedo suponer que están hablando de Haddock y Overland, ¿verdad? No creo que el problema sea tanto con Fitzherbert. Él es manso comparado con Jackson.

—No puedes decirle manso a Fitzherbert —se lamentó Fishlegs recordando aquella vez que Eugene lo infló como un globo y casi sale volando de Hogwarts—, ni tampoco puedes condonarlo por no participar en las bromas que le hace Overland a Hiccup, cuando tampoco las detiene.

—Esos dos me recuerdan a cuando no me llevaba bien con Lupino. Nos odiábamos, de hecho, demasiado.

—¿En serio? ¡Pero si son muy buenos amigos! —dijo Guy, desconcertado.

—No los fuimos durante casi dos años. Teddy era un engreído. Cuando entró a Hogwarts, siendo quien era, hacía lo que quería cuando le daba la gana y no había graves consecuencias para él. Eso cambió luego de que se descubrieran las novatadas, pero antes era insoportable. Recuerdo que me detestaba por no idolatrarlo y nuestras peleas eran frecuentes. Llegamos al punto en que nadie se atrevía a cruzarse en nuestro camino cuando discutíamos. Luego de lo que pasó, Teddy hizo las paces conmigo y descubrí que no era tan insoportable. Por eso no se quemen la cabeza pensando tanto en Haddock y Overland. Por eso es que no se preocupen por lo que pasara entre Haddock y Overland. Es cuestión que encuentren su momento para hablar de frente y con honestidad.

—Ah, ya, ¿y cuándo sucederá eso? —inquirió Ingerman, mordaz—. No importa cómo lo pintes, Hiccup no es de los que perdona fácilmente, y aun si hicieran las paces, no se volverían amigos.

—Quizá no se hagan amigos, pero ya no serán enemigos. De cualquier forma, denles tiempo. Ellos madurarán. Estoy seguro de eso aunque Haddock y Overland sean tan distintos y en nada se complementen, chocan como ingredientes en una poción mal hecha y puede que cuando exploten destruyan todo.

—Suenas tan tranquilo a pesar de la posibilidad de que esos dos lleguen a matarse —dijo Fishlegs—. Eres un optimista sin remedio.

—¿Qué puedo decir? Me gusta todo lo que ofrece la vida.


Ferret había creído que Manny y Wee no obtendrían el permiso de sus padres para pasar todas las vacaciones en su casa. Con todo lo que había sucedido, era obvio que sus padres prefirieran mantener a sus hijos en sus propios hogares, no obstante, Manny y Wee consiguieron disuadir a Lord MacGuffin y Lord Dingwall. Ferret sabía que lo habían hecho para que él no pasara las festividades solo, ya que sus padres trabajaban arduamente como aurores en el escuadrón de Astoria Malfoy y casi no tenían tiempo para él.

Lord Macintosh le había prometido a su hijo que estarían con ellos en navidad. Mientras una niñera los cuidaría, quien tenía sólo dieciséis años y unos grandes dientes de conejo. Ella era muy atolondrada, por lo que Ferret y sus amigos solían estar al pendiente de sus tropiezos para ayudarla a levantarse.

—Cuando mi señora madre regrese, le pediré que preparé cocoa caliente. Ella la prepara muy bien, y mi señor padre me prometió un nuevo tablero de ajedrez. Así que vayan contando sus dulces y golosinas porque pienso quitárselos todos con cada partida.

—Eso si consigues ganarme —dijo Wee—. De todos modos, traje toda una maleta con dulces.

Por su parte, Manny abrió su maleta para mostrarles los dos empaques de galletas que su madre le había dado para que compartiera con ellos.

—Ojalá Mérida estuviera aquí —dijo Ferret sentándose en la cama que ocuparía Wee en el cuarto de huéspedes mientras sus amigos acomodaban su equipaje en los cajones—, así estaría toda la pandilla.

—Pero Mérida tiene mucho que pensar ahora, al menos es lo que me dijo cuando le pregunté antes subir al tren —comentó Wee sacando sus mudas de calcetines y calzoncillos y poniéndolas en el cajón.

—¿Malo algo pasa Mérida con? —preguntó Manny evidentemente preocupado.

—No lo creo, aunque no la culparía —contestó, meditativo—. Han pasado muchas cosas desde que estábamos en primer año, no me sorprendería que ella estuviera ocupada con una situación personal en todo este caos.

—Bueno, es Mérida, se las arreglará sola porque es muy valiente y decidida —dijo Ferret—. Lo importante ahora es convencer a nuestros padres de dejar esa idea de mandarnos a otro colegio, digo, sé que mi presencia alegraría las vidas de esos estudiantes extranjeros. Hogwarts no es perfecto, ¿pero qué lo es, además de mí? Quiero seguir estudiando allí, es donde conocía a nuevos amigos y donde ustedes están. No quiero irme a otro lugar.

Manny y Wee compartían su opinión. Probablemente tendrían que pasar todas las vacaciones convenciendo a sus padres. Los tres presentían que algo grande estaba por suceder, además de los grandes eventos que habían ocurrido desde hace un año. Hogwarts podía ser el lugar de origen de muchos problemas, pero eso no significaba que fuera el punto donde todo culminaría. Daba la impresión que esto avanzaría a una escala mayor, no que eso fuera muy reconfortante.

Para Ferret algo era seguro, Mérida había estado directamente involucrada en ambos eventos, tanto de Pitch como el de Gothel. Ferret tenía la idea impresión que era porque Mérida era amiga de Jackson Overland.

Los rumores sobre Jackson no eran nuevos. Muchos decían que había estado implicado en la liberación de Pitch, que le había ayudado. Otros decían que sus poderes congelantes eran por un trato que había hecho con él. Los más osados se atrevían a afirmar que Overland estaba liderando un grupo de estudiantes para meterse en problemas, y que habían sido ellos lo que habían apoyado a Gothel. Eran rumores que Ferret no habría dudado en ignorar, de no ser porque Jackson era muy sospechoso.

Ferret desconfiaba de él.

Pero sabía que para Mérida, Jackson era una persona confiable. Ferret había querido hablar con ella al respecto, hacerle ver que tenía que alejarse de él, pero ella no le creería. Mérida era así de confiada.

—Lo que nos depare el futuro, lo enfrentaremos juntos —dijo Wee—. Mérida no es de las que abandonan a sus amigos. Estoy seguro que ella estará con nosotros hasta seamos viejos y arrugados.

—Por supuesto, no por nada siempre hemos sido sus Tres Mosqueteros por mucho que Mérida no quiera ser la princesa —indicó Ferret—. Por ahora, sólo quiero pensar en mi ajedrez nuevo. Necesito pensar jugadas.

—Ni pienses en sobornar a las piezas para que hagan trampa, Ferret —dijo Wee—. Aunque eso no te aseguraría una victoria. Siempre ganó.

—Pues eso se acaba hoy, Wee, o me dejo de apellidar Macintosh.

—A tu papá no le va a hacer gracia que pierdas tu apellido por perder contra un Dingwall en el ajedrez.

—Se nota que se te pegó el humor de Stein —dijo Ferret, amargado.

Wee se encogió de hombros y procedió a terminar de desempacar toda su maleta.


El reporte final que Harry tendría que entregar a Kingsley le había causado una tremenda jaqueca. Desde sus años en la escuela, su fuerte nunca había sido escribir, pero al ser el jefe de la Oficina de Aurores tenía que mantener los informes en orden y hacerlos cuando era necesario. Y siempre era necesario. Tuvo que invertir siete horas de su día para adjuntar toda la información, desde el incidente de Pitch en el que se juntaban el reporte médico de Daphne y la investigación de Blaise y Luna, además de los registros anecdóticos de los testigos del ataque en Hogwarts. También tuvo que hacer un apartado especial para la investigación privada que Draco y Pansy hicieron.

Eso era la primera parte.

La segunda parte era aún más extensa. El caso Gothel recopiló el reporte del secuestro de Rapunzel, la diligente investigación de Theodore con la colaboración de Winefrida Raven, además del reporte final de la batalla en Hogwarts y el caso del Asesino Sinrostro de Ron y Astoria. Incluyó bajo poderosos hechizos de protección para sólo Kingsley pudiera leerlo, el reporte de los Black, todo lo que habían reunido sobre su caso que no era la gran cosa. Harry sabía que no era todo. Si Gothel era tan vieja como decía ser, quizás pudieran encontrar registro de su existencia en documentos antiguos, muy antiguos. Por supuesto, había finalizado con una descripción de las habilidades que Gothel había dejado ver en la batalla.

Harry suspiró.

El trabajo lo mantenía centrado en problemas ajenos a los que tenía en su vida personal. Ron no le había dirigido la palabra más que por cosas del trabajo, y Harry no tuvo que pensarlo mucho para darse cuenta que Ginny había roto su promesa. Posiblemente los Weasley sabían lo que había sucedido, al menos la versión de Ginny. No podía reclamarle por haberlo hecho, pero tampoco aplaudirlo. Tampoco podía pedirles a los Weasley que se pusieran de su lado. Ginny era más parte de su familia que él, así que era obvio que Ron apoyara a su hermana.

Lo que Harry sí deseaba era que Ron le brindara la oportunidad de explicarse, que no se comportara como en sus años de escuela.

Había muchas cosas por hacer aún. Lo primordial era el anuncio oficial del regreso de Sirius y Regulus Black. No sería un evento cualquiera. Se suponía que ambos estaban muertos, y que volvieran en ese momento levantaría sospechas. Habría muchas preguntas que nadie podría responder. Después de todo, revertir la muerte era algo que a muchos podría interesarles y Harry no estaba dispuesto a que se enteraran cuál era el método y los muertos fueran devueltos a la vida. No era natural.

Sirius le había contado de los planes que tenía, que se llevarían a cabo en cuanto Petunia se divorciara oficialmente de Vernon, se movería (Harry aún continuaba en shock por lo ocurrido, igual que su primo Dudley). La fortuna de los Black había sido heredada a Harry, pero él no había tenido ningún problema en devolvérsela. La cámara de los Potter en Gringotts contenía grandes cantidades de dinero, así que Harry nunca había tenido que usar la de los Black. Los duendes se volverían locos al hacer el papeleo correspondiente. Harry podía imaginarlo.

Se secretaria le indicó que el ministro de magia había solicitado verlo. Harry le agradeció, se levantó de su asiento, acomodó los fólderes correspondientes antes de encogerlos para que fuera más fácil llevarlos y salió de su oficina.

—Nadie debe entrar mientras yo no esté, Matilda —dijo Harry—. Volveré pronto.

—Entendido, señor —contestó la mujer.

Harry se dirigió a la oficina de Kingsley. Por fortuna, Percy no estaba por lo que pudo entrar directamente sin tener que vivir un momento incómodo entre ambos. Kingsley lo esperaba sentado detrás de su escritorio. Un montón de papeles se aglomeraba a su lado izquierdo, seguramente quejas y dudas de los magos y brujas. Harry no era el único en tener mucho trabajo.

Fueron directo al punto. Harry explicó al ministro lo que contenía el reporte, que se mantendría abierto hasta que Pitch y Gothel fueran capturados.

Kingsley hojeó el reporte, sabiendo que tendría que leerlo con cuidado durante los próximos días. Mantendría el documento en un cajón especial, para que nadie ajeno lo viera. Incluso si pretendían hacer público dichos eventos, había cosas que debían permanecer en el anonimato. La pregunta era si Pitch y Gothel pretendían hacer lo mismo.

Kingsley no era un idiota para pretender que tenían ventaja sobre ellos, por lo que sabía Pitch y Gothel serían capaces de burlar todos sus planes debido a su experiencia.

Miró a Harry directamente. Sin duda, podía pensarse que esto era similar a lo que pasara con el surgimiento del Señor Tenebroso, pero no era así. Voldemort había tenido asombrosos poderes, oscuros poderes que nadie con sano juicio habría utilizado. Pero Pitch y Gothel eran dos enemigos desconocidos cuyas pequeñas muestras de poder habían demostrado ser aterradoras. Kingsley no temía a lo que aún no conocía de frente, pero no por eso estaba demás ser precavido.

—Te ves cansado —señaló a Harry—. Parece que no has descansado en días.

—No he descansado en días —admitió sobándose el puente de su nariz y acomodándose las gafas—. Tengo asuntos pendientes por atender.

—¿Y dichos asuntos son meramente personales? Porque puedo ayudarte, Harry. Nunca será un problema para mí echarte una mano.

Kingsley esperó a que le diera una señal. Conocía lo suficiente a Harry para saber que no le agradaba ventilar sus problemas a terceras personas, pero Kingsley había hecho la oferta con buenas intenciones. Él no iba a contar a nadie los secretos de Harry Potter, al menos esa certeza podía ofrecerle. Cuando Harry meditó lo necesario para decidirse, habló con firmeza. El tipo de firmeza que nunca le había emplear. Harry evitó detalles, pero para Kingsley no fueron necesarios en cuanto escuchó lo más inesperado del día. Harry era el padre de los hijos de Pansy.

Shacklebolt empezó a entender algunas cosas y a pensar en otras. Que el niño-que-vivió tuviese una segunda familia, no intencionalmente, sería un escándalo. Uno que podría competir con lo de Pitch y Gothel debido a que los medios adoraban las noticia sensacionalistas.

—¿Ya has pensado en las consecuencias que esto traerá al hacerlo público, como planeas? —preguntó Kingsley consciente de que Harry ya habría sopesado eso y que debía tener un plan.

—Nada a lo que no esté acostumbrado. Ser el supuesto "salvador" no me exime de la crítica social. Me harán pedazos, Kingsley, pero sólo si se los permito y no les daré ese poder. Estoy harto de que quieran decidir cómo tengo que llevar mi vida.

—Querrán conocer los detalles y no descansarán hasta que los descubran. En este momento necesitamos que confíen en ti.

—¿Y dejarán de hacerlo por esto? Por lo que sé mi trabajo como jefe de aurores es todo lo que tendrían que considerar. Pero entiendo tu punto. Me verán como un infiel, y considerando las acciones que está tomando Ginny, mi reputación quedará hecha trizas. Lo que me viene importando bien poco. Todos creen que mi vida les pertenece, pero no es así y es momento de que lo entiendan. No pienso ver a escondidas a mis hijos como si me avergonzaran. No lo merecen. Si el mundo no puede aceptar que su queridísimo salvador tiene defectos, me da igual. Estoy harto de siempre aparentar para que nadie tema que todo se derrumbe sólo porque tuve hijos antes de casarme con Ginny.

El ministro estuvo sorprendido por sus palabras. No sabía qué decir. Pero no le tomó mucho recuperarse y esbozar una sonrisa comprensiva. Harry había dejado atrás por fin al niño, ahora era un hombre que estaba dispuesto a enfrentar las consecuencias de sus decisiones.

—Tienes que amarla demasiado como para tirarte al abismo por ella —comentó el ministro—. Está bien, haz lo que quieras y avísame si tienes problemas. Haré lo que pueda para hacer las cosas más fáciles para ti.

—Puedo hacerme cargo por mí mismo, pero gracias —dijo Harry.

Kingsley asintió, satisfecho.

—Agradezco que hayas sido honesto conmigo, Harry. Los dioses saben que si no se arreglan los asuntos personales ahora, quizás no haya otra oportunidad después. Ve, regresa a tu oficina. Como bien dijiste, quedan muchos pendientes por resolver.

Harry salió de la oficina del ministro más decidido que antes. Hablar sobre sus planes a futuro había puesto las cosas en perspectiva. No era ingenuo para creer que todo saldría bien, que todo se resolvería tan fácilmente con una disculpa y una explicación, y contaba con que fuera así. Harry estaba dispuesto a asumir las consecuencias de su decisiones, a dar ese paso hacia adelante que no había atrevido a dar hace tantos años. Tenía claras sus metas y las posibles consecuencias y no daría marcha atrás.

Cuando volvió a su oficina, escuchó a Matilda discutir airadamente con alguien, una mujer. Aquello extrañó a Harry, quien se apresuró a llegar al pasillo que llevaba a su oficina. Nada pudo haberlo preparado para lo que encontró. Molly Weasley estaba allí. Su cabello pelirrojo tenía gruesas líneas blancas y su cara, a pesar del gesto enfurecido, se notaba agotado y acentuaba sus arrugas. Las mujeres discutían, o más bien era Matilda intentando razonar con Molly, indicándole que Molly que él no se encontraba en ese momento.

—Necesito hablar urgentemente con Harry —insistió Molly.

Matilda estuvo a punto de rodar los ojos, harta de tener que tratar con ella. Harry conocía bien la intención vengativa en los ojos de su secretaría para saber que si no intervenía ahora, las dos terminarían teniendo un duelo.

—Alto —pidió interponiéndose entre las dos, colocando su mano sobre el hombro de su secretaría—. Yo me haré cargo, Matilda, gracias por aguardar.

Matilda no lucía nada convencida, pero asintió dando una airada mirada a Molly antes de ir de vuelta a su escritorio. Molly también envió miradas sentidas a ella, pero se enfocó en Harry.

Harry había notado que si no actuaba pronto, Molly haría una escena ahí donde todos pudieran verle. La discreción siempre se le había escapado de las manos, pero esta vez haría un esfuerzo por evitar un escándalo. Saludó a Molly con cortesía y la invitó a entrar a su oficina sin ofrecerle alternativas. Sabía que ella había esperado verle desesperado, tímido o temeroso, por lo que actuar con serenidad había tomado con la guardia baja a la mujer.

No que lograra apaciguar del todo su furia. En cuanto estuvieron adentro —y Harry colocara un hechizo silenciador para evitar curiosos—, Molly estalló en reclamos. Harry estaba acostumbrado al tono demandante de su suegra, después de todo, gritar había sido práctico para criar a siete hijos. Dejó que ella se desahogara, no sólo porque se notaba que lo necesitaba, sino para reunir información. No era una táctica suya, de hecho le molestaban los gritos, pero relacionarse con Theodore había causado que aprendiera un par de trucos. Por ejemplo, dejar que las personas hablaran te daba la oportunidad de saber más cosas que si dirigías la conversación con preguntas.

Y como había supuesto, Ginny habló más de la cuenta. Harry evitó soltar una exhalación de cansancio. El motivo por el que lo había hecho escapaba de su entendimiento. En una situación habitual, Ginny no se comportaría de aquel modo. Ella siempre había sido una persona valiente, con una determinación y una inteligencia sobresalientes. Cada vez que Molly hablaba, sonaba menos a algo que Ginny diría, sin embargo, ¿cómo podía saberlo realmente? Las peleas entre ellos nunca habían ido tan lejos, y Harry temía que Ron y Molly no hicieran más que empeorar la situación por no calmarla.

—Ginny dice que las has dejado por… por Pansy Parkinson, ¿por qué, Harry? ¡Pensé que la querías, que mi hija era tu adoración! Oh, cómo la mirabas en la boda, como si no hubiera nada más importante en el mundo… y ahora, ¿qué ha sucedido? Ginny es una buena esposa, una excelente compañera.

—No es eso —dijo Harry—, no todo es como parece, Molly. Las cosas sucedieron sin planearlas.

Molly le miró como si le desconociera. Harry sabía que estaba esperando que le pidiera perdón. Pero Harry no le debía una disculpa a ella.

—Y mis pobres nietos… están tan confundidos. Preguntan por ti y escuchan todo lo que Ginny dice…

Aquello hizo que Harry frunciera las cejas. Una cosa era que Ginny inmiscuyera a su familia, pero los niños no tenían que enterarse de cosas que estaban tergiversadas por su madre. Harry detuvo a Molly poniéndose de pie de golpe.

—¿Qué es lo que Ginny les ha dicho exactamente a los niños? —preguntó.

Molly se vio confundida por su tono, sin duda ofendida por su demanda, y con más reclamos respondió. Ginny no sólo había mentido sobre Pansy, también había mencionado a los «bastardos de la serpiente», a James y a Rinoa, diciendo que Harry los prefería, y aunque no lo dijo directamente, Molly lo estaba culpando de los ataques de ir de Ginny, quien se refugiaba en la compasión y se desquitaba con Albus y James (principalmente Albus).

Harry deseó nunca haberle permitido a Ginny llevarse a sus hijos. Creyó que estarían a salvo con ella, lo que nunca pensó era que precisamente ella podía lastimarlos más que cualquier otra persona.

—Ginevra no le ha dicho la verdad, Molly —dijo Harry.

—¿Insinúas que mi hija miente? —protestó con la cara roja.

—Por lo que mí respecta, estoy hablando de frente. Esta situación es sensible y es entendible que ella actúe diferente, pero esto no es normal. Ginny nunca se pondría como una víctima y nunca haría nada para herir a nuestros hijos. Te pido por su bienestar que no alimentes su obsesión.

Molly boqueó, como si repentinamente le hubiera arrojado un vaso con agua. Harry fue impasible en su gesto. Ginny había tocado algo que no debía.

—Pero...

—Pero nada, Molly —cortó—. Las cosas entre Ginny y yo, las resolveremos nosotros. Ni tú ni Ron ni otro Weasley tienen porqué meterse. Si eso ha quedado claro, te pido que te retires y hagas caso a mi petición. O Ginny enfrentará una demanda si descubro que lastimo a mis hijos. No tengo tiempo para hablar contigo sobre un tema que no te incumbe.

Molly hizo un gesto ofuscado, como si le hubiera dicho una maldición. Harry no hizo ningún movimiento, no dejó de observarla para demostrarle que estaba hablando en serio. La bruja supo en ese instante que algo había cambiado en él, algo más allá de la simple madurez, algo más que había impedido su cometido. Porque Molly quería devuelta la estabilidad y felicidad de su familia, y quería que Harry y Ginny resolvieran sus diferencias. Tal parecía que eso no era lo que Harry quería, y por eso salió sin decir más.

Harry esperó a que Molly se fuera para sacar una pluma y una hoja de papel. Las cartas que escribía a sus hijos no eran devueltas, y se imaginaba que Ginny tenía que ver con eso. Bien, si así era, Harry se encargaría de que leyera ésta que iba dirigida expresamente a ella.

"Ginevra:

No sé qué es lo que te sucede para que hables de esa forma a mis espaldas. Nunca te he dado razones para dudar de mi sinceridad, y salvo los recientes acontecimientos, no tienes base alguna para empezar a desacreditarme a mí, a Pansy y a mis hijos frente a tu familia. No te escribo esto para reclamarte o pedirte imposibles, sino para hablar frente a frente y aclararlo todo. Te aprecio, pero no quiero que esto se salga de control. Nunca te has comportado como una víctima, y no deseo que empieces ahora. Por favor, hablemos.

Atentamente, Harry".

Nunca había sido su fuerte escribir cartas. Ésta en particular iba a causar un revuelo inimaginable, pero Harry no podía quedarse de brazos cruzados. Sus hijos eran lo más importante en su vida, y si tenía que alejarlos de su madre para protegerlos así lo haría. Llamó a su secretaría, quien entró sonriendo plenamente. De seguro estaba contenta por haber visto a Molly salir tan dolida.

Harry le entregó la carta y le dijo que no quería que nadie la viera cuando la mandara. Matilda asintió.

—También contacta a Theodore Nott —dijo Harry. Si Ginny quería el divorcio, eso le daría, pero pondría condiciones que sólo Theodore sería capaz de realizar. No podía pedírselo a Hermione, conociendo a Ron no estaría feliz de enterarse que su esposa estaba ayudándolo a separarse de su hermana.

—Enseguida, señor.

Harry regresó a su trabajo, tratando de distraerse en los reportes que faltaban.


Al tercer día, Hiccup ya había empezado a impacientarse por no tener la oportunidad de hablar con Gobber sobre Valka. Al descubrir que tenía más familia además de su tío Spitelout y Snotlout, quería preguntarle a Gobber más sobre su madre. Tenía que tener más certeza que un simple descubrimiento, después de todo, en cuanto las vacaciones terminaran les contaría sobre esto a sus amigos.

Mérida le había dicho que podía ir a visitarla cuando quisiera a su casa en el Valle de la Esperanza en Castleton. Hiccup había tomado con seriedad su oferta, considerando pedirle a Gobber que lo llevara en su camioneta. El GPS les mostraría el camino, pues era un viaje de aproximadamente tres horas. Infortunadamente para Hiccup, Stoick lo había puesto bajo estricta vigilancia. Durante tres días desde que llegó no había podido salir, ni siquiera visitar a Fishlegs. Lo que era frustrante para Hiccup que siempre había tenido la libertad y la confianza de pasearse a su gusto en el complejo de departamentos.

—¡Hiccup, ya llegué! —anunció Gobber

—¡Estoy en mi cuarto, Gobber! —y rodó los ojos. ¿A dónde más estaría? Incluso con la supuesta restricción de Gobber, Hiccup podía salir si lograba burlar al portero y a los vecinos chismosos, pero en sí no tenía a donde ir si Gobber no lo llevaba. Hiccup habría querido ir al Callejón Diagon o al Caldero Chorreante, pero Stoick había aumentado el trabajo de Gobber para mantenerlo ocupado. Era un milagro que Gobber regresara a casa tan temprano y Hiccup supuso que había conseguido zafarse de sus deberes.

—Como Stoick siga poniéndome a hacer esas tareas inútiles, terminaré más estresado que cuando estuve en el ejército —se quejó apenas entró a la habitación de Hiccup—. Pero ni siquiera él puede obligarme a verificar que los estantes estén bien ordenados. No, señor, yo nunca me quedaré más de una hora viendo que viejos muebles estén en perfectas condiciones. Él debe ordenar sus prioridades. Como sea, ya estoy en casa, ¿qué quieres que prepare para cenar? Aunque prefiero pedir algo a domicilio. Uhm, ¿por qué me estás mirando así?

—Gobber —dijo con un tono que el hombre identificó bien. Usualmente era el que Hiccup empleaba antes de hacer algo que lo metiera en problemas—. Tengo que decirte algo y espero que no trates de cambiar el tema o mentirme. Por favor, no es nada malo, pero necesito que me escuches.

Gobber puso cara de que precisamente sí estaba por enterarse de algo malo. Tomó asiento cerca de Hiccup y le miró con atención. Hiccup respiró profundamente. Si bien estaba preparado, también era un asunto delicado a discutir. Pero no tenía otra opción, y a menos que quisiera estar encerrado durante todas las vacaciones, tenía que hacerlo. Así que le contó todo desde sus ligeras sospechas hasta su conversación con Mérida. Cuando finalizó de hablar no sintió esa ligereza en el pecho que tanto describían los que argumentaban que decir la verdad liberaba. Hiccup se sentía pesado, como si de repente el peso de la realidad se instalara en sus hombros.

—Sé que suena a que estoy loco, pero lo investigué a fondo. Mérida sabía el nombre de su primo, mi nombre, y también el de mi madre.

Gobber parecía aturdido, como si alguien lo hubiera golpeado muy fuerte en el rostro. Le tomó unos segundos considerables lograr articular una respuesta.

—No sé qué decir, Hiccup —fue sincero. Se pasó una mano por la cara—. No había pensado en Elinor Jolene desde hace años. La conocí cuando tus padres se casaron, pero no hablé mucho con ella. Era… muy peculiar. No creo que fuera feliz de que Valka se casara con Stoick… quizás fuera porque Valka era una bruja. Ahora le estoy dando sentido a muchas cosas. Muchas personas que conocieron a tu madre decían que tenía magia. Creo que eso se volvió muy literal.

—La madre de Mérida tiene los ojos y el cabello oscuros, la piel clara, y es muy alta. No es una gran descripción… pero es lo que tengo. Ella no tenía fotos al alcance para mostrarme.

—Elinor era una mujer alta y hermosa, con su cabello largo atado en una larga trenza —dijo Gobber—. No sé si su imagen actual sea diferente, pero creo que la reconocería de nuevo si la viera.

Hiccup aprovechó su oportunidad.

—Si volvieras a verla, podrías reconocerla, ¿verdad? Mérida me dio la dirección de su casa, dijo que podía ir cuando quisiera, que ella se encargaría de contarle a su familia sobre mí. Gobber, sé que lo que te pido es una locura, pero necesito ir a Castleton ahora. Tengo más familia aparte de los Haddock y los Jorgenson, familia a la que puedo recurrir si alguna vez tengo que irme de aquí.

—Aye, aye, no te vayas a esos extremos, muchacho, no creo que Stoick llegué al punto de correr a su propio hijo —dijo Gobber torciéndose el bigote con su gancho—. Además, no estás solo. Tienes a ese mago, a Potter, y por supuesto a mí. Así que nada de menospreciar nuestra presencia, eh, aunque entiendo tu deseo… supongo que podría ignorar una orden de Stoick en beneficio de su hijo.

Los ojos verdes de Hiccup se iluminaron con anhelo. Gobber suspiró con cansancio. Había nevado los días anteriores, por lo que el camino estaría cubierto de nieve o totalmente congelado.

—¡Perfecto! —dijo Hiccup de pronto, corriendo hacia su mochila de donde extrajo varios frascos con líquido de color anaranjado—. Me tomó un tiempo, pero pude conseguir hacer una poción similar a la de aliento de fuego, sólo que está servirá para cubrir tu camioneta y derretir la nieve en cuanto pase por el camino.

—Espera, no creo que sea muy inteligente poner una poción que usa la palabra fuego en su nombre —dijo Gobber—. Además, ¿cómo sabes que funcionará? Mi camioneta está en riesgo.

—La he probado en una escoba y en el carrito de golosinas del Expreso de Hogwarts antes de venir a casa —explicó Hiccup—. La escoba estalló en llamas, pero el carrito soportó bien. Supongo que no puede ser usada en superficies como la madera.

Gobber no estaba convencido. Hiccup puso su mejor cara de cachorro apaleado, ésa que era la debilidad de Gobber. Por mucho que se hiciera el rudo, Gobber Belch no era más que un manso hombre.

—Está bien, ¡pero más te vale que mi camioneta no termine en llamas, muchacho! Puedo explicarle a Stoick el hecho de que la gasolina no me haya durado, pero definitivamente será difícil explicar por qué la camioneta terminó derretida.

En menos de cinco minutos, Hiccup estaba dentro de la camioneta esperando que Gobber terminara de echarle encima la poción. Había preparado una mochila con cosas indispensables, que creía le ayudarían en su visita. Cuando Gobber ocupó el asiento del conductor, puso en marcha la camioneta. El GPS se activó marcando una ruta, advirtiendo sobre los peligrosos caminos congelados, lo que no importó demasiado porque la poción sí estaba funcionando. La camioneta emitía suficiente calor como para derretir la capa de hielo y avanzar sin tantos problemas.

Sería un viaje largo, por lo que Hiccup se entretuvo repasando Linajes Mágicos de Annegrace Greengray y Jory Wings. Si iba a presentarse, tenía que tener control sobre sus conocimientos de las familias mágicas de Europa. Además, era mejor leer a tener que escuchar a Gobber cantar villancicos navideños en sus raras y nada decorosas versiones. El libro era fantástico, bien detallado y actualizado, aunque las hojas estuvieran desgastadas. La señorita Pince había dejado que se lo llevara porque le agradaba el respeto que tenía por los libros de la biblioteca. Hiccup encontró muchos apellidos de sus compañeros. También había leído la historia familiar de los Black, sobre todo porque podría servirle para relacionarse con Sirius y Regulus. Lo que Hiccup resentía era que los nombres de los familiares desterrados estuvieran tachados, así como sus logros y su descendencia. Por ejemplo, había querido saber qué había sido de Isla Black luego de haberse casado con el muggle Bob Hitchens; o de Edward Limmette Black por apoyar los derechos de los muggles; o de Cedrella Black por casarse con el traidor a la sangre Septimus Weasley, y a Marius Black por ser un squib.

Le interesaba saber cómo se heredaba la magia.

—Ya casi llegamos —informó Gobber llamándole la atención.

Castleton tenía otro nombre. Se le llamaba la Gema de los Picos por las montañas de su paisaje. E n primavera, el verde de los árboles enaltecía el azul del cielo claro con algunas blancas nubes. El campo abierto era precioso también, pero ahora estaba cubierto de nieve blanca como para admirar algo más. Mérida le había contado a Hiccup que solía montar a caballo cuando estaba aburrida ya que su madre se empecinaba en que no volara en escoba aunque ningún vecino pudiera verla por el hechizo de protección en el terreno de los DunBroch. Las casas eran rudimentarias, casi austeras, de piedra opaca, y todas tenían un pequeño patio principal rodeado de bardas no muy altas.

Hiccup indicó a Gobber qué camino tomar para llegar a la casa de Mérida.

—¿Estás seguro que es por aquí?

—Sí, me dijo que es la que está al final de la vereda, hasta arriba —contestó—. Mmm, ¿habrá casas que comprar aquí? No me molestaría tener un sitio aquí para vacacionar.

—Sería bonito, pero no creo que tu padre esté contento con la idea de que vivas junto a otros magos, sobre todo descubra que la hermana de su fallecida esposa era bruja, y por lo tanto, Valka también. Le va a dar un infarto, y ambos seremos cómplices de su muerte.

Hiccup no pensó en ello por el momento. Estaba más nervioso por lo que pasaría durante su visita. Vislumbró la casa de Mérida a pesar de la nevada. Ninguna otra casa tenía hachas, espadas y mazos como adornos en sus bardas. Cuando Gobber estacionó la camioneta enfrente, Hiccup se percató del pequeño cobertizo al lado de la casa. Era el establo del caballo de Mérida, Angus.

Cuando bajaron del auto, Hiccup se ajustó la bufanda, los guantes y el abrigo. Exhaló lentamente creando una nube de vapor. Hacía mucho frío. Avanzó junto a Gobber hacia la puerta y tocó tres veces. En segundos, la puerta se abrió revelando a un hombre muy alto. Tenía la cara con una gran nariz con un gran bigote y ojos muy azules. Gracias al cabello pelirrojo, pudo identificarlo de inmediato. Este hombre era el padre de Mérida.

—¿Quién eres tú? —preguntó con voz hosca. Miró al hombre detrás de Hiccup con desconfianza—. No compramos nada por muy beneficioso, necesario o lo que digas que sea.

—No somos vendedores —aseguró, tratando de mantenerse calmado. La presencia de Fergus DunBroch era intimidante.

—Entonces, ¿a qué vienen?

Hiccup empezó a creer que a las Jolene les agradaban los hombres toscos y grandes. Stoick no era precisamente delicado, incluso con sus impecables modales. En un universo paralelo en el que su padre no tuviera problemas con aceptar que su hijo fuera un mago, se llevaría bien con Fergus.

—Mi nombre es Hiccup Haddock y vengo por…

—¿Hiccup, el amigo de mi hija? —inquirió de pronto dejando atrás el tosco gesto y mostrando una enorme sonrisa que descolocó al pobre Hiccup—. ¡Por fin nos conocemos! ¡Ella no ha dejado de hablar de ti! Mira que descubrir que su primo no está muerto sino en la misma escuela que ella, ¡a Eli casi le da un paro cardiaco! Bueno, en realidad se desmayó y está descansando. Le ha costado asimilar la noticia más de lo que yo esperaba.

—¿Papá? ¿Está Hiccup afuera? —interrumpió Mérida dando empujones a su padre para que la dejara pasar. Ella estaba vestida con pantalones color arena, una remera verde y un chaleco gris. Ella sonrió en cuanto lo vio y se lanzó a él para abrazarlo—. ¡Oh, qué bien que estés aquí! No pensé que vendrías tan pronto, en especial porque ha estado nevando. Pero bueno, somos primos por algo. Yo habría hecho lo mismo si mamá no hubiera insistido en que debíamos esperar a que vinieras, para que conocieras la casa.

Hiccup sintió en ese abrazo algo que nunca había experimentado. Un calor agradable, un sentimiento de paz que lo hizo sentirse querido y aceptado. Stoick nunca había sido afectuosos con él, mucho menos Spitelout que lo detestaba. Meredith, la esposa de Spitelout, era amable, pero no la veía a menudo.

—Bienvenido, Hiccup —dijo Mérida dejando de abrazarlo. Notó la presencia de Gobber y dirigió un gesto amistoso hacia él—. Veo que trajiste a Gobber.

—Es un honor conocer a la prima de Hiccup, señorita —comentó Gobber cordialmente.

—Es un honor conocer al hombre que ha apoyado a Hiccup todo este tiempo. Anden, pasen, están en su casa —tomó del brazo a Hiccup—, ¡debes conocer a mis hermanos! ¡Les encantarás! MK también está aquí, espero no te moleste.

"Me molestaría si fueran Overland y Fitzherbert", habría querido contestarle.

—MK me agrada —dijo, sabiendo que Mérida era una amiga cercana a Eugene y Jackson como para sentirse cómoda con un comentario así.

La casa era acogedora en el interior, de paredes con tapices color pistache y paredes llenas de fotos familiares. Había mesitas con jarrones con flores silvestres, y el piso de madera se veía viejo pero preservado. Una fotografía en particular le llamó la atención cuando llegaron a la amplia sala de sillones de lino amarillento. Dos muchachas sonreían mientras miraban a la cámara, y por el movimiento, supo que se trataba de una foto mágica. A una la reconoció como su madre, la otra era la madre de Mérida. Se acercó para admirarla por completo cuando sintió que lo tomaban de las manos y lo jalaban. Al mirar hacia abajo, se topó con tres niños de rizos pelirrojos y grandes ojos azules que le miraban con entusiasmo.

—¿Eres nuestro primo? —preguntó uno de ellos. Hiccup asintió, algo indeciso. Y ése fue su error.

Confirmárselo a los trillizos DunBroch fue para Hiccup una cosa tremenda. Esos niños tenían la energía de grupo de atletas olímpicos con sobrecarga de esteroides. Cada vez que lograba deshacerse de uno, otro le tomaba del brazo y lo llevaba a recoger la casa de arriba abajo. Ni siquiera tuvo tiempo de saludar a MK cuando la vio.

—Pobre Hiccup, apenas se da abasto con tus hermanos —dijo MK cuando los trillizos empezaron a hacerle todo tipo de preguntas al chico.

—Se acostumbrará, pero supongo que tengo que presentarlos formalmente, de lo contrario mi primo no podrá diferenciar quién es Harry, Hubert y Hamish, y eso será un problema.

—¿Qué pasa con el señor Gobber?

—Él y papá se fueron a la forja. Al parecer, ambos fueron parte del ejército británico y están compartiendo anécdotas —contestó—. No van a salir de ahí en un buen rato, así que es mejor aprovechar que nadie nos vigila para jugar con libertad. Además, así aprovechas para acercarte a Hiccup.

—¡Sshh, Mérida! No quiero que se entere —dijo con las mejillas rojas—, espera, ¿me invitaste por eso?

—Claro que no, MK, no sería capaz. Jamás imaginé que Hiccup fuera mi primo, ¿sabías? Mi invitación fue antes de así que no tengo nada que ver. Que tú me hayas dicho que te gusta Hiccup es otra cosa.

MK le dirigió una mirada recelosa, pero no pudo decirle más. Los trillizos habían traído a Hiccup devuelta a la sala y habían empezado jugar un juego de mesa muggle. Era monopoly. Hiccup no supo qué pasó, pero no pasaron ni diez minutos y estaba en la bancarrota. Había tenido que venderle todas sus propiedades a Hubbert para pagarle a Harry y retirarse indemne. Cuando el juego se centró en los trillizos, empezaron los problemas. Hamish se molestó cuando Hubbert ocultó una propiedad, y Harry no mejoró la situación cuando hipotecó tres propiedades para que Hubbert no pudiera acceder a sus beneficios una vez le tocara arrebatárselas.

El ruido despertó de su descanso a Elinor. Ella bajó por las escaleras y se dirigió hacia la sala. No era extraordinario el escándalo, pero prefería mantener un saludable nivel de sonido en su casa. Se encontró con sus hijos vueltos un desastre por el estúpido monopoly (ese aberrante juego que creyó los haría más responsables). Elinor evitó rodar los ojos. Siempre era lo mismo.

—Basta —solicitó con voz apremiante, pero cuidadosa. MK era una invitada, y a pesar de lo que podría esperarse, Elinor no quería causarle una mala impresión—. Mérida, te había pedido que no sacarás ese juego porque tus hermanos se emocionan.

—Pero, mamá —se quejó.

Hiccup vio con atención a la mujer que acababa de entrar. ¿Ella era la hermana de su madre? La muchacha en el retrato tendría unos diecisiete años, la mujer de ahora tendría más de treinta.

—Por Circe, Mérida, ten compostura. Una dama debe ser educada cuando vienen visitas a su casa.

—Ajá, y según tú, ¿está bien que hayas ignorado a nuestro invitado? —y dio una mirada significativa hacia Hiccup.

Elinor no entendió a lo que se refería hasta que viró hacia donde estaba Hiccup. Sus ojos se ensancharon cuando se dio cuenta de quien se trataba. Podría tener el color del cabello y los ojos de su padre, pero la boca y el mentón, además de la forma de sus ojos… todo eso era de Valka.

Hiccup se quedó quieto, nervioso y esbozó una pequeña sonrisa.

Elinor sintió un nudo en la garganta.

Era la sonrisa de su hermana. Éste era el hijo de Valka, Hiccup, y Elinor sintió unas enormes ganas de llorar. Hace doce años un terrible accidente le había quitado a su hermana, pero Hiccup sí había sobrevivido, no como había creído hasta entonces.

—H-Hola, mi nombre es H-Hiccup —dijo Hiccup cuando se dio cuenta que habían pasado muchos segundos mirándose mutuamente.

—Hiccup —sonrió Elinor sintiéndose muy feliz por decir su nombre. En un impulsivo movimiento de parte de ella, lo abrazó con todas sus fuerzas. Tenía tantas cosas que quería saber, tantos años vacíos que llenar con palabras que terminarían con el desasosiego y la culpa.

Hiccup no supo si debía devolver el abrazo. Nadie nunca lo había estrechado con tanta necesidad como Elinor, pero se dejó hacer. Se sentía bien y correcto, y había necesitado tanto del abrazo de una madre durante su niñez, que el gesto lo había conmovido.

—Bienvenido, Hiccup —dijo Elinor cuando se percató que el abrazo se había prolongado más de lo adecuado. Se limpió discretamente las lágrimas que se asomaban de sus ojos—. Yo soy Elinor DunBroch, tu tía. Seguramente tienes muchas preguntas que quieres hacer y estoy dispuesta a responderlas todas.

Elinor era una excelente anfitriona, incluso cuando Gobber se presentó —luego de regresar con su charla con Fergus—, no actuó groseramente. Usó su varita para preparar una merienda cálida; ponche de frutas, pastelillos de calabaza con pasas y alfajores.

—Deberías venir más seguido, Hiccup, mi madre rara vez nos prepara tantos dulces —dijo Mérida. Hiccup sonrió avergonzado.

Elinor fue fiel a su palabra. Contó la historia de Valka con tanto detalle que Hiccup se maravillaba a cada segundo. Valka y Elinor descendían de una de las pocas familias reales con sangre mágica que quedaban, los Jolene. Habían estudiado en Beauxbatons graduándose con honores. Valka había decidido viajar por el mundo para conocer más lugares, más personas, mientras que Elinor resolvió los asuntos de sucesión luego de que sus padres, los abuelos maternos de Hiccup y Mérida, murieran. La sucesión no era un evento importante, ya que la realeza mágica no tenía tanto poder como antes, pero era imprescindible pues demostraba que el sucesor era lo suficientemente capaz para llevar las riendas de la familia.

—Valka no quería convertirse en la cabeza de la familia, por lo que alargó sus viajes. En uno de ellos, como era muy encantadora, la invitaron a una fiesta donde conoció a Stoick —explicó Elinor—. Supongo que vio algo en él que la trajo. Nunca pude comprender qué exactamente, él era muy primitivo.

Gobber se acercó a Fergus para susurrarle:

—Considerando que tú eres igual, criticar a Stoick es inapropiado.

—Sí —asintió Fergus—. Espera, ¿qué?

Elinor le contó a Hiccup, que a Valka le encantaba pasear por los enormes terrenos de la mansión de los Jolene. Como, por parte de la abuela de Hiccup, tenían sangre de una prestigiosa familia de Noruega, los Wallas, habían aprendido Magia Marcial. Los Wallas también habían sido conocidos por sus conocimientos sobre dragones, especialmente los Ridgeback Noruegos, como domadores. También le aclaró que Valka nunca renunció del todo a sus derechos de sucesión como ella, lo que hacía de Hiccup un posible príncipe.

—En realidad, es algo simbólico. Cuando tus abuelos murieron, el consejo quiso nombrar a Valka, pero ella estaba de viaje y cuando envió una carta anunciando que se casaba con un muggle, decidieron elegirme a mí. Pero yo no era apta del todo, y un año después conocía a Fergus y terminé casándome con él. Ya que no deseaba que se entrometieran en mi vida, decidí claudicar al trono. La muerte de tu madre terminó con todos sus planes, aunque creo que sería interesante si te convirtieras en un sucesor.

—¿Yo podría ser digno de esa posición? —dijo Hiccup.

—Por supuesto, tú sangre es Jolene —dijo Elinor—. Creo que podría arreglar un encuentro con el consejo de ancianos…yo te asesoraría en todos los protocolos que debes conocer y siempre puedes decidir si no quieres hacerlo. Habrá que avisarle a tu padrino sobre esto. Tu vida podría dar un giro de 180°, Hiccup, ser un príncipe no es nada sencillo aun si los tiempos han cambiado. Como tal tu responsabilidad sería mediar relaciones con otras naciones y las pocas familias reales mágicas que quedan. Nada difícil salvo que, como a tu madre, a ti tampoco te guste hacerlo.

—Mi padre me obliga asistir a eventos sociales de caridad y de negocios. Puedo arreglármelas sin problemas.

—¡Ésa es la actitud, primo! —dijo Mérida abrazándolo—. Je, je, je, es la primera vez que te llamo así. Me gusta tener más familia, sabes, mi papá es hijo único así que es genial saber que tengo más familia.

Hiccup sentía lo mismo que ella. Era una bendición saber que por su sangre

—Yo también estoy contento —comentó Fergus—, tengo un sobrino nuevo que ha hecho sonreír a mi Elinor. Mérida nos ha contado lo hábil e inteligente que eres. Tu padre debe estar orgulloso de ti, Hiccup.

—Eh... sí, eso —pronunció, tratando de no ver las reacciones de desconcierto de su recién adquirida familia. Suspiró. Era una necedad ocultar un hecho que pronto podrían descubrir—. Mi papá no tomó a bien la noticia de que soy un mago. No nos hemos llevado bien desde entonces.

Una pausa incómoda. Nadie decía nada ni Gobber se atrevió a intentar defender a Stoick. Hiccup quiso que el momento pasara pronto. La indiferencia de su padre seguía escociéndole el corazón, pero era algo con lo que podía lidiar. También era beneficioso. Si Stoick se hubiera enterado de la existencia de Pitch y Gothel, habría tenido razones suficientes para sacar a Hiccup de Hogwarts. Pero los DunBroch parecían totalmente desconcertados, como si la idea de que un padre despreciara de esa manera a un hijo fuera inverosímil.

—¿Qué es lo que tiene en la cabeza ese hombre? —dijo Elinor, sorprendiéndolo por el cambio en su entonación y su gesto fruncido—.¡Cómo se atreve a ignorar a su propio hijo, a su sangre! ¡Es indignante! Como si él fuera perfecto con su pésimo sentido del humor y su obsesión por querer ordenarlo todo. Esto no puede quedarse así. No voy a permitir que el hijo de mi querida hermana sufra por la estupidez de un necio.

—Tranquila, cariño, los niños están en frente —dijo Fergus tomándola de los hombros.

Elinor respiró tres veces antes de calmarse y le dio a Gobber una mirada de odio profundo. Éste, que se había mantenido al margen, la enfrentó sin pena.

—No me mires así, mujer. No podía hacer nada.

—Excusas. Todos las usan para no enfrentar su cobardía. Si tu querido amigo no quería tener a su hijo cerca, pudiste haberme buscado. Yo nunca despreciaría a mi sangre. O quizás hubieras ido con alguien más capacitado para proteger a un niño mago.

—Ajá, ¿con quién? En ese momento no sabía que Hiccup era un mago. Si lo hubiera entregado a Servicios Infantiles muy probablemente habría terminado en un hogar horrible donde lo habrían encerrado por causar esos accidentes por su magia sin control. Hiccup es un Haddock, y si bien eso no tiene importancia en tu mundo, en el de nosotros sí. ¿Acaso tienes idea de lo que enfrenta día a día? Ahora no sólo pertenece a una afamada familia muggle o como sea, sino a una mágica con la misma importancia.

—No me hables como si no supiera de cargas.

—No lo hago. Sólo digo que nada podemos hacer con el pasado más que aprender de él. Hiccup va a enfrentarse a cosas más duras en el futuro, así que podemos seguir discutiendo sobre esto o encontrar una salida.

—Él tiene razón, cariño —dijo Fergus amablemente—. El pasado es el pasado, y nada podemos hacer al respecto. Bueno, quizás sí porque ustedes son mágicos y eso —y le guiñó el ojo.

Elinor respiró profundamente de nuevo. No volvería a perder la compostura por culpa de Stoick Haddock.

—Tienes un poco de razón. Si no ponemos un fic a esto, Hiccup pasará toda su vida enfrentando una situación insoportable. Así que tendré que ir a tu casa —miró a su sobrino— y hablar con tu padre sobre esto. Es hora de que abra los ojos y acepte que la magia corre por tus venas debido a que tu madre era una bruja.

La declaración causó sorpresa. Hiccup parecía desconcertado. Mérida y sus hermanos vieron con asombro a su madre. Fergus estaba impactado. Gobber no lo podía creer. Pero Elinor fue inflexible. Su decisión estaba tomada y nada podía hacerla cambiar de parecer.

A MK le maravilló la personalidad de Elinor. Descubrió de donde Mérida había heredado su impulsividad. Elinor le pidió a Hiccup las coordenadas de su casa. Se aparecerían por allá para no perder el tiempo. Gobber se rehusó a ir con ellos. La "teletransportación" no era algo que quisiera experimentar. Le dijo a Hiccup que prefería volver en la camioneta, y que no se preocupara por él.

—Nos veremos allá —dijo Gobber desde el asiento del chófer. Luego vio a Fergus—, y tú, DunBroch, me debes otra charla sobre tus días como soldado.

—La próxima vez te contaré cómo perdí la pierna —indicó señalando su pata de palo.

—Es un trato —dijo Gobber, y le dio un último vistazo a Hiccup—. Aunque no parece lo más sensato, confío en que Elinor ayudará a comprender a tu padre que no es tu culpa ser como eres. Ella es tan terca como él, así que tendrás que ponerte firme y evitar que se peleen. Todo saldrá bien, Hiccup.

—Eso espero.

Gobber puso en marcha el motor y piso el acelerador. La camioneta desapareció cuando se alejó por la vereda. Hiccup no dejó de observar hasta que Elinor le pidió que volviera a casa.

—Es mejor que sólo vayamos nosotros —le dijo a Mérida y a Fergus cuando quisieron apuntarse—. No será un momento agradable, y posiblemente Stoick no se sienta cómodo con mi presencia. Considerando eso, si van más personas, será un desastre desde el comienzo. Depende de cómo resulte, puede que te den permiso de pasar las vacaciones con nosotros si eso es lo que deseas.

—Me encantaría —dijo Hiccup, sintiéndose aturdido por todo. No había imaginado que su tía iría a hablar con su padre. No podía pensar si terminaría bien o mal. Elinor era diplomática, por lo que Stoick estaría dispuesto a escucharla—. Tengo que avisar a Harry cuando todo esto termine, tía Elinor.

—Es muy considerado de tu parte —asintió con aprobación—. ¿Estás listo?

Elinor lo tomó del hombro. Hiccup no había experimentado el viaje por aparición jamás. La sensación de ser tomado con rapidez, de revolvimiento de tripas, no fue nada placentera. En la camioneta de Gobber se habrían tardado tres horas en regresar. Con Elinor sólo fueron unos segundos. De un momento a otro, de estar en la casa de su prima estaba de vuelta en su hogar. Hiccup no dejaba de maravillarse por los diversos usos de la magia.

—Puede que tengamos que esperar, —informó Hiccup a su tía—, papá a veces no viene con regularidad a casa por esta época. Quizás deba llamarlo.

—Esperaré, Hiccup, uno nunca debe apresurar las cosas. Si soy sincera, nada me impediría irrumpir en su oficina para pedirle explicaciones. No quiero que creas que está hacer un escándalo, por eso me contengo. Siempre debes controlar tus impulsos y ver el panorama completo, o terminarás haciendo el ridículo. También está el hecho de que quiero conocer en qué clase de casa has estado viviendo. Eres un Jolene. Un Jolene que posiblemente ascenderá a príncipe. Si los del consejo descubren que has vivido en pésimas condiciones, se pondrán furiosos con tu padre.

—No he vivido tan mal —dijo Hiccup en defensa de su padre. Pero Elinor estaba demasiado ocupada pensando en qué le diría a Stoick como para prestarle atención.

Hiccup la guió para que se sentara en uno de los sofás. Pensó que lo correcto sería invitarle alguna bebida, pero en cuanto la idea pasó por su mente, escuchó la puerta abrirse. No habría podido ser Gobber por obvias razones, y Bear no permitiría que nadie irrumpiera en su piso sin antes llamarle por el auricular. No tuvo que asomarse. La figura de su padre se presentó.

Stoick Haddock llevaba un grueso abrigo de piel y un gran portafolio con papeles muy importantes. A Hiccup no le extrañó que lo ignorara. Stoick pasó a su sala para poner su portafolio sobre el sofá. Se habría dado la vuelta como si nada si Elinor no estuviera sentada allí. Al principio no la reconoció y la tomó como una intrusa. Sin embargo, cuando la observó con cautela, se percató de quien era.

—¿Elinor? —inquirió, pasmado. Hiccup nunca había oído a su padre con ese tono tan afectado.

—Sí, la misma —espetó. Se levantó con gracia y se dirigió a su sobrino—. Gracias, Hiccup, por traerme. Te pido que salgas un momento, por favor, esto se pondrá un poco rudo.

Hiccup quiso decir algo. Una parte de él no quería saber qué es lo que pasaría, otra parte quería quedarse y recordarle a su tía que si iban a hablar sobre su futuro lo hicieran frente a él. Pero al pensarlo bien, supuso que Elinor quería evitarle una mala experiencia. Con reticencia, abandonó el cuarto quedándose con la oreja pegada a la puerta por si escuchaba algo. Desgraciadamente Elinor no tuvo remordimiento en insonorizar la habitación, así que no pudo escuchar nada.

—Han pasado más de doce años desde la primera y última vez que te vi, Elinor —dijo Stoick—. ¿Por qué estás en mi casa? Recuerdo que nunca quisiste que me casara con tu hermana.

—Y sigo con la misma opinión, pero no he venido a eso. Ella falleció hace muchos años, un suceso doloroso que no he podido superar. Aunque mi preocupación actual es su único hijo. Me parece una falta de respeto que no me hayas avisado que estaba vivo cuando pensé todos estos años que había muerto junto a mi hermana.

—¿Cómo contactarte cuando mostrabas tanto desprecio por mí?

—A ti te desprecio, pero nunca odiaría a la estirpe de Valka. El niño no tenía culpa alguna de que tú no merecieras a su madre.

—Valka me eligió y eso es lo que me importa. No sé cómo Hiccup ha podido encontrarte, pero si no tienes nada nuevo que decir, exijo que salgas de mi casa.

Pero Elinor no tenía la mínima intención de irse sin soltarle todo lo que había guardado ese tiempo.

—Ahí es donde te equivocas, como siempre. Vine a decirte que quiero que Hiccup pase algunos días en mi casa, para que conozca bien sus raíces que tú le estás negando conocer.

Stoick puso un gesto contrariado.

—Si hablas de que lo deje ir así nada más, no lo haré. Valka podrá ser escocesa, pero nunca he tenido interés en que Hiccup conozca a esa parte de su familia.

—Esas raíces no son de las que estoy hablando —acotó. Stoick estaba cada vez más confundido—. Hiccup me encontró gracias a que conoció a mi hija en Hogwarts. Él supo que mi apellido de soltera era Jolene, como el de su madre, y logró lo que tú nunca te dignaste a hacer, encontrar a la familia de tu esposa. Puedo decir que fue muy brillante al hacerlo.

Como si un tetris mental, Stoick colocó cada pieza hasta armar un escenario inverosímil. No tenía sentido. No podía tenerlo. La verdad le pareció terrible cuando comprendió que todo en lo que había creído era, en cierto sentido, mentira. Los recuerdos le venían como flashes, vivencias inexplicables a las que ni le prestó atención en su momento por estar enamorado. Valka era mágica. Valka lograba lo que otros no con demasiada facilidad. Valka hablaba de animales y mundos fantásticos como si existiesen y contaba historias diferentes a lo que las leyendas y cuentos decían.

—No, ella no puede ser...

—Claro que lo es —zanjó Elinor tan cortante como un Diffindo—. Valka Evangeline, heredera de la familia real Jolene, era una bruja.

Stoick se encogió tomándose el pecho. Sentía que le faltaba la respiración y que estaba sufriendo una alucinación. Porque Valka era una bruja y él odiaba lo relacionado con la magia por ser una abominación. Resultaba que Hiccup siempre lo había tenido en las venas gracias a su madre. La confusión, el miedo y la incapacidad de adaptarse a nuevas ideas, provocaron en Stoick una reacción violenta. Rencor puro nació en su alma. La imagen de la mujer que había amado se destrozó. Una verdad había destapado la mentira, pero había sacado lo peor de él.

—Me mintió. Valka… ella, todo este tiempo… ¡Ella me mintió! —estalló con furia. Elinor no se amilanó ante su arranque, tenía la varita lista en la mano para detenerlo si se atrevía a atacarla—. ¡Ustedes son despreciables! ¡Unos malditos! ¿Cómo se atrevieron a engañarme? Seguramente querían hacerse de mi fortuna por medio de un matrimonio, pues entérate que no verán ni un céntimo. Desde este momento, Hiccup no tiene acceso a las cuentas bancarias de los Haddock.

—¿Eso es lo que piensas? —elevó una ceja con hostilidad—. Sin duda alguna, no debió casarse con un muggle como tú.

—¡Largo de mi casa, Elinor! Llamaré a la policía si no te vas ahora mismo.

—No sin antes llevarme a Hiccup conmigo —dijo ella.

—¡Llévatelo, no me importa! No quiero... —sintió su garganta arder—, no quiero tener algo que ver con ese niño. ¡No es un Haddock! ¡No es mi hijo!

Elinor sólo había cometido un error. No bloquear la puerta de entrada. Como no escuchaba, Hiccup había conseguido abrirla por lo que el hechizo de insonorización no funcionó. Él estaba parado en la puerta, inmóvil, sosteniendo el pomo. Su cara no tenía ninguna expresión, pero sus ojos verdes reflejaban todo el dolor que las palabras de su padre le habían causado. Podía soportar su indiferencia, incluso sus pequeñas muestras de desprecio, pero el odio y el rechazo probaron ser más fuertes, hiriéndole en lo más profundo de su alma. Una herida que nunca sanaría.

Stoick se percató de su presencia, pero no le dio importancia. Nunca en su vida se había retractado, menos ahora que se le había expuesto a una realidad indeseable. Observó a su hijo, a ese niño que sólo le había causado problemas y preocupaciones, ese niño que era la sangre de Valka. Sintió ganas de golpear algo, pero no era estúpido. Si lo intentaba, Elinor no tendría reparo alguno en detenerlo. No conocía el alcance de la magia, pero al verla tan segura pensó que sí sería capaz de hacerle frente a él. Optó por gritarles que se fueran mientras que él iba a encerrarse en su propia habitación.

Elinor no había querido que sucediera esto. Había ido para convencerlo de que dejara a Hiccup visitarlos, no para que hiriera a Hiccup de una manera irreparable. Pero tenía que comportarse a la altura. Hiccup la necesitaba ahora, mucho más que nunca y ella no le fallaría. Si Stoick no quería tener ninguna relación con él, bien, le daría esa satisfacción. Elinor iría al Ministerio de Magia para resolverlo todo, y si Harry la ayudaba, todo terminaría pronto. Tendría la custodia de su sobrino.

—Prepara tus maletas, Hiccup —indicó con suavidad, tomándolo por los hombros—, y deja un aviso a Gobber de que te quedarás con nosotros.

Hiccup asintió como autómata. Elinor no lo presionó.

—La habitación de huéspedes la ocupa la señorita Bomba, pero en cuanto ella vuelva a su casa, la acondicionaremos para que duermas allí. Mientras compartirás la habitación con Mérida. Entiendo que esto no es fácil para ti y no te pediré que finjas que no sucedió, pero tienes que aguantar hasta que estemos de regreso. Tu lugar ya no es aquí, es con nosotros.

Hiccup se dirigió a su alcoba acompañado de su tía. Ella usó magia para guardar la ropa, los juguetes y cientos de libros en un baúl (los encogió, obviamente). Hiccup tomó la jaula de Hermes y la cubrió con una cobija para que estuviera más cómoda durante. Agradecía que Elinor que no dijera nada o tratara de consolarlo, habría sido demasiado para él. No quería llorar ahí.

—¿Estás listo? —preguntó. Él asintió—. Bien. Baul locomotor.

El baúl flotó siguiéndolos. Hiccup llevaba bien aferrada la jaula de Hermes y miró a su alrededor. Todo había sucedido más rápido que el vuelo de una snitch, apenas fue capaz de registrar que ya no podía vivir aquí jamás. Ese día había imaginado cómo sería conocer a los DunBroch, no en decirle un adiós definitivo a los Haddock. Pero ya no pudo pensar en más cosas cuando Elinor lo tomó del hombro y los transportó de vuelta a Castleton.


La madre de Snotlout tenía una sencilla y preciosa casita a las afueras de Painswick, cerca de las famosas colinas de los Cotswolds y rodeado de encantadores paisajes de Gloucestershire. Painswick debía su fama desde el medievo al comercio de la lana. Sus pintorescas y estrechas calles adornan sus tradicionales casas construidas con piedra de la cantera local. Era un lugar pacífico. Meredith lo había escogido precisamente por eso. Pasaba la mayor parte del tiempo ahí, cuando no tenía que asistir obligadamente a las fiestas y reuniones de los Haddock para acompañar a su esposo.

Spitelout Jorgenson no era precisamente el mejor compañero del mundo. Meredith había estado a punto de pedirle el divorcio, no obstante, el acuerdo prenupcial la ataba de manos, a menos que quisiera renunciar a la custodia de Snotlout. Todo para preservar las apariencias, a Spitelout no le convenía que supieran la verdad detrás de las puertas. Ya era suficiente con no ser un Haddock totalmente, al fin y al cabo, que Spitelout tuviera otro apellido se debía a las infidelidades de su padre. El fallecido señor Haddock había tenido una aventura con una mucama de nombre Jorgenson, y para evitar el caos, había decidido legitimar al niño producto de la relación, pero bajo otro nombre.

No era un asunto cualquiera. Spitelout había crecido con la presión de tener que ser excelente por estar vinculado con los Haddock, pero nunca ser parte de ellos. Y cuando Snotlout nació, Spitelout trasmitió el mismo objetivo a él. Ser mejor que Hiccup se había vuelto una meta que Snotlout no había tenido problemas en cumplir durante gran parte de su infancia. Ser más fuerte, más rápido, más ambicioso, Snotlout siempre había sido mejor que su primo en todo lo que se requería para ser el heredero de los Haddock.

Hasta que supieron sobre la magia.

Entonces, Snotlout ya no fue el número uno. Hiccup podía ser un desastre, un minúsculo niño que podía causar destrucción y caos en grandes proporciones, pero como mago era hábil, poderoso y especial. Las cosas cambiaron. Para Spitelout, siempre competitivo, no bastaba que Snotlout tuviera magia. Su hijo tenía que ser el mejor, pero la fuerza bruta no sirvió de nada. La magia no funcionaba así.

Y Snotlout se la pasaba amargado todos los días, por no ser capaz de superar a Hiccup.

La casita de Meredith le daba un espacio a Snotlout para apaciguarse, para descansar de la tediosa agenda de Spitelout y respirar algo de alivio. Snotlout había invitado a todos sus amigos, pero sólo Thomas, Alejandría y Basil habían ido. En realidad, Alejandría había insistido mucho en llevar a Basil ya que el pobre muchacho parecía un muerto viviente y un poco de aire fresco le haría bien.

Snotlout no se relacionaba demasiado con Basil, le parecía muy débil a su parecer. Basil era muy delgado, al punto que parecía que no comía (hasta que lo vieron zamparse la misma cantidad que Eep comía cada día). El cabello corto rubio y que tuviera la piel más pálida de todas no ayudaban a que sus enormes ojeras lucieran mejor. Era muy reservado, y sólo hablaba con Alejandría o Courtney, o con Teddy. En sí, a Snotlout no le interesaba demasiado.

Era extraño para Snotlout tener invitados. Había tenido seguidores en Berkshire, pero sólo eran eso, seguidores. Ninguno había sido importante como para dejarlo acercarse. Las quimeras no eran sus seguidores, de hecho, rara vez lo ponían en un pedestal, y aunque no fuera algo dicho en voz alta, el líder era Jackson. Por algún motivo que no conocía, a Snotlout no le molestaba, no tanto como sería usual.

Su madre se había sorprendido por esto, incluso había actuado con más amabilidad con su hijo.

El grupo descansaba en el pórtico de la casa, luego de haber estado jugando con la nieve y haber merendado galletas, pasteles y chocolate caliente.

—Tengo hambre —dijo Basil dejando de leer El Profeta.

—¿De nuevo? —inquirió Snotlout—. Literalmente, comiste hace menos de media hora.

—Pero él tiene hambre, Knuckles, ¿puede pedirle a la cocinera que le prepare algo? —intervino Alejandría.

Spitelout no estaría de acuerdo en alimentar de más a las personas. Por lo contrario, Meredith insistiría en que fuera un buen anfitrión. Snotlout no tuvo más opción que decirles que, siempre que quisieran comer, podían ir a la cocina y pedir lo que quisieran.

—Pero no se manden, que esto no es beneficencia pública.

—Eres el mejor, Snot —dijo Alejandría. Tomó a Basil del brazo y lo arrastró a la cocina, dejando solos a Thomas y a Snotlout.

—Nunca imaginé que fueses tan acomedido —mencionó Thomas pasando la hoja de su libro de pociones. Snotlout no podía creer que Thomas fuese tan nerd como para continuar estudiando estando en vacaciones.

—Oye, aunque no lo parezca, no soy un cretino. Mi madre no perdonaría que uno de sus invitados estuviera incómodo. Ella es una mujer de modales, sabes.

—Una lástima que tú no seas igual que ella.

El labio de Snotlout tembló. Odiaba la honestidad de Thomas.

—Púdrete.

—Eso sí sonó más a tu yo habitual. El desinterés y la amabilidad no van contigo.

—Tampoco contigo.

—Es raro. Siempre me preguntan a mí por qué me junto con contigo.

—Una mentira. Eso tiene que ser al revés.

—No eres un avatar de la delicadeza, Snotlout. Todo Hogwarts sabe cómo tratas a tu primo y a quien se deje intimidar por tu apariencia.

—Qué bueno que eres mi amigo.

—No puedo fingir agrado por algo que me desagrada. No puedo aceptar tu comportamiento malcriado como si fuese un estúpido que no tiene criterio. Te aprecio, pero si crees que la amistad va de mentiras y halagos, estaremos en desacuerdo por mucho tiempo. Si cometes un error, te lo voy a recordar toda tu vida. Si quieres hacerme sentir inferior a ti, no te dejaré. Yo sé exactamente quién soy.

—No tienes que halagarme todo el tiempo, sabes, sólo de vez en cuando.

—No me sorprende que, de todo lo que dije, sólo a eso hayas prestado atención —dijo pasando otra página.

Snotlout resopló con molestia. Esa posición era un indicativo de Thomas para que lo dejara leer en paz. Al principio de su amistad Snotlout había cometido el error de no respetar los tiempos a solas de Thomas. Las consecuencias aún le causaban grandes escalofríos. Skull podía ser muy intimidante cuando alguien le impacientaba. Así que decidió alcanzar a Alejandría y a Basil en la cocina. Durante el trayecto, pensó en otras personas, a las que más había insistido en que vinieran.

No era sorpresa que Courtney se negara, aunque imaginaba que era más por motivos familiares (Snotlout había visto la cara de pocos amigos del padre de Courtney, muy similar a la que su propio padre solía poner). Como fuera, seguía irritándole el hecho de que ella lo rechazara constantemente. Entendía que ella aún no se interesara por cosas como el noviazgo y esas cosas, y que estuviera más enfocada en sus amigas y en sus proyectos de belleza y moda. Snotlout quería acercarse a ella, que comprendiera que no había nadie mejor que él.

La idea de pedirle que fuera su novia no podía desvanecerse de su mente.

—Oye, es raro verte tan pensativo —interrumpió Alejandría parada frente a él. Snotlout pestañeó—. ¿Pensando en chicas nuevo?

Jorgenson no quiso decirle que sí.

—¿Y Cloud?

—Está comiendo, y cuando come no presta atención a nada. La cocinera está feliz de que a él le guste su comida, así que no quise interrumpir su momento. Basil necesita más personas que lo consientan. Así que pensé en regresar, pero veo que mi hermano ya te corrió, ¿no es así?

Alejandría era perspicaz, tanto que a Snotlout le molestó el hecho de que fuera tan fácil de leer. Fingió que no le importaba.

—Quise verificar que la empleada los atendiera adecuadamente, sólo eso. Ya que tu amigo desnutrido y mi amigo el psicópata están tan ocupados, ¿quieres ver una película?

No era algo inusual para Alejandría. Aunque su madre fuera una bruja hindú, su padre era un muggle que arreglaba motocicletas para ganarse la vida. Thomas y Alejandría habían pasado la mayor parte de su vida viviendo como muggles. Su hermano había sido el más interesado en aprender magia cuando su madre, Amishi Nehwal, les reveló que era una bruja, y que ellos también poseían magia; a Alejandría le había interesado más estar con su padre. Así que mientras Thomas aprendía pociones y hechizos con Amishi, Alejandría aprendía a arreglar motores con su padre, Turi Xarxus.

Por eso era normal que supiera lo que era una película.

—¡Quiero ver The Black Swan! Mi padre no quiso llevarme a verla cuando se estrenó, que según por el límite de edad, pero creo que, con todo lo que ha pasado, una película con clasificación para adultos no será nada para mí.

—Eres una niña todavía —dijo, revolviéndole el cabello—, pero está bien. Todo sea para no ser un mal anfitrión, pero no le digas nada a mi madre. No quiero estar castigado el resto de mis vacaciones.

—Seré una tumba.

Ambos caminaron hacia la sala donde estaba la televisión. Snotlout la miró de reojo, admirando su sincera sonrisa y sus ojos azules. Alejandría era lista, muy hábil en el quidditch y excelente para los números. También tenía un humor ligero, se reía casi por cualquier cosa. Eso hacía que tolerara mejor los chistes malos de Snotlout, y hasta se riera de ellos. Para Jorgenson era extraño que alguien pudiera soportarlo con facilidad. Parecía que Alejandría no se cansaba de él. Fue cuando una idea cruzó por su cabeza. Fue tan espontánea que ni lo pensó dos veces antes de abrir su boca.

—¿Quieres ser mi novia?

Cuando se percató de lo que dijo, quiso darse un golpe contra una pared ahí mismo. ¡Le había pedido eso a la hermana de su amigo! Que Circe lo perdonara porque Thomas no lo iba a hacer. Era mago muerto.

—Sí.

—¿Eh?

—Que sí quiero ser tu novia.

Parpadeó tres veces para asimilar la respuesta. Alejandría se rió de su cara.

—Es que me gustas, eres gracioso cuando no actúas como idiota —explicó.

Snotlout estaba boquiabierto. No lo había dicho con esa intención, pero si le decía eso a Alejandría la haría sentirse mal y no quería que Thomas lo hechizara por hacer llorar a su hermana.

—Qué bien —sonrió lo mejor que pudo—. Me alegra que hayas aceptado.

Y la sonrisa que Alejandría le dedicó le indicó que, efectivamente, era un maldito cretino.


Grimmauld Place #12 había permanecido abandonada luego de la guerra. Las escasas reparaciones que se hicieran en ese entonces, no habían servido de nada. Las plagas, la apariencia oscura y tenebrosa, y el olor a humedad habían vuelto con más potencia, haciendo habitables sólo tres habitaciones sin contar la cocina y la habitación donde se encontraba el tapiz. Los Malfoy habían tenido que dormir en la que había sido la habitación de los padres de Sirius, mientras que Andrómeda y Teddy se instalaron en la que fue de Regulus.

La casa había sido motivo de emoción para los gemelos. Todo un mundo de cosas oscuras y asquerosas los aguardaba, sin embargo, aunque la curiosidad les había privado del miedo, actuaron con precaución cuando Scorpius había solicitado unírseles. Tuffnut y Ruffnut podían tomar riesgos grandes e innecesarios, pero no cuando involucraban a su hermano menor.

A pesar de que habían pasado varios días, seguían sin saber qué sucedería. Ni siquiera Teddy tenía una idea. Ni sus padres ni su abuela les quisieron decir algo. Era como si estuvieran esperando a que alguien llegara. La incertidumbre les picaba fuertemente.

—¿Qué creen que esté pasando? —preguntó Scorpius jugando con sus animales de madera que se movían solos. Estaban en la sala donde el viejo tapiz de los Black adornada la pared. El viejo elfo doméstico Kreacher se mantenía vigilándolos desde la puerta entreabierta, a la vez que barría el pasillo exterior.

—No lo sé —respondió Tuffnut pasándole una vaca que mugía entre sus manos—. No creo que sea algo malo. Papá no ha puesto esa expresión, ya sabes, como si quisiera hechizar a alguien y no pudiera.

—Reunió a toda la familia —apuntó Teddy, que estaba sentado cerca de Ruffnut—. Quizás sea un anuncio importante.

—Bueno, nos dijeron que nos darían una noticia especial —recordó Ruffnut—. No han dicho nada hasta hoy, así que en verdad tiene que ser especial. A lo mejor iremos de viaje de nuevo.

—No seas tonta, hermana, papá seguramente nos regalará el nundu que queremos.

—Papá nunca haría eso, papanatas.

—Se vale soñar.

—Creo que será un asunto más familiar —dijo Teddy—. Mi abuela ha estado hablando con su abuela en susurros. Ayer las vi mirando ese tapiz.

—Lo que sea que pase, lo enfrentaremos juntos —pronunció Scorpius con resolución.

Tuffnut y Ruffnut lo abrazaron efusivamente, aventando sin querer las piezas de madera de un águila y un guacamayo que se echaron a volar por la habitación. Teddy sonrió. Las muestras de afecto de los Thorston hacia los demás eran escasas, pero con Scorpius eran maravillosas y cuantiosas.

Kreacher entró a la habitación y les informó que sus padres les llamaban para ir a la cocina. Aún no era hora de comer, lo que los descolocó un poco. Kreacher insistió en guardar los juguetes de Scorpius, alegando que los elfos domésticos en Nailey Cottages deberían estar avergonzados por permitir que el heredero de los Malfoy los levantara él mismo. El viejo elfo chasqueó los dedos, haciendo el trabajo al instante y luego los escoltó hacia la cocina como si fuera necesario. Eso también era extraño. Nunca habían conocido a Kreacher, y que de repente se presentara en Grimmauld Place como el elfo doméstico de los Black, era intrigante.

En la cocina, cuando entraron, Astoria y Draco estaban sentados al costado derecho de una gran mesa cuadrada, frente a ellos estaban Andrómeda y Narcisa. Lo que fue una sorpresa fueron las presencias de Shamus y Rorke Owen en la punta, como si estuviera precediendo una junta, acompañados de una mujer rubia desconocida. La reacción de los chicos fue natural. Ruffnut puso a Scorpius detrás de ella, mientras que Teddy y Ruffnut se pusieron en retaguardia.

—Tranquilos, chicos —intercedió Draco levantándose de su asiento para ir con ellos. Puso una mano en el hombro de su hijo y de Teddy, pero ni así se calmaron—. Hay muchas cosas que debemos discutir hoy. Algunas de sus dudas serán respondidas.

—¡Pero son los idiotas que provocaron el despido de Pansy! —exclamó Ruffnut, indignada.

—¡Y ayudaron a Gothel a convertir en zombis a nuestros compañeros! —aportó Tuffnut.

Draco suspiró. Sabía que no sería sencillo. Los gemelos Thorston eran leales a aquellos que amaban, y si alguien se atrevía a dañar a sus personas queridas, le guardarían rencor y no desaprovecharían la oportunidad de vengarse.

—Quiero que escuchen lo que voy a decirles, porque es un asunto delicado que aún no se hace público —dijo Draco—. ¿Cuento con su apoyo en esto, niños?

Tuffnut y Ruffnut se miraron entre sí. Draco nunca les mentiría, por lo que bajaron la guardia y decidieron tomar asiento, manteniendo a Scorpius alejado de los Owen. Draco empezó a contarles lo sucedido, lo que incluyó muchas pausas cuando los gemelos, incluso Teddy, no comprendieron algunos asuntos. Pasó una hora entera para que Draco acabara, y para que pudiera introducir a los dos hombres como Sirius y Regulus Black, primos de sus abuelas, y por tanto, parte de la familia.

—Bien, entiendo el punto —dijo Ruffnut—. Murieron, fueron revividos y controlados por Gothel y de alguna manera Soleil los trajo de vuelta.

—Eso no significa que confiemos en ustedes —agregó Tuffnut.

Scorpius se paró sobre su silla, colocando sus manos sobre la mesa, alzándose para ver a los desconocidos. Advirtió enseguida el color de sus ojos y el de su cabello. No se parecían nada a su abuela, aunque podía ver la semblanza a Andrómeda.

—Yo les creo —dijo, para luego mirar a sus hermanos—. Creo que dicen la verdad.

Hubo un momento de silencio. Tuffnut y Ruffnut compartieron una mirada, para luego dirigirse hacia los demás.

—Bueno, si Scorpius les cree, no veo porque nosotros no —dijo Tuffnut.

—Es cuestión de abrir tu mente —agregó Ruffnut.

—A eso llamo poder de convencimiento —dijo Sirius desde el extremo opuesto de la mesa. Durante ese corto tiempo había tenido la oportunidad de estudiar a la estirpe de los Black por vía femenina. Scorpius podía verse igual a Draco, pero sus ojos de un gris similar a la plata eran Black. Teddy, por supuesto, era una copia de Remus, sólo que podía vislumbrar rasgos Black en su rostro alargado. Cuando fue el turno de los gemelos, Sirius se sintió confundido. De no ser porque era imposible, juraría que esos no sólo tenían características de los Black, sino que lo eran enteramente—. No pretendo presentarme ante ustedes y que me acepten a la primera. No soy tan ingenuo como para creerlo. Tienen sus razones para desconfiar en mí. Respeto eso. Yo también actuaría con prudencia si pareciera que alguien ataca a mi familia, pero por eso estoy aquí precisamente. Para reunir a la familia nuevamente, como debe ser.

—¿Reunir a la familia? —inquirió Teddy.

—Uno de mis tantos objetivos a alcanzar —respondió Sirius—. Pero primero tengo que averiguar si están dispuestos a apoyarme. Aún no llegan todos los invitados, así me gustaría aguardar un momento más si no les molesta.

Justo entonces Kreacher anunció que un nuevo invitado había llegado. Regulus le pidió que lo trajera. Fue cuestión de unos segundos para que por la entrada de la cocina apareciera Arthur Weasley. A él no le tomó demasiado darse cuenta que era una situación extraña.

Sirius se apresuró en explicarle la situación, haciendo hincapié en que pasara lo que pasara, no podía contar la hazaña de su resurrección a nadie. Era una tremenda sorpresa toparse con una persona que había muerto hace años, pero Sirius podía asegurar que, si existía alguien con una personalidad lo suficientemente fuerte como para soportar esto, ése era Arthur Weasley. No es como si Sirius no lo hubiera pensado. Los Weasley compartían un lazo profundo con los Black de parte de Cedrella, y quería estrechar ese lazo, más bien, crearlo, en estos tiempos inciertos. Era cierto que había tenido que usar a Harry para conseguir que Arthur viniera, todo disfrazado de una supuesta reunión para discutir lo que había sucedido entre Harry y Ginny. Lamentaba que Arthur tuviera que enfrentar algo más difícil de digerir que un conflicto matrimonial, pero postergarlo no era una opción para Sirius.

Arthur se sentó al lado de Scorpius, demasiado pálido como para verse saludable. Tomó otra hora explicarle lo que había pasado en Hogwarts.

—Te pido de nuevo que no digas a nadie sobre esto —dijo Sirius—. El ministro de magia está preparando todo para dar el anuncio, así que esto es extraoficial. Sé que es inadecuado pedirte que lo aceptes, pero siempre he confiado en tu juicio. Por eso te he pedido que vengas.

Arthur respiró profundamente. Trató de poner una expresión ilegible, pero sus gestos lo delataban. Estaba nervioso.

—¿Cuál es el motivo, Sirius? Esto es… bien, seré sincero ya que lo has sido conmigo, esto es una completa locura. Has vuelto de entre los muertos, y no es que no me alegre, pero… no es natural. Lo que sea que Gothel haya hecho, no lo es.

—Nunca dije que lo fuera. El método en sí es un misterio y prefiero que quede así, Arthur. El precio que debió pagarse por traernos de vuelta no debía ser barato. No quiero que el mundo piense que los muertos pueden volver sin dar algo a cambio.

—Concuerdo totalmente —expresó Arthur. Volvió a inhalar profundamente—. Aunque me siento ligeramente traicionado por la manera en que se me trajo y continuo alarmado por lo que ocurrió en Hogwarts, te brindaré el beneficio de la duda. No tuviste una oportunidad de crecer en Azkaban, ni de ser libre cuando escapaste, así que escucharé lo que quieres decir. Sólo tengo una pregunta, ¿por qué Harry no está aquí?

—Harry tiene demasiado trabajo por ahora, como para prestar su tiempo en cosas triviales —contestó, al tanto de la situación de su ahijado con la familia Weasley—. Sin embargo, esto compete a quienes comparten la sangre Black. Cuando se dé el anuncio oficial por parte del ministro, yo tomaré mi lugar como cabeza de la familia. Eso implica muchas cosas tanto económica como socialmente. Theodore Nott se ha encargado de que la cámara en Gringotts vuelva a estar a mi nombre y al de mi familia. Una preocupación menos. Theodore también se ha encargado de los asuntos legales que puedan entorpecer mi regreso a la sociedad, cabe decir que incluye papeles para la legitimación y reintegración de las ramas de la familia Black que fueron desterradas del árbol principal. Esto para estrechar lazos entre familias, borrar diferencias y demostrar que el cambio proviene de una familia de linaje viejo. ¿Qué es lo que piensan de esto? Quien no esté de acuerdo puede irse sin que se sienta juzgado o minimizado. No planeo ser como mi madre, que apartaba a todo aquel que no seguía sus creencias, pero no obligaré a nadie a quedarse.

—Esto es una locura, Sirius —dijo Narcisa—. Entiendo tu preocupación, y no siento nada del rencor que anteriormente te tenía, pero todo es muy complicado y muy súbito. Tú no puedes ser la cabeza de los Black. Tu madre te despreció.

—Mi padre era el jefe de la familia, no mi madre, incluso si no ejercía tan poder como ella. Aunque mi nombre haya sido quemado del tapiz, mientras él no lo confirmara, sigo siendo un Black. No es una locura, querida prima, al principio lo pensé, pero al conversar con tu hijo, me convencí de que era lo mejor. La familia tiene que estar unida.

—No me sorprende —admitió Narcisa con un tono triste en su voz—. Mi hijo ha cambiado mucho.

En el pasado, cuando Draco y Astoria recién habían adoptado a los Thorston, se habían negado a seguir el estilo de crianza de los Malfoy, siendo menos severos y más cálidos con ellos. Draco quería inculcar respeto y confianza en los gemelos, no volverlos una réplica ociosa de él. Narcisa y Lucius habían estado decepcionados de él y su nuera, asqueados de tener nietos que no tuvieran sangre pura.

Sin embargo, Narcisa fue la primera que cambió de parecer.

Todo había ocurrido cuando se había quedado a dormir en Nailey Cottages por primera vez, luego de visitar a su hijo para verificar que todo estuviera bien. Los gemelos habían sido adoptados recientemente, y Draco y Astoria probaban sus primeras experiencias como padres. Los gemelos Thorston había sido todo, menos hijos ideales. Narcisa había estado segura que no pasaría mucho tiempo para que su hijo y nuera cambiaran de opinión. Era cuestión de esperar. Esa noche, Narcisa no había podido dormir, por lo que había salido de la habitación de huéspedes a dar un paseo por la casa para despejarse. Entonces, se había encontrado con Tuffnut.

Él era un niño muy pequeño, con el cabello largo y enmarañado, el gesto huraño. Estaba sentado fuera de la alcoba de su hermana y sostenía un jarrón contra su pecho. Tenía la vista fija en el pasillo, como si a cualquier momento un enemigo pudiera aparecer. A Narcisa le pareció una falta de respeto, un niño sin modales.

"—Deberías estar durmiendo —le dijo Narcisa, sin ocultar su repulsión. Tuffnut la miró de reojo unos segundos, para luego seguir vigilando—. ¿Qué tratas de hacer con ese jarrón? Si lo tratas de romper, mi hijo no estará complacido".

"—Lo que crea ese calvo con cara de lagartija me tiene sin cuidado —espetó".

Narcisa arrugó su nariz, pensando que Tuffnut era indeseable. Ella no permitiría que se saliera con la suya. Acercó su mano a él para quitarle el jarrón. Tuffnut intentó defenderse, pero Narcisa fue rápida con su varita, deteniéndolo. El niño había quedado colgando de un brazo, soltando maldiciones mientras Narcisa recuperaba el jarrón y emitía una sonrisa. Sonrisa que se borró al notar las marcas rojas en los brazos del niño.

Lo habría pasado por alto en otras ocasiones. No le habría importado realmente. Pero en ese momento Narcisa se había acercado a Tuffnut, no para regañarlo, sino para estudiar las marcas en su cuerpo. La disciplina física no era algo que ella hubiera usado en Draco. Ningún castigo o golpe era justificado en la crianza de un niño. Por eso, Narcisa se sorprendió cuando contó las múltiples cicatrices y marcas de Tuffnut en los brazos, en la espalda, y seguramente en todo el cuerpo.

Tuffnut mantenía los ojos cerrados, como si temiera que Narcisa pudiera dañarlo de nuevo. Era un niño de cinco años. A Narcisa no lo había gustado eso, porque a esa edad Draco nunca tuvo la expresión de temor que puso Tuffnut. Narcisa lo bajó con cuidado. Tuffnut se había acurrucado en la puerta de su hermana, Narcisa se hincó junto a él mientras recordaba que los gemelos habían sido rescatados de un orfanatorio donde se había abusado de ellos.

Fue cuando Narcisa tuvo una epifanía.

Tuffnut no había estado planeando vengarse de Draco, estaba allí para que nadie le hiciera daño a su hermana, para protegerla. Tuffnut había tenido miedo de que hirieran a Ruffnut, por eso permanecía despierto, para que lo lastimaran a él y no a ella. Narcisa casi había llorado. Los niños no tendrían que vivir esa clase de experiencia.

Había mirado a Tuffnut fijamente, notando el ligero temblor de su cuerpo, y aunque aún sus creencias permanecían fuertemente en su mente, había tomado una decisión.

Nadie iba a herir a estos niños mientras ella viviera. Ellos nunca volverían a temer que los hirieran. Había abrazado a Tuffnut con cariño, notando lo tenso que estaba. muy seguramente había esperado un golpe.

"—No tienes que desvelarte —había dicho Narcisa—. No tienes que preocuparte de que te hieran a ti o a tu hermana. Si alguien lo hace, lo haré pagar por su osadía".

Desde ese momento, los gemelos se habían vuelto más dóciles con ella. Narcisa había aprendido a quererlos con el tiempo.

—Es una locura, como bien han señalado, pero una locura en la que estoy de acuerdo —dijo Narcisa—. La familia tiene que estar unida.

—Así es —asintió Andrómeda—, hay que comenzar de nuevo.

—Yo… no puedo decidir ahora, Sirius —dijo Arthur—. Tengo que discutirlo con Molly.

Sirius asintió, comprensivo.

—Aun así, te pido te quedes un rato más, por si cambias de opinión. Por ahora, es fundamental hacer una legitimación de linaje.

Una legitimación de linaje podía realizarse de varias maneras. Ya fuese con un documento, haciendo un juramento o construyendo un árbol genealógico, podían añadirse las ramas familiares a la principal, incluso añadir aquellas que no tenían relación sanguínea. En el pasado, los Black lo habían hecho para hacer su árbol genealógico, Sirius planeaba lo mismo sólo que llevarlo a otro nivel.

En el caso de Regulus, y gracias a la ayuda de Potter y Nott, logró que el matrimonio de Petunia con Vernon Dursley se anulara ese mismo día. Con la salva excepción de Dudley desmayándose al ver a su madre irse con el mago, todo marchó bien. Regulus no había dudado en preparar a Petunia una poción rejuvenecedora; no era que le quitara años en realidad, sino que simplemente le cambió el aspecto a una mujer de treinta años, la única edad a la que podía llegar sin doparse con la poción. Petunia se mantenía en silencio, estudiando cuidadosamente a su próxima familia y manteniéndose cerca de Regulus que no le había soltado de la mano ni un momento.

—Por supuesto, esto te incluye, Petunia —indicó Sirius a la mujer rubia que había estado al lado de Regulus todo el tiempo. La mujer parecía de la edad de Astoria, sólo que algunas arrugas profundas surcaban su rostro—, espero que estés preparada. Una vez seas parte de la familia, tendrás que lidiar con todo, incluso con los duendes de Gringotts.

—Trabajé en una empresa de contaduría, Sirius, los duendes no me intimidarán.

—Ésa es mi cuñada —apremió con una gran sonrisa y luego miró a los demás—. Lamento la repentina presentación. Ella es Petunia Evans, la prometida de mi hermana.

—¿Petunia Evans? —inquirió Arthur mirándola con sorpresa—. ¿La tía de Harry? ¿Cómo…?

—Es una larga historia —respondió.

—Creí que tu apellido era Dursley.

—Era —recalcó—. Me divorcié hace poco.

Arthur estaba estupefacto. Sirius carraspeó para llamar la atención de los demás.

—Necesitas casarte con Regulus para ser una Black en toda regla, Petunia.

—¿Y cómo piensas llevar a cabo una ceremonia sin un ministro adecuado? —inquirió Andrómeda, quien también estaba en shock por la repentina noticia—. Si no es legal, la legitimización no funcionará en ella. Por supuesto, espero una buena explicación de todo esto y que no haya más sorpresas así.

—No las habrá —prometió Regulus—, en cuanto al ministro, Nott también se ofreció a atestiguar la boda. Tiene el tiempo limitado, por lo que será a través de la red flu.

—¿Eso es legal? —cuestionó Teddy.

—Lo es mientras los papeles estén en orden.

—¿Qué hay de tu hijo, Petunia? —preguntó Arthur—. ¿No debería estar aquí?

—Mi ex esposo no tomó a bien nuestra ruptura —respondió—. Dudley está cuidando de él, pero me ha dado su aprobación lo que es muy importante para mí.

—¿No sientes remor…?

—No, ya no —dijo Petunia con frialdad—. Pasé más de treinta años amargándome la vida. Ahora por fin estoy viviendo la vida que siempre quise tener. No tengo tiempo para remordimientos. Pero si en verdad te interesa Vernon no está deprimido ni nada por nuestra ruptura. Por lo que sé, se ha olvidado de mi existencia. Para él, es como si yo hubiera muerto. Era lo mínimo que podía hacer por él. Mi hijo fue quien tuvo la idea.

—La tuvo luego de darme ese golpe en la cara —se quejó Regulus.

—¿Su hijo te golpeó? Habría pagado por ver eso, Reg —dijo Sirius.

—¿Una boda? Pero no se ha preparado nada —dijo Narcisa.

—De hecho, nosotros ya lo habíamos planeado, prima —explicó Regulus tomando la mano de Petunia y conduciendo a todos a la habitación del tapiz, la única con chimenea, donde se haría la celebración—. No es lo más ortodoxo, lo admito, pero es lo que hay.

—Ella tiene razón —intervino Arthur, algo azorado por compartir opinión con Narcisa—. Una boda es algo que tienen que planear con cuidado.

—Ni tanto —aportó Andrómeda con una sonrisa nostálgica—. Cuando me fugué, me casé con Ted enseguida y fui muy bonito. Despreocúpense, haremos algo bueno en este momento, que para algo tenemos una varita.

Andrómeda actuó con sensatez en medio del caos. A ella, que había elegido a Edward Tonks por sobre su familia, no le parecía una locura, sino una experiencia de esas que valen la pena recordar.

Había sido cuestión de segundos para transformar uno de los sofás en un altar junto a la chimenea. Theodore se asomó entre las llamas verdes, luciendo apático como siempre. Petunia llevaba una túnica color crema, y Andrómeda había utilizado un simple velo de novia. Tuffnut y Ruffnut fueron los chicos de las flores, y Ruffnut se rió de su hermano al verlo cargar una canasta llena de lirios y petunias. Tuffnut parecía bastante satisfecho, y de hecho, se la ideó para hacer una corona de flores y ponérsela en la cabeza a Petunia. Las argollas matrimoniales habían pertenecido a Walburga y Orión Black. Sirius se rió cuando se las entregó a Scorpius pensando que a sus padres les daría un aneurisma de ver a su querido Regulus casándose con una muggle.

—Te las encargo.

—Las cuidaré, tío Sirius —dijo con una sonrisa.

Sirius se sonrojó. Eso había sido muy adorable. Cuando estuvieron listos, cada uno tomó su lugar en el improvisado escenario. En representación de Harry y Dudley, Draco entregaría a Petunia.

La ceremonia se celebró en menos de cinco minutos. Ruffnut y Tuffnut representaron bien su papel arrojando los pétalos por todos lados, para luego colocarse junto a Teddy. Narcisa y Andrómeda hacían a la vez de damas de honor y testigos, mientras que Astoria estaba junto a Arthur. Sirius estaba al lado de Regulus, esperando a la novia. El viejo Kreacher tenía una expresión contraria. No toleraba a Petunia aún, pero no había hecho mayor escándalo porque si se trataba de la felicidad de su amo Regulus, bien podía callarse por unos minutos.

Petunia caminó del brazo de Draco, un tenue sonrojo le daba un toque de frescura a su rostro, y aunque contaba con más de cincuenta años (una poción especial, la había hecho rejuvenecer un poco). Cuando fue el momento, Petunia comprendió que no era un sueño, y que los milagros existían, y quiso llorar por haber permitido que la envidia la separaran de todo lo que había amado y anhelado. Comprendió, no sin mucho esfuerzo, que habría dado todo porque Lily estuviera aquí. También había un atisbo de miseria, Petunia creyó que no se lo merecía, tanta felicidad cuando ella había traído tanta desdicha a su sobrino.

Petunia juró ahí mismo que pasaría el resto de su vida siendo la tía que su sobrino merecía. Harry no la necesitaba en ese sentido, pero habría de encontrar la forma de redimirse, de pagar su deuda.

La ceremonia comenzó.

—Me indicaron que quieren que esto sea sencillo. Pasaremos directamente a los votos y a la conexión mágica ya que el papeleo está en orden. Petunia, en esta conexión sentirás cosquilleos cuando la magia de Regulus te cubra. Esto es para tu protección y para que puedas acceder a sitios mágicos, es así como se reconoce a los muggles formalmente aceptados como cónyuges de magos y brujas. Primero di tus votos, por favor.

En la boda con Vernon, los votos habían sido melosos y cursis, buscaba demostrar ante todos que amaba a ese hombre cuando su corazón aún lloraba la perdida de Regulus. Admitía que había tenido un cariño profundo por Vernon, pero jamás sintió esa calidez, ese anhelo al verle, al besarle. Vernon había sido su escape del dolor, y aunque se odiaba por haberlo usado de esa manera, no podía hacer ya nada al respecto.

Petunia contó hasta tres mientras respiraba profundamente. Miró a las pupilas argentas de Regulus Black. Lo amaba. No podía negar una verdad como ésa. Lo amaba con toda su alma.

—Regulus —empezó con un tono lleno de preciosos sentimientos—, cambiaste mi mundo. Odiaba a la magia y todo lo relacionado con ella cuando a quien odiaba era a mí misma por no ser especial, por no tener lo que mi hermana sí. No eras como los demás. Viste en mí algo que yo nunca vi, y me entregaste algo valioso: tu cariño. No tengo la certeza cuántos años me queden por delante. Los que sean, serán valiosos y no me arrepentiré de pasarlos junto a ti. No quiero más arrepentimientos. No quiero perderte de nuevo. Quiero estar contigo lo que me permita la vida como tu esposa —y le colocó el anillo.

Regulus tomó entre sus manos las de ella.

—Petunia Evans —dijo poniéndole la argolla de una maldita vez—. Eres la mujer más terca que he conocido. Nunca te rendiste ante mí. Nunca bajaste la mirada evitando mirarme. Te enfrentaste a lo que yo creía representar siendo un Black. Si temes perderme, me encargaré de mostrarte cada día de los años que vienen que estoy aquí y no me iré. No te desharás de mí. Jamás volveré a hacerte esperar y te daré todo lo que te prometí aquel día. Te amo, Petunia, y quiero que seas mi esposa por lo que nos quede de vida. Ego haec omnia tibi.

La magia se Regulus pasó de sus manos a las de Petunia. Un cosquilleo, como Theodore había dicho.

Regulus besó a Petunia, y de este modo, finalizaron la ceremonia. Recibieron felicitaciones de los presentes, incluso de un perturbado Arthur que creía que ese día era el más extraño que hubiera vivido en toda su vida. Arthur pensó en lo que le diría a Molly cuando regresara a casa. Ninguna excusa parecía lo suficientemente creíble para encubrir esto. Respetaría la decisión de Sirius sobre mantener el secreto hasta que él mismo lo anunciara, aunque a él no le interesara ser parte de la familia Black. Estuvo de acuerdo porque Sirius quería reunir una verdadera familia. No podía ponerle fin a ese deseo cuando Sirius se lo merecía.

—¡Qué la novia aviente el ramo! —animó Astoria.

Petunia les dio la espalda a los pocos invitados y arrojó el ramo de flores, que fue atrapado por las hábiles manos de Ruffnut. Ella lo sostuvo como si fuera cualquier cosa. Discretamente, Teddy se sonrojó y la miró de soslayo pensando en lo bonita que se vería vestida de novia a su tiempo.

—No creo que exista un hombre que quiera casarse contigo, Ruff —pronunció Tuffnut con una mueca burlona—, es decir, no les gustaría alguien tan desaliñada como tú.

Por toda respuesta, Ruffnut le lanzó el ramo en la cara y se rió de él.

—El único hombre que me merece es Scorpius —dijo ella cargando al pequeño y haciéndole cosquillas.

—Yo que tú separaba a tu hija de Scorpius —le dijo Sirius a Draco, recargándose en su hombro—. Con eso de que los Black somos partidarios del incesto, puede que sí cumpla su palabra.

—Eso pasaría si Ruffnut fuera una Black, Sirius —espetó—, y gracias a Merlín no lo es, así que deja de alucinar que estás hablando de mi hija.

—Pues a Teddy le gusta, ¿te habías dado cuenta?

—Eso no me concierne, a menos que el mismo Teddy se lo diga. ¿Te habían dicho que eres muy entrometido?

—Me haces sentir como una mujer chismosa que sólo busca enterarse de todo porque no tiene vida social propia.

—¿No es así?

—... no voy a negártelo. Supongo que es porque estar muerto no es divertido. Estoy compensando el tiempo.

—Ya entiendo —dijo Draco mirando como Petunia y Regulus hacían su primer baile como marido y mujer—. Te advierto que no indagues sobre mi matrimonio con Astoria.

Sirius sonrió como si hubiera sido descubierto antes de realizar una travesura y no se arrepintiera. Draco aguantó suspirar. Esto sería una consecuencia tras aceptar su propuesta. Tendría que lidiar con él y posiblemente con los Weasley si estos accedían a formar parte del árbol genealógico de los Black. Draco había notado la mirada recelosa de Arthur sobre él y su familia todo el tiempo. No iba a ofenderse, estaba más que consciente que Arthur tenía todas las razones del mundo para mirarle así. Pero se imaginaba que en cuanto Molly supiera sobre esto, se negaría a unirse, y la palabra de Molly sería la de Arthur (aunque dudó que Weasley tuviera el valor de decirle a Molly sobre su reunión). Por ese lado, Draco estaba tranquilo. No quería que ningún Weasley mirara de ese modo a sus hijos. Los mataría si un maldito pelirrojo se atrevía a difamarlos. Había formas de hacerlo sin que lo descubrieran.

—Te ves tan serio —interrumpió sus pensamientos Astoria—. Hay que celebrar un poco, ¿quieres bailar conmigo, señor Malfoy?

—Mientras esto me aleje de Sirius y su tendencia al chismorreo, sí. Acepto bailar contigo, señora Malfoy.

Avanzaron hasta una zona despegada y comenzaron a moverse lentamente.

—¿Crees que sea el momento para decírselos, Draco? —preguntó Astoria observando de reojo como Teddy invitaba a bailar a Ruffnut, pero Scorpius no quería soltarla tan fácilmente.

—Éste es el día de Regulus y Petunia. Ya tendremos la oportunidad después.

—Se pondrán muy contentos cuando lo sepan, sobre todo Scorpius. Me preguntó cuál nombre escogerá.

—Yo no me preocuparía tanto por el hombre, Toria, porque si el bebé es niña tendremos a tres hermanos mayores sobreprotectores que no dejaran que cualquiera se acerque a ella.

—Yo quiero que sea niña. Ruff y yo nos sentimos apartadas entre tanto hombre. Este bebé alegrará a todos nosotros.

—No creo que a Arthur Weasley le alegre tener a otro Malfoy en camino —meditó Draco—. De todos modos, no es como que importe su aprobación. Lo único que me interesa es que ustedes estén bien, mi familia.

Astoria no dudó en besarlo, compartiendo la misma opinión.


Jackson no pensó que llegaría el día en que prefiriera estar en la escuela, que en vacaciones. Regresar a la casa de Epona y Drusila en Edgmond fue más tortura que descanso. Agobiado por su misterioso pasado, pasó los primeros días en la biblioteca buscando algo que pudiera servirle para mejorar la memoria (una búsqueda sin resultados, después de todo, en cuanto leía un libro era como si todo el conocimiento del mundo llegara a él, y más que aclararlo, lo aturdía más). Drusila y Epona creyeron que se había vuelto loco, pero lo dejaron ser porque habían notado su turbación.

Jackson podía preguntarles a ellas, pero lo cierto era que sus tutoras no sabían más que él.

Había sido abandonado de bebé en la puerta de la casa de las Rosier, con una nota y una vara al lado. Sólo eso. Epona y Drusila no tenían más que agregar. Jackson tampoco encontró nada en los libros.

La cosa empeoró cuando Edelai Rosier, un tío lejano y cascarrabias al que cual odiaba, vino por él para llevarlo a su casa. Jackson no podía negarse. Edelai era de cuidado, y si hacía algo para molestarlo, probablemente el viejo considerara quitarle su custodia a sus tutoras con la excusa de que no estaban educándolo bien.

La perspectiva de pasar algunos días con él, no ayudaban a mejorar su humor. Aunque, si lo meditaba, quizás Edelai pudiera proporcionarle información. Quizás Jackson estaba desesperado por hallar lo que fuera y calmar su confusión. Por dos interminables horas, Jackson escuchó las quejas de Edelai sobre la pésima calidad educativa de Hogwarts ofrecía en la actualidad. Que McGonagall debía retomar las viejas costumbres si no quería echarlo todo a perder. Jackson fingió interés para direccionar la conversación a donde quería llegar.

—¿Los Rosier siempre asistieron a Hogwarts?

—No siempre. Los Rosier, los Lestrange y los Malfoy eran familias de sangre pura en Francia, asistieron a Beauxbatons. Fuera de eso, no hay ningún miembro de la familia que haya florecido en otros países. Posiblemente tú madre era una Rosier que se casó con un Overland. Tu apellido no me es familiar.

—Tal vez porque mi padre era extranjero. Bien pudieron vivir en Estados Unidos por un tiempo, antes de que yo naciera.

Edelai se quedó callado como si evaluara la posibilidad. Jackson esperó su respuesta. Edelai masculló unas palabras que no llegó a comprender. ¿Podría encontrar respuestas en Estados Unidos? Aunque descartó pronto la idea. Había buscado en registros de familia en ese país, y no había hallado a ningún Overland que se casara con una Rosier.

—Qué tontería —dijo tío Edelai viendo el periódico—. El ministro de magia se ha rehusado de nuevo a dar la cara con lo que pasó en Hogwarts. Menudo montón de excremento de thestral. Shacklebolt tendrá que hacer algo más que hablar para resolver esto.

—Bueno, Pitch Black no es un asunto que pueda manejarse fácilmente, tío —comentó casual. Y no creo que el nuevo incidente deba ser subestimado.

—Pamplinas —dijo el viejo dando un resoplido y dejando el periódico en la mesa—. Si ese Pitch fuera tan fuerte, no lo habrían encerrado en esa prisión para empezar. Nunca hagas caso a estas publicaciones, muchacho, sólo escriben lo que vende y nada más. Ni siquiera han investigado cómo el desdichado terminó sellado en esa caverna cercana a Hogwarts.

Jackson parpadeó con confusión. Fingiendo admiración, se sentó frente al tío Edelai.

—¿Tú lo sabes?

Consternado por la muestra de curiosidad, Edelai pensó que Jackson prestaría atención a sus lecciones al fin. Sonrió mostrando los dientes amarillentos y se colocó en una cómoda posición para compartir su sabiduría.

—Los tontos del Departamento de Seguridad Mágica no hicieron una investigación adecuada sobre Pitch. Sólo hay mitos y leyendas. ¿Sabes por qué? Porque muchos libros de magia oscura fueron quemados, libros que contenían fragmentos sobre su existencia. Dichos libros, que conseguí leer en mi juventud, mencionaban a un espíritu antiguo que había nacido para reinar en la oscuridad. Una vieja leyenda decía que él era un humano cuyo nombre se perdió en el tiempo, y que, cuando llegó la hora de su muerte, se negó a ir con ella, quedándose atrapado entre dimensiones. Decían que estaba lleno de rencor. Se quedó pero era diferente a los fantasmas y a los espectros. Cuando fue haciéndose más fuerte, apareció frente a los hombres, los hacía enfrentarse a lo que más temían y se alimentaba de su miedo. Sin embargo, no tenía magia propia.

»—Hay diversos tipos de magia en el mundo, Jackson, la mayoría la manejamos los magos, y la que pertenece a las criaturas y bestias mágicas es parte de su naturaleza. Pitch envidiaba a los magos y brujas. La magia fue su siguiente objetivo. Así que dejó de influir en las personas para poseerlas directamente. Pitch estaba satisfecho por poder controlar el cuerpo, pero acceder a la magia es más complicado. La magia lo rechazaba, podía usarla por un tiempo y al final su huésped podía echarlo fuera. Pitch odió su situación. Las leyendas indican que buscó métodos para hacerse con todo tipo de magia. Acudió a otros entes oscuros, pero desconocen a quienes pudo pedir consejo. Pero hubo alguien que se negó. Hubo un espíritu que se negó a dejarse influenciar por Pitch —se levantó y empezó a revisar los anaqueles más alejados. Notó que Edelai conocía bien donde dejaba sus libros porque de inmediato tomó uno que se veía gastado. Con cuidado, lo abrió en una sección determinada. Jackson apenas llegó a leer el título Cuentos para la Hora de Dormir por P.O. Si era sincero le sorprendía que Edelai tuviera un libro de cuentos infantiles—. Aquí está.

Jackson vio las páginas amarillentas llenas de párrafos de letra escrita a mano. «Jokul el Rey Solitario», leyó. Jackson evitó que sus ojos se ensancharan. Ese nombre… Pitch le había dicho así cuando se enfrentaron.

—Puede parecer una historia para niños, pero nunca te dejes guiar por las apariencias muchacho. Este cuento revela la existencia de un espíritu tan poderoso y longevo llamado Jokul. Sus poderes eran inimaginables. Podía controlar el viento y causar grandes helados. Jokul era el espíritu del invierno.

Jackson agarró el libro con delicadeza, no quería que Edelai se lo quitara por ser descuidado.

—Si alguien selló a Pitch, debió ser Jokul.

—¿No pudo ser alguien más? Es decir, sí parece un libro muy interesante, pero es sobre cuentos para niños —preguntó Jackson. Edelai frunció el ceño, molesto de que dudara de su palabra. Jackson se apresuró a agregar—: Si Jokul lo hubiera sellado, significaba que podía usar magia, y usted mismo lo dijo, que los espíritus no pueden usarla.

—Nunca dije que los espíritus no podían usar magia, sólo que Pitch no podía. Argh, no eres más que un niño. Vete a tu alcoba. No tengo intención de lidiar con tu estupidez.

Jackson se retiró. Tenía tantas cosas en que pensar. Lo peor fue creer que había encontrado una pista, que terminó siendo las alucinaciones de un viejo loco. Había tenido tanta ilusión cuando Edelai nombró a Jokul… al menos, había podido sacar algo, así fuera la razón de que no hubiera tantas referencias de Pitch en los libros. Pero las dudas persistían. Jokul era un espíritu en un libro de cuentos para niños y Jackson era un humano con una madre y un padre. ¿Cómo se suponía que había sellado a Pitch si por ese tiempo era sólo un bebé?

Harry Potter consiguió derrotar a Lord Voldemort cuando tenía un año de edad debido a que Lily Potter sacrificó su vida para protegerlo, brindándole la máxima barrera. ¿Los padres de Jackson habrían hecho lo mismo por él? Tal vez sacrificaron su vida por Jackson, porque Pitch quiso herirlo, y eso mismo lo selló, pero si así fuese, ¿Por qué Pitch estaría interesado en una familia de magos? Si lo que Edelai dijo sobre envidiar la magia, le daba sentido. Lo que imaginaba era que Pitch quería obtener magia, y qué mejor que poseerla de un bebé pequeño. No sonaba tan imposible poniéndolo así.

—Tengo que contárselo a Gene —dijo tomando una pluma y una hoja para escribir una nota de prisa que enviaría en cuanto Edelai se durmiera, ya que no quería que supiera nada.

Guardó el papel cuando terminó de escribir y se recostó en la cama. Habría querido ir a pasar las vacaciones con sus amigos. Pero sus prioridades eran otras, así que por mucho que deseara ir a Nailey Cottages para visitar a los Thorston y ver de nuevo al pequeño Scorpius, lo principal era investigar sobre Pitch. Edelai le había hecho el favor de prestarle el libro, para curar su ignorancia.

—Bueno, por lo menos puedo hojearlo —dijo abriéndolo en el índice—. ¡Qué títulos tan raros! "El Amo del Otoño", "La Arquera del Verano", "La Flor de Primavera",... suenan a muchas historias aburridas que nunca voy a leer. Thor me dijo que a Scorp le gustaban los libros, así que supongo será un buen regalo para él.

Dejó el libro sobre la mesita y se hundió más en la cama. Cerró los parpados y se durmió al instante, soñando con una mujer rubia y un hombre de ojos grises. Despertó dos horas después. Edelai llamó a su puerta para que tomara la merienda (Edelai no tenía elfos domésticos ni sirvientes). Jackson ahogó un lamento y se paró poniendo la mejor cara que tenía. Odiaba la comida que ofrecía su tío. Un amargo té de hierbas de las que no recordaba su nombre, galletas que casi le rompen los dientes y unos raros panecillos que parecían tener vida propia. En el transcurso de la merienda, Edelai habló sobre lo que sucedía en el Ministerio.

—Es inaceptable cuan bajo han caído nuestras instituciones. Hay rumores de que quieren realizar un tonto torneo entre las escuelas de magia más prestigiosas del mundo, a pesar de que no pueden organizar a sus propios departamentos y personal. Demasiado blandos, diría yo, se han vuelto los que trabajan ahí. Claro, siendo nacidos muggles en su mayoría, no es de sorprenderse.

—¿Qué planean hacer?

—Una versión alocada del Torneo de los Tres Magos. No se cómo podrán hacerlo y no quiero saberlo. Sería una vergüenza sería participar y quedar como un bufón. ¡Una vergüenza!

Jackson dejó que su tío hablara lo que quisiera.

—En cuanto termines ese libro te daré otro que también es interesante, por mucho que los críticos lo hallan tildado de mentiras. Qué sabrán ellos de grandeza si no son capaces de ver lo que tienen en las venas. Este libro es sobre profecías y adivinación, y si bien detestó el segundo tema, el primero me fascina. Las profecías de los centauros son acertadas porque son unos buenos en matemáticas, a pesar de su intelecto inferior al humano. Pero eso no tiene importancia con lo que viene en este libro. Fue escrito por una famosa adivina de apellido Hyûga. Los Hyûga eran una antigua familia nipona que se extinguió por causas desconocidas. Algunos afirman que fue a causa de los estúpidos muggles, quienes creían que sus ojos blancos estaban malditos. Los ojos de los Hyûga podían ver hacia el futuro. Hanabi Hyûga, una de sus más famosas miembros, escribió sus profecías en este libro. Muchas de sus profecías se hicieron realidad con el tiempo. Hanabi pudo predecir el enfrentamiento entre Grindelwald y Dumbledore. Estoy seguro que otras de sus profecías se cumplirán, claro que sí. En lo personal, mi favorita es "El Niño Rey".

—Pero ya no es tiempo de reyes, tío Edelai —dijo Jackson.

—Hanabi usó la palabra rey cuando quiso decir líder. Podría tomarse como niño líder. Cuenta que nacerá un niño libre que cambiara al mundo mágico. Su padre será una bestia de fuego y su madre una estrella del cielo, y le protegerán aquellos cuyos nombres fueron cambiados. Su poder será inigualable, y ascenderá al trono cuando se le reconozca a través del oro

"Me suena a que los Hyûga debían dejar las drogas", pensó Jackson.

—Ah, me encantaría estar vivo para presenciar eso —suspiró Edelai—. Sería un gran honor conocer a ese niño.

—¿Por qué, tío? —se obligó a preguntar.

—Ah, porque seguramente será un sangre limpia. Tendrá que serlo. Vendrá una época de prosperidad para nosotros, Jackson. Una edad de oro para los sangre limpia como los Rosier.

Jackson se arrepintió de preguntarlo. Ahora Edelai empezaría a hablar sobre la supremacía de los sangre limpia, y Jackson quiso atragantarse con una de las galletas.


Eugene estaba bastante animado ese día. Había quedado en reunirse con unos compañeros en el Caldero Chorreante. Renata, una de sus sirvientas, había insistido en acompañarle todo el tiempo. Eugene no se negó. Sus sirvientes eran muy protectoras con él, y no dudaba que, si algo llegaba a sucederle, las cabezas rodarían.

Eugene llevaba un abrigo largo y guantes de piel de dragón. Anastasia, una mujer de más de cincuenta años y ama de llaves de Eugene, había dicho que no saldría a menos que fuera bien abrigado.

—¿Está seguro que quiere esperarlos solo, mi señor? —dijo Renata en cuanto llegaron.

—No tardarán, Rennie. Son puntuales y estarán felices de salir de sus casas por un rato, con esta tensión que se siente. No me moveré de aquí ni hablaré con extraños. Anda, ve a conseguir ese veneno para los doxys. Anastasia se quedará calva si no se deshacen de ella.

—No me gusta dejarlo solo.

—Y aun así, harás lo que te pido —sonrió—. No te preocupes por mí. Estaré aquí cuando regreses.

Renata asintió y se dirigió hacia el punto donde el Caldero Chorreante conectaba hacia el Callejón Diagon. Eugene suspiró con alivio. Había elegido a Renata porque era más fácil de convencer que sus demás cuidadoras. Ninguna había estado feliz cuando les dijo que saldría, aunque no podía culparlas por preocuparse de más. Incluso si no les contó nada, los rumores se habían extendido (no todos los estudiantes podían guardar silencio), lo que generó un ambiente tenso. A Eugene no le agradaba.

Pidió una mesa, la más alejada, pero cerca de la chimenea. Tuvo que batallar para que Hannah le prestara atención y le cediera la mesa que quería. Eugene ordenó cinco tazas de chocolate caliente con turrón de naranja. Estaba seguro que para cuando llevaran su orden, sus compañeros llegarían. No calculó mal. Isaac y Marius llegaron primero, seguidos de Petunia y Eric, quienes estaban tomados de la mano. Llevaban saliendo una semana.

—No me lo imaginaba —dijo Eugene probando su chocolate caliente—. Se lo tenían bien guardadito.

—Eso es porque tú no te guardas nada, Fitzherbert —indicó Petunia regalándole su turrón a Eric—. Lo último que supe fue que terminaste con Craig, y que andas tras Hofferson.

—Heather es una amiga —se encogió de hombros.

—Escuché que a Miranda Orson le gustas, aunque creo que traes locas a varias.

—Es que soy irresistible —sonrió sosteniendo el turrón con sus labios. Petunia le tiró el dulce con sus dedos—. ¡Eso fue bajo, Adams! No puedes meterte con la comida de un hombre.

—Cuando seas un hombre, dejaré de meterme con tu comida, niño.

Isaac y Marius vitorearon a Petunia. Eugene dejó de sonreír y se cruzó de brazos.

—Oigan —dijo de pronto—, ¿ésa de allá no es Hofferson?

—¿Heather? —volteó Eugene esperando encontrar a su amiga.

—No, la otra Hofferson. La que quiere matar a todo aquel que la mire por más de dos segundos.

—Ah, ella. No me importa lo que haga.

—Uy, hermano, pensé que ustedes dos tenían una especie de atracción letal —dijo Isaac.

—La bocona me odia desde que me conoció y es mutuo. Esto de emparejar personas que se odian entre sí, es fastidioso, Pearson. Como alguien me diga que ando tras de Reid Truman porque a él no le caigo bien, conocerán mi lado malo.

—¿Acaso tienes un lado bueno? No te muestres amargado, Fitzherbert, que no te queda —comentó Eric—. Además, si ella está aquí, seguramente la Hofferson buena también.

Eric tenía un punto válido. Eugene miró hacia donde estaba Astrid, sentada en la barra mientras paseaba un dedo por la orilla de su bebida. No vio a Heather por ningún sitio. La idea de acercarse a Astrid y preguntarle no le agradaba, pero bien podía divertirse un rato molestándola hasta que viniera Heather.

Astrid no había hablado con nadie desde hace cuatro días, excepto con Hannah cuando descubrió por fin que Damián no sabía que estaba allí. Astrid no había querido decirle lo que pasó, pero Hannah había sido comprensiva y le había permitido quedarse con dos condiciones: que la ayudara en la taberna y que escribiera a su casa para informar a donde estaba. Astrid había esperado que vinieran, que todo fuera un tremendo error… pero no fue así. Nadie había ido a buscarla.

Su llanto se había agotado los primeros dos días, y los últimos dos se mantenía en un estado taciturno. Dejó de peinarse y se bastó con atarse el cabello en una coleta baja.

—Ése ha sido un suspiro bastante grande, bocona.

Astrid aguantó las ganas de gruñir y lo ignoró dando un trago a su bebida. Seguramente estaba ahí para hablar con Heather, y al no verla, le preguntaría a ella a donde estaba. Astrid no quería hablar de su hermana todavía.

—Para alguien que presume tener una educación espectacular, tus modales son terribles. ¿No sabías que está mal ignorar a las personas cuando te hablan?

Terminando su bebida, Astrid golpeó el vaso tan fuerte sobre la barra que algunos saltaron por el ruido. Sin disculparse se levantó para retirarse. Eugene no desistió y la siguió, incitándola para que explotase.

—No me ignores, bocona. Es un falta total a la cortesía, hasta podrían quitarte puntos. ¿Te imaginas al profesor Longbottom diciendo: "Señorita Hofferson, ignorar al guapo y encantador Eugene Fitzherbert es una falta total, quince puntos menos a Gryffindor"? ¡En serio, no me ignores! Con esa actitud, nadie te querrá ni siquiera tu hermana y tu papá.

En menos de un parpadeo, Astrid dirigió su puño hacia la cara de Eugene. El puñetazo lo aturdió. Cayó al suelo viendo estrellitas. Astrid no le gritó nada, pero antes de echar a correr a Eugene le pareció que ella estaba llorando.

Y se dio cuenta que había metido la pata a fondo.

Cuando la tierra dejó de moverse, Eugene regresó donde estaban sus amigos. Experimentó una sensación de incomodidad en el pecho que le desagradó. Se sentía fatal. No sabía qué había pasado en la familia de Hofferson para que tuviera esa reacción. Tendría que disculparse, se había propasado.

—Santo Salazar, ¿quién te pegó, Fitzherbert? —le preguntó Marius cuando se sentó con ellos.

—Cállate y bebe tu chocolate.

—Uy, qué humor te traes —dijo Petunia—, con esa actitud nadie te va a querer, ¿sabes?

Eugene dejó caer dramáticamente su cabeza en la mesa, asustando a sus compañeros.


"Estimado Jamie Bennett:

Te escribo esta carta con motivo de puntualizar una cita este viernes en el Caldero Chorreante, para aclarar ciertos malentendidos que se dieron por mi inadecuada presentación ante ti y tu amigo, Norman Babcock. Estás en tu derecho de faltar si así lo quieres.

Estaré ahí a las 3:00 p.m., en una mesa apartada exclusivamente. He enviado una nota a Norman también.

Espero me den otra oportunidad.

Sinceramente,

Salma Leah Jones".

Jamie leyó la nota otra vez, suspiró. Miró hacia otro lado, hacia la nota que sostenía en su mano la izquierda. La nota de Salma mostraba una caligrafía impecable. La otra era la de Norman y a la única que había dado respuesta.

—Tranquilo, Jamie —a su lado, Daren trató de calmarlo—. Lo difícil fue convencer a nuestros padres de traernos con todo lo que ha estado pasando.

Era cierto. La madre de Jamie no había querido que saliera, temía que algo malo le pasara. Le tomó a Jamie todo un día convencerla que sólo iría a conversar con sus amigos, que debían dejar las cosas claras en caso de que Hogwarts cerrara. Tal vez fuera la perspectiva del cierre, lo que animara a su madre a llevarlo. Con Daren había sido lo mismo.

Si era sincero consigo mismo, Jamie estaba nervioso y preocupado. No sabía lo que le diría Salma, menos lo que diría Norman.

—No debimos llegar tan temprano —señaló Daren.

—Ella llegará temprano. Eso es seguro.

Y fue así. Salma llegó antes de la hora prevista. Llevaba puesto un suéter tejido gris con camisa debajo y corbata, una larga falda de estampado a cuadro y medias negras. Su cabello lacio desentonaba con sus pómulos altos y sus dientes enormes. Los frenos brillaban en su boca, y sus enormes anteojos la hacían ver como un mooncalf. Ella se acercó donde ellos estaban, un poco sorprendida por verlos antes de tiempo y probablemente dejando de lado el hecho de que había apartado una mesa. Lo raro es que iba sola.

—Pensé que llegarían después —admitió.

—Hola a ti también, Jones —comentó Daren—. ¿No me digas que planeabas esperarnos tanto tiempo?

—A Bennet y a Babcock sí, pero a ti no.

—Alto, Jones, si quieres hablar conmigo tienes que hacerlo con Daren —dijo Jamie—. Has sido muy grosera con él cuando es quien más te ha tratado con amabilidad.

Salma se mordió los labios y jugó con la correa de su bolsita. Jamie no mostró duda en su expresión.

—Está bien —accedió—. Lo siento, Ayala, mi actitud hacía ti no ha estado justificada.

—Te perdono, Jones, pero te advierto que, si pretendes hacer las paces con ellos, yo soy más amigo de Jamie y Norman que tú. Ye guste o no, si planeas imitar a Hermione Granger, vas a tener que modificar un poquito tu sueño.

Las mejillas de Salma enrojecieron.

—Eso es de lo que vengo a hablar. Creo que me malinterpretaron un poco.

—¿Un poco? Prácticamente dijiste que Norman era Harry Potter y yo, Ron Weasley. Da escalofríos pensarlo.

—No era esa mi intención. No quería hacer una réplica sino encontrar amigos... —agachó la mirada—. Nunca he sido buena haciendo amigos. Mis padres son muggle y son muy reservada. Así que cuando supe que era bruja, quise lograr cosas que no pude antes, así que cuando leí sobre magos y brujas famosos… bueno, creo que pueden imaginárselo.

—Bueno, Harry, Ron y Hermione se hicieron amigos tras enfrentar un trol —recordó Jamie de lo que le habían contado sus compañeros—. No tiene que ser así para todos. Hay distintas formas de hacer amigos, Jones, y si querías eso de nosotros, pudiste empezar presentándote. Tal vez Norman habría estado reticente, pero Daren y yo no. Poco a poco nos habríamos conocido, y seguramente ahora seríamos buenos amigos.

—¿Quieres decir que ya no me darás una segunda oportunidad?

—¿Qué? ¡Claro que sí! Si lo que quieres es un amigo, yo lo seré. Es momento de presentarnos de nuevo, ¿no crees? —le extendió la mano—. Hola, mi nombre es Jamie, y éste es mi amigo Daren. Ambos somos Gryffindor. Mucho gusto en conocerte.

Salma estiró su mano hacia Jamie para estrechar la suya.

—Mucho gusto, Jamie y Daren, soy Salma, y estoy en Ravenclaw.

Le siguió una conversación corta sobre cosas triviales. Procuraban no tocar temas sensibles cuando apenas habían limado asperezas. Sin embargo, cuando Norman llegó al Caldero Chorreante en compañía de su madre, significó que había llegado el momento de hablar de cosas más serias.

Norman no había planeado hablar sobre su poder con otros aparte de Jamie y Daren, pero cuando se acercó, notó que ninguno de los dos parecía incómodo por la presencia de Salma. Norman llegó a la conclusión que podía aceptarla, siempre y cuando Jame y Daren lo hicieran, después de todo, si él estaba pidiendo por una oportunidad, entonces, él podría dársela a ella.

Respiró y, con paso decidido, tomó asiento en esa mesa abriéndose por primera vez a personas ajenas a su familia.


Hermione estaba extenuada, un poco, quizás no lo suficiente para rendirse, pero sí para mandar al carajo por un día a su trabajo. La regulación, modificación, cancelación y creación de nuevas leyes no era un problema. Todo su programa había avanzado más que otros años, lo que le parecía perfecto. El único problema consistía en que tuviera que poner pausa a los cambios debido a la posibilidad de un torneo. Una parte de ella entendía que no todos en el mundo estarían de acuerdo con las reformas en las leyes, sin embargo, otra parte de ella estaba por declarar que el torneo era una oportunidad perfecta de hablar sobre dichos temas, al menos entre las autoridades competentes. De no ser por Frank y Theodore, y algunos trabajadores más, se habría rendido por ahora.

No es que fuera a hacerlo. Hermione estaba más convencida que nunca de que lo que hacía era lo necesario.

Aunque, que detuvieran un momento su trabajo, le había brindado la oportunidad de acercarse a Harry, luego de que Theodore insinuara que pasaba por una situación tensa. No importaba los años que pasaran, Hermione no podía evitar poner a Harry como su prioridad. En cuanto se enteró fue a la oficina de su amigo para confrontarlo. El resultado fue una conversación de varias horas, donde fue puesta a prueba toda la paciencia y buen juicio de Hermione.

Harry estaba en una grave situación. Lo que planeaba hacer, no estaba mal decirlo, era una locura. Pero a Hermione le había sorprendido la seriedad con la que Harry se comportaba. Había dejado de ser un niño, por fin había nacido el hombre. Así que lo único que podía hacer era apoyarlo y esperar que los Weasley recapacitaran. A eso se aunaba el problema con el ahijado de Harry. Hiccup Haddock había sido abandonado por su padre, por lo que Harry, como su guardián legal en el mundo mágico, debía hacerse cargo de él.

Afortunadamente, el asunto de los Black, que también tenía que ver con Harry, estaba siendo manejado por Theodore. Hermione sabía que estaban en buenas manos.

Harry le pidió que no le dijera nada a Ron, lo que Hermione pudo entender sin necesidad de una excusa.

Pensar en su esposo, le daba jaquecas. Ron seguía insistiendo que Theodore quería manipularla. Discutían mucho por ello. Hermione odiaba que Ron la subestimara cuando ella era capaz de defenderse. Asimismo, no sentía nada por Nott, salvo un gran respeto profesional. Ron no lo entendía, y sus discusiones no habían podido mantener lejos de Rose y Hugo.

Rose era inteligente, demasiado, pero tenía la cabeza dura de su padre, y lo que él dijera ella no lo ponía en duda. Como era más joven, Hugo apenas registraba lo que pasaba a su alrededor, pero adoraba a su padre y solía ponerse de su lado muy seguido. Hermione se había dado cuenta que sus hijos habían empezado a rechazarla, como si fuera la culpable. En ese sentido, comprendía el punto de Harry. Ron y Ginny eran influencias fuertes para los más pequeños. Sus palabras podían llenarlos de rencor... y al presenciarlo, ella misma había cuestionado su propio comportamiento hasta ahora. Hermione no… había podido evitar despotricar contra los Slytherin, dejando que su rabia se deslizara de su lengua. No quería que Rose y Hugo crecieran odiando a otros sin conocerles. Con eso en mente, se prometió que no fomentaría esa actitud ni permitiría que Ron siguiese con eso.

—¿Quieres un café, Hermione? —dijo Frank entrando a su oficina.

—Cargado doble, por favor, que esta petición me está acabando.

—Merlín nos libre, porque si tú te rindes, la oficina se viene abajo.

Hermione permitió que una risita vaga se le escapara. Frank fue a preparar la bebida mientras Hermione se entretenía acomodando algunas peticiones firmadas que tenían que ser entregadas ese mismo día. Aunque ya las había revisado, sintió que no estaría mal que Theodore les echara un vistazo, siempre y cuando él tuviera un rato libre. Las cogió entre los brazos y salió hacia la oficina de Theodore, que estaba frente a la suya.

Hermione se detuvo cuando escuchó voces de niños riendo.

Se colocó cerca para oír mejor. Sí, eran niños los que estaban ahí. También una mujer cuya voz se le hizo familiar. Sabía que no debía interrumpir, pero le causaba curiosidad saber quiénes estaban allí. Después de todo, no era común que Theodore recibiera visitas, ya ni hablar que se tratara de niños. Frank tardaría un hacer el café y ella no quería regresar a su oficina todavía.

Tocó la puerta con cuidado, esperando unos segundos para después abrirla. Hermione había aprendido que a Theodore no le molestaba que pasara, siempre que tocara primero. Halló una escena inesperada y peculiar.

Las voces infantiles habían provenido de unos gemelos rubios con los ojos de la misma tonalidad que los de Theodore. Ambos niños estaban trepados en unas sillas mientras Theodore movía su varita, para encantar los muebles y que flotaran. A su lado, una hermosa mujer rubia sonreía. En cuanto se percataron de su presencia, Hermione se sintió un poco incómoda. Le pareció que interrumpía una reunión familiar.

—Ah, Granger, ¿pasó algo? —dijo Theodore poniendo de vuelta en el suelo a sus hijos. Ambos niños la miraban directamente, como estudiándola.

Definitivamente, era una reunión familiar. Hermione no había pensado nunca que Theodore tuviera una familia propia, menos que su esposa fuera Susan Bones y tuvieran dos hijos. El cómo, cuándo y por qué eran preguntas que rondaban su cabeza.

—Lamento el ruido —dijo Susan con una sonrisa amable. Hermione la había visto varias veces en el elevador. Susan trabajaba en el Departamento de Seguridad Mágica y se había convertido en una miembro del Wizengamot a muy corta edad—. Alois y Alaudi estaban entusiasmados por venir, así que no controlaron el volumen de su voz.

—No… No hay problema —sonrió lo mejor que pudo—, es sólo que no esperaba que Nott tuviera compañía, ya que siempre se encierra en su oficina.

—Theo suele hacer esas cosas —asintió—, por eso es más pálido que una hoja. Necesita más sol y descanso, pero seguro sabes tan bien como yo, que este hombre continuara trabajando a pesar de todo.

Hermione sonrió, esta vez menos incómoda. Nunca había creído que estaría hablando con la esposa de Theodore con tanta naturalidad. Apretó las peticiones bajo el brazo y él notó el gesto.

—Dame las peticiones para que las revise —estiró su brazo. Hermione se las dio en automático y Nott se dedicó a leerlas mientras Alois y Alaudi se asomaban para ver qué contenían.

—Niños, no molesten a su padre cuando está trabajando —los amonestó Susan—. Sólo vinimos a visitarlo antes de ir a casa de sus abuelos.

—Pero, madre… —protestó uno.

—No protestes, Alois, fue un trato y estuvieron de acuerdo con él. Ahora, la visita ha terminado. Recojan sus abrigos y despídanse de su padre.

—El próximo fin de semana lo tengo libre —informó Theodore a Susan—, puedo ir por ellos a tu casa y llevarlos conmigo. A Blaise le han entrado ganas de reunirnos más veces, por lo que estaremos visitando las casas de todos.

—¿Iremos a casa de Sayuri y de Scorpius? —preguntó Alois. Theodore asintió.

—¡Genial! —dijeron ambos al mismo tiempo.

—No van a dejar de hablar de ello en todo el camino —suspiró Susan, fingiendo molestia—. Bien, vámonos ya. Nos vemos luego, Theo —le besó la mejilla—. Por cierto, tendré ocupada toda una semana antes de navidad.

—Sabes que no me molesta que vengan a casa.

—Por eso te amo. Ahora sí me retiro. Un gusto verte de nuevo, Granger.

—Lo mismo digo, Susan.

Cuando los dejaron a sola, Hermione quedó con la sensación de estarse perdiendo de algunos detalles.

—No es mi esposa —dijo Theodore como leyéndole la mente. Hermione respingó de nuevo. No lo había hecho desde hace mucho, así que su reacción provocó una sonrisa en él—. Susan y yo nos conocimos durante nuestros años académicos de leyes mágicas. Mantuvimos una relación amena, que se cimentó en matrimonio luego que ambos nos graduáramos y consiguiéramos un trabajo. No pasaron muchos años para que decidiéramos tener hijos. Nos divorciamos hace tres años cuando descubrimos que nuestra relación no funcionaba.

Hermione no pudo creerle. Después de todo, se llevaban muy bien por lo que había presenciado.

—¿Peleaban? —cuestionó sin pensarlo demasiado. Casi estuvo a punto de decir algo que no quería que nadie supiera. Sus problemas con Ron no tenían que ser los problemas de los demás—. Lo siento. No fue mi intención ser entrometida.

Theodore dejó los documentos en su escritorio, se levantó y se paró frente a frente con Hermione.

—Mis amigos son los únicos que saben sobre Susan y yo, eso quiere decir que muy pocos lo saben en realidad. Susan nunca había traído a los chicos a mi oficina porque no quería que nadie se enterara. Si lo descubriste, es porque yo quería que así fuera, Granger. Confió en ti. No hablarás con nadie sobre esto. Eres reservada y empática. Si no le has dicho a Ronald Weasley sobre la paternidad de los niños de Pansy, tengo la plena confianza que no dirás nada sobre esto.

Hermione hizo un esfuerzo por no mostrar lo conmovida que se sentía con esas palabras. Le dolía el corazón y a la vez estaba feliz. Theodore no era una persona que confiara al azar en los demás, y saberse apreciada por él, había sido una dulce sorpresa. En cambio, le dolía el hecho de que Ron no le demostrara la misma confianza.

—Y respondiendo a tu pregunta. Susa y yo nunca hemos discutido al punto en que no sacamos nada de eso. Somos diferentes, como podrás darte cuenta, y tenemos nuestras propias ideas que no concuerdan entre sí, pero nunca hemos peleado. Somos demasiado diplomáticos para hacerlo —dijo regresando a su asiento—. Simplemente llegamos al punto en que éramos más amigos que amantes. No había deseo ni tampoco verdadero compromiso. Nos queríamos, nos queremos, pero no al punto de permanecer juntos en matrimonio. Solicitamos el divorcio y nos turnamos para cuidar a Alaudi y Alois, o los escuchamos a ellos. Hay veces que quieren estar conmigo, otras con ella.

—Pensé que eras soltero, como nunca mostraste interés por alguien. Creí que sólo estabas enfocado en tu trabajo. Realmente pensé que no había nadie que pudiera gustarte.

—Soy reservado. La privacidad es esencial para mí. Además, no soy de los que suspiran con la mirada perdida por la persona amada. Durante mis años de Hogwarts me fijé en una persona. No tuve el valor para acercarme a ella debido a las circunstancias. De todos modos, no habría funcionado. Le habría hecho daño.

Hermione lo miró con confusión. Considerando que Theodore no discutía con Susan y llevaban una amena relación estando divorciados, dudó que le hiciera daño a alguien que le interesara.

—¿Quién era ella? ¿Era de nuestro grado?

—Adivina.

—Veamos, ¿Hannah Abbott? ¿Cho Chang? ¿Ginny? ¿Daphne Greengrass? ¿Pansy Parkinson? ¿Millicent Bulstrode? ¿Tracey Davis? ¿Lavender Brown? ¿Padma o Parvati Patil?

Cada una recibió un no por respuesta. Hermione se rindió cuando había mencionado a casi todas las que se le venían a la mente.

—Sabía que no adivinarías —dijo Theodore, entretenido—. La persona que me gustaba era Luna Lovegood.

Obviamente, Hermione no lo esperaba.

—¿Luna? No puede ser…

—Claro que sí. Ella me pareció muy interesante cuando estudiábamos. Me atrae la pasión en la mirada de una persona. La pasión por perseguir sus deseos, lograr sus ambiciones o anhelos. Luna Lovegood podía ser extraña, pero nunca dejó que otros disminuyeran sus ideas, continuó su camino pese a que la trataban como loca y la aislaban. Es admirable lo que ha logrado. Suelo leerles sus libros a mis hijos.

Hermione se quedó mirando fijamente a Theodore Nott. En Hogwarts, él no había llamado la atención, se había mantenido alejado de los problemas. Nadie lo conocía realmente. Ella nunca pensó que ocultara esa sensibilidad. No era para nada como Ron. Frente a ella estaba un hombre que sabía lo que quería y no se rendía para alcanzarlo. Imparable. Así le pareció en ese momento y repentinamente tuvo la curiosidad de preguntarle más, pero recordó que Frank le llevaría un café y decidió regresar a su oficina, diciéndole que luego recogería las peticiones.


Los Regan, la familia de Justine, vivía en un cómodo departamento en Berkshire. El empresario Stoick Haddock había creado un complejo departamental hace varios años, y hasta el año pasado, su padre había podido adquirir uno. Se localizaba en el cuarto piso, donde tenían una gran vista de Berkshire. Era un departamento espacioso, con ocho cuartos. Ideal para la familia Regan, y para su reciente añadidura, Adrian.

Adrian había sido desheredado por su padre, por lo que su acceso a las bóvedas de Gringotts y demás beneficios, habían quedado truncados. No que le importara. Adrian era demasiado inteligente para dejarse vencer por ello, y contaba con el apoyo que Justine y su familia.

Los Regan conocían bien a Adrian desde que Justine se hiciera su amigo en primer año. Lo apreciaban y no habían dudado en abrirle las puertas de su casa. Adrian compartiría habitación con Jason, el hermano menor de Justine. Para el año siguiente, Jason entraría en Durmstrang, por lo que compartir con un estudiante prodigio como Adrian le parecía una ventaja, además siempre había querido tener un hermano. Jade Regan era también la hermana menor de Justine, ella iba en tercer año en Hogwarts en la casa Hufflepuff.

—¿Ya no falta ninguna caja por desempacar? —preguntó la señora Regan.

La mudanza no había sido fácil, incluso si sólo se llevó unas cuantas maletas con ropa y su escoba. La tardanza se debía a que, como aún no se esclarecía su caso, su equipaje había tenido que ser registrado por un auror. La señora Regan había estado a punto de darle un escobazo de no ser porque su esposo lo impidió. El señor Regan se había encargado del papeleo para asegurarse de tener su custodia hasta que fuera mayor de edad.

Josh Regan era un mago, por lo que podía hacerse cargo de Adrian.

—Termine ya, señora Regan —respondió Flint vestido con ropa nueva que le habían comprado. Era un jersey gris con un pantalón negro y zapatos deportivos rojos. Flint nunca se había puesto ropa muggle. Era mejor que cualquier túnica de mago que Marcus Flint le comprara en el pasado.

—Perfecto —sonrió ella—. La cena está lista. Jade y Jason me ayudaron a preparar tu platillo favorito, y Justine está preparando la mesa. Ve a lavarte las manos y ayudarla, por favor.

—Con gusto, señora Regan.

—Te he pedido que me llames por mi nombre —replicó ella con dulzura.

Era extraño para él que una mujer adulta, que no era su madre, le tratara de ese modo tan suave.

—Está bien, Jeremiah.

—Así está mejor.

Flint se dirigió a la cocina donde Justine terminaba de poner la mesa. En cuanto lo vio, Justine le indicó que sacara los cubiertos del cajón de la repisa. Aunque fuera un ritual común aquel, Adrián encontraba maravilloso ayudar ya que eso siempre lo había hecho un elfo doméstico en su mansión. Los Flint no eran conversadores, así como Jade y Jason hablaban hasta por los codos. Adrian se sentía muy cómodo entre ellos.

—¿Has pensado que hacer para evitar que Hogwarts cierre? —susurró Justine en voz baja mientras colocaban los cubiertos sobre la mesa redonda. Era una pregunta inútil, sabía que Adrian ya estaba encargándose de eso.

—Pitch y Gothel dieron un duro golpe —dijo Adrian—, especialmente de ella, que demostró nuestra debilidades. Seguimos divididos y hasta que no trabajemos bajo un mismo objetivo, no podremos darles pelea. Sin embargo, olvidaron darnos el golpe de gracia. Aún podemos levantarnos.

—Sabía que tú no te rendirías tan fácilmente.

—Nada volverá a ser como antes, pero estoy dispuesto a seguir. Gothel pudo tenderme una trampa, pero no contó con que tendría aliados inesperados, y que no me agrada perder.

—Los de Slytherin te apoyaremos siempre. No dudes en pedirnos lo que sea, excepto no hacerle pagar a Boot lo que hizo. Merece una patada en su estúpido y prejuicioso trasero.

El señor Regan llegó a la casa justo en ese momento. Trabajaba como boticario en una tienda de pociones que había abierto recientemente en el Callejón Diagon. Siempre llevaba guardados en su túnica múltiples frascos con pociones de todo tipo. Josh abrazó y besó a casa miembro de su familia, incluido a Adrian. Adrian nunca había conocido el toque amoroso de una figura paterna, por lo que no podía evitar avergonzarse un poco.

—Hoy ha sido un día interesante, familia. Como todos continúen comprando como si se viniera una guerra, nos vamos de vacaciones a Brasil —anunció.

—Mejor a las Bahamas, papá —dijo Jason—. En las Bahamas, la vida es más sabrosa. O algo así.

—Opino que Adrián debería decidirlo —dijo el señor Regan mirándolo—, como ya es parte de la familia, su opinión cuenta también.

—Las Bahamas suenan bien —dijo Adrian—, o puede que a Suiza. Oí que sus quesos y vinos son deliciosos.

—No le des por su lado a mi tonto hermano, Addie —dijo Jade—, aunque Suiza suena interesante.

—¿De qué tanto están hablando? —dijo Jeremiah entrando en la cocina, y quitándose el mandil color durazno.

El señor Regan le explicó la disputa por el lugar al que irían de vacaciones.

—Oh, Josh, creo que Adrián dijo eso porque le conté que me encantaría ir.

—Eres una manipuladora, cariño, sabes que si Adrián me pide ir a Suiza, no me negaré —le besó la mejilla.

Los Regan y Adrián se sentaron a comer. Era asombros para Adrián saber que había una familia en la que reírse o eructar en la mesa fuese algo cotidiano no censurable. Flint se relajó lo suficiente para ser menos perfeccionista en el modo de manejar los cubiertos y en sentarse menos rígido.

—¿Han llegado noticias de tu padre, Adrián? —preguntó Josh cortando un trozo de crujiente tocino y untándolo de miel.

—Todavía no, pero no tardará en anunciar que estoy fuera de la familia Flint oficialmente. Las buenas noticias siempre tardan en llegar. Ahora sólo me queda ocuparme de la audiencia.

—Me prepararé lo mejor posible para ese día.

—Yo les prepararé un almuerzo lleno de energía. La necesitarán —dijo la señora Regan—, y de no ser porque no puedo entrar en el Ministerio de Magia, los acompañaría con mi escoba para agarrar a esos idiotas a golpes.

—Me imagino a El Profeta escribiendo sobre eso —comentó Justine—: "Altercado en el Ministerio: Muggle hiere a los miembros de Wizengamot con una escoba. Se presume que la escoba no era mágica".

La comida transcurrió con relativa calma. Al terminar, Adrián ayudó a lavar los platos en lo que el señor Regan colocaba los frascos con pociones multijugos para jugar al metamorfomago en familia. Una lechuza entró por la ventanilla de la cocina y dejó una carta en la mesa. Justine la tomó. El remitente la hizo fruncir el ceño y entregó la carta a su padre. Él la abrió ante la atenta atención de su familia y leyó el contenido. La noticia no fue buena. El padre de Adrián atestiguara en contra de él.

—Bueno, no me sorprende —dijo Flint regresando a fregar los platos—. Nunca tuve su estima, de todos modos.

—Oh, querido —dijo la señora Regan sin evitar abrazarlo con fuerza—. Estaremos ahí para ti. No te dejaremos solo.

—Gracias, Jeremiah.

—Esto no tiene que deprimirnos, familia —dijo el señor Regan—. Juguemos un rato y ya luego planeamos el asesinato, digo, la defensa contra este rufián.

—Cambiemos de lugar, mamá —pidió Justine—. Yo ayudaré a Adrián a secar los platos y acomodarlos.

En lo que los Regan iniciaban el juego (se trataba de tomar un sorbo de poción y adivinar el rostro de la persona en la que se transformaban), Justine y Adrián terminaban el aseo de la cocina.

—¿Sabes qué creo, amigo? Pienso que esto no es cosa solamente del desencanto de tu padre hacia ti —comentó en un susurro, procurando no llamar la atención de su familia—. Esto tuvo que ser planeado por alguien que quiere verte fuera de acción pronto.

Adrian guardó silencio, intuyendo lo que Justine le diría.

—Pitch Black —musitó su amiga—. Eres peligroso, Adrián, y no es sólo porque seas mucho más inteligente de lo que muestras ni tampoco tu magia. Tú nunca te rindes y eso debe de inquietarlo.

Aunque Justine no agregó más, lo que dijo dejó a Adrián pensando que Pitch podría querer destruir a sus posibles enemigos antes de convertirse en una amenaza. Si era así, tenía que pensar en cómo enfrentarse a eso.


Ginny Weasley no entendía a qué se debía su dualidad. Por un lado, quería creer que aún había una posibilidad de solucionar su pelea con Harry, seguir siendo Ginny Potter y continuar como una familia feliz. Por otro lado, había una parte de ella que insistía en continuar peleando, que no perdonaba a Harry y que no quería escuchar excusas.

Sin importar la manera en que se dieran los eventos, Harry le había sido infiel con Pansy. Había embarazado a Pansy. Ahora, había dos bastardos que ponían en duda la supuesta relación estable que tenían.

Era algo que no podía asimilar.

Ginny estaba consciente que en los últimos años su vida matrimonial no era la más amena. Discusiones, desacuerdos que no se arreglaban y días sin dirigirse la palabra. Ginny estaba hartándose, enloqueciendo en esa vida desastrosa que no abandonó por orgullo y capricho. Siempre había deseado ser la esposa de Harry Potter, así que dejarlo de lado no era sencillo. Admitía que no se reconocía ahora… no sabía quién era. La confusión sólo la hacía enojarse más, volverse más iracunda e irracional.

Amaba a sus hijos, eran su más grande orgullo y la evidencia que lo que tuvo con Harry fue real. James y Lily eran exactamente lo que había deseado tener; se parecían mucho a ella y se ponían de su lado cuando discutía con Harry. Eran los hijos perfectos... y luego estaba Albus. Ginny estaba al tanto que tenía favoritos. Albus no era como James, ni siquiera como sus primos (excepto por Roxanne, que era igual de extraña que Albus). Albus tenía verdes los ojos y nada Weasley en la sangre. Eso a Ginny la asustaba. Sentía que no podía conectarse con Albus, que no podía moldearlo a lo que quería hacer de él.

Albus no había querido irse con ella a la Madriguera. Él quería estar con Harry, y cuando le contó a sus hijos lo que había ocurrido, Albus quien se puso de lado de su padre. Y para rematar, Albus, quizás por la presión que sentía al ser tan diferente, le gritó que preferiría estar con un montón de Slytherin, que con ellos.

Fue la primera vez que abofeteó a uno de sus hijos. Fue la primera vez que Ginny temió perderlo todo.

Tenía que hacer algo de inmediato. Infortunadamente, en su estado actual, su mente llegó a la conclusión de que sólo lograría ganar, si daba un golpe bajo. Ginny trabajaba en la sección deportiva de El Profeta, por lo que no fue difícil para ella que el jefe de editores les brindara la oportunidad de hacer un artículo especial. Bastó una entrevista, una fotografía y Ginny obtuvo lo que quiso, hacerse la víctima.

"EL ESCÁNDALO DEL SIGLO.

Por Pavarti Patil

En una reciente e inesperada revelación, el mundo mágico se ha estremecido con la noticia más impactante de los últimos diez años. Ginevra Potter, nuestra querida colaboradora y esposa del famoso mago Harry Potter, ha expuesto en una entrevista muy íntima detalles que nadie nunca habría podido imaginar. Tal parece que nuestro querido héroe no es del todo perfecto, ya que, según Ginevra, han ocurridos ciertos eventos relacionados con la incapacidad de Potter para mantenerse lejos de otras mujeres…".

El artículo trataba de cómo Pansy Parkinson había manipulado a Harry Potter para que tuviera hijos con ella. Ginny pretendía que los demás creyeran que, como Pansy no había podido salir de la desgracia luego de querer entregar a Harry al Señor Tenebroso, se había ido por la ruta fácil. Y Pansy había aguardado el momento ideal para decírselo a Harry, para sacar todo el provecho que pudiera.

Cuando El Profeta publicó el artículo, el mundo entró en shock. El caos que se origina de las mentiras, de la importancia que se le da a la vida privada de los famosos. Ginny se deleitó con el momento en que cientos de lechuzas circularon en la Madriguera con notas que le daban apoyo y que juraban que Pansy era una perra sin corazón.

Había sido humillación por humillación. Pansy nunca debió de estar con Harry.

—¿Estás contenta con esto, mamá? —le preguntó Albus con la tranquilidad que le caracterizaba.

—No lo entenderías, todavía eres un niño.

Pero él hizo esa expresión que indicaba que no por temerle a los rayos quería decir que no comprendiera nada. Albus era perspicaz.

—La que no entiende eres tú. ¿Qué si papá tiene una familia con otra mujer? La que está casada con él eres siendo tú. En el artículo dices que papá quiso divorciarse por esto, pero no es así. La que pidió el divorcio fuiste tú. Te escuché hablar con la abuela sobre eso.

—Es de mala educación escuchar las conversaciones de ajenas.

—Pienso que es de peor educación mentir para no aceptar que tu esposo regresó contigo por obligación.

—¡Basta! —rugió Ginny—. ¡A tu cuarto, Albus! ¡Tu padre podrá perdonarte esa actitud, pero yo no! ¡Te quedarás ahí hasta que aprendas la lección!

Albus subió a su cuarto, oyendo los cuchicheos burlones de James y Lily sin darles ya la menor importancia. Comenzaba a comprender por qué su padre había tenido una etapa en su vida en la que prefirió estar con Pansy, que con los Weasley.


El artículo generó polémica y escándalo. Harry tuvo que hechizar la Oficina de Aurores para que sólo las cartas que contuvieran emergencias pasaran. Pidió a Matilda que no atendiera llamadas triviales. Abandonó por unas horas su oficina, ignorando las miradas y cuchicheos de los aurores, para ir al despacho de Hermione. Obviamente, ella había leído el artículo, así que en cuanto Harry se presentó, tomaron cartas en el asunto.

Ginny se había victimizado. Había puesto a los demás como los malos. Pero el mundo debía saber que si la Caperucita Roja contaba la historia, el lobo siempre sería el malo. Era momento de actuar. Harry envió una lechuza urgente a Xenophilus Lovegood, indicándole que le daría la exclusiva de su vida para El Quisquilloso (nada menos que la historia narrada por él. si el mundo quería saber la verdad, que la supieran). Una exclusiva que contendría un detalle que nadie podría ignorar. Fue cuestión de llamar a los involucrados, a quienes serían necesarios para dar legitimidad a todo.

Hermione se encargó del papeleo necesario en un tiempo record, mientras esperaban a Theodore. Harry aprovechó para enviarle una carta a Hiccup, decirle que todavía no podía ir a Castleton (estaba al tanto de su situación).

—Tu esposa sí que la ha hecho en grande, Potter —dijo Theodore cuando llegó a su oficina, pensando que Draco y Blaise iban a arrancarle la cabeza a la chica Weasley por haber hecho esto.

Ginny pareció olvidar que, sin importar quien ganara la guerra, los de Slytherin siempre se apoyarían entre sí, y más esos tres. Esto se iba a poner interesante.

Para cuando Pansy llegó, hecha una furia y a punto de hechizar a quien la importunara, Nott tuvo que calmarla mientras los testigos pertinentes llegaban. De parte de Potter estaban Neville y Luna. Neville estaba tan confundido con todo, pero confiaba en Harry como para apoyarlo sin tener la menor duda. Luna siempre lo había apoyado, a ella no le interesaba nada más que su bienestar. Con Pansy vinieron Daphne y Millicent, que no le dirigieron ni una palabra a Harry.

Con los testigos presentes, se procedió a hacer el ritual de legitimidad. Era un proceso en el que un mago o bruja certificaba su parentalidad en caso de bastardía, es decir, los legitimaba y ponía a la par con sus hijos legítimos. Bastó con un hechizo de vinculación de magia y sangre, que demostró que entre él y Pansy, efectivamente, existía una conexión en carne y hueso, que eran James y Rinoa. Harry afirmó la unión. Los testigos firmaron un papel con una gota de su sangre, para certificar que era cierto.

Theodore y Hermione habían elegido ese sencillo ritual por el poco tiempo del que disponían. Hermione aún estaba incrédula, era difícil asimilar que Ginny hiciera algo tan cobarde y despreciable. Luego hablaría en persona con ella si es que Ronald no se entrometía y empezaba a hacer conjeturas apresuradamente.

El ritual terminó cuando Harry y Pansy dejaron caer una gota de sangre en el contrato, declarando así que ahora los gemelos llevarían ambos apellidos, iniciando con el materno y después el paterno. Harry nunca le quitaría el derecho a Pansy de que sus hijos llevaran su nombre.

—Se siente como si acabara de firmar una especie de sentencia de muerte —musitó Harry a Pansy.

—Alégrate pensando que yo también lo estoy haciendo. Si nos matan, no iremos juntos al otro mundo, y seguro que eso le provoca a la comadrejilla una hernia del puro coraje.

—No le digas así.

Pansy no le hizo caso. La noticia estaba provocando múltiples respuestas, y no habían sido pocos los que le habían gritado puta o interesada al verla, como si por algún extraño motivo tuvieran derecho a juzgarla.

—Puedo decirle como se me dé la gana. Lo que escribió fue de mal gusto. Jamás anduve mendingándote nada. Eso hirió mi orgullo, Potter, porque si de sacar provecho se refiere, ella fue quien lo hizo con esta trastada —lo miró directamente a los ojos verdes, y agregó—: Eso te pasa por casarte con una de tus fans. No puedes confiar en una persona que idealizó su vida junto a ti, y que por un malentendido, trata de hacer justicia por su propia cuenta. La comadrejilla acaba de cometer un error al meterse conmigo porque de ninguna manera voy a permitir que denigre mi nombre.


El escándalo Weasley-Potter-Parkinson suscitó el inicio de una serie de noticias impactantes. Kingsley Shacklebolt no quiso posponer más la conferencia de prensa, por lo que, cuando todo el mundo estaba conmocionado, soltó la bomba. Anteriormente, se había hablado de Pitch Black, denotando la poca información que se tenía sobre él y su origen desconocido. Nadie pudo estar preparado para lo que siguió. Gothel la Bruja Inmortal no era un titular que pudiera tomarse a la ligera. Kingsley respondió a todas las preguntas con la verdad, desde la infiltración de Gothel en Hogwarts bajo el seudónimo de Erzabeth Gormley y su posible objetivo a alcanzar. Como esperaba, el escepticismo fue la respuesta del público, pero en cuanto reveló detalles de algunas investigaciones y mostró algunos recuerdos obtenidos de la batalla, no hubo lugar para la duda.

En ese momento, Pitch y Gothel se convirtieron en figuras reales y presentes, que debían ser tomadas con seriedad.

Por supuesto, con la aparición de Gothel, vino el anuncio del regreso de Sirius y Regulus Black a la sociedad mágica. Esto causó un revuelo enorme. Sus nombres no sólo aparecieron en los periódicos locales, sino en los internacionales. Todos se preguntaron cómo pudo ser posible que dos personas muertas hallan vuelto a la vida. Kingsley no respondió a nada sin importar cuanto trataran de conseguir una respuesta.

Lo que no habían podido evitar que se filtrara, aunque trataron, fueron los nombres de Rapunzel, Norman y Agatha. No hablaban directamente sobre cuáles eran sus habilidades, sólo que eran importantes. Que ellos tres tenían poderes especiales. El ministro sabía que tendría que revelarlo con el tiempo, pero por el momento, era suficiente con que supieran sus nombres.

Por último, el artículo en El Quisquilloso donde Harry Potter narraba los sucesos en los que ocurrió el embarazo de Pansy, contrarrestó un poco lo que había dicho Ginny, y pronto se hicieron dos bandos. Rita Skeeter y Pavarti Patil tuvieron días ajetreados donde no dejaron de escribir sandeces.

Nunca hubo un periodo en que las noticias fueran tan impactantes y tan abundantes, al punto que de vez en cuando se veía un titular dos noticias mezcladas entre sí, como si la coherencia no existiera. Alguien llamó a este período «La Gran Locura», y pronto se volvió una frase famosa, usada por los magos y brujas del mundo.

Pero no todo era malo o escandaloso. Sirius Black tuvo la oportunidad de otro juicio, donde se probó su inocencia siendo exonerado de todo cargo. También iniciaron rumores sobre que el supuesto hijo fallecido de una princesa estaba vivo y sería presentado como el Príncipe Retornado.

—Las noticias sí que vuelan rápido —dijo pasando las páginas del diario con indiferencia—. Pareciera que nos han olvidado de momento, mi querido amigo.

—Déjalos tener un momento de distracción. Llámalo tener compasión por sus efímeras vidas repletas de trivialidad y superficialidad.

—Oh, eres poeta. No conocía esa cualidad tuya.

Él la ignoró.

—Cuenta otra vez lo que viste, Gothel. ¿Ese niño usó magia antigua?

Ella dejó el diario sobre la mesa. La delicada tela de su vestido ceñido resaltaba las curvas suaves de su cuerpo. Su pelo, negro de rizos indomables, enmarcaba su pétreo rostro de labios rojos como la sangre

—No estoy segura. El chico no tiene ningún talento remarcable, por lo que no pudo ser él quien conjurara un hechizo de protección tan poderoso. Además, su hermana no ha mostrado tener ese poder. Pensé que podría ser un encantamiento de protección por parte de sus padres adoptivos, pero lo descarté. Quizás fue una coincidencia. Tuffnut Thorston no es relevante. Sus habilidades son medianamente aceptables y es tonto como ninguno. Nada de lo que tengas que preocuparte, ¿o es que temes a un mocoso de doce años sólo porque tuvo suerte? Has perdido un poco de confianza, Pitch

Pitch dejó pasar las burlas de Gothel y siguió analizando la información que había obtenido. Los informes estaban completos, lo que le dio certeza de algo. Jackson Overland no era una amenaza, no una a tratar enseguida. Pitch seguía sin comprender qué había ocurrido, pero de algo estaba seguro, ese chico no era más Jokul.

"O quizás, tenga que pensarlo un poco más". Pitch no podía subestimarlo. Probablemente tendría que poner todo de sí para encontrar una respuesta.

Por ahora estaba satisfecho con cómo avanzaban sus planes. Gothel había cumplido su primera misión, reunir información sobre cada estudiante en Hogwarts y sobre sus familias. No había salido barato. Pitch había tenido que elegir sabiamente para no poner en riesgo sus propios intereses. Afortunadamente, tener control sobre un linaje le había permitido tener a la mano a los que no habían tenido nada que ver con él, sólo por compartir sangre.

—¿Encontré lo que estabas buscando, Pitch? —inquirió Gothel—. No me has dicho en que empresa te ocupas actualmente, más bien, qué cosa no terminaste antes de ser sellado. Sabes que no haré nada para traicionarte mientras cumplas conmigo, y nunca me has fallado. Sé que el chico Riddle estaba interesado, pero no lo dejaste participar.

—No tienes que recordarme nuestro trato. Confío plenamente en ti. Lo que me lleva a preguntarte, ¿sabes si los squibs tienen magia?

—Se les dice así porque no tienen. No te burles de mí.

—Jamás desafiaría tus conocimientos, pero temo que estás equivocada. A pesar de la creencia popular, los squibs sí poseen magia. No del tipo que pueden usar con una varita o como magia elemental como los magos y brujas en África. Es, en una simple palabra, intocable. Como si el cuerpo del squib la resguardara, esta magia no sufre transformación alguna y puede pasar desapercibida por generaciones, hasta que "de repente" nace un mago o una bruja en una familia de muggles. En el caso de los squibs, como recipientes, la magia pasa en estado puro si se procrea con otro squib. Si se combinan con muggles, se diluye. Si es como magos y brujas, se transforma y pierde su originalidad.

—Los squibs eran repudiados de la sociedad mágica, y nadie se preocupada por ellos luego de que sus familias los corrieran. A menos que tú...

La sonrisa de Pitch fue su respuesta.

—Admito que es un experimento que no proviene de todo mi ingenio. Yo hacía cruzas al azar, creyendo que era lo mejor. Hasta que conocí a Jokul y me habló del potencial de los squibs.

—¿Ese niño, Jackson Overland? Fue una decepción, Pitch, nada de lo que habías dicho que era.

—Jackson Overland es un niño que no sabe nada. Jokul, por lo contrario, fue uno de mis aliados más poderosos. No me agrada subestimarme ni a ti, pero él era más viejo que nosotros, más sabio, más ambicioso. Esto nos traería beneficios a ambos, pero al final, por un motivo desconocido, me traicionó. No es que importe demasiado. Mi experimentó tuvo éxito al final. Obtuve lo que quería y sólo es cuestión de buscarlo. Cuando fui liberado, me percaté que mi conexión con el linaje había sido interrumpida, por lo que tengo que averiguar cómo restaurarlo.

—Oh, entiendo, y mientras lo buscas, ¿qué quieres que haga? Revivir a los Black fue algo maravilloso, pero supongo que quieres tener a tu lado aliados más confiables. ¿A cuál de nuestros viejos amigos debo traer?

—Mor'du —respondió Pitch—. Mor'du, el Invencible.

Gothel lució incrédula.

—Sabes que esa bestia no nos ayudará —dijo con seriedad—. Lo que hizo, incluso yo, lo encuentro abominable.

—Nos ayudará —le aseguró Pitch—. Quizás nosotros no le gustemos, pero podemos darle algo a cambio. La venganza es, después de todo, un plato demasiado delicioso como para rechazarlo.

—Encontrarlo no será un paseo en el parque —dijo Gothel—. Todas las pistas están dispersas por el mundo. Ellos no permitirán que salga al mundo.

—Ya pensé en eso. No quiero apresurarme y lograr que todo salga mal, Gothel. Tenemos tiempo, tenemos piezas que podemos jugar, y sobre todo, sabemos la localización de las pistas. El Árbol del Conocimiento puede servirnos también.

—Oh, esto es de antología. ¿Y cómo entraremos a ese lugar sagrado? Recuerda que muchos han perecido por intentar robar los pergaminos.

—Con esto —colocó una propaganda frente a ella—, y dejando que otros hagan el trabajo.

La bruja leyó el contenido con rapidez, apenas era un esbozo, pero igual la hizo sonreír.

— Como dicen, los clásicos nunca pasan de moda —delineó sus rojos labios con un dedo.


OMG. Esto fue largo, muy largo... no sé si el siguiente capítulo terminará así de largo.

Mmm, veamos. No tengo mucho que agregar, ya que siempre explico las cosas de las que tienen dudas en sus review o por mensaje privado. Por cierto, para mandarme su correo en Fanfiction (esto va especialmente para ti, Bruno) si quieren que les pase los libros de Cómo entrenar a tu dragón en inglés, es de la siguiente manera; por ejemplo, así (espacio) _ (espacio) escómosehace (espacio) etc..., para que me llegue completo

Esto... ¡ah, sí! No meteré realmente a los personajes de Naruto. Sólo hago estas menciones porque me gusta incluir cameos sobre mis animes favoritos.

Por cierto, atrapé a un Pikachu. Sé que no les importa, pero quería presumir (lo sé, mejor me dedico a subir los capítulos más rápido :'v)

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