Aula de Encantamientos
Malfoy observaba a la gente entrar al Gran Comedor. Desde su mesa de Slytherin, estratégicamente colocada al fondo, se podía permitir observar a placer a todo el que entraba, vigilar, enterarse de muchas cosas.
En cuanto la vio aparecer, afiló los ojos. No había llegado sola. Con ella iban otros dos alumnos. A uno de ellos lo reconoció inmediatamente: Era ese imbécil. Con el que ella quedaba a menudo. Demasiado a menudo. No le gustaba ese tipo. Por su culpa habían tenido que interrumpir muchos encuentros. Y eso le molestaba. Le ponía de los nervios. Le ponía enfermo.
Vio que se despedían y que él le rozaba el brazo al pasar. Se sujetó al borde de la mesa: Odiaba ver cómo él la tocaba. Lo hacía de una forma que resultaba infantil y bochornosa, no como un hombre de verdad tocaría a una mujer. Granger, en cambio, parecía encantada. Vio que le sonreía y se dirigía a la mesa de Gryffindor, donde San Potter y el Pobretón la saludaron inmediatamente.
Notó que alguien le miraba, a él, e inmediatamente buscó a quien le estuviera observando. Sus ojos grises y hábiles encontraron rápido entre el mar de rostros al culpable. O mejor dicho a la culpable. Una chica, bastante agraciada, le miraba embobada. Hizo un leve gesto con la cabeza y ella, al darse cuenta de que él la había pillado mirándole en ese estado, volvió a mirar hacia su plato, sonrojada.
Malfoy sonrió, arrogante. La chica no estaba mal. Tendría que ir a hablar con ella a ver qué tal era.
—Draco, ¿qué te parece lo del Ministerio?— oyó que le preguntaba Pansy en su habitual tono meloso.
La prefecta, que se sentaba a su lado, le puso una mano en el brazo con delicadeza. Pero totalmente a propósito. Malfoy hizo como si no se enterara: No era temporada de divertirse con Pansy. Sabía también a qué venía la pregunta: Los del Ministerio habían anunciado que tenían una buena pista sobre la situación de los mortífagos huidos, y El Profeta, crítico, lo ponía en duda en primera plana.
—La gente del Ministerio es demasiado incompetente como para pillar incluso al más inútil de los mortífagos— respondió él, los demás, como siempre, le escuchaban en silencio— Solo hay que ver la gente que trabaja para ellos: Weasley, Fudge, Cattermole, Creswell… No los encontrarían aunque les acompañara una manada de gigantes.
—Yo oí decir a mi padre en Navidad que algo así pasaría— dijo Nott.
—No te des aires, Nott— le cortó Malfoy, y los demás rieron—. Todos nuestros padres lo sabían. Lo difícil era no enterarse.
—¿Pero y si es verdad que tienen una pista?
—Crabbe, eso es muy poco probable— dijo el rubio, negando con la cabeza.
De repente, se le había quitado el apetito. Ese tema no debían hablarlo en público. Cualquiera podría oírles y se meterían en problemas, especialmente si Snape se enteraba de que iban pregonando cosas por ahí. Se levantó de la mesa y sin decir nada más, se largó del Gran Comedor. Por el camino, sonrió seductoramente a la chica que le había estado mirando durante la comida. Ella se sonrojó aún más que la vez anterior. Ahora que la veía de cerca, no estaba mal. Después de ese gesto, ella no tardaría en acercársele. Probablemente al día siguiente ya la conocería en mucha mayor profundidad.
OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO
—Malfoy, ¿puedes pasarme ese libro?— preguntó Hermione, escribiendo en un pergamino con su esmerada caligrafía.
Había cogido bastantes libros de la biblioteca para tener una buena bibliografía de la que valerse. Quería que ese trabajo para Herbología estuviera perfecto. Sin dejar de escribir, estiró el brazo para que él se lo pasara. Pero unos segundos después, al ver que él no le daba el libro, le miró frunciendo algo el ceño.
—Malfoy, ¿me escuchas?
—Sí.
—¿Y por qué no me pasas el libro?— preguntó ella.
—Porque no me da la gana, Granger— respondió él, apoyado en el marco de la ventana viendo cómo nevaba. Se giró hacia ella—. No soy tu elfo doméstico.
—¿Y si te lo pido por favor?
—Eso tenías que haberlo dicho antes. Ahora ya es demasiado tarde— replicó él, divertido con la situación.
Hermione suspiró con pesadez. Estaba claro que Malfoy no iba a darle el libro aunque estuviera justo a su lado. Dejó la pluma en el tintero y se levantó de la mesa. Caminó hasta donde él estaba y cogió el primer libro que había en un montón.
—Muchas gracias, Malfoy— dijo con toda la ironía que pudo.
Dio media vuelta dándole la espalda con gesto ofendido y comenzó a andar. Pero una mano la sujetó de la cintura y, haciendo que retrocediera un poco, la colocó de espaldas a Malfoy. Notó cómo él se acercaba a su cuello y la besaba una vez, rápido, liberándola inmediatamente. Ella, como si no hubiera pasado nada, volvió a caminar hacia su sitio, todavía molesta.
—De nada, Granger. Siempre es un placer— respondió el rubio.
Hermione negó con la cabeza, frunciendo algo más el ceño al oír semejante respuesta. Malfoy no pudo evitar sonreír con arrogancia. Era sumamente divertido hacer enfadar a la castaña, y con el genio tan vivo que tenía no le costaba demasiado esfuerzo. Por otro lado, ella no había respondido a su gesto. No le sorprendía, era lo normal. Ese tipo de besos en el cuello, robados en los labios, un roce en las piernas, eran algo ya tan común y diario que lo raro habría sido que ella se sorprendiera. Ese tipo de cosas se habían convertido en algo tan común entre ellos como darse los buenos días, como discutir de vez en cuando por la tardes.
Una rutina muy entretenida.
Pero tampoco eran solo esos roces fortuitos. Sus encuentros continuaban a escondidas, en su Sala Común de Premios Anuales, en algún corredor vacío, detrás de alguna estatua especialmente grande, en alguna hora libre. A su mente volvió con nitidez el primer día que ella se había colocado sobre él. De solo pensarlo todavía le subía la temperatura corporal. Lo habían repetido más veces, y admitía que Granger cada vez lo hacía mejor. Pero él había aprendido a controlarse, y ya no se dejaba llevar como esa primera vez que ella se hizo con el control. Ahora aguantaba ese impresionante movimiento de las caderas de Granger como una estatua. Y aunque seguían siendo unos encuentros increíbles, él todavía estaba molesto.
Ella le había, por decirlo así, engañado. Le había hecho creer que él tenía el control, lo había seducido, le había guiado y demostrado que ella también sabía hacerle disfrutar. Pero eso no quitaba que él se sintiera ahora obligado, como hombre, a mover ficha. Tenía que llevar el juego algo más lejos. Granger parecía muy cómoda como estaban, pero él quería ir más allá, enseñarle nuevos caminos, mostrarle nuevos métodos. Pero ella era difícil: Se había lanzado mucho aquella vez, pero desde entonces había vuelto a estancarse en esa especie de casi vergüenza o timidez que siempre guiaban su actitud cuando estaban juntos y a solas, frenándoles. Frenándole a él.
Eso le daba ventaja. Esa vergüenza, o esa ética, como ella la llamaba, él no las sentía ni las experimentaba de ninguna manera. Ese tipo de cosas eran para gente sin ambiciones en la vida, como la Comadreja. Y ahora quería avanzar, seguir más. Su cuerpo no podía seguir en esa fase. Demandaba por más. Eso ya no era suficiente.
—Malfoy, ¿puedes dejar de mirarme?— oyó que ella le preguntaba— Estás empezando a ponerme nerviosa. ¿Es que no tienes nada mejor que hacer?
Se dio cuenta entonces de que mientras su mente divagaba por esas ideas, sus ojos habían estado permanentemente fijos en ella, observándola probablemente casi sin parpadear. Sonrió, divertido, pues ella se había sonrojado.
—Ahora que lo dices, sí, Granger. Tengo bastantes cosas que hacer— dicho eso, se alejó de la ventana. La castaña le miró como si no creyera una sola palabra—. No te pongas nerviosa, Granger. Ahora no tengo tiempo para complacerte, hay cosas que reclaman mi atención.
Ella se sonrojó profundamente y le miró indignada.
—¡Malfoy! Yo no insinuaba eso.
—Lo que tú digas, Granger.
—Egocéntrico— murmuró ella.
—Es inútil, Granger, puedo leer en tus ojos las ganas. Ya las aplacaré, pero tendrás que esperar un poco más— dijo, burlón.
—Te digo que no, Malfoy.
—Es inútil que te resistas, sabelotodo.
Ella le miró, suspicaz, como si aquella frase hubiera sido excepcionalmente arrogante.
—Siento decepcionarte, pero hay alguien más irresistible que tú.
Eso había sido un golpe bajo. Ambos lo sabían. Malfoy contuvo inmediatamente su mofa al ver que ella sonreía, sabiendo que esa vez había dado en el blanco.
—Espero que no te refieras a…
—Sí, hurón, me refiero exactamente a él. Y ahora, si no te importa, tengo mucho que hacer— terminó la castaña la conversación, y volvió a su redacción.
Malfoy se tragó el veneno que ya destilaba su lengua y salió de allí, esperando que así su parte más Slytherin no se abalanzara sobre la castaña con algo más que frases irónicas. Granger había sido una… No, tenía que tranquilizarse. Últimamente hablaba como si no hubiera recibido educación. Pero es que Granger lo ponía enfermo cuando hablaba de ese imbécil. De ese cab… acalló a su mente antes de que empezara. Sí, cuando hablaba de ese Hufflepuff con el que cursaba Aritmancia, Wayne Hopkins. Le había costado dar con él. No era alguien que se hiciera notar demasiado, y él, un Malfoy, nunca se fijaba en chusma como esa. Pero finalmente tras enterarse de quiénes hacían Aritmancia – a su parecer, todos gente sin ningún interés por la vida social— y controlar un par de nombres, había dado con él.
Hopkins, el apellido ya no podía ser más vulgar y corriente, mediocre.
Al reconocer su cara, las ganas de rompérsela habían acudido a él tan rápido como lo habría hecho una Saeta de Fuego tras una snitch. Era el mismo que había estado con Granger en Hogsmade, tocándola. Debería haberlo imaginado. De ahí que su malhablado subconsciente le suministrara constantemente el apelativo que le puso aquel día cuando lo vio con su asquerosa mano sobre la pierna de la Gryffindor, junto a una nueva versión de insultos que acudían a él en cuanto se lo cruzaba por los pasillos. Porque ahora, como si alguien le hubiera echado una maldición, lo veía constantemente: Por los pasillos, en el Gran Comedor, en la biblioteca, en el campo de Quidditch… Bufó, molesto. Había pasado de ser un insignificante mestizo— porque para colmo era un mestizo— a ser un mestizo cargante.
Cómo Granger había ido a parar con semejante elemento era algo que no conseguía comprender, incluso a pesar de haberlo intentado. No alcanzaba a entender cómo Granger podía llegar a veces a tener tan mal gusto. Quizá era que simplemente le gustaban los casos perdidos, como Cara Rajada y la Comadreja. Sí, eso tenía que ser. No había otra explicación para que ella se juntara con un Hufflepuff, que, como todos sabían, eran los magos más inútiles de toda la Comunidad Mágica.
Simplemente, no podía haber una explicación.
OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO
Hermione salió del aula en la que había estado ensayando con una sonrisa de oreja a oreja. Su experimento con varios hechizos había salido perfecto, redondo, impecable. Estaba orgullosa incluso a pesar de lo exigente que era consigo misma. Se moría de ganas de enseñárselo a Harry y a Ron, estaba segura de que les encantaría.
Caminó rápido hacia la Torre de Gryffindor, demasiado concentrada en llegar hasta allí cuanto antes como para fijarse en las miradas que la recorrían cuando se cruzaba con algunos alumnos. Subió por las escaleras móviles hasta la torre de Gryffindor y llegó al retrato de la Señora Gorda pero no le dio tiempo a dar la contraseña. El retrato se abrió de golpe, y a punto estuvo de golpearla y hacerle caer al suelo. Sujetó con fuerza lo que traía entre las manos para que no se le cayera ni se estropeara.
—¡Harry, Ron!— exclamó ella al ver a sus dos amigos salir de la Sala Común casi corriendo.
—¡Hermione! ¿Qué haces aquí? ¿Dónde estabas? ¡Ginny te estaba buscando!— exclamó Harry apresuradamente, parecía hablar con mucha prisa.
Hermione vio que llevaban las túnicas de Quidditch y las escobas.
—He estado preparando una cosa que quería enseñaros. Me ha costado mucho, pero estoy segura de que os va a encantar— dijo ella, algo arrebolada por darle tanto bombo a algo hecho por ella misma.
No eral del tipo de brujas que se daban aires.
—Bueno, verás, es que ahora tenemos mucha prisa, hay entrenamiento de Quidditch y…— se disculpó Ron algo nervioso, indeciso entre quedarse o marcharse.
—Podemos esperar si es algo breve— dijo Harry, aunque se notaba que lo hacía por educación, se veía que estaba bastante inquieto.
—Llegaremos tarde, Harry— le advirtió Ron entre dientes a su amigo y capitán, pero no con el suficiente disimulo como para que Hermione no le escuchara.
Ella procuró no mostrarse molesta al oírle, pero por dentro bullía de rabia.
—No, no, no importa. Veo que tenéis mucha prisa— respondió ella, quitándole importancia aunque se sintió algo defraudada—. Id, imagino que ya debéis estar llegando tarde. Cuando volváis os lo enseñaré.
—Hecho— respondió Harry sonriendo, y ambos se despidieron de la castaña.
Hermione, un poco chafada por la reacción poco interesada de sus amigos en lo que quería enseñarles, entró a la Sala Común antes de que el cuadro de la Señora Gorda volviera a cerrarse.
Subió a su habitación y allí se dedicó a pasar el rato leyendo "Historia de Hogwarts". Era su libro favorito, y gracias a eso se olvidó un poco del feo que Harry, y sobre todo Ron, le habían hecho. Al menos mataría el tiempo de forma productiva.
Cuando ya llevaba varios capítulos del libro miró por la ventana de su habitación: Ya había anochecido, los chicos ya tendrían que haber llegado.
Salió, recogiendo de encima de su mesilla con cuidado lo que quería enseñarles y bajó a la Sala Común. Vio a Ginny, que jugaba al snap explosivo con algunas amigas.
—Ginny, ¿y Harry y Ron?— le preguntó a la pelirroja.
—Hola Hermione— sonrió Ginny—. Se han quedado en el campo de Quidditch. Ron quería que Harry le ayudara a practicar un poco más en la portería.
A Hermione en aquel momento le hubiera gustado preguntar un ¡¿Cómo? Tan fuerte que hubiera llegado hasta Harry y Ron, pero se abstuvo. Alzó la barbilla inconscientemente, indignada. ¿Cómo habían podido hacerle eso? Sus dos amigos, que habían dicho que irían en cuanto terminaran el entrenamiento. Y pensar que ella se desvivía siempre por ellos, perdía su tiempo de estudio por explicarles lo que no entendían, ayudándoles con los deberes, animándoles en los partidos… Menudos amigos.
—Gracias, Ginny— contestó la castaña, escueta.
Y se alejó de allí hacia la salida.
—¡Ey Hermione, espera!— la llamó Ginny aún jugando la partida de snap explosivo— Tengo que hablar contigo. ¿Puedes…
—Ahora es un mal momento, Ginny. Tengo que hacer algunas cosas. Ya hablaremos— respondió Hermione.
No dio tiempo a Ginny a replicar o para que la convenciera a quedarse. Tampoco le importó que fuera casi de noche y que la excusa de "tener cosas que hacer" resultara poco creíble. Quería marcharse de allí cuanto antes. Por un momento recordó que Harry le había dicho que Ginny la había estado buscando. Lo sentía mucho por ella, pero en ese momento no tenía ganas de hablar con nadie. Aún con lo que quería enseñarles a Harry y Ron en la mano, envuelto en una tela para que no se estropeara, caminó sin ninguna dirección en concreto por el castillo. ¡Qué egoístas que eran los dos! ¡Y sobre todo Ron! Ya podía imaginárselo ilusionado diciendo "Espera, Harry, vamos a jugar una hora más", y a Harry asintiendo aún más encantado. El Quidditch les perdía, y si lo anteponían a ella, podían estar seguros de que ella también antepondría sus cosas a ellos.
Le recorrió un escalofrío. No supo si era ella o empezaba a refrescar, pero se estaba helando. Se abrazó a sí misma intentando así mantenerse en calor. Pero se sentía tan desilusionada por sus dos amigos que parecía que así se estuviera consumiendo su calor corporal.
Sin darse cuenta de cómo, se encontró frente a la Torre de los Premios Anuales. Suspiró. Si había ido hasta allí, al menos no se quedaría fuera. Entró diciendo la contraseña y vio a Malfoy en uno de los sofás de la Sala Común.
Ella sabía que él estaría allí. No conscientemente, pero sí inconscientemente. Últimamente le pasaba a menudo. Cuando tenía algún problema o contradicción terminaba allí, en la Torre, donde sabía que estaría Draco Malfoy, sentado en algún sofá, hojeando algún libro, haciendo volar algún objeto por la Sala Común, avivando y amainando el fuego con un golpe de varita, practicando hechizos silenciosos.
Caminó hacia el interior de la Sala Común y lo vio allí, sentado en su sillón favorito, el más cómodo y el más grande, mirando su varita mientras la movía con habilidad entre los dedos. Sus ojos grises se elevaron hacia ella con increíble rapidez, como si la hubiera escuchado respirar aunque no se moviera.
—¿Qué haces aquí, Granger?— preguntó frunciendo un poco el ceño— Pareces algo apagada— añadió levemente burlón.
Hermione tragó saliva: qué cerca había estado esa serpiente de la verdad. Siempre tenía la sensación de que esos ojos grises leían su mente sin esfuerzo. Se aproximó al Slytherin y se puso de pie frente a él.
—¿Quieres que te enseñe una cosa?— preguntó la castaña. Al decirlo le resultó algo infantil, pero trató de no pensar en ello. El rubio alzó una ceja y a punto estuvo de decir algo, pero Hermione se le adelantó, imaginando hacia dónde dirigiría el Slytherin su pregunta— La he hecho yo, y me gustaría que la…
—Bien, veámosla— concedió Malfoy con desgana antes de que ella terminara.
Hermione no se hizo de rogar, le dio la espalda y se arrodilló junto a la mesita frente al sillón. Le dio otro escalofrío que la congeló. Definitivamente, ese frío que sentía desde que había salido de Gryffindor no era ni medio normal. Volvió a lo que tenía entre manos. Destapó del paño que lo que había querido enseñar antes a sus amigos, desenvolviéndolo con cuidado. Salió entonces de entre los pliegues hasta caer rodando en sus manos una bola de cristal del tamaño de un snitch, que colocó cuidadosamente encima de la mesita.
Retrocedió un poco para asegurarse de que estaba bien colocada.
—¿Es que vas a darme una clase magistral de Adivinación?— preguntó Malfoy al ver la esfera cristalina, divertido.
Sabía lo mucho que ella odiaba esa asignatura.
—Claro que no, Malfoy. Es algo mucho más serio— respondió ella frunciendo el ceño.
Hermione apuntó al fuego de la chimenea y con un golpe de varita hizo que se apagara. Notó otra corriente helada recorrerle la espalda. Se removió un poco: No tenía nada que ver con esa habitación, el fuego hasta entonces había estado suministrando calor a una potencia considerable. Después corrió las cortinas de las ventanas de la torre, acabando prácticamente con todo atisbo de luz.
Cuando la Sala Común estuvo completamente a oscuras, apuntó con la varita a la esfera de cristal. Pronunció el encantamiento en voz baja, y sonrió triunfal en cuanto vio que en el interior de la bola empezaban a formarse remolinos de chispas doradas. Funcionaba a la perfección.
Se sentó en el sillón junto al rubio, que observaba con atención los recién aparecidos colores dentro de la bola, esperando que algo sucediera. Y entonces, como si un torbellino expulsara desde dentro aquellas chispas de colores, salieron del interior de la esfera en todas direcciones, colocándose magistralmente por todo el espacio de la habitación en un desordenado orden. Se multiplicaron a gran velocidad hasta que, poco a poco, una imagen fue tomando nitidez a su alrededor, transportándolos a una visión imposible pero que casi parecía real. La única diferencia con el lugar que acababa de aparecer allí, era la intangibilidad total de lo que ahora les rodeaba.
—Es el Bosque Prohibido— susurró Hermione en voz baja, observando con orgullo lo que antes había sido la habitación y ahora era un oscuro y brumoso bosque.
—Lo había notado— respondió irónico el rubio, pero no todo lo que él habría querido, pues estaba bastante ocupado admirando lo que ahora les rodeaba.
Árboles demasiado grandes como para ser completamente abrazados por un ser humano se elevaban hacia el techo de lo que antes había sido la Sala Común de la torre, donde un cielo oscuro y nublado era casi rozado por sus copas. Las gigantescas raíces se elevaban del suelo formando montículos, como si formaran la base de una columna en vez de un tronco, para después introducirse como sinuosos caminos hacia el interior del suelo completamente cubierto de una bruma que parecía auténtica. Malfoy movió la mano entre esa espesa neblina que le impedía ver sus propios pies, y para su sorpresa, se dispersó durante unos segundos como si fuera auténtica, para luego volver a cernirse en torno a esa parte de su cuerpo, dejándola invisible a sus ojos de nuevo.
Se escuchó un aullido. Parecía de un lobo auténtico.
—Es impresionante, Granger— concedió el Slytherin.
Hermione no pudo más que sonreír al observar que Malfoy lo decía de verdad, pues miraba en rededor casi con un toque de admiración.
—Gracias— susurró ella.
Volvió a apuntar con su varita a la esfera. Con otro hechizo dio una nueva orden. Entonces el Bosque Prohibido comenzó a pasar ante sus ojos a gran velocidad, como si fueran montados a lomos de un hipogrifo que los llevara volando a la mayor velocidad que le permitían sus alas, pasando árboles y ramas tan de cerca que solo su intangibilidad, su magia, les impedían golpearlos con fuerza.
Hermione, mirando con cierta tristeza las imágenes pasar a su alrededor, no se dio cuenta de cuándo un brazo proveniente del lado de su compañero la tomaba por los hombros y la obligaba a dejarse caer un poco sobre él. Hermione se encontró apoyándose casi acurrucada en el Slytherin, que aún rodeándole los hombros con el brazo, pasaba despreocupadamente la mano por uno de sus hombros, acariciándole la piel por encima de la capa negra, el jersey y la blusa del uniforme.
—¿Se lo has enseñado ya a Potter y Weasley?
—No— respondió ella en voz lo más baja posible.
Definitivamente, Malfoy era capaz de leerle la mente.
—¿Y qué ha pasado?
—Se han olvidado de que quería enseñárselo.
—O no han querido hacerte ni caso— respondió el rubio con malicia.
—¡Ellos nunca harían eso! Harry y Ron son unos amigos muy buenos.
—Desde luego que sí, Granger— se mofó Malfoy—. Los buenos amigos siempre hacen este tipo de cosas.
—Harry y Ron no me fallan nunca. Simplemente ha sido un descuido— contestó Hermione, notando que empezaba a enfadarse.
—Sus descuidos son muy habituales, ¿no te parece?
Hermione se agachó de improviso al ver de reojo que la rama de uno de los árboles se acercaba. Se sonrojó al ver que el rubio tenía una marcada sonrisa burlona en sus labios, al ver que ella se asustaba por algo imaginario.
—Harry y Ron son de fiar, Malfoy. Un fallo lo tiene cualquiera.
—Algunos tienen más de un fallo, Granger.
—Ha sido solo un fallo, Malfoy— repitió ella, despacio, como si pretendiera que así cada una de sus palabras se introdujeran en la dura cabeza del Slytherin.
—Y si ha sido un solo fallo, de qué te preocupas.
Hermione, de nuevo apoyada en el chico, parpadeó, tomada por sorpresa. Era cierto. Había sido un fallo. Un simple y tonto fallo. Ella no les había dicho ni a Harry ni a Ron que lo que quería enseñarles era importante para ella. ¿Cómo iban entonces ellos a saberlo? Ninguno de los dos se caracterizaba precisamente por ser muy perceptivo con las emociones ajenas. Simplemente ella había estado un poco sensible por la actuación de esos dos, porque le hacía mucha ilusión enseñarles su obra. De repente sentía casi hasta calor ante la obviedad de la situación y su aniñada reacción.
—¡Tienes razón, Malfoy!— exclamó ella, enderezándose de repente.
Y ese gesto pareció una oculta señal, porque en ese mismo instante la bola de cristal expidió un fogonazo de luz, que al apagarse se llevó consigo toda señal del Bosque Prohibido, devolviéndolos a ambos a la Sala Común de piedra, con luz y fuego en la chimenea incluidos.
—No sé a qué te refieres pero sí, supongo que sí. Siempre la tengo— contestó él, frunciendo el ceño por el repentino movimiento de la castaña.
—Por una vez, Malfoy, no te voy a contradecir— sonrió Hermione.
Y casi de un salto, se posicionó sobre él y lo besó, con energía, repentinamente contenta. El rubio no se movió, ella había sido demasiado rápida. Antes de poder moverse ella ya se había levantado del sofá y había cogido la bola de cristal, que guardó y envolvió en el pañuelo por si acaso.
—¡Hasta luego, Malfoy!— se despidió ella haciendo un gesto con la mano ya casi en la salida de la Sala Común.
Tenía que ir corriendo a la torre de Gryffindor. Probablemente, si se daba prisa, alcanzaría a Ron y Harry justo cuando llegaran del campo de Quidditch.
En cuanto Malfoy vio el cuerpo de la Gryffindor desaparecer y el hueco de la puerta cerrarse, se permitió dejar escapar un bufido, negando con la cabeza ante la actitud de la castaña. La Gryffindor era a veces demasiado sentimental en algunos aspectos. Ni el Pobretón ni San Potter harían nunca nada a propósito para molestarla, él lo tenía muy claro. Cómo ella no lo veía igual de obvio era una pregunta que pertenecía al incomprensible mundo femenino que jamás nadie conseguiría comprender. Menos mal que Granger había alegrado esa cara. Le recordaba un poco a Myrtle La Llorona.
Sonrió, divertido. Seguro que si se lo hubiera contado a ella habría estallado gritándole unas cuantas cosas. Sin duda alguna eso habría sido entretenido.
OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO
La profesora McGonagall les había llamado esa tarde después de clase a su despacho. Ron y Hermione habían acudido con rapidez. El pelirrojo en principio no había querido ir, temiendo un castigo por cualquier cosa. Hermione, disuadiéndolo se esa idea, le obligó a ir al despacho de la Jefa de su Casa. No había ninguna razón para ningún castigo.
Cuando entraron, la profesora McGonnagall estaba sentada tras su escritorio con su habitual gesto serio y disciplinario, e inmediatamente les invitó a tomar asiento.
—Tengo que informarles de ciertas noticias algo preocupantes. Puesto que ustedes dos son los prefectos de la Casa de Gryffindor, me he visto obligada a informarles por órdenes del director. El resto de prefectos también van a ser informados por los jefes de sus respectivas Casas— se detuvo, asegurándose de que los dos jóvenes prefectos no estuvieran asustados, pero solo vio decisión y avidez por conocer la información que ella parecía tan reacia a contarles, así que continuó—. El director Dumbledore cree que los mortífagos huidos pueden estar por esta zona de Inglaterra. Un informador cree haberlos visto por aquí cerca.
—¿Aquí en Hogwarts?— preguntó Ron, preocupado.
—No, señor Weasley. No están en Hogwarts, pero sí pueden estar por localidades cercanas, y por ello debemos estar atentos. Por supuesto, esta información no debe salir de aquí— advirtió McGonnagall.
—Por supuesto, profesora— asintió Hermione.
—Bien, señorita Granger, porque darles estas noticias supone un gran voto de confianza. También debo informarles de que deberán ayudar en las tareas de vigilancia al claustro de profesores.
—Por supuesto— asintieron los dos prefectos en seguida.
—Bien— sonrió la profesora, orgullosa de aquella afirmación—, no esperaba otra actitud de los prefectos de Gryffindor. Si llega el momento, quiera Merlín que no sea así, en que sea necesario hacer guardia en el castillo, serán debidamente informados.
Y tras un par de palabras más y un ofrecimiento de galletas irlandesas por parte de la profesora McGonnagall que Ron se apresuró a aceptar, salieron del despacho en dirección a la Torre de Gryffindor.
—Hermione, yo creo que a Harry deberíamos contárselo— se atrevió a decir tímidamente Ron mientras caminaban—. Si lo piensas detenidamente, él debería saberlo porque es el más preparado para…
—Ron, por supuesto que pensaba contárselo a Harry— respondió terminante la castaña. El pelirrojo la miró sorprendido—. Él es quien debería saberlo primero, porque le atañe de forma más especial. Es quien siempre corre más peligro en este tipo de situaciones.
—¿Vas a desobedecer a un profesor?— preguntó asombrado Weasley.
Todavía tenía muy nítida en su memoria la respuesta afirmativa de Hermione a guardar el secreto "Por supuesto, profesora".
—No, Ron. Técnicamente esa información era para los prefectos, y Harry habría sido nombrado prefecto por Dumbledore si no lo hubiera considerado ya demasiada carga, de modo que podemos considerar que Harry es uno más de nosotros.
Ron la miró parpadeando de hito en hito, asombrado. Tan impresionado estaba que a punto estuvo de chocar contra una de las estatuas que guardaba la entrada a uno de los pasillos.
—Ten cuidado, Ron.
—Lo siento Hermione. Es que me has dejado impresionado.
La castaña sonrió, algo arrebolada.
—Gracias.
—De nada— le sonrió el pelirrojo de vuelta, ya viendo el retrato de la Señora Gorda.
En cuanto dieron con Harry, se lo llevaron aparte a una esquina de la Sala Común. Allí le contaron lo que la profesora McGonnagall les había dicho. Tal y como ambos pensaban, Harry les agradeció que se lo contaran y puso su mente en marcha al respecto inmediatamente.
—Yo estaré por los pasillos del colegio con la capa invisible mientras vosotros estéis fuera— determinó el azabache con seriedad—. En el bosque o en los jardines no tendría mucho que hacer. Los terrenos son demasiado grandes.
—Buen plan, Harry— asintió Weasley—. Sólo espero que si nos toca patrullar con los de Slytherin y nos encontramos con esos asquerosos mortífagos, esas serpientes no se pongan de su lado para acabar con nosotros.
Dio un respingo de solo pensarlo.
—No lo harían— respondió rápidamente Hermione. Demasiado, porque los otros dos la miraron extrañados—. Me refiero a que con Dumbledore tan cerca nadie se atrevería a hacer algo así. Además, los mortífagos puede que estén cerca, pero es poco probable que se acerquen a Hogwarts.
—Puede ser. Pero nunca está de más estar atentos.
—Es verdad. A mí se me ocurren bastantes nombres que encajarían en ese perfil— comentó Ron, cruzándose de brazos.
Hermione asintió, pero no dijo nada. A ella también se le ocurría alguien. Un solo nombre.
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Malfoy acompañó a la chica temprano esa misma mañana hasta la salida de la Sala Común de Slytherin. No era su Sala Común, y no la veía capaz de llegar hasta la salida sola. No tenía demasiadas luces. Habían pasado una noche muy entretenida, era cierto, pero ella era una Hufflepuff al fin y al cabo, no se le podía pedir mucho más.
Había sido con aquella chica, la que le miraba en el Gran Comedor. Como decía, una noche fantástica, esa mujer era casi incansable y a él eso le gustaba. Pero esa misma mañana se había despertado con unas ansias que ni siquiera con ella había podido calmar. No le había servido para nada. Solo había conseguido despertar en él deseo, apetito y hambre, pero esa chica no lo podía aplacar.
Y lo peor de todo era que no era la primera vez que le pasaba. Ya le había ocurrido un par de veces la última semana, y la sensación empezaba a cansarle. Las sesiones de duchas frías iban a tener que alargarse si quería mantenerse sereno hasta encontrar la forma de aplacar su necesidad. La única forma de paliarla.
Después de desayunar fue a la biblioteca. No era precisamente el lugar en el que le gustaba pasar los sábados, pero esa vez no tenia de otra. El lugar en cuestión estaba completamente vacío, y era comprensible. Los alumnos normales no estudiaban los sábados. Pero él no había ido a buscar a un alumno normal y corriente.
Echó a andar en la dirección de las estanterías donde los volúmenes eran más pesados, gruesos y viejos. La persona a quien buscaba ya se había leído todos los libros comunes, así que solo podía encontrarse entre los raros, los que nadie usaba. Tras cruzar un par de estanterías, encontró lo que buscaba.
—Granger— la llamó.
Ella, pillada por sorpresa, se asustó y dejó caer el libro que acababa de coger de uno de los estantes. El Slytherin, haciendo gala de sus habilidades de buscador lo cogió al vuelo y se lo tendió con una mirada burlona y arrogante. La castaña lo cogió frunciendo el ceño. No le gustaba estropear los libros, y había estado a punto de hacerlo.
—Malfoy, ¿qué haces aquí?
—¿Tú qué crees?— inquirió él.
Se acercó a ella como un depredador, demasiado rápido para darle tiempo a escapar, moverse, o negarse, o cualquier cosa. La atrapó entre sus brazos y la besó con ganas. Le mordió los labios, rozó su lengua con la suya, saboreó la boca de la Gryffindor degustando cada milímetro de esa piel cálida que enrojecía y se hinchaba cuando él abusaba de su contacto.
La liberó finalmente, pues ya sabía de memoria el segundo en que ella ya no podría más y necesitaría respirar. Lo hacía contra su voluntad, pero cedía y soltaba esos labios femeninos que, enrojecidos, parecían llamarle con mayor fuerza todavía.
—Malfoy, ¡puede vernos alguien!— exclamó ella en voz baja pero en tono indignado, mirando a izquierda y derecha.
—Granger, es sábado por la mañana. Solo tú vienes a la biblioteca— respondió él rodando los ojos.
Ahora estaba mucho más calmado. Ya no sentía tantas ansias, tanto deseo, tanta hambre. Aun así, no estaba completamente saciado. Había descubierto hacía un tiempo que besando a la Gryffindor aplacaba ese deseo despertado por otras durante la noche. Sin embargo, cada vez necesitaba más de su medicina, de ella. El antídoto de la Gryffindor era eficaz para él cada vez en mayores dosis.
Mientras ella farfullaba cosas como que "era un irresponsable" y que "la señora Pince podía aparecer en cualquier momento", él aprovechó para mordisquear el lóbulo de la castaña, que inmediatamente dejó su parloteo. Él sonrió; ella siempre cedía cuando él hacía eso. Notó inmediatamente cómo ella le rodeaba el cuello con los brazos. Bajó entonces su boca por el camino del cuello. La piel de Granger seguía siendo extremadamente suave, más que la de cualquier otra con la que hubiera estado. Y eso le gustaba.
Se apoderó de un trozo de piel y succionó con voracidad. Inmediatamente como consecuencia las manos de ella treparon hasta su cabello, presionándolo con fuerza contra ella. También le gustaba que ella hiciera eso. Y a ella aún más que él le hiciera lo que le estaba haciendo. Podía recordar perfectamente la tarde en la Sala Común en que la castaña había aparecido totalmente sonrojada y le había "informado" de que había encontrado un hechizo para hacer desaparecer las marcas en su cuello de forma instantánea. Tras decir esas palabras aún se había sonrojado más, y le había pedido a él que le hiciera la prueba en el cuello para comprobar si funcionaba.
Por supuesto, había accedido encantado. Y el hechizo de ella había funcionado a la perfección, de modo que la castaña le había pedido de nuevo, todavía más roja si cabía, que lo repitiera otra vez.
Soltó poco a poco la piel del cuello de la que se había apoderado. La escuchó suspirar sin contención contra su cuello. Aún no le había dicho que cualquiera podía oírles, pero es que su subconsciente se resistía a dejar de escuchar esos sonidos provenientes de ella. Lo volvían loco.
—Bien, Granger— murmuró, besándola de nuevo—. Creo que es suficiente por hoy.
—Lo mismo digo— respondió ella con la respiración ligeramente desacompasada.
El rubio alzó una ceja, como si se mostrara escéptico y disconforme con la afirmación de la Gryffindor. Se alejó un par de pasos.
—¿Irás a Hogsmade?— preguntó el rubio antes de desaparecer por el final de la estantería.
—Claro, no voy a quedarme aquí todo el día. Yo no soy tan rarita como tú crees, Malfoy.
—Lo eres, Granger. Pero sería muy aburrido si fueras normal.
—¡Malfoy!— exclamó ella, pero se tapó la boca inmediatamente.
Él ya había desaparecido entre las estanterías. ¿Por qué siempre le hacía gritar en la biblioteca?
OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO
Esa tarde, en Hogsmade, Malfoy no daba crédito. Había ido quedándose poco a poco rezagado en su grupo, y eso que normalmente solía ir el primero y los demás le seguían a donde quiera que él fuera. Pero de nuevo algo, o más bien alguien, había llamado su atención.
Era Granger.
Pero no era Granger sola. Ni Granger con los idiotas de sus amigos Cara Rajada y Comadreja, sino Granger con el idiota número uno de Hogwarts: Wayne Hopkins. Sí, el cabrón integral que iba con ella Aritmancia y con el que al parecer tenía una relación. Para su asombro e ira personal, iban tan concentrados hablando que la castaña ni siquiera se enteraba de que él estaba allí. Y lo peor de todo era que iban peligrosamente en la dirección de la tienda en que él los había visto juntos la primera vez, con él poniendo su asquerosa manaza encima de la rodilla de Granger, que podía considerar suya por derecho.
Se alejó de su grupo, que por el momento no se había dado cuenta de que él los había dejado. Poco le importaba, más bien nada. Ahora tenía otra cosa más importante que hacer.
—Eh, Granger— la llamó sin demasiadas consideraciones.
Estaba allí, parado en medio de la acera a una distancia prudencial de la desagradablemente feliz parejita. De repente, las ansias, el hambre, el deseo, comenzaron a corroerlo por dentro como si no hubiera besado a Granger esa mañana. ¿Pero qué demonios le ocurría? Por Merlín, su cuerpo a veces se comportaba de una forma intolerable. Ya la había besado cuanto quería, pero al parecer ahora una parte de él no lo había considerado suficiente.
La Gryffindor se detuvo, y un segundo después lo hizo su acompañante. Ambos se giraron para encontrarse con los ojos grises del rubio traspasándolos, especialmente a uno de ellos. Hermione hizo un gesto con la cabeza, esperando que él se acercara para ver qué quería. Pero al ver que el rubio no tenía ninguna intención de moverse, rodando los ojos se disculpó un momento con Hopkins y se acercó al Slytherin.
—¿Qué quieres, Malfoy?
—Saber qué se supone que haces— respondió él, pero no mirándola a ella, sino al chico que la Gryffindor había dejado atrás, esperándola.
Ella parpadeó, extrañada, sin comprender.
—¿Cómo que qué hago? Obviamente, Malfoy, estoy paseando con alguien.
—A eso me refiero exactamente, Granger. ¿Qué quieres? ¿Ser una marginada social el resto de tu vida? Ya era bastante patético que fueras con San Potter y el Pobretón, pero esto ya es demasiado.
—Mira Malfoy, Wayne es…
—No, Granger, no. Por tu culpa me he tenido que parar y venir a avisarte de tu error garrafal para salvar la poca imagen pública que tengas.
—Mira Malfoy, yo iré con quien yo quiera. Y Wayne es una compañía maravillosa, muy educado y muy agradable.
—Por favor, vas a hacerme vomitar.
—Entonces hazlo hacia otro lado— contestó ella con una sombra de sonrisa en la comisura de sus labios.
Malfoy empezaba a enfadarse. Granger siempre lo ponía todo difícil. A veces se ponía demasiado terca, como ahora, insufriblemente decidida.
—Te lo digo en serio, Granger. No quiero verte ni un segundo más por Hogsmade al lado de ese cretino.
—¿Cretino?— exclamó Hermione indignada, y miró de reojo al Hufflepuff que la esperaba unos metros más adelante observándoles de vez en cuando, esperando de corazón que él no lo hubiera escuchado.
—Sí, Granger. Es el cretino número uno, por no ponerle un nombre mejor.
—¡Malfoy! ¡No lo llames así!
—Lo llamaré como me dé la gana— respondió el sin tapujos, sin mostrar asomo de arrepentimiento—. Y te lo vuelvo a repetir; aléjate de él. Desde ahora mismo. Vete con Potter y Weasley si hace falta.
—No voy a irme con Harry y Ron porque no sé dónde están, y tampoco voy a hacer lo que tú me digas— respondió ella, cruzándose de brazos, resuelta a no dar su brazo a torcer—, ni tampoco voy a dejar a Wayne solo. Habíamos quedado.
—Que se largue con viento fresco.
Respondió él, burlón.
—Hermione, ¿nos vamos?— preguntó el chico del que hablaban en aquel momento.
Su voz, algo tensa por la tardanza, llegó hasta ambos con dos significados muy distintos.
—Enseguida voy, Wayne— sonrió como disculpa la castaña girándose hacia él.
—¿Es que no tienes educación?— respondió Malfoy con dureza, arrastrando las palabras con asco, mirándole con claro disgusto— Estamos hablando.
Hopkins no se atrevió a contradecir ni contestar al Slytherin. Había escuchado demasiados rumores sobre él como para hacerlo. Pero no por eso reprimió la mirada de odio que le lanzó desde su posición en la acera. El rubio hizo una mueca burlona; definitivamente el tío era un imbécil si creía que con eso iba a conseguir algo.
—No te metas con él, Malfoy— le advirtió Hermione.
—Es muy simple, Granger— respondió él, volviendo a cavar su mirada grisácea sobre ella—. Tú le mandas a la mierda, y yo no le molesto más.
—No voy a mandarle a la…— pero se calló inmediatamente al darse cuenta de lo que Malfoy había dicho—. No voy a mandarlo a ningún sitio.
—Sí lo vas a hacer. Y vas a ir a buscar a alguno de tus amiguitos para pasar el resto de la tarde, Granger.
—¿Y si no lo hago?— preguntó ella valiente, retadora.
Malfoy afiló la mirada, peligrosa, astuta, altanera. Sus ojos grises brillaban con una fuerza metálica y fría, como si la discusión con ella tuviera un efecto vigorizante en todo su cuerpo. Se clavaban en los ojos marrones de la Gryffindor como dos esquirlas de metal.
—Entonces, Granger, teme por la integridad física de tu amigo, porque no respondo de mí.
Hermione le observó, midiendo la verdad de sus palabras. La pose del cuerpo del Slytherin era relajada, ligeramente arrogante, nada que indicara peligro. Sin embargo, sus ojos grises miraban ahora por encima de ella hacia Hopkins como si fuera una serpiente a punto de clavar sus venenosos y mortales colmillos en su inadvertida víctima. Podía captar el peligro que su amigo corría en aquel momento.
Malfoy hablaba en serio. No bromeaba.
—Muy bien, Malfoy. Como siempre, cederé ante tus chantajes psicológicos y amenazas físicas— dijo ella, resoplando molesta, cediendo pero con reticencias.
—Eso demuestra que eres inteligente, Granger.
—Cierra el pico, serpiente traicionera— dijo ella, y volvió a mirar a hurtadillas a Hopkins, que parecía pasar el rato quitando nieve con el pie, echándola a los laterales de la acera—. ¿Y cómo le digo que me voy?
Hermione se mordió el labio, nerviosa. Iba a hacer un ridículo vergonzante. Y todo por su culpa.
—¿Tengo que decírtelo yo?— preguntó el Slytherin, haciéndose el sorprendido, y Hermione le miró furibunda. Sonrió, divertido—. Dile que tenemos que hablar de ciertas cosas de prefectos, que lo sientes— ironizó esa parte con clara intención— pero que tienes que irte.
Era un chantajista diabólico. Un manipulador y un arrogante acaparador.
Hermione tomó aire y, tras lanzar una última mirada de enfado al platino, caminó en dirección al que hasta entonces había sido su acompañante. Procurando sonar neutral y desinteresada, le explicó que tenía que ir con Malfoy a hablar de ciertas cosas de prefectos, y con mucho más sentimiento, se disculpó por tener que dejarle solo.
Hopkins se mostró claramente molesto, enfadado. Malfoy vio cómo se le arrugaba la frente y empezaba a gesticular en exceso, y después le apuntaba a él farfullando algunas cosas, probablemente ninguna agradable. Vio que la castaña negaba con la cabeza y volvía a hablar. Y entonces, finalmente, el Hufflepuff pareció desistir. Hermione le sonrió agradecida por comprender, y él la besó en la mejilla, despidiéndose hasta que volvieran a verse en el castillo.
Malfoy no consideraba que aquel último contacto entre ellos hubiera sido necesario, pero se abstuvo de sacar la varita para lanzar despedido al cretino número uno. Habría sido un desperdicio de sus habilidades mágicas utilizar con él hasta el más sencillo de los hechizos.
—Espero que estés contento— habló la castaña, de vuelta frente a él.
Malfoy sonrió, triunfante. Había ganado, ella había obedecido. Bien, porque si no lo hubiera hecho no habría podido pasar la tarde tranquilo. De solo imaginar a ese individuo con su mano otra vez encima de Granger le daban ganas de vomitar.
—No sabes cuánto. Pero piensa que ha sido por tu bien, Granger, deberías agradecérmelo.
—Malfoy, tu ego te impide ver la idiotez que me acabas de obligar a hacer.
—Si te refieres a librarte toda una tarde de la compañía del cretino número uno, sí, sigo pensando que deberías agradecérmelo.
—En serio, Malfoy, necesitas encontrar a alguien que te quite algo de autoestima.
Él se encogió de hombros. Ahora estaba mucho más tranquilo, casi descansado. Pero sus ansias, su hambre, seguían allí, agazapadas en su interior dispuestas a devorar a la chica que ahora parecía algo preocupada.
—¿Y qué hago yo ahora? Por tu culpa me he quedado sola— dijo la castaña frunciendo el ceño, mirando en todas direcciones tratando de encontrar una cara amiga a la que acercarse.
Malfoy rodó los ojos.
—Pensaba que eras algo más independiente, sabelotodo— dijo, y cogiéndola del brazo la giró para que caminara hacia Las Tres Escobas—. Te acompaño hasta que encuentres a algún amigo, si es que los tienes.
—Sí que tengo amigos, hurón— contestó Hermione.
Malfoy estaba especialmente irritante esa tarde.
—Camina, Granger. He perdido a mi grupo por tu culpa y si tardamos tendré que volver con alguna de mi club de fans hacia el castillo, y después de la paciencia que he desperdiciado contigo no sé si me quedará para ellas.
Ella bufó y le golpeó en el brazo, esperando que de verdad le doliera. Malfoy rió encantado de verla molesta, y se apartó un momento de ella como si hubiera sido un golpe demasiado fuerte para soportarlo. Hermione rodó los ojos al ver el teatro que hacía el rubio.
Ese pelo castaño, ese ceño fruncido en muestra de molestia, esos ojos almendrados y marrones que observaban con viveza, su cuerpo ahora oculto bajo la capa de invierno, esos gestos de camaradería secreta, eran suyos. De nadie más. No podía ni quería compartirlos. Con nadie. Y menos aún con otro. Lo que es de un Malfoy es solo suyo. Un Malfoy no comparte nada. Con nadie.
OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO
Había recibido una pequeña nota, indicando lugar y hora. A ella le había parecido un poco arriesgado, cualquiera habría podido leerla. Pero Malfoy era así, un arrogante, un prepotente arriesgado que la arrastraba a ella hacia esos riesgos que él decidía correr. Pero gracias a Marlín no había sido así, y ahora, corriendo y procurando que nadie la viera, sorteaba los pasillos iluminados y caminaba por los corredores y pasadizos más oscuros y olvidados que conocía.
Mientras corría procurando no hacer ruido, su mente no dejaba de advertirle de que esa noche no había ronda de prefectos, y que si algún profesor la encontraba por los pasillos no tendría escapatoria, no tendría excusas. Sacudió la cabeza tratando de alejar esos pensamientos, pero volvían a ella con redoblada fuerza, multiplicando su preocupación.
Lo que estaban haciendo era un riesgo innecesario.
Finalmente llegó al aula indicada. Entró y cerró todo lo silenciosamente que pudo. Se dio la vuelta para ver lo que había, y se encontró con su vieja aula de Encantamientos, la que usaba en sus primeros años de Hogwarts. Le invadió cierta nostalgia de aquellos años. Las mesas se superponían unas tras otras gracias a los escalones que elevaban unas sobre otras las distintas filas, dando la sensación de un pequeño anfiteatro. Al fondo y centrado respecto a las mesas de los alumnos estaba el escritorio del profesor Flitwick, con una pequeña montaña de libros sobre un taburete para dejarse ver.
—Has tardado mucho, Granger.
Esa voz la conocía a la perfección. Tendría que haber adivinado que él ya estaría allí. Siempre llegaba primero, esperándola entre las sombras, agazapado y sin ser visto hasta que ella apareciera. Notó cómo unos brazos rodeaban rápidamente su cintura haciéndose con el control de su cuerpo. Un olor a menta, aviso de peligro, de tensión, de calor, no le dejó dudas respecto a quién era esa persona. Notó la respiración de él golpeándole en la nuca, e inmediatamente sintió su cuerpo temblar. Él también pareció notarlo, porque rió en voz baja, susurrante contra su oído.
En un momento sus brazos hicieron que se diera la vuelta sin esfuerzo. Ya preparada para lo que vendría, no tuvo que esperar para que unos labios se apoderaran de los suyos. Con ansias, con garra, con saña, con fuerza. Los besaban y tiraban de ellos como si estuvieran muertos de hambre y su boca fuera un manjar excepcional. Le mordió el labio inferior y ella comprendió su significado, abriendo un poco la boca para que él, controlador, pudiera profundizar el beso y llegar a lo más profundo de su boca.
Hermione, no dispuesta a quedarse atrás, enredó sus dedos en los cabellos platinos del chico, desordenándolos un poco, tirando de ellos, excitándole pues sabía que a él eso le gustaba, le complacía. Lamió los labios fríos y pálidos del Slytherin con cuidado, asegurándose de que él, en su furia, no la mordiera exigiendo más, demandando más de ella.
Sintió las manos masculinas bajar desde el lugar en su cintura hasta sus muslos, que apretó casi inmediatamente, rápido, como si aquella vez quisiera pasar esa parte sin excesivas contemplaciones, adelantar acontecimientos. Ella elevó una pierna para rodearle. Sabía que eso lo enloquecía, que le instaba a proseguir. Volvió a sentir la misma presión de nuevo y, sin saber cómo, él la había subido sobre él y ella se agarraba a su cuerpo rodeándole con las piernas y la nuca con las manos. No sabía cómo lo había hecho, ella no se había movido, sin embargo él, haciendo gala de su experiencia, la había colocado sin ninguna dificultad exactamente como quería.
Notó esa parte de ella excepcionalmente vulnerable en esa postura, a merced de cualquier movimiento que el rubio deseara hacer. Sin embargo, él parecía ahora demasiado ocupado como para atender a las preocupaciones de la Gryffindor, pasando su mano a placer por las perfectas piernas de la prefecta, apretando sus muslos con devoción, rozando su lengua, acariciando sus labios, devorándole la boca insaciable.
De repente, notó que el Slytherin la dejaba con suavidad sobre algún tipo de superficie. Abrió los ojos lo justo para ver que él la había subido varios escalones hasta la penúltima fila de mesas donde la había sentado en el borde, quedándose él en el escalón inferior, dejándolos a ambos a la misma altura, rostro frente a rostro.
Malfoy, quien como siempre la besaba con los ojos abiertos, detuvo el beso al ver que ella observaba sonrojada el lugar donde él la había dejado, arrebolada por su posición y por no haber notado que él la llevaba hasta allí, perdida como estaba en las caricias que él, hábil, repartía por su cuerpo.
Se separó de ella y Hermione vio que se sacaba algo del bolsillo. Era una tela negra. Se la tendió y la Gryffindor, algo temblorosa todavía por la emoción del beso y la posición en que él la había mantenido, la tomó.
—Póntela— ordenó él.
Lo hizo en voz baja, pero con ese tono seductor, invocador, desgarrador de corduras, enloquecedor de almas, controlador de deseos. Ella entendió perfectamente sin necesidad de más datos. Esa voz era para ella más esclarecedora y atrayente que cualquier otra cosa. Extendió la tela y la subió lentamente hasta la altura de sus ojos. Lo último que pudo ver antes de tapar con ella su campo de visión fue la mirada gris, fría, arrogante y peligrosa del Slytherin, que la observaba moverse sin cambiar de postura, sin parpadear siquiera. Como una serpiente al acecho esperando que su presa se encuentre perdida para hacerse con ella.
Hermione, nerviosa, se ató un nudo fuerte y bajó despacio sus manos hasta colocarlas sobre la mesa en que se sentaba, tanteando así y afirmando su punto de apoyo.
Trató de agudizar el oído, pero no oía nada. Aspiró el aire con la intención de captar su salvaje aroma a menta, pero no había nada en el ambiente. Pero no estaba sola, y su piel fue la encargada de hacérselo saber. Una respiración pausada y perfectamente intencionada chocó contra sus labios. Los abrió instintivamente y así pudo saborear y oler el aroma a menta que llevaba consigo. Automáticamente unos labios fríos pero seguros se apoderaron de su boca. En un beso breve pero ardiente, deseoso.
Se sintió extrañamente sola al terminar tan rápidamente el beso, un sentimiento de abandono que él inspiraba al alejarse tan rápido. Tanteó el espacio cercano, pero allí no había más labios que los suyos. Sintió su boca hambrienta en el lóbulo derecho segundos después. Despacio, pero breve. Un suave mordisco, húmedo y descarado. Y él volvió a dejarla completamente sola, pero repentinamente ardiente en los puntos recién colonizados por la boca de Malfoy.
Notó otra vez sus labios contra su piel, sobre su cuello esta vez, haciendo un camino desganado, húmedo, a veces salvaje pues la mordía y succionaba con fuerza, sin avisar. En esos momentos a Hermione se le escapaba todo el aire de los pulmones y todo, incluso los latidos de su corazón, se detenían hasta que él la soltaba.
Ahora, ciega, tenía la piel más sensible, y notaba al sentirla liberada las palpitaciones más fuertemente en esa zona que él marcaba como suya. Sabía que el Slytherin lo hacía intencionadamente, porque lo hacía con fuerza, succionaba hasta que la piel amenazaba con romperse y dejara de ser placentero para ser doloroso. Entonces soltaba y lamía, haciendo que a ella la repentina humedad sobre la piel la hiciera suspirar en voz muy baja.
El camino de marcas fue construido a un lado de su cuello. Malfoy nunca había llegado a más. Pero se equivocaba al pensar que había terminado. No lo había hecho. Esa noche él estaba hambriento, más sediento de ella que nunca. Cuando llegó por un lado al nacimiento de los hombros, junto al cuello de la blusa, pasó al otro lado y repitió el proceso, despacio pero con fuerza, intransigente, negándose a dejar un solo trozo de piel sin probar, inalterable a los suspiros y la respiración superficial de la castaña, marcándola de forma completa e imborrable.
—No quiero que vayas con ese imbécil, Granger— le oyó decir en voz baja. Su voz tenía un matiz de enfado, de molestia, de ira—. No quiero volver a verte con él por ahí. Que no vuelva a tocarte— advirtió, y eso era una amenaza.
Hermione notó cómo él colocaba una mano sobre una de sus rodillas, y despacio, muy despacio, la bajaba, para luego volver a subirla justo hasta la tela de su falda, donde se detuvo un momento. Después desapareció el contacto.
—Nos viste…— murmuró la castaña respirando con cierto pesar.
Sabía a lo que él se refería. Al día que estuvo con Hopkins en una tienda y él hizo exactamente lo que Malfoy le acababa de hacer, y sin embargo, la sensación fue completamente distinta.
—Y no quiero volver a ver algo parecido. Nunca— respondió él con fiereza.
Hermione notó cómo él mordía esa vez, haciéndola estremecer. No era succión, era mordisco, suave pero a la vez férreo, cautivante y salvaje.
—¿Estás celoso, Malfoy?— preguntó ella, sorprendida internamente por la actitud del Slytherin al que no podía ver.
—Si hace falta que marque cada centímetro visible de tu piel, Granger— notó que él rozaba su oído mientras hablaba, estremeciéndola—, lo haré. Si tú no obedeces, haré que los demás lo hagan por ti.
Volvió a succionar con avidez, y ella se obligó a echar la cabeza hacia atrás, perdida en la sensación que él le suministraba. Se detuvo rápido, como las otras veces. Lamió la zona que empezaba a arderle, y dejó de tocarla.
Nuevamente notó sus labios ávidos y fríos sobre los suyos. Tan solo una leve presión, nada especial, nada profundo, nada excesivo. Luego volvió a sentirlos en el nacimiento de su cuello, donde su blusa ocultaba el resto de su cuerpo a los ojos del mundo. Sintió entonces las manos de él cerca de su cuello, sobre su corbata. Iba a decir algo, pero Malfoy, como si hubiera intuido su movimiento antes de que ella misma lo pensara, dejó su cuello y la besó, despacio, con cadencias, obligándola a seguirle, embrujándola. A pesar de ser besada de esa manera, una parte de su mente se mantenía en férreo control, atendiendo a lo que las manos de él hacían.
Sintió la corbata aflojarse alrededor de su cuello. Él había deshecho el nudo.
Poco a poco, como un animal huyendo, notó la tela de la corbata moverse bajo el cuello de su blusa, rodeando el camino que antes había ocupado para salir por el lateral por el que, imaginaba, una mano pálida la guiaba tirando de ella.
Liberada ahora de la corbata, se sentía como si una de sus murallas de protección hubiera caído. Una muralla que hasta el momento había sido imbatible. La boca de Malfoy dejó sus labios, permitiéndole tomar aire. Aún no podía decir palabra, para eso necesitaba primero respirar.
El rubio, no obstante y como siempre, parecía ajeno a las necesidades físicas de ella. Llegó al nacimiento de su cuello mientras ella se recuperaba, donde la había besado antes, y volvió a posar su boca tormentosa sobre esa parte de su piel. Rozó con los labios el borde donde la blusa le vedaba el camino, deteniendo su avance. El límite de su desnudez.
Y entonces, la blusa cedió terreno. Hermione, tratando de entender qué ocurría, notó que el primer botón de su blusa ya estaba desabrochado. Habían sido las rápidas manos del Slytherin las que lo habían soltado, y ahora su boca se aprovechaba, descendiendo por la recién revelada piel de su hombro, que mordía levemente, haciendo que ella se removiera ante los roces desconocidos y sublimes que él se permitía mostrarle sin permiso.
Las manos de Malfoy siguieron su descendiente y desconocido camino, desabrochando botón tras botón hasta que no quedó ninguno que atara un extremo al otro de la blusa.
Hermione notó entre escalofríos cómo el bajaba lenta y deliberadamente su camisa, dejando a la vista, a su merced, la completitud de sus hombros, la perfección de la piel en la parte ahora visible de su espalda, bajando la tela hasta que quedó suspendida y amarrada en sus codos, como si fuera un vaporoso chal que pretendiera ejercer la tarea de ocultar al menos alguna parte de ella, sin conseguirlo a pesar de su esfuerzo. Su pecho, también al descubierto, se elevaba y descendía al ritmo de su marcada respiración en un compás repetitivo e irrefrenable.
Sintió la boca de Malfoy seguir el camino de su hombro derecho, besando, lamiendo, rozando, acariciándole la parte de la espalda recién descubierta por detrás. La boca de él llegó hasta el final de su hombro, y como si quisiera devorarlo, se apoderó de él, haciendo que ella se encogiera, se moviera como si deseara al mismo tiempo ser devorada y liberada de él.
Malfoy desistió de su actividad en el hombro de la castaña, al ver cómo ella clavaba con fuerza los dedos en la mesa, como si intentara traspasarla, se mordía el labio inferior para no proferir ningún sonido, con la cabeza levemente alzada como si estuviera concentrada en las sensaciones que él le profesaba, los ojos probablemente cerrados, todavía escondidos bajo la oscura venda. No sabía enfrentarse al placer. No era capaz de desinhibirse, de liberarse, de dejarse llevar. Y eso el Slytherin podía verlo perfectamente.
—Relájate— murmuró sibilante el rubio.
La chica se encogió levemente ante el sonido de su voz modulada y perfecta. La boca de él no tardó en volver a ella, en volver a demostrarle que todavía no había terminado su misión sobre su cuerpo. Todavía sobre su hombro derecho, bajó besando por el camino de la clavícula, despacio, con lentitud, hasta llegar al centro de la misma, siguiendo el camino que marcaba como una línea recta y perfecta. Después fue al otro lado, al izquierdo, y repitió el mismo camino con la misma exasperante lentitud.
Hermione, ciega pero con el resto de sus sentidos a flor de piel, se sentía inquieta, perdida, pero a la vez ardiente y deseosa de lo que él pudiera darle. Podía imaginarse su propio cuerpo, sin la corbata, sin la blusa para taparle la parte superior del torso, a merced de la mirada metálica y fría del Slytherin que la sometía solo con palabras, con murmullos, con roces de sus labios. Al notar que él había descendido en su camino, fue incapaz de no moverse. Sus piernas parecían fuera de control moviéndose una encima de la otra, tratando de cruzarse constantemente con creciente fuerza en un intento permanente por calmar la furia desatada entre ellas, la ansiedad que esa parte de ella mostraba ante los contactos con el platino, la ardiente excitación que amenazaba con robarle su autocontrol.
La lengua de Malfoy pareció decidirse a actuar. En el triángulo que formaba la clavícula en el centro de su pecho, como una diminuta y casi imperceptible hondonada, su lengua lamió superficialmente, haciendo que ella se moviera hacia él, pidiendo más.
Sonrió ante la incontinencia de ella, su fogosidad, su naturalidad, su deseo en cuanto conocía algo más placentero, más profundo. Pero no iba a hacerle caso, no iba a obedecer sus deseos. No iba a hacer siempre lo que ella deseara. Siempre le daba lo que ella quería. No hacerlo por una vez sería una buena lección.
Ella se quejó al ver que él se detenía. Quería que prosiguiera, aunque le avergonzara admitirlo, aunque se sonrojara al pedírselo. Quería que continuara en ese mismo punto donde la había dejado entrando en más calor del que debería para la estación en que se encontraban. En invierno debía pasarse frío, no ese calor abrasador que la quemaba por dentro y por fuera.
Lo notó de nuevo sobre sus labios, demandando salvaje y certero, pero a un ritmo constante y profundo que ella aceptó sin reparos. No verlo era un límite en el que ahora reparaba. Él siempre movía ficha primero, ella solo podía defenderse cuando llegara el momento lo mejor que pudiera. Tenía frío en la piel recién descubierta al haberle quitado la blusa. Los labios de Malfoy habían humedecido algunas zonas, y el aire frío del castillo le disgustaba, aplacaba su interior como si la tocara un témpano de hielo.
Captó la mano de él acariciándole la mejilla. Nunca lo había hecho antes. Era una sensación extraña: la piel del Slytherin era fría y a la vez de una suavidad poco común, masculina y dura. Con las yemas de los dedos le acarició la frente, y fue bajando por sus mejillas, el contorno de su rostro, el cuello aún ardiente y enrojecido por los mordiscos, las succiones y los besos. Siguió por los hombros, que bordeó y acarició como si estuviera esculpiendo con sus manos una delicada figura, la mejor y más brillante de sus obras.
Después el camino de sus manos se dividió. Una siguió bajando por el resto de su cuerpo, rozando la piel hasta ahora nunca mancillada de su espalda que reaccionó erizándose inmediatamente, mientras la otra siguió bajando, lenta y sugerente, entre ella y él.
Abrió la boca para dejar escapar un gemido. La fría mano de Malfoy había llegado hasta el nacimiento de uno de sus pechos. Se le aceleró la respiración inmediatamente al ver que él no se detenía, y como si fuera un camino que conociera a la perfección, bordeaba la esfera casi perfecta que formaba esa parte de ella, acariciando la periferia con un toque experto y enloquecedor.
Malfoy trató de seguir su camino impertérrito, pero se le hacía difícil. Granger tenía unos pechos, simplemente, sublimes. Su redondez era casi perfecta, su tamaño era el que cualquier mago habría deseado en una mujer. No alcanzaba a comprender cómo los había ocultado tanto tiempo, cómo él no se había dado cuenta antes, hasta que empezó a dejar de llevar las blusas demasiado grandes, cómo no se había fijado en la perfección que ella ocultaba. Cualquier alumno de Hogwarts habría quedado hipnotizado viendo esa parte de Granger si hubiera llevado algo de escote alguna vez.
Al ver que ella abría la boca y suspiraba todo lo bajo que podía, sonrió. Ella estaba disfrutando, y por lo que veía, mucho. Sus mejillas se habían teñido de un suave y atrayente tono rojizo. Siempre le sorprendía: ninguna otra chica con las que había estado se sonrojaba nunca de esa manera, ni siquiera haciendo cosas infinitamente más atrevidas que esa.
Terminó de rodear el contorno de su pecho con la mano derecha. Vio que ella trataba de recuperar la respiración cuando se detuvo. Pero él no iba a permitírselo, quería que ella estallara de placer, que le pidiera que continuara, que clamara por lo que él podía darle y que ninguno más le daría.
Hermione notó la boca de Malfoy besándola otra vez, conspirando contra ella mientras la mano masculina seguía trazando la circunferencia casi redonda de sus pechos, en paralelo a la tela del sujetador que ahora le parecía una defensa de cortina de humo, completamente inútil. Esa simple prenda no iba a detenerlo a él, y ella no se sentía capaz de vencer ese tono de voz, sibilante y provocador, de serpiente.
La Gryffindor sabía que estaba excitada, que él la excitaba, la encendía como un fósforo en mitad de la noche. Los pezones los sentía aprisionados contra la tela, esgrimidos y elevados como dos girasoles al sol, hacia él, dándole una muestra clara de lo que conseguía en ella. Entonces notó cómo una mano de él, la que no surcaba el borde de sus pechos, entraba entre sus piernas, y haciendo un poco de presión, las abría para acariciarlas por la parte interior. Ella, nerviosa y arrebolada, volvió a cerrarlas inmediatamente, atrapándole a él como en una trampa.
—Tranquilízate— dijo él en voz baja contra sus labios.
Pero lo dijo en ese tono de orden, imperativo, y ella no quería ceder. Estaba demasiado excitada, ardiendo, como para permitir que él se acercara más a esa zona de ella. No podía permitirlo, tenía que detenerlo. No iba a dejar que él notara de primera mano lo que le provocaba.
Pero él pareció intuir sus pensamientos, porque sintió su mano moverse aún entre sus piernas cerradas, dirigiéndose a las rodillas. La obligó a abrirlas un poco, despacio. Acarició por encima de las medias la parte interior de las piernas cercanas a esa zona. Hermione, incapaz de soportar los roces que él le daba, abrió las piernas durante un instante en un gesto inconsciente y primario. Pero él lo había preparado todo, ya debía saber que ella reaccionaría así, porque cuando quiso volver a cerrar las piernas despacio, encontró un obstáculo que se lo impedía.
Sabía que era él. Podía sentir su tacto a través de la ropa. Él estaba entre sus piernas, ¡por Merlín! Su intimidad estaba casi completamente a merced del Slytherin al que ni siquiera podía ver. Fue a taparse con las manos, al menos para sentirse menos cohibida. Pero él, liberándola de las caricias que había estado proporcionándole hasta el momento, capturó sus muñecas antes casi de que llegara a levantar las manos de la mesa.
—No te muevas, Granger— advirtió, y mientras volvía a besarla, la obligó a apoyar las manos de nuevo sobre la mesa.
Cuando estuvo seguro de que ella no se movería, la liberó de su agarre, pero con tranquilidad, por si acaso se le ocurría volver a moverse. Hermione notó una mano del Slytherin volver a su pecho, y la otra a las piernas, surcándolas con seguridad como si fueran suyas.
—Vamos allá, Granger. Puedo asegurarte que nunca en tu vida habrás sentido algo como esto— dijo el rubio.
Hermione se puso nerviosa enseguida. Malfoy la provocaba. No sabía lo que él pretendía, y ella estaba, en cierto modo, a la espera, expectante porque él hiciera o dijera algo más. Su respuesta no tardó en llegar.
La mano de él dejó el camino del borde de sus pechos y lentamente pero con seguridad, lo notó traspasar esa línea divisoria y rozar la piel de su pecho que el sujetador no cubría. Se estremeció y curvó la espalda instintivamente, respirando en profundidad al hacerlo. Él no se detuvo. Siguió pasando sus manos por la casi perfecta esfera, hasta que la cubrió completamente con la palma mano. Volvió a mover la mano sobre ella, como si pretendiera recordar la forma exacta de sus senos.
Y entonces Hermione gimió, desesperada. Él había apretado su pecho, con fuerza pero no excesiva, la suficiente para extasiarla, desarmarla, hacer que ella quisiera repetirlo. Fue una presión deliciosamente agonizante, era capaz de sentir sus cinco dedos presionando su carne en éxtasis. Una parte inferior de sí misma también reaccionó subiendo de temperatura, ardiendo, reclamando por más.
Malfoy volvió a acariciar el pecho de la chica, y despacio y sin avisar, lo apretó de nuevo, esta vez con más fuerza. Ella volvió a gemir, arqueando la espalda un poco, moviéndose hacia él como si su cuerpo deseara sentirlo más profundamente.
Notó la mano del rubio pasar rozando su pecho y el valle de sus senos hacia el otro en su otro pecho, repitiendo exactamente el mismo proceso enloquecedor. Ella gimió de la misma manera, deseosa, enloquecida por las manos del Slytherin. Quería que él apretara con más fuerza, la acariciara más suavemente, le mostrara más cosas, la llevara al límite.
—Reprímete. Aún queda mucho por hacer, vas a malgastar energías— dijo Malfoy en voz baja, sublime por su arrogancia.
—Tú eres incapaz de agotarme— respondió ella, altiva a pesar de su respiración agitada.
Malfoy sonrió, a sabiendas de que ella no podía verlo. Presionó de nuevo uno de los pechos de ella, inexplicablemente turgentes, tersos, perfectos. Podía ver dos puntos sobre la tela elevados en cuanto él había empezado a tocarla, en cuanto había hecho que le recorriera el primer escalofrío. Le gustaba esa actitud altanera de la castaña, luchadora, atractiva.
Atrayente.
Con su mano libre comenzó a acariciar despacio la espalda de la Gryffindor. Desde la parte inferior, donde la falda cortaba el camino, hacia la mitad, donde encontró lo que buscaba. Buscó con dedos expertos y encontró lo que ansiaba y molestaba en su camino, un cierre pequeño. Movió la tela, y ésta se aflojó inmediatamente.
Hermione sintió que dejaba de respirar. Había notado la tela de su sujetador aflojarse sin motivo aparente. Pero su mente le recordó que había sido una de las manos de Malfoy la que hasta hacía un momento había estado tocándole y acariciándole la espalda. La tela de su ropa íntima no se quedó allí, el Slytherin no iba a permitírselo. Se movía por sus brazos, bajando, alejándose de ella, dejándola totalmente expuesta a los ojos grises que sentía clavados sobre ella de una forma intensa y electrizante a pesar de no poder verlos.
Se sonrojó, le ardían las mejillas, el rostro, las manos, su cuerpo entero por completo.
Oyó cómo él dejaba la tela de su ropa interior sobre la mesa, a su lado. Su mano ahora tocaba punto por punto su pecho, acariciándolo esta vez sin nada que intermediara en su contacto. La mano de Malfoy estaba fría, y su pecho, cálido, respondía a su contacto, erizándose, estremeciéndose, endureciéndose. Le recorrió un escalofrío completamente, incapaz de controlar las sensaciones que se agolpaban en su bajo vientre, en su estómago, en su garganta. Suspiraba cuando él la acariciaba, cuando presionaba y apretaba de improviso.
Y entonces la sensación fue acompañada por otra. La boca de él se había unido a la exploración, y bajaba por su cuello peligrosamente en la misma dirección que sus manos ahora ocupaban. Se dejó caer un poco hacia atrás, incapaz de mantenerse completamente erguida, mostrándose a él, entregándose en cuerpo. Notó cómo besaba despacio el valle formado por sus senos. El rostro le ardía de solo pensar dónde estaba el rostro de Malfoy, dónde estaba su boca tocándola, besándola. Notó cómo lamía con descaro esa misma zona. Se obligó a sí misma a elevar sus caderas para calmar algo su propia ansiedad, su propio deseo. Chocó con él, y el contacto fue demoledor.
Le oyó proferir un sonido bajo y profundo, complacido. Y después, la boca de él dejó el punto intermedio de sus pechos y comenzó a bajar. Suspiró con fuerza al notar sus labios fríos y ávidos besando la parte baja de uno de sus pechos, succionándola un poco, lamiéndola despacio intencionadamente, siguiendo con exasperante y descarada lentitud el arco que formaba en su parte inferior. La otra mano del Slytherin, casi tan atrevida como su boca, seguía acariciando su otro pecho. Rozaba con total intención su pezón, que se endurecía hasta lo indecible con cada contacto, pellizcándolo suavemente y con cuidado, enervándolo.
Y entonces el Slytherin dirigió su boca a otro lugar, al centro, al mismísimo centro rosado, a la aureola perfecta que delimitaba el punto exacto y corazón de su pecho. Y besando en un camino circular y laberíntico sobre su piel hasta allí, pasando por cada milímetro de la piel de su pecho, como si siguiera el camino ascendente y en espiral de la torre de Babel hasta el cielo, hasta lo prohibido, se detuvo, allí, en la cúspide rosada y erguida.
El tiempo se detuvo. El aire dejó de circular. Los pulmones dejaron de respirar. Los cuerpos se dejaron de mover.
Y notó cómo él, despacio y en un orden que solo la perfección podría haber determinado, lamió despacio ese centro rosado sobre su pecho, endureciéndolo hasta un punto insalvable. Y después succionó, con cierta fuerza, con cierta dulzura y a la vez pasión, con cierta rudeza y cuidado, haciendo que ella se curvara, que arqueara la espalda, que se rindiera ante la ostentación de placer del que él le mostraba una ínfima parte. Cediendo a la diabólica presión de su boca, a la demoníaca danza de su lengua danzante y las tormentosas sensaciones que la invadieron como un torrente.
Gimió con fuerza, casi en un grito desaforado. Elevó las manos que había mantenido sobre la mesa para no caer y las enredó en la cabellera rubia del platino, tirando de sus cabellos y al mismo tiempo presionándole contra ella, deseando detenerlo e invitándole a seguir a la vez en un mismo gesto, que presionara más, que succionara y absorbiera su piel con más fuerza.
Él no se hizo de rogar. Sabía cómo hacerlo. Sabía cómo torturarla de placer, sabía cómo hacer que su cuerpo acabara incapaz de sentir nada más placentero ni de mayor ni más agonizante deseo que lo que él le ofreciera. Ella se lo pedía, se lo rogaba con sus gestos, y él iba a dárselo. Iba a hacer que ella se fundiera en su propio deseo.
Colocó su boca en el centro del pecho que lamía enloquecedoramente, y palpando con la lengua el anillo rosado y elevado hacia él, succionó, con fuerza, sin restricciones, casi de forma salvaje. Tiró de su pecho hasta que el cuerpo femenino ya no pudo aguantar más fuerza, y manteniéndola así, succionada, absorbida por su boca, acarició ese trozo rosado de piel que ahora era suyo con la punta de la lengua, jugando con él, masajeando su otro pecho incansable.
Hermione no pudo seguirle el ritmo. Su cuerpo, incapaz de soportar un segundo más de aquel intenso y desbocante placer se tensó, se perdió en una fuerza descomunal y desconocida, se arqueó hasta que su propia anatomía le impidió continuar ese movimiento, y deteniéndose, suspendida en el tiempo y ante él, se paralizó, disfrutando en solitario durante unos segundos eternos y efímeros del zénit de los placeres.
Tras el sumun llegó la calma, el repentino agotamiento, el entumecimiento de todos y cada uno de sus músculos, de la pérdida de cierta consciencia y de conciencia de lo que había a su alrededor.
Malfoy, despacio, al ver que ella había dejado de tensarse, mordió son suavidad una vez más ese mismo punto, haciendo encenderse durante un momento las cenizas de la sensación recién producida y que ahora moría de agotamiento.
El rubio le quitó la venda. La castaña lo vio cuando la oscuridad de la tela dio paso a la levemente iluminada clase. Sus ojos grises brillaban feroces, atrevidos, arrogantes. La miraban diciendo que sabían que había sido algo que ella era todavía incapaz de expresar. Tan solo admirar lo pasado. Vio que agitaba el trozo de tela negra y lo dejaba junto a la parte superior de su ropa interior.
Al verla, sonrojada, trató de despertar de su embotamiento para recuperarla. Su mente trabajaba inusualmente despacio. Vio cómo él cogía su sujetador y, despacio, volvía a colocárselo. Ella era incapaz de decir o hacer nada por el momento, todavía trataba de volver al mundo real en el que él la miraba, con un leve atisbo de sonrisa burlona y satisfecha. Sintió sus dedos acariciarle la espalda a propósito mientras abrochaban el broche de atrás, tapándola por fin y haciéndole recordar la profunda vergüenza que sentía por su estado a medias desnudo.
—Puede que hayas aprendido mucho, Granger, y que me hayas hecho admitir que ambos disfrutamos por igual— se acercó y rodeó sus piernas hasta sujetar sus muslos con las manos. Su mirada metálica la capturó, enjaulándola—, pero yo sigo siendo el maestro. Vas a tardar mucho hasta llegar a mi nivel.
Y la besó, con furia pero con cuidado, como si supiera que ella todavía no había vuelto a ser ella misma, pues seguía inmersa en el zénit del que acababa de caer. Correspondió, acariciando su nuca conforme paseaba las manos por sus cabellos.
Volvía en sí por fin, recuperándose, aunque sentía cansados todos los músculos del cuerpo, todas y cada una de sus partes. Notó cómo él tiraba de ella hacia sí mismo, sujetando sus muslos con cierta fuerza, arrastrándola despacio sobre la mesa hasta que sus cuerpos quedaran pegados. Él también estaba algo excitado, deseoso de ella. Notaba sus pechos, todavía endurecidos y deseosos de él, chocar contra su pecho firme, marmóreo y perfecto, rozándose en un toque de perdición.
Podía notarlo a la perfección. Eso era exactamente lo que él pretendía.
Se lanzó sobre él, repentinamente recuperada. Lo besó con ganas, y empezó a bajas las manos por su perfectamente cincelado pecho, de músculos marcados y elegante camisa blanca. Él la había llevado al cielo, y ella también quería hacerlo.
Pero ocurrió algo. Ambos lo oyeron.
Fue un ruido breve y bajo, casual, que dio tiempo a Hermione a abrir los ojos como platos, horrorizada y en dirección a la puerta. Malfoy fue más rápido. En cuanto empezó a escuchar aquel ruido cogió a la chica en brazos y, bajándola de la mesa hasta su escalón, se agachó y con ella todavía en brazos se metió debajo de otra de las mesas.
Escucharon la puerta abrirse, y la luz filtrándose desde el pasillo chocar contra la pared cercana a ellos.
—¿Hay alguien ahí?— escucharon preguntar.
La voz era inconfundiblemente la del profesor Flitwick. Malfoy cogió su varita, dispuesto si hacía falta a provocar un encantamiento desmemorizante en su profesor. Lo que fuera necesario. Vio a Granger removerse nerviosamente a su lado.
—La perfecta prefecta desobedeciendo las reglas— se mofó en un murmullo bajo el rubio, mirándola de soslayo con expresión divertida.
Ella le miró indignada y sonrojada, tratando de abrocharse la blusa lo más rápido que podía.
—Si nos encuentra aquí nos expulsarán— susurró apremiante y aún en voz más baja la castaña.
Aunque el rubio sabía que no lo decía porque estuvieran allí, en un aula de noche, sino por la situación en que estaban. Era bastante obvia, especialmente por el aspecto de la Gryffindor.
—Deja de moverte, Granger. Estás haciendo ruido— le advirtió el rubio, pues en su lucha con los botones golpeaba la mesa con el codo, nerviosa como estaba, temblando sin poder evitarlo.
—Si va a encontrarnos igual, prefiero que me encuentre vestida— lo fulminó ella con la mirada.
El Slytherin rodó los ojos. ¿Cómo se podía ser tan cabezota y tan terca? Vio la sombra del profesor de Encantamientos cambiar de tamaño en la pared al cruzarse con la luz que llegaba desde la puerta, como si se estuviera moviendo, acercándose. Y todo era por culpa de Granger. El ruido que hacía tenía que estar llamando la atención por fuerza. Volvió a mirar hacia ella, que seguía tratando, de forma totalmente inútil y desesperada, de abrocharse la blusa. Pensó por un momento en mandarle un Petrificus Totalus, pero para eso tendría que hablar en voz alta. ¿Es que nunca podía hacerle caso? ¡¿Nunca podía obedecer a absolutamente nada de lo que él le dijera?
Harto de los nervios de la chica, e imaginando que si no hacía algo inmediatamente los iban a pillar, se decidió a actuar. Cogió a Granger de las muñecas, que le miró dispuesta a matarlo. En un movimiento rápido, tirando de la Gryffindor, la obligó a tumbarse en el suelo y él se posicionó sobre ella para asegurarse de que no se moviera ni un milímetro. Vio que funcionaba: la castaña se había quedado estática, sonrojada de nuevo.
—Malfoy— siseó, furiosa y nerviosa a partes iguales—, ¿pero qué te crees que hac…?
Pero él no le dio tiempo a terminar. O se callaba ella o la callaba él. La besó, despacio, para poder asegurarse de vigilar la sombra del profesor que seguía acercándose. Mientras con una mano se apoyaba en el suelo para no dejar caer todo su peso sobre Granger, con la otra mantenía fuertemente sujeta su varita, dispuesto a decir un conjuro en cuanto los ojos del enano del profesor se posaran sobre ellos. No iba a darle tiempo a nada, sabía que era muy rápido y no debía darle la más mínima ventaja.
Granger besaba también despacio, con los ojos cerrados, dejándose llevar incluso demasiado. Por Merlín, ¿por qué le devolvía el beso de esa manera? ¿Es que pretendía hacerle perder el control?
Vio que la sombra de Flitwick se detenía y se curvaba, como si mirara por una de las filas de mesas. Temió que fuera a repetir el mismo gesto por todas, no tendría escapatoria, tendría que atacar. Pero no lo hizo. Le escuchó suspirar y vio a su sombra negar con la cabeza.
—Debo estar haciéndome viejo para estas rondas— le escuchó decir en voz baja para sí mismo.
Se oyeron sus pasos alejarse escaleras abajo, y después la puerta volver a cerrarse. El sonido permitió al rubio relajar su tensa posición y guardar su varita. Volvió a apoyarse en el suelo también con esa mano.
Por primera vez se dio cuenta de la postura en que ambos habían quedado. Ella estaba en el suelo, tumbada con la blusa todavía abierta y las piernas en una aposición de lo más sugerente. Y él, por su parte, había caído sobre ella, quedando en una posición perfecta entre sus piernas. Su masculinidad rozaba una parte de ella que lo volvía loco. Granger paseaba sus manos por su espalda, como una invitación. Y él no iba a desaprovechar ni la oportunidad ni esa invitación de Granger. También él quería disfrutar esa noche.
La besó con mayor fuerza, mordiendo sus labios para escucharla suspirar, gemir. Ella lo hizo, incitándole a continuar. Ese sonido lo enloquecía. Despacio, para no ponerla excesivamente nerviosa, comenzó a moverse, a presionar su despierta masculinidad contra su ardiente feminidad, en un choque contra ella cuidando de no ser excesivo ni demasiado rápido. La oyó gemir en cuanto el contacto empezó a ser algo más fuerte. Notaba la piel de ella arder, traspasando ese calor su propia ropa hasta él, llamándole, tentándole.
Granger empezó a elevar las caderas en algún momento, acompasándose perfectamente al momento en que él presionaba su cuerpo contra ella, poniendo en contacto las partes más personales de la anatomía de ambos. Ella dejó la cadera alzada, permitiéndole a él moverse con más comodidad, rozarla con mayor perfección. Detuvo su movimiento cuando estuvo contra ella, cuando las caderas de la castaña no podían estar más elevadas ni en posición más atrayente y sublime, sujetándola con un brazo para que no se moviera.
La posición era perfecta.
La situación no lo era.
La ropa le molestaba, entorpecía su camino. Deseaba desnudarla, destrozar la ropa que lo mantenía a raya, separándolo del cuerpo de la Gryffindor que lo llamaba a gritos, enloqueciéndolo, encendiéndolo, excitándolo y provocándolo de una forma escandalosa y enfermiza.
—Necesito más— dijo él, despacio, contra su oído, sin moverse ni dejar que ella se moviera, manteniendo esa posición perfecta en que ambos rozaban al otro con fuerza.
—Dentro de un tiempo— respondió la castaña.
Gruñó, tenso, gutural, y presionó algo más contra ella. La escuchó gemir en voz baja.
—No puedo esperar, Granger.
—Yo necesito esperar.
Ella lo volvía loco. Lo enloquecía.
—Entonces tendré que buscar lo que no quieras darme en algún otro sitio.
—Entonces yo tendré que buscar a otro que espere.
Él bufó contra su oído, molesto por el comentario de ella.
—Tú no vas a buscar a nadie más. Si me entero de que hay alguien, Granger, me ocuparé de él.
—Yo no soy tu esclava, Malfoy. Si tú vas con otras, yo puedo ir con otros, es un trato justo— dijo ella muy segura, también cerca del oído de él, besando y mordiendo el lóbulo de su oreja de vez en cuando.
Malfoy tomó aire profundamente. Debía calmarse, el tema lo ponía enfermo, pero estaba claro que con Granger tenía que hablarlo claro. No quería ver a ningún otro con ella. A ninguno. Pero no podía pensar con total claridad si ella seguía haciendo eso.
—Qué se supone que debo hacer para que te mantengas alejada del resto de cretinos del colegio.
Ella rió, pero procuró que su voz sonara algo enfadada por el malicioso comentario del platino.
—Muy simple, Malfoy. Si tú te comprometes a no ir con más chicas, yo me comprometo a no ir con ningún otro.
—Eso suena bastante injusto, Granger. Yo tendría que rechazar y renunciar a mucho más que tú.
Sonrió divertido por la inminente reacción de la Gryffindor.
—Eres un arrogante— dijo Hermione, indignada por semejante prepotencia, pero un leve mordisco del rubio en su cuello le hizo olvidarse inmediatamente de su enfado.
El gemido de ella despertaba más ansiedad en su cuerpo, más deseo por ella, un mayor anhelo por las sensaciones que conseguiría si le quitaba la ropa. Pero él no podía renunciar a escuchar los suspiros de la castaña, los gemidos, su respiración forzada. Era adicto a ellos.
—Está bien, sabelotodo. Tú ganas— ella sonrió, triunfante, aprovechando que él no podía verla por la posición en que se encontraban—, pero si uno solo de esos imbéciles se te acerca más de lo conveniente, romperé el pacto. Y lo haré a lo grande.
—Trato hecho— lo cerró la castaña.
Malfoy soltó las caderas de ella despacio, dejándola de nuevo en el suelo. Aún no podía creer que hubiera conseguido sobreponerse a ese contacto. Salió de debajo de la mesa y la ayudó a ella a salir. La Gryffindor se apuntó a la blusa con la varita y los botones se abrocharon inmediatamente, y su corbata, perdida en algún sitio, volvió a anudarse en su cuello, impoluta. Después ambos se dirigieron a la puerta del aula de Encantamientos. Hermione apuntó al picaporte y le mandó un hechizo silenciador, para que no hiciera ruido. Malfoy abrió despacio y se asomó.
Todo parecía desierto fuera.
—Nos veremos mañana, Granger— dijo Malfoy, y la miró con un brillo de lujuria que hizo que Hermione se sonrojara y procurara mantener su atención en la puerta y no en el Slytherin que esperaba a que ella pasara primero.
—Hasta mañana, Malfoy— respondió ella y, asomándose por si acaso, salió de allí con rapidez, procurando esconderse entre las sombras.
Hermione caminó por los corredores que sabía que estarían vacíos. Conocía a la perfección las zonas de ronda de los profesores, porque muchas veces habían coincidido con rondas de prefectos.
Sonrió internamente: quién habría imaginado que Malfoy caería en la trampa del último punto del libro.
Celos.
Sin duda, lo que él vio en Hogsmade fue una mala interpretación que a ella le había venido como anillo al dedo. Había ido con Hopkins a comprar algún libro, y al ver a Malfoy a través del escaparate su mente había decidido que era el momento perfecto. Se había lanzado, diciéndole al Hufflepuff que tocara sus medias para que viera que eran muy suaves. Al principio Hopkins pareció reticente, pero aceptó. Y lo hizo en el momento perfecto, justo cuando Malfoy los miró. Ella no pudo evitar sonreír: El plan había salido a la perfección.
Él había pretendido darle celos al estar con otras. Bien, ella se los había dado estando con otro. Así de simple. Y habían sido celos, no había duda: nadie podía estar tan ciego si no era por esa razón. Ella nunca saldría con Hopkins: no era capaz de hacer bien ni siquiera un encantamiento convocador. No era su tipo, aunque se sentía algo culpable por el peligro que le había hecho correr sin saberlo. Malfoy era peligroso.
Por otra parte, se sonrojaba de solo pensar en las reacciones del Slytherin. Había sido casi posesivo. Eso no era normal, era atípico y extraño. Pero a ella, más extrañamente todavía, le había agradado. Muy secretamente, pero lo había hecho. Malfoy mostraba para ella facetas desconocidas, pero a ella le resultaban atrayentes. Todo él empezaba a resultarle atrayente y excitante.
OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO
Continuará….
OOOOOOOOOOOOOOO OOOOOOOOOOOOOOO
Hola! Aquí está el nuevo capítulo! Espero que os haya gustado, o al menos se haya acercado a las expectativas. Le he subido el tono y los grados un poco más, a ver qué tal, llevando a los dos un poquito más lejos.
Como siempre, quiero agradecer los reviews que me habéis enviado, tanto los registrados como aquellos que son sin registrar. También quiero dar las gracias a quienes han puesto el fic en alertas, favoritos, etc, muchas gracias.
Puede que a partir de hoy tarde algo más en actualizar (aún no sé de dónde he sacado el tiempo para actualizar hoy), últimamente estoy muy ocupada y casi no tengo segundos libres. Aun así procuraré ser puntual (no más de una semana, espero, jejeje).
De nuevo, espero que os guste. Un saludo!
